Regreso a la laguna azul 18

Fic Twc de novaficacci. Temporada II

Cap 18: Viejos enemigos, nuevos aliados

Tom se sentía literal y figurativamente destruido, inútil e impotente. Si no lograba levantarse llegaría demasiado tarde para impedir que Vanessa se llevara a Gordon. Frunció el ceño y pasó la lengua por sus labios. Debía hacerlo. Se sujetó al tocador y se impulsó hacia arriba.

– ¡Ah! – volvió a caer. Cuando trataba de levantarse sentía un tirón por encima del ombligo. Cogió una bocanada de aire antes de volver a intentarlo. Apretó los dientes y comenzó a ponerse en pie.

El ruido sordo de sus rodillas contra la madera evidenció su fracaso.

– ¡Ahh! – Gritó con los ojos cerrados, liberando una pizca de estrés. – ¡Escúchame estúpido! – Se dijo a sí mismo. – ¡Volverás a intentarlo! ¡Y si caes lo harás de nuevo!

Se animó con unas palabras más y comenzó a respirar profundo, preparándose mentalmente para alcanzar su objetivo. No iba a rendirse.

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Bill corría por la costa con Robert detrás de él, lanzándole injurias, amenazándolo de muerte y disparándole. El capitán iba un poco más atrás y la compañía más lejos aún.

Un disparo mal encaminado fue a dar contra una serie de cocos en una palmera. Cayeron libremente justo delante de Bill haciéndolo trastabillar y finalmente caer. Queensland se hecho sobre él como lobo hambriento. Estampó su puño contra la mejilla del rubio y empujó el rifle contra su garganta, asfixiándolo. El menor empezó a toser mientras intentaba apartar el arma de su cuerpo.

– ¡Queensland! – Gritó el capitán desde unos metros. – ¡Lo matarás, basta!

Toda la tripulación llegó gritando a Robert que se apartase, pero este afianzó el agarre con la mirada perdida totalmente en la ira.

Uno de los hombres de más confianza fue hasta la pareja y tiró repetidamente de los hombros del mayor.

– ¡Ya oíste al capitán! ¡Suél…! – un golpe del rifle lo dejó noqueado de inmediato. Cayó sobre la arena, inconsciente.

– ¡Esto es motín, Queensland! ¡Suéltalo! – Jacob se adelantó jaló al hombre del cabello.

– ¡Argh! – el pelirrojo cayó de espaldas mientras Bill se ponía en pie de nuevo y echaba a correr. – ¡Ven aquí, sabandija! – logró liberarse del agarre de su superior y fue tras el rubio de nuevo.

– ¡Te juzgarán por esto! – gritó el capitán antes de seguirlos.

Más pronto que tarde, la arena dejó de ser arena y se convirtió en una zona de pequeñas charcas poco profundas, producto de la marea alta del día anterior.

Bill atravesó cada una salpicándolo todo a la vez que volteaba para medir distancia con el enemigo. Queensland sorteaba las pequeñas lagunillas con poca dificultad mientras se detenía cada dos por tres para dispararle al rubio. Ninguno de los cartuchos dio en el blanco. Estos se perdían en medio de las aguas entre un gran chapoteadero.

Unos metros más allá el mar comenzaba a llenar la tierra. Bill supo levantar las rodillas lo suficiente como para pasar corriendo sin que la resistencia natural del agua le hiciese caer, pero Robert no tuvo tanta suerte. En cuando puso un pie en aguas más profundas, la errónea concepción del suelo le hizo tropezar y cayó hacia adelante, hundiendo la cara entre el agua salada.

– ¡Maldita sea! – Soltó el rifle por algún lugar. Se levantó en tanto que se tallaba los ojos para eliminar la sal de ellos. Los ojos le escocían y solo logró agravarlo. Sin embargo, con lágrimas necias corriéndole por las mejillas, siguió al menor.

Bill se había detenido al principio de las aguas profundas, ahí donde el mar comenzaba. Había visto lo que se alzaba ligeramente por sobre la superficie y no estaba seguro de si quería escapar por ahí. Se volvió, envuelto en pavor, con el espanto pintado en los ojos. Su perseguidor estaba cada vez más cerca, y por su mirar y sus puños apretados estaba seguro que no necesitaba ese rifle para matarlo.

