«Híbrido» Parte III (Monnyca16)
Capítulo 8
«Si cavas podrás encontrar recuerdos del año 1800, reliquias que nadie más ha visto y que pueden servirte para liderar el país» Simone le había musitado desde que era apenas un niño, un pequeño, cuando en aquel entonces fueron remodeladas sus edificaciones en las hectáreas que poseían como territorio privado. Ella se refería específicamente a una parte de suelo que había cerca de un río que se encontraba a un kilómetro de la quinta morada que hasta el momento nadie habitaba.
Había ocho casas en total en el fondo del portal de majestuosa forja, haciéndole ver como un hábitat vasto y diferente al resto, parecía un pueblo, un bosque meticulosamente construido. Tom vivía en la última casa y su madre utilizaba la más grande, que era la sexta, aunque en las últimas semanas se había mudado a la suya al igual que Vid. Tanto su madre como su primo decían que no había necesidad de vivir en casas diferentes si en una cabían perfectamente. Las longitudes eran considerables y buscaban convivir como la familia que eran.
Tom no tuvo tiempo de denegar ese plan, en cuestión de poco su familia estaba viviendo en su hogar y tampoco quería echarlos. De alguna manera creía buena idea tenerlos cerca. Ese simple recuerdo lo obligó a menear la cabeza de izquierda a derecha con lentitud mientras caminaba entre la hierba y las ramas de los frondosos árboles.
Sus botas de casquillo contra las plantas levantaban la tierra que pisaba y dejaba sin vida los pastos, las castas florecillas que daban indicio de vida. No miraba lo que sus pies destrozaban, solamente estaba enfocado en su andar, en la dirección que debía seguir para encontrar el sitio indicado.
Los árboles en derredor poseían raíces fuertes que habían invadido suelo, haciendo de ellos pequeñas elevaciones sin sentido, entre piedras y arbustos. Tom pudo contemplar una montaña, luego, al aproximarse más, frente a sus orbes yacía un conjunto de las mismas alineadas a lo largo de un eje, formando un acogedor sitio escondido de los ojos de muchos. Las radiaciones del sol apenas otorgaban calidez a ese gélido lugar; el exceso de flora lo conservaba fresco y húmedo.
Entonces atisbó un río de agua transparente que reflejaba colores verdes y azules con destellos de anaranjado. Los rayos del sol lo tintaban. Tom remembraba echarse en la orilla, escuchar el húmedo sonido cada vez que lanzaba piedras pequeñas, que desmembraba con sus propios dedos, al agua. Le agradaba el viento acunando su cara y el aroma de la hierba, del polen y de la tierra mojada.
Solía quedarse horas contemplando el agua, la cordillera y el encantador silencio. Le relajaba. Simone le mostró el hermoso y recóndito lugar tiempo atrás, desde que era un infante, le animó a bañarse en el río pese a lo hondo que era. Y Tom siguió frecuentándolo hasta la fecha.
Era su sitio preferido, había sido tan preciado que por mucho tiempo pensó en cavar un agujero a unos metros, donde su madre le señaló que había bajo tierra una maleta escondida.
Nunca nadie se tomó el tiempo para buscar dicha reliquia. Su madre incluso lo tomaba bastante en cuenta y no como una simple habladuría de su esposo y el padre de Vid, y Tom sólo en esos momentos quiso saber si bajo tierra existía la maleta que albergaba recuerdos de más de cuatrocientos años.
Sus pies tanteaban el suelo de tierra y flores que había alrededor del grueso tronco de un árbol de más de dos metros de altura. Algunas de las ramas estaban dobladas y las hojas que la conformaban caían de vez en vez en el suelo. Lo curioso de ese árbol era que nunca se secaba pese al cambio climático. Sus hojas no llegaban a cocerse con el friolento viento y el granizo de las lloviznas, así como tampoco cuando del cielo caían pelusas de hielo que se acumulaban hasta atiborrar cada pequeño sitio con nieve.
Apenas una de las hojas de la cima del vivo árbol cayó, meciéndose de un lado a otro en el descenso, Tom situó su mano extendida, permitiéndole amortiguarse en el centro de la cara interna de su palma, acobijando las grietas que ahí había.
Se detuvo a observar la pequeña e inofensiva hoja, el vistoso tono verde, fresco y tranquilizador. En medio del apacible ambiente, escuchó que, al recibir el soplo del viento, las ramas de la cumbre se meneaban, zarandeando a su paso a las de sus costados. Entonces incontables hojas cayeron a su alrededor, algunas se quedaron entre las hebras de su cabello y otras tantas en su mano todavía extendida. El suelo estaba lleno de ellas.
Justo ahí era el lugar acertado para cavar, a un kilómetro del río y bajo ese frondoso árbol. Era ahí donde una cabaña se encontraba, donde los antiguos habitantes convivían. ¿Ese lugar era igual de tranquilo que hacía más de cuatrocientos años? ¿Las personas que vivían en esa cabaña eran iguales a él? ¿Qué había de la fauna?
¿Cómo serían los animales puros que fueron combinados con humanos? ¿Los leones también vivían ahí?
Ladeó su testa, procurando erguirse lo suficiente. La tensión se apilaba como amontonamiento en su espalda y se desparramaba en sus hombros. Sentía un gran peso encima y no hallaba cómo aliviarlo. No podía. No podría siquiera en los próximos días, se sentía así.
Estrechó los labios y recogió la pala de hierro que había al pie del tronco, cerca de las raíces que lucían torcidas y esparcidas. La pala que sostenía entre sus manos era recia, resistía la fuerza con la que le utilizaran. En un extremo había un pico y en el otro una curvatura que le ayudaría a cavar.
