Fic hetero de Heiligtkt483
Capítulo 79
By Tom
Mi hermano Bill y yo nos encontrábamos en el aeropuerto. Después de pasar las últimas semanas en Curaçao haciendo el último casting para el DSDS, donde elegimos a los candidatos que irían a los shows en vivo. Ahora regresaríamos a Alemania nuevamente, para descansar y seguir grabando canciones en el estudio de grabación. También estaba deseoso de volver a ver a mi hermana. Cuando llegáramos a Hamburgo ya sería doce de diciembre, y eso significa que Naia ya habrá cumplido sus diecisiete años. Llevaba varios días sin hablar con ella, porque quería hacerla pensar que me había olvidado de su cumpleaños, porque realmente mi gemelo y yo habíamos decidido darle una pequeña sorpresa a nuestra hermana. Se suponía que no volveríamos de Curaçao hasta unos días después, pero la realización del casting fue de una manera rápida, así que podíamos regresar a Alemania. Ya habíamos empacado las maletas, y ahora nos encontrábamos en la sala de embarque esperando a que nuestro vuelo estuviera listo. Tardaríamos aproximadamente unas cuantas horas en llegar a Europa, y de nuevo con el Jetlag por la diferencia horaria, pero todo ese sacrificio valía la pena por volver a estar con Naia, poder volver besar sus labios, sentir su piel debajo de la mía, mientras le hacía el amor lentamente. En esas semanas la había extrañado demasiado.
—“Por favor los pasajeros con destino a Hamburgo, ya pueden embarcar por la puerta A9” —se escuchó decir a una voz femenina por los altavoces.
Bill y yo nos levantamos de nuestros asientos. Nos dirigimos hacia la puerta, con nuestro pasaporte y billete en las manos. Enseguida una azafata comenzó a cortar los billetes de las demás personas que se encontraba también formando la fila, las cuales fueron pasando por la puerta de embarque. Cuando llegó nuestro turno, mi gemelo y yo le dimos nuestros billetes para luego devolvérnoslos con una parte cortada. Caminamos por la puerta, hasta que finalmente llegamos a una pequeña furgoneta que nos llevó hasta donde estaba el avión. Comenzamos a subir por las pequeñas escaleras que daban al avión, hasta que finalmente entramos en el interior de este. Buscamos nuestros respectivos asientos, para luego dirigirnos a ellos y sentarnos. Yo como siempre me senté al lado de la ventana. Aunque ya me estaba acostumbrando a volar en avión después de tantos años, todavía no conseguía superar el miedo, y me ponía algo nervioso. Menos mal que entre la música en mi ipod y mi hermano Bill a mi lado me conseguía tranquilizar. Nos abrochamos los cinturones, para escuchar como una de las azafatas que había subido al avión comenzaba a darnos indicaciones de cómo utilizar el chaleco salvavidas, la máscara de oxígeno en caso de que algo sucediera. Para mis adentros rezaba de que no sucediera nada malo, porque sino no volvería a subir a puñetero avión en mi vida.
Cuando acabó de dar las explicaciones, el comandante del avión nos saludó por el altavoz deseándonos un buen viaje. Minutos después el avión comenzaba con las maniobras de despegue hasta que finalmente empezó a surcar el aire. Me puse a escuchar un poco de música para entretenerme. Sería unas horas largas de viaje, hasta que llegáramos a Hamburgo. Quizás echaría una siesta larga para así no estar tan cansado para cuando aterrizásemos a Alemania. Después de estar casi cuatro horas escuchando música, leyendo algo de una revista, y tomar la cena que nos dieron, por fin el sueño me venció y me quedé dormido durante un par de horas.
—Tom despierta —escuché decir a mi hermano.
—¿Qué pasa? —abrí los ojos lentamente a la vez que bostezaba considerablemente.
—Van a servir el desayuno —me respondió mi hermano.
—Genial —respondió abriendo más la boca— Tengo un agujero en el estómago.
Minutos después dos azafatas comenzaron a servir las bandejas de desayuno a cada uno de los pasajeros que estábamos dentro del avión. Finalmente, llegaron al lugar donde mi hermano y yo estábamos sentados. Nos dieron una bandeja, que tenía un vaso de zumo de naranja natural, un plato con un croissant, una tostada con mantequilla y mermelada. Después una taza sin llenar.
—¿Café solo o con leche? —nos preguntó la azafata muy amablemente.
