«Híbrido» Parte I (Monnyca16)

Capítulo 12: Pasión

El degradado color marfil mate que abocetaba el techo fulguraba diminutas sombras redondas y cristalinas, figuras que caían desde una reforzada argolla de metal justo al centro del proporcionado y gigantesco rectángulo poco alumbrado y recóndito, que era la habitación.

Cristales se meneaban, balanceándose en silencio, con ello dándole un breve movimiento a todo el candelabro, al ramo de piedras transparentes y puras que le daban luz a la tétrica alcoba. Una cama inmensa y ocupada relucía bajo la lámpara colgante mientras que de entre las delgadas y frescas sábanas un llamativo ser sobresalió, en medio del colchón, removiéndose morosamente, logrando que su vientre se exteriorizara y que un frescor abrasador friccionara su nívea piel.

Bajó una mano para tocarse el ombligo y extenderla, dándose calor y caricias momentáneas, en círculos, entretanto sus oídos capturaban el sonido de gotas de agua cayendo a próximos metros.

Su respingona nariz aspiró el aroma a jabón mezclado con…una esencia masculina y palpable que densa, flotaba febrilmente sobre sus orificios nasales. «Tom». Sorprendido, se exigió abrir los ojos. Parpadeó varias veces y con ayuda de los dedos se apartó las endurecidas cáscaras de las puntas, aquellas que los mantenían cerrados casi con permanencia.

Un mareo invadió sus extremidades, llevándolo a desplomarse en la cama, incapaz. Se sentía débil, cansado y pequeño, sin embargo volvió a internar sostenerse, quedando esta vez impávido, sentado sobre el colchón. Entonces movió la cabeza, observando lo que estaba a su alrededor.

Reconoció rápidamente el sitio: los sillones de cuero sintético, el piso liso cubierto por una finísima alfombra color marfil, el grande espejo que usó para conocerse luego de su primera vez, incluso la sensación de la cama contra su trasero.

Estaba de nuevo en la habitación de Tom y no sabía por qué. Cerró los ojos y suspiró, casi gimoteando. Su cabeza dolía, pero aun así el recuerdo llenó sus sentidos, obligando a su memoria a procesar todo lo ocurrido en la cafetería de la escuela.

Su pecho dio una punzada al mismo tiempo que decenas de diapositivas se incrementaban en su cabeza, unas tras otras, hilándose hasta volverse al punto inicial, al comienzo que se le presentó tan explícito como si en esos momentos lo estuviera cursando.

Sobre la pequeña mesa redonda de madera lisa color caramelo, un vaso medio lleno de jugo de durazno, perteneciente a Gustav, robó la atención de Bill mientras en su cabeza tarareaba una pista que ni siquiera conocía. Una melodía o quizá jadeos dulces que tensaron sus miembros e hicieron garras el escaso aire que respiraba. Por su nariz no trascurrían partículas de gases, ningún compuesto que a consecuencia le quitaba el aliento y la tranquilidad. Se hallaba ahogado, preso, encontrado; como un desganado soldado que le daría la cara a un jefe militar de soberbia clase.

Sus brillantes orbes asomaron nerviosismo y sus labios juntos e hinchados, húmedos y carnosos, trasmitieron una buena disposición debido a la falta de atención. Hacía semanas que no utilizaba su boca para corresponder o robar al menos un beso casto, mas sin en cambio, al igual que la vez anterior, los rincones de sus labios permanecían impregnados de aquel sabor único que sólo Tom podía depositar.

Se lamió sorpresivamente el intermedio de los pulposos labios, la línea que los separaba, la ligera abertura que mantenía entreabierta su boca y, respirando con dificultad, parpadeó lento, prestando atención a Tom, que sin pedir ningún permiso se había sentado a un lado de Gustav, llenando así el ambiente de una tensa mezcolanza de visible molestia y eminente brío.

La característica fragancia de Tom sacudió casi con crueldad los cortos vellos nasales de Bill. Su arrobador aroma era superior a los días pasados, como si su interior estuviese a punto de explotar; eran deseos reprimidos, necesidades fisiológicas pospuestas que le habían dado más fuerza a su cuerpo y por consecuente, un perfume casi asfixiante si se llegaba a tragar a bocanadas.

El León Blanco que parecía consumirse en su propio sudor dos semanas antes, ahora era más superior en energía. Su organismo trabajaba el doble, sus músculos habían aumentado su volumen e incluso estaba más alto. Sus rastas gozaban de estar sujetas con una gruesa goma elástica y su rostro se miraba más bronceado, resaltando así sus feroces e intocables rasgos. Su tensa quijada mostraba vellos faciales, barba de apenas días y, sin duda, sus ojos se ostentaban más claros y penetrantes, dañinos. Los que antes eran pozos negros sin fondo, ahora parecían grises; la pupila se encontraba dilatada y su iris de un gris llamativo que contrastaba con una gruesa y oscura línea que rodeaba por completo el renovado tono claro.

Lucía displicente, destructivo e insomne, como si no hubiera conciliado el sueño en varios días. Sus lagrimales relumbraban tintados de un rojo claro y, casi siendo preocupante, algunas delgadas venas se asomaban en las puntas de sus esquivos ojos.

El incontrolable corazón de Bill dio esta vez una sacudida. Tom no apartó su lastimosa mirada de su angelical rostro. Lo observaba con un interés descomunal, singular y cotizado, poco existente. Y Bill se reflejaba en el cristalino misterioso de sus airados ojos.

Con su pensamiento enfocado en aquello que tarareaba, vio cómo Georg se aparecía de repente. Gustav se puso de pie, le dedicó una cómplice mirada a Bill y se retiró a pasos lentos del lugar.

