Fic Twc de novaficacci. Temporada II
Cap 7: El oscuro lado norte de la isla
Tom sonrió débilmente y despacio, extendió su mano hacia delante para tomar la de Bill. David dio un paso atrás para observar cómo jugaban sus padres, quienes se tomaron más firmemente de las manos y comenzaron a dar vueltas.
– Rueda de las rosas, – comenzaron a cantar a la par mientras aumentaban un poco la velocidad de las vueltas – flores muy hermosas. – Conforme cantaban cada vez más alto, la rapidez con la que giraban también crecía – ¡Pétalos! ¡Pétalos! – gritaron debido a la emoción infantil y momentánea del momento. Giraban ya muy rápido – ¡Y todos se caen! – gritaron finalmente para tratar de soltarse. Tratar porque Bill jaló a su gemelo al último momento y este cayó sobre él. Ambos reían. David los imitaba, cruzando sus brazos sobre su estómago: le dolía. Mientras el pequeño se divertía, ellos solo sonrieron y se besaron mientras se abrazaban.
– ¡Papis, no quiero otro hermanito! – chilló de pronto el niño. Sus mayores comenzaron a reír de nuevo mientras se separaban y se ponían de pie, ambos con las mejillas tintadas de carmín.
– No tendrás otro hermano, – dijo Tom y ambos cruzaron miradas fugazmente – bueno, no lo sabemos con seguridad, pero creemos que no, por ahora.
– Que bien, porque con un hermanito es suficiente – Dijo totalmente serio, lo que le provocó otra risilla a sus padres – ¿Puedo jugar? – preguntó entusiasmado, con los ojos brillándole.
Iban a responder que sí, pero un chillido de dentro de la cabaña los hizo detenerse. Bill corrió hacia dentro y salió con un Gordon muy despierto y atento, frotándose los ojos. En cuanto el bebé contemplo a Tom extendió las manos hacia él, pidiendo su atención. El rubio comenzó a caminar para llevarlo, pero el pequeño se debatía entre sus brazos; le daba golpes con sus puñitos.
– ¡Espera! – gritó el mayor alzando una mano en señal de que se detuviera y luego miró a su hijo. Lo analizó durante unos segundos hasta que le dijo confiadamente a su gemelo:
– Bájalo.
– ¡Pero si no sabe caminar! – dudó el rubio.
– Bá-ja-lo – ordenó de nuevo y su gemelo negó de inmediato, pero colocó al bebé sobre la arena.
El bebé se fue de pompis de inmediato y Bill estuvo a punto de levantarlo, pero Gordon se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el suelo y con vacilación comenzó a levantarse. Los tres miraron sumamente sorprendidos cómo el niño se ponía de pie, con los brazos en el aire buscando equilibrio. Tom sonrió y se hincó, abriendo los brazos para recibir a su segundo hijo que aun buscando equilibrio comenzó a avanzar lentamente, tambaleándose. Fueron solo unos pasos, pero fue muy importante en la vida de todos. Después de unos segundos y a punto de caer, el pequeño Gordon llegó a los brazos de su padre, quien lo cargo ipsofacto, sonriendo. Bill rio y escucharon a David sorprenderse.
– Creo que tengo que pasar su cuna al suelo – dijo el rubio y entró para ocuparse. No le llevaría más que unos minutos.
Después de haber bajado su cama, toda la familia salió a jugar. Gordon iba de la mano de Bill, dando pasos lentos pero seguros y constantes mientras murmuraba algo que sonaba como a «arena» y «papi». Tom entre tanto jugaba a la rueda de las rosas con David, que no paraba ni un momento de reír.
La mañana pasó tranquila entre juegos y solo se detuvieron para comer y beber algo. No pasó mucho tiempo después de haber comido que Gordon se durmió entre los brazos de Tom, y David, que jugaba con la arena también cayó presa del sueño. Entre ambos fueron a acostarlos y luego salieron a pasear por la playa; para ese momento el sol ya comenzaba a declinar en el cielo. Bill tuvo unos planes… bastantes adultos, pero Tom le negó cualquier oportunidad.
– Oh, no Bill. – Dijo riendo nerviosamente – Hoy es luna llena y tú sabes que soy… más fértil este día. Ya una vez cometimos el error… más bien tú cometiste el error de venirte dentro de mí en luna llena – dijo con las cejas alzadas – y si no estoy preñado de nuevo, (que espero por tu bien que no) – amenazó – no quiero estarlo de verdad si se nos ocurre cagarla de nuevo hoy. Así que no, lo siento, pero no – dijo con una sonrisa sarcástica y caminó de nuevo a la cabaña, sus largas rastas se balancearon sobre sus hombros mientras caminaba.
– ¡Pero…!
– ¡Luna llena! – le gritó sin mirarlo siquiera. El rubio se quedó solo en cuestión de segundos con el ceño fruncido y frustrado sexualmente, pero algo le llamó la atención.
