Nota de autora: Gracias, Chikparole querida, por tu preferencia y por darme la oportunidad de escribir nuevamente de nuestros jotos preferidos en este bello contexto tan exótico. Sin embargo, la dedicatoria en sí, va para nuestra querida Victoria Valove, Vic, esta historia fue escrita con mucho cariño para tu disfrute, es un regalo de nuestra Chikparole para ti, así que espero disfrutes de nuestros delirios de madrugada, esta historia es para ti. ¿Bill como Albertano de María de todos los Ángeles? Mesmamentish.

One-Shot de Kasomicu
«Amor a primera vista»
Tomás Torres estaba en clase de Educación física, sentado en las gradas porque se había lesionado al querer saltar los obstáculos como había pedido el profesor Sánchez, que según “saltar la barda” sería algo de mucha utilidad para todos cuando crecieran, pero el muchacho se había desgarrado el músculo al hacerlo, así que se quedó sentado ahí mirando al resto ejercitarse, aunque… Sinceramente el joven de catorce años no estaba viendo a sus compañeros jugar básquetbol, sino que el adolescente veía al profesor Sánchez, el cual estaba bebiendo su coca cola, con el portapapeles en mano, alentando a los alumnos a hacer ejercicios, aunque el mayor nunca hiciera alguno, al menos no frente a ellos.
Pero Tom, como le decían sus amigos, suspiraba al ver al mayor, porque había algo en ese hombre que lo cautivaba, no sabía bien qué, si tal vez era su cuerpo bien formado, su barba que lucía muy rasposa, o su sonrisa de lado, sin embargo, por ese profesor era que el adolescente se empezaba a cuestionar si quizá no sólo le gustaban las niñas…
Soltó un suspiro soñador, deseando ser esa gotita que se le escapaba de los labios y le recorría la mandíbula al mayor, cuando tuvo un golpe a la realidad… Literalmente el golpe de la pelota de básquet en su cara.
—¡Perdón, Tomás! —se disculpó uno de sus compañeros, mientras el joven sentía su cara adormecida, y cómo la sangre brotaba por su nariz.
“Soy un imán para las pelotas”, pensó con dramatismo el joven, mientras sentía cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. “Tal vez es por esa vez que pasé por debajo de la escalera”, agregó mentalmente, siete años de mala suerte decían… Suspiró, frotando su rostro.
&
Simone Carlota Kruz estaba barriendo hacia afuera, para alejar las malas vibras, hasta que se abrió la puerta fuertemente, empujando a la mujer al suelo, sentándose sobre su trasero. Iba a replicar hasta que vio a su pollito, su hijo del medio, su tesoro, su querido Guillermo Kruz, su bebé hermosote de dieciséis años.
—Ay, ama, perdón —habló Guillermo.
—No te preocupes, mi pollito. Yo me paro sola —respondió Simone con una sonrisa—. ¡RIA MARÍA! Ayúdame a pararme —ordenó la matriarca.
Ria María Kruz, su hija mayor de veinte años, que estaba pintándose las uñas, bufó, poniendo los ojos en blanco.
—¿Yo por qué, Simone? Si el pendejo que te botó fue el Guillermo —reclamó Ria, frunciendo el ceño, mirando a su hermano de cabello largo arqueando una ceja, soltando su mochila sobre el sillón.
—¡Bill! No Guillermo —corrigió su hermano, mientras Ria ponía los ojos en blanco nuevamente.
—Ay sí, tú. El único de nosotros que tiene derecho a tener nombre extranjero es el güero, porque su padre era alemán —refutó Ria.
Simone seguía en el suelo, mirando cómo se peleaban sus hijos… Los amaba, pero también le sacaban de quicio. Tal vez no debió tener un hijo de cada uno de sus amores. Aunque luego tuvo otros amores… Pero que no le dejaron bendiciones.
El menor de sus hijos, con nueve años, entró a la sala, fijándose en su madre en el suelo mientras sus hermanos mayores se estaban por jalar de las greñas. Andreas José Kruz, al que le decían “Güero”, el último de los hijos de Doña Simone, el único de ellos que tenía ojos azules y cabello rubio, a diferencia de Ria, que era la mayor con un cuerpo escultural pero sacando lo prieto de su padre y con cabello negro, y Guillermo, que si bien no tenía la piel tostada, tenía los ojos marrones y cabello negro, el cual siempre presumía por su sedosidad.
Pero el güero fue quien terminó ayudando a su madre a pararse, la cual se sacó la chancla de forma amenazadora.
—Ya se calman o los calmo —amenazó Simone, haciendo que sus hijos mayores se detuvieran en el acto—. Ria ven aquí a ayudarme con la comida. Y tú, mi pollito ve por las tortillas —ordenó su madre, poniéndole dinero en la mano a su hijo, el cual suspiró pero asintió, a sabiendas de que tenía que obedecer.
Bill sujetó la servilleta, y se fue a formarse a la cola de Don Panchito, el cual vendía las tortillas. Estaba escuchando el mitote en la cola de cómo el marido de doña Heidi se metió con una más joven que vendía sus chicharrones… Cuando de pronto se quedó boquiabierto…
Cruzando la calle venía un muchacho tan lindo que sintió cómo su corazón latía fuertemente en su pecho, tenía un rostro todo hermoso, un cabello castaño claro, unos labios gruesos, nariz respingona y con un lunar en la mejilla. Bill jamás había visto un chico tan lindo, que de algún modo se le asemejaba a un gatito naranjoso. Y lo vio acercarse a él, que le sonrió pero… Luego se dio cuenta que simplemente iba a formarse detrás suyo, con su servilleta. Bill casi se torció el cuello al voltearse a mirarlo.
—Hola, soy Bill Kruz —saludó Bill al joven que era un poco más bajo, con una sonrisa, el muchacho lo observó.
—Hola, soy Tom Torres —respondió Tom, notando que el muchacho de uniforme y cabello largo era guapo. Y tragó saliva, pensando que también creyó que su profesor era atractivo, aunque la belleza de ambos era distinta.
—Si quieres te dejo pasar para que te atiendan primero —ofreció Bill, queriendo ser caballeroso.
Tom asintió y se ubicó delante del más alto, el cual suspiró mirándolo desde atrás. Hasta su uniforme se le veía bonito, incluso por más que usaba unas tallas más grandes. Bill se fijó que tenía unas bonitas pe… Pestañas que no le veía desde atrás pero sí se acordaba de su carita antes de que se ubicara allí.
Bill se quedó en silencio hasta que notó que le tocaba a Tom. El cual le pagó a Don Panchito, y le puso las tortillas en su servilleta. El más alto observó cuando salía de la tienda, para luego atenderlo, sin dejar de ver al más joven, el cual se giró a sonreírle, y por estar mirando a Bill se le cayeron las tortillas.
—¡No! —gritó Tom, sintiendo la desolación al ver las tortillas en el suelo de asfalto.
Bill se acercó, agachándose para sujetar la servilleta de Tom, extendiéndosela arrodillado, mientras el más bajo se mordía el labio inferior por la frustración, su abuelita sólo le había mandado justo para comprar las tortillas, y ahora se enojaría porque iría de nuevo a pedirle dinero.
Bill no podía soportar seguir viendo a su morrito guapo casi llorando por sus tortillas, así que se levantó, limpiándole los ojos aguados con la servilleta de las tortillas.
—No te agüites, moreno —pidió Bill, y el más bajo, lo miró inquisitivo cuando el más alto le extendió sus tortillas—. Toma, llévate las mías, gatito.
Tom se quedó mirando al moreno sin poder creérselo. “¿Acaso será este mi ser amado?”, pensó con ojos brillantes, sonrojándose y recibiendo las tortillas.
—¡Gracias! —dijo Tom efusivo, poniéndose de puntillas para dejarle un beso en la mejilla, y luego correr emocionado.
Bill se tocó la mejilla, sonriendo como bobo, sintiendo el cosquilleo en la zona que sintió los labios del joven. Soltó un suspiro y miró su mano, con la servilleta de Tom, y consideró que debía volver a ver a ese muchachito tan lindo. Y que la chancla de su madre valdría la pena de soportar por regalar sus tortillas.
&
Tom estaba metiendo los sartenes al horno de la estufa en lo que su abuelita, doña Camucha, iba viendo la telenovela. El adolescente mismo iba prestando atención a la trama, dónde Marichuy se iba enamorando del doctor Juan Miguel luego de una vida de sufrimiento.
Tom pensaba que él mismo tenía una vida triste, dónde también era un huérfano, y siempre cargaba con mala suerte por pasar debajo de una escalera, romper un espejo y esa vez que se robó una moneda del diezmo cuando pasaron por su lado, así que… Suspiró pensando que quizá Bill Kruz sería el doctor Juan Miguel que lo salve de su vida gris, tal vez cuando el más alto creciera fuera un médico famoso y sonrió complacido.
Aunque luego se dio cuenta que en realidad no lo conocía y no sabría dónde podría volver a encontrarlo.
La puerta se abrió y entró su primo Georg, en realidad su nombre era Jorge, pero según él era más exótico llamarse “Georg”.
—Abuela —saludó el castaño, dejándole un beso en la cabeza, y el menor se giró viendo a su primo, que le extendía una bolsa de tamales.
—Ay, mi Jorgito. ¿Con qué dinero compraste los tamales, mi amor? —preguntó doña Camucha, mirando a su nieto mayor, porque sabía que el muchacho tenía tendencias muy cuestionables.
—Tú no te preocupes, abuelita. Lo importante es que aquí tienes para desayunar con Tomás. ¿Cómo estás, canijo? —cuestionó Georg, mirando a su primo, el cual cerró el horno y se acercó.
—Bien, Georg. Gracias por los tamales —masculló el más joven, sonriéndole.
—Mantente así, Tom. Tan decente y limpio siempre —le pidió Georg, despeinándole los cabellos, si bien no se llevaban muchos años, el mayor era protector con Tom, porque no quería que pase lo que él, que se había metido en malos pasos precisamente por necesidad
—Sí, Geo —dijo Tom, sentándose en la silla, mientras el mayor hacía lo mismo.
—¿Cómo te fue hoy? —inquirió Georg.
—Ah pues normal. La escuela estuvo bien. De ahí pues compré tortillas y… —suspiró, sonrojándose al recordar—. Ah hice tarea.
Georg arqueó una ceja.
—¿Y qué pasó en la cola de las tortillas que te desinflaste como globo pensando en ello? —preguntó Georg.—Incluso estás todo rojo como jitomate —rió el mayor.
Tom frunció el ceño.
—Nada, sólo conocí a alguien —musitó Tom con nerviosismo, no sabía cómo contarle a su primo que le había gustado un chico.
—Ah caray, ¿cómo así? Tomás pero tú estás todo chiquito. ¿Ya quieres mear los horcones? —cuestionó Georg.
El muchacho boqueó sonrojándose más.
—Sólo me gustó alguien, un chico que me dio sus tortillas —respondió Tom.
—Ah, pero dime quién es. Tú sabes que yo conozco a todos —farfulló Georg.
—Ehm se llama Bill Kruz —respondió Tom, recordando al muchacho de cabello negro largo y sedoso, con uniforme de escuela pública, con un rostro tan… Hermoso. Que le hacía asemejarse a un gallito… O bueno, pollito más bien.
—Ah, sí. El hermano de Ria, sí —mencionó Georg, riéndose con lascivia, recordando a la hermana mayor de Bill que estaba buenota y daba muestras de jamón en el supermercado, y luego volvió a ver a su primo—. Pero, pues Guillermo Kruz creo que tiene novia, ¿no?
