Regreso a la laguna azul 1

Administración: Aquí comienza la segunda temporada de la saga «Laguna Azul». Reitero las gracias a la autora, quien ha autorizado publicar su historia aquí.

Fic Twc de novaficacci. Temporada II

Cap 1: Un espacio propio

Un Tom, ahora con las rastas morenas, bigote y barba un poco crecidos, se dirigía a la isla secundaria con Gordon en brazos, totalmente dormido, y David mirando atento al horizonte.

– ¿Por qué papá no vino? – preguntó con su tierna vocecita.

– Tiene que arreglar un poco la cabaña – le respondió dulcemente – tú necesitas tu propio espacio.

– A mí me gusta dormir con mis papis – hizo un puchero y se abalanzó sobre su padre, tomándolo por las mejillas – ¡Pica! – gritó y apartó sus manos riendo. Tom se le unió inmediatamente, y lo alejó un poco.

– A nosotros también nos gusta dormir contigo… pero recuerda que Gordon también duerme ahí, y todos dormimos apretujados. ¿No te gustaría poder dormir imitando una estrella de mar?

El mayor sabía que al niño no le agradaría tener que dormir solo, pero era algo que se debía hacer, tanto porque ya no era un bebe, y otro tanto porque los gemelos ya no tenía otra opción más que esperar a que los pequeños se durmieran y salir de la cabaña para tener un poco de intimidad, ya fuera dentro del mar, o cubiertos por los helechos.

El niño sonrió y asintió, dicho de esa forma, dormir solo ya no parecía tan malo. Corrió hasta el otro lado del bote y se aferró al filo. No habló más hasta que el bote se atascó en la arena.

Tom luchó por sostener al bebe con una mano y dejar los remos dentro del bote con la otra. Se levantó y saltó hacia afuera. El agua lo mojó hasta los tobillos.

– Ven, David, abrázate a mí – le dijo al niño, que rápidamente se aferró al cuello de su padre.

Con un poco de esfuerzo llevó a ambos hasta un sitio seguro en la arena, donde bajó al más grande.

– Papi, ¿por qué no te quedaste a ayudar a mi otro papi?

– Porque yo tenía que cuidar de ustedes – le dijo mientras se sentaba, – si yo no los cuidaba ¿quién?

– Abuelito podría haberlo hecho – le sugirió inocentemente. Era un niño, no medía las palabras, y para el mayor la pena era cercana todavía.

Tom frunció el ceño con tristeza y sus ojos se aguaron.

– Sí, cariño. Tu abuelito podría haberlo hecho – ni siquiera miraba al niño, miraba al horizonte. El viejo había pasado siete años buscándolos, solo para irse del mundo dos después. Una lágrima cayó por la mejilla del mayor. En realidad, Gordon siempre había tomado el rol de su padre.

– No llores, papi – le dijo y se acercó para tomarlo nuevamente de las mejillas. No protestó por la picazón que la barba de su padre le causó – El abuelito esta allá arriba – señaló el cielo con su mano, – está feliz.

Tom sonrió y limpió su lágrima, pero no dejó de ver el horizonte.

– Papi – llamó de nuevo el niño. Su padre lo miró, sonriendo aún – tengo sed.

– Oh, ah…

Tom, con el ceño fruncido analizaba los pros y contras de ir hasta la cascada por agua. Los pros eran que no estaba tan lejos, y de paso podía entretenerlos. Solo halló un contra que le parecía que ganaba por sí solo: en un descuido David podía perderse en la selva, y había una razón más por la que el mayor no le había ayudado a su gemelo. Esa noche la luna llena brillaba en el cielo, y cuando oscureciera los tambores sonarían, y alguien moriría. Si el niño se perdía fácilmente podía llegar a donde sus vecinos habitaban en menos de una hora. Eso era otra razón para visitar la isla secundaria: quedaba más lejos de la parte norte.

– ¿Papá?

– Ah, sí. Lo siento – dijo, saliendo de sus ensoñaciones. – Toma a tu hermano – Le tendió al bebe – Sujétalo con fuerza – le advirtió mirándolo severamente. El pequeño lo abrazó inmediatamente.