Viró hacia el agua y brincó atléticamente, entrando limpiamente. Nadó hasta la epidermis del agua y se lanzó hacia delante sin pensarlo. Brazada tras brazada, vaciando los pulmones en un movimiento y llenándolos al siguiente. No quería detenerse a comprobar el estado de Queensland o del tiburón con el que había hecho la misma cosa que hacía en ese momento, solo que por diversión.

Robert se lanzó contra el mar y comenzó a patalear sin sentido, avanzando más bien poco. En su mente solo había un objetivo, una razón y un método. El objetivo era claramente el rubio. La razón, frustrar sus planes. El método francamente no le importaba; debía nadar y bien o mal lo estaba haciendo. Claramente no había reparado en el tiburón, que desde las profundidades acechaba cada vez más cerca de ambos, sin decidir contra cuál ir.

El menor sentía como la tela que llevaba encima le dificultada la tarea. Se detuvo, contra todo su instinto de supervivencia y se despojó rápidamente de su playera. El corazón le martilleaba furioso contra las costillas. Casi podía sentir los afilados dientes del tiburón hundiéndose en su carne… Bajó el cierre de sus pantalones y los sacó a patadas por sus piernas. Las prendas, totalmente mojadas, se hundieron, atorándose más tarde en algún coral. Bill reanudo su nado. Había perdido tiempo y ventaja, lo sabía. Y aún podía oír a Queensland detrás de él, lo que significaba que el tiburón había hecho su elección.

Una sombra oscura comenzó a verse a la derecha del rubio. La aleta del tiburón apareció sobre la superficie de nuevo y se dirigió hacia él. Un grito de desesperación salió de sus labios, haciendo que tragara un poco de agua. La sal le abrazó la garganta y le provocó un ataque de tos al entrar a sus pulmones. Era el fin, lo sabía. No dejó de bracear aunque era inútil de todas formas. No iba a rendirse por mucho que el tiburón estuviera a punto de conseguir lo que siempre quiso. Sintió algo rozar su pierna y cerró los ojos, despidiéndose de todo. Un solo pensamiento estaba presente en su mente: Tom…

Esperó sentir dolor, pero en cambió solo podía reconocer las ondas del agua chocando con su pecho. Abrió los ojos y miró hacia las profundidades. Su corazón se detuvo por un momento al ver al tiburón rozar de nuevo su pierna y dirigirse hacia el horizonte. Subió la vista. Ahí a unos cuantos metros estaba Robert pataleando sin siquiera dirección alguna. Su cerebro le decía que siguiera nadando, pero la sal, a la que no estaba acostumbrado ya le había nublado la vista.

– Ha… – No podía creerlo. Su único enemigo hasta el momento había decidido dejarle en paz, e ir tras su cazador.

Sacudió la cabeza para quitarse esa expresión de estupefacción. Dio la vuelta hacia la costa, que no estaba ya lejos y siguió nadando. Minutos más tarde sus brazos alcanzaron la zona rocosa que procedía al «pantano», del que había salido escopetado, un rato antes. Miró a Queensland y sintió un poco de pena por él. No podía defenderse, estaba ciego.

La aleta se hundió y segundos después Robert también, con un grito ensordecedor. El agua e revolvió, dejando blanca espuma mientras lo hacía. El mayor no subió de nuevo. El azul turmalina se tornó rojo carmín, que la corriente se encargó de disolver momentos después.

Bill frunció el ceño y apretó los labios. No quería que eso pasara realmente. No lo quería ver muerto, solo inmovilizado. Suspiró y corrió de nuevo con dirección a casa. Del capitán no supo nada. Lo había perdido de vista al iniciar el chapoteo y no se le veía por la costa. No se tomó la tarea de buscarlo, solo quería ir a casa.

