
Fic Twc de novaficacci. Temporada II
Cap 8: De compromisos y explicaciones
Media hora más tarde ambos se encontraban jadeando sobre la arena, recuperándose del orgasmo increíble que acababan de tener. Bill tenía los brazos extendidos, Tom a su lado, con las manos en su estómago, removiendo el semen de los dos con los dedos. De repente se levantó y corrió hacia el mar, adentrándose hasta la cintura y lavándose rápidamente el pecho, luego salió y observó a su gemelo, que le miraba a su vez con las manos apoyadas detrás de su espalda.
– ¿Te diste cuenta de algo? – repitió el rubio.
– ¿Qué?
Bill lo señaló con la cabeza, invitándolo a mirarse. Tom lo hizo y se percató de que estaba acariciándose el vientre de forma inconsciente, quitó las manos con un jadeo de sorpresa.
– Lo hacías también hace un rato – explicó, serio.
– No… No es nada – le dijo, sin mirarlo a la cara.
– ¿Seguro?
Tom asintió y comenzó a caminar hacia su ropa, la que se puso en un movimiento y luego invitó a su hermano a entrar con un gesto.
Bill chasqueó la lengua, sabía que el rastudo no estaba del todo convencido de que no pasaba nada dentro de su cuerpo, quizá sólo quería convencerse… pero si decía que no era nada, seguramente no lo era. Se levantó y sin lavarse nada, porque para ese momento el sudor ya era inexistente, sólo se colocó su pequeña prenda y entró a la cabaña junto con el mayor.
David despertó en cuanto entraron.
– Tengo hambre – fue lo primero que dijo.
Los gemelos sonrieron y el mayor sacó la mezcla que había preparado un rato atrás y los peces que había preparado. Gordon despertó y con un bostezo se sentó sobre su cuna, pidiendo a su padre con los bracitos. Bill fue a por él y lo sentó a la mesa. David hizo lo mismo. Al último fue Tom y pudieron todos comer con tranquilidad, al menos hasta que a Bill se le ocurrió cambiar eso.
Mientras comían, el menor observaba atentamente a su igual, desde la forma en que comía, su abdomen, hasta sus pectorales. Y lo hacía sin ser muy discreto, por lo que Tom se terminó percatando de ello.
– ¿Qué estás mirando? – cuestionó con el ceño fruncido.
– ¿Eh? No… nada – se excusó.
– ¡Contéstame! – el rubio suspiró y bajó la mirada.
– Los grababa en mi mente, para cuando comenzaran a crecer – miró los pectorales del otro – Y estaba sopesado la idea de ir sacando las navajas – dijo, con cierta ironía en su voz.
Tom lo miró con sorpresa, y luego con furia, pero contuvo sus palabras por estar frente a los niños. Sin embargo se inclinó y susurró contra el oído de su hermano.
– Bill, no me provoques. No me hagas recordarte que soy el mayor y seguramente el más fuerte, y que por eso mismo podría convencerte a abrir las piernas en cuanto los niños se duerman. Yo soporto bien el dolor después de dos embarazos, ¿pero tú, Bill? ¿En verdad deseas que te preñe para que sientas en carne propia lo que es tener un bebé? ¿Eso quieres? ¿¡Lo quieres!?
– N-no, perdón… No lo dije con esa intención – le dijo, pálido.
– No, por supuesto que no – le respondió el otro, ya con su voz normal y besó su mejilla, separándose luego – Por cierto, deseo que me ayudes a cortar mis rastas – dijo como si no fuera nada. Bill se sorprendió aún más con esa petición. Las rastas eran lo que Tom más quería después de los niños, Bill y él mismo, por supuesto, o eso creía el rubio – ¿Dónde está David?
De repente se hallaban solos con el bebé, que tenía toda la cara embadurnada de engrudo. Comenzaron a preocuparse, pero el sentimiento no les duró más de unos segundos.
– Estoy aquí – le respondió su vocecita desde una esquina de la habitación poco iluminada. Los gemelos suspiraron – ¿Qué es esto? – levantó un libro con una mano y unas fotos en otra.
– ¡Oh! Hace años que no veía eso – dijo Tom y se levantó para cargar con un brazo al pequeño, que le entregó el libro. – Esto, pequeño… es un libro – le dijo, emocionado y lo sentó a la mesa de nuevo.
– ¿Un libro? – preguntó con una ceja levantada.
– Sí, tiene palabras ¿lo ves? – le enseñó el libro por encima.
– ¿Qué es una palabra?
