«Híbrido» Parte I (Monnyca16)

Capítulo 13: Estrella

Suelo rojo terracota y liso, epóxico, era lo que pisaba a grandes zancadas en el edificio de grado superior. Caminaba por el pasillo del tercer piso, mirando de re ojo las reforzadas puertas de madera a sus costados. A su alrededor, que eran las paredes de las amplias aulas de clase, se hallaban los ventanales de vidrio templado color pálido plateado y blancuzco, un tono telurio puro que por las mañanas, cuando el sol entraba, se volvía llamativo, destacando su increíble brillantez metálica. En las orillas de algunas ventanas resaltaban escasos retoques biselados en forma de raíces como los frondosos árboles, todo conforme al logo del instituto con los colores representativos.

Híbridos cercanos que acababan de salir de sus matutinas clases andaban a pasos torpes casi a un lado suyo, con la testa encorvada y mirando el brillo del suelo limpio. Estaban temerosos y ausentes de la innoble mirada de Tom Trümper, de su abyecta y belicosa estirpe.

«¡No me toques!» aquel grito seguía persiguiéndolo a cada momento, acompañado de la voz humillada y lacerante de Bill, desasosegada, tan despectiva y colérica que, pese a dos días transcurridos, seguía taladrando en su cabeza, en sus oídos, proveyéndole diapositivas claras y frescas de Bill, de sus ojos hundidos en aguas saladas que escurrían como la lluvia en plena tormenta eléctrica, un monzón que fue incapaz de detener.

Sus manos se hicieron puños, consiguiendo que sus cortas uñas se pintaran de morado y que sangre comenzara a brotar en gotas forzosas alrededor de ellas, que las venas de sus manos se sobresaltaran y que grietas aparecieran de inmediato en sus tensos nudillos. Su duro pellejo se rompía como el cristal estrellado mientras que de los uniformes cortes sangre escurría, líquido espeso y caliente, como lava haciendo erupción de un volcán.

El volcán era Tom, que soportaba el forzoso trabajo de su inquebrantable cuerpo, de su interior que, ahogado en diversos sentimientos, le exigían manifestarse, siendo la rabia la mejor opción. Furia, esa emoción, el síntoma que lo debatía entre la debilidad y el sufrimiento, dos características que fusionadas significaban miedo.

Odiaba el miedo tanto como lo que ello conllevaba. Su estómago se retorció y su boca se entreabrió al cerrar los ojos y ser invadido por aquella voz que posiblemente nunca se esfumaría. Bill lo amaba pero al mismo tiempo aborrecía el trato que le daba, los sentimientos que nunca serían correspondidos y todas las esperanzas que había sembrado, lo detestaba lo suficiente en esos momentos, tanto como Tom odiaba temer.

Sangre circuló en su miembro, atestándolo hasta engrosarlo, las gruesas venas remarcaron la longitud y devastador líquido transparente goteó de la punta. Rememorar la cálida y nívea piel de Bill al contacto con la suya sacudió su pene. «¡No me toques!» escuchó nuevamente desde el fondo de su ser, los tímpanos se le sacudieron tan estridentemente que su frente se contrajo, arrugándose.

Su piel, la belleza de su curveada figura, el exquisito jarabe que endulzaba su boca. Jamás volvería a tocarlo, a si quiera respirar el aroma que se expelía de sus poros abiertos o cerrados. Pensar en él era caminar por un hilo delgado, que al romperse terminaría por llevar su cuerpo al vacío, a una destrucción segura que en un principio sabía que tendría. Pensar en él era miedo, fatiga y furia, violencia que desató con la primera persona que apareció en su camino y que buscó seducirlo como casi todos los días: Ría.

Sus manos ambicionaban con tocar aquello que le había sido impedido días antes. Una piel que le diera protección y calma, como la de aquel híbrido insignificante. Caricias que tranquilizaran la agresión que manaba de sus miembros, de su respiración acelerada que lo llevaba a la desesperación. Se ahogaba, su abdomen se apretaba y la erección que palpitaba dentro de su bóxer dolía.

Un debilucho conejo. ¿Cómo alguien tan pequeño como él podía manejarlo como si de un títere se tratase? ¿Por qué sus manos eran las únicas que tranquilizaban su incomodidad? ¿Por qué él? ¿Por qué alguien existía para sacudirlo de tal manera tan abrasadora y dulce? Acabar con él habría sido su mejor opción, dejarlo inerte sobre el suelo aquella vez que terminó por matarlo.

Ahora se lamentaba. Haberle dado de su sangre había sido su mayor error, su hundimiento, su cólera, su incapacidad, su demandante pasión, una que no apagaba con nada pero que se extendía, aumentando hasta hacerlo delirar, derretirse como un cubo de hielo al tenerlo frente a frente, al ver sus impolutos ojos, la inocencia en su sonrisa y amor en sus caricias.

-¡Tom,…! -el grito furioso de Ría no lo hizo detenerse. Sus manos se habían aferrado a la cadera contraria, apretando con violencia, hundiendo los dedos y llegando a tocar los tejidos compactados. Bajó sus pantalones, embriagado de coraje y precipitado, le hundió la cabeza en el escritorio de uno de los desocupados salones de duodécimo y, sin previo aviso, metió su demandante pene entre su trasero, tan seco que lo desgarró a su paso.

Ría vociferó una súplica quebrada, pero Tom no lo entendía. Era irónico. Todas las veces con ella habían así de agresivas, era inaudito que se quejara justo ahora, cuando Tom prácticamente quería follarla lo suficientemente duro y profundo hasta saciarse y terminar con la furia que invadía su cuerpo y que necesitaba desquitar con alguien.

Pero debía acostumbrarse, era necesario dejar la exclusividad que Bill gozaba. Volvería a su vida cotidiana, una donde Bill no existía, donde nunca debió aparecer; volvería a ser egoísta, independiente y solitario, como siempre debió haber sido; a su vida equilibrada que jamás lo hizo elevarse y caer al fondo, a un mundo donde no existía el miedo.

Los que anteriormente eran sollozos, ahora se oían como gemidos felinos. Ría empujó su trasero, rítmicamente, alcanzando a meter todo el falo de Tom en su esfínter anal y Tom se había detenido, viendo cómo ella trabajaba con esfuerzo para menear las caderas. Había sangre escurriendo, fluidos corporales y sonidos indecorosos. Entonces, entre cada arremetida afanosa, vio que no se había puesto condón, como con Bill.

La diferencia era que mientras Ría era inservible, un híbrido incapaz de engendrar aunque ni ella misma lo supiera, Bill se mantenía fértil, tan fresco y productivo que la furia de Tom creció aún más. ¿Por qué tenía que ser tan fecundo? Eso había sido el colmo. Pero era como una flor colorida y tersa, como ramas que incrementaban su tamaño y que crecían, refrescando el aire.

Vio su pene aparecer y desaparecer ante los movimientos veloces y descarados del trasero de Ría. Su entrada apretaba, pero no era suficiente, no lo llenaba como la de aquel chico. Aun así necesitaba más, ansiaba eyacular para liberarse del dolor de sus piernas y espalda baja, que se hallaban entumidas por la tensión que no se emancipaba aún de su cuerpo.

Llevó una mano hasta situarla en su espalda, en la curva suave que se arqueaba cada vez más. Las yemas de sus dedos parecían no apreciar nada más que piel, un objeto como siempre, tan superficial que lo obligó a mover la pelvis y embestir profundamente esta vez, violento, rápido y hambriento, en desahogo. Se abalanzó con brusquedad, entrando una última y dura vez en su cuerpo antes de que el orgasmo le atenazara entumeciendo sus extremidades, para después azotarlas con un convulso temblor cuando hubo eyaculado por completo.