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– ¡Tom! – gritó antes de entrar. Apartó la cortina que hacía las veces de puerta y se quedó frío al observar a su gemelo de pie, temblando y sudando. Parecía que hubiese hecho algo realmente arduo. Se acercó y pudo notar que también jadeaba. – ¿Tom estas bien? – miró su rostro. Parecía estar demasiado concentrado en algo. Ni siquiera le volteó a ver.

– No es nada. Estoy bien – le respondió secamente el mayor.

– ¿Seguro? – Extendió una mano y le tocó el hombro.

– ¡Dije que estoy bien! – Se sacudió con brusquedad. Mirándolo con fastidio. Se irguió por completo, suspirando al hacerlo.

– ¿Dónde están los niños? – el rubio volteó hacia todas partes, esperando encontrarlos por ahí.

– Se escondieron… Vanessa fue tras ellos – había un sentimiento escondido en su voz, que Bill no supo reconocer. El moreno fue hasta una de las paredes y tomó una de las lanzas que ahí descansaban. – Debemos ir por ella – no le miró más. Simplemente salió y corrió hacia el norte. El rubio frunció el ceño, confundido, pero tomó rápidamente otra arma y siguió a su amante.

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David corría por la selva. Sus rubios rizos brincaban sin control. Gordon se abrazaba a él como un koala y miraba a los lados, totalmente confundido. Comenzó a desacelerar. Esa parte no la conocía. Siguió andando lentamente por un rato, buscando orientarse. Pasó debajo de tronco inclinado y atravesó una serie de helechos. Ese lugar era muy peculiar. Miró a su alrededor, inspeccionando cada cosa. De los árboles colgaba algo que parecía madera blanca con formas extrañas. Se volvió y se encontró cara a cara con un rostro enorme de piedra. Alzó ambas cejas y se fue acercando poco a poco. La roca tenía enormes manchas rojas y el pequeño se preguntó de qué estarían hechas. Paseó la mirada por el lugar y a su derecha divisó una cueva. ¡Ahí podría esconderse! Caminó en su dirección.

– ¡Hey!

Una voz femenina llamó su atención y lo hizo volverse. Vanessa se recargaba en uno de los árboles. Tenía aspecto cansado. Sudaba mientras recuperaba la respiración. Llevaba un cuchillo en la mano.

– ¿A dónde vas, niño? – sonrió y fue acercándose. David apretó a su hermano contra sí y retrocedió unos pasos. – ¿No están tus papis? – cuestionó juntando las cejas y haciendo un puchero. Pero luego su sonrisa volvió, cínica. – Por supuesto que no están – encogió los hombros. – ¡Están muertos! – le gritó, avanzando un poco más.

– ¡No es cierto! – respondió el menor con expresión de angustia.

– Oh, créeme, lo están – asintió enérgicamente. – Pero antes de morir, tu padre, Tom, me dijo que debías darme a tu hermanito, para llevarlo conmigo y salvarlo – sonrió tratando de ganarse su confianza. Guardó el cuchillo en su cinturón.

– ¡No es cierto! – Por su infantil mente pasaron de nuevo las palabras de su padre. Le había dicho que se escondiera y que iría a por ellos. – No le creo – frunció el ceño y apretó sus labios. – Y no le daré a mi hermanito – sacó su lengua.

Vanessa abandonó su papel y frunció lo labio con rabia.

– ¡Dame al maldito niño! – se abalanzó sobre el pequeño, que intentó huir, pero ella fue más rápida. Lo tomó del hombro y lo volteó bruscamente. Tomó a Gordon y comenzó a tirar de él descuidadamente. A consecuencia el bebé estalló en llanto.

– ¡Dámelo!

– ¡No!

– ¡He dicho que me lo des!

Dos lanzas pasaron silbando a ambos lados de la cabeza de la chica, una a cada lado. Fueron a estrellarse contra la roca, haciéndose trizas. Vanessa abrió los ojos con sorpresa y se irguió, soltando al niño. Tanto ella como David prestaron atención a las figuras que estaban frente a ellos.

Bill miraba en silencio, con expresión dura y reprobatoria a la chica. Tom por su parte fruncía el ceño, los labios y apretaba los puños con rabia.

