Fic Twc de novaficacci. Temporada II
Cap 2: Inocente curiosidad
Bill depositó al pequeño David en el bote y luego recibió a Gordon entre sus brazos. Fue a sentarse con él en un extremo de la nave, mientras Tom empujaba para entrar en el agua, subía y tomaba los remos para comenzar a remar.
– ¿Está terminada? – preguntó el mayor mirando fijamente a su gemelo.
– Sí. De hecho, no pude hacerla en la casa, hice otra choza al lado. – le respondió seriamente, mirándolo con intención. El fuego quemaba en sus ojos – Será como si tuvieras tu propia casa – le dijo a David. En cuanto miró a su hijo el fuego desapareció.
– ¿Y si me da miedo en la noche?
– ¿A qué le podrías tener miedo? – preguntó Bill.
– ¿Hay monstruos? – contestó.
– No.
– Hoy David ha preguntado unas cosas curiosas – dijo Tom, como quién no quiere la cosa.
– ¿Ah sí?
– Dile a tu padre lo que me preguntaste – añadió con una sonrisa traviesa.
El niño miró a su padre y comenzó a soltar preguntas, aquellas preguntas que ninguno de los dos hubiera querido escuchar nunca.
– Papi, ¿por qué ustedes se parecen? – le dijo viéndolo desde su regazo. Su padre miró a su hermano sorprendido y este, sin mirarlo se encogió de hombros en plan «respóndele eso tú solo»; pero lo miró un segundo después para asentir en silencio en respuesta a la pregunta mental del rubio: ¿debía decirle la verdad?
– Pues verás. Tom y yo nos parecemos porque… nosotros somos gemelos – en su cuello se marcaban pequeñas venitas de estrés, y sonreía al niño más por darle confianza que por otra cosa.
– ¿Qué es gemelos? – Bill suspiró y miró el océano, como si este le fuera a dar la respuesta a sus males.
– Son hermanos idénticos – respondió de tajo, sin muchos miramientos. Miró al pequeño, que tenía los ojos muy abiertos.
– ¿¡Ustedes son hermanos!? – preguntó agitando sus manitas nerviosamente, realmente sorprendido.
– Sí – le respondió Tom desde el otro lado del barco y el chiquillo lo miró.
– ¿O sea que también yo tendré bebes con mi hermanito? – cuestionó, estupefacto. Tom se llevó la mano a la frente y suspiró.
– Probablemente – le contestó el rubio y le dedicó una sonrisa fugaz. La verdad, aunque incómoda, estaba ante todo.
– ¿Por qué salen de casa por la noche?
Con esa pregunta a Bill le dio un ataque de tos y Tom se carcajeo fuertemente.
– ¿Qué dices, pequeño? ¿Nos… has visto salir por la noche? – su padre lo contemplo con los nervios a flor de piel ¿qué tal si los había seguido…?
– Algunas veces ¿A dónde van? ¿Qué hacen? ¿Puedo ir alguna vez?
– Vamos… por ahí. Tus padres a veces… necesitan un tiempo a solas – tomó al niño de un hombro y lo miró directo a los ojos – ¿Lo entiendes? Y por eso mismo no pueden venir – El pequeño asintió lentamente, pero preguntó de nuevo.
– ¿Qué hacen?
– Nos acostamos a ver la luna – respondió rápidamente el mayor de todos.
– Entonces ¿por qué no puedo ir? – David hizo un puchero.
– A veces solo te sientas en la arena y nos ignoras por un rato. Nosotros utilizamos el tiempo que utilizan ustedes para dormir, para poder… demostrarnos que nos queremos – trató de explicar.
– ¿Es algo malo? – intuyó y frunció el ceño. Se le veía de lo más tierno con el labio inferior sobresaliendo y el ceño fruncido. Bill rio ante esto.
– Claro que no.
– De acuerdo – dijo David y se mantuvo callado durante lo que restaba del trayecto.
El sol comenzó a esconderse y la amenaza de lluvia pareció haber sido solo eso: una amenaza. No tardaron mucho en llegar hasta su hogar. Bill bajó con ambos niños y Tom puso a salvo el bote.
