«Híbrido» Parte I (Monnyca16)
Capítulo 9: TOM
La ventisca rozagante, arremolinada con el aroma a cafeína, que atiborraba el comedor al aire libre de la tercer casa de la familia Trümper, tundió los cortos cabellos castaños de Vid, mientras Tom tomaba asiento frente a su colosal plato de tostadas con confitura de frutas frescas y su taza de café.
—Me voy a quedar permanentemente. —La impávida voz de aquel castaño que recién dos días preliminares había llegado con los Trümper, consiguió que Tom lo avizorara, de re ojo. Al verlo suspirar junto a su madre, volvió su vista al periódico de esa mañana —. Y ya me decidí, me voy a quedar en la casa de Tom.
Sin inmutarse, Tom le dio vuelta a la página del periódico. — ¿Quién le dio la dirección de la propiedad?
—Levantó la vista, ladeando la cabeza, comenzando a exasperarse—. ¿Madre? —Inquirió apenas al verla, aguardando con visible impaciencia que ella le respondiera.
—Tú sabes que pude encontrar fácilmente su nuevo terreno —ironizó el invitado, buscando que Tom apartara los ojos de Simone y lo viera a él—. ¿Crees que no puedo olfatear el aroma a sexo que despide tu habitación? —Sonrió de lado—. Así que por primera vez has traído a alguien…
—¿Te siguen funcionando las fosas nasales después de aquel puñetazo? —Tom preguntó esta vez, viéndolo, evocando su última discusión con él, en la cual con un simple puñetazo le había reventado la nariz y dejado inconsciente por 14 horas. Vid, pese a ser su primo, un león blanco con alta fortaleza y enriquecido de cuna, no había logrado ganarle una simple pelea a puñetazos.
Ambos eran tan diferentes que incluso la genética de Vid podía pasar desapercibida. A pesar de tener la misma edad, las mismas oportunidades y capacidades que Tom, Vid carecía de fuerza. Su rango era grande pero mínimo al mismo tiempo. Vid parecía un león blanco descuidado, no entrenado y bastante juguetón para su posición; confiaba en los demás, ocasionando así que su mando y excelencia cayera al suelo y perdieran respeto por él.
Sin embargo, Tom lo seguía respetando muy en el fondo gracias a su avidez. Después de todo habían sido primos y mejores amigos, exclusivos sobrevivientes, el único poderío y la especie que debía luchar e incrementarse para evitar que se extinguiera.
Hacía aproximadamente siete meses que Vid no iba a visitarlos. Tom y Vid eran, hasta ahora, los únicos leones blancos en existencia. Simone, la madre de Tom, era de igual modo la única leona viva, y de cierto modo era madre para Vid por haberse hecho cargo de él y de Tom al mismo tiempo. Eran parientes, y algunas veces Vid estudiaba en Raíces junto a su primo para luego marcharse a su residencia en Italia. Vid era inestable para permanecer en un sitio, pero esta vez Tom sabía que no se iría como otras veces.
—Tu habitación huele a conejo… ¿Mis fosas nasales siguen defectuosas o estoy en lo correcto? — Cuestionó juguetón, tomando tranquilamente un periódico de la mesa.
Tom, que había devuelto su interés a lo que leía, estrechó los labios, tensándose.
—Oh, ya veo… Trajiste a un lindo conejito. —Dijo en afirmación, bebiendo de su taza de café y escuchando rápidamente un carraspeo por parte de Simone, que seguía en la mesa comiendo el desayuno.
Simone sabía que Tom no aguantaba que le mencionaran al chico que había dormitado en su habitación, no cuando llevaba días que no le había visto la cara, tal y como siempre deseó desde que lo conoció.
Y Vid, que también entendía a Tom de toda la vida, sabía hasta qué punto hablar, y por consecuente, en qué momento guardar silencio.
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Colores cremosos decoraban las paredes de la cocina, casi en penumbras, mezclados con la tenue luz de la mañana que se asomaba por la diminuta ventana, acobijando los extenuados y abstraídos ojos de Bill, el cual había dormitado en demasía, como nunca antes.
Llevaba cuatro días en casa, sin miedo pero oculto de los demás. Cuatro días que habían pasado lentamente, y eventualmente sido reflexivos; cuatro días que no fue a la escuela, días que no vio a Tom.
