«Híbrido» Parte I (Monnyca16)
Capítulo 8: Ella lo nombró como amor
En la habitación sólo se advertía un tipo de sonido en medio del proceloso e inaguantable silencio. Los latidos del corazón de Bill eran los susodichos, que más que acelerarse por angustia, palpitaban por culpa de la abismal y mayestática mirada de Tom en una reacción de apasionamiento que Bill no pudo precaver pese a diversos intentos.
La negrura en los ojos de Tom no reflejó ningún indicio de irritabilidad por alrededor de 25 segundos, dejando a Bill impaciente por una protesta. Que Tom permaneciera echándole un vistazo con insolencia y apatía, inspeccionándolo, le puso nervioso y encolerizado a tal grado de levantar la ceja derecha persistentemente, retándolo.
Tom esta vez proyectó diversión en sus ojos ante el pícaro gesto del chiquillo, atreviéndose a ladear la cabeza para mirar a otro sitio y reírse entre dientes, de Bill. Y éste, al ver la descarada repulsión, se paralizó por un segundo, sin saber qué hacer, simplemente apartando sus minúsculas manos de la ajena playera blanca que acariciaba.
Tom nuevamente se reía en su cara, reiterándole que no le importaban los sentimientos de los demás.
«Estúpido, estúpido, estúpido», en su mente canturreaba para que la ira no lo dominara en esos momentos. El que se enojaba perdía, lo sabía. Y no quería volcar todo lo que había logrado minutos atrás. Necesitaba urgentemente acostumbrarse a los hirientes arrebatos de Tom, porque si no lo hacía, jamás descubriría y entendería lo que había detrás de sus oscuros e hipnotizantes ojos.
Después de todo, Tom no podía ser tan malo como se veía a simple vista. Y si lo era, Bill quería saber por qué. «De todos modos no somos nada, ¿por qué debería importarme su lamentable soledad?», se preguntaba medio resentido al presenciar, todavía, la burla de Tom. No debía interesarle, pero estaba ansioso por encontrar respuestas y eso último tenía un gran peso que no podía ignorar.
«No puedo estar enamo…» Aquel absurdo pensamiento no pudo finalizarlo cuando Tom, brusco, dejó de reírse para fijar sus ojos en él, tan rudo que Bill apretó los labios de golpe, con temor a que hubiese pensado en voz alta.
El rostro de Tom le hizo saber que evidentemente leía sus pensamientos al mirarlo profundamente a los ojos y también al no hacerlo. Y aquello lo sorprendió a pesar de ya saber que podía leer sus vivencias y que había alta probabilidad de que le leyera los frescos pensamientos. Pero lo que más le impactó fue que justo ahora su rostro mostrara indiferencia cuando varios minutos antes ya había pensado en la posibilidad de amarlo.
—No te encapriches conmigo, porque no me voy a hacer responsable —tronó secamente, sin afecto en sus palabras—. Resultará mal si te empeñas tanto, y cuando ya no puedas más con esto, no te atrevas a culparme de tus inútiles sentimientos no correspondidos.
Más que una respuesta a sus juguetones cuestionamientos previos, su comentario resultó ser una advertencia bastante directa y sólida, inquebrantable. Pero Bill, entre pasmado y empeñado, acortó más el espacio que había entre ambos, preñado de picardía, volviendo a palpar la playera de Tom con sus delgados dedos.
—¿Qué quieres que piense cuando no lo has negado directamente? —inquirió casi como un murmullo, sin dejarlo de ver —. Mis sentimientos son correspondidos ahora mismo y lo sabes, pero no lo aceptas.
Mencionar aquello ya lo hacía consciente de lo que sentía por Tom aunque fuese difícil de asimilar.
Simplemente había sido nombrado lo que existía en su inconsciencia.
Tom no parpadeó, tampoco replicó, solamente se quedó inmóvil, viendo cómo Bill se acercaba y hundía la nariz en su cuello, comenzando a frotarse con él muy cariñosamente. Bill estaba comenzando a socializar con él como si fuese un felino, con confianza y anhelo.
