«Híbrido» Parte I (Monnyca16)
Capítulo 5: Intensidad
Un álgido viento entró de los escasos ventanales frontales entrecerrados de la cancha, soplando casi quedamente en los oídos de Bill, que sacudió su cuerpo instintivamente, sin apartar sus provocativos ojos de Tom. La distancia que los mantenía distantes era mínima, y el magnetismo que existía podía palparse, atirantando el oxígeno que flotaba a su alrededor, sacudiendo una sensación de angustia en Bill. El cruel y titubeante silencio lo llevó a entornar los parpados sin despegar la vista de su rival y clavar una pulida mirada recia que, al comienzo y ensimismado en sus reflexiones, creyó era innatural
El trayecto que cruzaba su vista en cuanto a la sensación de dicha imagen perturbadora y densa, como lo era Tom en esencia, lo hizo tiritar, receloso. Sus piernas se habían comenzado a extenuar ante el escrutamiento calculador de Tom, azorándolo pero también motivándolo a seguir con el enfrentamiento, guerra que ya estaba escrita desde el primer momento que supo de su existencia
Ría era su otro motivante; su presencia en cierto modo era oportuna para mantenerlo con la frente en alto y eficaz a cualquier ataque físico o verbal; pero por otro lado inoportuna al ser un vidente innecesario, por ser la actual pareja de Tom, que aunque no le hería sentimentalmente ese aspecto, lo dejaba con puntos menos ante un ataque ya que le había hablado irrespetuosamente el día anterior
«No haré el ridículo», cada segundo se proponía mentalmente aquello, llegando incluso a creérselo, y por consecuente, hacerse un chico irreconocible para sí mismo y para Tom, que no dejaba de observarlo detenidamente, como leyéndolo con descaro y desaprobación. Por un breve momento un atisbo de duda acerca de si Tom podía ver a través de su cascarón volcó los engranajes de su cerebro, los cuales ya habían disminuido la velocidad del movimiento envolvente y de codificación. Se preguntaba si Tom podía descifrar lo que cruzaba por su mente con una tosca mirada perspicaz, aunque el gesto únicamente gélido que manifestaba terminaba por hacer su incertidumbre más grande. Por desgracia no podía conocer el pozo sin fondo de Tom, simplemente la primera capa de representación física y fibrosa, cosa que lo sacaba de quicio
—No te tengo miedo, así que detente —soltó un tranquilo Bill, orgullosamente serio—. Me miras como si me conocieras, pero lo cierto es que
Una onda helada atravesó su espina dorsal al presenciar con exactitud el superior y esperado doble gesto ilegible de Tom, el cual cerró distancias, experto, ladeando la cabeza y tomándose un tiempo para echarle una ojeada más profunda, dejándolo cada vez más expuesto, como un libro abierto.
«Lo cierto es que no sabes nada de mí», se dijo a sí mismo para completar las palabras no dichas. Tom no lo había dejado hablar al instante que acortó la distancia que los separaba, y esa había sido una grandísima excusa que le dañaba aprobar. Tenía miedo. Y ese temor aunque no lo proyectaba con voz o actos, se hallaba en el fulgor de sus ojos, que lo enmascaraban.
—Un repugnante conejo —Tom espetó confiado, puro y descriptivo. Visualizó su esbelto y pálido cuello, entornando los ojos pausadamente al proseguir —: Bill Kaulitz, hijo bastardo, nacido de padres genéticamente débiles. —Acompañó su poderoso saber al caminar alrededor del joven, lento y egocéntrico, permitiéndose ver su pequeña extensión; aquellos brazos raquíticos y elementales; las piernas juntas y medio proporcionadas, poco llamativas, indeseables; y una cintura diminuta que podía prensar y perforar con un fijo puñetazo—. Desterrado, violentado e insignificante. Bill Kaulitz —lo nombró con ironía, como si pronunciar su nombre fuese gracioso—, un pequeño ser que fue recogido de un basurero por un canario. —Un descarado acorde de facticia nostalgia salió de entre sus labios, ocasionando que una visceral ira naciera en Bill—. Varios años vividos como el miserable que eres hasta que ella llegó a apiadarse —agregó con simplicidad, sin sentimientos, finalizando al fin sus firmes y decididos pasos a su lado, mirando el mismo punto invisible que mantenía desorientada la vista de Bill —, qué desagradable de tu parte venir aquí a ridiculizarte cuando lo que más deseas es demostrarle que no se equivocó al sentir lástima por ti. Qué humanitaria es al proteger a un enclenque, insípido… —dijo aquello luego de mirar de soslayo el falto trasero de Bill—, e inútil muchacho.