– ¿Tienen hambre? – preguntó el rubio, los niños asintieron. – Bien, pensé correctamente al pescar luego de haber terminado.
El pequeño David subió corriendo las escaleras que llevaban a la casa, pero en lugar de adentrarse, corrió hacia la izquierda por el pasillo y entró a otra choza. Sus padres le siguieron tranquilamente. El niño estaba maravillado por su nueva habitación. Su lecho había sido construido con yuca y hojas de palmera frescas, y del techo colgaba un velo largo que lo cubría por completo. También tenía una especie de hamaca, perfecta para el niño. Era muy luminoso: tenía cuatro ventanas grandes que podía cubrirse con telas. La puerta también se cerraba de la misma forma.
– ¡Mira papi! – exclamó súper emocionado, dirigiéndose a Tom.
– Ya lo veo ¿te gusta?
El pequeño los miró sonriendo y asintió, pero de un momento a otro su sonrisa fue desapareciendo hasta curvar los labios hacia abajo y comenzó a sollozar.
– ¡David! – Tom se acercó de inmediato y lo tomó por los hombros – ¿Por qué lloras?
– ¡Ya no voy a dormir con mis papis! – dijo entre sollozos.
– Oh, ¡pero estas muy cerca! – le respondió el rastudo y lo abrazó. – Si algo te asusta solo tienes que cruzar el pasillo y entrar a la casa ¿no es difícil, o si? – el niño negó, con las manos en los ojos y suspiró. – Ahora vamos a comer – le tomó de la mano y salieron.
Media hora después, cuando estaban comiendo, Gordon estiró su minúscula mano, tomó algo de comida y la lanzó contra su hermano. Quién, mitad enojado, mitad divertido tomó comida de su propio plato y la lanzó en respuesta. La comida cayó en la mejilla del pequeño.
– ¡David! – Le riñó Tom y golpeó ligeramente la mano del pequeño – ¡No hagas eso!
– El empezó – se excusó.
– Él es un bebé, tú no – le respondió Bill.
Apenas había dicho eso y un pedazo de comida fue a parar en su nariz, Gordon reía de su travesura. El rastudo miró a su amante y comenzó a reírse, pero fue acallado casi de inmediato por otro tiro del bebé, a quién mira con el ceño fruncido y dispuesto a regañarlo, pero otro trozo de comida, esta vez embarrado a posta en sus labios y mentón lo detuvieron. Miró a su gemelo, que se reía pícaramente, con intenciones de jugar. Tom alzó ambas cejas, retándolo y también lo embarró con su comida, pero a lo largo del pecho. El rubio rio y lo tomó del mentón para besarlo.
Segundos después un sonido los detuvo. Se separaron y vieron a David golpeando la mesa sin orden alguno.
– ¿Qué haces?
– Trato de hacer el mismo sonido que se escucha. ¿Qué es?
Los gemelos no respondieron, estaban escuchando atentamente. El sonido de los tambores resonaba en lo profundo.
– Niños, a dormir – dijo súbitamente Tom y se limpió como pudo los restos orgánicos que llevaba encima. Tomó a Gordon y lo depositó en su cuna, al otro extremo de la habitación después de limpiarlo. Luego regresó por David y lo tomó en brazos. El niño tenía expresión de confusión, la que aumentó cuando sus padres salieron de la cabaña; Tom fue a acostarlo inmediatamente, pero Bill tomó su lanza y se quedó unos segundos mirando el horizonte antes de acompañar al mayor.
– ¿Qué es eso papi? – el niño nunca lo había escuchado, porque para esa hora, cada luna llena, ya estaba dormido. Y porque aquella era la segunda vez que aquel sonido se escuchaba muy fuerte.
– Tambores – respondió Tom, cortante, y el pequeño entendió que no debía hablar más sobre eso, por ahora.
Su padre lo arropó en su cama como pudo y dejó un beso en su frente, antes de ponerse en pie y dirigirse a la puerta, donde espero al rubio, que se inclinó y también beso a su hijo.
– Papi, tengo una pregunta más.
El rastudo hizo una mueca, ya sabía que pregunta era.
– Sí, dime.
– ¿Cómo nacen los bebés?
