«Híbrido» Parte I (Monnyca16)

Capítulo 7: Mirando a través de sus ojos

La curvatura de sus mejillas fue acariciada por la apacible almohada que acunaba su rostro. La tibieza de su piel engarzó las sábanas con las que estaba envuelto, sus muslos permanecían intactos y tibios, su trasero terso y húmedo en el interior, y su cabeza se sentía sin peso alguno. Su cuerpo no dolió al rodar sobre la gran cama, sólo se frenó al olisquear un pestilente aroma que desprendía su extensión, justo de su orificio anal, falo y testículos. Olía a sexo; a una mixtura de orines, fluidos naturales de lubricación ajena combinadas con propias emanaciones internas; a agua salada con una mínima fracción de amoníaco.

Sólo dejó de olfatear el hedor al juntar las piernas, apretándolas firmemente, repleto a la vez de pudor.

Sin todavía abrir los ojos, inhaló hondo, agitándose aún en su estado paralizado, dándose un tiempo para procesar lo que justo había pasado con su cuerpo e incluso con el erotismo desbordado que horas antes llenó todo su ser de una calurosa fruición que hasta el momento tenía tiempo de cavilar. Sabía que no era un sueño, que había sido absolutamente real y que estaba vivo para contarlo.

Recuerdos de lo acontecido le estrujaron los pensamientos, anudándolos y logrando que su cerebro palpitara, haciendo arder sus ojos aún cerrados, los cuales lo marearon hasta sacarle inmediatamente un jadeo de sorpresa, placer y angustia. Junto a Tom había disfrutado demasiado, se había deleitado y vuelto ridículamente loco de placer puro y desbordado; se sentía diferente, más liviano e inclusive insaciable, erótico. Y ese pensamiento lo hacía poner totalmente rojo, no de coraje, más bien de vergüenza.

Tom había visto y sentido su interior, lo había visto absolutamente desnudo y en posiciones reveladoras, serviciales. Le apenaba ese hecho, sin embargo no se arrepentía debido a la inmensa satisfacción que lo llevó a

pedir por más hasta caer rendido bajo el cuerpo de Tom, en un profundo sueño que lo mantenía inconsciente mientras su cuerpo era guiado por los cambios sagrados que lo trasformaron luego de la subyugación.

Estaba agradecido por sentirse totalmente como nuevo luego de ese tipo de sesión sexual, no obstante, el repugnante olor que lo representaba lo hacía sentir asqueroso. Ese era el propósito del cambio luego de su primera vez, y no lo molestaba, no se arrepentía, pero no evitaría sentirse avergonzado si alguien, por alguna razón, llegaba a olerlo en esos momentos. El único aspecto que lo animaba era que el olor posterior a la pérdida de virginidad duraba alrededor de cuatro días, no como su cambio de aspecto que perduraría de por vida.

No sabía exactamente cuánto tiempo había estado dormitando, aunque a decir verdad le maravillaba aún más el hecho de seguir viviendo. Por un instante estuvo seguro que Tom, luego de desvirgarlo, le arrebataría la existencia en medio de su estado inconsciente. Vagaban suficientes dudas en su cabeza como para volverlo un demente, en cambio, la que más peso tenía era estar curioso acerca de si Tom estaba en la misma habitación en esos momentos.

Para explorar entreabrió muy despaciosamente los ojos, ansioso, pestañeando al hallarse con las sábanas abarrotadas de sangre seca frente a sus narices. Atisbó a su alrededor sin moverse todavía, y acelerado, se incorporó en la cama, quedando sentado como flor de loto en medio del colchón. Su pecho se infló al no encontrar a nadie cerca.

Su cabeza dio vueltas por un segundo al recorrer con sus pupilas todo ese grandísimo sitio; los sillones de cuero sintético color negro frente a la cama, la hermosa alfombra mullida color marfil que intestaba todo el piso, el enorme candelabro de cristal colgando del techo – que parecía inalcanzable al estar a más de cuatro metros de la cama- , y la poca luz que alumbraba el cuarto. No existían ventanas, ni había ruidos, pero era cómodo, simplemente el lugar indicado para Tom. Era como una enorme estancia repleta de lujos y vibras celestiales que lo hacían sentir seguro.