Entonces dio comienzo. Rejoneó la tierra, cuarteándola por completo y removiéndola para quitarla del camino. Ese mismo método desarrolló por varios minutos más. El esfuerzo se reflejaba al ver el hoyo cada vez más extenso y profundo al contraste con el sudor, que manaba de los poros abiertos de Tom, de su rostro, cuello, brazos y espalda, y que escurría por sus piernas.
Era asombroso sentirse así de exhausto por socavar. Ni siquiera en sus entrenamientos monárquicos tenía esa evocación tan extenuante. Su mentalidad estática le provocaba cansancio emocional que la mayoría del tiempo se notaba en su físico. Su falta de sueño, su falta de alimentación adecuada, inclusive su desenfoque al día a día.
Ni siquiera sabía qué día era ese. Si era amanecer, tarde o noche. Sólo podía sentir que cursaba una eternidad. Vivía y percibía el lapso volverse lento, luego rápido, al grado de hacerle perder la noción del tiempo y el espacio.
Su rutina diaria era invariable. Hacía lo mismo y no se asomaba a debatir si tenía sentido o no; su cuerpo y alma automáticamente se sentían sin sentido. Tenía una misión, una responsabilidad de un tamaño desorbitante y estaba seguro de hacer bien su trabajo, su mandato, pero al final era vacío.
Se sentía vano como antes, como siempre. Realmente vacío, sin señal de aventuras ni provocaciones románticas, siquiera cómicas. La diferencia del vacío de antes al actual era que ahora dolía tan excesivamente que en cualquier momento se rompería. Dolía y mucho, porque era un vacío irreversible, que probablemente jamás volvería a darle sentido.
Sus brazos se ejercitaron al igual que sus piernas, su sudor ácido escurriendo de su piel para caer en la tierra. Ésta incluso se pegó a su pellejo, incomodándolo. Estaba sucio y tenía ideado meterse al río para refrescarse luego. La sola idea le animó a proseguir, cavando a más celeridad, forzado a hallar aquello que su madre le había comentado.
Hasta no encontrar lo que se suponía era un tesoro de más de cuatrocientos años, podría darse cuenta si era una simple habladuría o si era cierto. Su madre estaba confiada, le había dicho que quien se atrevió a encontrarlo y volverlo a enterrar tenía la seguridad de causar controversia.
Tom no sabía por qué y su madre sólo le explicó que la sociedad no conocía su otra mitad, que la sociedad de híbridos sólo veía lo que quería ver, y que ahí se encontraba la mitad de su realidad. Ella aseguraba que en esas reliquias había un libro que recaudaba a todos los animales, con fotografías y dibujos explícitos y descripciones sofisticadas.
Ningún híbrido se conocía a sí mismo como un animal puro. Cuando los híbridos nacieron y se dio inicio a su subsistencia, los únicos que pudieron verse a sí mismos como los animales que eran, fueron los primeros híbridos que entraron a experimentación, híbridos que estaban muertos para contar su experiencia.
Los híbridos eran vida, la creación más grande de los últimos tiempos, ellos mismos se habían adueñado del poderío, de la superioridad por llevar dos esencias, la humana y la animal, jactándose del resultado, pero no dándole crédito a la esencia animal que corría por sus venas.
Tom se preguntaba, ¿qué impacto lograría que encontrara ese libro gráfico y pegara las fotografías en el Edificio de los Soles, exponiéndoles, mostrando la otra mitad que los conformaba?
Tal vez se asustarían, tal vez por fin se verían a sí mismos como lo que eran y darían crédito a su procedencia animal. Tal vez así la sociedad viviría lo que le correspondía, sin mentiras, sin exageraciones, sólo con la verdad.
Quizá ese descubrimiento sería un gran aporte que sólo Muzetiv dotaría y que los países vecinos tendrían que conocer para que vivieran su realidad. Tom estaba curioso a la vez que alarmado. Si llegaba a encontrar la reliquia y la exponía, su mandato alcanzaría a ser inclusive más superior de lo que ya era.
Repasó la punta de la pala por una rectangular superficie casi plana pero magullada, entierrada, que relucía apenas de la tierra en color plateado. Era dura y Tom tuvo que tocarle para verificar que no fuese una roca. Sacudió con manos extendidas la tierra que la cubría y respiró agitado. Retrocedió un poco, sintiéndose incrédulo. Miró a su alrededor, verificando que no hubiese nadie cerca y se hincó, encontrando los extremos, las cuatro puntas de lo que parecía ser un maletín de aluminio macizo.
Escarbó con sus dedos abiertos tal escobeta de dientes separados y duros, y logró sacar el maletín que fácilmente medía lo mismo que su torso; era gigante y ancho, reforzado. Debido al tiempo enterrado no tenía el mango y Tom comenzaba a preocuparse de si aún conservaba en su interior lo que su madre tanto contaba.
Se tornó nervioso, ansioso de que no hubiera nada dentro y angustiado también de que sí hubiera alguna evidencia. El poder descubrir algo sobre sí mismo o incluso sobre otros híbridos que conocía, le harían recordar a alguien en especial, a dos personas que echaba de menos de manera diferente. Nuevamente recordaría lo acontecido, algo se lo decía…
Tragó duro, su garganta doliendo ante el esfuerzo y sus ojos tornándose más rojos alrededor de sus irises negros. Sus lagrimales inferiores se resecaron al mantener los párpados abiertos, evitándose pestañear para que no llegaran a humedecerse.
Reprimía que la nostalgia hiciera su aparición como todos los días pasados. Todavía no se redimía, Tom no lo haría, el paso de los días lo constataba. Era el segundo día de haber puesto su sentido del olfato funcionando, mismos días que aspiró el aire a su alrededor, tratando de encontrar el paradero, de localizar a dos personas importantes en su vida.
