«Híbrido» Parte III (Monnyca16)

Capítulo 3

Las luces del amanecer siempre parecieron ser lo más apacible que veía a diario luego de no pasarla bien en las noches. Cuando el sol se ocultaba y la luna hacía su majestuosa aparición, refulgiendo con excentricidad y a la vez con un toque de romanticismo, Tom se recostaba sobre la cama, sin cubrirse si quiera, y cerraba los ojos, manteniendo una posición de dubitación; bocarriba, en una postura parecida a la que usaba cuando se sentaba en su diván, y con los pies cruzados sutilmente.

No dormía como todos pensaban. Sus sentidos estaban activos y latentes, inclusive con más fuerza que la que Tom hubiese imaginado y, durante toda la noche, se conservaba de ese modo, protegiéndose de las pesadillas que lo visitaban cuando planeaba dormir.

Las malas noches siempre lo acompañaban desde que tuvo memoria, algunas ocasiones se disipaban brevemente, pero otras eran cotidianas, lo que hacía que llegara a mantenerse protegido antes de volver a presenciarlas. Y, actualmente, las malas noches estaban definitivamente a la orden del día.

Ver a Bill no traía nada bueno. Verlo a él era remembrar que su pasado aún lo perseguía, y se suponía que su pasado debió quedarse hundido en el fondo de sus recuerdos, encerrado y sin la facilidad de salir y exponerse.

Con su pasado nadie se metía. Nadie hurgaba en el pasado de Tom, ni siquiera de forma indirecta. En cambio, ahora Bill estaba en su vida de nuevo y lo miraba con compasión, con molestia, y al mismo tiempo con resentimiento.

Tom no entendía lo que sucedía y la curiosidad lo estaba matando. No era capaz de desvanecer el seráfico rostro de Bill de su cabeza. Temió eso y a mucho más; si antes no había dejado de pensar en él, ahora que lo veía todos los días, se volvía inútil.

Bill definitivamente lo estaba masacrando sin mover un dedo, y no era cautivante si quiera suponerlo. Tom ya no tenía ideas, las pocas que antes tuvo se estaban terminando y aunque su trabajo en el Edificio de los Soles fuese excelente, en el fondo algo conseguía hacerlo sentir fastidiado. Demasiado incómodo para su gusto.

Carlo era una molestia, lo presintió desde un inicio y pese a ello se atrevió a darle el puesto como su vasallo. Lo hizo a propósito. Tal vez si Carlo no fuera tan buen trabajador lo hubiese quitado del camino desde un principio. No obstante, una energía desorbitante lo hacía detener sus anhelos despiadados y conseguía hacerlo entrar en razón.

Desde que conoció a Bill ya no utilizaba su fuerza para quitarle la vida a alguien. La mayoría del tiempo algunos híbridos lo sacaban de sus casillas, pero al parecer la paciencia nació de su ser y podía soportar más que antes. Bill lo había hecho cambiar aunque costara trabajo aceptarlo y aún así, Vid estaba ahí para recordárselo.

—¿Es una buena opción para Bill, no es así? —Vid habló por fin, luego de ver por sinuosos minutos que su primo discurría como si de eso dependiera su subsistencia —. Carlo Detriot. Un metro con ochenta y ocho centímetros, piel blanca, ojos grises, fuerte, inteligente…

Sí. Carlo Detriot era atractivo, mantenía su cuerpo trabajado, ejercitado, y aunque se hubiese rapado por completo, todavía seguía viéndose joven.

—Leal…—continuó Vid, peinándose su sedoso cabello corto con los dedos, las hebras onduladas y suaves color café quedando entre sus largos y ásperos dedos —. Un rinoceronte, ochenta y cuatro años, demasiado joven todavía, de hecho. Parece ser buen candidato para hacerle un hijo a Bill, o tal vez dos.

Y vaya que era un buen candidato. Tom podía sentir su asegurada capacidad para reproducirse. Carlo era extremadamente fértil también, no tanto como Bill, pero con simplemente una vez era capaz de embarazarlo. Era un candidato perfecto y quería a Bill, deseaba protegerlo y hacerle feliz.