– ¡¡Aléjate de mis hijos… maldita perra!! – bramó airadamente. Por un momento ella expresó su miedo. Rato antes había visto al moreno tan débil e indefenso y ahora… – ¡Te dije que si te atrevías a ponerles una mano encima te mataría! – amenazó, avanzando. Bill miró a su gemelo con sorpresa, tanto porque no sabía nada sobre el asunto, como también porque no dudaba que el moreno lo hiciera.

La menor sonrió sarcásticamente y en un movimiento rápido los papeles se invirtieron. Tomó a Gordon de los brazos de un distraído David y colocó el cuchillo en su garganta.

– ¡Aléjense! – gritó. La mano con la que sostenía el arma temblaba, amenazando la vida del pequeño.

Los gemelos abandonaron sus expresiones duras y las cambiaron ipsofacto por unas asustadas y nerviosas. David corrió al lado de sus padres.

– Vanessa… no – pidió el rubio.

– ¿No? ¡No! – Frunció el ceño y mostró los dientes. – Dije que yo ganaba. Yo siempre gano – aseguró, con la mirada pirada y asintiendo sobreactuadamente. – No quisiste acostarte conmigo ¿no, Bill? Pues esto es mi jugada final. Me llevaré a tu hijo y haré de él lo que me plazca – anunció mientras iba retrocediendo.

– ¿Realmente crees que tu padre te deje?

– ¡Eso no importa! Basta con que me acueste con alguno de esos marineros para que me lleven primero al barco. Me lo llevaré hagan-lo que-hagan. Eso sí se quedan quietos ambos, ¡porque de no ser así le abriré la garganta aquí mismo!

Ambos torcieron los labios, impotentes. Tom apretó los puños hasta que los nudillos se volvieron blancos.

– Adiós – dijo y fue retrocediendo cada vez más, aunque lo hizo lentamente.

Un cambio de expresión de los gemelos la hizo dudar. Miraban detrás de ella con gran sorpresa e incredulidad también. Estudió sus rostros, confundida. Incluso el pequeño se había quedado helado mirando detrás de ella. Parecía que hubiera visto un fantasma.

Cuando estuvo a punto de virarse, su espalda chocó con algo puntiagudo que le hizo un poco de daño. Brincó hacia delante y se volvió. Su aliento la abandonó cuando se topó con un hombre de tez oscura, bastante más alto que ella. Mirándola con furia y empuñando una lanza de punta de piedra.

Un movimiento a su derecha captó su atención y se giró. Más hombres salían de la selva, mirándola con el mismo odio pintado en sus rostros y sosteniendo más lanzas.

– ¿Qué…? ¿¡Qué está pasando!? – gritó y miró a los chicos, que sonreían levemente.

– Creo que no te dijimos que teníamos amigos aquí – dijo Bill, sonriendo. – Ahora dame a mi hijo – se puso serio y extendió los brazos.

Ella observó a cada hombre. Para ese punto estaba rodeada de aborígenes.

– No… ¡No lo haré! – Apartó la hoja del cuello y apuntó a uno de los hombres. Comenzó a dar vueltas, amenazando a cada uno.

Uno de aquellos sujetos frunció el ceño y le gritó algo ininteligible. Otro le siguió y después todos le gritaban la misma cosa: Homai te tamaiti, visiblemente enojados. Señalaban a Gordon y luego a Tom.

– ¿Q-qué están diciendo? – no dejaba de dar vueltas.

– ¿No es obvio? Quieren que le devuelvas el niño a su padre. Dánoslo y no saldrás herida.

Tom la miraba con el ceño marcado y mueca de repugnancia.

Vanessa gruñó y movió el cuchillo de un lado a otro, intentando herir a alguien. Los hombres dejaron su charla y reforzaron el agarre a sus lanzas. Uno de ellos, que llevaba el rostro pintado alzó el arma, apuntando hacia ella. Los demás hicieron lo mismo segundos después. Ella los miró asustada, era claro. Temblaba y no dejaba de verlos con los ojos anegados en lágrimas, las que habían aparecido en cuando se supo morir.

Bill y Tom se pusieron un tanto nerviosos. Si ellos decidían empalarla todos a la vez indudablemente Gordon caería con ella.