Ambos, Georg y Gustav, dudaban de que Tom se descontrolara y le hiciera daño a Bill. Inclusive sabían que ellos necesitaban hablar, arreglar los malentendidos y tal vez quedar en algo. Bill desde el fondo de su ser estuvo agradecido de que estuviera a solas con Tom.

La respiración del que era intruso resonó en la silenciosa cafetería. Se apreciaba acelerado e irritado, cansado y violento. Bill guardó la compostura y esperó pacientemente a que algo aconteciera. No tenía un plan y a Tom no se le miraban esfuerzos para hablar si quiera, pues en vez de hacerlo se ocupaba de verlo descaradamente, evaluando, recordando y almacenando en su cabeza el gesto seguro de Bill.

Temblaba, sí. Sentía el corazón en la garganta, pero a pesar de eso, guardó la cobardía y mantuvo la cabeza alzada, sosteniendo así la desquiciada mirada de Tom que, poderosa, aún se mantenía fija, sin deseos de huir.

Segundos pasaron, convirtiéndose en sinuosos minutos. La boca de Tom no se había abierto ni un centímetro y Bill comenzaba a relajarse al escuchar ya más tranquila la aún inquietante respiración de Tom.

Muy dentro de sus pensamientos se imaginó el cielo que vio ayer y se perdió un instante en eso, todo en compañía del vaso de jugo de durazno. Estiró la mano, sujetó el vaso y bebió de la pajilla, tranquilo y más confiado. La simple presencia de Tom lo estabilizaba, y el agraciado interés que se desprendía de los poros de Tom le demostraba que provocaba muchas sensaciones en él.

Con una casi invisible sonrisa, volvió a tararear, esta vez examinando de nuevo los fríos ojos de Tom. Visualizó que las rojizas venas de sus ojos ya no estaban y que los lagrimales comenzaban a tomar un tono natural. La lozanía de Tom no había disminuido y su quijada seguía apretada, en cambio, ahora vislumbraba menos ferocidad.

Lentos minutos cursaron luego y Bill, que confianzudo seguía aguardando, prefirió ver el reloj y volver sus cándidos ojos hacia Tom, que en todo el rato no dejó de escrutarlo.

—Me voy en cinco minutos. ¿No vas a decir nada?

Tom no respondió y Bill, comprensible, asintió. Bien, esperaría los cinco minutos y luego se iría. Tarareó esta vez una nueva melodía, una lenta, tranquilizadora y siguió bebiendo el jugo, viendo de vez en cuando a Tom, cruzando apenas breves miradas con él.

No le rogaría. Insistir era demasiado. En todo caso, el que fue a buscarlo había sido Tom y por ende se suponía que tenía algo que decirle. Bill no tenía idea de qué preguntarle, pero se mantuvo cooperativo y paciente.

La boca de Tom no mostraba indicios de abrirse y Bill entendió. Para Tom debía ser difícil, más dificultoso de lo que otros pensaban, incluso más complicado de lo que Tom intuía que sería.

Nuevamente dirigió los ojos al reloj de la cafetería y al ver que faltaba un poco para que se cumplieran esos cinco minutos de espera, se acomodó la mochila en la espalda, agarró el vaso con una mano y casi a punto de levantarse de la silla, la rígida voz de Tom hizo su aparición, casi forzosa:

—Vendrás conmigo.

Una orden, sonaba así, seco y duro. Bill volteó a verlo. Por un instante se confundió, se sentía como alguien que no podía si quiera opinar al respecto, como una simple cosa que Tom manejaba a su antojo. Meditó unos segundos y con una cálida sonrisa, movió la cabeza de izquierda a derecha, negándose por completo.

Los ojos de Tom se abrieron al ver su respuesta, las venas de sus brazos se sobresaltaron y su pecho se hundió dolorosamente.

—Mi abuela debe estar esperándome en casa —explicó Bill, volteándose y saliendo de su silla por completo. Caminó un paso para alejarse, sin embargo, la voz de Tom sonó más áspera.

—Te llevaré a tu casa, luego iremos a la mía.

Tom lo sorprendió al posarse tras su espalda y agarrar con fuerza su muñeca para sacarlo de la cafetería y caminar lejos de ahí. Los parpados de Bill se entrecerraron varias veces y de su boca no salió nada cuando Tom, violento, lo dejó frente a una puerta de su automóvil, todavía sin soltarlo.

—¿Qué te has creído? —Inquirió en queja, tratando de soltarse de la mano brusca del contrario—. Me estás lastimando, estás…—jadeó cansado, mirando su mano ya roja por la presión del compacto agarre. Tom suavizó su garra y a pasos lentos, acorraló a Bill en el auto, dejándolo justo pegado a la puerta del copiloto.

Se inclinó en el trayecto, abriendo la boca repentinamente, hambriento y jadeante, quedando a menos de un centímetro de Bill. Sus labios se rozaron debido al intenso acercamiento, pero Tom se detuvo, lo vio directo a los ojos y ladeó la cabeza, entreabriendo la boca, deseoso de que algo más sucediera.

Bill sintió un aliento caliente golpetear sus labios, pero no retrocedió, sólo permaneció quieto y estupefacto. Sus ojos se conectaron por dolorosos segundos, siendo inquietante. Entonces Tom cerró la boca y furioso, abrió la puerta tras la espalda de Bill, y lo hizo adentrarse.

Bill cayó en el asiento, miró el vaso de jugo en el suelo, y oyó que Tom cerraba con seguro.