Tom…
Divisó el tazón de frutas que yacía tentativo justo a menos de una pulgada de sus manos, acarició una uva verde con apenas las puntas de los dedos, tanteando su curiosa forma ovalada, y, tomándola con suavidad, llegó a metérsela en la boca por completo apenas la acercó a sus labios. Masticó el agridulce sabor refrescante y se rascó el cuero cabelludo, no por comezón, más bien por una cruel desesperación que todas las mañanas lo consumía.
En su boca quedaban excedentes, ruinas de huellas, del último beso que Tom le dio, aquellas sensaciones forzadas y húmedas permanecían sobre sus labios y en su lengua, como una marca imposible de borrar. Remembraba habérsela lavado cada diez minutos en el trascurso de los días, siendo inútil al final.
Lo que sí había desaparecido justo ese día al despertar había sido, por suerte, su asqueroso aroma. Sabía que tenía que ir a la escuela, que ya el mal olor no sería un impedimento poco justificado que le había servido para tomarse algunos días que ocupó completamente para meditar sobre lo sucedido. Su indignación con Tom seguía en pie, aunque menos intensa; de nada servía enojarse cuando a Tom le valía menos que la escoria. Tampoco ayudaba que lo evitara, si lo que Tom más deseaba era eso. Y Bill no le daría el gusto. Lo supo esa mañana tras volver a soñar con él.
No hubo noche, posterior a lo acontecido, que no soñó con Tom. Los sueños eran similares y dudosos, casi inviables, en los cuales siempre terminaban haciendo el amor luego de una discusión. Lucían tan auténticos que Bill despertaba incluso raudo, con el corazón encabritado, como si hubiera, realmente, hecho el amor con él. Y lo más insólito, era que después de cada sueño su entrada palpitaba, excitada, como si el tumefacto y chorreante pene de Tom hubiera asediado terreno en su totalidad.
Bill curioseaba la mayoría del tiempo, preguntándose a sí mismo si Tom soñaba lo mismo, si extrañamente se telepateaban, inclusive si Tom deseaba poseerlo. En sus deseos inconscientes Bill anhelaba fundirse en Tom, una tensión sexual que fácilmente había incrementado con el paso de las horas, y de la cual, hasta el momento, no tenía riendas. Dudó por cuatro días que Tom sintiera algo por él como ya había supuesto directamente, pero luego recapitulaba lo que podía ser realidad aunque no existieran suficientes pruebas hasta el momento.
—Lo que ha pasado puede no tener…—Aquellas, sus primeras palabras posteriores al desmayo, le sacudieron el cuerpo y le llenaron los ojos de pesadas lágrimas. Su abuela lo contemplaba, absorta, y Bill no sabía cómo contarle lo que recién había sucedido, especialmente con su pérdida de virginidad.
Su garganta sufría igual que su corazón, que creyó se le saldría del tórax.
—Él está enamorado— había mencionado su abuela, callándolo para que no se sintiera culpable de su cambio, que en cierto modo, muy en el interior, en esos breves momentos lo transformaron en un traicionero por no haber cumplido su palabra al cuidar su virginidad hasta el final, llevándose a su vez todo lo que ello conllevaba —. Él está enamorado de ti, tanto como tú de él. ¿No es así? — Bill no pudo replicar aquella articulación que expelía seguridad —. ¿Desde cuándo te eligió? ¿Cómo ocurrió todo esto?
La tranquilidad en el rostro de la abuela para tratar el tema, reconfortó a Bill en todos los sentidos. Lo que menos quería era que su abuela lo odiara, que lo desamparara como todos en su momento lo hicieron. —El primer día de escuela él puso los ojos en mí. Han pasado tantas cosas…
Entonces esa misma noche su abuela supo toda la historia, con absolutamente todos los detalles esenciales. Bill había sido bastante explícito al momento de describir la forma tan peculiar que Tom usaba para examinarlo cada que podía, y sin postergarlo le mostró, pacientemente, todos los cambios físicos que pulieron lo agraciado que ya era.
—Abue… ¿Crees que haya marcado su territorio? Jamás había visto una marca tan extraña. —Frente a la mirada perpleja de la abuela, arrulló con precaución su piel, temeroso de suprimir la estrella de cinco puntas que permanecía como un símbolo en su cadera.