Los hombres movieron sus lanzas hacia atrás para tomar impulso… y arremetieron contra la mujer.

– ¡NO! – el gritó de Vanessa detuvo las lanzas antes de que llegaran a hacerle daño. Las lágrimas cayeron por sus mejillas. Soltó el cuchillo. Temblaba furiosamente. Tomó al bebé por debajo de los brazos y se lo tendió a Bill.

El rubio lo tomó y lo acunó contra su pecho de inmediato. Cerrando los ojos y suspirando de alivio.

– ¡Espera! – exclamó Tom y tomó el cuchillo del cinto del rubio, quien había olvidado que lo llevaba encima. Se acercó a Vanessa, que lo miró con miedo.

– ¡Tom, no! – le gritó Bill.

– Bonita – fue lo único que dijo el moreno. Sonrió, haciendo que ella se relajara un poco… Entonces levantó el cuchillo y lo deslizó horizontalmente con rabia.

– ¡¡Aahh!! – Vanessa vociferó con dolor y se llevó las manos al rostro. Sangraba. – ¡Maldito! – levantó el rostro y todos pudieron ver lo que Tom había hecho.

Por su mejilla izquierda cruzaba una herida lo suficientemente profunda como para dejarle una cicatriz. No iba a ser más «bonita».

– ¡Lárgate antes de que te mate en serio! – le gritó el moreno a la cara.

Ella solo bramó una vez más y salió corriendo.

David se abrazó a Bill, que lo cargó fácilmente. Tocaba agradecer a aquellos hombres.

Ambos asintieron una vez, incapaces de agradecerles en su idioma. El sujeto que llevaba la pintura les regreso el gesto y los echó con un ademan de mano, sonriéndoles. Todos los demás asintieron y sonrieron. Se dieron la vuelta y desaparecieron.

Bill le sonrió a Tom, pero borró la expresión cuando se percató de que este no sonreía. Estaba por preguntarle qué le sucedía, pero el moreno tomó a Gordon de sus brazos y se adelantó, dirigiéndose a casa. El rubio frunció el ceño con intriga, pero lo siguió.

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Vanessa llegó corriendo a la costa. El capitán estaba ahí sujetando su gorro con fuerza. Parecía preocupado.

– ¡Padre! – gritó, al llegar a su lado. Se lanzó a sus brazos y sollozó fingidamente.

– ¡Vanessa! ¿¡Qué te sucedió!? – Ella estuvo a punto de quejarse pero su padre la interrumpió. – ¿Has visto a Bill? Dime que sí, he estado buscándolo. Queensland arremetió contra él y los perdimos en el lodazal.

– ¡Padre! – Exclamó enojada. – ¿¡Estoy herida y te preocupas por ese imbécil!? – se separó bruscamente.

– No es de gravedad, cariño – le dijo como si fuera lo más obvio del mundo. Acostumbrado ya a su dramatismo.

– Pero… ¡Pero fue ese idiota quien lo hizo!

– ¿Bill? – cuestionó el capitán realmente escéptico antes las palabras de su hija.

– ¡Sí, él! ¡Debes hacer algo! ¡Debes arrestarlo! ¡Debes…!

– Ahora mismo haré algo – contestó, serio.

– ¿En serio? – una sonrisa apareció en su rostro.

– Sí… pediré que te lleven al barco de inmediato. ¡Gibbs! – llamó a un marino, ante la atónita mirada de Vanessa.

– ¿¡Qué!? ¡No! ¡Te estoy diciendo que…!

– No te creo – sentenció, encarándola. – Lo siento, pero no lo hago.

Ella lo miró, incrédula y lo empujó lejos con rabia.

– ¡Eres un estúpido, como todos aquí! – refunfuñó mostrando los dientes. Fue hasta uno de los botes y se subió, cruzando los brazos cuando lo hizo.

– Gibbs, llévatela. ¡Llévatela ya! – negó, controlando el impulso de aplicarle un correctivo ahí mismo.

El tipo, que era el que había intervenido primero antes por Bill, fue hasta la embarcación con expresión agria. Tendría que aguantar el mal humor de la señorita todo el camino hacia el barco.