Y Tom, desapacible, le sujetó el cuello con la palma de la mano, pretendiendo asfixiarlo lentamente y con tortura. Más sin embargo, su mano sólo envolvió el esbelto cuello de Bill como si lo acariciara aunque tramara matarlo en ese mismo instante. Confiaba en haberle ordenado a su cerebro acabar con Bill, de lo que no estaba seguro era de en verdad querer hacerlo, mucho menos al recordar que el dulce aroma que lo caracterizaba desaparecería si eso sucedía.
La punta de la nariz de Bill se deslizó por la barbilla de Tom, olfateando con cariño su piel y sintiéndola.
Percibía más confianza a comparación con la socialización felina pasada. La única disimilitud era que de la actual socialización felina no iba a obtener fuerzas debido a la congelación de su cuerpo, pero a pesar de ello todavía seguía disfrutando hacerla.
Entreabrió los labios apenas los rosó con los de Tom, sin besarlo todavía, sólo tanteando el terreno y vacilando, logrando que Tom, aún con los ojos abiertos, meciera su cabeza, en desmedida tentación, siguiéndole el juego pese a que no lo tuviera considerado. Bill gimió dulcemente, notando que la mano de Tom sobre su cuello se presionaba dolorosamente, dañándolo.
—Apestas —Tom espetó sobre sus labios, sin apartarse todavía, pero mostrando asco en su mirar.
Bill abrió los ojos lentamente y asintió, estando de acuerdo. En realidad apestaba por lo de la pérdida de virginidad y no se ofendería por eso porque sabía que Tom lo quería ver destruido en ese sentido.
—Lo sé y no todo es mi culpa —dijo, soltando a Tom de repente y echando un suspiro de cansancio. Se talló los ojos con los puños de las manos y bostezó lleno dulzura, volteándose para volver a buscar ropa en el closet, dejando a Tom a su espalda.
Pero para Tom el culpable era Bill y nadie más; culpable por presentársele con semejante aroma, culpable por existir y convertirse en un problema.
Bill tomó con apenas las yemas de sus dedos una camisa color blanca, elegida por verse ligeramente más pequeña que las demás. La camisa era larga y de botones, de manga larga, como si fuese una pieza para armar un costoso traje. Y no importó mucho para Bill, pues inmediatamente se desató la bata de baño que lo cubría hasta dejarla caer y quedar totalmente desnudo frente a Tom, que lo contemplaba fijamente.
Sin mostrar incomodidad, Bill se alistó a ponerse la camisa con calma, abrochándose los botones con paciencia, oyendo la respiración ruidosa que Tom emitía. Estaba molesto pero no le interesaba, más bien estaba empecinado en encontrar un calzoncillo en uno de los cajones de la pequeña cajonera de lazos entrelazados que había entre la estantería. Y, al hallar un bóxer de lycra color negro, sonrió y se lo puso con cuidado, levantándose la camisa que evidentemente le cubría como si tuviera puesto un vestido largo.
Había sido inevitable rozar su níveo trasero contra uno de los fibrosos muslos de Tom mientras se vestía, no obstante, había salido ileso de tal suceso. Además, el olor de Tom impregnaba inclusive la ropa limpia, haciendo sentir a Bill más relajado aunque Tom estuviese como un energúmeno parado a su espalda y a menos de 30 centímetros.
Ya con algo de ropa cubriéndolo, se dio la media vuelta y sin ver a Tom a los ojos, caminó a su lado, decidido a pasarlo de largo con facilidad, pretendiendo buscar una salida para volver a casa. Creyó, por un momento, haberlo logrado, pero Tom frustró que se escabullera con ayuda de un doloroso apretón en el brazo para regresarlo a su sitio, dejándolo así frente a frente.
—¿Así es como tratas a la persona de la que te has enamorado?
Tom no contestó, no porque lo sintió amenazante, más bien porque le parecía ridículo seguir el juego de palabras de Bill.
—No lo niegues, sé que mínimo te llamo la atención —complementó Bill, seguro de su severa afirmación, buscando apartarse a la vez la mano hiriente de Tom que apretaba esta vez su muñeca, sin conseguir ningún buen resultado.
—¿Llamar mi atención? ¿Por qué pasaría algo como eso? —La intratable y clara voz de Tom convirtió el ambiente en uno peligroso, mas no precisamente para Bill.