– Luna llena – repitió en voz baja y miró el horizonte, que poco a poco iba tomando colores anaranjados y rosas para dejar pasar dentro de un rato a los azules oscuros de la noche. Miró la cabaña; conociendo a su hermano, este se acurrucaría junto a David y recordando los motivos por los que le había dicho que no, tratando de convencerse de que la abstinencia era lo mejor, caería dormido y no despertaría hasta antes de las ocho; miró la selva, le daba una curiosidad enorme el ver a sus vecinos de nuevo. Se preguntaba si lograría reconocer a aquel hombre que había asesinado a su compañero o… sí ya estaría muerto también.
Mientras pensaba en eso el tiempo pasó rápido y cuando se dio cuenta ya había pasado una hora ¡una hora! Y él seguía ahí de pie, completamente solo y con algo de frío. Hasta las piernas se le habían adormecido de no haber movido un músculo en todo ese tiempo. Comenzó a caminar a la casa de prisa y se encontró precisamente con lo que había sospechado. Tom tenía a David entre sus brazos, el niño escondía el rostro en el pecho de su padre, con los brazos encogidos sobre su estómago. Gordon dormía plácidamente sobre su cuna, a unos metros del lecho.
Bill sonrió y decidió que hacer. Tomó una lanza, la más afilada que tenía y contempló a su familia unos momentos. Besó la frente de Gordon, luego fue hasta el lecho y besó la mejilla de David, para mirar a su gemelo detenidamente. Se veía totalmente apacible. El rubio lo acarició con el revés de sus dedos, desde la sien, bajando por su oreja, donde atoró una rasta rebelde y luego continuó con su camino, acarició el borde de su mandíbula cubierta con una espesa barba y terminó pasado el pulgar sobre sus labios. Suspiró y salió de la cabaña, dispuesto a todo por protegerlos.
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Anochecía cuando llegó a esa oscura parte norte de la isla. Había cambiado de sobremanera y lo que vio le incitó a salir corriendo de ahí y no volver nunca más, pero debía ser valiente.
De los árboles colgaban diferentes huesos humanos, muchos. En el suelo se hallaba olvidado uno que otro cráneo. Uno se veía muy reciente y ese hecho le erizó la piel al rubio y le hizo tragar saliva, sin embargo siguió caminando. Un par de minutos después llegó al altar, a esa extraña roca que lucía como un rostro.
El lugar estaba desierto, cosa que le pareció extraña, pero luego la alarma lo embargó. Si estaba vacía significaba que no tardarían ya en llegar, y, como pensó. Segundos después de haber constatado ese hecho, unas voces comenzaron a llegar desde dentro de la selva. Pudo escuchar claramente cómo corrían hacía allí. Su rostro se transformó en uno de pánico ¡debía salir de ahí de inmediato! Si se fijaba detenidamente ya podía ver sus siluetas acercándose rápidamente.
Comenzó a barajar las posibilidades, debía irse de ahí, eso era seguro, pero ya no veía claro si tenía tiempo para huir. Aun así fue corriendo hasta unos metros apenas del altar, entrando un poco en la selva. Deseaba irse pero el espeso barro formado por las recientes precipitaciones se lo impedía. Cuando miró hacia abajo y se fijó en cómo el lodo le manchaba la piel una idea se le vino a la cabeza y no dudo ni un segundo en hacerla realidad. Comenzó a tomar barro desesperadamente con ambas manos y lo frotó contra su pecho, brazos, piernas, estómago, etc. Todo su frente estaba lleno de barro en cuestión de segundos. Luego se tiró sobre el suelo y… desapareció. El espeso fango le había hecho camuflarse a la perfección ahí en el suelo de la jungla y a pocos metros de sus enemigos, que uno a uno fueron llegando.
Bill pudo observar esa extraña danza de nuevo. No reconoció a ninguno ahí. Todos debían de haber sido devorados ya. Contempló con terror cómo asesinaban ya no sólo a uno, sino a dos y no hizo nada, solo se quedó ahí, lo más quieto que podía.
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En la playa Tom había despertado hacía poco y estaba cortando en pedazos yuca y jícama mientras asaba unos peces para la cena. No le dio importancia a la ausencia de su hermano porque no se había asomado para calcular la hora en base a la posición de la luna. Crecía que no había pasado ni una hora siquiera cuando en realidad ya iba a ser hora y media desde la ausencia de Bill. No fue hasta que comenzaron a tocar los tambores que salió y se topó con una luna más arriba de lo que hubiera deseado. Miró hacia los lados con pánico.
– ¡Bill! – Llamó, pero estaba solo con el ruido de las olas contra la costa – ¡Bill! – se llevó las manos a las rastas y hundió los dedos en ellas, con desesperación. Habría ido a buscarlo, pero no podía dejar a los niños solos. En su defecto, encendió una hoguera ahí afuera y mirando fijamente el fuego trato de tranquilizarse ¿no había podido pasarle nada, no?