La fémina observó repetidas veces dicho dibujo pintado de negro, forzando la vista más de lo que debería, contestando con una voz temblorosa, intranquila:
—Nadie más tiene uno igual. No han reportado algo así. ¿Te duele? — La cabeza de Bill se removió de izquierda a derecha, en negación —.No he oído hablar de señas específicas para marcar territorios. Posiblemente los leones sean los únicos que pueden hacerlo.
Los leones eran tan cotizados que lo más probable era que no supieran demasiado de ellos, dejándolos cruelmente como ignorantes. En los Manuales Diagnósticos De Características Genéticas Y Etiquetas Híbrido Sociales, no venía descrita la tan llamada «marca territorial» En los leones, el apartado de información era escaso y sobresaliente a la vez, tan simple y al mismo tiempo representativo y único. No obstante, los leones blancos eran capaces de muchas cosas que hasta el momento el Consejo de Diagnósticos tardaría en descubrir y actualizar.
Pensativa, escrutó el gesto nervioso de Bill.
—Esos Lunares… ¿sabes el simbolismo que representan? —La mujer pudo inquirir al palpar los excéntricos lunares que decoraban el vientre de Bill.
Bill, que en aquel instante no encontró forma para responder, tragó saliva ruidosamente. No sabía la respuesta, no estaba si quiera enterado que esos lunares nacerían, no lo tenía contemplado.
—Fertilidad. —Había asegurado su abuela con una sonrisa de medio lado, cabizbaja, acordándose de lo que aquel Manual mencionaba sobre la localización de lunares, los cuales sólo crecían en leones y conejos desvirgados. Ningún otro híbrido poseía tales círculos de singular café, y Bill curiosamente había resultado ser uno de los conejos más fértiles, siendo el primero después de 200 años en ser desgraciado o quizá bendecido por ello. Hacía mucho tiempo que un conejo no resultaba tan excesivamente fértil como lo era Bill ahora
—. Eres altamente fértil. —Sin poder evitarlo, Bill se atrofió por completo, escudriñando su fino abdomen—. Y los leones vigorosos, sexualmente potentes. ¿Él se protegió?
Al apenas recordar lo que su abuela le había preguntado, se acarició con una mano el vientre, dubitativo.
Alejó rápidamente el tazón de uvas y cerró los ojos, cargado de ansiedad, deseando encontrar respuestas.
Y No. Estaba seguro que Tom no se había protegido durante la intensa sesión sexual. Bill tampoco se había puesto un anticonceptivo. Tendría que esperar que el periodo le llegara dentro de dos semanas para verificar, y si no menstruaba, entonces estaría preñado, de Tom.
Tom…
—¿Hay algo mal? —La voz de su abuela lo obligó a reaccionar. Bill sacudió la cabeza, meneándola de un lado a otro. Apartó la taza de frutas hasta alejarla por completo y cerró los ojos, en desesperación.
Pensar en un posible embarazo lo ponía de nervios.
—Hoy tengo que ir a la escuela —le dijo en calma, asintiendo para sí mismo —. Tengo que ir.
Y por supuesto que debía ir. Tenía que hacerlo porque terminarían por reprobarlo en todas las materias, y porque quería sacarse de muchas dudas, refrescar sus pensamientos, esclarecerse por completo. Tom tenía la mayoría de las respuestas y le preguntaría para saber lo que tenía impregnado en su piel. Sí. Le preguntaría también si se había protegido ese día.
—¿Bill? ¿Estás bien? ¿Realmente bien? —Ella, preocupada, puso una de sus manos sobre la frente de Bill y le acarició con las yemas de los dedos, cariñosa.
—Estoy nervioso —se sinceró, viéndola a los ojos, tan profundo que los volvió a cerrar—. No sé si él se protegió. Él no parece hacerse responsable de nada. Tan sólo yo…
Los grandes ojos de Bettina se hundieron en lamentos. Nunca había visto a Bill muriéndose de desasosiego.