El tiempo que Tom se tomó para parársele al frente fue lo necesario que Bill utilizó también para reaccionar aunque en su garganta hubiese una esfera llena de coraje que deseaba explotar. Se sentía vencido, gravemente perturbado. No asimilaba que Tom lo conociera desde su nacimiento. Nadie conocía el pasado de Bill, sólo su abuela, y lo que aumentaba el desánimo era que Tom lo supiera y se lo recordara con simplemente mirarlo e inocular odio en el café torrefacto de sus iris
—¿Cómo un débil como yo pudo robarle un beso a un híbrido tan majestuoso? —Inquirió a su auxilio, sin despegar sus ojos del punto invisible que lo cuidaba de Tom en esa infausta situación.
—¿Cómo no hacerlo cuando el «híbrido majestuoso» te lo ha permitido? —Contraatacó—. Es entretenido desvelar los recuerdos de hoy por la mañana —añadió con soberbia, demostrándole con argumentos que evidentemente podía leer sus vivencias con una audaz mirada—. ¡Abuela, he crecido cinco centímetros! ¡Cinco centímetros! —Exclamó con una propia voz teatral, ocasionando que los perdidos ojos de Bill cambiaran de
dirección y lo fulminaran con una mezcla de sorpresa y sufrimiento—. Ese tipo no es un bueno para nada después de todo…—rencarnó lo dicho esa mañana sin duda alguna de lo que articulaba—. He pasado por mucho, Gustav. He tenido miedo a muchas cosas, pero ya me cansé. No le temo a la muerte, y mientras viva defenderé mis derechos, mi vida, mi alegría —sonrió de lado, nocivo y altivo—. Estoy cansado de que la gente se ría de mi poca fuerza, de mi especie. No voy a dejar que Tom me destruya.
Con ojos vidriosos, que amenazaban con derrochar lágrimas, Bill dejó de mirar a Tom y volvió su casi derrotada dignidad al punto inexistente que lo hacía deslindarse de la tremebunda situación. Sintió denigrante que Tom pronunciara sus palabras de horas previas. Nadie fuera de su círculo debía saberlo, y le asustaba que Tom pudiera leer también sus pensamientos en ese instante, porque si era de esa manera entonces estaría totalmente muerto emocionalmente.
—Debiste pensarlo antes de venir a robarme energía. ¿De verdad te crees muy listo? —Cuestionó, agarrando la delicada barbilla de Bill con firmeza para que lo viera a los ojos—. Eres irrelevante, pequeña escoria inservible.
Bill sacudió la cabeza para alejarse, pero no lo consiguió.
—Parece que no soy tan inservible para ti —tronó con aspereza, trémulo, y con los labios juntos y resecos al dejar salir los morfemas—, deseas poseerme y eso me transforma en el depósito de tu lujuria —agregó con desdén, seguro de su lacónica afirmación. Vio a Tom como si fuese la última vez y trató de quitarse la mano que sujetaba su barbilla, sintiéndolo imposible al no lograr desanclar la pungente opresión.
—Una basura, un débil —masculló, enarbolando la voz cuando dejó de asir su barbilla y llevó los dedos índices a sus sienes, comprimiéndolo tormentosamente, evitando que dejara de contemplarlo—. ¡No rehúyas!, ¡mírame! —Instó prepotente, ciñendo con más fuerza sus dígitos en las sienes que punzaban de dolor por la fuerza ejercida—. ¡Débil! No eres más que un débil que cree que va a cambiar mi forma de actuar y pensar. Lo lamento tanto, Bill, pero tu repulsivo e infantil beso sólo me reafirmó lo ingenuo, tonto y poco atractivo que eres —despotricó sin detenerse a mirarlo a los ojos, simplemente llevando la vista hasta su pequeña boca rosada, esos labios que temblaban de rabia, tan carnosos y tibios que lo distraían intensamente.
Bill resopló, expeliendo el dióxido de carbono por su pequeña nariz y boca, atronadoramente, cansado de la sensación lastimera que lo manipulaba. Sus pupilas relumbraban cada vez más, nacaradas por las inmensas lágrimas que estaban a punto de brotar y mojar sus largas y rubias pestañas inferiores, sin embargo no dejaría que el llanto se apoderara de sus airados ojos.
Con todo el cuerpo vibrando debido a la rabia, subió las manos y tomó las muñecas de Tom, queriendo que dejara de provocarle pesar, percatándose en pleno agarre de la pulsación de sus vasos sanguíneos al tantear el consistente pellejo. La cabeza le estallaría por la presión que había, siendo más exasperante el hecho de que Tom utilizara un pequeño porcentaje de su fuerza para martirizarlo, para jugar como si fuese un verdadero muñeco inservible.
Tom lo vio cerrar los ojos, preñado de sufrimiento, exhausto y derrotado, tal y como le apetecía tenerlo.