—Con leche —respondí. La chica comenzó a echar un poco de café para luego llenar la taza con la leche. Después me dio un azucarillo, para luego llenar la taza de mi hermano, que prefería más café que leche.
Comenzamos a desayunar en silencio, apenas quedaban un par de horas para llegar a Alemania. Y ya estaba deseando llegar para poder ver a mi pequeña princesa, y poder felicitarle su cumpleaños, y… ¡Mierda! No tenía ningún regalo de cumpleaños a mi hermana.
—Bill cuando lleguemos a Hamburgo, antes de ir a casa de mamá tenemos que pasar por un centro comercial con urgencia —le dije a mi hermano con cierta desesperación.
—¿Para qué? —me preguntó confundido.
—Debemos de comprarle el regalo de cumpleaños a nuestra hermana, tonto —le dije a mi hermano— No le hemos comprado nada…
—Podemos comprárselo más tarde, una vez que nos instalemos de nuevo en casa —dijo mi hermano otra vez.
—No, Bill… Hay que comprárselo tan pronto como lleguemos —le insistí— No vamos a hacerla esperar por su regalo de cumpleaños, ya hemos tardado cuatro años en regalarle algo por su cumpleaños, no pienso defraudarla más…
—Tranquilo, Tom… —me susurró mi hermano al ver que me estaba poniendo demasiado nervioso— No hace falta que te pongas así. Está bien, cuando aterricemos en Hamburgo iremos a comprarle su regalo de cumpleaños.
Acabamos de desayunar, y poco después las azafatas, que viajaban en nuestro vuelo, fueron pasando por los asientos para coger las bandejas y ponerlas en el carrito que tenían. Durante el resto de horas, me entretuve escuchando música, o simplemente echando una pequeña cabezadita. Tras varias horas de vuelo por fin oímos por los altavoces del avión al comandante de este, anunciar que pronto empezarían con las maniobras de aterrizaje. Las azafatas comenzaron a pasar por los asientos para decirnos que nos teníamos que abrochar los cinturones. Me abroché el cinturón de seguridad al igual que mi hermano. Estaba deseoso de tocar tierra por fin, y así poder volver a ver a mi hermana.
Una vez que el avión aterrizó en Hamburgo, nos dispusimos a salir de este. Mi hermano cogió su bolso de mano y los dos comenzamos a caminar hacia la pequeña puerta del avión, y así bajar por las escaleras hasta que por fin tocamos suelo alemán. Un autobús nos estaba esperando para llevarnos hasta el edificio del aeropuerto, ya que había bastante distancia entre la zona de pista y el edificio en sí. Después de unos quince minutos en el autobús, por fin llegamos. Bajamos de este y nos dirigimos hacia el interior del gran edificio que tenía el aeropuerto. Debíamos de ir a recoger nuestras maletas. Caminamos entre la multitud de personas que estaban esperando por sus familiares o incluso esperaban para coger un vuelo. Nos dirigimos hacia la gran cinta transportadora, y estuvimos esperando durante unos minutos a que por fin nuestras maletas salieran. Cogimos nuestras maletas y nos dispusimos a ir hacia la salida, para coger un taxi.
—Tenemos que ir a centro comercial al comprar el regalo de cumpleaños de tu nuestra hermana —le insistí a mi hermano Bill.
—¡Qué sí pesado! —me respondió un poco molesto. La verdad es que me estaba poniendo un poco histérico de más— Pero será mejor que vayamos a casa primero, y después ir a comprarle el regalo a nuestra hermana —suspiré molesto— No vamos a ir con las maletas a cuestas, además así podremos comprar mejor.
—Está bien… —asentí dejándome convencer por mi hermano.
Nos dirigimos hacia la parada del taxi, y nos acercamos a uno. Enseguida el conductor salió del automóvil para ayudarnos a meter nuestras maletas en el interior del maletero. Después mi hermano y yo accedimos al interior de vehículo. Mi hermano Bill le dijo la dirección de la casa de nuestra madre. Enseguida el taxi arrancó rumbo a casa. Después de unos veinte minutos de trayecto llegamos. El taxi aparcó al lado de la acera que daba a nuestra casa. Bill le pagó el trayecto, para luego salir del vehículo. El hombre bajó también del automóvil para ayudarnos a sacar las maletas del gran maletero del coche.
—Y estás son las últimas… —dijo el hombre posando las últimas maletas que eran las de mi hermano Bill.
—Muchas gracias —dijo Bill educadamente.
—Hasta luego —se despidió el hombre para luego arrancar el taxi.