Los gemelos se miraron, habían olvidado casi por completo esa parte de la crianza de los niños. Comenzaron a explicarle primeramente las vocales, su sonido, su escritura, y cuando logro identificarlas pasaron al abecedario, que por orden de sus padres, el niño estudiaría al día siguiente. La ventaja que tenía es que aprendía muy rápido todo aquello que se le enseñaba.
– ¿Y qué es esto? – señaló las fotos.
– Eso son fotos, momentos de la vida capturados en una imagen permanente – dijo Bill y el niño se sorprendió de su ya típica manera, con esa perfecta O en su boca. Rápidamente el niño comenzó a ojearlas, hasta que llegó a una… dónde había un matrimonio, un hombre y una mujer.
– ¿Qué es…? – No pudo terminar su pregunta, sólo señaló a la mujer de la foto con ojos interrogantes.
Los gemelos miraron la foto y suspiraron.
– Eso es una mujer – dijo Tom.
– ¿Una mujer?
– Es la contraparte femenina del hombre, de lo que somos nosotros – dijo Bill.
El pequeño los miró con cara de «¿qué me estás contando?» y miró de nuevo la foto.
– ¿Por qué son distintas a nosotros?
– Pues… mira su cuerpo – lo invitó – ¿Qué miras que es diferente? – David miró detenidamente a la mujer y luego alzo la mirada hasta toparse con la de su rubio padre.
– Tiene el pecho hacia arriba – dijo.
– Sí, a eso se le llaman senos – dijo Tom y el niño se volvió para mirarlo.
– Su cabello es largo, pero eso no tiene nada que ver ¿verdad? Papi Bill también tiene el cabello largo – el rubio rio y asintió, estirándose para sentar al pequeño en sus rodillas.
– Supongo que ahora que papi Tom se cortará las rastas, yo también debería cortarme el cabello ¿no crees? – el pequeño asintió enérgicamente mientras sonreía.
– Entonces, ¿las mujeres tienen lo mismo que nosotros entre las piernas? ¿Ellas también pueden concebir? – dijo, curioso.
– No, por supuesto que no tienen lo mismo – contestó Tom, mientras mecía con los brazos a Gordon, que a esa hora de la noche (poco antes de la media noche) ya había caído rendido – ellas tienen, hmm, una vagina. Y sí, cariño, ellas pueden concebir… de hecho, son las indicadas para eso.
– ¿Por qué?
– Porque a ellas no tienen que abrirles la barriga para que salgan los bebes, excepto en casos especiales – le dijo sonriendo melancólicamente. El pequeño, se levantó de las rodillas de Bill y fue a abrazar a su otro padre, que se sorprendió un poco.
– ¿Te dolió mucho, papi? – le dijo poniendo sus manitas en las mejillas del mayor.
– No mucho, pequeño – tomó una de sus manitas y besó la parte externa de su palma – valió totalmente la pena – dijo y besó su frente con cariño.
– ¡Ay, pica! – le dijo riendo mientras se llevaba las manos a la frente y apartándose con cuidado.
– Ahora ya es tiempo de ir a dormir, David – dijo Bill, percatándose de la inusual hora para estar aún despiertos. El pequeño asintió y dejó un beso en la mejilla del mayor, luego un beso en la frente de Gordon y al final otro beso en una mejilla, pero del rubio.
– Buenas noches, papis – dijo y salió corriendo hacia su cuarto.
Los mayores le vieron salir corriendo con una sonrisa. Bill se quedó mirando el horizonte por la puerta mientras Tom acostaba a Gordon en su cuna y lo cubría parcialmente con sábanas. Luego se acercó a su gemelo y en silencio tomó su mano, para caminar dentro y subir hasta su lecho, donde descansaron pacíficamente. El día siguiente sería muy ajetreado. Ambos cortarían su cabello en años, Bill debía mencionar aquello de lo que se había enterado en el norte de la isla, y además… algo había pasado por la mente del menor cuando miró la foto de aquel matrimonio.
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A la mañana siguiente, en cuanto el sol salió, Bill bajó hasta el tocador, donde Tom siempre dejaba el anillo que se había hecho con la perla que el rubio le había regalado. Lo examinó cuidadosamente y asintió quedamente.
Aún era temprano cuando salió a recorrer el bosque, en busca de una rama parecida a la del anillo. Cuando encontró alguna parecida la arrancó con un poco de dificultad y salió corriendo hacia la casa. Dejó la ramita en el tocador y se lanzó al mar de inmediato para buscar otra perla, la que no le tomó mucho tiempo encontrar. Sacó la cuenta de la ostra y salió nadando rápidamente, ya casi se llegaba la hora de despertar de Tom y aún no había terminado de preparar todo lo que tenía en mente.