Bill miró realmente sorprendido a Tom, no esperaba para nada esa pregunta. Su gemelo sonrió y se encogió de hombros.
– David, ¿por qué no te duermes ya, sí? Mañana responderemos tu pregunta. – el pequeño asintió, se dio la vuelta, dándoles la espalda y cerró sus ojos.
Los mayores salieron y fijaron su vista al horizonte. Ahí a lo lejos podían ver a sus vecinos arribando a la isla en sus balsas largas.
– ¿Por qué crees que ahora llegan de este lado de la isla? – preguntó el mayor. – No lo sé, pero si vienen… – dejó la frase inconclusa y reafirmó el agarre en su lanza.
– No creo que lo hagan – dijo Tom y le quitó suavemente el arma.
– ¿Por qué estás tan seguro?
– Porque no saben que estamos aquí – le tomó de la mano y besó su mejilla.
Comenzaron a caminar de la mano, por todo lo largo de la playa.
– ¿Crees que debamos responder a sus preguntas? – cuestionó el menor, dudoso.
– Sí, creo que será lo mejor.
El mayor le sonrió para darle confianza y sin previo aviso echó a correr. Sus morenas rastas se balancearon detrás de él. Bill dejó que se fuera, con una media sonrisa de curiosidad, la cual se borró al ver como el mayor se despojaba de toda ropa y lo miraba, invitándolo a ir tras él. El rubio no perdió el tiempo y lo siguió con prisas, lo cual se le dificulto porque al mismo tiempo que corría, buscaba bajar sus propios ropajes, cosa que finalmente hizo, pero tomó como costo el perder a Tom de vista. No se le veía más en la playa, así que debía estar escondido detrás de alguna palmera, o dentro del agua, que para ese momento ya no era azul turquesa, sino un azul muy oscuro, reflejando la noche.
Caminó con cautela, buscando a su presa. Aquel juego le estaba excitando de sobre manera. Se internó hasta los tobillos en el agua, mirando fijamente, aquel rastudo no podía estar ahí abajo por siempre… Solo un ruido le advirtió de la presencia del mayor detrás de él un segundo antes de que ambos cayeran sobre el agua: un chapoteo que provocó el rastudo al correr sobre el agua.
Ambos azotaron sobre el agua mientras reían. Tom quedó sentado sobre el otro, que le abrazó cariñosamente y besó su cuello. Ambos callaron y se miraron a los ojos ansiosamente.
– Tom…
Su aliento le causó cosquillas en la mandíbula cuando el rubio dijo su nombre. Ambos parpadearon nerviosamente y fueron acercándose hasta que sus labios se unieron naturalmente. El mayor soltó un suspiro. Bill mordió su labio inferior y luego lo lamió. Su hermano respondió abriendo los labios y dejando que sus lenguas se encontraran y comenzaran a jugar. Mientras se besaban, el menor comenzó a acariciar su pecho hasta llegar a su objetivo. Cuando su pulgar tocó ligeramente su pezón, su cuerpo entero se tornó sensitivo y sus mejillas se coloraron. Cuando Bill sintió el pequeño espasmo de su gemelo, su mano libre fue hasta su cadera y envolvió su miembro semi duro.
– Espera, Bill… aquí pueden vernos con…
– No es cierto – dijo contra su oído, que lamió y luego mordió en el lóbulo. Ese sólo gesto mandó un escalofrío por la columna del mayor y terminó de endurecerlo.
– Al menos vamos… – fue interrumpido por un gruñido en su oído de nuevo y un beso después. Mientras, el rubio comenzó a mover confiadamente su mano.
Tom clavó los dedos en la arena mojada y se dio por vencido, al fin y al cabo la noche reinaba y no se podría ver nada a menos que estuviera cerca.
Bill a veces rompía el beso para lamer sus labios o su cuello y conforme pasaron los minutos, la rapidez con la que movía su mano aumentaba. Detrás de sí, Tom podía sentir también como la erección del rubio crecía, así que, como pudo metió una mano entre sus cuerpos y también comenzó a estimular el deseo de su gemelo. Bill jadeó y mordió su cuello en respuesta, antes de dejar de acariciar su pezón y bajar entre sus muslos para comenzar a prepararlo. La respiración del mayor se volvió rasposa cuando el primero entró y comenzó a acariciar sus entrañas. Mientras, el menor daba caderazos ligeros contra la mano del otro.