Nos quedamos de pie con nuestras maletas mirando la casa de nuestra madre. Ella no sabía tampoco que íbamos a regresar tan pronto de Curaçao. Seguramente cuando nos viera se pondría histérica porque no la habíamos avisado. Cogimos nuestras maletas y comenzamos a caminar por el jardín que rodeaba la casa de nuestra madre, para luego situarnos enfrente de la puerta de entrada. Mi hermano Bill tocó el timbre. Nos quedamos esperando unos segundos a que abrieran la puerta.
—¡Bill! —dijo mamá sorprendida al vernos— ¡Tom!
—Hola mamá —saludó Bill.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó nuestra madre curiosa— ¿No debías estar en Curaçao?
—Hemos acabado de hacer los castings antes de tiempo —respondí a mi madre.
—Pero como no me habéis avisado —se quejó nuestra madre.
—Queríamos dar una sorpresa a Naia por su cumpleaños —dijo Bill— Por eso no te avisamos.
—Pasar… —dijo nuestra madre apartándose de la puerta para dejarnos entrar en el interior de la casa. Accedimos adentro, mientras que arrastrábamos nuestras maletas. Nuestra madre cerró la puerta, para luego quedarnos en el gran salón.
—Vamos a llevar las maletas arriba —informé a nuestra madre— Tenemos que ir a comprar los regalos de Naia para dárselos.
—Se pondrá muy contenta cuando os vea —dijo nuestra madre sonriendo— Os echa mucho de menos.
—Lo sabemos… —susurré. Yo también la echaba de menos a ella, quería tenerla entre mis brazos, volverla a besar, a hacerle el amor de nuevo lentamente… En esas semanas la había extrañado tanto, que ahora que iba a volver a tenerla cerca, no quería alejarme de ella por nada en el mundo.
Mi hermano y yo nos dirigimos hacia las escaleras arrastrando nuestras maletas. Las comenzamos a subir hasta que llegamos al piso superior, donde se encontraban las habitaciones. Caminamos por el largo pasillo hasta que cada uno llegó a la puerta de nuestras respectivas habitaciones. Entré en el interior de mi habitación, para dejar mis maletas en el interior de esta. Luego volví a salir de la habitación encontrándome con mi gemelo que también salía de la suya. Bajamos las escaleras de nuevo, y volvimos al salón. Nuestra madre había salido de nuevo de la cocina. Supongo que estaría preparando algún plato extra para la hora de la comida, ya que no le habíamos avisado de nuestra llegada.
—Nos vamos al centro comercial a comprar los regalos para Naia —informé a nuestra madre, que nos miraba desde la puerta de la cocina.
—Ir con cuidado —nos dijo con cariño.
Salimos de casa, para luego dirigirnos al garaje donde estaba aparcado mi Cadillac Escalade. Entramos en el interior de este, y accedimos al interior de mi coche. Bill se sentó en el asiento del copiloto mientras que yo lo hacía en el asiento del conductor. Metí las llaves en el contacto, y arranqué el coche para luego salir del garaje. Cerramos el garaje con la llave automática de este para luego salir a la carretera, y dirigirnos hacia el centro comercial. Después de unos veinte minutos de trayecto por fin llegamos al ansiado centro comercial. Aparqué el coche el interior del parking que poseía la gran superficie, y nos dirigimos hacia el interior del establecimiento. Miles de tienda de todo tipo había en él. Caminos hacia una tienda de ropa. Bill se dirigió hacia unos vestidos que estaban colgados en un stand.
—¿Qué te parece este? —me preguntó mi gemelo a la vez que me mostraba un vestido muy floreado.
—Un poco infantil… —respondí. Era bonito, pero si se ponía eso mi hermanita parecía una niña pequeña y Naia ya no era un niña. Deberíamos de comprarle un vestido más sexy, más acorde a su nueva situación.
—¿Este? —me preguntó de nuevo mostrándome un vestido blanco con el cuello dorado. Era muy mono, y la verdad es que me gustaba. Ya me estaba imaginando a mi hermanita llevando ese vestido.
—Sí —le dije asintiendo con mi cabeza.
—Ahora tenemos que verle unos zapatos a juego —dijo mi hermano a la vez que caminaba hacia la sección de calzado femenino que poseía también esa tienda. Yo le seguí como un perrito perdido. El entendido en moda era él, no yo— Sujeta el vestido, mientras busco unos zapatos adecuados que combinen.