Entró a la cabaña chorreando aún y se sentó frente al tocador para comenzar a armar el anillo. Lo ató lo más fuerte que pudo y por fin quedaron dos anillos casi idénticos, los que escondió muy bien. Y estaba a punto de salir para preparar todo, pero un ruido arriba lo distrajo y anunció el despertar de su gemelo.
– ¿Bill? – preguntó el mayor adormilado aún, cubriéndose los ojos de la luz matutina.
– Estoy aquí abajo – anunció, torciendo el gesto mientras veía como su amante bajaba las escaleras, vestido ya.
– Tengo hambre, será mejor que comencemos a cazar de una vez, antes de que los niños despierten – dijo mientras amarraba sus rastas con un pedazo de tela. Después se acercó y dejó un casto beso sobre los labios del menor para salir de la cabaña para apresurarse en hacer lo que el cuerpo le pedía e ir a cazar luego.
Bill suspiró al ver al otro salir y luego, negando, salió también. Trató de seguir la rutina normal: despertar, salir a cazar, preparar la comida, tumbarse un rato al sol a platicar, o a intimar mientras los niños despertaban. Cuando lo hacían era común ver salir a David de su choza, y oír llorar al pequeño. Entonces sí que dejaban de lado el tiempo que pasaban juntos y se dedicaban a ser padres. Ese día fue algo diferente.
Mientras Tom comía, el rubio llamó a David y le susurró un par de cosas, pidiéndole su ayuda. El niño sonrió y asintió con la cabeza: el trato estaba hecho.
– ¿Papi, podemos ir a bañarnos? – le dijo al de rastas.
– Claro, David ¿quieres venir, Bill?
– No, vayan ustedes, yo tengo unas cosas que hacer – dijo, sonriendo.
Tom asintió y tomó en un brazo a Gordon y con la mano libre tomó a David.
Bill sonrió mientras su gemelo y sus hijos se iban, cuando lo hicieron salió corriendo hacia la selva, en una dirección diferente. Sabía perfectamente lo que quería hacer. Y lo hizo, para después ir a bañarse con su familia y retirarse dos horas después excusándose.
Los demás se quedaron comiendo ahí, junto a la cascada mientras Bill, cerca de la playa hacía otra cosa.
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Dos horas después, un Tom carcajeándose bajaba de la colina con ambos niños de la mano. Reía por algo que había dicho David. Siguió haciéndolo hasta que vio a su gemelo ahí, en la playa.
– Bill… – el rubio ya se había cortado el cabello y lo llevaba alborotado. Además llevaba aquel chaleco que hacía años no llevaba – Estás… guapo – dijo con una media sonrisa.
– Y anda, ven, que faltas tú – le dijo y le tendió la mano. Tom fue hacía el con una sonrisa y tomó su mano, entretenido.
Se sentó en la arena, con el rubio hincado detrás, quien se dispuso a cortar sus rastas. Tom no sintió nada, sólo cerró los ojos y suspiró cada vez que sentía como una rasta caía, hasta que por fin sintió la cabeza más ligera, lo que le produjo una sensación placentera… que duró muy poco.
Al instante algo puntiagudo se le enterró en el cabello y jaló hacia abajo, repetidamente.
– ¡Auch! ¡Oye! ¿¡Qué estás…!? ¡Ay! – Se quejó en vano, su hermano siguió haciéndolo hasta que quiso – ¿¡Qué rayos hiciste!? – se llevó la mano derecha hacia atrás y la paso por su cabello. Para su sorpresa, el rubio no había cortado todo, como pensaba. El cabello le llegaba a los hombros, y lacio, como el de Bill. Cuando notó esto se levantó de la arena y entró corriendo a casa, hacia el tocador, donde descansaba el espejo.
Cambiaba bastante a su parecer. Con el cabello lacio y moreno a los hombros, y sin embargo había algo que no le gustaba aún lo suficiente. Torció los labios y buscó algo encima.
– ¿Buscas esto? – preguntó el rubio, estirándole la fina tira de tela que antes llevaba.
El mayor la tomó y la sostuvo con los dientes mientras con las manos buscaba acomodarse el cabello. Después lo ató y se miró de nuevo al espejo. Sonrió, ahora sí se veía igual o más guapo que Bill. El cabello en un chongo le sentaba muy bien.
– ¿Ahora quién es el guapo? – Dijo el menor, que le abrazó por la cintura y dejó un beso en su hombro – Vístete, quiero que veas algo – le susurró.