Ría bufó, volteándose inmediatamente al escuchar que Tom se apartaba la camiseta, dejándose la interior. Con ella se limpió los restos de semen y sangre. Su pene se miró flácido y despejado de la presión y mientras terminaba de subirse los pantalones, su corazón latió dolorosamente, necesitado.

No resultó como esperó. El sexo con Ría no había sido la solución que en el fondo pensaba; lejos de aliviar su alterado estado, le había dejado falto, insatisfecho, doblemente enfurecido. Y la razón quedaba en evidencia, lo cual le irritaba aún más.

Las frías manos de Ría buscaron asir la mano derecha de Tom.

-¡No me toques! -espetó, alejando aquellas manos con una manotada denigrante.

Y Bill con sus palabras lo torturaba. Sentía asco.

Abandonó el salón de clases y, caminando como a quien lleva el diablo, la sangre seca que cubría sus dedos se troceó y cayó al suelo al volver a empuñar las manos ya intactas, sin grietas. Los pisos dejaban su rastreo incuestionable, cosa que todos los alumnos a los alrededores notaron cuando lo vieron pasar.

«Se la ha tirado en el salón de detención» murmuraron algunos presentes que trastabillaron cuando Tom pasó a sus lados, tan energúmeno que agacharon la cabeza.

Los comentarios rondarían por todo el instituto y Tom debía estar preparado, pero no lo estaba. Estaba harto, molesto y deseoso de descargar la fuerza que transitaba en sus venas y que dolía. Dolía tanto que los lagrimales de sus ojos se colorearon de rojo y las pupilas se le dilataron.

«Te lo dije, el conejo era sólo una puta. Nade tomaría en serio a alguien como Bill Kaulitz. Sólo míralo, es como un…» las palabras de aquel chico fueron calladas completamente por un escandaloso empujón en el pecho por las pesadas y recias manos de Tom, que a grandes zancadas se dirigió hasta él cuando oyó sus debiluchos murmullos.

Levantó uno de sus puños y esgrimiéndolo avanzó rápidamente a la cara del joven, desencajándole la mandíbula y rompiéndole la nariz, no alcanzó a partirle el cuello sólo porque había caído al suelo.

Al oír el fastuoso golpazo desde donde se encontraba, Vid corrió desde el primer piso del último edificio, aumentando la velocidad al escuchar con claridad los aspavientos que recorrían todo el lugar. Había gritos pidiendo ayuda, lloriqueos lastimeros y corazones acelerados por el miedo.

Mientras corría a toda prisa ordenó mentalmente a Tom detenerse. Terminaría matando a incontables híbridos sólo para expulsar la energía que se acrecentaba en su cuerpo y que no soportaba.

-¡Detente! -alzó la voz ya desesperado, dándose cuenta de que no sólo a un híbrido había dejado inconsciente y moribundo, sino que ahora le quitaba la respiración a otro que había pensado anteriormente en Bill y las mil y un formas de querer follarlo. Tom lo recordaba, lo había tenido en la mira y si Vid no llegaba a tiempo Tom le partiría el cuello con los dedos -. ¡Para!

La garganta de Vid ardió. No debió dejar sólo a su primo cuando era el único que sabía lo que sentía. Subió escaleras y al llegar y empujar con sus hombros a muchos que corrían para escapar, avistó a Tom, con las manos empapadas en sangre y resoplando. Su corazón latía como si en algún instante fuera a salírsele del pecho. En el suelo dos sujetos perdían la respiración mientras que uno rogaba a Tom para que no lo matara.

-Por favor, por favor, Señor -pedía el estudiante, bañado en sangre y lágrimas. Tom lo había soltado por Vid, sin embargo seguía a su frente y el chico pegado a la pared, deslizándose hasta caer el suelo dolorosamente.

«Duele. Lo sé» meditó Vid para Tom, animándolo, acuchillándose hasta tocar con su mano el pecho de uno de los muchachos moribundos. Los híbridos sanaban rápido sus heridas, pero esas, a diferencia de otras, parecían haberlos dañado demasiado. Lo mismo hizo con el otro sujeto y por último con el que estaba todavía implorándole a Tom.

Al erguirse miró a su primo y le palpó el pecho con la mano extendida. Los latidos de su corazón ardían contra su palma, quemaban, mas no apartó su contacto. Los esquivos y ardorosos ojos de Tom miraban todo menos a Vid, que con su mano absorbía un poco de la energía desgarradora que lo invadía como si fuese una esponja seca y con ganas de humedecerse. Dolió menos y su ansiedad disminuyó lo suficiente para estabilizar sus voluptuosos músculos.

Sintiéndose mejor, Tom sujetó la muñeca de Vid y le apartó la mano cortésmente. Estaba en calma, impertubable como el silencio en ese momento. Nadie más pensaba, nadie más hablaba, simplemente Tom evitó recibir cualesquier señal y fue directo a los baños para limpiarse. Vid lo siguió.

&

Resultaba ser la primera vez que se enamoraba, que pensaba tanto en algo o alguien. Le amaba, admiraba su fuerza y destreza, pero al mismo tiempo repudiaba su cobardía. No era capaz de comprenderla si nadie le explicaba, y en esos instantes no quería esforzarse para ello; no podía volver a creer en él cuando con tan sólo pensar en su nombre se sentía humillado y débil. Y no soportaba sentirse así, como una basura.

Se había prometido a sí mismo no llorar, no patalear, no perdonarle, mas en el fondo no era un tirano que juzgaba, señalando lo que vislumbraba desacierto en los demás. De ser así estaría siendo como todos aquellos que lo apuntaban y criticaban, como si representaran la perfección, una que no existía ni que existiría en ese mundo.

Pero seguía estando harto, cansado de los rechazos, de las falsas esperanzas que se sembraba, de Tom. Verlo lo hería, lo confundía y no era capaz de permitir algo semejante. No. Tom había dicho lo suficiente y Bill escuchado demasiado, casi el desaliento de toda una vida.

No estaba listo para hacerle frente a un hombre sin sentimiento ni emociones. No quería amarlo, mucho menos extrañarlo, en cambio lo hacía. Parecía inevitable no hacerlo.

Todavía saboreaba los engañosos besos de Tom, la mentira en ellos, la falsedad de la pasión, el rictus amargo de sus palabras y muy en sus profundidades notaba su propia torpeza, una de la cual Tom se burlaba. Era tan incrédulo y soñador que incluso le costaba trabajo creer lo que le sucedía. Parecía una pesadilla, el remate de una guerra que nunca se emprendió pero que terminó asesinando la poca ilusión que tenía; su seguridad, la sonrisa cotidiana que lo acompañaba y el brillo de su mirada.

No tenía idea de qué pasaría ese día o tal vez al siguiente. No sabía qué hacer para volver a ser como antes, porque aunque se esforzara no podía lograrlo. Una parte de su confianza se había destruido y no conseguía repararla, empero anhelaba hacerlo lo más rápido posible.

Era su segundo día en la escuela luego de aquella noche. Dos días tratando de apartar el dolor no bastaban. «El tiempo irá sanando las heridas, quedarán cicatrices pero las heridas se cerrarán» le había mencionado su abuela. Pero, ¿cuánto tiempo tenía que pasar para que dejara de sentirse tan triste y vacío? Su dolor era reciente, palpable y devastador. Justo esa mañana tampoco se maquilló ni probó bocado. No tenía apetito ni suficientes ánimos, mas sin embargo, al ver la barriga de Gustav sus ojos se abrían en grande, esperanzados; atisbaba un preámbulo de alegría a su alrededor.