Al final nunca obtuvo respuestas, ni siquiera la esperanza, nada. No había nada que le diera la pequeña esperanza de suponer que aquellos dos híbridos estaban a salvo, vivos. El paso de los segundos convertidos en minutos y posteriormente en horas y horas hasta formar días, no ayudaba en nada. Por un momento deseó que el tiempo se detuviera, quedarse estancado en dicha hora, tiempo y en cualquier parte del día. Si el tiempo corría, la culpabilidad incrementaba al igual que su furia, soledad y tristeza.
Y así como anheló que el tiempo se detuviera, también deseó tener la oportunidad de volverlo atrás para evitar todo lo que estaba sucediendo. A veces le daba una ligera sospecha de que cursaba por una pesadilla, de alguna curiosa etapa de salud mental, o simplemente de que la realidad era más dura de lo que creyó.
Sacudía su testa demasiadas veces, sus demonios internos saturándolo, siendo ingenuo, estúpido, pensando que con ello cambiaría la página, que con ese simple movimiento se esclarecería y que, al abrir los ojos, todo sería distinto, con Bill enredado entre sus sábanas y con su tibia y tranquila respiración golpeándole la boca.
Intentó esa práctica más de diez veces, creyendo estarse volviendo loco. Terminaba recargado en algún rincón de las habitaciones de entrenamiento monárquico, con las piernas extendidas sobre el frío suelo y con las manos cubriéndole el rostro, como si no quisiera ver ni ser observado.
Intentaba aferrarse a su cara, sentir su piel, su furiosa respiración, que conseguía que las aletas de su nariz se abrieran y cerraran, y oprimía sus dedos contra su boca, queriendo revivir la dulce sensación de los besos impresos en ella. Y los remembraba, hacía recordatorio de los besos, de unos labios apenas pegados a los suyos, y luchó contra la necesidad de volver a vivir esa acción con el dueño de aquella boca.
Deseaba volver a intentarlo, tener la oportunidad de sostenerlo entre sus brazos y respirar de su perfume; deseaba decirle de la forma más enredada que le quería, que amaba la manera que utilizaba para mirarlo, que adoraba lo bien que lo hacía sentir con su sola presencia, con su cercanía.
Pero no podía; él no estaba para poder escuchar lo que por miedo callo por mucho tiempo. Él no estaba al igual que su madre, a quien deseaba hablarle, volverla a ver, abrazar y proteger. Los añoraba y seguía ocultando ese lacerante sentimiento bajo su gesto indiferente y frío, descorazonado.
Por las noches imaginaba sus rostros inmediatamente prendía un cigarrillo, volviéndose un adicto al contenido enrollado. Fantaseaba, relajaba sus sentidos y mantenía sus labios ocupados. Fumaba y dispersaba el humillo, alzaba su mano derecha hasta palparlo, desapareciéndolo con sus dedos. Intentaba tocar los rostros que imaginaba para volverlo real, pero el humo se alejaba, se suprimía, tal y como Bill y Simone. Y Tom estiraba su mano, persiguiendo su propia epifanía, buscando alcanzarlos y al final, cuando se movía de su sitio impulsándose hacia adelante, caía en cuentas. No era real, sólo simple humo de cigarro frente a su rostro.
Posterior a esas situaciones, llevaba un nuevo cigarro a sus labios y lo encendía, chupando el filtro lo suficientemente hondo para tragar, y lo expulsaba por la nariz y boca, riéndose apenas. Sonreía con amargura, para luego reír, de nervios, de probable sufrimiento.
Vid no lo miraba, se había ido de casa, dejándolo. No le hablaba y Tom sabía que se había reunido con Carlo y que juntos habían salido a buscar a Bill y a su madre. Y sabía también que, si Carlo lo llegaba a encontrar, vivo o muerto, se aferraría fuertemente, como se lo había aconsejado.
Tom no podía salir a buscarlo, no tenía cara para hacerlo. Sentía que no le correspondía; él había arrastrado a Bill y a su madre a donde estaban ahora, y si salía en busca de alguno, sería de su progenitora, a quien era su sangre. Y, así como una vez confió en que ella estaba viva, también lo dudaba ahora.
El paso de los días desvanecía las esperanzas, los ánimos y del león blanco no quedaba nada, sólo falsedad y fuerza física, la mitad de su astucia en su trabajo y la tristeza inundándolo cada vez más, aunque no lo aceptara de forma verbal todavía.
Tampoco sabía bien cómo sentirse al respecto, si lamentarse más por la partida de su madre o por la de Bill. Su cariño era diferente en ambos, extrañaba a ambos, pero se sentía más inclinado por Bill. También se sentía mal por eso, no podía distinguir si era aceptable pensar tanto en alguien que otorgaba sentimentalismo y una relación carnal.
Sólo…los extrañaba. Y cada vez que meditaba se volvía un energúmeno. Eran diversos sentimientos encontrados. Recordaba que ellos le habían mentido, que lo habían dejado al descubierto. Tom se sentía traicionado, humillado y su orgullo se anteponía.
Los cándidos ojos de Bill le habían mostrado lo oculto la última vez que discutieron, lo que existía en el fondo de sus pupilas era la verdad y cuando se enteró, justo en un momento inoportuno, le ocasionó una impresión enorme. Seguía impactado, no la comprendía. Al final frenaba el llanto de impotencia, de rabia y suplicio. Y era cuando se daba cuenta de que, simplemente seguía doliendo y que eso no iba a cambiar, nunca lo haría.