De los labios de Bill salió escaso aliento caliente debido al eminente impacto. Rodó los ojos para descubrir un poco más, deteniéndose al verse en el espejo, sólo alcanzando a visualizar su oscuro y largo cabello. Inmediatamente apartó sus ojos de ahí, ocultándose con los antebrazos. No quería verse, no ahora. La sangre seca pegada a las sábanas le había inyectado una buena cantidad de inquietud, y necesitaba darse una ducha primero, lo ansiaba; olía asqueroso, su trasero se sentía mojado y su cabello todo enmarañado.

Sin mirar otro lado que no fuese el piso, se bajó de la cama, totalmente desnudo, y caminó a pasos cortos hacia la puerta más cercana, sin miedo a encontrarse con Tom en algún lado. Se sentía enormemente relajado en ese aspecto, debía temerle a Tom, pero no lo hacía, no ahora, no luego de despertarse. Estaba seguro que con lo ocurrido ya habían sido demasiado cercanos como para guardarle miedo.

Al girar el pomo de aquella puerta de madera, soltó un suspiro de alivio. Dio un corto paso y terminó por adentrarse al cuarto de baño. Al ver una tina y una amplia regadera, su corazón se precipitó, sintiendo a la vez un espeso fluido descender de entre sus muslos. Se detuvo al percibirlo y un estremecimiento recorrió su espalda, contemplando por un instante un viento frío golpear contra su dermis. Antes de avanzar observó el enorme lugar, encontrándose con demasiadas toallas, papel higiénico, champú, perfumes corporales, cremas para afeitar, y lo último pero más importante: una bata de baño color negra colgada en un perchero de pared.

Anduvo hasta la regadera, pasando delante del lavabo y un pequeño espejo, simplemente andando de largo. Abrió la llave, esperanzado a que fuese la del agua caliente, y al sentirla tibia entró completamente, sin atreverse a ver su cuerpo, sólo agarrando el jabón que había ahí y tallándose con él, sintiéndose, deseando que el olor disminuyera lo suficiente. Paseó la laja del jabón frutal por su trasero, deslizándolo levemente por su recto para llegar a enjuagarlo con cuidado, tocando con toda su mano el líquido viscoso que seguía manando de su entrada. No sintió ningún dolor al tocarse con las yemas de los dedos el orificio anal, pero notó que seguía dilatado como si hubiera tenido sexo toda la noche. Y aquello era impresionante porque se suponía que la dilatación desaparecería cuando terminara la intromisión.

Vertió champú en su mano derecha y la llevó a su cabellera, acariciándose hasta hacer espuma, sintiendo por primera vez el largo de sus cabellos, que aunque ya los había visto, le seguía impactando y tomando por sorpresa. Bill se encontraba mentalizado para todo lo que viniera, estaba seguro que se aceptaba tal y como era, también el hecho de disfrutar sabiamente del pene de Tom que, sin dudas, lo había vuelto loco en la cama, y al mismo tiempo dado vergüenza a un grado impresionante.

El agua tibia sobre su cabeza lo taladraba, haciéndolo reaccionar, vivir la realidad, una que ya era definitiva y de la cual no había marcha atrás. Se reiteraba que su primera vez le había gustado a pesar del grado de violencia puesto al principio. Se confesaba a sí mismo que incluso deseó sentir el pene de Tom traspasar su garganta. Porque no era hipócrita, Tom sinceramente lo cautivó sin esfuerzos en ese aspecto, y estaba seguro que también lo había cautivado a él.

No lo dudaba, algo muy en el fondo de su ser le susurraba que Tom lo miraba diferente; una mirada saturada de sentimientos diversos, entre ellos odio, rabia que cubría una intensa fascinación, misma sensibilidad que hacía sentir a Bill el elegido. ¿Lo era? Instantes dudaba, otros estaba seguro de su inesperada aseveración.

Al cerrar el grifo, caminó directo a la bata de baño, la cual era exorbitante, de Tom. Olía a Tom, y ese embriagador aroma consiguió colarse a sus fosas nasales y llenarlo de dulzura. Su cuerpo vibró al cubrirse por completo con ella, y sin mirar atrás, fue por una toalla pequeña para situarla en su cabeza y secarse el cabello con cuidado, peinándose con los dedos y caminando directo a la puerta para salir e ir al cuarto de Tom.

