Fic hetero de Heiligtkt483

Capítulo 105

By Naia

Cerré los ojos intentándome quedar dormida, pero los recuerdos venían a mi cabeza una y otra vez. Sentí el aliento de aquellos chicos teniendo sexo conmigo, sin mi consentimiento, una sensación de ganas de vomitar se apoderó de mi estómago. Las lágrimas surcaron mis ojos. Me sentía miserable, como si estuviera recibiendo un castigo divino por haber estado con mi hermano Tom, de la forma que estuvimos. Rompiendo lo fraternal.

No sé qué hora era, pero me había pasado gran parte de la noche en vela. No era capaz de dormir, y sentir la presencia de mi padre en la habitación no ayudaba. Me sentía como observada. La puerta se abrió para luego ingresar en el interior una enfermera. Miré por la ventana y ya se podían ver los primeros rayos del sol, salir por el horizonte. La enfermera se acercó a mí, para luego suministrarme un antibiótico, o eso creía que era. No era experta en medicina. Minutos después la enfermera salió de la habitación, y nos volvimos a quedar solos en la habitación. Sentí algo en movimiento. Mi padre debió de haberse despertado.

—¿Te importa si te dejo un par de horas sola? —me preguntó mi padre.

—La verdad es que no me importa —le dije en un tono frío. Ciertamente, me importaba muy poco la opinión de mi padre— Puedes irte sin ningún problema, me las arreglo mejor sola.

—Realmente me voy a dar una buena ducha caliente, desayunar algo e informar a tu madre de lo ocurrido —me informó mi padre— Después volveré para hacer te compañía.

—Te dije que no quería que le dijeras nada —le dije a mi padre enfadada— Ella me sacó de su vida, muestra claramente que no quiere saber nada mí.

—Naia, no seas así —me dijo mi padre dolido— Ha pasado un mes y sigues molesta con tu madre… Ella tendría sus razones para mandarte a vivir conmigo, quizás no te estabas comportando bien.

—Yo siempre me he portado bien —le dije a mi padre molesta— No entiendo porque mamá se comportó así conmigo…

—Bueno, me voy —me dijo de nuevo— Regresaré lo más pronto posible.

Mi padre se dirigió hacia la puerta de la habitación, para luego cerrarla tras de sí. Me quedé sola completamente. Como era todavía temprano, y no era plan de encender la televisión me puse a dormir nuevamente. Y así fue pasando la mañana hasta que mi padre regresó de nuevo. Al mediodía sirvieron la comida, que apenas comí porque estaba realmente asquerosa. Para pasar un poco más amena la tarde, encendí la televisión para entretenerme con algo. Mi padre seguía haciéndome compañía hasta que su teléfono móvil comenzó a sonar.

—Voy a salir afuera para contestar la llamada —dijo mi padre a la vez que se dirigía apresuradamente hacia la puerta para salir de la habitación. Asentí con la cabeza, aunque no creo que mi padre viera mi gesto. Me concentré en ver la televisión, hasta que nuevamente mi padre entró en el interior de la habitación cerrando la puerta tras de sí— Era tu hermano Bill…

—¿Qué quería? —le pregunté curiosa.

—Saber en qué habitación estabas del hospital, viene de camino para visitarte —me informó mi padre.

—¿Por qué has llamado a mamá para decírselo? —le pregunté recriminatoriamente—Te dije que no se lo dijeras —le dije alterada.

—¡Cálmate Naia! —me dijo mi padre.

—Era mi decisión de que no se lo dijeras, y me has traicionado —le dije con ojos llorosos. La verdad es que no quería que mi hermano Bill me viera. Todavía tenía pequeñas marcas en la cara, brazos por el pequeño forcejeo que había hecho con mis agresores. No quería que viera en lo que me había convertido, al fin y al cabo, me había convertido en algo que durante un año me había negado a mí misma. Solo era una puta, que se acostaba con cualquier chico— ¡Te odio!

—Soy tu padre y creo que tengo el derecho de decidir qué es lo mejor para ti, y lo que no —me dijo alzando la voz haciéndome callar de repente— Te recuerdo que todavía eres menor de edad.

—Solo por dos meses… —susurré.

Un pequeño golpe en la puerta nos interrumpió. Nos quedamos en silencio, para luego abrirse la puerta lentamente y aparecer detrás de ella la cara de mi hermano Bill, que miraba con precaución al interior de la habitación.

—¿Se puede? —preguntó mi hermano mayor.

—Sí, pasa —dijo mi padre. Yo permanecí en silencio. Bill cerró la puerta tras de sí y caminó hacia donde nos encontrábamos nosotros— Bueno, ahora que ha venido tu hermano voy a aprovechar para hacer unas gestiones —dijo mi padre rápidamente para luego dirigirse a la puerta saliendo de la habitación. Nos quedamos mi hermano Bill y yo en silencio.

—¿Cómo te encuentras? —me preguntó mi hermano Bill rompiendo el silencio finalmente.