Ver a Gustav embarazado era significativo, un motivante por el simple hecho de sentir la felicidad que transmitía. Se trataba del bálsamo que lograba hacerlo sonreír sinceramente durante las clases.

Grande. El vientre de Gustav parecía más abultado y su feto más vivaz, como si brincara en sus entrañas cada vez que acariciaban la delgada piel restirada que conformaba la barriga. Su ombligo se saltó y una línea oscura apareció, dividiendo desde ahí hasta el escaso vello del pubis. El embarazo lo embelleció más. Amor crecía desde su pecho, extendiéndose por todo su estómago, alimentando a su producto.

Amor. El amor daba vida, alegría y bienestar, una salud que ningún otro sentimiento más podía ofrecer a grandes cantidades. Bill se preguntaba por qué entonces el amor dolía tanto al mismo tiempo.

«¿Quién querría preñar a alguien como tú?» Tom le había espetado contra los labios hace dos días, aquella mañana, la última vez que hablaron. Bill no contestó a eso y Tom siguió hablando en alto, haciéndole ver lo que debía ser real. A pesar de eso, Bill quería un hijo, alguien que le hiciera compañía, alguien para amar y ver crecer. Sin embargo, Tom no lo había embarazado y lo derrochaba con una mueca en la boca. «Y si llegara a embarazarte, no eres si quiera capaz de sostener mi gen en tus entrañas, ¿y sabes por qué? Porque eres poca cosa, inservible y débil. Así que no me sirves»

Su abuela lo amaba y él a ella, pero seguía sintiéndose solo. Algún día su abuela moriría y él, ¿Qué iba a amar? ¿Quién lo amaría? Nadie se atrevería a tocarlo luego de lo sucedido con Tom. Estaba desprestigiado y aunque fuese atractivo, los híbridos se reusaban a acercarse o tratarlo como algo más que un amigo. Tom lo había condenado y así como lo hizo, también lo abandonó en ese estado.

Tom no lo amaba y ahora ni siquiera llamaba su atención. Se lo decían sus sentidos, aquellos que estaban al tanto de lo que ocurría a la redonda. Tom evitaba encontrarse con él, y estaba con Ría. Seguían siendo novios y según por lo que Bill sabía, seguía follándola. Los rumores de que se la había tirado en el salón de detención del tercer edificio lo confirmaban.

El dichoso León Blanco seguía siendo el mismo de antes, el agresivo y egoísta Tom Trümper, el indestructible y valeroso híbrido que hacía trizas todo lo que odiaba.

«Me estás volviendo completamente loco…» sonrió irónico al remembrar lo susurrado por Tom aquella vez, cuando tuvieron una follada más, una que no seguía significando nada. Una mentira que había sonado real debido a su mirada fija y extasiada. Tom era incapaz de volverse loco por alguien, pero actuaba bien, tanto que Bill cayó en su sucio truco. Tom debió haberse estado riendo a carcajadas por dentro, cuando Bill se sonrojó como idiota y le ofreció su cuerpo y alma en bandeja de plata, confiando en él.

«Mentiroso, maldito mentiroso» pensó al escuchar nuevamente el rumor estelar de ese día: «Tom se ha follado a Ría en el salón de detención, justo en el escritorio, y sonaban increíblemente excitados»

No obstante no sólo se rumoraba eso, sino otros tantos cuentos:

«Tom golpeó a tres estudiantes por celos»

«Por primera vez ha mostrado celos y fue por su novia, Ría»

«El conejo ha quedado olvidado luego de haber sido lo suficientemente usado»

Resopló, bebiendo otro sorbo de su café negro. Gustav, que lo miraba seriamente, se encogió de hombros. Estaban en la cafetería en silencio. Gustav conocía la historia de pies a cabeza y ya había aconsejado lo suficiente, sentía que faltaban detalles pero sólo quedaba esperar.

-¿El fin de semana puedes explicarme el trabajo final de Literatura? -Bill lo sorprendió con esa pregunta. En esos instantes sacaba su lonchera y comenzaba a comer de la fruta que su abuela desde muy temprano le partió. Se veía mejor, con más color en el rostro y tranquilo, sin expresar alegría pero motivado. Gustav asintió

-. No he puesto mucha atención y quiero adelantarlo -añadió, entornando los ojos.

-Sí, claro que sí. ¿Quieres que vaya a tu casa o tú vienes a la mía? -Los labios de Bill se surcaron en una especie de sonrisa, se veía sorprendido y entusiasmado un poco por la propuesta -. Podemos después ir pasear, ¿qué te parece si me acompañas a comprar la ropita del bebé? -Esta vez se tocó la barriga y asintió como loco, sacando una sonrisa enorme para Bill. Éste, por su parte, también sonrió. A diferencia de la anterior curvatura de labios, esa era más sincera y espontánea.

Bill meneó la testa de arriba abajo, rápido, y se metió un pedazo de piña en la boca.

-En cualquier casa está bien para mí. Sí, podemos recorrer el bulevar y comer helado. Mi abuela cocinará pastel de zanahoria hoy, ¿quieres venir después de clases?

-¡No sabía que ella cocinaba pastel de zanahoria! -Gustav abrió mucho la boca, sintiendo cómo se le derretía. Ya estaba antojado -. Es uno de mis favoritos.

-Pues vamos entonces, ella cocina delicioso, ¡debes probarlo, Gus!

Ambos sonrieron como locos y compartieron de la fruta que Bill llevaba.

-Cambiando de tema… ¿Cómo te sientes? -Gustav no quería recordarle nada, sin embargo, no podía estar tranquilo. No quería que Bill fingiera, sólo que estuviera superando lentamente todo lo acontecido -. ¿Ya no te duele el vientre?

-Oh…-rememoró Bill. Por un momento se había olvidado de ese detalle. Negó con la cabeza -. Aún me duele, es como algo acumulado -explicó, tratando de comprender lo que le sucedía.

El día que discutió con Tom encontró explicación a muchas cosas extrañas, entre ellas el fuerte desmayo que abrió puertas para que Tom lo llevara a su casa. Bill había estado recibiendo presión en el útero, como si algo endurecido lo obstruyera, pero Gustav no sabía toda la historia, así que decidió contarle:

-¿Recuerdas la estrella? -Bill cuestionó, dejando la comida de lado. Gustav asintió, poniéndose serio. Ambos sabían actualmente el significado de ella -. Es la que ha estado provocando los desmayos, los dolores de vientre y que esté débil. Bueno, soy tan fértil que los espermatozoides de Tom hicieron una avalancha y están tardando en morir, pero es normal con la estrella. Antes de cesar por completo, se incrementa la fuerza del gen de Tom y mueren. La última vez que tuve sexo con él, depositó más espermatozoides, por eso me siento tan débil. Probablemente estén muriendo ahora mismo, y me duele el vientre por ello -comunicó, pensando un poco más en la investigación a fondo que logró hacer apenas ayer -. Tengo muy endurecido el vientre, ¿quieres sentirlo?

Gustav no contestó, pero Bill tomó su mano y la llevó a su vientre, por debajo de la ropa. La mano de Gustav tocó un extraño endurecimiento bajo la suave piel de Bill, parecía una esfera de aproximadamente quince centímetros.

-Cuando los espermatozoides terminen de morir mi vientre dejará de estar endurecido, y cuando la estrella desaparezca -se detuvo, sabiendo que si la estrella desaparecía sería el final, el corte indiscutible del lazo que en algún momento los mantuvo sujetos-, cuando desaparezca dejaré de sentirme tan cansado y adolorido. Entonces él y yo ya no volveremos a tener sexo nunca más y su gen terminará de extinguirse en mis entrañas, evitando el embarazo.

-¿Él te dijo todo eso?

-Sí, de alguna manera me lo dijo.