– ¿Vestirme? Ya estoy vestido.
– No, con eso. Con otra cosa – dijo con el ceño fruncido y se separó para salir de la cabaña.
Tom lo siguió con la mirada y el ceño fruncido. ¿Cómo quería que se vistiera, y por qué? No lo sabía, pero le hizo caso. A su ya común taparrabos le añadió otra prenda arriba, otro trozo de tela que cruzaba desde un lado de su cadera hasta el hombro contrario, donde lo amarró. Daba un aspecto romano con aquel atuendo.
Cuando terminó volvió al tocador para buscar su anillo, y al no encontrarlo se puso a remover todo lo que había encima, desesperado y sin resultado. Por fin, decidió preguntarle al menor.
– ¿Bill, has visto mi anillo? – dijo saliendo de la cabaña y miró a su hermano. Jugueteando con Gordon mientras David reía.
Bill aventaba al bebé en el aire y lo cachaba después. El pequeño gritaba con una sonrisa en su rostro. Cada que subía agitaba las manos y las piernas.
– Bill.
– ¿¡Qué!? – le respondió exaltado, agarrando al bebé y colocándolo en el suelo, donde se tambaleó pero no cayó.
– Me pediste vestirme y aquí estoy ¿a dónde iremos? – alzó las manos y las colocó en su cintura.
– Ah, eso – miró detenidamente a su gemelo y sonrió pícaramente – ahora mismo me gustaría que fuera un poco más tarde, si sabes a lo que me refiero – Tom se sonrojó.
– ¿Más tarde, papi? ¿Por qué?
– Nada, David, es que tu padre es un poquito irresponsable – le respondió Tom sonriendo. El niño comenzó a reírse bajito y miró al rubio con las manos sobre su boca, intentando esconder su sonrisa.
– ¿Recuerdas lo que te pedí antes de que se fueran, pequeño? – el pequeño rubiecito asintió enérgicamente, tomó a su hermano en brazos y salió corriendo hacia la orilla contraria de la playa (la parte más alejada de la casa).
– ¿A dónde van?
– A ningún lado en especial – dijo encogiendo los hombros, con una expresión de tranquilidad – ¿Por qué no vamos a caminar mientras ellos regresan? – extendió una mano y tomó la del mayor.
– Bueno, pero tú qué planeas hacer ¿eh? – Dijo Tom con el ceño fruncido – Mira que mi advertencia de ayer sigue en pie si haces una estupidez – Bill rio y acarició el dorso de su mano con el pulgar.
– Te aseguro que al menos una estupidez, no es – le respondió quedamente y comenzó a caminar. Caminaron despacio, mucho, y en silencio. No les tomó más de media hora.
A Tom no le quedó otra más que seguirlo. Y jamás se esperó aquel destino.
Habían llegado a la tumba de su «padre» y su abuelo, donde se quemaba una fogata y para esa hora de la tarde se apreciaba bastante.
– ¿Bill qué hacemos aquí?
– Sólo quería platicar un rato con ambos – señaló con la cabeza las tumbas. Luego se sentó y su hermano lo siguió – No hables hasta que termine yo ¿sí? – Pidió con la voz baja – Abuelo, tu nos conoces desde antes de que llegáramos al mundo…
Y así comenzó a narrar la historia de ambos. Desde sus primeros recuerdos, pasando por su infancia, su llegaba a la isla, y todo lo que ahí habían vivido. Tom le observaba con curiosidad y preocupación, porque había dejado a sus hijos solos, y con lo despistado que era David, podía pasarle algo al bebé y el mayor no se daría ni cuenta. Quería irse, pero algo le incentivo a lo contrario. Escuchó atentamente toda la historia de ambos, algunas veces bajando la mirada con tristeza y otras sonriendo levemente al recordar aquellos momentos… La historia terminó con ellos ahí sentados.
– Ahora estamos ambos aquí, porque el día de ayer me di cuenta de algo muy importante. Algo que debí haber hecho desde hace mucho tiempo, desde que dejamos de ser hermanos para convertirnos en algo más… Hoy lo haré y deseaba contarles que hasta esto hemos llegado. David – dijo mirando su tumba – supimos cuidarnos todo el tiempo después de que nos dejaste solos y al final terminamos encontrando la compañía que queríamos en el otro. Abuelo – miró su tumba – hemos cumplido la promesa que nos hiciste hacer, quizá con algunos fallos. – Dijo refiriéndose a lo del tiburón. Tom sonrió al recordar lo que para ese momento no era más que un mal sueño, aun sin saber qué rayos pasaba – Ahora haré otra promesa, esta vez sólo con Tom – este lo miró, sorprendido – y espero que lo aprueben.