—Supongo que bien… —musité.

—Me preocupé muchísimo cuando escuché a mamá decir que te habían… —no siguió diciendo la frase porque su voz se quebró— Esos hijos de puta… ¿Los han pillado?

—No he puesto la denuncia —le respondí a mi hermano.

—¿Por qué? —me preguntó atónito mi hermano mayor.

—Porque es mi vida y punto… —le respondí molesta— Yo decido lo que quiero o no…

—Pero Naia… —dijo mi hermano confuso.

—Solo se pasaron un poco conmigo, nada más —le dije— Yo les ofrecí mis servicios…

—Eso no es verdad y lo sabes bien… —me dijo mi hermano incrédulo.

—Soy una puta, Bill —le grité. Mi hermano me miró con ojos desorbitados.

—No vuelvas a decir, nunca más eso —me dijo apretando su mandíbula llega de rabia, de ira.

—¡Qué pasa, te duele saber que tu hermanita se dedica a eso! —le dije a mi hermano— Si quieres puedes ir a decírselo a mamá o a Tom…

—Realmente no sé lo que está pasando contigo, Naia —me dijo mi hermano con enfado— Pero no tiene ninguna puta gracia lo que has dicho…

—Me da igual lo que pienses —le dije con frialdad. Ya no era la misma niña de hace un mes, ahora mi corazón se había endurecido.

—Realmente me dejas perplejo con tu actitud —me dijo mi hermano con voz decepcionada— Miles de veces te advertí lo que pasaría si Tom te llegaba a dejar, y ahora veo como a pasos agigantados te estás derrumbando cayendo en un pozo sin salida —me miró con pena— ¿Dónde has dejado a mi hermana pequeña? —me preguntó con tristeza— Necesito que vuelvas a ser la misma de antes, que vuelvas a sonreír.

—Esa chica está enterrada bajo tierra, Bill —le respondí. Me puse a mirar por la ventana para ignorarlo. No quería seguir hablando con él, no quería verlo a la cara porque verlo me recordaba demasiado al capullo de su hermano gemelo, el que jugó conmigo y se rió en mi propia cara mientras me hacía promesas de amor eterno— Ya no volveré a ser más la persona que recuerdas.

—Naia… —susurró mi hermano Bill.

—Quiero estar sola… —musité para luego acurrucarme en la cama en posición fetal.

Minutos después mi hermano Bill abandonaba la habitación dejándome sola de nuevo.

Los días fueron pasando hasta que finalmente me dieron el alta en el hospital. Aquel día mi padre me había ido a buscar, y ahora se encontraba en la habitación conmigo entregándome una bolsa de viaje.

—Te he traído ropa limpia —me informó mi padre.

—Gracias… —susurré.

—Bueno, te dejo sola unos minutos —dijo mi padre para luego salir de la habitación, para dejarme intimidad a la hora de vestirme.

Me acerqué a la bolsa que había dejado encima de la cama. Rebusqué en el interior de ella, para coger una camiseta negra y unas mayas de color negro, que me había comprado hace un mes. Después saqué la ropa interior, unos calcetines. Me fui poniendo lentamente la ropa interior, para luego ponerme las mayas y finalmente la camiseta. Cuando estaba anudando los cordones de mi converse, la puerta se abrió.

—¿Ya estás lista? —me preguntó mi padre desde la puerta. En la mano traía un sobre— He venido de hablar con tu doctora, y ya me ha dado tu alta firmada.

—Sí, solo me falta anudarme los cordones del otro tenis —le dije.

Acabé de anudarme los cordones, luego ambos salimos del interior de la habitación. Yo iba caminando lentamente ya que todavía sentía molestias en mi interior. Caminamos hacia la zona de ascensores, que estaban alejadas en la zona donde se encontraba las habitaciones. Mi padre llamó al ascensor. Los dos permanecimos en silencio, hasta que el timbre del ascensor interrumpió ese silencio incómodo. Entramos en el interior de este, para luego mi padre apretar el botón del cero, para bajar a la planta baja del hospital. No le llevó ni diez minutos el ascensor bajar, y eso que se paró en el siguiente piso para coger a unas personas que entraron en el interior del ascensor. Cuando el ascensor llegó a la planta baja, las puertas se abrieron y todos salimos del ascensor. Caminamos hacia la salida del hospital. Una vez que mi padre y yo salimos al exterior, nos fuimos al parking donde mi padre había aparcado su coche. Entramos en el interior de este, para luego mi padre comenzar a conducir. El silencio se volvió a formar entre nosotros. Me puse a observar por la ventana de manera pensativa, para evitar cualquier tipo de conversación con mi padre. Sabía que en cuanto llegáramos a casa me iba a echar una buena bronca, pero a mí no me importaba. Yo seguiría haciendo lo que me daba la gana. Seguiría saliendo por las noches y teniendo sexo con uno diferente cada día. Mi vida ya no tenía sentido, no tenía sentimientos, y nada me afectaba. Tras unos veinte minutos de trayecto, por fin llegamos a la casa de mi padre.