—Cariño, tranquilízate. —Envolvió su pequeña cabeza entre sus brazos, en un cálido abrazo —. Nunca quise martirizarte con esa pregunta —le susurró en el oído—, no puedes torturarte sin saber nada todavía. Él te ama, eso nadie lo va a cambiar, ni siquiera él puede hacerlo, lo sé. Costará trabajo que él se dé la oportunidad de corresponderte, tardará en cambiar su comportamiento contigo, pero lo hará. —Respiró hondo—. Y si llegaras a estar preñado, yo estaré igualmente orgullosa de ti como lo he estado siempre.
—No es fácil, no lo es cuando estoy completamente enamorado de él. Lo estoy, sé que lo estoy. No puedo si quiera dejar de pensar en él. ¿Quién se enamora tan rápido de alguien? No puedo entender cómo es que puedo amar a un hombre que me ha tratado mal desde que lo conocí, que me violó en un principio, y que me mira frente a todos como si fuera una completa mierda. ¿Está realmente bien que esté enamorado de él? No es sano, no lo es. No está bien que sienta que él puede protegerme, respetarme y amarme —murmuró lo último, mordiéndose el labio, evitando llorar de angustia.
Ella se aferró con más auge. —Tú viste algo en él que nadie ha visto. Tú eres el único que siente que su respeto, su protección y su amor, valen realmente la pena. No busques entender el amor. Tampoco te culpes por pensar en él. Si estás enamorado de él, entonces lucha por eso.
El pecho de Bill se infló y de entre sus labios salió un resoplido. Su abuela lo hacía sentir mejor. Sonrió como un completo bobo y peinó el cabello de la abuela con los dedos, todavía con el corazón desbocado pero ya más apacible.
Sólo se separaron cuando oyeron que tocaban la puerta de la casa. Bill salió de la cocina y caminó hasta la puerta de entrada y salida, girando el pomo y recibiendo a las dos personas que había ahí.
—¿Bill? —La voz de Gustav disminuyó varios decibeles, y Georg, que lo acompañaba, lo agarró de la cintura para que no se cayera al suelo —. ¿Bill? ¡Bill! —Esta vez volteó hasta su novio, que se hallaba estupefacto—. ¡Es Bill!
Entonces Bill, que por instantes se perdió en los rostros sorprendidos, miró el ya abultado vientre de su amigo. Sí. No había dudas ya. Gustav estaba embarazado. Y, si Bill hacía cuentas, entonces en aproximadamente tres meses más Gus estaría en la sala de cirugía para recibir el producto.
La duración del estado de gestación de los híbridos era de cuatro meses, y el tiempo pasaba demasiado rápido como para que un embarazo no se notara.
—Espero no te moleste que haya pedido tu dirección en Raíces, pero estaba muy preocupado por ti.
—No hay problema, pasen, mi abuela está haciendo el desayuno. —Dio dos pasos atrás y se hizo a un lado. Gustav agarró el brazo de Bill y se lo agitó —. Gustav, estás… estás preñado. —Le apuntó la pequeña barriga.
Gustav tocó los hombros de Bill, y restándole importancia al comentario de su embarazo, gritó con todo el pulmón:
—¡Bill, no lo puedo creer! ¡Estás precioso! ¿Cómo te sientes?
Por un instante Bill había olvidado el fanatismo de Gustav por los conejos y sus transformaciones.
Definitivamente ver a Gustav le había motivado aún más para ir a la escuela.
—Yo estoy bien, ¿pero tú? ¿Cuánto tienes? Habíamos quedado en ir juntos para ver si estabas, pero han pasado cosas.
Gustav movió la mano, indolente.
—No te preocupes. De hecho te esperé todos estos días para que me acompañaras. No he ido a revisarme, pero al ver esto —señaló su vientre crecido—, no hay nada que comprobar. Igual tienes que acompañarnos a la ecografía —sonrió en grande, acariciando el cabello de Bill con ambas manos —. Te ves realmente hermoso, con razón Tom se ha aparecido en el área de noveno estos últimos días. Ahora entiendo por qué Ría ha estado hablando mierdas de ti… ¡Es que… todos se van a morir de un infarto cuando te vean!