Cogí el vestido entre mis manos, mientras que mi hermano Bill comenzaba a rebuscar unos zapatos que le fueran a juego con este. Al final cogió unos zapatos blancos con un tacón bastante alto. Mi hermano me miró pensativo.
—¿Por casualidad no sabrás el número de calzado que usa nuestra hermana? —me preguntó mi gemelo.
—La verdad es que nunca me he puesto a mirar sus zapatos, para saber que número usa —le respondí.
—Entonces habrá que mandarle un mensaje a mamá para que miré el número en algunos de los zapatos de Naia —dijo Bill a la vez que cogía su móvil y comenzaba a teclear con rapidez. Minutos después la pantalla del móvil mi hermano se iluminó indicando que había recibido un mensaje— Dice que usa un treinta y seis —me infirmó mi gemelo.
—Pues sí que tiene un pie enano —dije de manera bromista.
—Estos zapatos combinan mejor con el vestido, ¿no crees? —me dijo mi hermano mirándome a la vez que alzaba su ceja derecha.
—A mí no me preguntes —le dije levantando los brazos a modo limpiarme de toda culpa— Tú eres el entendido en esto, no yo.
—Está bien… —suspiró mi hermano— Para mi gusto, me gustan estos zapatos —determinó— Y si no le gusta, le cogemos un ticket regalo para que venga a cambiarlo y así no nos complicamos la vida.
—Apoyo tu decisión —le respondí.
Una vez que ya habíamos decidido el vestido que íbamos a comprar y los zapatos. Nos dirigimos a caja para pagar todo. La dependienta metió el vestido en una caja de cartón, para luego envolverlo con un papel de regalo bastante bonito, en cual después pegó una gran moña de color rojo. Con los zapatos hizo lo mismo. Los puso también en una caja cubriéndolos con papel de seda para evitar que se golpearan entre ellos y se rozarán. Envolvió también el paquete de los zapatos, poniéndola otra moña de color azul. Después mi hermano Bill sacó su tarjeta de crédito, y pagó con ella las dos cosas que habíamos comprado. Pidiéndolo de paso un ticket regalo por si a nuestra hermana se le daba por cambiar los zapatos o el vestido. Salimos de la tienda.
—Vamos a esa joyería de ahí —dijo mi hermano Bill— Podemos comprarle una bonita pulsera.
—Sí —le dije, para luego acordarme de que tenía que cogerle algo especial para ella. Un regalo solo mío, que pudiera llevar siempre con ella.
Entramos en el interior de la joyería, y caminamos hacia el mostrador. El dependiente estaba atendiendo a otro cliente que también estaba adentro, así que tuvimos que esperar varios minutos a que acabará de atenderle.
—¿En qué puedo ayudarles? —nos preguntó el dependiente a mi hermano y a mí.
—Queríamos ver unas pulseras —respondió mi hermano Bill.
—¿Plata, Oro blanco u Oro normal? —preguntó el dependiente.
—Preferimos ver modelos de pulseras de oro —dijo mi hermano. La verdad es que a mi hermano y a mí nos gustaba llevar siempre cadenas y pulseras de oro. De hecho que mis dilataciones son de oro y una pulsera que siempre llevo conmigo también.
—De acuerdo —respondió el hombre para luego coger una llave e ir a abrir un armario que tenía detrás de él, para coger un rollo de tela enrollada donde deberían de estar las pulseras protegidas— Estás son los últimos modelos que nos han llegado —explicó el dependiente— Este brazalete está chapado en oro blanco y tiene cristal austriaco formando una gota azul —nos mostró el hombre.
—Oh… es hermoso —dijo mi hermano cogiendo en su mano el brazalete que le daba el dependiente.
—Después tenéis esta pulsera chapado también en oro blanco con cuero cordón negro de cristal —volvió a decir el hombre— Y por último, personalmente para mí, es la más bonita. Tenemos esta pulsera de oro rosa con cristal austriaco multicolor —nos enseñó una pulsera que tenía unas piedras que era de color rosa, azul, violeta y verde. Entre cada piedra había una bonita fornitura en forma de ondas retorcidas.
—Me gusta esta —le dije a mi hermano sonriendo— Creo que es la perfecta para nuestra hermana.
—Tienes un buen gusto, muchacho —dijo el dependiente riéndose— Su hermana lucirá muy hermosa con esa joya.
—Por favor puede envolvérnoslo en papel de regalo —dijo mi gemelo, una vez que el dependiente cogía entre sus manos la pulsera y se disponía a meterla dentro de su correspondiente cajita.