—Naia… —escuché decir a mi padre una vez que salió del coche, para que yo saliera y así pudiera cerrar el coche con la llave automática.

Salí sin decir nada, para luego caminar hacia la puerta de la casa. Segundos después, mi padre llegaba junto a mí para abrir la puerta de casa. Sin esperar a que entrara, caminé hacia el interior. Me dirigí directamente hacia las escaleras para poder encerrarme en mi habitación. Necesitaba fumarme un porro, necesitaba relajarme.

—¿A dónde vas tan rápido? —me preguntó mi padre cerrando la puerta y cruzándose de brazos mirándome con el ceño fruncido— Tenemos que hablar…

—Si me vas a echar una charla, paso de escucharte —le dije en plan borde— No necesito tus consejos…

—Naia… —volvió a decirme, pero ahora levantando un poco la voz. Le estaba sacando de quicio.

—Déjame en paz, metete mejor en tu vida y no en la mía —le dije para luego subir rápidamente las escaleras, y encerrarme en mi habitación dando un gran portazo.

Cerré la puerta de mi habitación, con pestillo, para evitar que mi padre volviera a darme la vara otra vez. No quería escucharlo. Rebusqué con algo de urgencia entre los cajones de mi mesilla de noche. Finalmente la hallé, una pequeña cajita donde tenía el costo y el papel de liar. Comencé a liarme el porro para luego minutos después empezar a fumármelo en la ventana. Enseguida el humo inundó mis pulmones con ello la ansiedad fue desapareciendo poco a poco. Tenía que hablar con Ray para que me diera más mercancía. Tenía muy claro que por la noche saldría de nuevo para encontrarme con Ray. Para asegurarme nuestro encuentro, comencé a escribirle un mensaje desde mi móvil. Me había comprado un nuevo móvil, y cambiado el número de teléfono para evitar que Tom me llamara. No quería escuchar sus súplicas ni nada. Él estaba enterrado para mí.

¿Nos podemos ver hoy por la noche?”

Le escribí. Minutos después, Ray me contestó.

¿Dónde has estado durante todos estos días?”

Me preguntó.

En el hospital, gilipollas. Tus amiguitos y tú me habéis hecho pupa.”

Le escribí.

¿Nos has denunciado?”

Me volvió a preguntar.

No… aunque a mi viejo no le faltó ganas.”

Le respondí.

Mejor que mantengas tu boca cerrada.”

Me escribió en forma de advertencia.

Necesito verte está noche. Es importante.”

Le dije con insistencia.

Está bien… Pásate por mi casa sobre las 9:30.”

Me respondió.

Allí estaré.”

Le volví a escribir.

Dejé mi móvil sobre la mesilla de noche y seguí fumándome el porro. Cuando acabé de fumármelo, me tumbé de nuevo en mi cama. Cogí mi iPod, me puse a escuchar música para entretenerme hasta que llegará la hora de salir. Cuando el reloj despertador que había sobre mi mesilla marcó las ocho y media de la noche, me levanté de mi cama para luego abrir el armario y comenzar a buscar lo que pondría esa noche. Opté por un vestido negro con unas asas finitas, que me llegaba por encima de mis rodillas. Me desnudé para luego ponerme el vestido. Cogí una chaqueta de color negro que puse por encima, y luego mi bolso pequeño donde guardé mi móvil, mi monedero, mi cajetilla de tabaco con el mechero. Cuando estuve lista, abrí la puerta de la habitación y comencé a bajar las escaleras. Mi padre se encontraba en el salón, pero no estaba solo.

—Naia cielo… —me dijo Helen tan pronto que me vio— ¿Cómo te encuentras? —me preguntó empezando su bombardeo de preguntas— Tu padre me ha dicho que has estado ingresada en el hospital.

—Solo fue un pequeño susto —le respondí— Ya me encuentro mejor —le sonreí— Mi padre siempre preocupándose por el bienestar de sus hijos. Lástima que no lo hiciera cuando ellos lo necesitaron, dejándolos abandonados cuando eran unos niños indefensos.

—Naia… —mi padre iba a recriminarme por lo que había dicho. Se notaba que mis palabras le habían hecho daño.

—Bueno… os dejo solitos para que podáis tener sexo con tranquilidad —les dije con una amplia sonrisa— No te olvides de usar condones, papá. No tengo ganas de cambiar pañales a un posible hermano o hermana cuando se te dé por abandonarlo también —dije irónicamente para luego caminar hacia la puerta de casa.

—Naia vuelve aquí —escuché a mi padre gritarme— No puedes salir, es más te lo prohíbo.

—Tú no eres nadie para prohibirme lo que quiero hacer y lo que no —me encaré a mi padre.

—Eres menor de edad —me recordó mi padre— Y como tu tutor legal que soy, puedo prohibírtelo.

—Tus prohibiciones me las pasó por mi culo —le respondí.

Continúa…

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por Heiligtkt483

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