-Entonces ¿estás bien? Quiero decir, no me has contestado eso -Bill lo miró a los ojos, suspirando-. Veo que reflejas algo que no eres, y no quiero que aparentes que todo está bien cuando probablemente no lo está. Porque si finges no lograrás reconocerte si quiera, y no quiero que algún día te preguntes quién eres en realidad

-continuó, desesperado-. Tampoco te pido que llores todo el tiempo, pero llorar no le hace daño a nadie. ¿Qué importa lo que los demás piensen y digan? Si te sientes triste sólo desahógate y ya.

Tras un suspiro ahogado, Gustav divisó los huidizos ojos de Bill, que le daban aire de estar meditando. Bill se alzó de hombros y levantó la vista, sosteniéndola al ver su contrariado reflejo en las pupilas de su amigo. Jamás había estado tan apesadumbrado como hacía apenas dos días y verse a sí mismo en los consoladores ojos de Gustav le sacudió lo que creyó haber desaparecido.

No era justo sentirse vacío por alguien, mucho menos por alguien como Tom, que probablemente no padecía de remordimientos. Su garganta se apretujó y una especie de garra lo apretó fuerte, dejándolo sin respiración. Su pecho se incendió y el calor ascendió hasta su rostro, a sus ojos que se negaban a derrochar lágrimas por no querer verse débil. Ya había tenido suficiente con las palabras de Tom y no quería reflejarlo por completo, pero tampoco era capaz de esconder la pesadumbre

-Sólo quiero ser yo mismo -murmuró, hundiéndose en la silla. Los labios le temblaron y sus ojos se humedecieron -. No es fácil, pero quiero dejar de sentirme así. Yo no soy así, no debería ser así…-dijo, subiendo las manos hasta su boca para ocultarse.

Gustav le sujetó las manos y lo animó con gestos dulces y palabras suaves, intentando apartar la oscuridad que opacaba al muchacho. Supo que Bill se desahogaba cuando percibió desde su lugar que su pecho sufría un retortijón y un gemido dolido evacuaba de entre sus labios, en hálito denso que representó su postración; ese sentimiento que deseaba hacer desaparecer lo antes posible con temor a no lograr soportarlo si se llegaba a extender.

Las palabras de Tom lo habían torturado y destruido. La desdeñosa voz de Tom seguía resonando en sus oídos; era fuerte, implacable, traicionera y desalmada. ¿Cómo alguien podía ser tan cruel? Bill no lo comprendía, no quería entenderlo. Estar montado en su esperanzado momento lo hacía más feliz que visualizar la brutal realidad, una que no cambiaría; Tom jamás cambiaría por él ni por ningún otro. Tom era tóxico, inhumano, un ser despreciable que sólo pensaba en sí mismo, un codicioso que nunca sonreiría ni sería feliz.

Tom vivía en un firmamento que por ninguna razón se desmoronaría. Tom no quería cambiar, no necesitaba hacerlo porque era un cobarde, un ególatra que vivía bien tal y como estaba. Él no necesitaba de nadie, mucho menos de Bill, un simple conejo deshonrado y sensible. Tom no necesitaba amor de nadie, se lo había dejado claro.

Sin embargo, a pesar de todo aquello, la tristeza no abandonaba el corazón de Bill; se sentía como cuando niño. Las palabras de Tom, sin esfuerzos, lo obligaron recordar que provenía de un basurero. La mayoría de los híbridos habían abandonado a Bill y le costaba trabajo darse cuenta de que el hombre que amaba no había sido una excepción.

«Tú viste algo en él que nadie ha visto. eres el único que siente que su respeto, su protección y su amor, valen realmente la pena. No busques entender el amor. Tampoco te culpes por pensar en él. Si estás enamorado de él, entonces lucha por eso» las palabras de su abuela llegaron de repente a su cabeza.

Su respeto, su amor y protección…Nunca conseguiría algo así de Tom, no obstante, reconocía que muy en las profundidades, pese a todo, vio algo en él que nadie veía. Tom no podía ser desalmado así porque sí. Debía

haber algo, una historia, una explicación bien fundamentada. Eso era el único consuelo que le quedaba a Bill. Al final de cuentas nadie con ese carácter tan cruel podía ser feliz.

Tom seguramente no era feliz, tal vez no estaba si quiera enterado o quizá sí, pero lo ocultaba.

«No te encapriches conmigo, porque no me voy a hacer responsable. Resultará mal si te empeñas tanto, y cuando ya no puedas más con esto, no te atrevas a culparme de tus inútiles sentimientos no correspondidos» remembró la advertencia de Tom.

Suspiró, sabiendo que Tom de alguna manera tenía bien jugadas sus cartas. Y no, no se hizo responsable de nada ni pensaba hacerlo. Tom sólo cumplió todo aquello que insinuó y Bill cayó en el hoyo, sabiendo las consecuencias mucho antes de sufrirlas.

El tiempo diría todo lo demás. Confiaba en eso.

-Anda, ya acaba de tocar el timbre de salida -anunció Gustav, parándose de inmediato con una sonrisa en los labios -. Debemos ir a comer ese pastel de zanahoria que tu abuela seguramente ya tiene hecho.

Bill, que se vio contento, cerró la lonchera, la metió a su mochila y a pasos cortos salió de la cafetería junto a su amigo. Caminaron muy energéticos, ajenos a los comentarios y concentrados en su plática, en lo gracioso que hablaba Gustav cuando estaba antojado.

En ese momento la sonrisa de Bill fue maravillosa, sincera y brillante, tan resplandeciente que los híbridos que lo observaron quedaron estupefactos. Él quería en realidad sentirse bien y trabajaba en ello, a su manera pero conseguía cambiar su aura a una mucho más fresca. Se miraba como cuando llegó a la escuela, emocionado y esperanzado, capaz de soportar los rechazos de quienes lo llegaran a humillar.

La plática con Gustav y su embarazo ayudaron mucho a que se sintiera mejor; así como había cosas por las cuales estar triste, existían otras que merecían hacerlo feliz. Por primera vez en tanto tiempo se miraba feliz, como una flor recién regada y brillante.

Al llegar a los jardines centrales, poco antes de cruzar la gigantesca fuente, la piel de Gustav se estremeció, sus piernas se quedaron congeladas, pero a diferencia de él, Bill siguió andando y hablando, con los ojos brillantes y una curva con forma de olán en su boca, parecida a un puchero.

A menos de dos metros, Tom caminaba junto a Vid, ya advertidos de que Bill y Gustav iban a su dirección. Bill, con la mochila bien puesta sobre la espalda se giró hacia Gustav, que por un segundo reaccionó y siguió andando. Gustav no supo si Bill sabía que Tom estaba cerca, y tampoco se lo dijo cuando pasaron a un lado de aquel par, como desconocidos.

La piel de Tom se erizó involuntariamente, en alerta, y el aroma dulzón que tanto lo gobernaba pasó como una corriente de aire para luego alejarse débilmente. Bill había pasado a su lado, a menos de diez centímetros, inclusive sus pieles hubieran chocado si Bill no lo hubiera evitado. Y, a diferencia de él, Bill se reía sin apartar su fina sonrisa ingenua, semejante a aquel tiempo que lo conoció.

Lo siguió con su infame mirada mientras Bill caminaba a su lado, cruzándolo de llenó, sin siquiera verlo ni voltear con él. Sus costillas se extendieron debido al agrandamiento de su corazón al latir violentamente. Una furia nació de nuevo en su interior, sus gélidos ojos esquivaron el cabello de Bill volar al ritmo del viento y sus manos se abrieron hasta tronar por completo.