Carlo estaba interesado en Bill y éste ni siquiera estaba enterado.

—Y lo ama —canturreó Vid, bebiendo un poco de agua, de pronto sintiéndose muy energético —. Lo ama casi tanto como tú —finalizó esta vez, divisando el gesto furibundo de Tom, su boca seca y sus pobladas cejas juntas por haber fruncido el ceño en una visible irritación —. Ya está Tom, Carlo lo ama y quiere darlo todo por Bill. ¿Entonces cuál es el problema?

—El problema aquí eres tú, que no te callas cuando se necesita tranquilidad.

—Sí,…hablas de tranquilidad cuando tus pensamientos resuenan en mi cabeza una y otra vez.

—Entonces lárgate —Tom sugirió, abriendo en esa ocasión el periódico. Ambos estaban desayunando frutas frescas mientras Simone regaba las plantas.

—Sabes bien que no quieres que me vaya —refunfuñó el castaño, sonriendo de lado. A pesar de sus peleas diarias ambos eran muy cercanos y se necesitaban —. Bill no ama a Carlo —anunció, ganándose una mirada más relajada por parte de Tom —, pero eso no significa que vaya a rechazar su propuesta sexual. Bill necesita sexo, necesita calor, y si pensamos bien… cuando estás caliente no piensas ni con quién te acuestas. El celo ciega a la mayoría, y Bill es muy débil.

No hubo gestos, no hubo músculos contraídos, más bien una pausa incómoda. Vid siempre le atestaba la cabeza de diversidad de sensaciones frustrantes.

—¿Le parece atractivo? —inquirió luego de unos segundos soportando una nueva inseguridad, recibiendo como respuesta una alta carcajada de Vid.

Su entusiasta primo se relamió los labios y se encogió de hombros, calmando así su mofa.

—Sí —respondió, sabiendo de antemano que Tom saldría perjudicado—, pero no es una atracción sexual. Bill…—pausó brevemente, buscando las palabras más correctas—. Bill no ve a Carlo como un hombre, sino como un amigo, un…hermano, pero todo puede cambiar. De todos modos Bill tiene derecho a ser feliz, por eso, si no pretendes hacerlo feliz, no seas egoísta y dejarlo ir. Si sigues atándolo a ti…

—Es él el que me mantiene atado —interrumpió, mirando los párrafos escritos en una de las columnas del periódico —. Y mi error es permitírselo.

&

Los estudios lo extenuaban mucho más rápido en esos días. Sentía que no se esforzaba lo suficiente por falta de concentración, que su cuerpo no cooperaba del todo y que el frío seguía enredándolo dolorosamente.

Al paso de las horas su esbelto cuerpo tiritaba y un color purpura pintaba sus codos y rodillas. Los huesos le dolían, y sin embargo, seguía esforzándose al máximo, tanto como su cuerpo le permitía.

El hambre disminuyó gradualmente y sus pómulos se vieron más remarcados por su nueva delgadez. No podía entenderlo; había besado a Tom y tal acto debió regalarle energía y calor, pero en vez de eso, su estado friolento empeoró.

Algo pudo haber fallado. El beso le pareció perfecto, apasionado y abrasador, mas la discusión con Tom al terminar de besarle fue una traba total. Bill aseguraba que eso había echado a perder el beso.

Después de todo, Bill no necesitaba besos y luego que todo fuera igual de negro que antes. Lo que Bill necesitaba era amor, cariño y calor. Y con Tom lo único que podía conseguir era sexo, besos sin promesas, y desilusiones.

Tom todavía no estaba listo para corresponderle y estaba perdiendo las esperanzas, por ese motivo se decidió a llegar un poco más tarde ese día al trabajo.

Por suerte abrió la puerta del Edificio cuando ya simplemente quedaban pocas personas para ser categorizadas. Al parecer pronto entrarían a la segunda fase de la categorización y la situación sería mucho más sencilla.

En el primer piso, cerca del elevador, se hallaba Carlo, quien movió su mano para saludarle. A un lado de Carlo se encontraba Vid, hablando con un híbrido que desconocía, pero que parecía ser un estudiante de Raíces.