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Poco tiempo después, los gemelos llegaron a la cabaña. Tom se quedó a tranquilizar a los niños, mientras Bill bajaba a hablar con Jacob. Sobre todo tuvo que calmar a David (Gordon se había quedado dormido al ser arrullado), que cuestionaba por qué esa mujer había querido hacerle daño a su hermanito. Y por qué ese hombre también había herido a sus papis. La explicación no fue fácil, aunque Tom trató de resumirlo en que así como había personas buenas en el mundo; como ellos, el capitán, los marineros y «los del norte», como decidió llamarlos de ahora en adelante; también existían personas malas, como Queensland y Vanessa.

David respondió que no quería salir al mundo exterior, pero que si debía hacerlo algún día, haría lo posible por encontrarse solamente con gente buena. Tom sonrió y le sugirió dormir un poco, después de todo podría despertar justo para la comida. También le prometió darle lecciones de lectura y escritura como lo habían propuesto desde hace un par de días. El niño aceptó feliz y fue a su habitación acompañado de su padre, después de que éste acomodara al menor en su cuna. Tom tarareó una canción para David mientras acariciaba sus dorados rulos, y este no tardó en quedarse dormido. Con un suspiro, el mayor salió de la habitación y fue a encontrarse con su gemelo.

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Cuando Tom llegó a la costa, el bote que llevaba al capitán ya se alejaba. Sacudió una mano en señal de despedida, la misma que le regresó alegremente el mayor. Pasó detrás del rubio y se sentó sobre una de las hamacas.

Bill sacudió la mano repetidas veces con una sonrisa. El capitán había sido de su agrado y aunque había estado en peligro él, su gemelo y los niños, finalmente no había sucedido nada malo… O eso creía él. Cuando fue difícil observar ya si Jacob respondía o no al saludo, dejó de hacerlo y se volvió hacia el moreno. Caminó hasta él. Aun podía ver a Tom un tanto extraño.

– ¿Estás bien? – El mayor lo miró con los ojos aguados, provocando sorpresa en el otro.

– Estoy bien – respondió fríamente. – Siempre soporto bien las tormentas ¿no? – afiló la mirada.

– Sí… es cierto – le dio la razón, visiblemente incómodo.

– El capitán dijo que saldría de la bahía al amanecer – cambió de tema, desviando la mirada.

– Yo creo que es Vanessa la que quiere partir al amanecer – le miró acusadoramente, exigiendo una explicación a todo lo sucedido.

– Ella no me interesa – se inclinó y tomó las orillas de la tela de la hamaca para darse apoyo. – Creo que lo dejé claro allá arriba. No me interesó desde que vi su verdadero rostro. Tú y los niños son lo más importante en mi vida – extendió una mano y acarició su rodilla.

– Ja – dejó salir una risa amarga. Apartó la mano del mayor y se levantó. Aguantaba las ganas de llorar solamente porque había una última cosa que decir.

– ¿Qué es lo que te sucede? ¡Estamos a salvo! – Frunció el ceño con fastidio. No comprendía por qué su gemelo tenía que actuar así. – No sucedió nada malo.

– ¡No! – Gritó el mayor abriendo los brazos. – No… Supongo que para ti realmente no sucedió nada malo – se cubrió los labios con el dorso de la mano y las lágrimas que luchaban por salir finalmente lograron su cometido.

– ¡Dime que sucede! – comenzaba a enojarse.

– ¡Mira a tu alrededor, Bill! – volvió a extender los brazos y dio una vuelta en su lugar. – ¿¡No ves lo que pudo haber sucedido!?

– No, no lo veo – negó, necio. Cada vez le costaba más no responderle a gritos.