—Me hiciste el amor, lo hicimos —reiteró suspicaz, dibujando una media sonrisa en sus labios, gustoso por ese hecho.
Tom rápidamente alzó una ceja, mezclando diversión y complicidad en los iris oscuros de sus ojos.
—¿Te golpeaste la cabeza mientras te follaba? —Preguntó irónico, soltando la pequeña muñeca de Bill con visible aversión.
—No…
—¿Tanto te gustó que te follara? —Hiriente, lo interrumpió, cuestionándolo sin escoger morfemas más suaves—. Incluso estando al nivel de una caliente puta te atreves a decir eso.
Bill, ofendido, volteó la cara a un lado por mínimos segundos, visiblemente desganado por el comentario de Tom. Se podía esperar cualquier cosa de él, pero le seguía sorprendiendo lo inhumano y lastimero que era la mayoría del tiempo.
Ya más tranquilo, decidió responderle:
—Me gustó tanto como a ti te gustó hacérmelo. —Dejó escapar un resoplido—. Porque… ¿cuántas veces me lo hiciste? —Quiso recordárselo, sincero y un poco cabreado. No entendía a Tom, no podía ver a través de sus ojos como éste hacía con él, pero si algo sabía era que lo había flechado de alguna forma.
—¿A quién le dan pan que llore? —Los labios de Bill se apretaron al oír la respuesta de Tom —. No hay modo de rechazar a alguien que ofrece más de la cuenta, mucho menos si tiene poca vergüenza.
—¿Ofrecer? Yo no traje mi trasero por voluntad propia, Tom. —Apretó las manos hasta hacerlas puños
—. El único sin vergüenza aquí, eres tú. Y te vas a hacer responsable de lo que ocasionaste, ¿o lo vas a ignorar como un cobarde?
De la boca de Tom salió una altísima carcajada cargada de altanería que pisoteó el borde de la autoestima de Bill. De nuevo se burlaba de él en su cara, tratando de humillarlo, de hundirlo. Bill, furioso, dio dos cortas zancadas para salir lo antes posible de ahí, cayendo al suelo fuertemente apenas Tom lo empujó para retenerlo.
Hincado y con las rodillas rojas por el golpe, Bill trató de erguirse, pero la mano de Tom sobre su cabellera lo detuvo. Irascible, Tom llevó una mano a su pantalón para desabrochárselo e inmediatamente acercó la cabeza de Bill a su entrepierna cubierta, haciendo restregar su nariz con el largo de su falo ya endurecido y húmedo.
—¿Querías chupármela, no? —Jaloneó ferozmente el cabello de Bill, zarandeándolo para que respondiera al menos algo—. Casi diría que te estoy haciendo un favor.
Bill entonces se puso totalmente rojo, en una mezcolanza de rabia y pudor, haciendo una barrera frágil entre su rostro y el craso pene de Tom. Éste, aunque se mostró descabellado, soltó los cabellos de Bill y lo dejó hincado en el suelo a la espera de un comentario para defenderse, ganándose únicamente un gesto lacerante por parte de Bill, el cual no evitó, aunque quisiese, sentirse humillado.
Tom había llegado al límite y no se lo perdonaría, por ello se levantó a como pudo con deseos de ir a buscar la puerta de salida, siendo nuevamente en vano al notar cómo Tom lo sujetaba de la cintura con fuerzas hasta arrastrarlo y besarlo con demandante rudeza, tomándolo por sorpresa y embistiéndole la boca con la lengua, ambicioso por aspirar a crear terreno urgentemente.
Bill, horrorizado por lo acontecido, le golpeó el pecho con las manos, rehuyendo del fogoso beso. No quería besarlo. No deseaba que Tom lo besara. No lo quería cerca. Estaba tan molesto que sus dientes llegaron a morder con furia la punta de la lengua de Tom, ganándose un gruñido de indignación. Sin embargo, no consiguió que Tom lo dejara libre. Más bien sucedió todo lo contrario.
La fuerte y grande mano derecha de Tom le rodeó la cintura mientras que la otra sostenía su cabeza, para retenerlo hasta que accediera al beso. Y Bill, inquieto, confundido y rabioso, mantuvo la boca cerrada con obstinación ante los intentos de Tom, venciéndose al entreabrir sus suaves labios, en sorpresa, apenas éste le apretó el trasero con fuerzas.
