Regreso a la laguna azul 12

Fic Twc de novaficacci. Temporada II

Cap 12: Calma

Anduvieron todo el camino de regreso. Iban callados. Al llegar a la orilla Vanessa fue llevada por su padre a la fuerza hasta donde los marineros construían un rápido campamento. Los gemelos se quedaron en el linde del bosque.

– Ahora que recuerdo, no hemos desayunado. Me muero de hambre – Tom torció el gesto y se toqueteo el estómago. El mayor rompió a reír.

– Ya no le llamaría desayuno, Tom – le acarició la barbilla llena de pelo y se adentró de nuevo en la selva corriendo.

– ¡Espera! – Gritó en respuesta y lo siguió – Aún quiero piña.

Momentos después, ambos estaban tirados sobre la tierra mojada. Bill cortaba rodajas de piña. Sacó una grande y se la pasó a Tom, quien al acercársela a la nariz hizo mueca de asco y una arcada le dobló el cuerpo. El rubio extendió una mano con pánico, pero el moreno tragó un bocado y se relajó de inmediato.

– ¿¡Que rayos te sucedió!?

– El olor… es demasiado dulce, me provoca nauseas. ¡Pero el sabor el increíble! – sonrió.

Bill lo miró, incrédulo, y le vio comer lo que restaba de la fruta como si lo hiciera automáticamente. Tom aguantaba la respiración unos segundos y luego engullía la pulpa entera, así, sin masticarla. De repente se levantó y le lamió los dedos.

– Iré a buscar langostas, tú mientras busca fruta para la cena y ve con los niños – le dio la espalda.

– ¡Ah! Y busca más piña, porque creo que ya no tienes – se burló.

El menor miró su mano ¡su hermano se había acabado la piña entera! Y no se había dado cuenta. Frunció el ceño y buscó al mayor de nuevo con la mirada, pero este ya no estaba por ningún lado. Se levantó frustrado, negó y fue a buscar variedad para la cena. ¿Qué diablos sucedía con Tom?

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Tres horas después Bill entraba a la cabaña con pesadumbre. Había tenido que detenerse a coser hojas de palmera para cargar con los 15 mangos, las 5 papayas, las más de 20 naranjas y para rematar, las dos pencas de plátanos que tuvo que ir a buscar a la otra isla. Cuando fue a la orilla por el bote, ya había escondido la fruta en un lugar seguro pero eso no quitó que los hombres le miraran de una forma extraña de ida y regreso. Vanessa le miró con especial cautivación, pero él no le tomó importancia.

– ¡Papi! – un golpe en el estómago casi lo derribó sobre la fruta que acababa de conseguir. Como pudo mantuvo el equilibrio y puso una mano sobre el cabello de David, que le abrazaba con los ojos cerrados y una gran sonrisa en su rostro.

– Hola pequeño – sonrió y le sacudió los rubios rizos. – ¿Dónde está tu padre? – añadió, serio. Pasaba del medio día, Tom ya debía de haber regresado.

– Aquí mismo – se escuchó a sus espaldas.

El mayor estaba secándose el sudor con el antebrazo.

– Las langostas no son tan fáciles de conseguir… – levantó el brazo izquierdo y mostró una herida sangrante en la muñeca. Bill estuvo a su lado en un segundo.

– ¿¡Te duele!? – sujetó su mano como si fuera algo realmente frágil. En sus ojos se mostró la preocupación.

– Bill, – dijo riendo – soporté el dolor de tener a David ¿crees que esto me duele?

– Oh… tienes razón. Pero entonces déjame curarte – respondió avergonzado. Siempre olvidaba lo inmune que era su gemelo al dolor. El estaría quejándose de la herida, pero Tom parecía no notarla siquiera. Lo llevó de la mano hasta el fondo de la cabaña, donde hizo que se sentara mientras sacaba el maletín con el alcohol.

En lo que el menor tomaba lo necesario, el moreno viró hacia la cuna de Gordon, en el suelo, donde él bebe lamía uno de sus dedos, que parecía estar manchado por alguna fruta. Sonrió y le acarició una mejilla. Debía admitir que el mayor de sus hijos hacía un buen trabajo cuidando al más pequeño. Habían estado un buen rato solos y lo único que habían hecho había sido comer y seguramente dormir.