El chico tenía el cabello ondulado y corto, de un rubio reluciente y vibrante. Tenía los ojos azules y al parecer era una ardilla. Era de baja estatura, casi de la misma altura que Bill, y parecía bastante apenado con Vid a un lado.

Nisa. Se llamaba así. Nisa Jun, y se sentía acorralado por Vid.

—¿Tom ya te ha dado las pautas? —Vid saludó a Bill de esa forma, sin apartar su sonrisa coqueta. Nisa se alejó de ellos, dirigiéndose a la salida y marchándose por fin, y Vid lo siguió con la mirada, sin perder pista de él y, posteriormente, se enfocó en Bill, quien estaba a muy poco de entrar en celo.

Vid olfateaba las feromonas y estaba seguro de que su celo entraría en la próxima hora, quizá era cuestión de minutos. Lo ideal era que Bill se encerrara en un sitio cómodo para que los híbridos no lo asediaran. Lo único rescatable de esa situación era que Bill estaba protegido por él y por Tom.

—¿Qué pautas? No, no me ha dicho nada —contestó Bill, ocupando un momento de ese tiempo para corresponder a la leve sonrisa que Carlo le expresaba —. Pero qué pasa contigo —curioseó, sonriendo picaronamente. Vid negó con la cabeza, y sonrió al mismo tiempo, un tanto nervioso —. Pobre chico salió temblando de aquí. ¿Qué le hiciste?

—Le dije que me parecía atractivo —contó, a lo que Bill se cubrió la boca y se echó a reír —. ¿Qué? ¿Qué es tan gracioso?

—Parecía estarla pasando muy mal —se sinceró, sacando una liga gruesa para atarse sus rugosas y delgadas rastas. Levantó ambos brazos y se recogió el cabello con cuidado, frente a un Tom expectante a su espalda y un Carlo cautivado a su lado, hombres que respiraban con hambre el erotizante perfume que se desprendía de su cuerpo —. Creo que lo hiciste sentir incómodo.

—Tal vez —razonó a la brevedad, alzando una mano para dirigirla hacia Bill y acomodarle una rasta suelta detrás de la oreja —. Lo conocí hoy. ¿Fue demasiado rápido?

—¡Claro que sí! —reprendió el chiquillo, sonriendo en grande. Vid le parecía lindo, aunque un poco precipitado como Tom —. Pero creo que estudia en Raíces.

—Sí, y está demasiado joven —divagó un poco a tono bajo, excitándose por ese dato.

—¿Mmh? —Bill no entendió del todo, pues Vid murmuró, pero no pudo preguntar; su nariz detectó un aroma fuerte y su cuerpo se sacudió.

Tom estaba cerca y no estaba dispuesto a darse la vuelta, pues escuchaba que se aproximaba. Vid miró el panorama que había tras Bill y su boca se surcó en una juguetona sonrisa ante la presencia de su primo.

—¿Vas a irte a casa? —Vid comenzó esta vez una conversación con Tom, mirándolo con atención.

—No. Tengo que hacer algo antes.

Bill se giró, buscando caminar lejos de ellos, incluso lejos de Carlo. ¿Cómo debía comportarse luego de ese beso y ese enfrentamiento pasado? Seguía preguntándoselo. No sabía cómo funcionaban las cosas y se sentía perdido.

Pensó que lo mejor sería renunciar y buscar otro empleo. Tom probablemente actuaría mal como antes y tenía que estar prevenido.

—Te espero en mi despacho—escuchó la vibrátil voz de Tom a su espalda y por un instante dudó si le hablaba a él o alguien más, por lo que se giró y lo miró —, te daré instrucciones —completó, viéndolo a los ojos, haciéndole saber que evidentemente se refería a él.

Bill no dijo nada, sencillamente se despidió de Vid y de Carlo con la mano y subió al ascensor para ir al despacho de Tom. No estaba seguro de las instrucciones que Tom le daría, pero tampoco estaba interesado en ellas.