—Por supuesto —dijo el dependiente a la vez que comenzaba a poner la pulsera en la cajita. El móvil de mi hermano Bill comenzó a sonar.
—¿Quién será ahora? —dijo molesto a la vez que rebuscaba en su bolso de mano su teléfono móvil— Voy afuera a contestar la llamada —me dijo mi hermano— Te encargas de pagar tú.
—Claro… si no hay más remedio —le dije en modo burlesco para luego verlo desaparecer por la puerta de la joyería. El dependiente se me quedó mirando a la vez que acababa de envolver el regalo— Disculpe… —le susurré— Necesito que me haga un favor…
—¿En qué puedo ayudarle? —me dijo el dependiente de manera curiosa.
—Quiero comprarle un detalle a mi novia —le comencé a decir— Pero quiero algo que pueda llevar consigo y que le haga recordarme. A veces estamos separados por largos períodos.
—Oh entiendo… —me susurró— Quizás pueda regalarle un colgante tipo de lo que vendó a las parejas de enamorados en San Valentín.
—Quisiera que fuera una cosa discreta —le dije.
—Veamos que encontramos por aquí —me dijo a la vez que comenzaba a rebuscar en los muebles que tenía detrás de él cerrados con llave. Minutos después tenía frente a mí varias cadenas con sus respectivos colgantes— Tiene este colgante en forma de corazón, con una pequeña piedra preciosa —dijo el dependiente. Era plateado y la verdad es muy sencillo pero a mí no me acababa de convencer— Tienes también estos, pero se ajusta a lo de San Valentín —era bonito, pero no quería regalarle eso a Naia. Una, porque nuestra madre podría sospechar y dos, porque quería que fuera algo más significativo para ambos. Donde yo le mostraba que me entregaba completamente a ella— Tal vez estás buscando esto —me mostró un colgante en forma de llave. Era discreto. Justo lo que quería regalarle a mi hermanita.
—Me gusta —sonreí a la vez que lo cogía entre mis manos— Esto es precisamente lo que le quiero regalar a mi novia.
—Está bien —me sonrió el dependiente a la vez complacido por la venta— ¿Se lo vuelvo en regalo?
—Sí, por favor —le respondí.
El hombre metió el pequeño colgante en el interior de una caja pequeña, para luego envolverlo en un papel de regalo plateado, para luego atarlo con un lazo color rojo. Metió ambas cosas en el interior de la bolsa, para luego meter el precio en el interior de la caja registradora.
—¿Podría hacerme dos tickets a parte? —le pregunté. Tenía que ser sumamente cauto, y no iba a descubrirme por el ticket de compra y que después lo viera mi hermano Bill.
—Por supuesto —me respondió.
—Es que después tengo que hacer cuentas con mi hermano del regalo de nuestra hermanita —le aclaré.
—Oh… perfecto —dijo el dependiente marcando primero el precio de uno, sacando el ticket, para luego hacer el ticket del otro regalo.
Pagué ambas cosas y salí de la joyería en busca de mi hermano Bill. Durante el trayecto aproveché para guardar en el gran bolsillo de mi cazadora el pequeño regalo personal que le había comprado a mi hermana, para evitar que mi hermano Bill lo viera en el interior de la bolsa. Cuando llegué a su lado todavía seguía hablando por el móvil. Me puse a mirar un escaparate, esperando a que terminase de hablar.
—Por fin… —dijo mi gemelo en un suspiro, para luego guardar su móvil en el bolsillo de su pantalón— ¿Pagaste la pulsera? —me preguntó con mirada inquisitiva.
—Sí… —le respondí a la vez que rolaba los ojos.
—¿Alguna cosa más que comprarle? —preguntó de nuevo mi hermano.
—No —le contesté— Creo que con lo que le llevamos es suficiente. Ahora podemos irnos, estoy cansado y quiero dormir un poco hasta la hora de la comida.
—Eres un quejica, Tom —dijo mi gemelo frunciendo el ceño— Fuiste tú el de la idea de venir a comprarle los regalos a Naia.
—Porque no le teníamos nada comprado —le discutí— No íbamos a quedar como malos hermanos, cuando mamá y Gordon le dieran sus regalos y nosotros ninguno.
—Está bien… —susurró mi hermano— No quiero ponerme a discutir contigo y montar un numerito en pleno centro comercial —en ese momento ya había bastante gente que ya estaba realizando algunas compras navideñas, ya que apenas quedaban unas semanas para las navidades.
Continúa…
Gracias por la visita. Cuéntanos qué te pareció.