La expresión emocionada de Tom decayó. Aquel chico sólo estaba jugando con él. Aunque en ningún momento le había dicho que le gustaba o algo, simplemente le limpió las lágrimas y fue amable. Tal vez simplemente el adolescente se había hecho ideas él solo por tantas telenovelas que veía con su abuelita.
Lo que no sabía Georg, era que Bill no tenía novia, sino que con quien lo había visto no era una mujer… Sino era Mico, amigo de Bill, el cual estaba usando una peluca y un vestido por haber perdido una apuesta.
Sin embargo, aquello marcaría a Tom para siempre, que cuando por a o b motivo se cruzaba con Kruz, lo ignoraba.
Bill, el que aún conservaba la servilleta de las tortillas de Tom como un recuerdo nostálgico, siempre vio al más joven de lejos sufriendo la indiferencia del menor. Por lo que… Siguiendo las palabras de su madre, la cual le decía que nunca nadie sería suficiente para su retoño, es que Bill guardó ese amor platónico y decidió ser del pueblo y para el pueblo.
&
Conforme pasaron los años. Es que Simone le dijo a su hijo del medio que lo mejor era que se fuera de mojado, para ver si hallaba ahí una gringa que fuera al menos “más decente” para su pollito.
Con esa premisa, es que Bill fue a la frontera de México con Estados Unidos, sin contar con que su torpeza que haría que se perdiera en el camino. Y que cuando finalmente pudo llegar a USA lo detuvieron por… Orinarse en la pared de una escuela, lo que consideraron que fue exhibicionismo cerca de menores, y terminaron por deportarlo.
&
Tom ya había terminado la escuela, a duras penas en el sentido no de las calificaciones, por suerte era uno de los mejores en su clase. Sino que… Odiaba que en vez de que le hubieran permitido llevar como taller optativo taquimecanografía, que creía sería algo más útil, lo pusieron en carpintería, lo cual no le llamaba la atención y… Lastimó sus manos muchas veces, y motivo por el cual siempre le pedían que cuelgue el cuadro de la virgen cada doce de diciembre.
Ya eran tres años con la misma uña lastimada, le crecía y luego se la volvía a chingar martillándose el dedo.
Él mismo se había dedicado a sus estudios, y quería prepararse para ingresar a la universidad pero… Su abuelita pues no podía manejar siempre la tienda. Así que Tom decidió tomarse un año para hacerse cargo del negocio de su mamita.
Se aclaró la garganta, y sujetó el micrófono.
—Damita, caballero, llévele como una oferta, una promoción. Calzones cacheteros, para amarrar a su marido con el hilo… O si quiere sorprender a su esposa tenemos tanga narizona de elefante… Contamos con pantaletas de diferentes tipos del mejor algodón, un bonito regalo para el niño, para la niña —habló Tom, sintiendo vergüenza pero aguantándosela, mientras veía la gente pasar y él seguía detallando lo que vendían—. Encuentra esto y más en Chones Camuchita.
—¿Y tú los modelas, guapo? —preguntó doña Gertrudis, una de las vecinas mayores de la cuadra, riéndose del joven de rastas que sólo atinó a sonrojarse.
—Doñita si gusta le ofrecemos descuento —comentó Tom.
—Sólo me interesa el vendedor, mijo —masculló la viuda. Y Tom rió de nervios, porque doña Gertrudis básicamente podría ser su abuela por la edad que tenía.
Sin embargo, la gente no venía a comprar. Tal vez no sintiéndose en confianza con un vendedor hombre, más cuando este vestía como malandro y tenía rastas largas. Suspiró, él no era nada más alejado a su estilo.
Aún recordaba cuando quiso hacerse rastas para que no le hicieran más burlas por su cabello largo y cómo con eso parecía mujer, entonces fue a la estética de doña María, dónde lo atendió Natalia, la nueva estilista, que le quemó el cabello, haciendo que sus rastas terminaran siendo rubias en vez de su castaño con un “ligero y natural” tono más claro.
Suspiró recordando cómo para animarse, había comprado un elote el cual salivaba al ver cómo lo preparaban para finalmente caérsele al piso antes de comérselo. Y se veía tan tierno… No cómo los duros que normalmente le tocaban, pero no, ahí estaba en el suelo, que todavía al caerse le había salpicado la mayonesa en sus pantalones.
Tom siempre había tenido mala suerte. En la escuela mismo sufría de bullying, que porque era huérfano, que porque se dedicaba a los estudios en vez del desmadre como sus compañeros, pero eso no lo limitaba. Aunque recordaba con enojo cómo se había comprado su chicharrón preparado, y estaba comiéndoselo cuando lo empujaron haciendo corajes porque había pedido 2 pesos más de cueritos y al caerse se le enredaran con el cabello.
—Te lo mereces por joto —le dijo El Brayan.
Y Tom iba a refutarle cuando vio cómo venía su primo “el greñas” a golpearlo en su defensa. Al menos agradecía que Georg estuviera siempre cerca a la salida del colegio.
Ni siquiera era gay. Más bien pateaba para ambos lados. Pero… Suspiró, como no lo veían en fiestas agarrando culos o tetas le molestaban por ello. Cuando Tom era más de estar en casa.
Volvió a su presente, mientras seguía hablando por micrófono, llamando al público aunque no funcionase.
&
Simone estaba lavando los platos, cuando escuchó que tocaban el timbre.
—Güero, mijo, anda abre la puerta —ordenó la doña.
El adolescente de catorce años abrió la puerta y vio al adulto de cabello largo negro, sedoso, con ropa de cantante grupero, la camisa semi abierta, y botas vaqueras, que le sonrió y lo cargó.
Andreas se sintió casi asfixiado por su hermano.
—¡Carnalito! —dijo con cariño Bill, para luego ver a su mamá, soltando inmediatamente a Andreas que cayó aparatosamente mientras Simone botaba un plato al suelo.
—¡Mi pollito! —gritó Simone y su hijo corrió hacia ella abrazándola.
—Jefecita, no sabe lo mucho que la extrañé —habló Bill, sin dejar de apretar a la mayor contra sí.
—Ay, mijito tan lindo —comentó Simone emocionada sin poder creerse tener a su hijo con ella, hasta que cayó en cuenta y miró al más alto—. Pero, pollito. ¿Qué haces aquí?
—Sí pues. ¿No estabas en los yunaites? —cuestionó Andreas, levantándose del piso, adolorido.
—Eh, sí… Es que uno siempre extraña el calor de hogar —respondió Bill, riéndose.
—Ay, mi pollito. Claro que sí, te entiendo. Esta siempre será tu casa, mi amor —le aseguró Simone—. Y por trabajo, no te preocupes. Creo que don Carlos anda necesitando un mecánico. Así que sólo le hablaré para que te dé ahí un lugarcito, mi pollito. Tú que siempre has sido curioso con esas cosas.
—Ah, sí, claro —respondió Bill, recordando que en sí había aprendido gracias a su tío de mecánica porque no tenían dinero para pagar una carrera en el politécnico, y si bien su sueño era ser un cantante, y el de su mamá que él triunfara en el extranjero, en realidad sí sabía de mecánica automotriz.
Por lo que suspiró. Tal vez no era su idea volver a casa luego de unos meses pero… Tenía que apechugar.
&
Bill estaba en el taller automotriz de don Carlos, pegando sus pósters de mujeres casi desnudas, mientras sonaba “Muchacha triste” de los Fantasmas del Caribe, cuando escuchó cómo alguien entraba.
—¿Bill? —escuchó que lo llamaban, el moreno se giró y sonrió.
—¡Greñas! Vaya, no pensé volver a verte —mencionó Bill, sorprendiéndose de que Georg lucía más limpio de lo normal y con ropas más… Decentes.
—Lo mismo digo. Pensé que estabas del otro lado —comentó Georg.
—¿Y qué tal?
—Pues aquí. Ya abrí mi puestito de micheladas —soltó Georg con orgullo.
—Valedor, me alegro —respondió Bill sonriente.
—Sí, bueno. En estos días hay que tomarnos unas cheves pues por el reencuentro —farfulló Georg.
—Cámara —soltó Bill asintiendo.
—Chin chin el que se raje, eh —advirtió Georg para luego irse.
Bill pensó que era bueno encontrarse al mayor luego de tiempo. Se rió al verlo marcharse, negando con la cabeza. Había cosas que nunca cambiaban, como la actitud del greñas, aunque de todas formas se alegraba porque hubiera hecho buen uso del dinero mal habido para tener un puestito de micheladas, pequeño pero honrado. Mientras que él suspiraba, pensando en cómo debió conseguir dinero para volver a su casa después de que lo deportasen, que terminó siendo teibolero en la frontera con su tanga de leopardo.
&
Tom suspiró, sí, sabía conducir, se lo habían enseñado desde antes, y era algo útil, incluso sacó la licencia de conducir, pero…
—Pero nada, Tomás. ¡Es una gran ayuda! —habló su padrino David, codeándole.—Así tendrás un ingreso más que con la tienda de doña Camuchita —acotó el mayor, sonriéndole.
Su padrino David tenía una flota de microbuses, y pues le hacía falta un microbusero, ¿quién mejor que su ahijado? Que precisamente necesitaba el dinero.
—¿Y quién va a cobrar? —inquirió Tom, arqueando una ceja.
El mayor le sonrió.
&
Su mejor amiga Guadalupe, se sujetó el rostro indignada.
—¿Qué yo qué? —cuestionó la muchacha, rubia de bote.—No, no, Tomás, qué perro oso ser cobradora de microbús.
—¿Ah y yo qué? ¿Feliz siendo el chofer? —inquirió Tom.—Aparte me dijiste que necesitabas dinero.
—Pues sí, wey, pero no mames. ¿Cómo que cacharpa? ¿Qué quieres que saque la voz de macho que tengo dentro? Pues no, mi rey. Por algo ahora soy Lupita y no Lupe —habló la joven, en alusión a que era transexual.
Tom suspiró. —Hazme paro, Lupita.
Guadalupe puso los ojos en blanco.
—Porque ante todo, soy una damita. Una que se da a respetar. Entonces yo siento que ese tipo de trabajos no son para mí, pero solamente te voy a hacer el paro porque eres mi cuatacho, Tomás. No más porque me caes bien, eh. ¡Pero ni pienses que te saldrás librado de esta! Me deberás una, Tomás —advirtió la rubia.
—Sí, lo que tú quieras, Lupita —le aseguró Tom con firmeza.
—Vas a tener que conseguirme una cita con tu primo —pidió Guadalupe sonriendo.
Tom se espantó.
—Ah, no, Lupita. ¿En serio con el Greñas? —cuestionó Tom, mirándolo dudoso.
—Ay pues sí se ve tan guapo ahora… Aparte tiene su puestito de micheladas, Tom. Tal vez me invite una —soltó con coquetería Lupita.
—Pero, Lupita… —quiso hacerle entrar en razón a su mejor amiga.
—¡Ni se te ocurre decirme que no! Que ya me dijiste lo que yo quiera —refutó Lupe, cruzándose de brazos, haciendo más notorias el par de… Buenas razones que se había conseguido con su dinero de la tanda.
—Pero no te prometo nada, ¿en serio con él? ¿Qué le ves? —interrogó Tom, arqueando una ceja.
—Ay pues sus ojitos pispiretos… Su cabello así tan exótico, su ropita bien lavada. No sé, antes no lo había visto bien, ¿sabes? Todo lo que hace el bañarse y una manita de gato —comentó Lupita.
Tom rió, viendo cómo le explicaría a su primo el malandro que su mejor amiga quería una cita con él, y esperando que esto saliera bien, o al menos que Lupita se terminara desenamorando del mayor al notar lo… Peculiar que era su primo, por decir lo menos.
