
Fic hetero de Heiligtkt483
Capítulo 3
By Tom
—Mañana comenzaremos a empaquetar todas nuestras cosas —le expliqué a mamá.
—Pero Los Ángeles está muy lejos de Alemania —dijo nuestra madre con tristeza— No sé si sabré acostumbrarme sin que estéis por aquí cerca. Cuando os vais de gira los meses pasan rápido, y luego ya estáis de regreso a Alemania, pero ahora estaremos separados por mucha distancia.
—Mamá entiende que es lo mejor para nosotros, y para todos —le dije de nuevo con tristeza— Es la única forma de encontrar un poco de paz, entre tanto caos que se ha formado alrededor de nosotros.
—Lo sé hijo… —susurró mamá— Pero me entristece tanto que no estéis cerca de nosotros. Os voy a extrañar mucho.
—También os extrañaremos, mamá —le dije para luego abrazarla.
—Me has mentido… —la voz de mi hermana Naia hizo que terminará el abrazo con nuestra madre. Sus ojos estaban cristalinos, a punto de humedecerse. Segundos después salía de la cocina corriendo.
—¡Mierda…! —musité enfadado— Naia espera… —la llamé saliendo de la cocina detrás de ella. Sé que había roto la promesa que le había hecho, pero era por su propio bien. Sólo lo hacía para protegerla.
Mi hermana no hizo caso a mi llamado, y subió las escaleras rápidamente. Subí las escaleras tras de ella, para luego escuchar como cerraba la puerta de su habitación con un gran portazo. Me quedé quieto detrás de la puerta, para luego escuchar unos sollozos. Me sentí morir al escucharla llorar, no quería hacerle daño, solo quería protegerla. Nada más… Abrí la puerta de su habitación, sin pedir permiso. Mi pequeña se encontraba tumbada en la cama, llorando compulsivamente. Se me partió el alma a verla así.
—Nai… —susurré acercándome a ella. Sentía como se me formaba un nudo en el estómago.
—Me mentiste… —susurró a la vez que se levantaba de su cama, para fijarse mejor en mí. Sus ojos estaban completamente rojos— Dijiste que nunca me ibas a abandonar, que nunca te alejarías de mí.
—Pequeña… —musité a la vez que intentaba acariciarle su mejilla sonrojada y así poder limpiarle las lágrimas que caían traviesamente por esta.
—Te odio, Tom… —me dijo a la vez que se ponía a llorar más intensamente.
—Lo siento, princesa —le dije con culpa— Yo solo quería protegerte.
—No quiero que te vayas, Tom —me suplicó— No quiero que me abandones…
—Lo siento peque, pero no hay más remedio —le dije a mi hermana con pena.
—¿Puedo irme con vosotros? —preguntó con tristeza, a la vez que por sus ojos azules como el cielo salían unas tímidas lágrimas.
—Naia no puedes venir con nosotros —le respondí con dolor. Ojalá pudiera llevármela conmigo, pero ella tenía que estar con mamá aparte estaban las visitas que tenía que hacer en Hannover a junto de nuestro padre, y después su enfermedad. No era el momento apropiado para llevárnosla a vivir a Los Ángeles.
—¿Por qué? —me preguntó de manera insistente.
—Tienes que quedarte con mamá —le dije— Tienes que cuidar de ella, mientras nosotros no estemos aquí.
—No es justo… —se quejó para luego seguir llorando sobre su cama.
—Nai… —susurré de nuevo.
—Vete… —musitó entre sollozos— Déjame sola…
Salí de su habitación con tristeza para meterme en la mía. ¿Por qué la vida tenía que ser tan injusta? ¿Por qué por culpa de esas stalkers tenía que alejarme de mi familia? ¿Por qué tenía que abandonar a mi pequeña princesa? No quería alejarme de mi hermana pequeña en ningún momento. El dolor había asolado mi corazón, pero era la única opción para que ella pudiera vivir una adolescencia tranquila sin ser el foco de fotógrafos. No quería esa vida para mi hermanita pequeña. No quería que la corrompieran como me había pasado a mí. Por eso, mi decisión de alejarme de todos y todo. Ser anónimo de nuevo, sin ser el objetivo ni de la prensa, ni de los paparazzis.
Nuestra última cena con nuestra familia fue silenciosa. Naia tenía los ojos rojos e hinchados por haber estado llorando durante toda la tarde. A nuestra madre se la veía triste al igual que a Gordon. La cara de mi hermano Bill también representaba tristeza, y la mía mostraba una impotencia tremenda. Al día siguiente tendríamos que preparar nuestras maletas, para luego irnos hacia un lugar desconocido para nosotros. Donde nadie nos conocía y así poder conseguir una identidad anónima. Disfrutar de la vida sin los focos de la fama.
