Fic Twc de novaficacci. Temporada II
Cap 6: El capricho de Bill
El sol brillaba y las olas barrían la orilla de la playa. La cabaña estaba en silencio y dos figuras recostadas en una misma hamaca utilizaban un poco de su tiempo libre.
Mientras se besaban, Bill se acomodó más cerca de su gemelo, obligando a este a colocarse de espaldas hacia él, haciéndole notar que estaba feliz de que hubiera aceptado, y con calma tiró de la cinta de la ropa de Tom, ahí a mitad de su muslo, y el nudo que la sostenía en su lugar se deshizo, permitiéndole quitar la prenda sin tener que sacarla por las piernas. Después desplazó su mano de vuelta al bajo estómago del rastudo, pero éste lo detuvo.
– Espera un segundo – pidió, con las mejillas sonrosadas.
Bill puso su mano en su cadera y lo miró, impaciente por ver qué era lo que iba a hacer.
Tom se mordió los labios con deseo y también llevó las manos detrás de su espalda para desamarrar la ropa del menor, quien, con sorpresa observó cómo su gemelo rodeaba con su diestra su febril erección. Jadeó y también buscó el placer de Tom.
Ninguno se detuvo después de eso. El calor comenzó a crecer en sus cinturas y acortaron aún más sus distancias para unir sus labios mientras que sus lenguas jugaban por la dominación de la otra dentro. Estaban tan cerca que Tom podía sentir el pecho del menor subir y bajar, agitado.
Ambos trataban de esconder sus excitadas respiraciones mientras se masturbaban lenta y suavemente, pues el niño aún estaba en la cabaña, y aunque no los miraba, sí que podía oírlos.
Atrapado en la mano de Bill, Tom comenzó a pensar en qué se sentiría mejor sobre el cuerpo de su hermano… dejó de rodearlo por completo y tomó la punta del miembro de Bill con los dedos, presionando ligeramente.
Un sonido salió de la garganta del menor y cerró los ojos a la vez que apretaba la erección del rastudo. Este último se arqueó por la repentina presión y soltó la punta del otro, pero lo rodeó de nuevo y siguió moviendo la mano, encendido por la expresión de placer del rubio. Bill hizo lo mismo.
– ¡Ah! – una sacudida corrió por el cuerpo del mayor, uno de sus más sensibles puntos había sido tocado.
Tratando de respirar, miró por sobre su hombro hacia arriba y se topó con los ojos de Bill, que le miraba con ansia eh impaciencia.
– Tom…
Bill se agachó para lamer y morder el lóbulo de su gemelo, con ese placentero gesto Tom trató desesperadamente de mantenerse en silencio.
El sonido de la piel frotándose contra la piel se volvió después de un tiempo un sonido húmedo, causa del pre-semen de los dos, sonido que le hizo compañía a los gemidos ahogados y a los jadeos cada vez más frecuentes. Ambos deseaban llegar a más, pero no estaban dispuestos a detenerse en ese momento, no ahora que sus manos se deslizaban con facilidad sobre sus erecciones… Pero debían hacerlo si querían disfrutar por completo.
Bill dejó de rodear el miembro del mayor, cosa que también éste hizo, y llevó su mano a los labios del otro. Acarició el inferior con el dedo anular, pidiendo permiso para entrar, permiso que fue concedido y después de unos segundos Tom ya chupaba y ensalivaba los dos dedos que estaban dentro, acariciándolos con su lengua.
Después de unos minutos el rubio los sacó y, en lugar de llevarlos directamente a su destino, acarició primero la clavícula de Tom y fue recorriendo todo su abdomen ligeramente, de manera que solo su uña acariciara la piel de su hermano, en la cintura se desvió hacia atrás y por fin alcanzó su objetivo.
Mientras esos dos dedos se internaban en su cuerpo, Tom cerró los ojos, se sujetó a la tela sobre la que yacía y abrió un poco más las piernas para que el trabajo de su gemelo fuera más fácil. Una serie de temblores le subían por todo el cuerpo cuando el rubio tocaba aquella parte de sí mismo que le hacía gemir más algo de lo que hubiera deseado.
Un poco después, cuando el moreno estaba lo suficientemente preparado, el rubio sacó los dedos de dentro del cuerpo de su gemelo y tomó su cadera para acercarla con un poco de brusquedad hacia sí.
– Sube la pierna – le pidió al oído con el tono lleno de lujuria.