&
Tom estaba enojado, porque pensó que podría empezar a trabajar ese día, que bueno, de por sí era estresante el perder casi la raya del culo por estar sentado como chofer. Sin embargo, no, le había pedido David que llevara el microbús donde don Carlos, el mecánico de confianza de su padrino, para que arreglaran su carcacha.
Así que condujo hasta el taller, metiendo el microbús en la cochera, bajándose, estirando su cuello, para hablar con el señor y explicarle la situación, aunque por lo que sabía, su padrino ya le había avisado con antelación, para que acordasen el precio con él, ya que Tom no tenía ni un peso.
Cuando entró al taller, sonaba “Resolvemos” de El Malilla y Nando Produce, se fijó en la pared que tenía un montón de pósters con mujeres encueradas, a lo que él arrugó la nariz, y se dio cuenta que había un hombre de cabello largo amarrado en coleta agachado, donde se le veía la raja del culo por el pantalón que se le había bajado un poco, haciendo que Tom se incomodara, aclarándose la garganta para hacer notar su presencia y el mecánico se levantó, haciendo que el de rastas se quedara paralizado un momento, el hombre estaba con una camiseta sin mangas, toda mojada por el sudor del más alto, con los brazos y rostro manchado de grasa… Pero el rubio sintió un aroma distintivo entre los olores del recinto, algo a vainilla amaderada.
¿Quién era este muchacho? Todo mugroso pero… De algún modo tenía algo, un “no sé qué” que hacía que se le mojara la canoa al rastudo. Porque… Sí, era asqueroso, sin embargo, de igual modo hacía que sintiera “cosas de mujersh”, como le decía la Lupe.
“Ay, no mames, si no soy mujer”, pensó Tom, sin notar que tenía el mismo escrutinio del otro lado, hasta que el mecánico sonrió, sumamente emocionado por ver a su crush de adolescencia nuevamente frente a él, sólo que ahora estaba distinto, usaba rastas y tenía el cabello más claro, con una pañoleta amarrada en su frente, pero igual de precioso que cuando lo conoció.
—¿Tom? —preguntó Bill con ojos brillantes.
—¿Me conoces? —inquirió Tom, señalándose a sí mismo, luciendo confundido.
—Pues sí, príncipe. Soy Bill Kruz —respondió Bill, con la misma sonrisa emocionada.
A Tom le cayó el veinte de quién era ese moreno de cabello largo, sí, el chico de la cola de las tortillas, el mismo que le había gustado cuando era un adolescente. Sin embargo, recordó amargamente cómo es que Bill también tenía una novia, y cómo luego supo por las habladurías de las viejas chismosas, que el moreno era un picaflor, que tenía chicas o chicos a sus pies, y era un rompecorazones de primera, y claro, con esa pinta de galán de balneario, ¿cómo no? Él mismo había sentido en carne propia esa atracción animal que le puso la piel chinita al verlo, pero no… “Ante la gula, templanza”, decía su abuelita, y si bien era para otro tipo de apetito , igualmente servía en este contexto.
—Ah, sí, me acuerdo de ti —respondió Tom, un poco cortante—. Vine a que le echen aceite y otras cosas al microbús de mi padrino David —habló, cambiando de tema.
Bill levantó las cejas insinuante. —Yo te checo el aceite, y te meto los tornillos sueltos si gustas —comentó el moreno, en evidente albur.
Tom se sonrojó y tosió.
—Sí, bueno, ahí te lo encargo, ¿no? Huele fuerte a vainilla —comentó Tom, para cambiar de tema.
—Ah sí, es el perfume que estoy usando —exclamó Bill, sacándose del bolsillo una pequeña botella, a lo que Tom lo miró confundido, mientras el moreno lo veía con fijeza, como posando—. Himmel, para un hombre sin reservas.
Tom se volteó, tratando de entender por qué Bill hablaba como si se tratara de un comercial. Luego Bill salió de su trance guardando el perfume en su bolsillo.
—Pero dime, gatito, ¿te late que te invite un elote más tarde? —ofreció Bill, acercándose al de rastas el cual retrocedió unos pasos.
—Ah, no, gracias, Bill —declinó Tom ante la invitación del más alto, no que no se le antojara un elote, o Bill… Pero no podía aceptarlo, no cuando el moreno tenía “mala fama”, como decía Danna Paola, aún recordaba cómo muchos que se enamoraban del moreno terminaban mal por su culpa, llorándole y sin superarlo.
Él no quería ser uno del montón, no, señor, por algo se mantenía virgen incluso ahora, tal vez hasta el matrimonio, quería encontrar a una persona especial, con la que sintiera una conexión única, algo como las telenovelas de su abuelita, ya fuera una chica o un chico, quería algo muy especial… Se imaginaba su primera vez en una noche estrellada, con pétalos de rosas, con las velas encendidas, y sonrió ante ese pensamiento.
—¿Entonces tal vez un raspado de chicloso? —interrogó nuevamente Bill, pensando que quizá por el clima caluroso querría otra cosa.
Tom miró a un costado, pensando si esto era albur o simplemente Bill era muy pendejo para notarlo.
—Ehmn, no, gracias —respondió cortante Tom, con una sonrisa incómoda. Realmente le era difícil negarse al más alto, y más teniendo en cuenta que podía incluso oler su sudor, que en vez de darle asco la mezcla entre vainilla y sudor de chacal, le estaba excitando de una forma muy vergonzosa, por lo que tenía que irse de allí—. Yo regreso —avisó, saliendo del taller con la cara caliente.
—Ay, mi gatito naranjoso, tan bonito y difícil —suspiró Bill—. Si supieras que me traes de una ala —acotó el moreno, pensando que era una bendición volver a ver a ese muchacho que lo tenía tan enculado desde hace años, que por más que estuvo con muchas personas, nunca era él, su mocosito de la cola de las tortillas, que incluso conservaba la servilleta del menor.
Pero Bill sintió la determinación llenarle el pecho. Lo conquistaría, ahora que lo había vuelto a ver, averiguaría más de Tom para enamorarlo, y que fuera suyo, porque al rastudito no lo quería para un rato, no, él lo quería para presentárselo a su mamá, para presumirlo en todos lados, sí que sí.
Bill desconocía que Tom se había mudado a la vecindad donde estaba en los meses que se fue al extranjero, y que de hecho la tienda de calzones era de doña Camuchita quien era la abuelita del rastas. Así que el destino los estaba juntando sin querer, Cupido haciendo de las suyas para que aquellas almas por fin se juntaran.
&
Cuando llegó el fin de semana, el Greñas fue a buscar a Bill a su apartamento de soltero independiente… En la azotea de la vecindad, junto a los boilers que les daban terror al moreno. Claro, en realidad no era tan independiente… Aún bajaba a comer con su mamá, y ella le subía a limpiar el cuarto, sin contar que no pagaba alquiler ni ayudaba en los servicios, pero, ya iba ganando su dinerito, y no vivía dentro del departamento de su madre, que ya era ganancia.
Georg tocó la puerta del moreno, el cual abrió y le sonrió.
—¡Greñas! —saludó Bill.
—Billiberto —saludó de vuelta Georg, palmeándole la espalda—. ¿Vamos por esas caguamas que dijimos?
—Por su pollo —respondió Bill—. Deja no más me echo mi… —habló mirando a un costado, sacando un pequeño frasco de su bolsillo—. Himmel, perfume para un hombre sin reservas —terminó por decir, mientras que Georg alzaba una ceja sin entender qué verga había pasado.
—Ok… —masculló Georg, viendo cómo se lo echaba y volvía a guardarlo, haciéndolo toser por el escozor—. Bueno, vamos pues.
Bill asintió, y salió con el mayor.
—¿Y pues dónde vamos a tomar? —preguntó Bill.
—Pus… En las banquetas, ¿no? —inquirió Georg, sentándose en la banca, pasándole la botella de tonayán.
—Verga… —dijo Bill, recibiendo la botella—. Pensé que serían cervezas.
—¿Apoco muy fifi? —repuso Georg, quitándole la botella, tomando un sorbo del líquido que se sentía arder en su garganta. Bill asintió, recibiendo nuevamente el envase y bebió un poco, para luego toser—. Ya ni la aguantas, qué puto eres —rió el castaño—. ¿Y qué novelas, we?
—Ay, Greñas. Ando bien enculado —masculló Bill, con mirada soñadora a un costado, recordando a su rastudo.
—¿Y ahora de quién? —inquirió Georg, bebiendo un poco más de trago.
—De un gatito hermoso… El mismo que hace que se me pare el… Corazón —farfulló Bill.
—Ah, sí, creo que me dijiste una vez. Un chico que te tenía clavadísimo, pero nunca te hizo caso, ¿no? Nunca me dijiste su nombre —comentó Georg.
—Tom Torres —soltó Bill el mismo aire soñador, y el castaño escupió parte de su trago.
—¿Tomás Torres? —cuestionó el Greñas, sorprendido.
—Sí, es un muchacho con rastas rubias, bonito, precioso, usa pañoleta en su cabeza, y su ropa es media ancha, luce como malandro pero con una cara tan linda que lo único que puede robarte es el corazón, aparte cuando lo ves de espalda se le nota que tiene un buen par de… —continuó hablando Bill, pero Georg le tapó la boca.
—Aguanta, carnal. Que de quien hablas es mi primo —cortó Georg, y luego le soltó la boca, el menor se quedó paralizado.
—¿Entonces tienes su número? —preguntó Bill con emoción.
Georg se rió. —We… ¿En serio te gusta Tomás?
—Sí, de toda la vida —musitó Bill.
—Pero si toda la vida has estado de nalguita en nalguita, we, ¿cómo sé que estás buscando a mi Tomás para algo serio? —masculló Georg, mirándolo con seriedad.—Porque ese morrito es sano, ¿entiendes? Él siempre se ha dedicado a sus estudios, y nunca se ha metido en problemas. Tom es un buen chico, Bill.
Bill miró al Greñas, y tomó un poco más del trago, sintiéndose envalentonado por el alcohol.
—Greñas… No, Jorge López. Yo, Guillermo Kruz, te juro por lo más sagrado para mí… Mi sábana del América, que quiero a tu primo el Tomás para bien, para hacerlo feliz, para que sea la salsa de mi taco, picante y especial, porque mi amor por Tomás es como un antojito más dulce del que no me cansaría, unos churritos de chocolate, es el aguacate de mi guacamole, la cumbia de mi corazón que siempre me hace vibrar y tu primo sería mi mole porque tiene todos los sabores que prefiero —dictaminó con seriedad Bill, viendo al mayor, el cual asintió, sintiendo la emoción y sinceridad en las palabras del moreno.
—La neta del planeta, sí me llegó profundo tus palabras, we. Incluso me estremecí —musitó Georg, quitándole la botella para tomarse otro trago.
—Ah, no, Greñas. Me gusta tu primo, no tú —aclaró Bill.
Georg rió. —¿Y cómo piensas ganártelo? Porque que yo sepa no ha tenido muchas parejas, si acaso dos creo —farfulló.
—Pues no sé… Le quise invitar un elote, y me dijo que no, ¿quién se niega a un elotito tierno preparado? —inquirió Bill.—¿O tú sabes qué le podría gustar?
—Pus… No sé, ¿tal vez una serenata? —preguntó Georg, poniéndose a analizar, para luego tomar un poco más.
—Ora… ¿De dónde sacaremos mariachis? —interrogó Bill, pensando que no le daba el presupuesto para poder costear algunos.
—Te falta ingenio, mi compa —farfulló Georg con una sonrisa.
—Escupe lupe —farfulló Bill.
&
Tom estaba durmiendo plácidamente en su cama, cansado luego de un día agitado como chofer de microbús, donde por suerte Lupe era quien gritaba, y cobraba, pero él tenía que soportar a los limpiaparabrisas, el dolor de culo, y sin mencionar que casi no pudiera orinar, entre otras cosas en su chamba.