Volteó hacia Vid, déspota, y emprendió paso, sin desear escuchar los sermones de su primo y esa emocionada voz a sus espaldas, la risa dulce que se desprendía de entre aquellos perniciosos labios. No obstante, todo estaba en su contra ese día, lo notaba y no podía soportar ese cambio, esa necesidad tan grande de tener a dicha criatura pécora cerca, como su propiedad.

Supo entonces que debía hacer algo para terminar con todo de una vez por todas antes de quedar más hundido y debilitado. Bill no podía seguir controlando su cuerpo y espíritu. No lo permitiría.

Tom estaba completamente destruido, su acelerado corazón lo agitaba y ahogaba en silencio, rompiéndolo en miles de pedazos.

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Las estrellas que Bill observaba a diario desde su pequeña ventana, cada noche, cargaban su espíritu. Y, así como muchas cosas habían cambiado, otras seguían presentes. Últimamente no conciliaba el sueño pese a que los dolores del vientre ya habían cesado lo suficiente. Su apetito estaba intacto y su ánimo estable, inclusive había terminado trabajos finales de elevadas puntuaciones, todo con ayuda de Gustav y sus explicaciones certeras y buenas.

Su abuela se desplazaba con más facilidad por toda la casa, seguía enferma, pero le quedaba tiempo para seguir a su lado. Las actividades de la casa aumentaron para distracción de Bill y funcionaba en demasía. Bill cocinaba diariamente, salía con Gustav y leía libros clásicos, sumergiéndose en una vida adolescente común y corriente.

Incluso para saciar sus deseos sexuales, que recientemente se apoderaban de su cuerpo sin pedir permiso, se acariciaba en el baño, durante o después de la ducha. Antier logró masturbarse sobre la cama, bajo las cobijas de frío y terminó tranquilamente dormido sabiendo y sin atreverse a pensar que aquel híbrido superior había estado rondando en sus fantasías.

Pensar en Tom se volvió innecesario. Los primeros días pensaba en él, lleno de rabia, otros días se la pasaba tan ocupado que ni siquiera le regalaba un pequeño pensamiento. Había veces que sólo pensaba en él antes de dormir, pero sus pensamientos no eran de desesperación, más bien se encargaba de pedir por Tom y su fuerte barrera destructiva.

Seguramente Tom sufría y lo único que Bill podía hacer era, acobijado en su cama, desear que Tom fuera feliz y que alguna vez sonriera. Todos merecían ser felices por lo menos un momento. Deseaba eso porque cada vez que lo veía en el instituto notaba que su agresividad había aumentado y que sufría de insomnio.

La última vez que habló con Vid fue apenas días. Él le había dicho que las cosas estaban bien, englobando todo aspecto, pese a que Bill observaba lo contrario, pero creyó en él. Vid era su primo después de todo. En todo caso Vid evitaba hablar sobre Tom y cada vez que conversaba con él era para hablar del día, juguetear, simplemente saludar, como si fuesen viejos amigos.

Gustav, por otra parte, se cuidaba por su embarazo avanzado. Georg estaba tan contento que incluso lloraba de la emoción. Los tres, incluyendo a Bill, anhelaban el bebé, sostenerlo y cuidarlo. La prioridad era esa y seguido, la escuela.

Bill volvió a recibir comentarios groseros hacia su persona, una vez Ría le había derramado su jugo en la cabeza, mojándole todo el cabello y en la cafetería, frente a muchos estudiantes y Gustav, que todavía se lo recordaba, esa vez se enojó tanto que tuvo que parar al médico. Bill no hizo nada contra ella luego de lo sucedido, en todo caso pensó que era infantil y que buscaba llamar la atención. Y Bill no siguió su sucio juego, menos cuando Tom estaba en ese mismo sitio, comiendo y evitando verlo, como si no existiera.

Ría se miraba desesperada y Bill no podía entenderla, pero ignoraba sus actos pocos amables. Y así como los ignoró, a los pocos días, ella dejó de violentarlo. Hoy en día sólo algunos híbridos lo miraban de pies a cabeza y hablaban mal de él, pero no importaba. Bill estaba más ocupado con sus calificaciones que ni siquiera miraba los rostros de quienes lo veían con asco.

Tom se comportaba como antes, egoísta, alejado de todo a su alrededor. No faltó a la escuela ningún día y seguía con sus actividades correspondientes. Seguía comandando el grupo de básquetbol, jugando y siendo respetado. Se miraba más ausente que de costumbre, esquivo, pero fuerte; sus músculos se miraban más marcados y su piel más áspera, como si se pasara todas las tardes practicando deporte sin descanso.

Una semana con tres días. Justo esa noche se cumplía ese lapso de tiempo desde la última vez que Bill y Tom estuvieron juntos. Sin esperarlo de ese modo, para Bill los días pasaban rápido, supuso que estaba muy ocupado a menudo, al grado de levantarse, ducharse, desayunar, ir a la escuela y toda la tarde administrar su tiempo en tareas, trabajos de casa y salidas con su amigo. No le quedaba ni tiempo de recordar lo acontecido hacía más de una semana, la diferencia ahora, era que luego de su ducha no tenía nada qué hacer.

Eran las diez y media de la noche, hacía frío fuera de casa, recién había cenado horas antes y no quedaba nada más por hacer. Su ducha duró inclusive más de lo normal. Adoraba el agua tibia al contacto con su espalda y olfatear el delicioso aroma de su champú favorito haciendo espuma en su cabello. Y aprovechaba la sensación del jabón en su cuerpo, proporcionándole humedad.

Refrescarse luego de un día cansado era la mejor medicina.

Con una toalla envolviendo su cabello y otra su cuerpo, se acercó a un nuevo espejo que compró días pasados, uno más grande que dejaba ver su cuerpo en todos los ángulos. Frente a su propio reflejo dejó que la toalla más grande cayera al suelo y que su desnudez se hiciera presente. Seguido se quitó la que sujetaba su cabellera negra, estiró una mano hasta su tocador y comenzó a peinarse con cuidado, viendo cómo el vapor del agua caliente salía por todos lados, principalmente de su cabello.

Deslizó el cepillo desde la raíz hasta las puntas y continuó de ese modo, hasta dejárselo liso y húmedo a sus costados, contra sus mejillas. Lucía un poco más largo que antes. Echó un suspiro, agitó su cabeza de un lado otro, sonriendo, y apenas recogía la toalla más grande del suelo para ponerla en el cesto de ropa sucia, sus ojos se detuvieron en un lugar de su cuerpo.

Sus pestañas se mecieron lentamente ante su parpadeo. Se llevó la mano a la cadera y pasó los dedos por la ya descolorida estrella de cinco puntas. La mitad de ella ya no estaba y lo que quedaba eran escasos trazos, grises y sin brillo. Los días pasados la estrella se mantenía intacta, pero ahora se veía destruida, como si la negrura que la pintaba se desprendiera de su piel y volara por el viento, tal tierra alzada que era llevada de un lugar a otro sin que nadie lo notara.

Paseó las yemas de sus dedos, tembloroso, nervioso al descubrir que cada vez que los frotaba, lo que quedaba de ella se borraba con cada toque. Pensó que era su rose el que la hacía desaparecer, pero fue equivocada su hipótesis al ver desde el espejo que la estrella se desintegraba lentamente sin ser tocada. Su piel lentamente iba viéndose como antes, pálida y como si la mancha nunca estuviera ahí.

Entonces los recuerdos invadieron su cabeza sin querer volverlos a revivir. Cerró los ojos, sentándose en la cama para no caerse. La sensación era tan fuerte que tuvo que sostenerse de algo. Su pecho se infló y de su boca salió un suspiro cansado.