«Tom…en el área de noveno siendo que es de duodécimo…»
La rapidez con la que Gustav y Georg se presentaron ante la abuela de Bill fue impactante, también el hecho de ser confianzudos a la hora de platicar y de animar a Bill en todos los sentidos. Gustav inclusive había llevado los apuntes que le había hecho a Bill, y una bolsa repleta de maquillaje que su madre no ocupaba en casa; en los días pasados imaginó la pérdida de virginidad, y sin tenerlo previsto se le ocurrió que Bill querría un cambio de apariencia. No estaba seguro de que quisiera ponerse maquillaje, pero por si acaso traía todo el estuche en su mochila.
—Sé que tal vez no debería estar tan alegre por lo de tu cambio, pero es inevitable no estarlo —Gustav dijo al cabo de unos minutos, cuando el silencio rondaba —. Te ves espectacular, eres más hermoso de lo que pensé. —Sonrió repleto de ternura, una miel que los híbridos embarazados siempre portaban—. Pero, ¿por qué no fuiste a la escuela? Pasaron muchas cosas extrañas.
Las mejillas de Bill amenazaron con tornarse escarlata.
—Gustav me estás haciendo sonrojar —avisó, escondiendo su rostro con una mano extendida. Se destapó un ojo y se encogió de hombros —. Olía asqueroso luego de estar con Tom. No quería salir de casa y que los demás me olieran; si eso pasaba hubiera sido peor que incómodo.
—Ahora entiendo, oler asqueroso es horrible, supongo.
—Muy horrible, pero el mal olor se ha ido y bueno, tengo que ir a la escuela.
—¡Y vaya que tienes que ir a la escuela! Todo está extraño allá, pero antes… sobre Tom y tú, ¿estuvo bien o fue totalmente malo?
El corazón de Bill apuró su palpitar, entre conmocionado y sofocado. Georg estaba en la sala mientras Gustav y él en el comedor, y su abuela en su habitación, por eso respiró muy ruidosamente y relajándose, le contó:
—Estar sexualmente con Tom es lo más delicioso que he probado. No tienes idea de lo apasionado que es en la cama —dijo bajito, apretando las manos de Gustav—. Y no me lo hizo una vez, lo hicimos más veces. — Movió la testa de un lado a otro, maravillado y concentrado—. Al principio todo fue brusco, hasta sangré y me dolió como no tienes idea, pero después decidí cooperar y no salí lastimado. Dormí toda la noche en su cama y hasta me bañé en su regadera, todo fue tan irreal…
—¿Bill, me estás hablando en serio?
Bill asintió perezosamente, todavía sin creérselo él mismo.
—Sí, sí, hasta busqué entre su ropa y me cambié ahí y frente a él. Claro, me dijo mi abuela que me trajo a casa en estado inconsciente.
—¡Bill, pero si esto…oh, todo eso viniendo de Tom es imposible!
Bill miró la mesa de madera, suspirando de pura ternura.
—Pues al parecer no es tan imposible. Él hizo todo eso y también me revivió luego matarme —comentó enardecido, y, al notar que Gustav no comprendía del todo, le explicó—: Cuando te fuiste a casa el último día que hablamos, yo fui a buscar a Tom, hubo un enfrentamiento entre los dos, fue horrible, sólo recuerdo haberlo besado y ser correspondido de inmediato. Después de eso, me acuerdo que acabó con mi vida frente a Ría, fue una sensación bastante angustiante, él me tenía agarrado del cuello y el vientre, me asfixiaba, todo lentamente.
—Los ojos de Gustav se entornaron varias veces. Bill suponía que era más que ficticio—. Y cuando desperté él me quitaba la ropa y ambos estábamos en su habitación, en su casa, en su intimidad. Todo fue de locos, no hubo descanso, y estos días que no fui a la escuela estuve pensando en todo lo que pasó.
Los labios de Gustav se bordaron en una sonrisa enorme, una que sacudió las entrañas de Bill.
—Bill, ¿te has enamorado de Tom?
La boca de Bill se abrió, más por el resquicio no salió ningún sonido. ¿Tanto se notaba? No quería negar lo que sentía, pero decirlo abiertamente costaba trabajo.
—No te cortes, quiero decir… —dijo Gustav, agitado, rascándose la cabeza—. No soy quién para decir lo que está bien y mal, sólo que te escucho tan emocionado. Hablas como yo cuando le hablo a la gente de Georg, y no es malo.
—Sí, yo estoy enamorado de Tom —confirmó con una sonrisa de medio lado, satisfecho por haberlo nombrado—. Y sé que él siente algo por mí —agregó, alzando la vista hasta su amigo —. Gustav, no estoy loco. Yo sé que Tom siente algo por mí.
—Bill, tranquilo —le susurró, tapándole la boca sutilmente—. Te creo, lo hago porque yo también he visto a Tom diferente desde que no has ido a clases.
—¿Diferente? —Sus palabras temblaron, y un rubor nació para quedarse permanentemente en sus mejillas.
—No tengo idea de lo que le hiciste, pero estos últimos días ha estado en el área de noveno y cuando alguien dice tu nombre, él se queda totalmente paralizado. Últimamente lo veo porque tú siempre estás conmigo en los cambios de horas. Ayer me topé con él y me sujetó del brazo muy fuerte y se me quedó viendo fijamente, después me soltó y se fue. —Rió muy alto, maravillado y fantasioso—. Luego Georg me dijo que él lee las vivencias con sólo mirara a los ojos, y estaba pensando que tal vez él trataba de saber algo de ti por medio de mis ojos o algo así. —Zarandeó los hombros de Bill, sin dejar de sonreír—. Bill eres mi ídolo, ¿cómo conseguiste que él esté al pendiente de ti?
—¿Tú crees que él se preocupe por…mí?
—¡Claro que sí! ¿Entonces explícame por qué Ría ha estado hablando pestes de ti? Toda la escuela habla de que Tom te quitó la virginidad y ya todos aseguran que le has quitado el puesto a Ría. ¡Oh, Bill! ¡Oh, joder!
¡Tienes a Tom prácticamente comiendo de la palma de tu mano!
—Pero Tom se ve indiferente a todo y…
—¡Bill, si te digo que tienes a Tom comiendo de la palma de tu mano, es porque así es! Llevo años viendo a Tom todos los días en la escuela, y sé que algo le mueve de ti, y no sólo yo lo he notado. Tom puede verse indiferente, pero sus actos no son comunes —se mordió el labio—, tienes que ir a la escuela, además ya llegó su primo y lo tienes que conocer. —Miró hacia el techo y sus ojos brillaron al idearse algo—. A lo mejor puedes aliarte a él para ganarte completamente a Tom.
—¿Primo? ¿Aliarme? —Bill alzó las cejas, frunciéndolas ante la extrañeza—. ¿Tiene un primo?
No tenía idea de eso. Pensaba que Tom estaba completamente solo.
—Síp. Su primo se llama Vid y es un león blanco de su misma edad. No lo conoces porque se queda pocas semanas y luego se va, algunas veces se queda en la escuela a tomar las clases. —Extendió las manos sobre la mesa, más que intenso—. A diferencia de Tom, él es amable y divertido, no habla con muchos, pero no es agresivo como Tom.
Los ojos de Bill se entornaron repetidas veces, pasmado. No podía imaginar que Tom tuviera un primo.
—¿Por qué nunca me dijiste que tenía un primo? —Preguntó todavía impresionado.
—No lo creí necesario, no lo recordé. Además no se queda tanto tiempo y no pensé que te interesara la vida privada de Tom. —Movió las cejas, pícaro—. Sólo se sabe que su madre se llama Simone, y su primo Vid. Tom viene de manada pura, es decir, sus padres tienen la misma genética. El padre de Tom era un león blanco al igual que el padre de Vid, y sus madres unas leonas. Los leones por lo general tienen familia de especies puras. No se ha visto que un león embarace a un híbrido que pertenezca a otra especie. Por eso sólo quedan ellos en las sociedades de diferentes países. —Finalizó su explicación globalizada, rodando los ojos—. Pero tú puedes ser la excepción. Tal vez tú y Tom, ya sabes… puedan tener hijos.
Los ojos de Bill se abrieron en grande. Lo que le decía Gustav sólo le recordaba que podía estar embarazado.
—¿Oh, no me digas que…? —Sacudió la mano de Bill, escandalizado debido a la alegría que le llenaba el pecho—. ¿Tom no se protegió? ¿Tomaste una píldora al día siguiente o no?
Bill se quedó mudo, viendo desde su lugar el vientre de Gustav.
—¡Definitivamente tienes que verlo en la escuela hoy!
Continúa…
Gracias por la visita.