Cuando de pronto escuchó una voz cantando… Abrió los ojos, tallándoselos, bostezando, ¿qué hora era? Era medianoche, ¿quién cantaba a esas horas?
— Llegué borracho de amor. Como todas las noches. Tú querrás besarme y llenarme de amor. Sin ningún reproche. Dios mío por qué en otro rostro. La mirada de la piel que me vuelve loco. Quisiera ser otro y no poder tampoco. Ser un ebrio de amor —canturreaba Bill, con su micrófono con bluetooth del bazar chino, mientras Georg sujetaba su parlante, reproduciendo la música instrumental para darle ambiente al moreno que cantaba.
Tom salió por la ventana, fijándose que Bill era quien estaba cantando, con su primo y su parlante haciéndole bulla. Se sonrojó ante ello aunque no creía que el moreno estuviera ebrio sólo de “amor”, no cuando tenían una botella grandota de tonayán al costado y por la forma en que se contoneaba Bill.
—¿Quién está haciendo bulla a estas horas? —preguntó Camuchita, con la escoba en la mano, asomándose por la ventana.—¿Qué es lo que andas cantando, mocoso? —cuestionó la abuelita de Tom, el cual miraba avergonzado la escena, no queriendo explicarle que esa serenata era para él.
—¡Doña Camuchita! Me gusta su nieto, ¡lo amo! ¡Te amo, Tomás Torres! —gritó Bill a todo pulmón, para luego recibir un baldazo de agua sucia que lo dejó tiritando de frío, y como pollo mojado. No había sido la abuela de Tom, sino doña Hortencia, que sacó justo su agua de la limpieza.
—¡Uy, perdóname Guillermito! —habló la mujer, para luego meterse.
Tom se sintió culpable por querer reírse, de cómo lucía todo mojado su pretendiente, pero… A la vez se sentía mal porque se notaba que tuvo una buena intención.
—Bueno, mijo, al menos se calló —comentó doña Camucha, para volver a meterse.
—Hijole, mano. Pues así ni cómo ayudarte —comentó Georg, apagando la música.
—¿Tal vez vamos a tomar un poco más? —preguntó Bill, pensando que el alcohol le ayudaría a calentarse un poco.
Georg asintió, y se fueron nuevamente a la calle, sentándose en el piso mientras compartían el tonayán.
Tom se mordió el labio inferior, pensando que era la primera serenata que recibía, tal vez no con mariachis, ni instrumentos reales, ni el mejor cantante… Incluso aunque estuvieran todos ebrios, pero suspiró, igualmente se había sentido bonito. “Ojalá Bill no fuera un picaflor, tal vez así sí le hubiera dado una oportunidad”, pensó el de rastas, para luego echarse nuevamente en su cama, disfrutando de la suavidad bajo su cuerpo, para luego conciliar el sueño, donde Bill le engrasaba la tuerca…Del microbús.
Mientras tanto, Bill y Georg se habían acabado el trago, por lo que fueron al Oxxo a comprar más, pero entre las pintas de Bill mojado con agua sucia, y Georg que también se había ensuciado un poco por estar cerca al salpicarle el agua sucia. Vieron cómo al comprar el alcohol se le acercaron unas personas con cámaras y les decían:—Hola, hermosura, ¿cómo estás, coqueto? ¿Nunca te han dicho que eres un tazo dorado?
—Hola, ¿qué tal? ¿Están buscando modelos? —preguntó Bill, poniendo su mejor perfil para ver si notaban su belleza única.
—A ti te hablo corazón, ven, coqueto, ven… Corazón. Hola, ¿cuál es tu nombre? —inquirió uno de los hombres.
—Bill Kruz —respondió el de cabello largo.
—Bill, hay que irnos de aquí —habló Georg, reconociendo a los hombres.
—No, no, tal vez me hagan famoso —musitó Bill en voz baja.
Luego el resto los sujetó.
—¡Suéltenme! ¡Suéltenme! ¡Soy muy bonito para ir preso! ¡Me van a violar! —soltó Bill, removiéndose mientras lo llevaban, y hacían lo mismo con Georg, que ya sólo se dejaba hacer, a sabiendas de quiénes eran ellos.
—Este es un día más de la Patrulla espiritual, donde haremos que estos hombres encuentren el camino hacia el señor —habló el mismo hombre hacia la cámara.
&
Después de unos días, donde básicamente Bill y Georg estuvieron en el anexo. Mientras doña Simone estaba sumamente preocupada por su retoño, y Ria… Bueno, se ofreció a ser la edecán de la tienda de doña Camuchita gratis.
—Pero qué precioso estás, Tomás —habló la voluptuosa mujer, sonriéndole y guiñándole un ojo, poniendo nervioso al menor.
—Ah, gracias —dijo Tom, que ese día lo tenía libre pero estaba en la tienda de su abuelita, mientras la morena sexy le coqueteaba descaradamente, lo bueno era que atraía a clientes, que básicamente compraban cualquier cosa que Ria les ofreciera, incluso cuando ella les duplicaba o triplicaba el precio.
—Deberíamos ir por unos taquitos de tripa más tarde, ¿no crees? —ofreció Ria, haciendo sobresaliente sus labios para lucir más “apetecibles”, y Tom no negaba que la mujer mayor fuera atractiva, por más que tuviera como seis años más que él, sin embargo, no se sentía el más confiado, a sabiendas del extenso… Prontuariado de la hermana de Bill.
Bill y Georg fueron devueltos a la vecindad, cuando el moreno se fijó en cómo su hermana estaba casi arrinconando a su rastudo, por lo que se dirigió hacia a ellos, con el ceño fruncido.
—¿Y tú qué haces aquí, Ria? —preguntó Bill, fastidiado.
La muchacha se giró, viendo a su hermano con ropas que no eran de su estilo, por lo que arqueó la ceja.
—Pues estoy ayudando a doña Camuchita a vender sus calzones, ¿por? —interrogó Ria, mirándose las uñas.
—¿Y eso lo haces arrimándote encima de Tom? —inquirió Bill, mirándola con odio.
Ria bufó. —¿Y eso a ti en qué te afecta o qué?
Tom miró a ambos hermanos, y cómo esa tensión era tan palpable que podía cortarse con un cuchillo.
—Pues sí me afecta, porque me gusta Tomás —soltó Bill, cruzándose de brazos.
—¿Y a mí qué? Soy tu mayor y lo vi primero —refutó Ria.
—Pues te equivocas, Ria. Yo lo vi primero cuando tenía dieciséis años. Así que déjate de mamadas y hazte a un lado, porque no es como que le puedas sacar dinero a Tom —farfulló Bill con cizaña.
Ria boqueó indignada. —¿Me estás diciendo interesada?
—¿La que ofrece sus jamones en un sitio que no sea sólo el supermercado? No sé, tal vez sí, hermanita —soltó Bill con veneno.
Ria se acercó ahora a su hermano, sin importarle que él fuera más alto, ella era la mayor, y con ese ímpetu, su ceño fruncido, sus tacones y sus senos dando botes acortó la distancia con su hermano, el cual estaba lo suficientemente encabronado, y con la canción “Padre nuestro, tú que estás” en la cabeza por escucharla y hasta cantarla por culpa de la “patrulla espiritual” casi las 24 horas, así que no, Bill no estaba con ganas de soportar a su hermana mayor en este momento, y menos cuando la veía tan de encimosa con su gatito naranjoso.
Bill se enderezó, y Ria hizo lo mismo, evidentemente su hermano era más alto, pero ella era mayor, y recordaba cómo le había dado sus respectivas palizas cuando era un morrito todo meco, así que no se sentía amenazada por él.
Tom estaba absorto mirando cómo realmente parecía que los hermanos iban a pelearse… Por él. Sinceramente el muchacho no sabía cómo sentirse con ello. Eran como los triángulos amorosos en las telenovelas de su abuelita. Hasta podía casi salir chispas de los ojos de ambos hermanos Kruz.
—Eh, chicos… —habló Tom, acercándose a ambos.
—¡Tú cállate! —gritó Ria, sin mirar al de rastas, y Bill la empujó.
—¡No le hables así a mi chikistrikis! —barbotó Bill, viendo cómo Ria caía de nalgas al piso.
Tom se quedó sorprendido, y más cuando la mayor se quitó los tacones y luego se lanzó sobre Bill, jalándole de los cabellos.
—¡ALTO, PAREN LOS DOS! —alzó la voz Tom, y los hermanos detuvieron sus actos, mirando al de rastas, que tenía una expresión seria.—Ustedes son hermanos… Así que es tonto que se peleen por una persona, yo ni siquiera tendré algo con uno de ustedes. Me siento halagado, sí, sin embargo, estoy abocado a trabajar por mi abuelita, y más adelante en mis estudios. No me interesa tener una relación —sentenció el joven.
—Ay, cariño, pero sólo quería probarte un poco, nada de comprometernos —masculló Ria, guiñándole un ojo.
Bill la miró con enojo.
—Yo sí te quiero para algo serio, Tomás —farfulló Bill, volteando a verle—. Si me das la oportunidad…
—Bill, basta. En serio. Lo agradezco, pero no. Ya sé cuál es tu fama… Y la de tu hermana también, por eso mismo es que incluso si quisiera salir con alguien, preferiría que no fuera con alguno de ustedes —soltó determinado.
Bill se levantó, con los cabellos parados por los jaloneos de su hermana, y se acercó hasta el de rastas, tomándolo por las manos, a lo que Tom no podía evitar sentir un poco de nervios al sentir aquellas manos en las suyas, y oler el perfume Himmel del que siempre presumía el moreno, había algo en ese aroma tan… Atrayente que hacía que se sintiera nervioso y más con esos ojos tan fijos en su faz, viéndolo como si realmente no hubiera nadie más en esa vecindad. Tom sabía cómo era Bill en realidad, cómo era un mujeriego y hombreriego que ya estaba más pisado que la plancha del zócalo.
—Mi gatito, yo sé que he sido un prostipirugolfo, pero no tengo la culpa de ser tan guapo, ¿sabes? Así me hicieron con muchas ganas, y Dios me hizo atractivo que nadie se me resiste. No sé, yo mismo me sorprendo al mirarme al espejo de tan bello que soy… Porque ya ves a Ria… No tuvo tanta suerte —habló con desdén Bill, mirando a su hermana, para luego volver a ver a Tom—. Pero si tú me aceptas, gatito, te prometo que ya no estaré con nadie más, sólo contigo, mi morrito hermoso, sólo remojaré mi churro en tu chocolate, sólo contigo marinaría mi camarón, sólo en tu cola me formaría, sólo quisiera ser el aguacate que se embarre en esas tortas… —siguió explicando el moreno, con total seriedad y Tom sentía su rostro caliente del perro oso que estaba pasando en ese momento.
Lo peor era que tenía el micrófono en la mano así que las vecinas estaban escuchando fuerte y claro todo lo que decía Bill.
—¡Bill! —interrumpió Tom, apagando el micrófono.
—¿Qué pasó, gatito? Por su pollo que si quieres también nos turnamos, porque ojalá fueras sol para que me des todo el día…—Tom le tapó la boca a Bill, no soportando que siguiera hablando de esa forma tan vulgar.
Ria se estaba riendo fuertemente. —Ah caray, no sabía que eras amiga , Tom.
El de rastas frunció el ceño, sintiéndose humillado en ese momento, y sintió cómo Bill pasó su lengua por su palma, por lo que quitó la mano inmediatamente cuando tuvo pensamientos pecaminosos por esa lengua… ¿Perforada? ¿Tenía un piercing?