Caminó campante por la habitación, directo al gran espejo, todavía apreciando su mal olor, el cual sólo había disminuido un poco. Entonces, una ligera introducción de congoja consumió su cuerpo entero al cegar los ojos y detenerse en medio del espejo. Vería su reflejo, conocería su yo transformado, el cuerpo con el que viviría por lo que resto de su vida.

Se imaginaba de muchas formas, una de ellas como un adolescente ultrajado, con rostro maduro y experimentador, tal y como un híbrido promiscuo. Pero por otro lado creía verse como un chico llamativo y erótico, ya que se sentía sensual, bello, fuerte y especial. Y por tal razón estaba ansioso por examinarse, porque sentía que se amaba más ahora que anteriormente. Tom de alguna manera, al dotarlo con su sangre y poseerlo sexualmente, lo había hecho sentir sexy y esplendoroso, como una colorida flor.

El nerviosismo que exaltó su corazón lo hizo abrir los ojos gradualmente, dejándolos muy abiertos al final. Lo primero que contempló fue el color límpido de sus ojos, sus iris estaban más claras y brillantes, vivaces, teñidas de un color ámbar con destellos dorados y verdes; sus pestañas parecían más largas y oscuras, enchinadas; su nariz más puntiaguda y delgada, fina; sus pómulos se apreciaban más altos y distinguidos, con un pequeño e imperceptible lunar de lado derecho; y su boca, que cerraba perfectamente sus detalles faciales, demandaba atención inmediatamente al presenciarla, aquella era un pequeño algodón color cereza, grueso del labio inferior y delgado del superior, decorada finalmente con un excéntrico lunar justo por debajo, de lado derecho.

Su rostro lucía alargado y bello, pálido y suave, semejante a su delgado cuello. Su frente se miraba perfectamente esculpida, tan minúscula que podía cubrirse con su mano, y más arriba yacía el inicio de su cuero cabelludo negro, el cual se hallaba liso, cayendo en sus hombros. Bill, boquiabierta, visualizó nuevamente sus rasgos, capturando la dulzura y lindeza que expelía. Su rostro parecía estar tallado por los mismísimos dioses, y, al desatarse la única prenda que cubría sus miembros, percibió que no sólo su rostro había sido bendecido.

Su pecho plano y frágil dejaba ver unos pezones pequeños y rosados, sutilmente endurecidos al estar a la intemperie y en pleno escaneo. La media parte de su cuerpo detallaba una escultural cintura, diminuta y reinal, y un pequeño ombligo del cual podían colgarse pendientes con piedras preciosas. Sus caderas, cuidadosamente ensanchadas, le daban un toque enriquecedor a su cuerpo, volviéndolo más erótico, pero a la vez confundiéndolo debido a la extraña marca que se situaba en el lado derecho de su cadera; una estrella de cinco puntas color negra que jamás había visto antes y de la cual no sabía su significado, pero que no le disgustaba en lo absoluto.

Y por último, pero sin ser menos importante, se hallaban sus largas piernas con muslos proporcionados, aquellas que formaban parte del soporte para sus redondas nalgas, suaves protuberancias como la porcelana pura y delicada; un trasero bien levantado y consistente que lo hacía ver bien dotado y excepcional, sensual e irresistible.

De un lento parpadeo a otro, Bill dejó caer la prenda al suelo, sobre sus esbeltos pies, y ladeó el rostro, tocando con apenas las yemas de sus dedos la sedosidad de su piel, acariciando tentativamente su vientre, del cual habían nacido otro par de bellos lunares, divisando al mismo tiempo que su pene lucía cómodamente recostado sobre sus testículos, y que no existía vello púbico pese a la transformación. Era lampiño y blanco como la nieve, angelical y virginal a pesar de haber entregado su cuerpo y alma; todas aquellas esperanzas que prometió ofrecer a la persona que llegara a ser el amor de su vida.

Encogido de hombros, dirigió las manos a su cuello y palpó el lunar que hacía juego con los demás. Una mirada apenada acompañada de un tenue rubor apareció al presenciar la mejor curva de su físico: su sonrisa.