– ¿Papi?

– ¿Mmm? – no le miró, siguió removiendo los escasos mechones de pelo de la cabeza de Gordon.

– ¿Tengo la culpa?

Tom abrió los ojos con sorpresa y giró hacia el niño con el ceño fruncido. Hasta Bill se interrumpió es su tarea de mojar una tela con alcohol y miró incrédulo. El niño tenía sus manitas unidas y aunque mantenía la cabeza gacha parecía que iba a llorar.

– ¿¡La culpa de qué cariño!? – dijo Tom.

– Es que… dijiste que te había dolido tenerme… ¿Fue mi culpa? – alzó la mirada. Sus ojos estaban cristalinos y sus labios estaban curveados hacia abajo.

– ¡No! – se apuró en responder y le abrazó con expresión consternada.

Bill dejó definitivamente lo que hacía y se acercó a acariciarle el cabello de nuevo. David escondió la cara en el cuello de Tom y comenzó a sollozar.

– Tu padre no se refería a eso – trató de calmarlo.

– No fue tu culpa, David. Es solo que el dolor es algo natural en… en ese caso – hizo una mueca. – También Gordon dolió.

David le miró de nuevo a los ojos. Hacía un puchero con los labios.

– ¿Sí? – sus padres asintieron enérgicamente. – Bueno – se limpió las lágrimas, sorbió por la nariz y salió de la casa para ir a su «habitación».

Tom miró con confusión a su gemelo y le pregunto qué rayos había pasado con la mirada. Bill se encogió de hombros y negó. Tomó el trozo de tela de nuevo y luego agarró la mano del mayor para poder limpiar la herida.

– ¿Por qué pensó que era su culpa? – preguntó el moreno, afligido aún, mirando al vacío.

– Es un niño, Tom. Así lo interpretó. Estará bien – no era que le restara importancia. Por supuesto que le preocupaba, pero por otro lado sabía perfectamente cómo era el niño. Si ellos le habían dicho que era natural, él había comprendido y seguramente se había ido porque no quería que lo vieran llorar.

El mayor miró a su hermano y sus palabras lograron relajarlo. El rubio terminó por atar otro trozo de tela empapado en el líquido en su muñeca. De repente Tom sonrió y le propinó un puñetazo en el hombro, riéndose.

– ¡Oye!

– ¡Ahora que lo pienso es tu culpa! – le culpó en broma y se levantó, dispuesto a correr.

Bill lo sujetó por la cintura antes de que saliera y lo regreso. Tom reía con los ojos cerrados.

– ¡Que yo recuerde a ti no te importó tanto! – le dio la vuelta y lo abrazó por la cadera. El mayor pasó sus brazos por el cuello del otro, todavía con una sonrisa.

– Eres un imbécil – le susurró antes de besarlo.

Entrechocaron sus labios con energía y después de unos segundos sus lenguas se encontraron. Bill suspiró de gusto y bajo sus manos hasta el trasero de Tom, pegándolo hacia sí.

– La cena – suspiró el moreno entre el beso.

– Puede esperar…

Un sonido titilante y alegre los interrumpió. Se separaron de inmediato. Bill volvió a tomarlo de la cadera. Miraron a su derecha. Gordon estaba de pie sobre su cuna, riéndose y aplaudiendo, sin comprender del todo qué estaban haciendo.

– Casi lo hacemos frente al niño – comentó Bill frunciendo el ceño, recapacitando sobre sus actos.

– Casi lo haces tú – se burló Tom – solo – rio y antes de que el rubio pudiera hacer otra cosa, tomó al bebe entre los brazos y salió de la cabaña. – ¡Tienes que pescar algunos peces! – gritó.

– ¡Puedes correr pero no esconderte! – le respondió, sonriendo y lo siguió.

Antes de ir a pescar dejaron a Gordon con un todavía melancólico David. Preguntó por qué ese día tenían que quedarse dentro a todas horas, ellos no pudieron responder.

Durante las siguientes dos horas se dedicaron a pescar y asar aquellas criaturas. Mientras Tom regulaba el tiempo de cocción, Bill buscaba cangrejos para complementar. Entre tanto, los marineros forjaban el refugio y Vanessa se deleitaba a la sombra de una palmera, eso sí, vigilada de cerca por su padre.