—Ya mejor déjenme aquí y vayan a su casa —ordenó Tom, cruzándose de brazos.
—Pero, gatito…
—¡Nada de gatito ni nada! Déjenme solo —se quejó el de rastas, azorado mientras veía cómo las vecinas chismosas estaban allí, susurrando que Bill Kruz quería adelantar las fechas para darle como ajolote en Navidad a Tom.
Bill bajó la cabeza, suspirando, pero decidiendo que tenía que alejarse, al menos por ahora, porque notaba que su cuchurrumín estaba muy enojado. Por lo que se terminó yendo con Ria, que no sentía tan herido su ego al notar cómo interactuaba el rastudito con su hermano, era evidente que el muchacho, incluso siendo o no bisexual, tenía marcadas su preferencias, otra cosa sería si realmente terminaría aceptando al insoportable de Guillermo. Muy guapo y todo, pero se notaba que a Tomás le gustaba que le empujen los frijoles y comerse el arroz con popote.
&
Tom estaba frustrado en su cama, tapándose el rostro con la almohada.
—¿Pero qué te pasa, Tom? ¿Por qué estás así? —preguntó Lupe, sentada al costado de la cama del rubio.
Tom se quitó la almohada de la cara. —Ay, Lupita. Estoy bien agüitado.
—¿Pero por qué? —cuestionó Lupe, sin entender.
El de rastas soltó un largo suspiro.
—Es que… Me gusta un imposible —farfulló Tom, mirando a un costado con aire dramático.
—Ay, ¿cómo por? —preguntó Lupe, arqueando una ceja ante la respuesta de su mejor amigo.
El de rastas volteó a mirarla con los ojos brillantes.
—Ay, no me mires así, Tomás… No es de damitas entre chicas. Diosito castiga —bromeó Lupe, riéndose.
—Ay, babosa, cállate —rió Tom—. Yo no soy mujer, brincos dieras que esté contigo, no, nada que ver.
—¿Entonces?
—Me gusta Guillermo Kruz —soltó Tom, avergonzado por ello.
—Ay, o sea sí, mi cuatacho, está bien guapo el Memo, pero, ¿por qué es un imposible? Porque doña Hortencia me dijo que te quería rostizar el pollo —comentó Lupe.
Tom se sonrojó.
—Porque él ha estado con muchas personas. Y yo no quiero ser un chico del montón, ¿sabes? Siempre te he dicho eso, quiero estar con alguien y que sea especial, que sea capaz de dar todo por mí y no por sólo un rato… Bill es tan guapo, atractivo, con su aroma de un hombre sin reservas, pero sólo es para un momento, y yo no quiero eso. Quiero ver dedicación y esmero, que alguien sea capaz de darlo todo por mí —contó Tom.
—Ay, amigo, también tú. A ese paso pues vas a quedarte pa’ vestir santos —respondió Lupe.
—Pues que yo sepa mi primo no te volvió a llamar —refutó Tom, cruzándose de brazos.
—Ay, no, Tomás. Yo no lo volví a llamar. Está todo precioso, sí, pero cuando me contó que estuvo en el anexo más de una vez se me quitaron las ganas, ¿sabes? —musitó Lupe.
—Ay, la mentada patrulla espiritual, sí, creo que la última vez metieron también a Bill ahí —masculló Tom.
—Ay, sí, bueno. Tendremos que quedarnos solos entonces —soltó con aire de derrotismo Lupe—. Pero al menos yo probé la ver… Dura y no como tú que esperas hasta después del matrimonio.
Tom bufó.
—No todo es sexo en la vida, Lupe —refutó Tom.
—Es porque no lo has probado, mi querido Tomás. Espera que le des una buena ma…
—Ya mejor cállate, Lupita golosa —pidió Tom, interrumpiéndola, sintiéndose aún más frustrado.
&
Cuando les llegó la carta de desalojo a Tom, es que el de rastas se sintió morir, por más que estaba trabajando como microbusero, y alternando su chamba como vendedor de ropas interiores, a veces haciendo entrega en punto medio como neni en el microbús, pero… Igualmente el dinero no era suficiente, las cuentas se habían juntado, y ahora amenazaban con sacarlos de su departamento en la vecindad, y el rubio se sentía destrozado. Ni siquiera Georg podía ayudarle con su puesto de micheladas, y su padrino no estaba en la ciudad. ¿Qué iba a hacer en ese punto desesperante? Su abuelita necesitaba sus medicinas también y él se sentía frustrado y con ganas de llorar.
La gente empezó a murmurar al ver el anuncio pegado en su puerta, y el de rastas se sintió muchísimo peor, porque apenas habían podido mudarse allí, precisamente porque no podían costear el otro lugar donde estaban.
¿Cómo se lo diría a su abuelita? Se dejó caer al piso, tapándose el rostro, no dispuesto a llorar en su casa porque su mamita estaba mayor y no quería sumarle otra preocupación más.
Cuando de pronto sintió cómo se sentaban a su costado en el piso, se destapó con los ojos acuosos, y vio a Bill, el cual le estaba extendiendo un pañuelo.
—Límpiate, gatito —pidió Bill con suavidad—. ¿Qué pasó, precioso? ¿Quién te hizo daño? —inquirió con preocupación en su semblante.
Tom recibió la prenda, sonándose los mocos, para luego limpiarse las lágrimas.
—Necesito dinero y no lo tengo. No es suficiente todo lo que estoy haciendo. Mi abuelita necesita medicinas, no tengo para pagar los recibos de los servicios, ni la renta, y nos van a desalojar —soltó su verborrea, sintiendo que debía desahogarse con alguien de ello o terminaría explotando.
Bill lo sujetó por el rostro.
—Pues no me llores, gatito. Yo te voy a ayudar —prometió Bill, acariciándole las mejillas.
—Bill, tu trabajo como mecánico no ayuda mucho… —dijo Tom, no queriendo menospreciarlo, pero sabía que no sería suficiente.
Bill le respiró sobre el rostro y sonrió. —No, gatito, no ayuda como para pagar tus deudas, pero sí como para comprar para hacer pozole, y una kermés donde recaudemos fondos para que pagues todo.
Tom parpadeó sorprendido. —¿Harías eso por mí?
—Sí, mi gatito. Haría esto y más. Hasta ofreceré un premio para que no sólo paguen por la comida, mi morrito precioso —susurró Bill contra sus labios, y Tom sintió cómo su corazón latía acelerado mientras lo tenía tan cerca, respirando su mismo aliento y… A tan escasos centímetros que el rubio simplemente quería lanzarse sobre él para besarlo, sentir esos labios llenos contra los suyos, y paladear ese piercing de su lengua en la suya, mientras que el mayor también quería darle una buena besuqueada por todos los años que había estado enamorado del menor.
—¿Y quién va a cocinar? —preguntó Tom, rompiendo el ambiente, pero le costaba pensar con claridad en ese instante, y no quería dejarse llevar.
—Mi mamá hace el mejor pozole verde —respondió Bill contra su rostro.
—Oh… Doña Simone —comentó Tom, recordaba que la señora no era la más amable de la vecindad.
—Sí, mi amá es una bondadosa mujer —soltó Bill con una sonrisa.
&
—¿Qué quieres que haga qué, Guillermo? —preguntó Simone, con los brazos en jarras, el ceño fruncido y el moreno sabía que estaba enojada para decirle Guillermo, y no Bill, o pollito.
—Que hagas el pozole verde para la kermés del Tomás —repitió Bill, riéndose con nerviosismo.
—¿Y por qué haría caridad? —cuestionó Simone.—¡Ni siquiera me importa qué pase con ese huérfano!
—Ay, amá, no hables así de Tomás. Aparte doña Camuchita siempre ha sido muy amable, les urge el dinero y por eso les quiero ayudar —explicó Bill.
—A mí no me vengas a mentir, Guillermo. Ya me contó tu hermana, y toda la gente de la vecindad, que quieres hacer el baile del cartoncito con el Tomás. ¡Ese mocoso que no es nadie! Ni padres tiene, y menos dinero, ¿qué te va a ofrecer? Aparte con sus pintas de cholo, y ese cabello todo largo que parece trapeador. No te llega ni a los talones, mijo —reclamó Simone.
—Ay, amá, no hable así de Tomás. Yo lo quiero, amá. Si está bien chulo, siempre he estado clavadísimo con él, y pues está todo achicopalado por lo que le pasa, así que no puedo dejarlo así como si nada. Tomás es importante para mí, amá. No es como el resto, él es especial, Tom es el limón de mi taco al pastor con piña, amá —farfulló Bill, con determinación en la mirada, y Simone lo notó… Vio sus ojos con el mismo brillo Kruz, que ella identificaba cuando algo era muy importante y suspiró.
Simone no quería, verdaderamente no, pero… Su niñito, su pollito ya estaba hasta coladito hasta los huesos por ese cholo oxigenado. Nunca lo había visto hablar así de alguien, pero para que Bill le pida de hacer algo por alguien, de implicarla a ella para una ayuda… Tomás Torres debía ser muy importante para que incluso se osara a contarle a ella sobre él.
—Bueno, pero mañana van por el maíz para el pozole —advirtió Simone y Bill le sonrió grandemente para luego apretarla contra él.
—¡Gracias, amá! —soltó feliz Bill.
&
Bill estaba con el altavoz llamando a la gente.
—¡Compren, compren! Cada entrada es una posibilidad más de llevarse el premio mayor… Un privado conmigo, el más guapo de la colonia, que, humildemente, estoy bien bueno y tengo mis habilidades de teibolero. Y también ayudarán a Tomás. ¡Así que compren, compren, compren! También incluye un plato de pozole verde muy delicioso —seguía hablando el moreno por el altavoz.
Tom estaba a un costado, con las entradas en la mano, cobrando a quienes se acercaban a comprar, por un lado feliz de que Bill lo ayudara, pero por otro incómodo, porque pensaba que precisamente lo que hacía el moreno era en su favor, y tal vez… Aquella señal que le estaban dando los ángeles para que supiera que el mayor lo quería de verdad, y por fin darle el sí, pero no, ahí estaba su pendejo, dando como premio un privado con él, fuera hombre o mujer. Sí, tenía buenas intenciones, y se notaba que las viejas busconas y los viejos verdes compraban las entradas por lo mismo, pero Tom se sentía tan… Frustrado y celoso por ello.
Hasta que se acercó el carnicero, un hombre que le ganaría por unos diez años más o menos, era alto, cabello largo y negro en coleta, y una sonrisa que mostraba un diente de oro, pero no miraba a Bill, sino a Tom.
—Hola, Tomás —saludó Bruno, el carnicero.
—Hola, Bruno —respondió Tom—. ¿Le vendo unas entradas?
—Sí, dame veinte —soltó Bruno, y Tom se sorprendió cuando sacó casi un fajo de billetes, recibiéndolos para entregarle las entradas.
—Gracias —dijo Tom, y Bill arqueó una ceja al ver cómo el carnicero miraba a su gatito.
&
Tom se quedó mirando a Bill.
—Dijiste que tenías movilidad para ir a comprar las cosas para el pozole —habló Tom.
—Pus sí, la poderosa —comentó Bill, señalando su bicicleta.
—¿Dónde me voy a sentar si hay sólo un asiento? —preguntó Tom, arqueando una ceja.
—Acá —señaló Bill su entrepierna, y Tom le golpeó el hombro, haciéndolo reír—. Era broma, aquí nos empujamos un poco y entramos. Tú tranquilo y yo nervioso, mi gatito.