Sonreía por lo divino que se veía, por reflejar en su mirar la seguridad en sí mismo que carecía en algunas ocasiones; se sentía completo, bendecido, hermoso y brillante; un híbrido digno de cumplidos, de recibir y dar amor, de sacar sonrisas a los otros y que le sacasen unas por igual.

Se reiteraba que no temía de las cosas que llegaron a preocuparlo en momentos. Ya no tenía miedo de Tom, de haber quebrantado la edad sagrada, de ser un conejo desvirgado por un León Blanco, de ser el centro de atención y burlas de los híbridos que lo rodeaban, miedo de confesarle a la abuela todo por lo que había pasado, de no poder jamás conseguir alguien que lo amara, de que fuese olvidado por alguien, miedo a ser odiado, envidado y burlado; no tenía miedo de sí mismo y de lo que le depararía el futuro. Solamente existía un temor en su interior, se daba cuenta, pero no sabía exactamente qué era.

Los delgados dedos de Bill, que todavía recorrían minuciosamente y con fantasía su renovada figura, se pausaron inmediatamente captó el reflejo de Tom en el espejo. Éste se permitió escudriñarlo ampliamente, sentado placido con el tobillo derecho descansando sobre su rodilla izquierda, en uno de los sillones de cuero sintético, visualizando la absoluta desnudes del erótico chico mientras un gran periódico yacía extendido sobre su regazo. Y Bill, acoquinado, lánguido y en pleno arrebol, se quedó inmóvil, sin saber qué hacer o replicar.

La gélida expresión de Tom vislumbró repulsión, una inverecunda reacción emergida de sus pupilas y proyectada con una arrogancia que, como veces anteriores, sacudió la sensibilidad del corazón de Bill, el cual fue atacado sin consideración por los latidos desenfrenados que se desataron constantemente, logrando así apretujarle el pecho y la garganta, ahogándolo en un océano de pudor inhumano nacido desde la más profunda circunspección.

Sin desviar los ojos del deslumbrador reverbero de Tom, se mantuvo firme a no moverse, a no salir corriendo. No le desagradaba su ahora virtuoso físico, el problema radicaba en que los profundos y audaces ojos de Tom veían más allá de su ser, y le agradaban, lo hundían en suspiros, en una felicidad sin fin que lo hacía sentir importante, deseado y seductor. No obstante, mientras los segundos cursaban, esos abismales pozos negros, que era los ojos de Tom, lo hacían sentir humillado, pateado, tal basura, como alguien indiferente para él y al mismo tiempo lejano. El aura tensa que flotaba cuando compartían un mismo sitio le hacía ver lo inalcanzable que era entrar en el mundo de Tom y entenderlo, comprender qué era lo que pasaba realmente por su mente y lo que lo llevaba a ser diferente a los demás.

Tom, aún en estado surto, echó una analizadora ojeada a las piernas de Bill, ascendiendo rigurosamente la vista, sin mover la cabeza, hasta detener sus ojos en la delicada y atrayente cintura, notando también, desde su lugar, el olor que Bill despedía. Olfateaba un aroma sexual e intensificado, pero que no opacaba la esencia característica que poseía. Tom olía esta vez dos perfumes, uno que cesaría en algunos días y otro que desaparecería sólo cuando Bill dejara de existir.

Sin gesticulación ni palabras saliendo de su agraciada boca, Bill sostuvo la mirada de Tom por tiempo record, venciéndose al último minuto al sentir que ya había sido suficiente examinación. Bill, así pues, ya más equilibrado, se puso en cuclillas, cargado de parsimonia, y, manteniendo los muslos juntos y la cabeza gacha, sujetó con las manos la bata y comenzó a ponérsela con cuidado, irguiéndose al concluir.

Cuando miró de nuevo al espejo se dio cuenta que Tom ya no lo inspeccionaba y que solamente leía el periódico que ojeaba minutos atrás. Pocos híbridos leían el periódico, eran sólo pocos los que preferían hacerlo. En su ambiente la tecnología seguía creándose, pero por lo que se veía, Tom prefería utilizar lo que ya muchos habían dejado atrás. Y que Tom tuviera ese especial gusto acrecentó su curiosidad.