Con un rudo estirón, sacó el maletín y lo situó sobre la alta superficie, saliendo del hoyo. Volvería a llenar el agujero cuando tuviera tiempo, cuando quisiera distraerse. Por el momento abrió el maletín, forzándolo. Entonces lo vislumbró, captó los objetos que ahí había.
Su corazón se aceleró al sostener el enorme libro ilustrativo con ambas manos, temeroso de romperlo, de deshojarlo. Lo examinó con curiosidad, verificando los daños y, al no notar ninguno grave, lo dejó a un lado para seguir viendo lo demás.
Entre sus manos había un cofre con piedras brillantes desacomodadas sobre un pedazo de tela rojiza. Eran piedras preciosas, joyería. Era oro y diamantes. Eran collares delgados, de oro puro, hermosos y elegantes. Los híbridos no solían llevar joyería, al menos no tan llamativa. Y en definitiva la poca joyería que existía era muy diferente a la de antes; pues en la actualidad no era tan ostentosa.
Al fondo del maletín yacían fotografías de paisajes, de personas, de objetos, todo en blanco y negro. Al reverso de las fotografías venía la descripción, el año y se platicaba lo que era exactamente la fotografía. Supo entonces que tenían la misma caligrafía, que leían y escribían con los mismos símbolos y que eso no había cambiado, tal vez. Probablemente con el nacimiento de híbridos el idioma se había hecho universal, todos con un mismo lenguaje, sin importar los países y la cultura.
Tom sabía que todos hablaban el mismo idioma y que lo que los diferenciaba entre sí era poseer individualmente la esencia animal de diversas especies. Hasta el momento todo coincidía para Tom.
Alzó una imagen cuidadosamente, una donde venía un recién nacido, un pequeño ser humano sonriendo.
Se trataba de un bebé dormido, al parecer disfrutando su sueño.
El corazón de Tom fue sacudido por una punzada que se extendió desde su estómago y disparó pesadamente hasta su garganta, la cual ardió al tragar saliva y tensar la mandíbula, presionando sus dientes.
Sus pómulos se tensaron y desvió su mirada, tratando de evitar a ese recién nacido. Recordó a Bill repentinamente y meneó la cabeza de izquierda a derecha con brusquedad, trataba de borrar su rostro, que se aparecía en todas sus facetas, de su memoria.
Bill deseaba un hijo. Y su deseo había quedado en el aire. Fue entonces que la palabra “hubiera” complementó todos sus pensamientos de queja. Si hubiera…si tan sólo hubiera…, esa era una simple forma de culparse cada vez más y se convertía en la mayor parte de su deterioro.
Volteó la imagen y leyó la descripción:
Abel Santos, 25 de enero de 1865. Peso: 3.36 kilogramos. Longitud: 47 centímetros. Humano. Tiempo de gestación: nueve meses.
Dejando con parsimonia aquella foto, tomó otra, de una mujer mayor de edad cargando esta vez a otro recién nacido. Al reverso decía:
Kirian Lisboa y Borja, 4 de abril de 1868. Primer híbrido humano animal con sangre de rata junto a Kirian, científica de la zona B. Peso de recién nacido: 4.30 kilogramos. Longitud: 55 centímetros. Híbrido. Tiempo de gestación: tres meses.
Seiscientos veinte años habían pasado de esa fecha. Tom se estremeció. Guardó todo en el maletín y lo dejó cercano mientras se desnudaba por completo y se metía al río para al menos lavar superficialmente su cuerpo sudado.
Al salir de la cristalina agua, se vistió con su ropa interior y sus pantalones, tomó la maleta y apresuró su paso. A cada zancada que daba, su nerviosismo incrementaba. Le causaban ansiedad los objetos que llevaba consigo. Aquellos no eran simples objetos, esos eran reliquias, eran restos de más de seiscientos años. Era el pasado, y había evidencia del primer híbrido experimentado.
Necesitaba revisar todo con calma y estar preparado para ver sobre su creación, leer sobre los animales, sobre los híbridos en general y tomar una decisión. Desde que él nació la sociedad ya estaba bien constituida. Los científicos, creadores de ese proceso parecieron haber borrado toda evidencia de fauna, pues actualmente no existían animales puros.
Los híbridos no conocían sobre su pasado, sólo que poseían una esencia de un animal, pero no conocían al animal, no conocían el físico de ese animal ni mucho menos cómo sobrevivían. Los híbridos estaban adiestrados para mencionar que eran superiores, ignorando el pasado, sólo siguiendo una línea, un discurso aprendido.
Eran máquinas y Tom por eso había iniciado la categorización social. Tom quería descubrir todo de ellos, darles mejores oportunidades y ofrecerles comodidad. Pero estaba seguro que no podría avanzar si ocultaba lo que había visto en el maletín.
Tom definitivamente revisaría hasta la última foto ahí guardada.
Al llegar a su casa y encerrarse en su estudio, mantuvo aislada la maleta y acomodó los objetos de su interior sobre su escritorio ya desocupado. Dejó el grueso libro a un lado y se dispuso a analizar las fotografías que había regadas. La mayoría de ellas era una evidente evolución del pequeño híbrido llamado Borja, el primer humano con sangre de ratón. Y en otras tantas fotografías había paisajes, partes del cuerpo humano y objetos que Tom no lograba reconocer, pero que parecían interesantes.
Tom pudo notar que hacía más de seiscientos años la experimentación se había intensificado. Ahora estaban más actualizados, pero sin dudar apreciaba los descubrimientos de aquellos tiempos, porque él había nacido gracias a ellos. Por dichas experimentaciones Tom era un león blanco ahora y el agradecimiento estaba patente.