Oprimió lo botones y rehuyendo los ojos de la mirada fiera de Tom, sintió que las puertas se cerraron y que estaba siendo trasladado varios pisos arriba.

Al llegar al piso indicado, anduvo a pasos lentos pero seguros, se adentró al despacho y parado cerca de un estante repleto de libros y figuras de oro pequeñas, esperó a Tom.

Respiró hondo y razonó para sí mismo, teniendo claros los aspectos buenos y malos, y también manteniendo sus deseos. Algo le decía, muy en el fondo, que no llegaría a nada bueno con Tom.

Lo que debía tener en cuenta era que, sólo habían pasado algunas horas desde que discutieron y eso no significaba que Tom cambiaría su forma de ver las cosas.

—¿Por qué no tomas asiento?

Una voz lo sacó de su estupor. Su corazón se aceleró de repente y no pudo hacer nada para serenarlo.

Tom estaba ahí, cerca de la puerta, viéndolo fijamente con esos ojos insondables y gélidos. Sus pupilas estaban un tanto dilatadas y su vello facial más crecido. Varios mechones de su cabello oscuro estaban sueltos a los costados de su cabeza y Bill desvió la mirada para desligarse de dicha imagen.

—Te he hecho una pregunta —espetó esta vez Tom, contemplando el gesto monótono de Bill.

—No quiero sentarme.

—Bien —dijo infalible, adentrándose a su propio espacio y parándose frente a Bill. Éste no lo miró a los ojos, sólo se alejó un paso y Tom empuñó una mano como acto reflejo.

Ellos dos solos no significaba nada bueno cuando acababan de tener un mal encuentro anoche.

—La lámina y el collar están sobre el escritorio, desde mañana vas a utilizarlos. Tu horario va a cambiar, tendrás que estar aquí desde las ocho de la mañana en punto.

—Tengo escuela —soltó escueto, todavía sin mirarlo. La indignación estaba comenzando a nacer y sabía que si miraba a Tom discutiría con él, y sus peleas eran desgastantes.

—Vas a dejar la escuela.

Sus ojos quedaron abiertos, mirando el suelo, pero luego levantó la cabeza y miró a Tom con desesperación y confusión.

—No voy a dejar la escuela.

—Lo harás —retó con calma, una que no era habitual en él —. Tu nuevo puesto requiere de atención y tienes que estar capacitado. Ya no vas a limpiar como solías hacer, más bien vas a administrar a todos aquí bajo mi observación. Tienes que llevar el reporte de todas las áreas en este edificio para archivar cada movimiento que se efectúe. Debes supervisar a cada trabajador, explicarles los cambios que llegue a haber y proporcionar tu ayuda para todos, así como también preparar sus sueldos y sus prestaciones, sus vacaciones…

—No —Bill intervino, sereno y con un hilillo de voz. Mantuvo sus ojos brillantes fijos en los contrarios y prosiguió —: Quiero renunciar.

Tom le analizó de pies a cabeza, terminando por verlo y sonreír irónicamente. Se esperaba todo, menos eso.

—¿No crees que es demasiado desconsiderado renunciar cuando no tienes dinero para comer?

Y aunque Tom no pudiese leerlo y saber su pasado y su situación actual, dio en el blanco, igual de destructivo que siempre.

—Quiero renunciar —repitió con firmeza, seguro de su petición. No podía aceptar algo así, mucho menos si Tom le ordenaba que dejara la escuela. Bill no iba a permitir que Tom le diera un puesto que no iba con su rango de fuerza y destreza. Era injusto y una completa burla viniendo de Tom, quien lo hería cada que podía.

—Una inseminación —Tom sacó a colación, consiguiendo que Bill le prestara atención con desconcierto—. Has mandado una solicitud de inseminación sabiendo que la ley va a descartarla por tu historial. Está en mis manos si la aceptan o la rechazan ¿lo sabes, no? —Bill percibió una punzada en el pecho. Sabía muy bien lo que seguiría después. Tom no cambiaría. Tom no había cambiado como Simone lo dijo. Tom seguía siendo cruel. Tom no tenía sentimientos y eso no cambiaría. Tom…él tenía razón —. Te estoy otorgando un puesto del que por supuesto nunca cubrirás el perfil exigido —continuó—, que tomes este puesto depende que limpies un poco tu historial, de ese modo la solicitud será aceptada y cumplirás tu sueño —expuso eso último con cierto grado de burla —. Así que tómalo y no seas modesto, que dentro de poco dejarás de ser un miserable.