No dormí nada en toda la noche. Me la pasé dando vueltas en la cama. Me sentía súper inquieto. Me levanté de mi cama, para ir a beber un vaso de agua a la cocina. Salí de mi habitación para luego caminar por el pasillo, hasta llegar a las escaleras. La casa estaba completamente silenciosa. Entré en el interior de la cocina, para luego acercarme a la nevera y coger la botella de agua. Cogí un vaso y vertí un poco de agua en él. Me bebí el agua para luego poner el vaso sobre el fregadero. Luego salí de la cocina, y me dispuse a subir de nuevo las escaleras de regreso a mi habitación. Iba a ingresar en mi habitación, cuando escuché unos sollozos de la habitación de mi hermana. Mi princesa seguía llorando desconsoladamente porque me iba. Abrí la puerta de su habitación, y me la encontré echa un ovillo en su cama, mientras que por sus ojos seguían saliendo lágrimas cristalinas.
—Naia… —me acerqué a ella para luego abrazarla. Su pequeño cuerpo enseguida se acopló al mío, enterrando su pequeña cabecita en mi pecho.
—No te vayas… —me volvió a suplicar a la vez que sus lágrimas mojaban mi pecho desnudo— No me dejes sola… Te extrañaré muchísimo…
—Yo también princesa —le respondí a la vez que con mis dedos pulgares limpiaba sus lágrimas que caían traviesamente por sus mejillas.
—Te quiero… —susurró a la vez que se abrazaba fuertemente a mí, podía notar como su pequeño cuerpo comenzaba convulsionar, como temblaba entre mis brazos. Mi hermana Naia y yo habíamos sido siempre muy unidos desde pequeños, y ahora mi pequeña lo estaba pasando muy mal con mi próxima partida. Rompió mi abrazo para luego mirarme a los ojos, para luego depositar un tímido beso en mi mejilla— ¿Me llamarás por teléfono todos días? —preguntó.
—Por supuesto —le respondí a la vez que me acomodaba mejor en su cama. Ambos estábamos tumbados en la cama de ella. Su pequeño cuerpo se abrazó al mío.
—Me lo prometes —me dijo mirándome seria.
—Sí, te lo prometo —le contesté— Te llamaré todos los días.
—Oh Tomi… —sonrió levemente mi hermanita para luego abrazarse otra vez fuertemente a mí. Los dos nos fuimos quedando dormidos, por el cansancio que teníamos acumulado. Ella por estar casi todo el día llorando, y yo por verla sufrir.
Abrí los ojos desorientado. La luz tenue del sol se colaba por la ventana. Miré a mi alrededor dándome cuenta que me hallaba en la habitación de mi hermana pequeña. Sus brazos pequeños estaban alrededor de mi cintura y su respiración era calmada y acompasada. Parecía un angelito caído del cielo. Me entristecí al darme cuenta que pronto ya no estaría cerca de ella, que no la podría ver crecer, que la iba a dejar sola en la etapa más difícil de su vida. En su adolescencia…
Me levanté de su cama, tratando de que no se despertara. Luego salí de la habitación en silencio. Entré en el interior de mi habitación. Busqué una muda de ropa interior limpia, una camiseta y unos pantalones. Después salí de mi habitación en dirección al baño. Necesitaba darme una ducha y relajarme un poco. Hoy sería un día bastante agotador, y tanto mi hermano como yo teníamos que acabar de hacer nuestras maletas y acabar de empacar algunas cosas más. En la noche, cuando todo estuviera más tranquilo en el aeropuerto, nos iríamos. Habíamos alquilado un avión privado para volar de forma clandestina a Los Ángeles y así nadie supiera de nuestro inesperado viaje. Me metí en la ducha, y dejé que el agua templada mojará mi cuerpo. Minutos después salí de la ducha, para secarme con la toalla, y después anudarla alrededor de mi cintura. Salí del baño y me dirigí nuevamente hacia mi habitación para acabarme de vestir.
—Tomi… —estaba por quitarme la toalla, cuando escuche la puerta de mi habitación entornarse un poco. La cabecita de mi hermana pequeña se dejó ver— Me dejaste sola… —se quejó.
—Naia ahora no… —le dije sin darme la vuelta, no quería me viera medio desnudo— Estoy vistiéndome —demasiado tarde… Ella ya había entrado en mi habitación, sus pequeños brazos rodeaban mi cintura. Sentí como apoyaba su cabeza en mi espalda, a la vez que su suave piel acariciaba mi espalda desnuda— Naia…
—¿Te acuerdas cuando mamá nos bañaba a los tres juntos en la misma bañera? —preguntó mi hermana a la vez que ahora se sentaba sobre mi cama mirándome de frente.
—Sí me acuerdo… —sonreí ante ese recuerdo. Apenas éramos unos mocosos de ocho años, y ella tendría unos tres años.
—A veces extraño pasar más tiempo con vosotros —susurró mi hermana con tristeza— Desde que sois famosos, apenas tenemos tiempo para estar juntos y ahora… Ahora os vais a ir y me dejareis de nuevo sola…
—Naia… Te prometí que te llamaría todos los días —le susurré agachándome a su altura.
—Pero no será lo mismo porque no te tendré a mi lado todos los días —volvió a decir— Cuando éramos más pequeños, todo era mucho más fácil y más divertido…
—Todo el mundo crece, Nai —le susurré. Ahora era un chico de diecinueve años no era un niño de ocho años. Claramente en todos esos años había madurado. Estar constantemente en la carretera, y tener que valerse uno por sí mismo, sin que mamá estuviera con nosotros hizo que mi hermano y yo maduráramos a pasos agigantados— Cuando tengas mi edad lo entenderás —le sonreí a la vez que le acariciaba su mejilla.
—Te extrañaré mucho —dijo nuevamente a la vez que se lanzaba abrazándose de nuevo a mi cuerpo, haciendo que ambos cayéramos sobre el suelo. Ella encima de mí, y yo debajo de ella con tan solo la toalla puesta, mientras intentaba por todos los medios que no se me viera mis partes íntimas. No me parecía muy agradable que mi hermana me las vieras, sobre todo porque es una niña y no quiero que se pervierta demasiado pronto.
—Nai… cuidado —le dije cuando se movió sobre mí, y ligeramente se subió un poco la toalla.
—Lo siento… —susurró mi hermana bajando la cabeza completamente avergonzada, a la vez que sus mejillas se tornaban rojizas, a causa del sonrojo ocasionado.
—¿Ahora me puedes dejar vestirme? —le pregunté a mi hermana. De hecho, que me estaba quedando un poco congelado, porque la temperatura de mi cuerpo había disminuido después de la ducha que me había dado. Necesitaba ponerme la ropa urgentemente— Después seguimos hablando, vete a vestirte —mi hermana llevaba solo puesto su pijama.
—Está bien —sonrió para luego morderse el labio inferior con sus dientes. La vi nerviosa. Sin darme tiempo a reaccionar, me dio un pequeño beso en mi mejilla, pero cerca casi de la comisura de mis labios. Fue una sensación rara— Nos vemos después —se levantó de encima de mí, y corrió hacia la puerta de mi habitación. Finalmente abrió la puerta y salió de esta, dejándome solo de nuevo.
Me levanté del suelo, y cogí mis bóxers que estaban encima de mi cama. Después me quité la toalla que estaba enrollada alrededor de mi cintura, para luego ponérmelos. Cogí los calcetines y me los puse para después ponerme los pantalones. Por último, me puse mi camiseta. Arreglé mis trenzas para que cayeran sobre mi espalda, para luego salir de la habitación. Bajé las escaleras, para luego ingresar en el interior de la cocina y prepararme una taza de café bastante cargado. Mientras tanto me preparé un par de tostadas para llevarme algo a mi estómago. Vertí un poco de café en mi taza, para luego sentarme tranquilamente a saborearlo.
—Buenos días hijo —me saludó mi madre que en ese mismo momento entraba por la puerta de la cocina— ¿Qué tal has dormido?
—Bueno más o menos —respondí— No he dormido mucho, ya sabes… No he podido dejar de pensar en todo.
—Oh cielo… —dijo mamá acercándose a mí— Me apena tanto que tu hermano y tú os tengáis que iros…
—A mí también me da mucha pena, mamá —le dije con un nudo en la garganta— Te echaré de menos, a lo mismo que Gordon y a Naia… Ella lo está pasando muy mal —dije con culpa. Yo era el causante de su dolor.
—Lo sé… —susurró mi madre— Tu hermana siempre ha estado muy unida a ti —me sonrió— Porque os lleváis varios años de diferencia, sino podría decir que es vuestra hermana gemela pérdida… —sonreí antes sus palabras. Claramente, Bill era mi gemelo y teníamos una relación muy especial que era inquebrantable, pero con Naia no sé… era todo distinto la conexión que tenía con ella, era mucho más mayor que la que tenía con mi gemelo.
—La echaré de menos en todo este tiempo que estemos alejados de vosotros —susurré con pena— Me hubiera gustado que las cosas fueran de otra forma, que Bill y yo no tengamos que huir como unos delincuentes, solo para poder protegerlos de toda esta mierda que nos rodea…
—Hijo no te culpes —trató mamá de tranquilizarme— Tú no pudiste prever esto.
—Lo sé… —musité— Pero de todas formas me siento muy miserable por alejarme de vosotros.
—Hijo tómatelo como unas vacaciones largas —dijo mi madre a la vez que me acariciaba mi mejilla— Supongo que pasado un tiempo podréis regresar, sin sentir esa presión mediática en la que estáis sumidos.
—Espero que sea así… —susurré— No podría estar demasiado tiempo alejado de vosotros.
Acabé de desayunar. Pocos segundos ingresó mi gemelo en el interior de la cocina con cara de dormido. Sus ojeras estaban demasiado marcadas, él al igual que yo no había dormido bien por la noche. La mañana fue bastante ajetreada. Estuvimos metiendo en cajas cosas de mano que nos habíamos llevado a la casa de nuestra madre, y que deberíamos de llevar a Los Ángeles. Nuestra hermana Naia nos miraba con tristeza. Sus ojos estaban completamente rojos. Me dolía tanto verla así. Por la tarde después de haber hecho un descanso para comer algo, nos pusimos a acabar de hacer nuestras maletas. El vuelo privado que teníamos contratado saldría a partir de las doce de la noche, así que deberíamos estar como una hora antes para poder facturar y que se subiera todo en el avión. Cada vez que las horas avanzaban, yo iba sintiendo una opresión más en mi corazón. Sentía como que poco a poco el aire de mis pulmones se iba desvaneciendo.
Cuando llegó la hora de irnos, nuestros padres nos ayudaron a meter nuestras maletas y algunas cajas en su coche. La noche ya había caído era fría y oscura, perfecta para huir clandestinamente. Sin ser vistos en la oscuridad de la noche. Subimos al interior del coche de nuestros padres. Primero, Naia quedando al lado de la puerta derecha del coche, después me senté yo y finalmente se sentó Bill. El coche arrancó en dirección al aeropuerto. El silencio era bastante incomodo, podía ver como por las mejillas de mi hermana Naia le caían unas tímidas lágrimas. Le pasé mi brazo derecho por encima de sus hombros para atraerla hacia mí. Deposité un beso sobre su pelo dorado, para luego apoyarse contra mi pecho cerrando sus ojos. Estuvimos durante todo el trayecto que duró el recorrido al aeropuerto de esa forma. Finalmente llegamos. El coche de mi padre aparcó en el aparcamiento privado, para evitar gente chismosa. Salimos del coche, y cogimos un carrito para poner sobre este las maletas que había llevado. Después entramos en el interior del edificio del aeropuerto. El personal de seguridad nos estaba esperando, nos acompañaron a facturar nuestras maletas, para luego dirigirnos hacia la zona donde estaba el avión privado que habíamos contratado. Para nuestra sorpresa, y bastante grata, se encontraban Georg, Gustav, David y los demás chicos del equipo para despedirse de nosotros.
—Hola chicos —saludé a Gustav y a Georg con una pequeña palmada en sus espaldas— Hola David…
—No podíamos estar tranquilos si no veníamos a despediros —dijo Georg mirando a Tom— Te echaré de menos, ahora con quién me voy a meter…
—Dirás mejor con quién me voy a meter ahora yo —sonrió Tom.
—Mantendremos el contacto vía skype —dijo Gustav al gemelo mayor— No dejes que la diva se nos convierta en súper diva.
—No sé si ya estará en proceso de metamorfosis —respondí sonriendo.
Estuvimos un rato más hablando, hasta que finalmente los chicos se fueron para dejarnos despedir en intimidad de nuestros padres y nuestra hermana pequeña. El momento más doloroso había llegado, ahora sí que esto no tenía marcha atrás y definitivamente me debía despedir de mis padres, de mi dulce Naia.
—Hijos… —susurró nuestra madre.
—Mamá… —susurró Bill abrazándose a ella.
—Os echaré mucho de menos —dijo entre sollozos nuestra madre.
—También te echaremos de menos —le dije abrazándome también a ella. Las lágrimas querían salir de mis ojos en cualquier momento.
—Solamente espero que al lugar donde vais a iros estéis bien y relajados —volvió a decir mamá.
—Yo también espero eso… —susurré.
—Tomi… —escuché la voz dulce de mi hermanita susurrarme. Sus lágrimas recorrían sus mejillas copiosamente.
—Princesa… —susurré a la vez que la cargaba en mis brazos. Sentí como sus pequeñas piernas rodeaban mi cintura, para sujetarse mejor.
—No me dejes, Tomi —me suplicó a la vez que enterraba su cabeza entre mi cuello— No me abandones…
—Naia… —afiancé más mi abrazo en ella— Tengo que irme, princesa…
—Llévame contigo —me dijo llorando más intensamente a la vez que se abrazaba más fuertemente a mí.
—No puedo… —le susurré con tristeza— Pórtate bien y obedece a mamá —le susurré para luego darle un beso en su mejilla derecha.
Continúa…
Gracias por la visita y te invitamos a dejar un comentario.