Se preguntaba si existían líderes, y por un instante se preguntó también si los humanos y los animales se relacionaban entre sí. Entonces vio una foto, una donde estaba un ser pequeño, de bigotes y diminutas orejas, sin color por el blanco y negro de la imagen, pero pudo distinguir sus oscuros ojos ovalados y pequeños. Tom juraba que dicho ser podía ser mucho más pequeño que la palma de su mano, y su sorpresa incluso incrementó al ver la descripción al reverso: Ratón blanco de laboratorio.
Sus orbes se abrieron por completo y sus cejas se levantaron para después fruncirse, extrañado. Era un ratón, un animal. Estuvo confuso, ¿tan pequeño era? Definitivamente el ser que parecía ser un ratón lo dejó estupefacto.
Era imposible imaginarlo. Rememoró a varios híbridos con esencia de ratón y le parecía impresionante. Eran humanos perfectos; no poseían la anatomía de un animal. Los híbridos sólo tenían entendido que los animales puros carecían de racionalidad, y que los híbridos superaban los mismísimos humanos y animales.
Ansioso, abrió el libro y se encontró con las páginas descuidadas, de un tono requemado por la antigüedad y algunas deshechas. ¿Y si todo el libro estaba destrozado? Tensó la mandíbula y trató de controlar su fuerza para no romper nada. Deslizó sus dedos por las hojas y al notarlas completas pero débiles, comenzó a leer.
Leía una introducción, que hablaba sobre los animales en general y los seres humanos. Al parecer un recaudo de información de los mismos humanos que hicieron su experimentación.
Tom leyó detenidamente, guardando cada oración en su memoria, nutriéndose, sin darse cuenta de que ya comenzaba a leer la descripción de los animales mismos. El libro era gráfico, cosido a mano, que tenía fotografías de los mismos animales junto con dibujos a carboncillo, su especie y su descripción general, lo más relevante, habilidades, debilidades, forma de vida, incluso un descriptivo párrafo con las características físicas de cada animal.
Tom vio desde ratones, perros, gatos, hasta animales más grandes, algunos más peludos, otros más intimidantes apenas al observarlos. Pudo identificar animales de tierra, de agua y de aire. También había una sección donde se decía que los insectos no se habían utilizado para experimentar, y Tom divisó algunos insectos que en su vida iba a volver a ver, sólo en dibujos.
La información que captaba desde su sentido de la vista se instaló en su memoria y emprendió a encontrar similitudes, explicaciones, de lo que creía jamás se cuestionaría por interno. Simone le había contado que dicho maletín estaba en manos de su padre y que lo había enterrado cuando él era aún un niño, ella mencionó que su padre no pensaba revelar la verdad de sus procedencias.
Su padre había liderado al país en compañía del padre de Vid y otro de sus colegas, todos leones blancos, los cuales habían decidido no ofrecer si quiera la oportunidad de explicar la otra mitad de su ser. Y Simone le había encargado con devoción que encontrara el maletín y expusiera lo que ahí había. La sociedad tenía derecho a saber sobre sí mismos, aunque provocara miedo e impresión.
Y Tom actuaría como a su madre le habría gustado, aunque ella no estuviese para verlo. Lo haría porque lo deseaba y porque uno de sus objetivos era cumplir la promesa que le había hecho cuando adolescente.
Respiró hondo, sujetando el libro con fuerzas cuando vio lo que se temía. En una de las páginas había un dibujo y una descripción.
«Conejo» El nombre lo obligó a entornar los orbes y atenazarlo con constantes estremecimientos. Los vellos de los brazos se le erizaron y tuvo que erguirse debido a la fuerte corriente, parecida a un látigo, que golpeaba su espalda. Sus manos temblaron y se vio obligado a soltar el libro para no desunirlo con sus dedos.
Contempló el dibujo, al diminuto animal, sus orejas, su nariz, los bigotes, el pelaje cuidadosamente pincelado. Bill era un conejo. Su pecho se abombó para luego desinflarse, sus labios se resecaron y tuvo que relamerse para ponerlos húmedos un tanto. Sin quererlo, lo recordó. Hizo remembranza de las veces que le dijo débil, de todas las ocasiones que lo mencionó como alguien insignificante, sin valor.
Leyó la descripción del dibujo, bajo el manto de sus pestañas casi juntas a causa de sus ojos entrecerrados. Su fija vista le hizo de pronto ver borroso, el panorama se desenfocó y era su culpa. Sus ojos habían comenzado a acumular agua, brillando aún vacíos en el fondo.
Su pechó tentó con quemarle, las flamas ascendiendo hasta su garganta, pero así como se escocía, volvía a consumirse. Furibundo, cambió de página, tratando de mantener la compostura, aunque la imagen del animal como conejo puro no le permitió concentrarse. Aún tendría que buscarse a sí mismo como un animal. ¿Cómo sería un león?
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Entre sus manos yacía extendida una hoja de tonalidad azul, justo arriba del papel resaltaba la bandera del país; los colores marrón y blanco, un escudo donde en el centro había una garra de león, un recuerdo ancestral que únicamente Muzetiv obtuvo de entre las reliquias humanas.
Tom había rebuscado hacía días atrás recuerdos enterrados en un bosque que antes solía ser una cabaña hechiza de piedra y madera, todo gracias a lo que su madre le había contado. Le parecía bastante complicado borrar esa experiencia de cavar, de remover tierra y adentrarse a una lectura densa, aprender términos, enlazar información. Había sido un gran reto.
El hueco que hurgó ya estaba cerrado de nuevo, como si nadie hubiese estado ahí. Metros y metros de espacio fueron lo que picó, y exceso de tierra lo que cargó para rellenar el hoyo. Sentía que había valido la pena.