Tom no dijo nada, pero obedeció: su pierna comenzó a subir hasta que la rodilla prácticamente quedó sobre sus costillas. Bill rápidamente colocó su pene en su entrada mientras besaba su espalda, su cuello, su hombro y lentamente lo empujó dentro. Tom jadeó por el pequeño tirón de siempre, ese que no dolía, pero que era incómodo, aunque, para suerte de él, no duraba ni un segundo siquiera. Después venía lo mejor. Un escalofrío le subió por la columna haciéndole que arqueara su cuerpo y terminaba él mismo de penetrarse. Esa primera reacción a sus cuerpos unidos era lo más placentero después del orgasmo mismo.
– ¡Ah! – gimió sin poder concentrarse por más tiempo en ello.
Bill jadeó fuertemente y se detuvo, su mirada se tornó borrosa y su vientre se llenó con el sentimiento de la impaciencia y el placer. Gimió. Era imposible concentrarse en guardar silencio cuando estaba lleno con la sensación de su gemelo presionándolo deliciosamente por todos lados. No se movió durante unos segundos, luego mordió suavemente el oído de Tom y comenzó lentamente.
No podían moverse mucho, así que Bill solo era capaz de mecer su cadera mientras con el reverso de su codo sostenía la pierna de Tom por la rodilla y con esa misma mano lo masturbaba.
Aunque Tom no pudiera ver su rostro, sabía que estaba sintiendo el mismo placer que él, por su piel caliente y su respiración pausada en su oído. De repente, Bill sólo se concentró en golpear sus puntos más sensibles, los que se sabía de memoria. Tom dio un pequeño grito y cerró los ojos con fuerza. Y en respuesta el rubio aceleró las estocadas, golpeando más veces ese punto de su pareja.
– Tom… Shh – pidió silencio y metió los dedos en su boca para callarlo, los mismos que segundos atrás rodeaban su miembro.
El rastudo no podía decir nada, ni gemir con los dedos del otro en su boca, pero cuando Bill golpeaba vigorosamente su próstata, gemidos fuertes llenaban su garganta y si no querían que el chiquillo los pillara, curioso, debían mantener el «silencio».
Bill siguió penetrando a Tom con fuerza e ímpetu y esta vez, tal vez debido a la posición en la que estaban, el rubio lo estaba llevando a su límite al entrar tan profundo en su cuerpo, ahí fue cuando el rastudo trato con cada espacio de su mente que no estuviera lleno por los sentimientos y las sensaciones que le causaba estar teniendo sexo con Bill, no morder sus dedos y lastimarlo. Además, era irritante no poder gritar ruidosamente. Si hubiera podido sacar sus dedos, habría estado jadeando por aire mientras su cuerpo parecía derretirse por el placer que las embestidas le causaban. Mientras Bill lo penetraba, Tom seguía el ritmo al chupar sus dedos lo más eróticamente que podía y luego mordiéndolos.
– ¡Hah!… Ah – gimió Bill.
Su reacción fue diferente a la mordida, y aceleró el ritmo mientras que luchaba por pasar la zurda debajo del cuerpo de su gemelo para tomar su mojado pene y volver a darle placer. Tom por su parte mantenía ambas manos sujetas a la tela, pero al ver el gesto del otro, soltó la diestra y la llevó también a la boca del menor, donde sus dedos fueron aceptados dentro y rápidamente ensalivados, imitando la seducción durante otro rato.
– ¡Bill! – gritó. En su límite, había sacado los dedos del menor de su boca.
El rubio hizo lo mismo y le susurró al oído.
– Ngh… Tom… ¡Juntos! – fue lo único que dijo.
Los pensamientos de Tom fueron arrasados al fin por completo por el placer y todo lo que pudo hacer fue negar débilmente. Bill lo masturbó violentamente, tratando de la misma manera a sus entrañas. Gritando involuntariamente, Tom se cubrió los labios con el dorso de su palma mientras cerraba con fuerza los ojos; estaba siendo penetrando muy profundamente. Después de unos segundos, desesperadamente tratando de mantener su voz baja, Tom se dejó ir. Su semen salió disparado en gotitas de su punta. Su interior se contrajo de improvisto y con mucho esfuerzo, Bill salió de su cuerpo, eyaculando entre sus muslos. Temblaba.
El mayor bajó la pierna y ambos se fueron gradualmente destensando, mientras respiraban salvajemente.