Bill golpeteó repetidas veces los endurecidos pectorales de Tom con insistencia y frustración, agitando la cabeza de un lado a otro para que lo soltara. Sus ruidosos gemidos feroces, atiborrados de repugnancia, aumentaron la cólera de Tom, quien apenas al escucharlos, le apretó la cabeza con las dos manos, y agresivo, avanzó hasta la pared más cercana con el único propósito de lanzar a Bill contra la pared y hacer chocar su cabeza contra el concreto.
El estrepitoso golpe llenó el vacío de la habitación y Tom, que había dejado caer a Bill al suelo después de haberlo violentado, se limpió la boca con el antebrazo, apartando el sabor de Bill que, sin dudarlo, se había fundido en su húmeda cavidad. La silueta de Bill lucía sin vida sobre la alfombra, y Tom supo que no tendría tanta suerte puesto que escuchaba los latidos de su corazón casi como en la ocasión que le dio de su sangre para traerlo a la vida.
Bill estaba vivo pero inconsciente, y aun así seguía siendo una molestia para Tom, quien sin pensarlo sujetó a Bill de los cabellos para examinarle la cabeza. Había sangre, mucha sangre aflorando a borbotones. Y al avizorar el concreto encontró que se había estrellado y que una enorme mancha roja lo tintaba.
Tomó a Bill en brazos, salió de su cuarto y de la inmensa casa, dirigiéndose hasta el auto. Sin precaución arrojó a Bill en los asientos del pasajero y tras encender el motor, condujo con un único propósito: sacar a Bill de su propiedad. Apretó el volante con fuerzas y aceleró el rodaje de las llantas, sabiendo muy en el fondo que debía haberlo dejado abandonado en un desértico lugar para jamás volverlo a ver en vez de llevarlo a su casa.
Su cabeza punzó cuando las venas de su cuello se exaltaron, haciéndolo frenar repentinamente, rechinando a su paso las llantas y sacudiendo todo el vehículo, con ello a Bill que terminó por caerse bajo los asientos gracias a un áspero tironeo. Entonces, entrecerró los ojos, volviendo a acelerar con normalidad, tranquilizando sus imprevistos pensamientos.
Timoneó con la dirección vagando por sus recuerdos, aquellos que le había arrebatado a Bill con una profunda mirada, y, ya con la decisión más clara, se estacionó frente a una vivienda humilde y pequeña a simple vista, sabiendo perfectamente que por dentro era cálida.
Salió con calma del auto y abrió una de las puertas traseras, sacando a Bill, con lentitud esta vez. Sintió la sangre pegarse a su brazo como si fuese un tatuaje y alcanzó a depositarlo en el suelo, justo cerca de la puerta de la casa. En cuclillas escrutó a Bill, corroborando que la herida en su cabeza ya se había cerrado sanamente, observando intensamente también sus rasgos finos: aquellas largas pestañas espesas, su puntiaguda nariz, sus labios color cereza y su virginal esencia; todas aquellas facciones que sacudieron, en su momento, sus instintos.
—Amor…
Oyó que una voz femenina decía con firmeza, en descripción a lo que veía.
Tom se irguió totalmente y volteó hacia la fémina, contemplándola de arriba abajo, gélido. Se trataba de Bettina, el híbrido que era como una abuela para Bill. Los ojos claros de aquella adulta eran igual de fáciles de leer como los de Bill, y Tom apretó los labios al ver lo que ella pensaba en esos instantes, porque se daba cuenta que ella podía ver en el fondo de sus pupilas lo mismo que Bill.
—Debió haber muerto de hambre; entonces no sería un problema —salió de entre sus labios lo que pensó cuando se enteró que Bill había sido abandonado y que ella, por cariño, lo había albergado. Sus palabras sonaron, sinceramente, como lo que hubiera sido la mejor solución a todo lo sucedido.
La mujer no respondió a la recién declaración, sólo se quedó petrificada, yendo hasta Bill apenas el León blanco subió a su automóvil y arrancó, buscando con ello deslindarse, al menos, físicamente de Bill.
Continúa…
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