Tom suspiró pero terminó por ceder, viendo cómo casi se sentó en la parrilla de la bicicleta, mientras Bill conducía, y sentía que se le apretaban los huevos por el movimiento, aunque igual era lindo sujetar al moreno por la cintura en el viaje. De todas formas el joven sentía que a sus diecinueve años estaba viviendo su romance adolescente… Tercermundista, y con Bill teniendo veintiún años donde aún ni siquiera eran novios, pero… Eran detalles menores.
&
El día de la kermés Tom se sintió feliz, de ver cómo todos los de la colonia se habían puesto de acuerdo, y habían recaudado una buena suma de dinero, así que finalmente doña Camuchita se enteró de todo, pero no se preocupó, se sintió alegre de que su nieto tuviera un muchacho que se interesara tanto en él para ser capaz de hacer eso.
El entretenimiento era Mico cantando su música psicodelic trans alternativa, que en realidad el muchacho se llamaba Gustavo, y tenía un look bien exótico al tener el cabello negro con mechón emo, el rostro pintado de blanco, con delineador y labial negro, aparte de su ropa oscura con tachas y todo. Pero aunque no fuera el mejor cantante, ciertamente servía como entretenimiento gratuito.
—¡Oye, mira Tom, ese chico! —rió—, ahora que lo recuerdo a él lo vi vestido de mujer con Bill cuando era más joven.
Tom se giró a ver a su primo. —¿No que era su novia?
—Pues no, creo que Mico es hetero —comentó Georg, alzándose de hombros.
Tom suspiró, detestando a su primo en ese instante.
Cuando Mico terminó de cantar con su banda Los Reptilianos, es que Bill sujetó el micrófono.
—Bueno, hola, gente. Ya no voy a dilatar más esto, porque sé que se mueren por saber los resultados… Así que crucen los dedos para que les toque conmigo —canturreó Bill, riéndose, guiñando un ojo, para luego meter su mano en la bolsa con los tickets, moviéndolos antes de sacar el del ganador—. A ver, y la persona que ganó un privado con su servilleta es… Bruno Ramírez —farfulló el moreno con enojo, porque no le caía el carnicero.
El otro hombre de cabello largo rió sonoramente viendo a lo lejos.
—¡Mejor que cambien el privado por uno de Tomás! —se quejó Bruno.
El de rastas se sonrojó profusamente. No se había dado cuenta de que le gustaba al carnicero. Bill quiso lanzarse sobre él, pero fingió una sonrisa.
—No, mi compa. Luego te atiendo no te preocupes —soltó Bill. Sabía que en efecto, tendría que ir con el maldito carnicero después.
Tom se sentía conflictuado, ¿entonces Bruno no quería un privado con Bill sino había comprado las entradas por él? Lo veía halagador pero… La verdad es que si bien el hombre mayor era atractivo, no le gustaba como para pareja, aunque se sentía un poco más tranquilo porque eso quería decir que Bill no haría nada con él.
&
Bruno estaba sentado y mirando al más joven.
—¿Y entonces qué? ¿Nos vemos las caras? —cuestionó Bruno.
—No, pus, no quieres que te haga un privado, así que nos quedaremos aquí a conversar como pendejos —habló Bill.
—No compré las entradas por ti, vato corriente. Sólo lo hice por Tomás, para ganarme su corazón —comentó Bruno, relamiéndose los labios.
—Ay, sí tú. Búscate el tuyo. Tomás ya está conmigo —se quejó Bill.
—¿Ah sí? Que yo sepa no están en una relación, y mientras eso no pase, está disponible para mí —recriminó Bruno.
—Ya me la debes, mano. No te quieras meter con mis macetas. Te la traigo bien guardada —farfulló Bill, frunciendo el ceño.
Para cualquiera que viera la escena se sentiría un poco confundido, dado que en sí los hombres se parecían mucho, salvo por la edad, y por el estilo muy peculiar de Guillermo Kruz.
—¿Qué le puedes ofrecer, nacote? Si no tienes ni donde caerte muerto, en cambio yo… Ya tengo una reputación, dinero, puedo darle todo lo que quiera, una casa, incluso me puedo casar con él. Tengo una cadena de carnicerías, no le faltaría una buena longaniza —comentó Bruno con una sonrisa torcida.
Bill apretó los puños, sintiéndose muy enojado y frustrado, como si en otra realidad ese hombre realmente le hubiera quitado a su gatito, y hasta habrían tenido un hijo llamado Elliot juntos… Negó con la cabeza, aquellos no eran sus recuerdos, sólo era su cabeza torturándole.
—Podré ser lo que tú digas, mano. Pero es lo que prefiere el Tomás, y eso me basta —soltó Bill.
Bruno torció la boca en un gesto de desagrado.
&
Al día siguiente Bill tenía el rostro con un moratón de la tremenda putiza que le había metido Bruno, pero… Finalmente también había desquitado un poco la cólera que le tenía guardada, por lo que incluso le tumbó los dientes de oro al pendejo del mayor. No era que Bill fuera el mejor luchador, era más bien todo debilucho, pero todo lo que se hacía por la fuerza del amor.
Ahora Tom era quien le curaba las heridas, con un rostro preocupado.
—En serio no entiendo por qué tuvieron que pelearse —comentó Tom, pasándole agua oxigenada por la zona afectada.
—Por ti, mi gatito. Porque ese pendejo hijo de la verga te traía ganas, y pues yo tenía que ver por ti —masculló Bill, siseando por el ardor.
Tom suspiró. —Es que toda tu cara hermosa… —se tapó la boca al notar lo que había dicho, y Bill sonrió, sin importarle que era doloroso hacerlo.
—¿Me llamaste hermoso? —cuestionó Bill con los ojos brillantes.
Bill le quitó la mano de la boca, y se acercó a él, mirándole los labios, y Tom asintió, por lo que el moreno lo tomó como el permiso suficiente para poder acortar la distancia entre ambos y besarse. El mayor suspiró durante el beso, y Tom igualmente, entreabriendo un poco los labios para recibir la lengua de Bill, que jugó con la suya, y de pronto lo tenía sujetándolo por la cintura, por lo que el de rastas jadeó cuando el moreno succionó su lengua.
—Espera, espera —habló atropelladamente Tom, separándose, con el rostro rojo.
—¿Qué pasó, mi gatito? —cuestionó Bill.—¿No quieres?
—Es que… Soy virgen —respondió Tom, sintiéndose avergonzado por decirlo en voz alta, agachando la mirada.
Bill lo tomó por el mentón, haciendo que lo viera. —Pues está bien, mi gatito. Yo te voy a esperar. Pero, quiero que estemos juntos, que seas más que nalguita, algo serio, para bien, para presentarte con mi amá, ¿está bien?
Tom sonrió, sintiéndose feliz de escuchar que Bill lo quería para más que un rato, que incluso lo presentaría con doña Simone, y que también lo iba a respetar sin presionarlo.
&
No es que Tom no hubiera tenido parejas antes, sin embargo, nunca había sentido algo tan intenso por alguien como lo que tenía con Bill, por lo que por más que él mismo quiso darse a respetar, como decía Lupe, de igual forma terminaban besuqueándose en el taller de Bill, en el parque, en el callejón, hasta en la azotea siendo tildados de gatos en celo por las vecinas. Y… Finalmente el de rastas había aceptado darle su tesorito. Ya iba a verlo en su departamento, así que el menor se bañó a consciencia y se alistó, viéndose al espejo.
—Tú puedes, Tomás —se dio ánimos, no es que fuera algo que no deseara, sólo que sí sentía bastante inseguridad, más que nada por su inexperiencia.
Subió a la azotea, viendo a Bill esperándolo con una sábana en el piso, unas quecas de chicharrón con queso, un vino lambrusco rosado y unos chocolates con cerezas licor que venden en las combis, que suponía era algo romántico, más que nada porque el moreno estaba con una flor… De plástico en la boca, esperándolo semi echado en el suelo.
Bill se quitó la flor y se la extendió.
—Una flor para otra flor —dijo Bill, y Tom lo recibió, riéndose nervioso, no tanto por el gesto, sino por… La comida, no quería decirle que en realidad el chicharrón con queso le daba reflujo, tal vez si tomaba un alka seltzer después podría lidiar con el malestar.
Antes de que pudiera seguir pensando, Bill le robó un beso, fue corto, pero lo distrajo de su su retahíla de pensamientos.
Bill estaba muy ansioso por esto, porque nunca nadie le había importado tanto como para invertir más que en condones, lubricante o un elote. Pero no, con Tom sería especial, se había puesto su tanga de leopardo con la que bailaba en la frontera, había comprado un vino lambrusco para verse finolis, no los de caja, no, de botella, siendo más pipirisnais, le había pedido a su mamá que le hiciera su comida favorita: sus quecas de chicharrón con queso, y bueno… Pensó en comprar uvas o fresas con chocolate, sin embargo, estaban bien caras por estar fuera de temporada, así que esos chocolates con cereza podían suplir su función, era como tener chocolates y fruta en uno solo, así que se ahorraba también.
Y no compró cualquier lubricante, no, consiguió uno de sabor mango que le dejaron a buen precio cuando compró los condones texturizados… Que inicialmente no era su intención comprar.
Bill había visto el vídeo del Babo del Cartel de Santa, fijándose en las perlitas que tenía en su pene, y él quería darle esa textura a su gatito, pero cuando preguntó por el precio en la tienda de tatuajes y perforaciones es que terminó por aplicar la clásica: —Ahorita regreso —diciéndole al Púas, quien le había hecho el piercing de la lengua antes.
Para después ir a la sexshop Toy Secret Love a conseguir condones con textura de bolitas, y su lubricante de mango que la dueña le guiñó un ojo, deseándole que se divirtiera, con el descuento que le dio, Bill se sintió muy feliz, y le sonrió de vuelta a la mujer bajita con lentes que se llamaba doña Nadia, o algo así bien exótico, pero no interesaba, por más que esa mujer lo viera como si lo conociera de antes, él sólo podía pensar en su morrito precioso.
Tremenda inversión había hecho, todo fuera por su gatito hermoso que estaba sonriéndole.
—Estás precioso hoy, con tu pañoleta así todo bonito, con tu lunarcito en la mejilla pareces una tortilla tostadita en el comal —habló Bill, con una sonrisa.
Tom se rió. —Ay, Bill… Eres bien quien sabe como —comentó el menor.
Bill le robó otro beso, y luego le ofreció una queca que Tom comió, sintiendo cómo las agruras le iban llegando a la boca del estómago conforme seguía comiendo.
Bill comía con naturalidad, y luego sirvió el vino en vasos de plástico.
—Hay que dar un brindis por nosotros, mi gatito. Porque pasemos mucho tiempo juntos —dictaminó Bill, sintiéndose el más dichoso, porque por fin tendría a su gatito para siempre, buscando chocar con su vaso de plástico, que Tom levantó y lo chocó—. ¡Salud!
—¡Salud! —respondió Tom, para luego apurar el trago en su garganta.—Creo que para la próxima pues… Que las quecas sean de flor de calabaza o algo, que me caen un poco pesadas de noche, ¿no crees, pollito? —sugirió con delicadeza.
—Ah pues sí, normal, mi gatito. Como gustes, mi amor —dijo Bill, dejándole un beso nuevamente que Tom correspondió, disfrutando de sentir aquellos labios contra los suyos, sin importarle el sabor de la comida o el alcohol, gozando cómo el mayor buscaba dominar aquella contienda al pasar su lengua por su paladar con placer… Haciéndolo estremecer en ese momento.
Se separaron por aire y Tom vio sus labios rojizos y brillantes, sin saber si era por el beso o la grasa de la comida. Bill sujetó un chocolate y se lo puso en la boca, no dándole tiempo a reaccionar cuando volvió a acercarse a él, para saborear el chocolate dentro de la cavidad del menor, el cual gemía al sentir cómo sus lenguas danzaban con el chocolate, que terminó en boca de Bill quien lo masticó, para luego sonreírle.