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En el norte la ceremonia había acabado y Bill había preferido cerrar los ojos fuertemente cuando se dio el primer indicio de que comenzarían a comer. Ahora estaba de pie, detrás de un árbol mirando al único que se había quedado y que estaba limpiando al dios de piedra con una rama seca, pero en eso no se fijaba Bill. Su atención estaba puesta sobre la lanza del hombre ¡que reposaba solo a metro y medio de él! Solo necesitaba que se distrajera un segundo… En ese momento el hombre dejó de sacudir la roca y se dio la vuelta, caminando unos pasos. Bill aprovecho creyendo que ya se iba y salió, alcanzando a tomar la lanza, y cuando lo hizo el aborigen se volvió, mirándolo fijamente. Ahí estaba de pie frente a frente con uno de ellos con la sangre helada en sus venas. Estaba a punto de atacar, pero su instinto le marcó otra cosa.
Comenzó a sonreír, tratando de ser amistoso. Abrió los brazos e hizo una ligera reverencia, aun sonriendo. El otro hombre, que parecía un hombre mayor, (sólo parecía, no debía de tener más que un par de años más que Bill, o quizá menos aún) le miró con seriedad… y luego comenzó a sonreír también… a su manera. En su boca no había más que un par de dientes y sin embargo era la sonrisa más natural que Bill pudo ver. El hombre, que hacía un segundo pensó que iba a dar la alarma comenzó a reír. El sonido fue solo un jadeo ahogado, ¡pero el hombre reía! Tenía los ojos cerrados y negaba mientras lo hacía. Bill se le unió, por alguna razón, a pesar de que le había visto hacer lo que le había visto hacer. El hombre dejó de reír y extendió la mano para recibir su lanza. El rubio tembló cuando se la dio, pensando que ahora sí su hora había sido marcada, pero el aborigen le sonrió y señaló la selva, o más bien aventó repetidas veces su mano hacia la selva, invitándolo a que se fuera. Bill había visto cómo los compañeros del hombre habían ido exactamente en la dirección contraria a la que él le estaba señalando ahora. Titubeó un poco, pero comenzó a caminar hacia lo verde. El hombre asintió, sonriendo, sacudiendo su mano aún, echándolo y luego hizo un gesto que llenó de terror el corazón de Bill y también de alivio. El hombre lo señalo directamente, luego llevó la mano a su frente y la corrió hacia un lado, luego la bajó casi hasta su cintura y por último llevó ambas manos a sus respectivos codos… estaba simulando cargar un bebé; luego lo señaló de nuevo y lo echó con otro movimiento de mano antes de salir trotando para unirse a sus compañeros… Bill lo supo todo en ese instante.
Los caníbales habían sido conscientes de su presencia desde el día en que habían arribado, y los habían vigilado desde entonces pero sin tratar de causarles ningún daño. El gesto de la frente simulaba a Tom, el de la cintura a David y el de los codos, por supuesto a Gordon. Los caníbales sabían cuántos eran, pero Bill supo que no les harían daño ni que tendría que preocuparse porque con la risa y el haberlo dejado ir sin problema le había dicho a su razón, que los antiguos hombres que los habían visto llegar les habían transmitido la información a los más jóvenes y les habían ordenado no atacarlos ni ahora ni nunca porque no tenían que ver con ellos, ni con su extraña cultura.
De sus ojos salieron lágrimas de alivio y tras controlarse un poco dejó aquel lugar, esta vez para siempre. Bajó corriendo hasta la playa y observó a Tom sentado en la arena, cerca de una fogata. Su hermano rodeaba su vientre con la izquierda y toqueteaba sus labios ansiosamente con su mano derecha. Miraba distraídamente hacia el mar.
– ¿Te diste cuenta de algo? – preguntó mientras caminaba hacia su gemelo, que lo miró y suspiró.
– ¡Bill! – Se levantó y fue a su encuentro, pero se detuvo al notar que tenía barro seco pegado por todo el cuerpo – ¿¡Qué te pasó!?
– Te lo diré en un rato, pero ahora sólo quiero una cosa.
– ¿Qué…? – los labios del rubio sobre los suyos lo interrumpieron. Bill le había tomado sorpresivamente de los cachetes y lo mantenía apresado contra su rostro. No tuvo más remedio que seguirle el beso. Cuando se separaron tenía los ojos cerrados aún – ¿Por qué fue eso? Sabes a tierra – dijo pasando la lengua por sus labios.
– Ya te explicaré después, ahora sólo déjame enjuagarme un poco – dijo y se desnudó frente al otro, sonriendo al ver que las mejillas de Tom se coloreaban de rojo, y se lanzó corriendo hacia el oscuro mar.
El mayor negó con desaprobación y se dirigió a la cabaña pero miró por detrás de su hombro y vio a su gemelo de pie lavándose los brazos. Mordió su labio inferior de forma inconsciente y tras unos segundos…
– ¿¡Qué demonios!? – se dijo a sí mismo y se desnudó también, ahí, en el pórtico y luego echó a correr contra la figura de Bill, que le recibió con los brazos abiertos y ambos se fueron hacia atrás. El agua los cubrió por completo por unos segundos.
Cuando salieron lo hicieron juntos, abrazados… y besándose.
Aquello pasó justo dos semanas antes del cumpleaños número tres de Gordon.
Continúa…
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