– Estás tan caliente – jadeó contra sus labios.
– ¡No digas e…! – el menor lo acalló metiendo otro dedo y masturbándolo más fuerte. – ¡Ngh! E-estúpido… Voy a… ¡Bill, para! – luchó para quitárselo de encima, porque iba a correrse si seguía así, y aún no quería hacerlo. El rubio lo soltó y el rastudo gateó un poco para desplomarse sobre su espalda en la arena, jadeando y tratando de mantener el control.
Bill se acercó y lo atrajo hacia sí de la cadera con rudeza. Luego ensalivó dos de sus dedos para continuar preparando a su amante. El mayor sitió un escalofrío cuando entraron de nuevo, se sentían bien. Siguieron así unos minutos y el rubio se detuvo solo cuando su gemelo comenzó a gemir y a mover la cadera provocativamente. De pronto, el levantó una de las piernas de Tom, se la puso sobre el hombro, y colocó algo más largo y más caliente en su entrada. Sus miradas cargadas de sentimientos se encontraron y no se desviaron mientras Bill entraba en el cuerpo de su amante.
– ¡Ah! – gimió el mayor, dos tonos más agudo de su voz normal.
Ambos respiraban entrecortadamente.
– ¿Estás bien? – Tom asintió con los ojos cerrados – Tus rastas… son un desastre.
El mayor trató de volver la cabeza lo más que podía para ver. Su hermano tenía razón, sus rastas estaban hechas un asco, rebosantes de arena mojada que más bien parecía lodo. Luego lo miró y negó en señal de que eso no importaba.
Bill respiraba frenéticamente mientras terminaba de ponerlo dentro y cuando terminó, soltó un largo suspiro en el oído de su amante, que bajó su pierna y le rodeó la cintura, y luego le abrazó por el cuello.
– ¡Bill! – gimió, dejando salir aquel placer de tenerlo dentro. Momentos después el rubio comenzó a moverse.
Tom se hizo incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el estar intimando con su pareja cuando esta misma le penetraba una y otra vez. El menor golpeó uno de los puntos más sensibles del otro y este sintió como si se estuviera derritiendo. Tom clavó las uñas en su espalda y gimió abriendo la boca para recibir un beso de Bill. Cada beso les hacía cosquillas a ambos a causa de sus respectivas barbas.
– Tom… – éste lo escuchó a través de su profundo beso – Tom… Tom… ¡Tom! – su voz fue haciendo más ronca cada vez que pronunciaba su nombre. Lo que esto causó en el mayor fue casi doloroso, por lo que lamió sus labios y lo calló con un beso.
– Bill – el rastudo lo abrazó con fuerza por la espalda y le susurró – te amo – El menor frenó en ese momento y con una sonrisa le contestó.
– También yo te amo – lo besó profundamente y sus lenguas volvieron a enredarse.
El rubio siguió empujando dentro, haciendo que la mente de su gemelo se tornara borrosa. Y aún más cuando empujó tan dentro como pudo.
– ¡Ahh! – gimió el mayor roncamente, sonando casi como un animal herido.
Bill respiraba erráticamente, soltando largos suspiros de vez en cuando. De improvisto, sin romper la penetración, cargó a Tom y fue internándose en el mar hasta que el agua les llegó a la cintura. El mayor se sujetó con un brazo y con el otro buscó, sin mucho éxito, cubrir los gemidos que salían de su boca, pues en esa posición cada estocada llegaba muy dentro. Y falló totalmente cuando Bill hizo uso de su fuerza cuando lo sujetó con un solo brazo y con la mano que tenía libre rodeó su erección y comenzó a masturbarlo de nuevo. El estímulo que recibía Tom era demasiado, y por sus mejillas corrieron lágrimas, lágrimas de placer.