Pero al mismo tiempo la transparencia de Bill le golpeteó el pecho al momento que su tranquilo corazón palpitó fuerte, en una señal nueva y destructiva. Jamás había visto tan claramente el dolor en sus víctimas a pesar de ser una perfecta esponja que absorbía incluso el tuétano de los huesos ajenos. Bill no sufría por el dolor físico que recibía, sino por escuchar su desgraciada procedencia.
Las palabras le dolían más que un golpe
—¡Suéltame! —Vociferó al abrir los ojos y conectarlos con los pozos tóxicos de Tom—. ¡¡Suéltame!! — Grito aún más alto, escupiendo su indignada voz en el rostro que seguía a una pulgada del suyo y que, aunque no se movió por la ferocidad, se mostró descolocado. Agitó su cabeza de un lado a otro, desmesuradamente, sin importar hacerse daño—. No me toques…—murmuró entrecortado debido al sollozo que recubrió por completo sus ojos, deslizándose por sus mejillas y boca.
El llanto depresivo hipnotizó a Tom, quien suavizó su poder y permitió a Bill alejarse de sus impetuosas manos.
Ya libre, Bill se tambaleó y cayó al suelo de sentón. Una angustiante sensación le había perforado la garganta, haciendo necesaria la planeación de un contraataque.
Tom dejó las manos a sus costados, frotándose los dedos pulgares con los índices para acariciar el líquido transparente que los bañaba. Eran lágrimas. Y jamás había sentido ese tipo de humedad. Había hecho llorar a Bill. Lo ratificó al verlo en el piso con las manos sobre la cara para ocultar su desgarrador lloriqueo, al mismo tiempo que escuchaba su respiración agitada y veía su pecho subir y bajar pesadamente.
Le parecía insólito. Patético. El colmo. Bill había ido ahí para enfrentarlo pero se había rendido demasiado rápido y por algunas palabras. Y estaba furioso por eso, porque se suponía que Bill tramaba ponerse a su alto nivel y hacer una pelea entretenida. Desafortunadamente Tom quería más, muy en el fondo le había dado oportunidades a Bill, incluso ayuda para que se desenvolviera. Tenía pensado perdonarle la vida por su insistencia y pensamientos ingenuos, pero luego de la estupidez que presenció dudó en si dejarlo vivir o matarlo en ese mismo instante.
—Pequeña escoria llorona —graznó, esperando provocarlo, cosa que inmediatamente dio resultado, pues Bill se levantó del suelo, descubrió su rostro y caminó directo hacia Tom, levantándole la mano derecha al tenerlo lo suficientemente cerca.
Tenía una idea, una forma de hacer caer a Tom en sus encantos, y estaba seguro que daría resultado al rememorar la peculiar manera que usaba para mirarle los labios. No sabía por qué, pero se sentía deseado por Tom, anhelado de forma apasionada.
—¿Qué? ¿Me vas a abofetear? —Curveó los labios en un rictus escueto que Bill se esperaba.
Pero lo que salió de los labios de Bill no fue un sonido, sino una sonrisa cómplice y juguetona que ganó toda la atención de Tom. La mano alzada cobró vida al posarse en la mejilla de Tom, consiguiendo atraerlo fácilmente, inclinándolo un poco para que ambas bocas se colisionaran, fusionándose gracias a Bill que abrió la boca, muy torpemente por falta de experiencia, pero atrapando el labio inferior de Tom, lamiéndolo sin prisa, encontrándose con la carne ya húmeda y tibia.
Concedió sus labios y su lengua, entregó su primer beso apasionado, que, como con su descontento, se tornó dócil ante su atacante. Sujetando a Tom por el cuello le acercó aún más, jadeando en sorpresa al notar la dura entrepierna presionar contra su estómago. Entreabrió los ojos atropelladamente, impactándose con Tom, que lo observaba impúdico, mostrando en sus pupilas una mezcolanza lúgubre y rijosa.
Aun así Tom le correspondió, lanzándose con hambre y apasionamiento, con ello tomando a Bill desprevenido y sin armas para compensar el fogoso beso húmedo que le ofrecía. Un primer choque de dientes por parte de Bill se hizo presente luego de abrir demasiado la boca para tragar una bocanada de aire y ladear vertiginosamente la cabeza. Sus mejillas coloradas se potencializaron al entornar los parpados y tratar de amoldarse a una mejor posición, a un mejor alcance que lo dejara disfrutar de la experta lengua dominante que hacía terreno en su pequeña y pomposa boca rosada.
Y, al encontrar una pose que le agradó, ladeó la cabeza y cuidadosamente imitó a Tom, chupando su competente lengua con delicadeza, intensificando una efusión ya desbordada de la cual no encontró el paradero exacto, pero que era cada vez más demandante y deliciosa. La gradual abertura de su boca, que ondeaba jadeos vergonzosos y sórdidos, enmudeció debido al pudor, siendo forzados a sobresalir nuevamente por Tom, que mordió con excitación su labio inferior, causando que la sangre hiciera su aparición y que la herida fuese curada de inmediato por su saliva.