Cuando el sol marcaba el inicio de la tarde regresaron a la cabaña a alimentar a sus crías y por supuesto, a preparar toda aquella comida.

– Papi, ¿para qué es toda esa comida?

– Comida – le imitó Gordon, a su lado.

– Es para… ¡Para llevársela a Dios! – respondió el rubio en un rápido movimiento.

– ¿Podré conocer a Dios pronto?

– No David. Dios solo puede ver a las personas mayores – le siguió el moreno. – Oh – el pequeño frunció el ceño e hizo un puchero, luego se cruzó de brazos. Tom comenzó a reír mientras continuaba con su tarea.

Machacaron yuca hasta obtener su pulpa y la colocaron en 15 mitades de coco. En el centro de la mezcla agregaron una flor roja de muchos pétalos, que más bien parecía un erizo de mar; la planta tenía un sabor dulce y combinaba con la yuca perfectamente. Pusieron cada cuenco en una hoja grande y gruesa de tamaño mediano. A un lado dejaron un pez asado y un cangrejo de igual manera. Comenzaron a pelar las frutas y las repartieron después. Esa sería la cena base para los marineros, quienes se alimentarían en su campamento.

Las langostas fueron más difíciles de cocinar. Para ellas tuvieron que armar una canasta lo suficientemente grande y sin goteras en un tiempo récord. Calentaron agua improvisadamente en la cuna de Gordon y cuando ésta estuvo burbujeando, la retiraron y vaciaron en la canasta, después metieron a los animales. No sabían si funcionaría; porque era la primera vez que capturaban aquel marisco; pero suponían que sí, porque al fuego no habrían podido cocinarlas. Estas serían solo para el capitán, el marino que siempre los acompañaba, para Vanessa y por supuesto para ellos. Y lamentablemente la compañía cenaría dentro de la cabaña…

– Tenemos que bañarnos – dijo Tom cuando terminaron de colocar todo. Lucía cansado. No hacía tanto de algo desde hacía tiempo.

– ¿Es realmente necesario? – Bill hizo un puchero y apoyó la frente en el hombro del otro.

– Lo es si queremos dar una buena impresión – se encogió de hombros haciendo que el rubio se separara. – Y debemos apurarnos, casi anochece. David, tendré que pedirte una última cosa por hoy. – el pequeño no contestó, pero le miró. Sus ojitos se cerraban, tenía sueño pero no porque fuera su hora de dormir, sino porque estaba terriblemente aburrido. – Quiero que vayas a tu cuarto y que te lleves a Gordon contigo. Quiero que se duerman los dos – miró fijamente a ambos – y que no salgan por nada del mundo.

– ¡Pero…! – comenzó el niño.

– David, sé que estás aburrido – continuó el gemelo menor, – pero debes hacerlo. Mañana… mañana seguramente ya haya pasado todo ¿de acuerdo?

David asintió, triste y se levantó para tomar a su hermano en brazos. Salió sin dar las buenas noches.

Tom bufó y se paseó la mano por el cabello con impotencia.

– ¡Solamente llegaron para arruinar las cosas! – estalló.

– ¿Y que podríamos haber hecho entonces? ¿Escondernos hasta que nos encontraran y nos tomaran por salvajes?

– ¡David esta triste! ¡Está triste y lo peor es que no puedo hacer nada para remediarlo!

– Cuando se vayan esas personas estará bien.

– ¡Es solamente un niño! No debería quedarse solo con el bebé todo el día.

–…Tienes razón, lo siento. Es solo que este asunto me tiene preocupado. Es decir… no les hemos dicho nada de los niños. ¿Qué pasará si no se van para mañana? ¿Qué pasará si los descubren?

– Supongo que si no se han ido al amanecer… tendremos que averiguarlo – ambos suspiraron.

En la hora previa al crepúsculo cada uno fue a bañarse por separado. Primero Bill, luego Tom. Se vistieron lo que ellos creían era apropiadamente y a las 7 aproximadamente, salieron al encuentro del destino.

Continúa…

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por novaficacci

Escritora del Fandom

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