Tom estudió con detenimiento y curiosidad el pasado. Se vio a sí mismo, un león blanco en forma diferente. Conoció a todos los animales que fusionaron con los humanos, descubrió que algunos ya estaban en extinción actualmente y que otros vagaban en grandes masas.
La moneda, la bandera, la nueva mácula del país estaba dándose a conocer en apenas días. Tom expuso el nuevo símbolo de su ahora país, situando una garra de león como escudo. Ese era uno de los primeros pasos, luego, de un día para otro pegaría en los muros del Edificio de los Soles las descripciones, dibujos, fotografías, la realidad de todos ellos.
Probablemente habría cambios, tal vez se revelarían, quizá se sentirían más intimidados, pero Tom estaba dispuesto a hacerle frente. El nuevo manual de características de Híbridos que estaba llenando estaba en la recta final. Faltaban pocos detalles y sería renovado. Sólo era cuestión de tiempo.
Muzetiv se daría a conocer como el único país liderado y con mejores oportunidades que otros. Muzetiv no sería una nación de cabos sueltos, de falsedad y debilidad. Tom prepararía a sus hombres y su desarrollo sería más increíble que el de otros.
Tom dotaría a su sociedad, le ofrecería las armas y no permitiría que hubiera extinción de ninguna índole. Procuraría que todas las especies subsistieran, sin importar que tan difícil fuese. Tom estaba preparado para su país, pero no para sí mismo, aunque debía aceptar que lo único que le proporcionaba fuerza era su labor.
Vid no había ido de nuevo a casa. Llevaba días que no le veía a la cara y comenzaba a preocuparse. Él no tramaba perdonarle y eso lo hacía estar solo, completamente solo.
Carlo había ido al trabajo, como todo hombre de palabra, seguía sus órdenes, pero no había vuelto a tocar el tema anterior, no obstante, Tom pudo notar que seguía buscando a Bill en su tiempo libre. Carlo incluso había ido a la frontera, con la esperanza de cruzar al país vecino, a diferencia de Vid, quien sí lo hizo.
Vid cruzó el país vecino llamado Rosbo, y habló con el máximo encargado, un grupo colectivo de híbridos superiores, que no eran nada a comparación con Tom ni su primo. Rosbo era un país muy arraigado, de carácter irreversible y apasionado. Su gente era leal, seguía órdenes y vivían como lo dictaban sus leyes.
Tom había mandado a Bill a Rosbo porque ahí los matrimonios y las relaciones amorosas eran veneradas como rituales. Bill era un romántico empedernido y Rosbo asumía el romanticismo como lo más real y absoluto. Bill merecía algo así, Tom estaba seguro.
Sin embargo, cuando Bill pisó Rosbo estaba aún en celo, desolado por la separación de sus cuerpos, que se habían fundido inevitablemente. Eso restaba puntos, más en un país desconocido y con diferente mentalidad.
Su error.
Ese siempre sería su mayor error de tantos que acometió.
Para ese día Tom tenía planeado escribir el registro y posteriormente encerrarse en su despacho, como todo el tiempo. Quizá iría a entrenar, no lo sabía aún. Su vida privada era monótona, tan aburrida y lacerante que le daba la impresión de estarse volviendo loco.
Tal vez, sólo tal vez iría en busca de algún híbrido para saciarse sexualmente, para desahogar la rigidez de su cuerpo. Ría ya no era opción, ella le hacía recordar su pasado y no precisamente el pasado donde Astra hacía su aparición, sino su pasado con Bill. Así que la evitaba a toda costa, corriéndole de su casa, de su vida incluso.
Ella era terca, se humillaba para conseguir por lo menos un acostón rápido y sin consideración, y Tom… él simplemente la quería lejos, incluso planeaba desterrarla y mandarla a Brusel, uno de los países más alejados de Muzetiv.
Con el anochecer a punto de iniciar, Tom se apartó la ropa de ese día y se la cambió por una de entrenamiento, de combate, sin el turbante. Entrenaría para desligarse de su día y de los pasados, sudaría y elevaría su fuerza, luego de ello quizá dormiría. Hacía varios días que no cerraba los ojos y se dejaba envolver en brazos de Morfeo por el miedo a soñar con él.
Para su sorpresa, al entrar a la habitación sin techo que usaba para amaestrarse, se encontró a Vid con ropas similares, también ejercitándose. Al parecer ambos necesitaban utilizar su fuerza, desvanecer el estrés.
—¿Qué? ¿Te vas? —Espetó Vid, sin ese juego en sus palabras, esa voz suave y graciosa que tanto lo caracterizaba. Estaba molesto, todavía.
Tom detuvo sus pasos, planeaba marcharse, aunque al final fue rodeado por Vid, quien se paró frente a él y le empujó con fuerza, haciéndolo trastabillar. Tom retomó la compostura, ese ataque lo había tomado desprevenido.
Vid quería pelear, como si estuvieran entrenando. Tom sabía de antemano que si iniciaban el combate sería más que una simple práctica.
—¿Qué haces en mi propiedad?
—También es mía —atacó Vid, parpadeando sólo al ver la añoranza presa en los ojos de su primo. Tom se dio cuenta y desvió su mirada, sonriendo de lado—. Ocultándolo o no, puedo verlo —continuó, empujándolo de nueva cuenta al avanzar dos pasos. Tom le sujetó las muñecas, oprimiéndolas con osadía, su quijada tensándose por el recuento —, deberías enfrentarlo, sigues huyendo pese a que está muerto.
«Muerto»
Era cierto.