—Creo que debemos llevar esto a mi cuarto —ordenó Bill, y Tom asintió.
Bill y Tom llevaron las cosas al departamento de Bill, que sólo era un cuarto con baño, y el moreno acomodó la botella de vino en la mesa de noche.
—En esta cama te haré hombre —sentenció Bill, y Tom vio que su sábana y colcha era del América, pero bueno, no iría a decirle nada al respecto.
Cuando se giró a volver a ver a su novio, ya lo encontró solamente usando su tanga de leopardo, que lo hizo salivar, principalmente por el bulto que podía verse formándose bajo la escasa tela, aquello ligado a su vello en pecho y su cuerpo que le excitaba tanto al recordarlo cómo se veía las camisas abiertas o su ropa de mecánico, había imaginado tantas veces cómo se vería el moreno sin nada y sentía que no le hacía justicia. Volvió a subir su mirada y encontró esos ojos predatorios en el menor que hizo que jadeara, mientras que Bill movía las caderas frente a una música que sólo estaba en la mente del mayor, contoneándose como todo un teibolero, que sólo despertaba los más bajos instintos de Tom, haciéndolo tragar duro, quedándose paralizado allí.
—Pero, mi gatito… ¿No te quitarás la ropa o quieres que lo haga por ti? —preguntó su chacal, y Tom asintió, comenzando a quitarle la pañoleta de la cabeza, pero Bill se acercó, quitándole la casaca… Para besarle el cuello, pasándole los labios con cadencia encima de la zona erógena, consiguiendo que le temblaran las piernas al de rastas y su respiración se aceleraba.
Antes de que Bill siguiera besándolo de esa manera, ahora incluso pasando los dientes con una suavidad pasmosa que hacía que sintiera su miembro alzarse en total interés en sus pantalones… El mayor le quitó la playera, mostrando su cuerpo delgado pero trabajado, y Bill lo lanzó a la cama, cayendo de espaldas, para comenzar a quitarle los pantalones viendo una decadente… ¿Lencería? No, eran truzas de abuelo, blancos desabridos, miró al menor.
—Es que sólo puedo usar algodón, perdón, no tenía otra ropa que no me dé alergia —comentó Tom, adivinando el pensamiento, pero el mayor se alzó de hombros, no considerando que lo importante sea la ropa interior de su gatito, sino lo que escondía debajo, y efectivamente, una vez lo desnudó por completo, casi salivó al notar el pene grueso y largo de su novio.
—Qué rica verga —se sinceró Bill, y Tom se sonrojó, porque en realidad no esperaba que le dijeran eso.
—¿Gracias? —respondió el de rastas.
—Las que te adornan, rorrooooo —farfulló Bill, sujetando la botella de vino, haciendo que el menor se cuestionase qué iba a hacer con ello.
Pero el moreno echó el alcohol en el vientre de Tom, a la altura de su ombligo, y bajó la cabeza en aquella dirección, bebiéndose el líquido entremezclado con el sudor de su gatito, disfrutando de meter la lengua por su orificio haciendo que Tom se arquease por ello… Era tan erótico que no podía negar que lo estaba excitando en demasía algo tan banal como que le chupen el ombligo con vinito.
Bill dejó la botella y subió de nuevo, dejando mordidas en su cuerpo, su estómago, sus costillitas, haciendo que la piel se le pusiera chinita a Tomás, para después mirar sus pectorales con deseo y se fijó en su rastudo, dándole un vistazo antes de embocar uno de sus pezones erectos en la boca, comenzando a chuparlo, haciendo que Tom se cuestionara cómo algo tan inútil podía excitarlo tanto, pero fácilmente se imaginaba esa lengua alrededor de su miembro, empleando la misma fuerza de succión en su polla que comenzaba a sudar, por el deseo, la excitación y la forma en que al chupar su tetilla hacía que corrientes eléctricas le recorrieran el sistema.
Tom jadeó quedito. Y Bill hizo el mismo tratamiento en el otro pezón, haciendo que el de rastas le agarrase por la cabeza, sintiendo que su cabello era tan suave…Debía ser porque usaba acondicionador Pantene.
El de rastas apretó más la mata de cabello del moreno, y sintió cómo sonrió contra su pecho, para luego subir, besándolo, y Tom lo abrazó con sus piernas, ambos gimiendo en la boca del contrario cuando sus erecciones chocaron en ese movimiento, la de Tom libre y la de Bill aún enfundada en su tanga de leopardo.
Bill movió con más potencia sus caderas, y Tom, con todo el ímpetu pese a su inexperiencia, igualmente empujaba su pelvis, gimiendo al sentir esa dureza contra la suya, pensaba que podría correrse sólo con eso. Pero no, Bill tenía otros planes…
El moreno se separó levemente, para quitarse la tanga, mostrando su erección ladeada, y Tom tragó saliva al verla, no podía negar que se la había imaginado más de una vez, sin embargo, ahí estaba, brillante y orgullosa frente a él, con sus venas pulsando y el de rastas sabría lo que se vendría.
Bill ubicó su almohada debajo del trasero del menor, alzando sus caderas, y le dejó un beso en el muslo, para después traer el lubricante de mango, poniendo un poco entre sus dedos y masajeando la virilidad de su novio, el cual empujó sus caderas frente a ese toque, Tom se sentía tan bien en las manos expertas de Bill…
El moreno detuvo el bamboleo, para echarse más lubricante en la otra mano, y dirigirla entre las nalgas de su novio, para sujetar nuevamente su hombría, masturbándolo mientras hacía presión sobre sus esfínteres, y Tom se mordió el labio cuando aquel hombre de sus sueños más sucios le metía un dedo en el culo… Su chacal, que olía a sudor, Himmel, comida y vino, aquel hombre tan pagado de sí mismo, y tan estúpido al mismo tiempo, sin embargo, no por ello menos, no, Tom lo adoraba, y se sentía seguro de entregarle su tesorito a él más que a nadie.
Bill metió dos dedos cuando sintió cómo el canal de Tom se iba relajando, sin dejar de masturbarlo, ya que eso hacía más llevadera la penetración, ingresó uno más, consiguiendo que Tom maldijera al poseer un placer nunca antes sentido conforme su interior apretaba esos dedos ya que sus terminaciones nerviosas se ponían fuera de control al sentir esos dígitos hurgar en él.
Bill giró los dedos y Tom gritó, insultando a todos sus ángeles debido a que le había tocado la próstata y se sintió delicioso, por lo que el de rastas estaba en un punto confundido de si empujar sus caderas hacia arriba para que lo masturbara o mover el culo hacia abajo para disfrutar cómo Bill entraba más profundo. Por lo que terminó yendo en vaivén, para arriba y para abajo, no interesaba nada más que sentir a su macho.
—Estás bien jarioso, mi gatito —habló con voz ronca Bill, sintiendo su propio miembro efecto se chocaba contra el colchón.
—Sí… —soltó en un jadeo Tom, luciendo un bello sonrojo acentuando sus facciones que sólo hacía que Bill se excitara más, cómo le prendía ese condenado.
Bill se relamió los labios, sacando los dedos, para echarse más lubricante, volviéndolos a introducir, viendo cómo se arqueaba su gatito, como si genuinamente fuera un gato en celo ardiendo porque le calme el calor interno. El moreno sentía cómo se le secaba la boca por la necesidad que tenía por poseerlo, imaginando ese calor abrasador que percibían sus dedos alrededor de su miembro, nunca se había puesto tan cachondo con nadie, no a ese nivel al menos, siempre había sido un buen amante, lo suficiente como para que sus ligues quisieran repetir más de una vez, y la libido siempre la había tenido alta, no obstante… Bill no podía describir con palabras todo lo que englobaba estar con Tom en aquel contexto, porque sentía la polla erecta por él, pero también cómo si hubiera algo más, una carga emocional que nunca había tenido con nadie, sabía que aquel chico de la cola de las tortillas lo tenía enculadísimo, por lo que sentía que no podía comparar lo que haría con él con nada antes vivido.
Aparte le estaba dando su primera vez… Y Bill se sentía más que honrado por ello.
Bill siguió curvando sus dedos, mientras lo masturbaba, disfrutando en demasía la orquesta de gemidos que soltaba su gatito, y sus expresiones de placer, hasta que lo supo, por la forma en que su culo se tragaba sus dedos, ya estaba más que listo para recibirlo. Sacó sus dígitos con cuidado, gimiendo cuando vio lo dilatado que lo había dejado, y se puso su condón texturizado, que ya venía con lubricante, pero igualmente se echó un poco más, porque no quería que su gatito sintiera el más mínimo dolor.
Tom se sentía tan expuesto en este punto, con las piernas abiertas de par en par, sus dedos aferrados a la sábana del América, y los ojos de Bill recorriéndole con una mirada hambrienta, mientras apretaba sus muslos en movimientos tan excitantes que hacía que se pusiera más deseoso por lo que pasaría. No tenía miedo, de algún modo sabía que su pollito lo cuidaría en todo el proceso, porque se notaba que había dedicación en Bill, y lo amaba por ello… Abrió los ojos al notarlo, había pensado la palabra con “a”, quizá no tenían mucho tiempo juntos, pero sí… Aquel chacal se había metido en lo profundo de su corazón, aunque ahora lo haría en lo profundo de su culo…
Bill sujetó su pene envainado en dirección a su entrada, y volvió a sujetar la erección de su gatito, el cual soltó un jadeo cuando sintió cómo su chacal comenzaba a hundirse en él… Cerró los ojos un momento, siendo consciente de que la hombría de su macho era más que sus dedos, pero Bill entró con cuidado, poco a poco, hasta estar por completo dentro suyo, y se bajó en dirección a su rostro, comenzando a besarlo, dejándole besos en las mejillas, frente y finalmente en la boca, jugando con su lengua, sin dejar de jalársela con suavidad, y Tom gimoteaba en la boca del contrario, porque había un escozor todavía, pero no era mucho, y el sentir cómo el moreno lo masturbaba, presionando levemente el pulgar en su glande sólo hacía que se arquease un poco, por lo que terminó empujándose a sí mismo hacia la pelvis de Bill, el cual dejó de besarlo, gimiendo fuerte contra su boca.
—Uy, gatito… ¿Ya quieres que me mueva? —inquirió Bill que sentía cómo apretaba rico su rastudito.
Tom lo vio con ojos brillantes, sujetó los hombros de su macho, y abrazó su cuerpo con sus piernas.
—Dale vuelo a la hilacha —masculló Tom, relamiéndose los labios, chocando contra los de Bill, no le importaba el dolorcito que sentía, era más fuerte su deseo por sentirlo…
Bill se mordió el labio inferior, y volvió a besarlo, saboreándole la boca, mientras comenzaba el vaivén de sus caderas, y su gatito le rasguñó los hombros de tan fuerte que le apretaba, y no sólo por ahí, ya que al Tom jugar con la lengua perforada del moreno, también apretaba su interior, al momento en que aquella verga le rellenaba tan rico, que le estaba dando justo ahí donde le había hecho enloquecer con sus dedos, y esas mendigas bolitas… Uff, lo estaban poniendo loquito, por cómo hacían más intenso en ese momento…
La forma en que Bill lo penetraba, era muy parecido a cómo bailaba el mayor, así con ritmo, con ese contoneo con la tanga, pero ahora haciéndolo dentro suyo, por lo que ponía los ojos en blanco, totalmente entregado a ese instante. Si bien Tom había fantaseado con esto, realmente superaba con creces todo lo que había pensado, y estaba desatando algo en su interior… Que desconocía que tenía, un deseo muy bien escondido, por lo que acarició el pecho con vello de su macho, para luego sujetarlo por el rostro, besándolo, dirigiendo el beso, chupándole la lengua, empezando a mover su pelvis para más profundidad, porque incluso cuando no le tocaba la próstata, la manera en que era llenado… Hacía que todas sus terminaciones nerviosas se alterasen, por lo que apretó más sus piernas alrededor, empujando con sus talones en las nalgas paradas de su chacal, el cual estaba dándolo todo encima suyo, aguantándose para no correrse porque Bill sentía que era tan intenso como si el que tuviera su primera vez fuera él y no Tom.