Mientras Bill lamía la barbilla del mayor y este gritaba cosas incoherentes, el menor empujó su miembro dentro todavía con más fuerza. Estaban a punto del clímax, el rubio había dejado de lamer a su pareja y ahora apretaba los dientes con fuerza, mientras que Tom sollozaba y le enterraba las uñas entre los omoplatos. Ya no faltaba nada, unas estocadas después y ambos se habrían ido.
– ¿Qué hacen? – una vocecita se alcanzó a escuchar por debajo de sus gemidos.
Tom abrió los ojos con sorpresa y por la misma soltó el agarre que tenía en su cuello, como consecuencia cayó violentamente hacia atrás y se sumergió en el agua causando un chapoteadero increíble. Bill soltó su cadera y tomó las manos de su gemelo; mientras mantenía una expresión de espanto; que buscaban ayuda para poder salir. Tom salió empapado con las rastas escurriendo y medio ahogándose y tosiendo, porque había tragado agua al caer; volvió a agarrarse de su cuello y tapo su rostro con su mano, estaba muy enojado con el niño, porque había estado a punto de alcanzar el mejor orgasmo en mucho tiempo, aunque milagrosamente la penetración no se había roto. Sabía que no era culpa del pequeño, por eso no quería verlo, si lo veía iba a gritarle cosas que en realidad no sentía.
– ¡David! – gritó Bill, muy enojado también.
– ¿Qué hacen? ¿Mi papi está bien? ¿Por qué lloraba? ¿Están peleando? ¿Están nadando? ¿Puedo entrar? – su padre suspiró muy lentamente, contando hasta donde pudiera. El niño no sabía nada.
– Estamos demostrándonos cariño. Sí, está bien. Lloraba de gozo. No, no estamos peleando. No, tampoco nadando. Y no, no puedes entrar – le contestó en tono severo, cortante y con el ceño fruncido – Ahora vas a ir a tu cuarto y te vas a dormir. No vas a salir escuches lo que escuches – habló lento, remarcando cada palabra.
El niño abrió los ojos y salió corriendo. No sabía por qué, pero había enojado y mucho a sus padres. A Bill casi nunca lo había visto de esa forma, pero las veces que sí, no le había quedado gana alguna de volver a presenciarlo enojado. Definitivamente no iba a salir ya más de noche.
Una vez el niño desapareció dentro de su choza, ambos suspiraron y se miraron a los ojos. Bill iba a decir algo, pero su cuerpo se movió primero y ambos se dieron cuenta de que sus cuerpos solo habían estado en shock por la sorpresa de ser pillados en medio del acto sexual. Un crudo escalofrío les subió por las vértebras a ambos y los puso al borde del éxtasis de nuevo. Sus miembros estaban hinchados e impacientes todavía. Nada se había perdido.
El menor comenzó a embestir a su gemelo de nuevo mientras lo masturbaba otra vez. Más temprano que tarde Tom comenzó a gemir de nuevo con fuerza, sus pezones se erizaron en un santiamén. Bill gimió débilmente y sujetó con fuerza la cadera del otro contra sí mismo. Momentos después sus músculos se tensaron deliciosamente y visitaron el cielo, juntos. Tom sintió a su gemelo temblar dentro y después solo sintió algo húmedo y caliente. También, de su miembro salió aquel líquido blancuzco goteando, que rápidamente se llevaron las olas. Bill bajó a Tom, pero este no soltó su cuello, pues sus piernas temblaban. Ambos se quedaron jadeando, recuperándose del orgasmo. El menor abrazó al otro, ninguno dijo nada, solo cerraron los ojos y disfrutaron el momento.
Después de unos minutos ambos comenzaron a lavarse el sudor que aún llevaban en el cuerpo.
– Esa caída te sirvió, tus rastas realmente lucían mal – bromeó.
– Tonto – le contestó con una sonrisa.
Cuando terminaron salieron del agua para secarse y cuando lo hicieron se tumbaron en la arena seca, tomados de la mano, mirando las estrellas y planeando en cómo harían para contestar las preguntas de su primogénito. Cuando la luna llena se halló casi justo en la mitad del cielo ambos entraron a la cabaña y se dispusieron a dormir.
Ninguno se dio cuenta de que Bill se había corrido dentro.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.