—No tiene caso, él no puede verte, ¿bien? Ni se enterará. —Lo tomó, nuevamente, desprevenido al empujarle con más fiereza, consiguiendo que se cayera al suelo. Desde ahí, Tom lo miró fijamente—, entonces sólo…vívelo. Esta es tu realidad, Tom. La de todos.
—¿Te lo dijeron? —inquirió luego de un momento, poniéndose de pie a la brevedad. Necesitaba saber si Vid había obtenido información.
—Rosbo…—inició —, los encargados mencionaron haber encontrado tres cuerpos a las orillas del mar que los representa. Tienen estrictamente prohibido divulgar lo que sucede en su país. ¿Te aseguraste de que Bill no fuera desterrado en estado de embarazo?
Tom se giró, caminando lejos, pensando, nervioso, aunque escudándolo al final.
—Si iba embarazado, tal vez el tercer cuerpo era el producto.
—Se siente bien, ¿verdad? Decirme esto…—murmuró, retomando la compostura sin ánimos de hacerlo. Su corazón había dejado de latir por un momento y su pecho dolía, como si se lo hubiesen estrujado sin cautela.
—No, en realidad no se siente bien. Esto es sólo la realidad, y no puedes huir de ella. ¿No lo ves?
—¿Lo han tramado, no? —Insistió Tom, empujándole esta vez él. Vid volteó hacia su izquierda, eludiendo su persistencia —. Ustedes lo han tramado, fingen para que yo…para que…me lo han arrebatado para que yo…—No fue capaz de continuar. La mirada de su primo no era una broma, no había nada oculto.
Todo era cierto, pero no quería aceptarlo. No sobrevivía sin falsas ilusiones, estaba abnegado.
—¿Qué más tiene que suceder para que te des cuenta? —ahogó su primo, con el llanto haciendo su aparición —. Nada va a cambiar, ¿entonces por qué no lo aceptas ya? Si lo aceptas ya no dolerá tanto. A Bill y a tu madre les hubiese gustado, ahora es lo único que puedes hacer.
Lanzando el primer golpe a su rostro, Tom violentó a su primo, arrojándolo al suelo con una fortaleza más intimidante, a su paso quebrando el piso. Sus puños se esgrimieron y su estado de ataque se activó.
Revelaba furia, desconsuelo, la perdición bruta que tanto lo masacraba.
No necesitaba de palabras, Vid sabía que Tom se había vuelto poseso de sus sentimientos, todos ellos manifestándose como impotencia y furia, una que se notaba en sus golpes, en sus acuosos y enfermizos ojos, y en su respirar agitado.
Vid lo sentía temblar, sintió su cuerpo vibrante y sus jadeos de cansancio, de necesidad por respirar aire fresco, de sentirse por fin en paz. Estaba muy lejos de sentirse mejor, realmente muy lejos, en esos momentos era un Tom gemebundo que se intoxicaba con sus propios lamentos.
—Tom —rogó Vid, esquivando uno de sus golpes para abrazarlo, estrecharlo fuerte entre sus brazos. Apenas al sentirle de esa manera, Tom se retiró, buscando esfumar esa terneza, esa demostración de sedación, de intimidad.
Vid pudo irse, dejarlo, pudo no volverlo a intentar, pero lo hizo. Procuró abrazarlo, serenarlo. Fue tras él, jaloneó su brazo y obligó a Tom a acomodarse sobre su pecho también acelerado por la adrenalina del momento. Tom exudaba, un calor insoportable manaba de sus poros, sus venas hinchadas punzaban, queriendo atravesar su carne y su pecho se tintó de un escarlata severo al igual que su cuello. Estaba abrumado, queriendo explotar sus pesadumbres.
Tom luchó por huir. Cada vez que alejaba a su primo, éste volvía a estrecharlo, resolviendo su estado tozudo a la fuerza, cada vez más sofocante. Tom gruñó, apretando los dientes, con ello su quijada.
—¡Suéltame! —Ladró, su exigencia quemándole la garganta apenas la sacó a colación —. ¡Que me sueltes! —A cada segundo su voz se volvía más encolerizada, desesperada y al mismo tiempo falsa. No quería que lo soltara; no estaba seguro de poderlo aguantar un momento más —. Suéltame —imploró esta vez, escuchando cómo su ruego se enlazaba con el sonido del cielo crujiendo.
Los relámpagos brillaban en la oscuridad, eran pesados y ruidosos, tan estridentes como el interior de Tom intentando salir a la luz. Vid pudo verlo, a Tom malherido, roto. Inhaló profundo, cayendo con Tom encima, su peso lo había vencido.
La tierra de los suelos se levantó y una de las manos empuñadas de Tom se posó casi con rudeza a un lado de la cabeza de su primo, sosteniéndose de esa manera. Sus extremidades pesaban, sus huesos dolían y su pecho ardía, era la nostalgia, ya la conocía.
—Duele —susurró jadeante, quedándose sin respiración, su boca temblando probó el significado de sus palabras. Vid se estremeció bajo su cuerpo al oírle.
—Yo lo sé, sé que duele —musitó Vid, mirándolo con devoción, reconfortándolo.
—Duele demasiado —Tom runruneó apenas audible como continuación, su voz fue un soplo turbulento y junto a él apareció la primera lágrima derramándose de uno de sus ojos húmedos y sin vida.
La salada gota de agua se deslizó con parsimonia de su lagrimal azafranado, cayendo en la mejilla de Vid, tan llena y densa, y tan caliente que calcinaba Y así como se derramó la primera lágrima, la lluvia cayó sobre ambos, con tanto auge que el agua golpeaba sus cuerpos como si fuese granizada.