El viento sopló, removiendo las hojas sueltas en el suelo. Luego en medio de ambas tumbas se posó una gran ave de la misma especie que la que tenían cuando David aún no nacía. Se quedó solo unos segundos ahí, mirándolos y luego remontó el vuelo.
– Bien, creo que eso fue un sí – dijo el menor y se levantó.
– ¿Qué fue eso Bill?
– Sígueme – fue todo lo que el otro dijo.
Tom se levantó bufando y siguió a su hermano a través de la selva, que con el sol a punto de esconderse, ya estaba oscura y era difícil ver por dónde iban. Lo único de lo que el moreno se percató fue de que no se dirigían a la playa.
– ¿¡Puedes decirme YA a dónde vamos!? – empezaba a desesperarse.
– No – contestó riendo y comenzó a correr – ya lo verás – gritó en la casi completa oscuridad.
– ¡Bill! – Le gritó y trató de seguirlo, pero en segundos su gemelo ya se había perdido – ¡Eres un estúpido, Bill! – volvió a gritar, enfadado y se dispuso a regresar a la choza, pero una canción conocida comenzó a sonar y le trajo unos recuerdos agridulces. Era esa horrible canción, Pop Goes The Weasel en la flauta de pan. Aquello lo enojó más y comenzó a seguir la música. Cumpliría su amenaza en cuanto lo encontrara.
Poco a poco se dio cuenta de que la música no era la única que lo guiaba, sino una tenue luz ahí, adelante, en los arbustos. Caminó hasta ahí y la luz que encontró al salir de los helechos lo cegó por un momento. Se cubrió los ojos. La canción se había detenido. Parpadeó un poco y miró lo que tenía delante.
Desde ahí se podía ver la playa, a unos metros, pero entre esta y donde estaba ahora primero había una pequeña fogata y detrás de esta un arco hecho con flores, atado a dos árboles juntos. Debajo del arco estaba Bill con las manos detrás de su espalda y una enorme sonrisa. A la izquierda, sentados estaban los niños, despiertos y mirado atentamente la escena. David sonreía.
– ¿Qué es esto? – dijo, no sabiendo cómo tomar todo eso. Bill alzó una mano y él fue hasta su lado.
– Esto es para prometerte algo, – le dijo Bill y tomó ambas manos – esto es para prometerte que siempre estaré ahí para ti, que siempre voy a amarte como lo hago ahora. Siempre voy a amar a nuestros niños y si de verdad llevas otro dentro de ti ahora mismo – soltó una de sus manos y la colocó sobre el vientre del mayor – voy a amarlo igual que a David y Gordon, jamás debes de preocuparte y ahora, por eso mismo – se hincó y Tom se cubrió la boca con una mano, sin soltar la otra, entendiendo lo que su gemelo estaba haciendo. David gritó con alegría – ahora deseo que seas mi esposo oficialmente. Hemos pasado por muchas cosas los dos juntos y hoy te entrego mi vida por completo, a los ojos de nuestro padre y abuelo que están arriba en el cielo. – Señaló las nubes – Así que – se hincó y Tom se limpió las lágrimas que inconscientemente habían comenzado a caer mientras fruncía al ceño y sollozaba silenciosamente – aquí, frente a nuestros niños – los señaló y el mayor les dirigió una rápida mirada – ¿aceptarías ser mi esposo? ¿Y aceptarías este anillo con otro significado? – sacó los anillos, tendiéndole el suyo. Tom asintió enérgicamente, sollozando más fuerte y cubriéndose la cara por unos segundos con ambas manos, sonriendo. David comenzó a aplaudir y Bill mostró la sonrisa más grande de su vida mientras se ponía de pie y abrazaba con fuerza a su gemelo. Luego, cuando se separaron le colocó el anillo en el dedo anular izquierdo y le entregó el otro, para que se lo colocara a su vez.
– ¡Vaya! – Dijo Tom con la voz ronca – Si hubiera sabido que nos casaríamos hoy me hubiera puesto ese viejo velo que tenemos por ahí guardado. – Bromeó y rio, colocándole el anillo a Bill para pasar los brazos por su cuello después y besarlo con todas sus fuerzas, con el rostro mojado aún por las lágrimas – Pero que sepas que mi amenaza sigue en pie ¿eh? – añadió sonriendo. El menor asintió y lo besó de nuevo.
La «ceremonia» había acabado y ahora ellos pertenecían al otro oficialmente.
Continúa…
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