Confundido y nervioso, Bill se miró los pies, que seguían descalzos. Estaba seguro que jamás volvería a ver la ropa que llevaba puesta antes de que Tom decidiera poseerlo. Rememoraba que aquellas telas estaban rotas, y al ver cada rincón de la habitación se daba una idea de que alguien había tirado a la basura sus pertenencias.

Estaría desnudo si no fuera por una bata de baño. Y Tom se encontraba a menos de dos metros de él. Se descubría acompañado, más bien se sentía como un invasor de territorio, y no sabía el camino de regreso a casa, ni siquiera tenía idea de cómo salir de dicha habitación. Debía sentirse ignorado y libre, sin embargo se preguntaba lo que iba a pasar después de todo lo ocurrido, no era que esperara algo, más bien se sentía cercano a Tom, como si éste lo hubiese embrujado.

No deseaba pensar en los aspectos relevantes de lo sucedido, mas no era capaz de alejarlos de su cabeza. Contaba con que era probable que Tom leyera sus vivencias, y por ello no quería ponerse en evidencia, aunque algo le decía que Tom ya estaba enterado de sus íntimos pensamientos debido al buen recibimiento percibido en plena posesión sexual.

«Tom sólo lo hace una vez y luego se aburre» «Cuando Tom eyacula siempre da por terminado el coito» Se decía a sí mismo, tratando de entender por qué Tom lo había penetrado incontables veces pese a ya haber tenido su primer orgasmo. ¿Qué podía explicar eso? ¿Qué podía explicar que Tom lo mirara a los ojos al mismo tiempo que lo embestía? Bill estaba dudoso y Tom por otro lado se veía relajado, como si nada hubiera sucedido.

En esa habitación existían lujos y tranquilidad, pero muy en el fondo Bill percibía soledad. Y era triste.

¿Tom estaba realmente solo? ¿Vivía solo? Un ardor consumió su garganta, y sin poder detenerse tragó saliva ruidosamente, dolido por la situación de Tom. Porque aunque éste lo negara, en sus ojos oscuros existía soledad, y no sabía si era por elección propia o por falta de alguien que lo quisiera.

Tom no se miraba como el tipo de persona deprimida y falto de amor, ¿entonces qué era lo que pasaba realmente? ¿Por qué su miraba fría y violenta mostraban melancolía?

«Se ve tan…solo», reflexionó mentalmente. «Lo veo, lo siento aunque sea impalpable. Sé de su inmensa soledad, pero no la comprendo. Quiero entender, entenderlo, por eso yo…» Movió la cabeza de izquierda a derecha, entornando los parpados. Era inverosímil interpretar sus pensamientos cuando ni él mismo los comprendía.

Buscando irse inmediatamente de ahí, viró por todos lados, asumiendo que era mejor alejarse de Tom antes de cometer una tontería al hablarle y hacerle saber de la tristeza que observaba en la profundidad de sus ojos. De todos modos, Bill no tenía el deber de decírselo, pero entonces ¿por qué ansiaba hacerlo? ¿Era tal vez porque Bill desde pequeño sufrió de soledad? ¿Por simple empatía? Entonces si era así, ¿Por qué su corazón latía desenfrenado al verlo tan solitario, privado del cariño de los otros híbridos? ¿Por qué deseaba que esa soledad terminara con ayuda de su cariño?

Bill tenía demasiado cariño para ofrecerle, y esa simple formulación le hizo descubrir el único miedo que atesoraba. Temía haberse enamorado de Tom instantáneamente, porque sabía que aquello era probable gracias al apasionamiento que desarmó su cuerpo y alma. Tom, hasta el momento, permanecía como el único en sus primeras veces, y eso para los conejos era suficiente; con ello caían flechados y anhelaban darlo todo por aquel primer híbrido. Y Tom, después de todo, lo hacía sentir especial.

El sillón de cuero negro todavía seguía siendo el asiento de Tom, al igual que el periódico, que ocupaba toda su atención visual. Bill respiró hondo y con nerviosismo caminó hasta un closet. Al abrirlo encontró una cantidad incontable de ropa y accesorios, quedando al final de espaldas frente a Tom.