Un silencio consumió el lugar. Ninguno de los dos dijo nada más, incluso Tom titubeó un poco al querer expresar lo siguiente, pero al fin de cuentas lo dijo:

—¿Recuerdas la propuesta? Si no quieres nada de esto, entonces ya sabes cuál es la salida. Abrir las piernas se ha convertido en lo que mejor sabes hacer.

—¿Por qué no me dejas en paz? —pidió una explicación, reprimiendo las lágrimas. Tom no sólo se había comportado como antes, sino que ahora hería con más fuerza —. Yo no necesito nada de eso, no necesito de tus favores ni de ti. ¿Por qué no lo entiendes?

—¿Por qué no lo entiendes tú? El que manda aquí soy yo, y tú haces lo que yo digo. Es así de simple, Bill. Estás bajo mi mando como todos los demás, no veo por qué ser diferente contigo.

Bill se rió sin gracia, más bien con dolor, una frustración que iba en ascenso. No debía sentirse triste por aquellas palabras, se suponía que Tom no iba a hacerlo sentir mal, que Bill no permitiría que lo hiriera, que sería más inteligente, pero dolía.

—No encuentras una razón para ser diferente conmigo, pero lo haces. Al final eres diferente conmigo desde que nos conocimos, lo sabes y lo sientes, pero, tienes razón: no has cambiado a pesar de eso. Sigues siendo igual de cobarde que siempre. Eres un cobarde y no necesito a un cobarde, así que… déjame en paz de una vez por todas —exigió en esos instantes, sin bajar la mirada ni encogerse en su lugar.

Pasó a un lado de Tom y abrió la puerta para salir de ahí. Sus piernas dolían, sus manos ardían al igual que su garganta, y su cabeza daba vueltas. Su cuerpo se dejó llevar por Tom, que lo sujetó del brazo y lo jaló para retenerlo.

Siempre lo hacía. Tom siempre lo manejaba a su antojo.

—¡Que me dejes en paz! —Gritó eufórico, trastocado por la desesperación y la melancolía. Dicha vociferación tuvo un gran parecido con aquella vez que Bill expresó su sentir cuando Tom destruyó todas sus ilusiones.

«No me toques» seguía repitiéndose esa frase con la misma fuerza y ferocidad de siempre.

¿Por qué se volvía a repetir la misma historia? ¿Por qué seguían cursando la misma línea, permitiendo que nada diera otro rumbo? Estaban hundidos los dos, arrastrados por la misma ola, por el mismo son del viento.

Definitivamente nada había cambiado. Tal vez Bill había aprendido, pero seguía cayendo, seguía llorando y sintiéndose dejado y triste; su cuerpo seguía necesitando el de Tom por culpa de su especie.

Estaban atados y era agotador. Tan fácil podía ser dar un rumbo diferente si Tom diese esa oportunidad.

Pero Tom era alguien egoísta que no comprendía nada más que su propia desdicha.

—Suenas igual que aquella vez —escapó aquello de la boca de Tom.

Bill entornó los párpados y separó los labios, entre sorprendido y sofocado. No sabía a lo que se refería y no le interesaba, más bien se ocupó de lanzarle golpes al pecho para que lo soltara.

Los fieros y oscuros ojos de Tom le contemplaban con desilusión y molestia. Bill no podía descifrar, no quería hacerlo, tampoco deseaba que lo tocara, o que estuviera cerca.

—Estoy harto de ti —susurró Bill, preñado de desprecio, viendo que los ojos de Tom no fulguraban furia, sino algo más —. ¿Qué culpa tengo yo de todo lo que te ha pasado? Nada, no tengo la culpa de nada, así que detente. —Tom tragó saliva, su pulso se detuvo por un corto momento y sus ojos buscaron las respuestas que quería en las profundidades de los impolutos ojos de Bill, pero no halló nada —. No debí enamorarme de ti en primer lugar. No sabes cómo me arrepiento. ¿Cómo pude enamorarme de alguien tan desdichado cómo tú?