“Es que no estoy cogiendo, estoy haciendo el amor”, pensó Bill, notando que era la primera vez que lo hacía con alguien al que quisiera tanto.
Tom sentía estrellas de color rosa en cada estocaba que le daba Bill, hundiéndose tan profundo dentro suyo que lo hacía salivar.
Bill soltó su miembro, para sujetarlo por las caderas, arañándoselas en el trayecto, para aumentar el ritmo de las embestidas, en un balanceo que hacía que le chocasen los huevos contra las nalgas de su gatito, el cual ponía los ojos en blanco, disfrutando cómo su pene daba botes entre sus cuerpos, mientras lo agarraba casi con violencia en sus caderas… Aquello dejaría marca, y no le importaba a Tom, es más, le excitaba que fuera brusco en este punto, estrujándolo mientras era certero con sus penetraciones.
—Te quiero, gatito —susurró Bill contra sus labios, y sus movimientos se volvieron erráticos, podía notar cómo latía en su interior, su pollito iba a correrse, a él también le faltaba poco.
—Yo también… Aah… ¡Aah!… Ngh… También te quiero… Pollito —respondió Tom entrecortadamente, para luego besar a su macho, apretándolo contra su cuerpo.
Bill gruñó contra su boca y empujó más sus caderas, volviendo a sujetar su pene, dándole un par de jaladas hasta que su gatito se corrió entre ambos cuerpos, en largos chorros de semen, y los espasmos del canal de Tom es que hizo que con unas embestidas más se terminara por venir en su interior. Para después salirse con cuidado, quitándose el condón, tirándolo a la basura, para luego acomodarse en la cama, mirando de costado a su bello gatito con las rastas en la almohada, el rostro rojizo y brilloso por el sudor, luciendo tan precioso que Bill jamás podría cansarse de verlo.
—Ay, mi gatito… Me hiciste muy feliz —soltó Bill, acariciándole el rostro, para luego besarlo, suavemente esta vez, sin profundizar y Tom se sintió muy querido en ese momento, con el afecto que no sabía que necesitaba después de hacer el amor.
—Tú también, mi pollito —respondió Tom cuando dejaron de besarse, ambos sonrientes y con brillo en la mirada.
Bill bajó su mano por el cuerpo de su novio, hasta apretarle las nalgas, haciendo que Tom se sonrojara por la forma tan demandante que lo había agarrado, con ganas y todo.
—¿Lo hacemos otra vez? —cuestionó Bill, con una mirada cargada de lascivia.
Tom se quiso hacer el recatado, pero Bill le besó el cuello, es que terminó cediendo… La noche sería larga pero no tanto como…
&
Tom después de perder la virginidad entendió bien la frase que le repetía Lupita, de que si no te deja las piernas temblando y doliendo lo que debía “doler” es que ahí no era. Y pues… Con su pollito sí era.
Aún se iba a trabajar al microbús, donde a veces era complicado mantenerse sentado, por lo que se había comprado un cojín de dona, que ponía sobre su asiento de conductor, y por lo que Lupita se reía al saber el por qué lo usaba. Sin embargo, eso no mellaba en su vida sexual, igualmente era muy activa.
Ahora estaba en el taller de Bill, con su torta de tamal y champurrado, para que desayunara su macho, y se escuchaba de fondo Vaquero de Andrés Castillo, Bellakath y El Malilla. Tom se quedó paralizado con la escena que tenía frente a sí, porque era evidente que Bill no había reparado en su presencia, por lo que estaba concentrado frente al auto que revisaba, sin embargo, iba moviendo las caderas al ritmo de la música, de esa forma que las movía cuando se la estaba metiendo, con ese contoneo y cabeceo de teibolero que lo enloquecía…
A Tom casi se le cae la torta por la impresión, y se mordió el labio inferior, apretándose las piernas, como queriendo contener la excitación que iba formándose en su interior, pero terminó separando sus piernas cuando le dolió que se apretó los huevos.
Aún así era excitante verlo así, moviéndose con cadencia, con esa música de fondo, justamente la parte que cantaba Bellakath, por lo que menor pensó: “Cómo quisiera ser la Bellakath para que Bill me lo arrime contra ese carro, y luego me monte como si fuera mi vaquero”.
Bill se giró para buscar otra herramienta y dejó de bailar, sonriéndole a su novio.
—Gatito —saludó el moreno, acercándose a él, manchado en grasa y sudor como su reencuentro, y siendo tan condenadamente excitante como la primera vez.
—Aquí te traje tu desayuno, pollito —habló Tom, y Bill le dio un beso, para luego sentarse a comer, con el de rastas a su costado.
—Gracias, gatito —dijo Bill, después de masticar.
Tom asintió, enamorado de ese mecánico naco y estúpido. Y después le comentaría sus fantasías de que se lo haga en el taller mecánico con reggaeton de fondo.
&
El silencio sepulcral se había instalado en la casa de los Kruz, cuando Bill invitó a Tom y doña Camuchita. Simone estaba de acuerdo con la relación, sí, porque era importante para su pollito, sin embargo, no a ese nivel, no cuando sabía con qué intenciones había pedido que el cholo de rasta y su abuelita estuvieran allí.
—Hola, doña Simone. Le traje unos chiles en nogada —mencionó Tom, sonriente, con su olla, la cual ella recibió de mala gana y la puso en la mesa.
—Hola, Tomás —respondió la mujer—. Y buenas tardes, doña Carmen —acotó viendo a la mayor.
—Hola, Simone querida —habló la mujer mayor.
Todos se sentaron, junto con Bill, Ria, Andreas y… Mico, que nadie invitó pero estaba allí.
—Bueno, amá, doña Camuchita, yo… Quería que estuviéramos todos aquí porque tengo algo importante que decir —comenzó a contar Bill, luciendo un tanto nervioso.
Tom se quedó mirando a su novio, sin entender bien lo que pasaba, mientras que Simone estaba roja del coraje adivinando bien lo que iría a pasar.
—Pues… Ya estamos medio año con mi Tomás, y si bien no es mucho tiempo, para mí sí, porque llevo enamorado de él desde que lo conocí en la cola de las tortillas cuando él tenía catorce y yo dieciséis. Nunca olvidé su carita bonita y cómo incluso cayéndose se veía tan hermoso —narró Bill con aire soñador, mientras que Tom sentía vergüenza recordando aquello—. Mi punto es que, me siento muy seguro de Tomás, y de que quiero estar con él para toda la vida. Así que con el permiso de doña Camuchita, Tomás Torres, ¿me harías el hombre más feliz de México casándote conmigo? —inquirió el moreno, sacando una sortija de compromiso de las que vendían en el tianguis, pero el de rastas boqueó sorprendido.
Simone ardía de furia, Ria se quedó boquiabierta y Andreas casi se cae de la silla. Doña Camuchita sonrió, porque en realidad sabía que el novio de su Tomás era un buen chico, así que si había puesto tanto esfuerzo para estar con él, podía cuidarlo para siempre, así que se quedó expectante.
—¿Qué me dices, gatito? ¿Me darías el sí? —preguntó Bill, ahora acercándose a su novio, poniéndose de rodillas frente a él.
Tom asintió feliz. —¡Sí! —dijo el menor, para luego ver cómo el moreno le ponía el anillo, que se preguntaba cómo habría dado con su talla, para luego besarlo.
Simone sentía que iba a botar espuma por la boca del coraje.
—¿Eso quiere decir que ahora se irá de la azotea? —preguntó Andreas.
—Cállate, güero —ordenó Simone.
Ria se sentía frustrada porque pensó que siendo la mayor sería la primera en casarse.
—Mi gatito, qué bueno que aceptaste, como ya dentro de poco habrá una boda colectiva, pues quería ver si decías que sí para casarnos allá —comentó Bill, luego de besarse con su prometido.
—Ah está bien, mi pollito. Yo feliz de casarme como sea pero contigo, mi amor —farfulló Tom, con brillo en los ojos.
Tom sentía que estaba teniendo su historia de amor de telenovela, donde si bien no esperó la boda para comerse el pastel… Al menos sí habría boda.
&
Después de casarse en la boda comunal, donde todo fue muy rápido y sencillo. La vecindad organizó una fiesta para celebrar la unión.
Bill y Tom entraron a la vecindad adornada totalmente sonrientes.
Lupita estaba llorando a un costado de felicidad de ver a su mejor amigo con su traje alquilado, pero sonriente con el chacal que había elegido como esposo.
Bere y Vicky, ahijadas de doña Camuchita, que eran mayores que Tom, pero no por mucho, se acercaron a los recién casados.
—Ay, felicidades, Tomás —dijo Bere, después de abrazarlo—. Tan guardadito que te lo tenías, canijo —molestó la mayor con una sonrisa.
Tom rió, las muchachas siempre habían sido como hermanas mayores suyas.
—Ni tanto, eh. Sino que ustedes muy en sus pedos que ni se dieron cuenta que andaba con él —contó Tom.
—Ay, mana, es cierto. Hubo un chisme bien fuerte de que Bill dijo por micrófono que se lo quería echar —acotó Vicky, mirando a su hermana.
Bill se rió. —Perdón, no sabía que estaba encendido el micrófono, pero mentira no fue —musitó el moreno.
—Escuchamos pero no juzgamos, Bill —mencionó Bere, para luego reírse todos.
—¡Y ahora la pareja de casados va a dar su primer baile! —habló Mico por el micrófono.
Empezó a sonar “Amor a primera vista” de Belinda, Lalo Ebratt y Los Ángeles Azules, y Bill tomó a Tom por la mano, viéndolo con cariño, y dirigiéndose al centro del patio.
El de rastas estaba sumamente emocionado de ser ahora el señor Kruz y comenzaron a bailar al ritmo de la canción que sentían que les aplicaba a ellos, porque se enamoraron en la cola de las tortillas, y fue amor a primera vista… Que quizá no se pudo dar desde el inicio, pero que igualmente ahora sabían que sería para siempre.
Bill se sentía el más afortunado de tener al de rastas consigo, a pesar de saber que su madre estaba muy enojada porque pensaba que su rastudito era poca cosa, pero poco le importaba, por algo era su esposo y de nadie más.
La gente se terminó uniendo al baile.
Lupita jaló a Mico para ponerse a bailar con el joven de apariencia curiosa pero que era muy culto, y nunca había ido al anexo, así que sentía que podría ser el comienzo de algo, tal vez su propio cuento de hadas.
El Greñas veía feliz a su amigo con su primo, pensando que Bill podría cuidar muy bien a su pequeño, terminó bailando con Ria, porque intentó invitar a Bere, pero esta le declinó la propuesta, para bailar con su hermana Vicky.
Bruno estaba sentado en una esquina, totalmente frustrado, pero ya no podía hacer más. Bill había ganado esta guerra.
Los esposos siguieron bailando, totalmente ensimismados el uno en el otro, contando los minutos para darse una escapada para consumar su matrimonio, donde Bill sería el palo y Tom la piñata.
Ambos sentían que los ángeles estaban de su lado.
F I N
La patrulla espiritual con Bill Kruz (da clic aquí).
El besito de los esposos (da clic aquí).
Fan art de la historia:


