Notas: Esto es blasfemo, así que si eres una persona religiosa, pido perdón y mejor no lo leas, si no te incomoda esto, normal, sigue.
Día 26 del kinktober: Praise kink.
Tom se había entregado a Dios, sin saber que un huracán desataría toda una revolución en su vida, haciendo que se cuestione todo, incluida su fe.

One-Shot de Kasomicu
«Losing my religion»
Tom llevaba mucho equilibrio en su vida, se levantaba temprano, rezaba un rosario, hacía sus oraciones de la mañana, y luego se daba una ducha para poner las vestiduras y realizar la misa. Por la tarde cocinaba, almorzaba, y finalmente hacía ejercicio, porque en cuerpo sano, mente sana, y principalmente para ayudarle a desfogar…
No se quejaba de su vida, siempre guiaron sus acciones, su madre le dijo que él sería un sacerdote, y Tom nunca lo cuestionó, porque entendía que debía enderezar su vida, principalmente por el discurrir de sus pensamientos cuando era pequeño y conforme iba creciendo… Ya que Tom se fijaba más en chicos que en chicas, y aquello sería una abominación, sus padres se lo repitieron siempre, que la homosexualidad era una enfermedad, y eso hizo que Tom se sintiera culpable por los pensamientos y deseos que tenía, así que cuando su madre le dijo que sería sacerdote, lo consideró una excelente decisión, de ese modo simplemente se entregaría a Cristo y jamás tendría que pecar.
Pero su Dios era amor, y por eso fue entendiendo con el paso del tiempo, que en realidad la homosexualidad no era una enfermedad, sino que sus padres tenían un pensamiento muy arcaico, sin embargo, para ese momento Tom ya era un clérigo, por lo que pensó que era mejor así, ocultando sus deseos impíos en lo más profundo de su ser, manteniéndose célibe, y haciendo ejercicio para no pensar en cosas profanas, porque era pecado, que un sacerdote quisiera tener relaciones lo era, y más si se imaginaba cosas con hombres.
Así que Tom vivía a base de disciplina y rutina. Y no se quejaba, porque tampoco era como si se arrepintiese, amaba a Dios por sobre todas las cosas, y sentía que tenía la vocación de honrar su palabra y guiar al resto a encontrarla.
Pero parte de la labor de la Iglesia era apoyar a niños, madres y demás en situaciones de riesgo. Así que Tom estaba acostumbrado a ello, se llevaba muy bien con los niños, y era muy amable con la gente, muy querido por todos. Sin embargo, en esta ocasión estaba un tanto preocupado, porque había un desastre natural, el cual estaba azotando su ciudad, un huracán, y él tuvo la idea de que usaran las instalaciones de la Iglesia, y parte de la casa parroquial para que acogieran a las personas que no tenían dónde estar, o que su zona fuera peligrosa, así es como llegaron varias personas esa noche lluviosa.
Y Tom era quien les abría la puerta, recibiéndolos, el resto de voluntarios habían llevado colchones y mantas para que se echaran, ya estaban copados, sin embargo, el sacerdote era de corazón noble, por eso cuando era de madrugada, y la puerta sonó, de igual forma le abrió a pesar de que ya no hubiera espacio, y se quedó pasmado en la puerta, viendo al hombre que estaba allí.
—¿Puedo pasar, padre? Realmente no soy creyente en absoluto, sin embargo, no tengo dónde estar esta noche —habló el hombre, con una peluca rosa, barba, perforaciones en el rostro, y que lucía como un ángel caído del cielo… Como el mismísimo Lucifer.
—Claro, pase, hijo. Las puertas de la Iglesia siempre están abiertas para quien lo necesite —dijo Tom, y el hombre entró, tenía un andar algo femenino, y por su escasa ropa, fácilmente el sacerdote se hacía una idea de a qué se dedicaba el hombre, pero no lo juzgaba, no conocía su situación.
—Gracias, papi… —respondió el joven, guiñándole un ojo, haciendo que Tom se sonrojara.
La gente cuando vio al recién llegado lo miraron con desagrado, pero al hombre al parecer le daba igual, simplemente se sentó en una silla vacía, con las piernas cruzadas una sobre la otra, encogiéndose sobre sí mismo, tal vez por el frío.
El sacerdote fue por una manta, y se acercó a él.
—Tal vez te haga falta —ofreció Tom, extendiéndole la manta, y el hombre sonrió.
—Gracias —farfulló el de cabello rosa, recibiendo la manta, aunque rozó sus dedos con los suyos al hacerlo, consiguiendo que el sacerdote se estremeciera, sin embargo, no dijo nada, lo vio ponerse la manta encima, luciendo frágil con ella.
—¿Cuál es tu nombre, hijo? —cuestionó Tom, aunque fácilmente podrían tener edades similares, sin embargo, desde su posición de sacerdote tenía que hablarle así a todos los hijos del Señor, no porque precisamente lo hubiera llamado.
—Libertad —respondió con una sonrisa torcida.
—Uhmn, es un bonito nombre, pero no es tu nombre real, ¿o me equivoco? —interrogó Tom.
—Digámosle que es mi nombre de trabajo —masculló el hombre—. ¿Y cuál es el tuyo, papi?
—Padre… —corrigió Tom, sintiéndose nervioso nuevamente por la forma en que el muchacho arrastraba la palabra, y el chico rió, evidentemente lo estaba haciendo de manera intencional—. Soy el padre Tom Trümper —acotó, mirándole.
—Un nombre muy bonito, si me lo preguntas. Para un chico lindo como tú, papi —farfulló Libertad, con una sonrisa para luego relamerse los labios, haciendo que irremediablemente Tom se fijara en ellos, con sus perforaciones, y de algún modo el que le hablara de esa manera apreciativamente hacía que sintiera un remezón en su vientre—. Bill —respondió luego de un momento.
—Bill, un gusto —acotó Tom.
—¿Papi, crees que la gente se moleste más porque me fume un cigarro? Es que se me antoja mucho tener algo en la boca —barbotó Bill, con una sonrisa descarada.
Tom tosió, atorándose con su saliva, y luego que Bill se riera, el sacerdote recuperó la compostura.
—Es que no se puede fumar en la Iglesia —comentó Tom.
—Qué lástima —masculló Bill, luciendo aburrido.
—¿No quieres que te traiga algo de comer? —inquirió Tom.
—Creo que lo que me quiero comer está prohibido —musitó Bill, con los ojos brillantes.
—Padre Tom, ¿puede venir un momento por favor? —preguntó Sor Natalie, atrayendo la atención del sacerdote, el cual se acercó a ella, fijándose la mirada de desagrado que tenía la mujer.
—Dígame, hermana —masculló Tom, prestándole atención a la monja.
—Padre, ¿considera prudente que haya dejado entrar a esa… Persona? Con sólo mirarlo se puede saber qué clase de trabajo tiene, y la gente se siente incómoda con él aquí. Están muchas madres escandalizadas por cómo está vestido, y la verdad da mala imagen, sin contar que ni siquiera queda una cama extra para que pase la noche —explicó Sor Natalie.
Tom la miró con reproche.
—Hermana, Dios es amor, y está mal que usted esté juzgando a un hijo de Dios simplemente por cómo luce —reprendió Tom.
—Más pareciera hijo de Satanás… —susurró Sor Natalie.
—Hermana… —habló Tom que había oído lo dicho, la monja suspiró.
—Igualmente no hay espacio, padre —musitó Sor Natalie.
—Tengo un sillón en mi cuarto, ahí podrá dormir —masculló Tom.
—Pero, padre, ¿y si le roba algo? Se nota que es un hombre de mal vivir —soltó escandalizada Sor Natalie.
—Yo asumiré la responsabilidad de él —refutó Tom, con determinación.
Sor Natalie le reprochó con la mirada, pero cerró la boca, formando una fina línea, no atreviéndose a contradecir al sacerdote.
Tom no sabía en qué se estaba metiendo, pero no iba a permitir que Bill se quedara en la calle.
Tom volvió a acercarse al joven, esta vez con una taza de café, sintiendo todos los pares de ojos sobre ellos, pero eso no le interesaba al sacerdote, le extendió la taza.
—Para que te ayude un poco más con el frío —comentó Tom, ofreciéndole la taza, Bill la recibió y sorbió un poco.
—Gracias, papi. Es muy lindo de tu parte que te me acerques, incluso si eso significa que te vean mal por mi culpa —habló Bill.
—Sólo te ayudo como lo haría con cualquier hijo del Señor —farfulló Tom.
Bill puso un puchero. —Pensé que era especial.
—Ah… Y después que termines, no hay espacio para que duermas aquí… —empezó a hablar Tom.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó Bill.
—No, no, sino que tengo un sofá grande en mi habitación, y podrías dormir en él cómodamente, no es como una cama, pero cumple su función —explicó Tom.
—Oh, papi… ¿Quieres que te haga compañía esta noche? —cuestionó Bill, para luego morderse el labio inferior.
Tom tragó saliva duramente.
—Sólo es por estos días… No dormirás en mi cama, sino en el sofá —se apresuró a corregir Tom.
—Claro —dijo Bill, volviendo a sorber café de su taza.
Tom se alejó, para meterse al baño, mojándose el rostro, sintiéndolo demasiado caliente. ¿Qué le estaba pasando? Bill… Lo desestabilizaba, como nunca antes nadie lo había hecho. ¿Cómo podría dormir teniéndolo en la misma habitación? Pedía fuerza a Dios para poder conciliar el sueño.
Cuando salió del baño vio que Bill se levantó a seguirle, y Tom se fue con él a la casa parroquial, bajo el escrutinio de los feligreses.
Tom abrió su cuarto, dejando que Bill pasara, y luego él entró, trayendo una sábana para ponerla encima del sofá, y poniéndole una almohada.
—Espero sea lo suficiente cómodo para ti —comentó Tom.
Bill dejó la manta encima, sentándose, y quitándose los tacones, luego la peluca, mostrando que tenía un cabello rubio corto debajo, se sacó el abrigo, mostrando una camiseta sin mangas que una abertura profunda en el pecho, mostrando un cuerpo tatuado, se estiró y suspiró, acariciándose el pie. Tom no pudo dejar de verlo, apreciando cada parte del cuerpo del rubio, y Bill se volteó a mirarlo.
—¿Pasa algo? —preguntó Bill, sacándolo de su estado de ensoñación.
—Oh, no. Disculpa, voy a cambiarme —farfulló Tom, sujetando su pijama y dirigiéndose al baño, avergonzado.
Tom volvió a mojarse el rostro, sintiéndose tan conflictuado por todo los pensamientos pecaminosos que estaban recorriéndole la cabeza. Ni siquiera habían menguado al verlo más masculino… Se miró en el reflejo del espejo, estaba cuestionando todo de sí mismo, y pedía clemencia, que le llegara la claridad, la entereza, todo para poder superar esta situación tan dura en la que estaba. Se quitó el alzacuello, y luego la sotana, para ponerse su pijama, tomando aire antes de salir del baño.
Al poner un pie fuera del baño, vio a Bill echado en el sofá, completamente dormido, lucía tan calmo de esa forma, parecía que había estado muy cansado, y simplemente había resistido porque no tenía dónde dormir. Cuando lo veía dormir con los labios entreabiertos, se le antojaba tan frágil… Que ya no lucía tan amenazante como cuando estaba despierto y no paraba de darle insinuaciones.
Tom apagó la luz, echándose en la cama, haciendo unas oraciones antes de dormir. Después de todo, Bill era un muchacho que necesitaba un techo del cual protegerse y nada más.
El sacerdote durmió, aunque tuvo sueños tan impíos que finalmente en la mañana tuvo que tomar una ducha fría para limpiar sus pecados. Cuando salió vestido, tuve que despertar a Bill, viendo cómo el rubio le sujetaba con violencia por la muñeca, levantándose asustado.
—Tranquilo, hijo, soy yo, el padre Tom —aclaró Tom, viendo cómo Bill suavizaba su expresión y lo soltaba.
—Sí, lo siento, padre. Uno cuando duerme en la calle siempre tiene que estar alerta —explicó con frialdad Bill, y Tom sintió un dolor de comprensión se instalaba en su pecho.
—Traje un poco de ropa limpia para que la uses. Si gustas puedes bañarte —ofreció Tom.
—Sí, me vendría bien, gracias —dijo Bill, quitándose la camiseta, mostrando los pezones perforados que hicieron que Tom se girase a un costado.
—En el baño hay toallas. Yo iré a hacer mis responsabilidades —masculló Tom, dejándolo solo.
—Es normal si quiere quedarse a mirar, eh, papi, no te preocupes, soy muy agradecido —molestó Bill, y Tom cerró la puerta, no tenía que caer en provocaciones.
A la hora del desayuno, Tom vio cómo Bill hacía cola con el resto, luciendo más “normal” con las ropas que habían dejado para donación, y sin la peluca, pero no por ello menguaba en su afán de seguir de coqueto, porque a cada oportunidad que intercambiaban miradas, el rubio terminaba por guiñarle un ojo o mandarle un beso volado, lo cual hacía que Tom se sintiera tan débil por algo tan simple como eso.
¿Cómo es que años de entrega a Dios estaban tambaleándose por una persona?
Tom dio ofició la misa, y Bill seguía viéndolo entre el público, con la mirada fija en él, como si no hubiera nadie más, y sí, varios de los feligreses lo miraban, pero para Tom no existía nadie más en la iglesia, sólo esos ojos chocolate que lo veían con tanta intensidad.
Y Tom se sentía tan mal… Porque por momentos se trababa, perdiendo la concentración de su sermón. Se sentía tan frustrado, porque le fallaba a la gente y principalmente a Dios.
Ni siquiera podía salir o pedir que viniera otro sacerdote para confesarse, tenía atorada en la garganta los sueños lujuriosos que había tenido la noche anterior, y cada vez que Bill lo veía era un recordatorio de todo lo que se había formado en su mente.
—¿Me estás evitando, papi? —preguntó Bill, a la hora del almuerzo.
Tom casi se atoró con su comida, bebió agua, y tragó.
—No, he estado ocupado —respondió Tom, aunque la verdad era que sí, lo había estado evitando.
Bill acomodó su plato encima de la mesa, y se sentó al costado de Tom.
—Claro… Siempre tan ocupado —farfulló Bill, para luego comer.
Tom intentó no concentrarse en la forma en que Bill abría la boca, o cómo se lamía los labios al comer, porque sentía que era suficiente con su imaginación como para alimentarla de ese modo.
Y el sacerdote sentía que quemaba la cercanía del cuerpo del contrario, pero trataba de no concentrarse en eso.
“Dichoso el que hace frente a la tentación; porque, pasada la prueba, se hace acreedor a la corona de vida, la cual Dios ha prometido dar a quienes lo aman. Cuando alguien sea tentado, no diga que ha sido tentado por Dios, porque Dios no tienta a nadie, ni tampoco el mal puede tentar a Dios”, recitaba Tom en su mente a Santiago 1:12-14, mientras masticaba, intentando no pensar en la mano que “casualmente” Bill apoyaba sobre su muslo.
“Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”, también recordó Tom a Mateo 26:41, sólo esperaba que su carne no fuera así de débil…
Cuando llegó la noche, se arrepintió de haberle dicho a Bill que durmiera en su habitación, porque lo veía nuevamente en el sillón, con una sonrisa, sin camiseta y en bóxers.
—¿No quieres que te pase un pijama para que duermas? —inquirió Tom, quitándose el alzacuello.
—No, tengo calor, papi —vociferó Bill con una sonrisa.
Tom asintió y llevó su pijama al baño para darse una ducha y cambiarse, tratando de pensar que seguro al salir Bill ya estaría dormido, por lo que no tendría que lidiar con su desnudez si se cubría la cabeza podía fingir que ambos estaban vestidos en la misma habitación.
Sin embargo, cuando salió lo vio echado en el sofá, con la misma sonrisa traviesa en los labios, es que tragó saliva, sonrojándose, para luego ponerse de rodillas frente a su cama, haciendo las oraciones nocturnas.
—Siempre me pareció curioso eso de los católicos… Como siempre se arrodillan al rezar —musitó Bill, interrumpiendo sus oraciones, Tom iba a ignorarlo, pero sintió movimiento y cuando abrió los ojos lo vio de pie a su costado—. Es algo muy suyo, ¿no? Sentir culpa, pasión por el vino, pan, y arrodillarse… Es una posición muy comprometedora, papi .
Tom iba a replicar, cuando Bill lo tomó de la quijada, levantándola en su dirección, pasando sus dedos, que ya se había quitado las uñas postizas, sobre sus labios y el sacerdote sintió cómo ese tacto hacía que todo su cuerpo se tensara y su miembro se endureciera en su pantalón de pijama por lo que sintió cómo su corazón latía acelerado y sus mejillas se teñían de rojo.
—Tienes unos labios muy bellos, papi… Es un desperdicio que no les des un buen uso —masculló Bill, relamiéndose sus labios, mientras pasaba su pulgar por los labios llenos de Tom.
“Reacciona, deténlo, haz algo…”, se pidió Tom a sí mismo, sin embargo, se quedó ahí, de rodillas frente a Bill, con una erección en los pantalones y su fe en una esquina de la habitación, mientras él perdía su religión.
—He notado cómo me miras, papi… Y mi gaydar nunca falla… Así que puedo ver en ti lo que no muestras frente a otros —farfulló Bill, con un bulto en sus bóxers, que casi le chocaba contra el rostro de Tom.
—Yo no soy homosexual —soltó Tom, con la voz gruesa por el deseo.
Bill rió, y presionó con su pie el bulto en los pantalones de Tom, haciéndolo gemir, cerrando los ojos.
—Tu erección dice lo contrario, papi —farfulló Bill, sacándose el miembro de la ropa interior, sujetándoselo frente a la cara de Tom, el cual miró sorprendido al rubio, cómo su verga erecta, con venas la tenía tan cerca que podía rozarle la boca, Bill se acarició descaradamente en su rostro, y el sacerdote se supo perdido—. Es hora de que seas bueno conmigo… Y te lleves a la boca lo que estás deseando desde que llegué aquí…
—Yo… Yo…
Bill antes de que Tom pudiera replicar, le puso la polla en los labios, aprovechando que tenía la boca abierta, y se empujó dentro suyo, haciendo que el sacerdote casi se atorara por la sensación, sin embargo, el rubio lo sujetó por el cabello corto, acariciándoselo.
—Oh… Sí, tan cálida es tu boca… Es como si hubieras nacido para tener mi verga dentro. Tan bueno… Ahora chupa, papi, chupa, sólo como tú puedes hacerlo, demuestra ese talento nato que tienen esos labios —ordenó Bill, y Tom se excitó por el tono que empleaba al hablarle, esa voz aterciopelada y demandante, que lo miró, y comenzó a succionar, relajando la garganta, para poder disfrutar ese instante.
Sabía que estaba mal, tenía certeza de ello, sin embargo, no podía intentar negarse más, su carne era débil.
—Uy… Cómo te la metes… Chico goloso, tan bueno, tus labios acolchados tan ricos… Sí, eres muy bueno… Esa lengua sí que es un pecado, papi. Lo haces tan rico —elogió Bill, moviendo su pelvis para penetrarlo en la boca, haciendo que Tom se excitara más y más por la forma en que le hablaba, como si el prostituto fuera él y no Bill.
Tom guiaba sus acciones, tal cual habían hecho sus padres en su vida, pero esta vez para darle algo que sí deseaba, por lo que se dejó guiar mientras le jalaba del cabello y se la metía en la boca, cuando comenzó a saborear el preseminal amargo, y sintió cómo sus pantalones se estaban mojando con el suyo. ¿Cómo era posible que algo tan mundano como chupar un pene lo tuviera así de afectado? Pero Bill sabía cómo mover los hilos, cómo manejar sus debilidades, como si pudiera leerlo, por lo que estaba desatando un lado suyo que se hallaba escondido. Tom siguió chupando, mientras veía las expresiones del rubio y cómo se mordía los labios, realmente embebido en el oral, y de algún modo sentía que tenía un poder, sí, nimio, pero lo tenía.
—Sí… Sigue así, mételo más profundo, eres tan bueno… Tan hábil… Nunca había sentido una boca tan rica como la tuya, ni una lengua tan deliciosa… Mi pene nació para estar en ti… —halagó Bill, sin dejar de verlo, relamiéndose los labios, haciendo que la excitación de Tom creciera aún más.
Cuando Bill sintió cómo sus testículos se tensaron, es que lo jaló del cabello, sacándole su miembro de la boca, viendo el hilillo de saliva entre sus lengua y su pene, creyendo que ese acto era muy erótico.
—No… No me correré, no aún, quiero venirme en tu interior, papi… Porque yo siempre uso condón, pero contigo no… ¿Nadie te ha tocado allí verdad? En ese culo tan apretado que debes tener, ¿cierto? —cuestionó Bill, jalando a Tom, el cual se puso de pie, viendo que el rubio era unos centímetros más alto.
Tom no respondió, pero su sonrojo lo hizo por él. Bill le quitó la camiseta de pijama y pasó sus manos por su vientre marcado, para luego subir por sus pectorales, jugueteando con sus dedos sobre sus pezones.
—Pero mira nada más ese cuerpo… El verdadero pecado es mantenerlo oculto, papi —musitó Bill, viendo cómo sus pezones se ponían duros bajo su tacto y Tom se mordía el labio inferior.
Bill se acercó a él, y lo besó, y Tom se dejó, abriendo la boca con sumisión mientras el rubio presionaba su lengua, jugando con la suya, disfrutando probarse a sí mismo en su boca, y era el primer beso del sacerdote, pero no iba a aclarárselo, porque en ese momento lo menos que quería era racionalizar, o hablar, sólo quería sentir, así que puso las manos en la cintura del rubio, acariciando los costados, mientras Bill le apretaba el trasero por encima de su pijama, y Tom jadeó en su boca, consiguiendo que el rubio le mordiera el labio inferior.
Bill le quitó las prendas inferiores, y lo miró apreciativamente.
—Todo un bombón, tan sexy… Realmente eres muy guapo y candente, Tom —elogió Bill, acariciando el miembro de Tom, el cual gimió ante el contacto, el rubio usó el preseminal como lubricante para seguir las caricias, jugando con la punta con su pulgar, luego con la mano libre acariciando sus testículos, haciendo que Tom sintiera que se iba a morir por el placer que estaba experimentando.
Ni siquiera en su adolescencia se pudo masturbar por la crianza estricta de sus padres, pero ahora… Mecía sus caderas contra la mano de Bill, para seguir disfrutando de esos toques prohibidos.
Bill le lamió el cuello, haciendo que se arqueara, y luego el rubio le mordió el lóbulo de la oreja, sin dejar de subir de arriba abajo su mano, poniéndolo al límite.
—Tan grande… Sí, eres un buen chico que sabe obedecer —susurró Bill contra su oído, y luego volvió a besarlo, y Tom le correspondía al beso, siguiendo el ritmo de la lengua, imitando el movimiento, disfrutando de su saliva en su boca.
Cuando se separaron por aire, y porque Bill sintió el temblor en su cuerpo, es que el rubio paró.
—Quiero que te vengas conmigo dentro —dictaminó Bill contra su oído, y la piel de Tom se puso de gallina.
Bill lo puso a cuatro patas en la cama, haciendo que Tom jadeara por la sorpresa, al sentirse tan expuesto en esa posición, pero antes de que pudiera quejarse, el rubio le metió un par de dedos a la boca, e inmediatamente el sacerdote los chupó, cerrando los ojos, recordando el miembro caliente y salado en su lengua, pensando en ellos, salivando al sentir cómo Bill lo penetraba con los dedos, en un acto tan erótico que el rubio sentía que se iría a correr sólo con eso.
Tom chupó con ahínco, como su fueran esos dedos la verga dura de Bill, con rictus de concentración y cerrando los ojos, hasta que Bill se los sacó, dejándolo acezado sobre la cama, y luego se arqueó al sentir cómo el rubio dirigía esos dedos a su entrada, metiéndoselos de golpe.
—¡Oh! —soltó Tom frente a la sensación extraña que era tener dedos en su trasero. Por donde lo viera estaba mal, sin embargo, el sentir cómo Bill se frotaba contra él mientras se los metía, hacía que se excitara, relajándose contra ellos.
—Sí… Recíbelos como un buen chico… Tan lindo, tan bueno… Mira cómo los aprietas… Pronto pasará el ardor y sentirás rico cuando toque tu próstata —farfulló Bill, con ese mismo tono seductor, y Tom jadeó, aferrándose a la sábana, cuando los dedos del rubio se curvaron y dieron con su punto de placer, por lo que Tom se mordió el labio inferior para que no soltara el grito excitado que pugnaba por salir de su garganta.
Tom… Se sentía tan culpable por ello, saber que estaba mandando todo por la borda por una persona que apenas conocía, pero en ese punto ni siquiera pensaba con claridad, sólo estaba siendo esclavo de su cuerpo, y de las sensaciones placenteras que le ofrecía, cómo Bill abría sus dedos como tijeras en su interior, dilatando su ano mientras escuchaba cómo escupía… De algún modo el que estuviera escupiendo en su trasero no hacía más que excitarlo a sobremanera.
Bill siguió empujando sus dedos, haciendo que las piernas de Tom flaquearan por cada vez que daba con su próstata, y su miembro se movía por el placer. Cerraba los ojos con fuerza… Sintiéndose la peor persona del mundo.
Cuando de pronto Bill sacó los dedos, separando sus nalgas, y Tom jadeó al sentir cómo se metía lentamente en su interior. Bill estaba entrando en él… Estaba profanando su entrada… Estaba tomando su virginidad… Dolía sí, un poco, ardía también, pero cuando estuvo por completo dentro suyo no supo si debía alejarse o qué hacer en ese punto, donde había tanta intimidad entre ambos.
—Oh, aprietas como el infierno, papi… —soltó Bill, aferrándose a sus nalgas, y eso hizo jadear a Tom, masajeó sus glúteos, consiguiendo que relajara un poco más su entrada—. Estás tan rico y apretadito… Justo como lo pensé, no quiero salirme nunca de ti… —farfulló el rubio, para salirse y volver a entrar, pero en un ángulo diferente, por lo que la cabeza del pene de Bill al entrar por segunda vez es que dio con la próstata de Tom, consiguiendo que el sacerdote se mordiera el labio lo suficientemente fuerte como para sacarse sangre, no por dolor, sino porque era delicioso, sentía que su interior se hinchaba, y cuando Bill volvió a salirse y entrar, nuevamente lo estimuló, y Tom ponía los ojos en blanco.
Bill siguió arremetiendo en su interior, esta vez sujetando el miembro del sacerdote, por lo que lo acariciaba mientras se metía más profundo, viendo cómo Tom enloquecía a cada estocada.
Tom nunca pensó que sentir un pene en el trasero podía ser tan placentero, y tampoco creyó que estaría en algún momento de su vida así, a cuatro patas, en la cama, siendo penetrado por un prostituto que ayudó en un huracán.
Afuera caía una lluvia incesante, la gente dormía en la iglesia, sin embargo, él estaba en su propio infierno, que en sí, por definición, se sentiría más como un paraíso para Tom, sin embargo, al tratarse de algo que era tan ignominioso, pues… No podía ser más que pecado, pecado sentir los labios de Bill besándole la espalda, mientras se mete tan profundo dentro suyo que siente que está dejándolo marcado por dentro, y bombea tan bien su pene que está tan cerca de eyacular que sólo puede sentirse culpable…
Bill le respira contra la espalda, pasándole la lengua, haciendo movimientos erráticos de cadera, disfrutando tanto el profanar a alguien tan puro y prístino como el padre Tom… No siente culpa, porque él nunca ha sido creyente, no cuando la gente más religiosa era la que peores fetiches tenía, porque el rubio sabía que para ser buena persona bastaba con no hacer daño, no golpearse el pecho en un templo y hacer alabanzas, no, él solamente era feliz haciendo alabanzas para ese culo pecaminoso y cuerpo de infarto que tenía Tom.
—Aprietas tan rico, Tom… Lo recibes tan bien… Naciste empujarte contra mi polla, hermoso —halagó Bill, porque Tom estaba empujando su trasero contra la pelvis de Bill, casi de forma automática. Sabía que estaba mal, pero no podía dejar de hacerlo, y el que Bill le dijera que estaba bien y le diera palabras de reafirmación, simplemente hacía que su deseo se elevara aún más, incluso cuando en este punto estaba hecho una masa de nervios, acezado, sudando, mientras el rubio sigue arremetiendo contra él.
Bill siguió masajeándole el miembro, hasta que Tom se vino contra su mano con fuerza, apretando su interior, haciendo que el rubio se corriera en su culo. El rubio se salió con cuidado, mientras Tom se sentaba en la cama, con el corazón latiéndole acelerado, y veía cómo el rubio se chupaba los dedos con su venida, ofreciéndole una visión completamente obscena al dejar su palma limpia.
Bill rió.
—Parece que tienes ganas de más, papi. ¿Será que no te dejaré dormir? Hay muchas posiciones que probar —masculló Bill, gateando encima del cuerpo de Tom, el cual se sentía excitado nuevamente.
—Iré al infierno… —dijo Tom contra los labios de Bill.
—Pues créeme… Nos divertiremos más allí —susurró Bill, comenzando a besarle la mandíbula, haciendo que el sacerdote se derritiera.
“Perdóname, Dios, porque estoy pecando… Y lo más probable es que no deje de hacerlo”, soltó Tom para sus adentros.
F I N
Si te gustó, agradecería un comentario.

Posta me lo re imaginé al Tom sacerdote 🥹 y qué más bonito que haya sido corrompido por Bill 🤭 jajaja
Una historia diferente y atrapante. 🤍✨
Gracias por darle una oportunidad leyéndolo y comentando :), esta historia la hice el año pasado, y después es que escribí otro par de tolls blasfemos, uno llamado Experiencia religiosa https://novelas1.ficstokiohotel.com/experiencia-religiosa/ (que es más que nada humor con Bill monja y Tom sacerdote) y otro Misionero virgen que explora sus deseos ocultos https://ficstokiohotel.com/misionero/ que es romance con humor, sacando el chiste de que a Bill le gustan mormones por la serie 🙂
Bill monja, tengo que leerlo 🤣 ajajajajaja
Me voy a pasar esta semana 😌 gracias por darme los links. 🤍