Tom miró las palmeras y sin pensarlo mucho de un salto se sujetó con fuerza del tronco. Sus piernas abrazaron la corteza y aprovechó ese agarre para colocar su cuchillo (que llevaba atado a la cintura) entre los dientes. Luego fue subiendo más y más, hasta que llegó a la copa, donde de nueva cuenta se sujetó con ambas piernas y comenzó a cortar un poco en la base de los cocos.

– Quítate de ahí, David – avisó. El niño, que lo veía con ojos soñadores echó a correr hacia el frente, lejos de la palmera.

Segundos después un coco cayó, rebotando en la arena y rodando después. Tom guardó el cuchillo entre la tela de su cadera y saltó desde la copa; no era muy alto, no más que unos metros. Cuando cayó, dio una voltereta sobre la arena y se puso en pie ágilmente.

– ¿Para qué haces eso?

– ¿La vuelta? – el niño asintió – Para no lastimarme. Siempre debes hacer eso cuando saltes de una altura considerable – dijo mientras calculaba la altura – si no lo haces puedes lastimarte, o puede dolerte.

Caminó hasta un coco y sacó el cuchillo de nuevo. Atestó un golpe certero en el medio y a lo largo de la fruta, luego dio tres más a lo ancho.

– Ahora fíjate en esto – dijo sonriendo.

David fijó atentamente sus ojos en la fruta, tenía la boca entreabierta, producto de su concentración. Su padre alzó el coco y lo arrojó con fuerza contra un lecho de roca cercano. El coco crujió y rebotó contra la arena. A primera vista parecía no haber cambiado.

– ¿Qué pasó? – preguntó confundido.

– Tráelo aquí – pidió el mayor, seguro de sí mismo.

Su hijo le tendió rápido a su hermano y fue corriendo por el coco. Al levantarlo, sus ojos se agrandaron con sorpresa y alegría, y su boca hizo una O perfecta.

– ¡Se rompió!

El mayor soltó una carcajada y extendió la mano para tomar el coco. El niño intercambió la fruta por su hermano y observó cómo su padre pelaba el coco hasta dejar solo la parte realmente dura. Dudaba de cómo iba a abrirlo, pero se sorprendió nuevamente cuando el cuchillo traspasó la coraza y al sacar el cuchillo el agua comenzó a salir.

– Bebe – le ofreció finalmente. – El pequeño obedeció durante unos minutos y luego tendió el coco a su padre en señal de que el agua dentro se había acabado. – ¿Quieres comerlo? – una vez más el menor asintió y Tom utilizó el mismo truco de antes para romperlo. – Dame la mano – David obedeció y fue comiendo mientras caminaban.

– ¿Papi? – el mayor lo miró con paciencia, esperando a que preguntara, pues el niño estaba en la edad de las preguntas y era común en él hablar mucho. – ¿Qué es eso que tienes en la panza? – Tom se miró a sí mismo buscando qué – La línea.

El mayor miró a su cría con sorpresa, pensaba que aquello no se veía.

– Es una cicatriz, se forma al curarse de una herida – contestó con una sonrisa un tanto incómoda. El niño asintió.

– Papi, ¿por qué el agua está mojada? – preguntó como si nada, Tom soltó una carcajada.

– Porque es el agua lo que moja.

– Papi, ¿por qué se forma un arcoíris?

– Porque llueve, pero aún hay sol.

– ¿Por qué a veces te peleas con mi papi? – preguntó dándole un mordisco a la piel del coco. Las peleas no eran cosa seria, no pasaban de alzar la voz un poco, y no eran frecuentes, de hecho, eran raras.

– Porque a veces no tenemos la misma opinión sobre algo – contestó con un suspiro.

– ¿Por qué mi papi y tú se parecen tanto? – Tom tuvo un sobresalto y abrió los ojos con sorpresa.

– ¿Parecernos? – le cuestionó, comenzando a ponerse nervioso.

– Sí, sus caras se parecen – dijo inocentemente. Su padre comenzó a balbucear cosas, así que cambió la pregunta. – ¿Por qué salen de la casa por la noche? – Tom ya ni siquiera podía hablar, tenía la boca abierta y miraba al niño con incredulidad. – ¿Cómo nacen los bebes?

– ¡David! – Interrumpió Tom hecho un manojo de nervios – ¿Por qué no aguardas a que estemos con Bill? ¿Sí?