–…Tom.
¿Hmm?
– Nada… Te amo – dijo y observó la sonrisa del rastudo mientras él le envolvía la cintura y le apretaba.
– También te amo – volvió la cabeza y recibió un dulce beso.
– Debemos limpiarnos – sugirió y se levantó lentamente.
Tom hizo lo mismo y fueron corriendo, entre risas hacia el mar.
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Ambos salieron del agua riéndose tomados de las manos, desnudos aún, pues habían dejado sus prendas en la arena debajo de la hamaca.
– Le prometí a David que si no salía le dejaría buscar los huevos faltantes.
– ¡Así que eso hiciste! – dijo Tom golpeándole un hombro.
– Lo siento, pero dormido eres… muy atractivo – le respondió con una sonrisa mientras se sobaba.
– ¿Y no pudiste esperar a que el niño estuviera dormido? – Le reprochó con una sonrisa y el ceño fruncido – Que mal padre eres – se burló, pero Bill afiló la mirada por unos segundos, antes de reírse.
Ambos echaron a correr hacia la cabaña, pues no habían tardado lo que se dice poco desde que el menor de los gemelos había ordenado a David que no saliera. El niño en sí estaba dormido en la cama de sus padres. En cuanto estos hicieron notar su presencia, el mismo David saltó del lecho sin decir una palabra y salió corriendo en busca de los demás huevos. Mientras los mayores los escondían, el pequeño se puso a dar vueltas por la playa procurando no mirar los escondites. Media hora después, él sólo se encontraba buscando por toda la playa. El rubio y el de rastas lo miraban a ratos desde el umbral de la choza.
– Siempre voy a llevarla – dijo de pronto el mayor mientras sostenía algo en las manos.
– ¿Qué? – Bill no estaba poniendo atención.
– Que voy a llevarla conmigo, la perla – su hermano miró aquello que tenía en sus manos. Era una ramita pequeña y seca con la perla atada a su base.
– Dijiste que harías un anillo.
– Sí, pero creo que en mi cabello luce bien – se explicó y colocó el adorno en el medio del chongo improvisado que había atado con las mismas rastas. En efecto, el adorno le quedaba bien, pero…
– No me importa lo que hagas con ella, – le respondió groseramente el menor. La idea de hacerla un anillo le gustaba más. En el cabello hacía lucir a Tom demasiado… dócil, cosa que a Bill no le agradaba demasiado – si quieres cuélgatela en la nariz.
Tom frunció el ceño con extrañeza y sorpresa, se levantó negando y volvió a la casa. Fue directo al espejo que había llevado Gordon y se contempló. Tomó el adorno y lo acomodó entre sus rastas, así se miró desde varios puntos para ver si es que lucía bien. Después de un tiempo negó con una mueca y desistió que se viera bien. En su lugar quitó la perla y la dejó por ahí, haría un anillo luego… pero la volvió a tomar. Despacio la coloco bajo su nariz y se rio de su tontería, volviendo a dejarla.
Bill lo observaba por las rendijas de la casa sin que el mayor supiera y también sonrió con ese último acto, más luego lo miró con desconcierto. Tom se echó las rastas para atrás, mirando algunas y sopesando la idea de cortarlas, no decidió nada en ese instante. Las dejó tras su espalda y se puso a observar sus pectorales, evaluando su tamaño para luego darse cuenta fácilmente si es que de verdad estaba de nuevo encinta. Bill suspiró, dándose cuenta de sus intenciones y se imaginó cómo se vería ahora que llevaba barba y las rastas oscuras. Lo encontró hermoso y tierno. Un grito interrumpió sus pensamientos. Miró a la playa, el niño corría feliz hacia sus brazos, gritando «¡Encontré todos, papi!». El mayor sonrió y fue a su encuentro. Tom salió un poco después y felicitó también a David.
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Unos días después Bill comenzó a retar al tiburón que había acechado a su hijo. Era cosa de diario. El tiburón paseaba por ahí y el rubio se dedicaba a insultarlo o a hablar con él, retándolo, como si fuera su oponente. Tom solamente ponía los ojos en blanco y pasaba de él junto con ambos niños. A David le parecía bien que su padre por fin cazara al tiburón. A Gordon le daba igual, iba por ahí dando pequeños pacitos de la mano de su padre y balbuceando cosas.