– No lo ves… ¡Pues te diré lo que pudo haber sucedido! Después de haberte follado a esa zorra, habrías llegado a la casa y me habrías encontrado llorando ¡Ni siquiera habrías preguntado qué me sucedía! ¡Habrías dicho! «¿Todavía sigues llorando por lo mismo? Por favor, para.» ¡Y eso no es lo peor! «Tom, acabo de decidir que quiero ir con ellos. No llevaremos a los niños». Y después de negarme no habrías escuchado razones. «Como quieras» hubieras dicho… y te los habrías llevado. Dejándome solo… Y no tan solo, porque si ese tipo se corría en mi interior, nueve meses después habría muerto con un bebe dentro mío. ¿¡Es eso lo que no ves!? – vociferó, llorando.

– ¡Yo no habría hecho eso! ¡Además todo salió bien! Quizá estuvieron a punto de matar a uno de nuestros hijos, ¡pero no sucedió na…! – Fue interrumpido por otra risa sarcástica.

– ¿Recuerdas… recuerdas que me dijiste hoy por la mañana que no había desayunado? – No le miraba y supo que la respuesta era afirmativa cuando el menor calló. – ¡Pues tenías razón! ¿Quieres saber el motivo? – miró al rubio y esta vez era él quien había bajado la mirada. Una vez más el silencio le otorgó el «sí». – Durante toda la semana me había sentido mal – comenzó a explicar y ganó la total atención del rubio. – El desayuno de ayer y hoy los vomité. No quería que fuera verdad, pero por la noche estaba seguro. Iba a decírtelo ayer mismo, después de vomitar la cena pero… – Bill recordó la escena del baile y lo que dijo después. Se formó un nudo en su garganta. Sus ojos se nublaron – También quería decírtelo hoy después de vestirme y ponerme esta cosa – tocó la pieza ligeramente. – ¡Pero…! – Las lágrimas salieron más rápido y su voz se quebró. Trató de limpiarlas rápidamente. – Dices que no mataron a ninguno de nuestros hijos… Déjame decirte que estás terriblemente equivocado – anunció entrecortadamente mirándolo a los ojos por primera vez.

Bill lo veía boquiabierto. El golpe. Recordó el golpe y como Tom había caído de rodillas. Se había ido dejándolo así y al regresar incluso le preguntó si estaba bien al verlo sudando y temblando, claramente dolido. Aseguraba que sus hijos estaban bien… pero no era nada cierto. No fue como si algo dentro de sí se rompiera, más bien fue como si algo desapareciera, dejándolo vacío y provocándole más dolor que si su corazón de hubiera roto. Una lágrima corrió por su mejilla izquierda.

– Tom…

El moreno negó y sacó algo de un lado de su prenda inferior. La sujetó con fuerza por un segundo y luego se la tendió. No podía ver que era al estar atrapada en el puño del mayor. Extendió el brazo titubeando.

– Tómala – dijo Tom. – La encontré en el piso de la casa. Debió habérsele caído cuando peleaban. – Entonces supo qué era y dudó de verdad sobre sí debía aceptarla. Más lágrimas descendieron por su rostro. Si la aceptaba… – ¡Tómala! – gritó y avanzó el espacio que los separaba. Tomó la mano del rubio y depositó a la fuerza la perla que antes llevaba como anillo, símbolo de su compromiso. Cerró el puño del rubio sobre la pieza y lo miró a los ojos. Le soltó, contemplando como Bill se derrumbaba con esa «despedida». Tom bajo la mirada, se dio la vuelta y corrió a la casa.

El rubio se quedó ahí de pie, con la luz del sol, que aún no alcanzaba su cenit, quemándole la piel. Se sentía vacío. Completamente vacío. Las lágrimas corrían libremente por su cara y no estaba por la labor de detenerlas. Lo merecía. Ya una vez había abandonado a su alma gemela y había resultado con éste al borde de la muerte. Le había sido dada otra oportunidad y él la había rechazado por completo al romper todo. No solo había herido los sentimientos de Tom, sino que había sido del culpable de que un nuevo bebé llegara a sus vidas… Él no lo había hecho, pero por él todo había iniciado. Si hubiera estado con Tom en lugar de con Vanessa aquello no habría sucedido. Todo habría acabado y ellos estarían festejando… Pero no. Era su culpa. Solamente su culpa. Y tendría que cargar con ella por mucho, mucho tiempo.

Continúa…

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por novaficacci

Escritora del Fandom

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