Rememorar lo sucedido con Tom lo atestaba de una gigantesca nostalgia. Era como recordar algo que había muerto y dejado a su paso una tristeza incomparable e injusta, una repleta de muchos cuestionamientos y desilusiones.

Estaba despierto, recostado desnudo sobre la cama destendida y en medio de dos grandes almohadas, una entre sus piernas y otra bajo su cabeza. Permanecía recostado boca abajo, en el centro de la cama, con el trasero desnudo al aire y las piernas flexionadas. Jamás había sentido tanta alegría en una mañana. Olfateaba el perfume de Tom y su pecho se alborotaba, contento y entusiasmado.

Gran parte de la noche hicieron el amor, comunicándose corporalmente solamente, hasta terminar recostados juntos, Tom a su espalda, con la nariz enterrada en su esbelto cuello, respirando ruidosamente debido al cansancio. Era la primera vez que dormitaba con Tom y que, ciertamente, lo sentía totalmente dormido contra su cuerpo. Al dormir Tom era tranquilo, no se movía mucho y su cuerpo, por la inconsciencia, resultaba más pesado. Bill se acostumbró a sentir una de sus grandes y calientes manos al contacto con su estómago, bajo su ombligo, era pesada, pero aguantaba la presión instalada ahí. Lo mismo sucedió con la ruidosa respiración de Tom cerca de su oído. Se trataba de una especie de ronquidos ensordecedores que, al principio lo estremecían y no lo dejaron dormir pero que después resultaron ser el sonido que lo meció para caer absolutamente dormido en sus brazos.

Ahora sentía la fija mirada de Tom y su eminente presencia cercana, por lo que consiguió despertarse, mas no abrir los ojos todavía. Sin embargo abrió los ojos al no resistir no poder verlo. Después de lo que había sucedido no podía hacerse el desentendido e ignorarlo. Quería verle el rostro, besarle los labios y hablar con él, mencionarle sus preocupaciones, lo que sentía y lo que necesitaba de él.

Quería escuchar a Tom, entenderlo, darle su espacio y esperar lo que fuera necesario para que ambos pudieran acoplarse bien fuera de la cama. Porque sabía perfectamente que tenían gran química y que al hacer el amor encajaban más que bien. El problema era fuera del contacto sexual. Ahí Bill se desesperaba y al parecer, Tom también. Bill notó que Tom no era bueno manteniendo una conversación con alguien; era como si no estuviera acostumbrado a dialogar y sólo a actuar.

En todo caso Bill estaba dispuesto a ayudarle a ser más hablador, alguien que pudiera comunicarse con todos los sentidos.

Decidido, abrió los ojos, mostrando una tímida sonrisa que se fue extendiendo al verse conectado por completo con los oscuros ojos de Tom, que le veían profundamente, sin ninguna emoción aparente, pero fijo. Bill ronroneó, suspirando aún recostado en la enorme cama de Tom.

La habitación estaba algo aluzada, el candelabro de cristales puros se meneaba cautelosamente sobre ambos, como si de repente cobrara vida, como si sintiera el magnetismo visual que había entre ambos.

Claros y brillantes, los cálidos ojos de Bill se entrecerraron al mismo tiempo que su dulce sonrisa se ensanchó. Sus blancos dientes hicieron su aparición y sus carnosos labios se vieron delgados ante la amplia y abierta curvatura. Tom miró aquello, sosteniendo el gran periódico en el regazo. Leía como cada mañana al despertar.

Tom estaba cambiado, con unos pantalones de chándal color grises y una camiseta de tirantes blanca. Se mantenía sentado sobre el sillón de cuero negro, con una pierna cruzada y el periódico extendido en su totalidad sobre sus piernas. Parecía no haberse duchado, pero estar bien descansado. Sus felinos ojos no mostraban ojeras y no existía enrojecimiento ni furia. Tom se hallaba tranquilo, con la respiración acelerada por ver a Bill con los ojos abiertos y sonriendo tan repentinamente, pero sereno. No existía arrepentimiento, ni siquiera asco, nada. Estaba neutro, como si lo que pasó horas antes fuera lo más normal del mundo, algo de lo que nadie debía avergonzarse.

La esplendida sonrisa de Bill fue haciéndose cada vez más dulce, quedando sólo con los mofletes levantados, los ojos achinados y entrecerrados, y con los labios juntos, sin mostrar los dientes, pero sonriente y echado plácido sobre la cama.

Tom escuchaba su corazón acelerado, leía sus felices pensamientos matutinos y veía la imagen de su cuerpo descansado, sin dolor y complacido. Avizoraba su desnudes, cada centímetro de blanca piel, el cabello desparramado, cayendo en su pecho y otro tanto en la almohada, y el sonrojo en sus mejillas.

Escrutaba a un Bill ilusionado. A un conejo repleto de esperanzas y fantasías. Por unos minutos se mantuvieron así, viéndose, Tom olvidando de pronto el papel entre sus callosas manos, sin hablar, sólo contemplando los movimientos del más joven.

Al ver cómo Bill se incorporaba en la cama, extendía los brazos sin pena alguna y salía del colchón, lo siguió con la mirada. Bill se dirigía al baño. Tenía calor y sentía el cuerpo pegajoso y húmedo, y hacía un frío tremendo afuera. No lo entendía, pero de pronto sintió la angustiante necesidad de darse una ducha. Había dormido demasiado y con los fluidos de Tom en las profundidades de su recto. Olía a Tom y sabía que su olor no se borraría aunque se metiera a bañar.

Tardó varios minutos enjuagándose, disfrutando de la sensación tibia del agua recorrer su tez. Pensaba mientras se duchaba. Meditaba sobre su abuela. Estaba preocupado y necesitaba llamarla, avisarle que estaba bien y que pronto iría a casa. También ansiaba contarle a Gustav y hablar con Tom. Eso último ansiaba hacer primero.

Al salir del cuarto de baño, con una toalla rodeándolo por completo, se dirigió al closet de Tom, lo abrió y buscó entre su ropa, ya con confianza. Tom leía el periódico y aunque quisiera pedirle permiso, sabía que sonaría ridículo cuando ya lo había hecho antes. A Tom no le molestaba que Bill se pusiera su ropa, o eso mostraba.

Minutos más tarde Bill dejó caer la toalla a sus pies y comenzó a vestirse con una amplia camiseta de manga larga que había encontrado. Era color marrón, cuello redondo y que lo cubría desde el pecho hasta por arriba de las rodillas. Le quedaba más grande de lo normal. Parecía una bata de dormir. Posteriormente se puso un bóxer color negro que parecía muy ajustado y quedó listo. No encontró pantalones de franela para dormir ni ninguna otra cosa.

Se estiró nuevamente, bostezando, parándose de repente de puntas y llevando los brazos al techo para lograr alargarse como cada mañana. Su vientre dio un vuelco y un dolor insoportable se hizo presente en ese lugar. Se estremeció y aguardó un segundo, recordando que no había hablado con Tom sobre un posible embarazo. Rápidamente se lamentó por haberse estirado de ese modo si estaba embarazado.

Se giró hacia Tom y al notarlo inmerso en lo que leía, caminó un poco más para acercarse. No sabía cómo comenzar una conversación esa mañana.

No tenía idea, así que, al ver tan indiferente a Tom, cuestionó lo primero que se le vino a la cabeza:

—¿Te arrepientes de lo que pasó entre nosotros?

Por una partícula de segundo, Tom apartó la vista del periódico, mirando a Bill a los ojos. Su gesto se mostró insensible y feroz, fastidiado en demasía.

—¿Nosotros? ¿Qué «nosotros»?