Bill pudo decir más, pudo terminar de desgarrar los escondidos sentimientos del poderoso e indestructible león blanco, sin embargo, cuando quiso herirlo con lo que estaba seguro que lo destruiría por completo, Tom le soltó el brazo con parsimonia y huyó de su mirada pesada y ahora lacerante. Entonces su pulso decremento al nivel más bajo y percibió que Bill ya se había marchado.

Situó una mano en la pared y cerró los ojos, buscando respirar con normalidad. «Desdichado» pensó, haciendo puño la mano que había dejado extendida contra el resistente muro.

«No sabes cómo me arrepiento. ¿Cómo pude enamorarme de alguien tan desdichado cómo tú?» Ahora más remembranzas se acumulaban en su mente, torturándolo en silencio.

Bill bajó con ayuda del elevador y cuando por fin estuvo con los pies tambaleantes en el primer piso, Carlo lo detuvo, agarrándole la mano.

—¿Estás bien?

Bill asintió y agradeció que las lágrimas ya no escurrieran por sus mejillas; durante su estadía en el ascensor se encargó de limpiarse la cara y tranquilizarse.

Su corazón se mantuvo acelerado y la nostalgia atorada en su garganta, pero había soportado situaciones peores, como la muerte de su abuela, así que ya nada importaba. Nada podía doler más que eso.

—Bill, yo…, ¿sabes que puedes confiar en mí, verdad?

Para ese entonces, la voz de Carlo sonaba lejana. Bill asintió sin prisas, decidido a enfocarse en lo que su amigo le decía.

—¿Confías en mí? Necesito que lo digas, por favor.

—Carlo…es…sí. ¿Cómo no podría confiar en ti? Lo hago, pero, qué es…

—Bill. —Sujetó sus hombros, regalándole de pronto su calor. Bill se encogió en su lugar —. Por favor, permíteme ser quien te acompañe en tu celo.

Los expresivos ojos del pelinegro se entrecerraron, sus húmedas pestañas se mecieron y meneó muy lentamente la cabeza de izquierda a derecha, confundido y receloso.

Fue entonces que Bill lo vio. La excitación en los ojos de Carlo, la sensación de su cuerpo, la insistencia y desesperación de sus palabras.

—Sólo…—prosiguió el hombre más alto, inclinándose todo lo posible hacia el rostro de Bill —, hueles delicioso —susurró tras olfatear un poco de su cuello, friccionando su respingona nariz con su suave piel.

Bill se tambaleó al hacer distancia. Situó una mano en el recio pecho de Carlo y terminó por alejarse, contemplando sus grises ojos derrotados y tristes.

Sintió miedo, desesperanza. Dio un paso más hacia atrás y antes de pedir disculpas y expresar su absoluta confusión, su cuerpo fue jalado con premura, con una fuerza que venció a su cuerpo y que lo hizo marear de nueva cuenta.

Tocó con sus frías manos el calor de otras totalmente ásperas y descuidadas que rodeaban su cintura en su totalidad y pudo sentir su espalda chocar con un abdomen y unos pectorales macizos. El calor de dicho cuerpo lo envolvió y aunque pataleó para que lo soltaran, no pudo zafarse.

Tom se lo llevaba. Tom lo llevaba consigo y no sabía a dónde. Buscó a Carlo y al verlo parado sin hacer nada, las lágrimas no tardaron en llenar sus ojos y deslizarse por sus pómulos.

No comprendía lo que sucedía, pero curiosamente sus sentimientos estaban a flor de piel y su vientre punzaba con insistencia, una bastante inquietante y dolorosa.

«En celo» se repitió en su cabeza. Su primer celo y no sabía lo que sucedía con su cuerpo. Ese era su primer celo, el primero, el que pensó jamás iba a llegar.

Continúa…

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por Monnyca16

Escritora del fandom

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