Fue entonces que un brutal movimiento por parte de Tom terminó por azuzar la preocupación que Bill ya había dejado en el olvido. Las fuertes manos de Tom lo sujetaron por la cintura, oprimiendo con una fiera osadía, tan inquebrantable que lo hizo entrar en pánico. Su respiración ya había perdido su curso y su columna vertebral peligraba, haciéndolo temblar y querer salir de entre sus garras. Sus ojos se entrecerraron incontables veces antes de abrirse en grande y descubrir que Tom resoplaba desequilibradamente, energúmeno por lo acontecido.
Inquieto, interpuso las manos entre ambos y removió su cara, finalizando el candente beso con un ruido atrevido y húmedo. Los estrepitosos latidos de su corazón invadieron su cuello y boca por largos segundos, y, acobardado, llevó las manos al cuello de Tom en acto reflejo para defenderse, siendo todo en vano.
Las rastas de Tom cayeron aún más sobre su ceño fruncido y algunas se desataron cuando zarandeó a Bill bestialmente para posicionarlo de tal manera que su curveada y pequeña espalda golpeteara en sus duros pectorales. En su poder, extendió una de sus manos y la dejó caer cariñosamente en el plano vientre de Bill, aplastándolo con tormentosa lentitud.
De la boca del chiquillo salió un grito de protesta, que fue silenciándose a causa de la opresión que asfixiaba sus órganos. Bill, inepto y desesperado, tocó la mano de Tom con sus dedos, incapaz de huir del aprisionamiento. Golpeó eufóricamente los nudillos de Tom con los suyos, rogando sin palabras para que lo soltara, para que lo dejara vivir.
Intentó diversos movimientos, que de cierto modo le robaban el aliento, pero había hecho todo lo posible.
Sus ojos se nublaron y hundieron en lágrimas que pronto se convertirían en sangre. Moriría lentamente, con tortura. La palma sobrante de Tom sostuvo su delgado y exaltado cuello, terminando por presionar fuerte y dejar que las venas latieran contra sus dedos y que, de un bárbaro apretón, le cerraran la garganta.
Bill dio un respingo, cansado, inflando el pecho aunque este no tuviera oxígeno. Dirigió por instinto ambas manos a su cuello invadido, aunque también su vientre pasara por el mismo daño, tratando inútilmente de desencajar los dedos de Tom. Parpadeó rápido y jadeó por última ocasión, vislumbrando lo que había a su alrededor; el piso de parquet, las gradas grises que permanecían solitarias, y la puerta del lugar; a Ría en el umbral como testigo de su muerte; y por último apreció que Tom olfateaba su cabello y nuca con cierto placer y codicia, extasiado y alterado al mismo tiempo, abatido por la pérdida del aroma dulzón que se evaporaba.
Entonces cerró los ojos, dándose por vencido, cayendo en un profundo dolor, un intenso mareo que le quitó la noción del tiempo y el espacio; una oscuridad que se apoderó de sus tristes ojos y que lo hizo flotar y descansar permanentemente.
Con simpleza, Tom deslizó las manos fuera del cuerpo sin vida y lo dejó caer a sus pies. Se acuclilló a su lado y lo examinó por un largo minuto, apreciando la sangre que salía de los orificios de su nariz y boca, y a su vez, las marcas de sus violentos dedos sobre el esquelético cuello. Sin acercarse inhaló profundo, apretando los labios al no hallar el aroma de Bill. Su entrecejo se había tensado y una sensación de extraño asco logró apoderarse de su cuerpo.
Alzó una mano, y se llevó el dedo índice a la boca. Mordió la yema sin esfuerzo, obteniendo una herida y sangre en esplendidas gotas que depositó en la boca de Bill, en los rincones de los labios inertes y secos que lo opacaban. No se levantó hasta que oyó desde su lugar que el corazón de Bill empezaba a bombear sangre tranquilamente, también pillando, de re ojo, que las partículas de dióxido de carbono salían de su pequeña boca carnosa ya coloreada de rosa.
Listo y altamente serio, lo tomó en brazos y caminó directo a la puerta, llevándolo consigo sin ver hacia ningún sitio. Ría entrecerró los ojos, notablemente ofendida al verlo pasar a su lado, sabiendo de ante mano lo que Tom planeaba hacer con él esa tarde.
Continúa…
Gracias por la visita.
No me esperaba eso 😕 fue intenso
Que bueno que Bill se haya propuesto a no dejarse por nadie y mucho menos por Tom. Amo este tipo de romances.