Ante aquellas preguntas, Bill se paralizó. Se temía que volvieran al principio, como siempre. Sus manos comenzaron a sudar, pero soportó la inverecunda reacción y continuó con su curiosidad:

—Hicimos el amor más de tres veces en una noche, ¿eso te dice algo? —ocupó un toque molesto y ansioso en las últimas palabras. Tom lo estaba confundiendo al comportarse de esa forma, más luego de haberle entregado tantas cosas antes.

—Lo mismo dijiste la primera vez que te revolcaste conmigo. ¿Lo recuerdas? ¿No tienes algo mejor qué decir?

Del estómago del más chico brotó una contracción. Se quedó en silencio, pensando en cómo contestar aquello. Se quedó en blanco, colérico y confundido.

Sintió de pronto cómo todas sus ilusiones se destruían, una a una, con tormentosa calma.

—Ya tomé lo que quería de ti —continuó Tom, dándole vuelta a la página del periódico y comenzando a leerlo —. Largo.

Aquella palabra sonó como siempre, una orden dura y fría que lastimaba profundamente. Tan intolerable que Bill, en desconsuelo, caminó hacia Tom y le arrebató el periódico de un golpe, rompiéndolo a su paso. Los papeles salieron volando a un lado. Tom descruzó la pierna y se puso de pie.

—Repite una vez más lo que acabas de decir —exigió Bill. Estaba inusualmente cabreado y dispuesto a discutir.

—¡Largo! —repitió tajante el otro, respondiéndole.

—Me buscas, me traes a la fuerza y luego me echas como si yo fuera un idiota que no se da cuenta de nada.

—Ya he obtenido lo que quería de ti. Se acabó —interrumpió con simpleza, sin una pizca de amabilidad

—. ¿Qué querías? ¿Una historia de amor luego de esto? ¿Qué retozáramos felizmente aun cuando ya ni siquiera me interesas para un polvo? —Su entrecejo se arrugó—.Vamos, habla, ¿qué era lo que esperabas?

—Cobarde —acusó Bill, casi en un murmullo. Sentía una inmensa obligación de decírselo y dolor en la boca del estómago.

—¿Esperabas que te despertara con un beso en la boca y te dijera lo enamorado que estoy de ti? —Leyó esta vez lo que Bill pensaba. Desnudar su privacidad había sido exactamente lo que quería —. ¿Enamorado de ti? —Se rió, sarcástico, sin dejar de examinar su aturdida gesticulación.

—¡Cállate! —pidió más para sí mismo que para Tom. Agitó la testa, tratando de borrar sus pensamientos, las fantasías y todas las ilusiones rotas. Su garganta se obstruyó y sus manos temblaron en conjunto con sus piernas. Temía caerse en cualquier momento.

—Eres fácil de convencer, Bill. Tan fácil de engatusar.

—Cállate —salió de su boca, tal susurro funesto, quebrado.

—Un débil.

—¡Cállate! —Vociferó esta vez, trastabillando. Sus ojos lucían perdidos, llorosos y en el fondo se lamentaba haber sido tan ingenuo. No podía creer lo que oía —. Eres un cobarde que huye cada vez que no soporta la situación. ¿No es así, Tom? —Su voz tronó mordaz, lastimada y rasposa. Las lágrimas que inundaban sus airados ojos saldrían disparadas en poco tiempo y no quería llorar. No podía llorar frente a Tom

—. Enfréntalo, acepta que todo lo que ha pasado entre tú y yo ha significado algo de lo que no estás acostumbrado. Nosotros…

—Te lo he advertido, así que no me vengas con reclamos —cortó sus súplicas, indolente y repulsivo.

«No te encapriches conmigo, porque no me voy a hacer responsable. Resultará mal si te empeñas tanto, y cuando ya no puedas más con esto, no te atrevas a culparme de tus inútiles sentimientos no correspondidos» rememoró Bill, en pensamientos, esquivando la lesiva mirada de Tom.

—Te has enamorado de mí, tanto como yo de ti. ¿Qué problema hay en eso? No puedes si quiera ocultarlo porque cada vez que me miras…tú —respiró con fuerza, inquieto y necesitando poner claras las cosas.

¿Entonces qué significaba lo que sucedió horas atrás? ¿Qué significaban esos besos, esas caricias, los gemidos y las sonrisas? ¿Dormir juntos abrazados no significaba nada?

Las cejas de Tom se alzaron e inmediatamente su boca se torció en una sonrisa arrogante al mismo tiempo que comenzaba a reír a carcajada abierta, sin despegar los ojos de los contrarios. Ladeó la cabeza, soltando un cansado resoplido y dio un paso hacia el chiquillo, enfrentándolo.

—Tú me miras como si fuera lo más importante para ti. Tu corazón se acelera cada vez que estás así de cerca —continuó Bill, ignorando la amargura de Tom. Levantó su mano derecha hasta posarla en su pecho, percibiendo los dolorosos latidos de su corazón —. ¿Lo ves? No puedes contra eso. No tienes que seguirlo ocultando más. —Intentó calmar su enojo y mostrarle a Tom las evidencias necesarias. Quería abrirle los ojos, salir ganando y no quedarse frustrado y llorando, como un perdedor.

—¿Te das cuenta de lo que dices? —Inquirió Tom, apartándole la debilucha mano con un manotazo —. ¿Cómo si fueras lo más importante para mí? ¿Tú? —Apartó la vista, burlón, para luego volver a verlo -. Te has metido con la persona equivocada. Yo jamás pondría los ojos en una persona como tú.

—¿Cómo voy a creerte, Tom, cuando actúas de la manera contraria? Ni siquiera has usado protección conmigo y lo hemos hecho más de una vez, siendo que te aburres rápido. Sólo estás confundido.

—Hey, despierta de esa burbuja. —Tom presionó el dedo índice en la cabeza de Bill, golpeándole sin cuidado. Bill se alejó, pegándole para que dejara de tocarlo como si fuera un objeto, pero Tom lo atrajo demasiado cerca —. ¿Quién querría preñar a alguien como tú? —cuestionó contra sus labios, sintiendo cómo la boca contraria temblaba —. Desterrado y abandonado en un basurero. Débil, ingenuo y estúpido. ¿Quién querría tener un hijo contigo? ¿Para qué? ¿Para qué tus propios hijos se avergüencen de ti?

La boca de Bill se abrió, pero no pudo contestar a eso. El aliento salió, casi como un gemido doloroso. Su corazón dolía, punzaba, y su garganta ardía. Esas palabras habían conseguido hacerlo llorar. No era precisamente lo que Bill quería escuchar. No se suponía que Tom le dijera algo como eso. Empujó a Tom con ambas manos, asqueado y quiso limpiarse el llanto, sin embargo Tom se lo impidió con un brutal apretón en los brazos para inmovilizarlo.

—¡Habla! ¿Por qué querría preñarte, Bill, si sólo eres un insignificante conejo que fantasea como un niño? —Escupió las palabras, rosando los labios con los suyos —. ¡Habla!

—¡Déjame en paz! -Bill se removió, buscando soltarse de su agarre, sin lograrlo—. ¿Y por qué no? Me has deshonrado y nadie querrá tener nada conmigo, entonces ¿Por qué no tener un hijo? —Gritó en desesperación, harto de lo que escuchaba.

Bill tenía sueños y uno de ellos era no quedarse solo. Soñaba con cuidar de un hijo suyo para no estar solo, anhelaba que hubiera alguien que al menos le dejara eso. Era lo único que podía conseguir de los demás, de todos modos, nadie lo tomaría en serio por irrumpir la edad sagrada y sólo Tom podía hacerse cargo de preñarlo.