– ¿Tú no sabes tampoco? – preguntó, sincero. El mayor rio.

– Sí, lo sé, pero… me parece que eso tenemos que contestarlo juntos.

– Bueno – respondió y alzó los hombros.

Siguieron caminando, y Tom miraba nerviosamente a su pequeño, pero este no dijo nada más, hasta quince minutos después, un tiempo considerable tratándose de él.

– Estoy aburrido – se quejó. Tom analizó la posibilidad de llevarlo de vuelta y sentarlo a ver cómo su padre trabajaba, pero algo distrajo al chiquillo.

– ¿Qué es eso? – preguntó y salió corriendo hacia los matorrales.

– ¡Espera David! – se preocupó por un instante, pero el alivio llegó a sí mismo cuando observó como el niño recogía algo del suelo y volvía corriendo. Era un bote… Un ruido a su lado le hizo percatarse de que su grito había despertado a Gordon.

– ¿Qué es papi?

Tom bajó a Gordon, pero no le soltó la mano, todavía no caminaba bien. El bebé se tambaleo para todos lados. Mientras, su padre tomó el bote y sonrió con nostalgia y pena, era el mismo de aquella vez…

– Es un bote – contestó mientras se sentaba. Ambos pequeños también lo hicieron. – Lo hicimos tu padre y yo cuando éramos pequeños.

– No se parece al nuestro – puntualizó y señaló el bote allá a lo lejos.

– Es que esto es más bien una balsa, se hace con cosas de aquí, de la isla. El bote que usamos viene del mundo de fuera.

– ¿El mundo de fuera?

Tom casi se arrepintió de haberle dicho eso, pues se pasó mucho rato explicándole que ellos sólo vivían en una isla, pero que cruzando el mar había todo tipo de personas que eran distintos físicamente y que hablaban otros idiomas. De esto surgieron muchas más preguntas, que el mayor tuvo que responder. El sol cambió de posición y a los pequeños les dio hambre. Luego de haber bajado otras frutas más, y haber armado una fogata, la explicación del mundo de fuera continuó, y derivó a una sola respuesta de David, que dejó consternado a su padre:

– ¡Quiero visitar el mundo de fuera algún día! – exclamó, emocionado. Y la sonrisa del rastudo se borró lentamente de su rostro. Decidió responder con una pregunta.

– ¿Quieres hacer uno? – el niño asintió, entusiasmado y comenzaron a juntar los materiales. Entre eso y comenzar por enseñarle cómo se hacía un nudo y luego como atarlo al junco, el sol cambio de nuevo y comenzó a hacerse tarde. El cielo empezó a llenarse de nubes. – Va a llover, ojalá tu padre se apresure – dijo preocupado y siguió enseñándole por un rato.

Lo que no sabía, era que Bill ya había acabado y se dirigía a la playa donde estaban. No estaba ya lejos.

Cuando llegó, Tom estaba de espaldas, meciendo a Gordon, que había vuelto a dormirse. David estaba sentado y miró a su padre acercarse. Estaba a punto de anunciar su llegada, pero el mayor le ordenó guardar silencio poniendo el dedo sobre los labios, el niño sonrió y asintió. Con mucha cautela, Bill se acercó y abrazó por la espalda a su hermano mientras reía. El mayor brincó ligeramente y frunció el ceño.

– ¡Sorpresa!

– ¡No hagas eso! Gordon está dormido – le reprochó.

Bill miró al bebe con una sonrisa y beso su frente y luego se inclinó para levantar a David, que se carcajeaba del susto que se había llevado su padre. Pasó sus bracitos alrededor del cuello del otro y jaloneó ligeramente los rubios y lacios mechones.

– ¡Mira papi, hice un bote! – señaló, muy emocionado la creación que yacía sobre la arena. – Papi me enseñó a hacerlo.

Bill clavó los ojos en su gemelo y se acercó, tomó una de sus rastas y le plantó un beso, que fue devuelto de inmediato. Un trueno los separó y ambos enfocaron su mirada en el cielo.

– Vámonos – dijo Bill y ambos se encaminaron hacia el bote rápidamente.

Continúa…

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por novaficacci

Escritora del Fandom

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