—Abróchate el cinturón de seguridad —ordenó Tom, despertando así a Bill de su razonamiento interno.

Se había olvidado de tararear y ahora estaba expuesto, pero a Tom parecía importarle poco, pues ya conducía directo a su casa. Se sabía el camino y Bill estaba sorprendido, pero también un poco enojado.

De repente Tom hizo un alto y doblemente tosco, le puso el cinturón, tomándolo nuevamente por sorpresa. El pecho del más joven se comprimió y una irritación que no creía salió de su cuerpo. Le enojaba que Tom fuera brusco, un idiota que sólo ordenaba y que de algún modo se encargaba de que sus órdenes se lograran como tanto quería.

Bill podía soportarlo, podía incluso ponerse en sus zapatos por un momento, pero no permitiría ser utilizado como una «cosa». No siempre sería como Tom quería que fuera, y por más que lo quisiera, no estaba de acuerdo con su violento trato.

Tom debía esforzarse más, sólo un poco más…

Durante el camino no dijeron nada y Tom ni siquiera se esforzó un poco para hacer ambiente. Tom tenía su plan marcado, y ése era sádico. Y Bill, que había esperado ese momento, más que contento, la tristeza lo invadió. De nada servía tener a Tom a un lado si ni siquiera le hablaba o le mostraba aprecio.

Sabía que la situación sería complicada, pero era demasiado a comparación de lo que esperaba.

Tom estacionó su vehículo y apartó los seguros.

—Te espero aquí —soltó, sin moverse de su asiento.

Bill desató el cinturón de seguridad, tomó sus cosas y cuando estuvo afuera, cerró la puerta sin mirar atrás.

No volvería. Tom tenía que hacer algo para ganarse eso.

Se encerró en su casa, buscó a su abuela y al no encontrarla, leyó una nota pegada en el refrigerador. Ella había salido y llegaría más tarde. Se escudó en su casa, lo suficiente para hacer rabiar a Tom, que todavía esperaba en su auto.

Más de veinte minutos le fueron suficientes para actuar de inmediato. Tom salió de su prestigioso automóvil y fue directo a la casa donde Bill se mantenía renuente a salir. Se paró enfrente, alzó una mano, hizo un puño y antes de golpear muy fuerte o derribarla, hizo un gran esfuerzo para golpear la puerta con cuidado aunque su interior estuviera envuelto en un terremoto infernal.

Tardaron para abrir la puerta, pero cuando esta rechinó, Bill asomó la cabeza y no lo dejó pasar, sólo se mantuvo estático, sin gestos en el rostro, pero reacio a todo lo que viniera de Tom.

La conexión de sus ojos se intensificó en ese momento, un fuego interno creció en el vientre de Bill y manó por su boca semi abierta. No tenía miedo, no obstante, su corazón golpeaba su pecho una y otra vez con desenfreno. No sabía lo que sucedería; las cosas se habían saldo de control.

—¿Sales o te saco? —preguntó, inmerso en su único objetivo. Oía el latir del corazón de Bill, percibía la rabia en su ser, el brillo desesperado de su mirada, pero aquello no lo haría suavizar su tono ni su fuerza. No podía seguir esperando un momento más.

—¿Serías capaz? —atacó Bill, entornando los ojos —. ¿Por qué tienes que ser tan idiota? Me buscas y,…

¿sólo me dices eso? No soy una cosa, Tom…

—¿Sales o te saco? —repitió en interrupción, dándole opciones para no cometer una tontería, dejando a Bill con la boca entrecerrada. Si Bill hubiese accedido, la situación sería distinta. Si Bill hubiera…si tan sólo hubiera cooperando un poco, entonces Tom no estaría al borde de la locura.

No. No jugaba. Bill tragó una bocanada de aire, buscando llenar sus pulmones y respirar con normalidad.

Su pecho dolió y en su estómago un vacío se hizo presente.

—¿Qué es lo que buscas de mí?—murmuró, consiguiendo más solidez en sus palabras —. ¡¿Qué es lo que quieres de mí?! —Vociferó y levantó las manos, triste y exasperado, dejando a la vista el temblor de las mismas. Sus delgados dedos buscaban asir algo intangible con el único propósito de sostenerse a sí mismo.

Tom sujetó la puerta con una mano, comprimiendo fuerte el trozo de madera, y la abrió a la fuerza, empujando a Bill con brusquedad. Éste se encogió de hombros y lo miró, incrédulo. Tom jamás escucharía sus términos y no sabía cómo actuar. Su boca temblaba de rabia.

—No lo preguntaré de nuevo, ¿sales o te saco?

—Vete…—susurró casi para sí mismo —. ¡Vete! ¡Lárgate! —gritó esta vez, caminando directo a él para sacarlo con sus propias manos. Se sentía un inútil, porque sabía que no podría, pero aun así trataba de defenderse de alguna manera. Sus puños golpearon el pecho de Tom, pero no logró moverlo ni un poco. Tom le apretó el brazo, casi como la primera vez que se conocieron, y lo sacudió.

—¡No te atrevas a hacerlo! —espetó furioso, siendo jalado directo a la puerta abierta. Tom lo sacaría, lo sometería a su antojo —. No lo hagas, no…no me trates como si fuera una basura. —lloriqueó esta vez, rogando como aquellas veces que lo hacía en silencio, cuando infinidad de híbridos pisoteaban su existencia.

Los furibundos ojos de Tom se fijaron en los contrarios, presenciando las lágrimas que escurrían raudamente. Contempló el mareo en su borrosa visión acuosa y le sostuvo la espalda con una mano.

«Un fuerte desmayo» caviló Bill con los ojos cerrados y las manos apretujando las sábanas. Movió los parpados, nervioso, y abrió los ojos, bajándose inmediatamente de la cama, tan rápido que su cabeza dio vueltas. Se sostuvo de la cama para no caerse, respiró profundo y divisó hacia todos lados, escuchando aún las gotas de agua caer.

Su pecho se infló y anduvo hasta los sillones de cuero sintético, dejó de respirar por un segundo y dio algunos pasos por toda la habitación, despacio pero con firmeza, encontrándose muy en el fondo un pasillo con escaleras arriba. Había luz, y un horroroso silencio sacudió sus sentidos, casi intimidándolo. Casi.

Jamás había visto ese pasillo ni las elegantes escaleras que llevaban tal vez a la parte principal de la casa. No conocía la casa de Tom, pero de lo que estaba seguro era de que esta vez encontraría la salida. Al dar un paso, una poderosa mano sujetó su brazo, obligándolo a voltear hacia atrás.

Su piel sintió la humedad de aquel agarre, pero no hizo nada para zafarse. Sabía quién lo retenía. Y lo observó bien, de abajo hacia arriba.

Tom se hallaba descalzo, sus resistentes piernas velludas sobresalían al contraste con la toalla que cubría su hombría y que se mantenía sujeta a su cadera. Bajo su ombligo, una línea de vellos oscuros conducía el camino central, dándole entrada a sus abdominales reforzados. Más arriba, sus pectorales apenas se movían con su agresiva respiración mientras gotas de agua lo salpicaban; sus fibrosos brazos estaban tirantes y su cuello bien erguido, grueso y acerado, con una pequeña toalla rodeándolo.

Bill entornó los ojos apenas ojeó la última parte del físico de su acompañante y, sobrecogido, sintió que sus piernas perdieron fortaleza por un escaso segundo. El rostro de Tom lucía remarcado por rígidos signos de expresión; sus ojos más oscuros, con un brillo diferente, como el mercurio líquido; y sus labios juntos y mojados debido al agua que seguía deslizándose desde su frente hasta su mentón.

Despaciosamente, Tom se secó el rostro con la toalla que se hallaba en su cuello, sin apartar su imponente mirada del más chico.

Bill estaba completamente seguro de que Tom no hablaría. Su tiesa mirada lo decía todo.

—Me estás lastimando —musitó, dedicándole una mueca lastimera. Tom suavizó el acto de su mano en el delgado brazo de Bill, pero no lo soltó. Bill dejó escapar un suspiro y cerró los ojos por un momento, tratando de relajarse. No quería discutir de nuevo —. ¿Qué es lo que quieres de mí? —cuestionó en voz baja, luego levantó la vista para ver a Tom fijamente —. Contéstame —pidió, arrugando las cejas.

—Desvístete y ve a la cama —ordenó y, sin temor a que Bill saliera corriendo, lo soltó del brazo. Visualizó con atención que las mejillas del más joven comenzaban a encenderse, un sonrojo que Tom vio como una extraña combinación de pudor y cólera.

—Entonces es cierto… Inicias los sueños. —Sus pies lo hicieron tambalearse al ver que Tom se avecinaba.

Retrocedió lentamente mientras Tom se aproximaba y, cuando su cadera topó con el brazo del sillón de cuero, dejándolo sin escapatoria, estiró la mano derecha hacia el frente para impedir que el más alto lo terminara de acorralar.

Tom se detuvo al sentir la pequeña y esbelta mano de Bill, la pálida piel que traspasó un calor exquisito a su abdomen desnudo y pronunciado.

Sus órdenes parecían poco razonables y hasta humillantes, pero algo había en ellas, algo que sólo Tom sabía y que Bill no tardaría en descifrar. Resultaba sencillo, simplemente no planeaba tomar a Bill a la fuerza, no esta vez aunque tuviera todas las armas para hacerlo. Si Bill obedecía, lo haría sentir menos responsable.

—Desvístete y ve a la cama, no lo repetiré una vez más —despotricó, viendo que los ojos de Bill hacían todo menos verlo. Meditaba en su respuesta, pero en realidad no sabía cómo actuar en esos instantes, menos cuando Tom impedía con su presencia que se concentrara.

Tom no pretendía dialogar, no obstante, Bill supo que no hacía faltan palabras cuando analizaba sus actos, sus miradas y sus órdenes. Tom quería estar con Bill, quería hacerle el amor y no ser rechazado en el intento. No sería capaz de soportar otro rechazo de Bill, no ahora, cuando por dentro todos sus sentidos estaban necesitados de su pequeño cuerpo.

Y Bill, que apenas comprendía ese hecho, agachó la mirada y sonrió de lado, nervioso. Se sentía como en un dilema. Pero la idea principal seguía siendo la misma, la cual consistía en conseguir respuestas o al menos una explicación desviada por parte de Tom. Necesitaba escuchar su voz, un indicio de que al menos quería dejar algunos aspectos en claro.

—Desperté del sueño y ahora estás aquí, conmigo —murmuró Bill, sin miedo en su afirmación. Reconstruiría los hechos —. Sé que quieres hacérmelo, hacer el amor conmigo. —Lo miró con seguridad y una ligera curvatura de labios. No buscaba escucharse narcisista, pero se sentía demasiado confiado para decirlo sin titubear —. No me puedes ocultar eso, no puedes ocultar lo mucho que te atraigo y…—sus palabras fueron interrumpidas por un bestial acercamiento por parte del contrario. Tom se inclinó lo suficiente para callarlo con un beso poderoso, tan demandante que el pecho de Bill subió y bajo con dificultad, dejándolo sin respiración. La lengua del más grande invadió sus labios y su boca, llenándolo.

Bill ladeó el rostro y entre abrió los ojos que recién había cerrado con fuerzas por la sorpresa. Lo vio. Observó los penetrantes ojos de Tom y se hundió en ellos mientras Tom, impaciente, le apretaba la cintura, tosco, y lo atraía cada vez más cerca.

Sus miradas se conectaron durante el húmedo beso sólo hasta que Bill decidió frotar su nariz con la de Tom y cerrarlos nuevamente. A la fuerza, se alejó de la boca de Tom un poco y alcanzó a susurrarle sobre los labios:

—No tienes que seguir comportándote indiferente. —un violento beso por parte de Tom lo silenció nuevamente y, tras corresponderlo con la misma fuerza, volvió a alejarse un poco para proseguir, aún con los ojos cerrados —: Dímelo. Dime lo que sientes, Tom…

Esta vez la boca de Tom no apresó la de Bill, obligándolo a abrir los ojos pausadamente. Los mantenía distantes un centímetro, luego Tom se alejó más, distanciándolos casi por completo. El minúsculo cuerpo de Bill fue liberado de las manos de Tom y un suspiro cansado salió de entre sus labios hinchados y mojados.

—Entonces déjame ir y no me vuelvas a buscar nunca más —ofreció Bill, aprovechando el estado estático de Tom para alejarse de él. Se encogió de hombros y miró a su alrededor, con calma, encontrándose al fin de cuentas de nuevo con su gélida mirada. Rehuyó de sus ojos y se dedicó a observar la cama y la puerta de baño, que estaba abierta. La alfombra lucía húmeda.

Un puñado de espinas consumió el interior de Tom, rasgándole el estómago y expandiéndose poderosamente por todas sus extremidades. Sus manos tensas temblaron de repente, dando una sacudida y su garganta se sobrecalentó, secándole la boca. Su respiración se atrancó y su sangre dejó de fluir, deteniéndose por completo en sus arterias hasta que, de repente, su corazón dio una convulsión estrepitosa dentro de su pecho y bombeó con fuerzas, regularizando su sistema.

Bill oyó los pasos de Tom, pero no volteó hacia atrás, sólo siguió caminando por el misterioso pasillo, en dirección a la escalera cercana. Sólo se detuvo cuando un brazo rodeó dolorosamente su cintura y el pecho de Tom chocó contra su espalda en una especie de abrazo para retenerlo, tan tosco que las costillas del chiquillo crujieron.

Absolutamente todas las emociones de Bill se enlazaron con el lacerante apretón que el duro brazo de Tom ocasionó. Su delgado cuerpo se encogió por completo y la piel de su cuello se sensibilizó cuando la nariz de Tom respiró su aroma a profundidad. La lengua de Tom lamió el largo de su esbelto cuello, transfiriéndole descargas placenteras.

Tembloroso, Bill encogió el cuello y puso sus manos sobre el brazo de Tom, que permanecía apretando con fuerzas su cintura.

Se sentía nervioso en exceso y ridículamente sonrojado. Tom lo estaba tocado como un bruto, pero tocando…Una extraña forma de acariciarlo, apasionado y ciertamente bestial. Tom ya lo había abrazado por la espalda antes, precisamente cuando hicieron el amor por primera vez, pero esta vez ese abrazo parecía asfixiarlo y al parecer Tom no pretendía eso, no cuando le besaba el cuello con adoración y vehemencia.

El pene de Tom palpitaba contra el cuerpo de Bill, erecto y húmedo, goteante, y aquello no era nada más que una tentadora invitación. Sin embargo, Bill respiraba con dificultad y no podía moverse. Rápido, acarició el brazo de Tom con los dedos y buscó su mano para enlazarla con la suya torpemente, tomando aire a bocanadas apenas Tom disminuyó la presión que ejercía.

Inesperado. Bill sintió de ese modo que Tom se inclinara lo suficiente para apresar sus labios y comenzar un fogoso beso en esa posición poco accesible. No obstante, correspondió con el mismo anhelo, gimiendo contra la boca de Tom y permitiéndole que devorara cada rincón a su manera.

Su sangre se calentó, aun así no alcanzó el calor del pesado cuerpo de Tom. Éste ardía, como en plena canícula. La boca de Tom acaparó por completo sus labios, presionándolos en desesperación para intensificar imposiblemente mucho más el beso y, a comparación de otros besos, ese precisamente era más codicioso e insaciable.

Los movimientos de Tom se palpaban rudos e incontrolables, ansiosos. Bill se separó a como pudo de la boca del más alto y entornó los ojos, batiendo sus espesas pestañas. Tom las vio tan largas que incluso aparecía una sombra en los pómulos de Bill y ese simple detalle consiguió que lo volteara para dejarlo de frente. Bill se meció en los brazos de Tom y le envolvió el cuello con los brazos, juntando al final sus labios nuevamente.

Por un breve momento aquel que parecía un beso interminable, disminuyó hasta convertirse en sólo cortos besos ruidosos y tentativos. Al detenerse, Bill mantuvo los ojos cerrados, sabiendo que Tom no había dejado de verlo.

No sabía qué decir ni cómo seguir reaccionando. No tenía idea de lo que acababa de pasar. Sólo sentía que Tom pretendía alejarse como minutos antes, inestable y dudoso.

Tom luchaba arduamente con su interior, desdeñoso ante la dulce mirada de Bill. Esa indiferencia que irradiaba de sus ojos apareció espontáneamente, como todo su comportamiento impío y agresivo. Era mecánico, tan cotidiano que costaba trabajo cambiar su conducta. Empero, a pesar de ser dificultoso, Bill lo había invadido por completo; controlaba su agresividad en su mayoría y tenía poder sobre él, uno que no podía hacer desaparecer.

Demente. Bill lo estaba volviendo completamente demente, tan atolondrado que tenía miedo. Y odiaba temer, tanto, que prefería estar muerto

«Entonces déjame ir y no me vuelvas a buscar nunca más» remembraba en su cabeza con la vista fija en Bill, en sus refinados detalles, en lo sublime que era su presencia, tan excepcional e intrínseca que Tom se perdió en ella y en sus deseos, en un sentimiento que era incapaz de dominar

La coraza de su transparente resistencia se agrietó y pieza por pieza fue desprendiéndose, dejando a la luz el interior que por años había mantenido oculto. Sentía una nueva energía nacer y extenderse gradualmente por todo su cuerpo, una fuerza que ardía en su garganta dolorosamente.

«Entonces déjame ir y no me vuelvas a buscar nunca más» «Nunca más» «…Déjame ir» su cabeza repitió una y otra vez. La significancia que era ‘dejarlo ir’ resultó, de pronto, más difícil de lo normal. Miedo. Temía…y odiaba, aborrecía con todo su ser tener miedo.

Débil. Se sintió de esa manera. Un completo enclenque que se alimentaba de furia con el simple pensamiento de perder lo que tanto adoraba. Se hallaba colérico, insoportable y frágil muy en el fondo y desesperado, hambriento de amor, de un beso, de una caricia, de una mirada que radiara lo que sus ojos querían distinguir.

Los ojos de Bill se abrieron en grande y gimió alto, sus manos temblaron y su boca se entreabrió con impericia, accediendo a que Tom restregara su lengua contra sus labios y que, de un momento a otro, la metiera dentro de su boca. Tom se había arrimado para besarlo con furia, un desespero que Bill trató de controlar.

Tom lo era, un animal cazándolo; un agresivo híbrido que lo lastimaba con sus manos, con su burdo contacto y sus implacables besos. La sangre que comenzó a manar a grandes gotas de la boca de Bill fue el detonante para que respirara ruidosamente. Tom lo había mordido y parecía no haberse dado cuenta de la presión que ponía en ello.

Tom simplemente continuaba absorto en Bill, en su poderoso e indestructible miedo propio, en su deseo de no dejarlo ir. Sus instintos lo obligaron a acapararlo de esa forma, muy en el fondo creía que si lo sujetaba con fuerza Bill nunca se marcharía y funcionaba, pero lastimaba.

La respiración de Bill había perdido su curso y su pecho era aplastado cada vez más contra Tom. Su boca seguía sangrando pese a que la saliva de Tom la curaba en el proceso, y éste no reaccionaba, sólo lo apretaba más, en un abrazo tortuoso que le tensaba los huesos, desgarrándolo paulatinamente.

Bill gimió bajito, sin aliento, desanclando sus manos del pecho de Tom para subirlas y tocarle el rostro. Acarició con los dedos sus mejillas y mantuvo el vaivén constante, presenciando cómo Tom disminuía sus lesivos toques. Correspondiendo todavía el sofocante beso de Tom, aspiró desesperadamente del aire tibio que la nariz de Tom expulsaba al respirar desequilibradamente y abrió la boca para tranquilizar ambos resuellos. Tom, al verse separado de los labios ajenos, ladeó el rostro y se impulsó, apresándolo de nuevo, esta vez con más lentitud pero a profundidad.

—Loco…—susurró Tom sobre sus labios, ronco y agitado, sin dejar de besarlo —. Me estás volviendo completamente loco. —Bill gimió en respuesta, abriendo los ojos para verlo.

Tom bajó ambas manos hasta el trasero de Bill y al apretarlo, lo alzó, aupándolo con afecto. Bill inmediatamente le enredó los brazos en el cuello y jadeó ansioso, acariciándole la nuca y abriendo totalmente la boca al escuchar un gruñido por parte de Tom, quien hundió pausadamente dos dedos en el intermedio de su trasero aún cubierto.

Siendo dulce, Bill desenredó los brazos del cuello de Tom y frente a él, agarró el filo de la ropa que cubría su parte superior y se desvistió sin prisa, meneando la cadera hacia adelante para restregarse con Tom. Gimió abiertamente contra sus labios y ansioso, bajó las manos con el único propósito de desabrocharse los pantalones.

La toalla que cubría el endurecido miembro de Tom cayó al suelo, dejándolo esta vez enteramente desnudo. Tom inmediatamente había emprendido paso directo a la cama, excitado y con la boca ocupada esta vez en los rosados pezones de Bill, que se endurecieron al contacto con su lengua.

La afilada barbilla de Bill reposó en las rastas de Tom mientras éste le mordía un pezón, jalándoselo con los labios. Su cabeza daba vueltas y su corazón subió hasta su garganta cuando fue depositado en la cama con gentileza mientras el pesado cuerpo de Tom cayó sobre el suyo.

Sus bocas se rebuscaron de nuevo, enlazándose, con deseo, y se abrieron al compás, tan coordinadas que Bill levantó la pelvis, chocando su entrepierna con el recio abdomen de Tom al mismo tiempo que un acorde de gemidos suaves salían de su empapada boca.

Tom presionó su pene en el muslo derecho del chiquillo, rítmicamente, viéndolo a los ojos. Su estertórea respiración se unió a la tórrida humedad que era sus bocas juntas y de la cual, al verse insatisfecho, se separó.

Despojó a Bill de sus pantalones con urgencia, ferviente, jalándole los pequeños calzoncillos en el proceso. Bill dejó los brazos arqueados encima de la cama, tumbado y observando con atención, con una leve sonrisa lúbrica.

Su notoria desnudez ante los ojos de Tom lo hizo sonrojar. Sus orejas se pusieron totalmente rojas al igual que sus mejillas. Se incorporó en breve, pero cayó sobre la cama como anteriormente al advertir que Tom hundía la testa hasta uno de sus muslos, sobándolo con la punta de la nariz.

La piel de Bill se crispó y un inmenso e interminable calor brotó de su vientre, el cual recibió a su miembro justo encima cuando palpitó descontroladamente. Entonces Tom lamió la lívida piel de su muslo y le flexionó las piernas, situándolas en sus hombros tan rápido como un parpadeo. La cadera de Bill quedó al aire, debilitada.

Con firmeza, Tom sujetó la parte trasera de las rodillas de Bill y justo en el doblés, oprimió, acomodándole el trasero, dejándolo frente a su rostro, a una pulgada de su boca. Los centelleantes ojos de Bill se cerraron y al recibir la primera lamida en un costado de su nalga izquierda, llevó las manos a sus pezones, acaparando uno en cada mano. Se apretó gentilmente los rabillos con los dedos índices y pulgares y, jadeando, abrió la boca, evacuando hálito.

Entumió los dedos de sus pies y se deleitó con la boca de Tom entre su trasero, besándole apasionadamente la estrecha entrada. Abrió los orbes, obteniendo una vista cercana y lujuriosa, que precipitaba su estado excitado. Su tierno ano fue invadido por una tórrida humedad proveniente de la boca de Tom, de su lengua que, en conjunto con sus labios, besaban con vehemencia el diminuto agujero, empapándolo de saliva.

La lengua de Tom lamió desde atrás hacia adelante, friccionándose contra el esfínter sonrosado que comenzaba a dilatarse debido a la punta de su lengua. Bill se llevó las manos a la boca y chupó sus dedos índices lentamente, terminando con los pulgares para de ese modo llevarlos a sus pezones endurecidos y frotarlos al mismo ritmo que Tom movía la lengua en su abertura.

Sus miradas chocaron, creando ese vínculo que ya conocían, pero que les encantaba revivir. Tom soltó las piernas de Bill y llevó su resbaladiza lengua justo al comienzo, en la línea divisora entre la pierna y el falo, depositando besos húmedos hasta su cadera, oliendo la maravillosa esencia que Bill exudaba mezclada con el aroma a sexo.

La cadera de Bill se elevó ante los besos de Tom y su vientre se sacudió sutilmente cuando llegó ahí y subió ávidamente hasta su ombligo, el cual acarició con su nariz mientras subía por completo.

Su cuerpo cedió a una turbulenta sensación, tiritando de placer, y los gemidos melodiosos que salían de entre sus labios eran aceptación inmediata. Tom acomodó su cuerpo por completo, entre sus piernas, y le lamió un pezón, robándole la respiración. Las debiluchas manos de Bill apretaron la cabeza de Tom contra su pecho y suspiró ruidosamente cuando Tom sacó la lengua nuevamente y lamió su estómago, haciendo que contuviera el aire, adelgazara su vientre y que a consecuencia sus costillas sobresalieran.

Gimoteó, retorciéndose y exponiendo el cuello al tener a Tom justo ahí. Abriendo la boca en grande, capturó la base de su esbelto cuello, besando candentemente hasta su oreja, siendo inexorable, continuando con su mandíbula y terminando con su mentón.

Bill tragó saliva y sostuvo el amplio cuello de Tom con sus manos, disfrutando de la tibia lengua que chupaba apasionadamente su garganta.

—Tom…—gimió, impulsando sus caderas, buscando friccionarse con él—.Tom…—Guió el rostro de Tom a su boca y lo besó, sujetándole la barba partida. Sus lenguas se encontraron y enlazaron de inmediato, intensificando el beso húmedo. Las caderas de Tom se movieron contra Bill e impaciente, lo atrajo para sentarlo en su regazo, en medio del colchón.

Las torneadas piernas del más joven rodearon la pelvis de Tom y sus rodillas se asentaron en el colchón. Elevó las caderas de atrás hacia adelante apenas Tom le tocó con rudeza el trasero con una mano, y detuvo sus movimientos al verse acorralado por un dedo que tanteaba su receptiva entrada.

La humedad de su ano hizo aceptable que Tom metiera uno de sus dedos con lentitud mientras lo besaba en la boca. El interior tragó por completo el dedo intruso y permitió que se moviera con cautela, de adentro hacia afuera, constantemente. El rostro de Bill se enrojeció en demasía y Tom lo escudriñó por completo, sin romper el beso, oyendo los cortos gemidos de Bill y sintiendo como sus labios temblaban al contacto con los suyos, extasiado.

El dedo en su recto aceleró su movimiento y otro hizo su aparición, rotándose en las lisas paredes, llegando a dilatarlo un poco más. Ambos índices tocaron la pequeña esfera que sacudió el delgado cuerpo de Bill en una convulsión descomunal que lo tensó. Tom sacó los dedos y le apretó los glúteos, contemplando cómo Bill llevaba una mano a su parte trasera mientras que con la otra sujetaba el desaforado y mojado pene de Tom.

Alzó las caderas, separó una de sus nalgas con la palma de su mano, con ayuda de Tom, y posó el hinchado glande lubricado justo en su esfínter. Bill contuvo la respiración, imposiblemente tranquilo, y relajó la pelvis, necesitado, ciego.

Estaba completamente ciego de deseo, enfocado únicamente en Tom, en la lacerante realidad de aquel falo abriéndose caminos hacia sus entrañas, escindiéndolo con la misma intensidad de siempre, y con el mismo sentimiento de apasionamiento. Echó la cabeza hacia atrás y descendió, traspasando así el primer anillo de su entrada e incrustando lentamente toda la longitud que palpitaba dentro de su cuerpo hasta sentarse en el pubis barbudo de Tom y descansar ahí.

Tom apretó sus caderas y embistió desde su posición, dejando toda su gorda erección dentro, logrando obturar y llenar la capacidad de dicho interior con una mezcolanza de cuidado e impaciencia.

Enredó los brazos alrededor del cuello de Tom y aceptó el beso que le ofrecía, tomando la iniciativa para ser el primero en moverse, de arriba abajo y luego de atrás hacia adelante, sin sacar por completo el pedazo de carne, permitiéndose tomar ritmo después y recibir las penetraciones que Tom propinaba con fuerza, asaltándolo una y otra vez con intemperancia, duro y fuerte, tan profundo que perdía energía.

Tom sujetó su labio inferior, aprovechando que mantenía la boca abierta, fue en ese momento que lo abrazó de la cintura y lo tumbó en la cama, anclando sus manos esta vez en los costados de su cabeza. Entró en su interior y salió por completo, dejando el glande topando en la ceñida hendidura, para luego penetrar con ímpetu y por completo, consiguiendo así que Bill le abrazara las caderas con sus piernas.

Lo besó en los labios y aumentó la velocidad de los embates, esta vez sin salir por completo, pero penetrando vigorosamente, férvido. Sus manos se hicieron puños y las venas de sus brazos se sobresaltaron ante la fuerza proporcionada. Abandonó la boca de Bill y permaneció con los ojos entrecerrados, nublados y brillantes, viéndolo y respirando furiosamente contra su boca abierta que en algunos momentos fue invadida nuevamente por los labios de Tom.

El sudor rondaba en la frente de Tom y las venas de su falo pulsaban al frotarse con la carne que tapizaba el ano de Bill y que le apretaban, tragando por completo su pene con cada embestida. A pesar del doloroso tamaño del miembro, Bill lo recibía totalmente, más aún cuando sus testículos chocaban contra su trasero por la velocidad y fuerza del vaivén. Dicho sonido húmedo inundó la habitación, anunciando que el clímax estaba a punto de llegar.

Tom movió uno de sus brazos y posó su grande mano sobre la erección de Bill, aferrándose para masturbarle. Tom contuvo el aliento, penetró más rápido, rudo, eligiendo el momento indicado para hacerlo por última vez y cuando lo hizo, arremetió veloz y, estando absolutamente dentro de Bill, eyaculó, recibiendo en su mano el líquido seminal que Bill recién había derramado. Sus narices se acariciaron melosamente, sus frentes se mantuvieron juntas y sus bocas exhalaron jadeos ruidosos, descontrolados, resuellos que acunaron su primer orgasmo compartido.

Estremecimientos y breves sacudidas en el vientre mantuvieron a Bill satisfecho, su entrada no había dejado de apretar el craso pene que parecía no querer salir de su cuerpo y ese simple momento lo guardó con cariño. Sus pestañas se mecieron en un parpadeo y sus ojos siguieron conectados con los contrarios, visualizaron sus ojos, sus labios, su nariz, su frente, sus rastas. A Tom. Y se besaron al mismo tiempo, en un mismo impulso, uno tan lento que avivó aún más sus latidos.

Al despegar sus bocas, Tom ladeó la cabeza y tocó con su nariz la de Bill, respirando el mismo oxígeno, y éste, que apenas había destensado su entrada, lo besó de nuevo, castamente, sólo probando sus labios.

Tom nuevamente posó sus dos brazos alrededor de la cabeza de Bill, tocando brevemente con los dedos el cabello azabache que logró desparramarse en la cama. Sacó su pene del orificio, dejando escurrir el espeso semen que se almacenaba muy en el fondo de sus entrañas, y permitió que las pequeñas manos de Bill se posaran en su rostro exhausto.

La suavidad de las yemas de los finos dedos de Bill era depositada en las cejas de Tom, que lo acariciaban. Bill tocó con confianza sus sienes, palpando el sudor rápidamente, descendiendo delicadamente hasta sus pómulos y boca. Con el pulgar acarició su labio inferior y los cortos vellos que decoraban su rostro, la barba de días que no se había rasurado.

La tranquilidad que proyectaba el rostro de Tom lo hizo sonreír y besarlo otra vez, siendo correspondido al instante. Sintió nuevamente el tumefacto y chorreante pene entrar en su interior y emitió un gemido ahogado, un lamento, una súplica sin morfemas; un jipido acompañado de un suspiro dulce que cargó el cuerpo de Tom de un intenso anhelo que le saturó el pecho.

Harían el amor por segunda vez en ese instante.

Continúa…

Gracias por la visita.

por Monnyca16

Escritora del fandom

2 comentario en “Híbrido 12”
  1. Q intenso 😏 pero tambien bonito y como q se sintio q Tom alias el «imbécil sin corazón», tuvo como prioridad que Bill disfrutara y se sintiera no sé ¿querido? Xq si bien no fue con palabras parecis q Tom lo demostro con gestos. Es mas q obvio q quiere a Bill xq le es tan dificil aceptarlo y decirle un «te amo» 😢😢 Me gusto mucho este cap, noo imaginaba un encuentro íntimo entre ambos de esta forma. Fue una sorpresa total.

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