Tom levantó la vista y frunció el entrecejo, forzando a que su frente se arrugara. Nadie tocaba sus pertenencias.

—Sólo estoy buscando ropa —musitó Bill, apenas sintió que Tom lo veía, agresivo —. Rompiste mi ropa, la tiraste…—prosiguió en atestada calma, como si se conocieran de años. Y se maldecía por darle explicaciones, por el simple hecho de dirigirle la palabra, pero lo creía necesario para al menos no sentirse tan distante de él.

Si Bill quería entrar en el mundo de Tom y hacerle saber que no estaba solo, entonces los sacrificios debían originarse. En todo caso, Bill podía tener una oportunidad amorosa con él, arrebatárselo a Ría y no quedarse sin un híbrido que lo acompañara en lo que le quedaba de vida, pues ya no era virgen como para tener la facilidad de que alguien lo quisiera. Eso no debía ignorarse.

Ya percatándose de que Tom dejaba de escrutarlo y dirigía su interés al periódico, Bill prosiguió:

—Tu habitación es linda, pero muy oscura, ¿no te parece? —Inquirió ya bastante curioso, dándose la media vuelta para ver a Tom directamente a los ojos. Pretendía ver más allá, desnudar sus pesares.

Tom tardó tres segundos para levantar la vista y enfrentarlo, y cuando lo hizo, ladeó la cabeza, sin sonrisas ni gestos que informaran a Bill de cualquier cosa que pasara por su cabeza.

—No vas a encontrar nada en mis ojos, Bill. Sea lo que sea que estés buscando, no lo encontrarás. Así que lárgate antes de que pierda la poca paciencia que tengo y acabe contigo —espetó Tom, sin soltar el periódico de entre sus manos.

La boca de Bill se abrió y por el resquicio salió un soplido que no inmutó a Tom ni un poco.

—Pero me reviviste, ¿no? —atacó de igual modo, con inteligencia y con una pizca de diversión. Tom era un híbrido muy serio y misterioso, y para tratar con él se tenía que hacer con toques que chocaran con su personalidad. Inclusive Bill se divertía con su nuevo estilo de interacción —. Parece que para ti valgo más vivo que muerto.

—Has perdido el juicio —tronó seco, dejando el periódico a un lado y levantándose, caminando hasta Bill en silencio y con firmeza—. Vivo o muerto, me das lo mismo —dejó en claro, cara a cara, dejando a Bill bastante sonrosado. La inmediación de sus cuerpos era exigua y que Tom lo acechara con insistencia le alteraba el corazón. Y por supuesto, en esa posición seguía sintiéndose exclusivo, como si hubiera encantado a Tom.

—Parece que te has enamorado de mí —Bill dijo, confianzudo, tocando con las yemas de los dedos la camiseta blanca que Tom traía puesta, jugueteando con ella —. Oh, el híbrido majestuoso se ha enamorado de un inservible conejo. ¿Quién iba a decirlo? —Los tozudos ojos de Tom consiguieron que sus torneadas piernas flaquearan, sin miedo, más bien por culpa del sentimiento nuevo que cargó su cuerpo de romanticismo. Por una breve partícula de segundo divisó que Tom era más alto que antes, lo que no lo hizo notar que su propio cuerpo había aumentado en estatura y fuerzas —. ¿Cómo debería tomarlo? —Cuestionó en voz alta lo que debía ser mental, aquello que los engranajes de su cerebro encauzaba paulatinamente —. Incluso has marcado tu territorio con la estrella que tengo en la cadera, ¿o lo vas a negar?

Y aunque estaba seguro que Tom lo negaría todo, no pretendía retirar lo dicho. Estaba completamente seguro que Tom, más allá de su postura fría y destructiva, sentía algo que no era capaz de manejar: el nacimiento de un sentimiento llamado amor.

Bill, por primera vez y gracias a sus instintos, confiaba en un comentario que para la mayoría quizás resultaba ridículo. Su afirmación no salía disparada desde la más inmaculada soberbia, sino de su más honesta racionalidad.

Continúa…

Gracias por la visita.

por Monnyca16

Escritora del fandom

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