Tom lo soltó y sin moverse de su lugar, dijo:

—Jamás embarazaría a alguien como tú. Te he puesto un anticonceptivo —confesó e inmediatamente Bill le buscó la mirada, sorprendido y confuso —. Querías saber qué era la estrella, ¿no? Ahí lo tienes —le levantó forzosamente la camiseta de manga larga—. La estrella te ha debilitado más de lo considerado -añadió con ultraje—. Te has desmayado por eso y el dolor que sientes dejará de aparecer cuando los espermatozoides que siguen dentro de ti mueran. Puede tardar horas, días, semanas…Pero morirán —Bill dio un paso hacia atrás —. Cuando la estrella desaparezca serás libre. Es simple, quería asegurar unos cuantos polvos sin sorpresitas. —El desprecio en su tono quedó grabado en la memoria de Bill, abriéndole los ojos que había mantenido cerrados todo ese tiempo. Tom no cambiaría—. Y pronto va a desaparecer, cuando mi gen se destruya, entonces podrás revolcarte con alguien más y embarazarte de quien quieras. -Bill levantó ambas manos y se apartó el agua salada que seguía escurriendo de sus ojos. Sus pestañas se sentían pesadas. Las manos de Tom se hicieron puños, la fuerza contenida en ellos lastimaba -. Y si llegara a embarazarte, no eres si quiera capaz de sostener mi gen en tus entrañas, ¿y sabes por qué? -Al saber que Bill no levantaría la cabeza para verlo, le apretó el mentón y lo obligó a verlo a los ojos. El llanto desaforado mojó sus ásperos dedos-. Porque eres poca cosa, inservible y débil. Así que no me sirves.

Indignación. Ese cruel sentimiento consumió el pecho de Bill. Quería gritar, golpearlo, salir de ahí y llorar libremente en su habitación. Necesitaba a su abuela. Se sentía triste, derrotado y humillado. Tom era cruel y lo dañaba. Se sentía insignificante frente a él, incapaz si quiera de decir lo que pensaba.

Bill estaba confundido, hecho un lío y muy en el fondo sentía odio. Tom no supo descifrar si era odio a sí mismo u odio hacía él, pero esa furia incrementaba, más cuando inconscientemente levantó la mano para tocarle el mentón de nuevo.

«No me toques» pensó Bill, ensimismado en su dolor, sin ser capaz de hablar todavía, siendo partícipe de lo que Tom estaba a punto de hacer. Su boca tembló y sus cejas se deformaron en un gesto lacerante y furibundo.

—¡No me toques! —gritó a todo pulmón esta vez, con todas sus fuerzas hasta perder el aliento, histérico y violento, como nunca antes se había mostrado. Retrocedió a pasos cortos y, sin mirar los desconcertados ojos del más alto, salió corriendo, huyendo de Tom y de su impiedad.

Sus piernas se movieron tan rápido que Tom no lo detuvo. Subió las escaleras que llevaban a la salida de la escondida habitación y al llegar a otra estancia totalmente desconocida, siguió corriendo sin rumbo fijo, sin perder el equilibrio al pisar el liso piso de madera que conformaba todo el lugar. Sus ojos rodaron por todas partes, mirando de re ojo los muebles, las lámparas, diferentes pasillos. Estaba perdido, no obstante, cuando vio otras escaleras a más de tres metros, fue hasta ellas, deteniéndose al escuchar que una puerta se abría.

Su corazón latió doblemente rápido, aterrado, pero para su suerte no se trataba de Tom, sino de una mujer rubia de cabello largo y liso, de edad madura y una mirada comprensible. Tenía ojos verdes, un cuerpo delgado y firme y el ceño fruncido por la sorpresa.

Bill reconoció la expresión. Era igual a la de Tom, la diferencia era que la fémina no parecía agresiva. Llevaba un abrigo negro que la cubría del frío y un gorro de lana. Bill dudó si acercarse a ella o no. Estaba llorando desesperadamente y ella se mostró preocupada, pero por alguna razón se hizo a un lado, dejando la puerta de salida totalmente libre.

Lo dejaría salir, huir, ser libre de esa pesadilla. Bill iba descalzo, pero aun así traspasó la imperial puerta principal de la casa con lentitud y miedo, pasando de largo a la señora, sin mirar atrás, sin remordimientos. Entonces corrió tanto como sus pies aguantaron, soportando el dañino frío, la hiriente situación y las lágrimas que se secaban dolorosamente en su rostro, casi congelándose por el helado viento que sacudía los árboles.

Una punzada en la cabeza lo hizo volver a su realidad, despertando del pasado.

Sus ojos, inundados en lágrimas se abrieron. Sus mejillas se encontraban empapadas y su pecho agitado, conmocionado. Miró nuevamente el reflejo que le proporcionaba el gran espejo, divisó su cadera, todo su vientre y no halló nada. Se puso de pie, ansioso, tambaleándose y esta vez se miró de pies a cabeza; las lágrimas que seguían derramándose con fuerza, los labios tiritando, su estómago convulsionándose ante el llanto y su vientre.

La estrella había desaparecido por completo.

Tocó el lugar donde antes se situaba y extendió toda la mano ahí. Por su cuerpo corrió una sensación de pérdida definitiva. Aquello que lo mantenía sujeto a él y a rotas esperanzas se había esfumado.

Ahora nada lo unía con Tom Trümper. Nada. Era completamente libre, en cuerpo y alma. Tenía la oportunidad de volver a empezar con otra persona y siendo más evidente, procrear para cumplir su deseo de tener un hijo. Libre, sin ninguna atadura más.

«Libre»

Fin parte I

Administración: Este es el fin de la primera parte, por supuesto que la historia continúa, porque Monnyca no nos podía dejar a tod@s con lágrimas en los ojos, ¿verdad? Gracias por la visita y están todos invitados a comentar cuanto odian a Tom en estos momentos 😉 

por Monnyca16

Escritora del fandom

3 comentario en “Híbrido 13”
  1. No es broma lloré en este cap 😭😭 Pobre mi bb Bill, cosita hermosa con un corazón de oro. Maldito Tom, infeliz, lo odio 😠 ojalá q sufra y pague con creces, no me importa si es su naturaleza o su forma de ser lo q sea, no tenia derecho a decir palabras tan hirientes y menos si supuestsmente esta «confundido» y no entiende lo q siente por Bill quien por cierto se merece algo mejor 😒 Dio mio, no puedo esperar a leer lo q sigue, los cap me parecen muy cortos aunque no lo sean y es q senti q cada palabra desgarraba mi alma, y es super dificil q las autoras logren transmitir esas emociones.
    Gracias por la actu!!! 😊😊

  2. Muy interesante 😀 me gusta que tus historias van más allá del mismo romance y creas un mundo con su entorno y costumbres bien marcadas,tus fanfics no son fáciles de olvidar 😉 seguiré leyendo barrabás mientras llega Hibrido parte 2,suerte <3

  3. ¿Acaso estoy destinada a odiar al personaje de Tom en todas las historias?
    Si el insensible de Tom está enamorado y no quiere darse cuenta de que lo está y por eso humilla y menosprecia a Bill una y otra vez, justificándose en que es parte de su naturaleza, es retorcido.
    Si no lo quiere, pues basta con que diga: no te quiero y ya. ¿En serio, es necesario denigrarlo de esa forma? ¿Acaso siente placer en el sufrimiento ajeno?
    Si, amo el drama, los celos, lo tóxico, las peleas y todo eso, pero esto ha tocado una fibra muy sensible en mí. Casi y dejo de leerlo debido a la impotencia que sentí. Y solo es la parte I, ¿qué nos depara lo demás? Evidentemente habrá un desarrollo en los personajes y eventualmente -quiero pensar- que ambos terminarán juntos (luego de que Tom le haya pedido perdón de rodillas, espero, y haya derramado lágrimas de sangre si no es mucho pedir), y serán felíces.

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