Parpadeando y estupefacto, Vid presenció la segunda lágrima, la tercera y todas las que fueron letanía, y que se mezclaron con el agua de lluvia, siendo su rostro el envase que las recibía. Observó su cabello empapado por la impetuosa lluvia, el rostro afligido, su pecho subiendo y bajando, su ceño fruncido y sus ojos entreabiertos y enrojecidos, derrochando llanto, una ola de agua salobre que ya había empapado todo su rostro.
Vid no fue capaz si quiera de tocarlo; verlo tan frágil le hizo llorar de inmediato, con él, acompañándolo.
—Duele tanto que…—su voz se deshizo, oyéndose quebrada junto a su respiración tumultuosa. Sus lágrimas le estaban consumiendo—, no puedo soportarlo más —finalizó, levantando sus hombros con pesadez, tragando oxígeno a bocanadas, resolviendo su sentir con apenas esos morfemas, como si no hiciera daño, todavía estando en la dura estadía de la negación.
Vid abrió su boca, intentando decir algo, palabras de aliento, pero lo único que recibió fueron los gritos de melancolía de Tom, que le desgarraban el alma:
—No debí haberte dejado ir. —Cerró sus ojos, clavando su puño al costado de la cabeza de su primo. Le hablaba a Bill con rencor, quien no podía escucharle—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué me abandonaste? — Suplicó una explicación a Bill, al no existente Bill, golpeando el suelo una y otra vez, abriendo sus nudillos y manchando de su propia sangre el cabello castaño de Vid debido a las salpicaduras —.¿Por qué te dejé ir así como así? ¿Por qué? —rogó una vez más, cerrando los ojos y moviendo su cabeza de un lado a otro. Le había comenzado a doler, a punzar —. ¡Regresa! —Sin abrir aún los ojos, continuó golpeando el suelo con su puño, desesperado, cayendo en una palpable agonía —. ¡Regresa a mí! ¡Por favor regresa, te extraño tanto!
No hubo respuesta. Vid no pudo contra eso. No pudo siquiera consigo mismo al ver a Tom de esa manera. Tocó apenas la mejilla de Tom con su mano y lo arrulló de esa manera, sacando un ligero soplido de entre sus temblantes labios, una melodía que los tranquilizaba cuando niños a ambos.
—Si tan sólo hubiera…—suspiró, sin apartar la mano de su primo —. Si tan sólo me hubiera aferrado a ti, sin importar qué tan difícil era… ¿qué se supone que haga ahora? —Se debatía—. ¡¿Qué debo hacer para traerte de vuelta?! ¡¿Quieres escucharlo?! —Vid cerró sus ojos, evitando ver a Tom. Dolía. Dolía tanto que no podía seguir mirándolo—. Te quiero, yo…te quiero. ¡Te quiero! —Repitió una y otra vez—. Te amo — concluyó con amargura, sin verse forzado, pero sí más desanimado por haberlo musitado tarde. Que Bill no pudiera escucharle le enfurecía y la culpabilidad se adhería más a su razonamiento.
Vid abrió los ojos al escucharlo finalizar. Lo vio sentado apenas sobre su cuerpo, con la boca abierta y los ojos entrecerrados, sus lágrimas y la lluvia siendo una mezcolanza que escurría por todo su rostro, cayendo a grandes cantidades de su barbilla.
Al escuchar los truenos cada vez más constantes, parpadeando en los cielos, Vid miró hacia arriba. Respiró profundo y cerró nuevamente sus ojos, permitiendo que más llanto saliera de ellos. Se preparaba para fijar sus ojos en Tom y darle apoyo.
No escuchó claramente lo que Tom susurraba, pero supo que seguía suplicando, pidiendo disculpas, absorto en el recuerdo de Bill, que era lo único que le quedaba. Era demasiado tarde y lo único que podía hacer era eso, llorar y hablar, gritar, exigir, hablándole al Bill que ya no existía, a su madre, que le había aconsejado demasiadas veces.
No era suficiente, pero el desahogo hacía una gran diferencia.
—Vete —pidió urgentemente esta vez a Vid, alejándose de su cuerpo, dejando tendido a su primo ahí, a dos metros de él. Ser visto por su primo era un tormento, no podía evitar sentirse desnudo y sensible.
Sin sorprenderse, no porque ya no podía sentirse impresionado, sino porque ya conocía a sus cercanos, auscultó a Vid negándose, quien se sostuvo con sus codos para contemplarlo con ligereza, sin juzgarlo.
Estaba enfurecido, impotente y se había tornado agresivo. Vid lo vio encogido de hombros, rasguñando el suelo, con las manos ensangrentadas, pudo sentir su dolor, su pecho aturdido, su sofocación. Estaba desconsolado.
Ambos se miraron a los ojos; Vid mirando las lacerantes remembranzas de Tom pasando como diapositivas en su memoria; y Tom, derrumbado en el suelo con sus extremidades embebidas en sangre, descifrando en la mirada contraria que Vid no lo dejaría, que lo acompañaría.
La tormenta no cesaría, no hasta que Tom se agotara de llorar. Luego tal vez dejaría de sentir menos intranquilidad. Los dos deseaban con todas sus fuerzas que la paz reluciera donde quiera que se encontrase, dejando atrás la tristeza, menguándola para que Tom pudiera dormir al menos esa noche.
Continúa…
Gracias por la visita. En la próxima entrega terminaremos con la parte III de esta obra.
Te odio Tom 😠
Qué hacer? Bill es demasiado bueno para él y no sé pero ya me estoy imaginando lo q pasará en el próximo capitulo. Ojalá Bill esté bien y tenga lo q tanto a anhelado a su lado… 🤣 Desearía q Bill se quede con Carlo, pero ya q no es posible, ni modo 🤭