Una semana después de ese nuevo comportamiento del rubio, algo se le ocurrió. Era solo un simple capricho por ver quién dominaba. Los tres animales más fuertes de la isla eran ellos y el tiburón, y entre ellos era claro quien dominaba, entre Bill y el tiburón… también era claro y Kaulitz quería cambiar eso.
Ese día estaba en el mismo lugar que su hijo aquel día, solo que estaba soleado y la marea estaba normal. El tiburón daba vueltas alrededor del rubio y este le hablaba y gritaba.
– De un lado a otro. Vueltas y vueltas – decía Bill observando al escualo a sus pies – ¿Crees que todo el arrecife es tuyo? ¿Crees que puedes tragarte todo lo que hay en el mar? Te gustaría atraparme ¿¡verdad!? ¡Soy demasiado rápido para ti, tiburón estúpido! ¡Puedo ganarte todas las veces si quiero! – Le gritaba mientras seguía lentamente los movimientos del pez, con lanza en mano – ¡Y si no quieres creerme te lo probaré! – gritó finalmente y lanzó el única arma que tenía lejos, luego de un clavado entró al agua a la vez que el tiburón se hundía y la aleta desaparecía bajo la superficie.
Bill rápidamente subió por aire y comenzó a nadar rápido, lo más rápido que había nadado en su vida. El tiburón iba justo detrás, la aleta asomaba de nuevo y el agua rompía contra su base, luego se hundió de nuevo para atacar. ¡Pero Bill fue más rápido! En cuestión de unos segundos llegó a otra parte alta de la bahía, desde ahí podía ir caminando a la orilla sin contratiempos, siempre y cuando no subiera la marea.
– ¡¡Woooo!! ¡Sí! ¡Soy el amo del arrecife! – gritó mientras brincaba, triunfante.
Tom le observaba recostado en una de las dos hamacas, le miraba con desaprobación, negando con la cabeza. Aunque ahora se sintiera aliviado, no negó que el verlo competir contra el tiburón lo había puesto nervioso, aunque no le dejaría saberlo.
El escualo se hundió y se fue lejos, permitiéndole a Bill regresar, regocijándose. Llegó a un lado de su hermano y ahí de pie se puso a presumir su valentía.
– ¡Casi me atrapa, pero fui más rápido! Estaba esperándome. Me zambullí. ¡Pude ver que tenía como quinientos dientes! – Explicó, emocionado, mientras gesticulaba con las manos – Había pececillos alrededor de sus aletas y me persiguió – alargó el brazo y fue acercándolo mientras silbaba. Luego dio una palmada – ¡Hah! Pero no me alcanzó. Estúpido tiburón – rio y miró a su gemelo, en busca de una respuesta.
– Me parece una tontería – respondió sinceramente con un suspiro. El rostro de Bill se descompuso.
– ¿Tontería? No es tontería. Es peligroso – le respondió con un tono arrogante.
– Exacto – respondió el mayor con un tono severo – por eso es una tontería. ¡No entiendo por qué tienes que hacerlo!
– Porque me gusta sentirlo – dijo, encogiéndose de hombros.
– ¿Cómo?
– Aquí dentro – se tocó el pecho – Me siento vivo. ¡Y sé que soy el amo del arrecife!
– ¡El amo del arrecife! – imitó su tono burlonamente y se rio.
– ¡No te burles de mí! – le dijo con el ceño fruncido – Hay un motivo ¿sí? ¡Ese tiburón – señaló el mar – fue el que nos sacó de la isla cuando David tenía dos años! Y fue también el que trató de comérselo hace unos días.
– ¿Cómo sabes eso?
– Le pegaste con el remo esa vez. Tiene una marca en la cabeza.
– Oh…
– Por eso piensa antes de hablar – le dijo groseramente y Tom lo miró sorprendido. Estaba a punto de contestarle pero una tierna vocecilla los interrumpió.
– ¿Están peleando? – dijo David, frotándose un ojo. Acababa de despertar. De hecho, habían sido los gritos de los gemelos los que lo habían hecho.
– No cariño – explicó el mayor y lo tomó en brazos.
– ¿Por qué gritaban?
Bill miró a su hermano y se disculpó con la mirada.
– Estábamos jugando, David ¿quieres ver cómo? – sonrió y trató de recordar algún juego. El niño asintió con una gran sonrisa y extendió sus bracitos, pidiendo ser cargado por su padre, quien de inmediato lo cargó. – ¿Recuerdas la rueda de las rosas Tom?
Continúa…
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