“Mi querido Profesor” Fic Twc / Toll escrito por Medianoche

Capítulo 25: Verdades

Pudo sentir como todo su interior se derrumbaba ante esa sencilla y cálida palabra. Su pecho se comprimió y dolió, haciéndole expulsar amargas lágrimas de sus castaños orbes.

Ahora entendía todo, por qué el pelinegro lo rechazaba muchas veces, sus repentinas salida, por qué esa mirada de culpa que le dirigía cada vez que terminaban de besarse. Había pasado todo ese tiempo siendo “la otra” robando un padre y seguramente un marido.

De pronto se sentía toda una zorra y le dolió. Sabía que debía estar furioso con el pelinegro por engañarlo todo ese tiempo, pero la culpa cabía más en él. Era su culpa. No podía llegar así como así y pretender volver todo a como era en un principio entre ellos dos. Había sido su error por no informarse qué había sido del otro antes de comenzar algo nuevamente.

Pero el profesor Trümper debió detenerlo al saberse comprometido.

–Lamento haberlo molestado –murmuró cabizbajo y se retiró, lento, teniendo la esperanza de ser seguido por el mayor, donde le explicara que todo era un malentendido, que seguía siendo soltero y ella era una sobrina con la que tanto se había encariñado. Le hubiera creído cualquier cosa en ese momento, incluso que la luna era de queso.

Y estuvo cerca, lo sintió, hasta que un “¿vas a salir de nuevo?” lastimoso se interpuso en el trayecto. Tiro directo al corazón. Además ¿por qué explicarle algo? Fue él quien terminó con esa maldita relación. Tomó una bocanada de aire y volvió a correr. Deteniendo al primer taxi que cruzaba y que afortunadamente transitaba solo.

Llegó a su edificio y entró cabizbajo, lo único de lo que tenía energía era de entrar a su cama y dormir por siempre, aunque tal vez le hiciera caso a Gustav y verían tontas películas juntos. Cualquier cosa en ese momento estaba bien. Al llegar a su piso se sorprendió de ver al rubio platinado salir de su departamento, cargando varias maletas, entonces recordó lo que le había dicho, Bill escondía algo y lo lastimaría. ¿Acaso él siempre lo supo? ¿O solo sospechaba del moreno sin fundamento? Fuera lo que hubiera sucedido tuvo la razón todo ese tiempo.

Ambos parados en el pasillo, mirándose sin mencionar palabra, era incómodo.

—lo descubriste ¿cierto? —se atrevió a formular finalmente el rubio platinado. El rastudo lo miró con sospecha

— ¿lo sabías?

—sólo sospeché, todavía no lo sé —y se marchó, pasando por su lado, sin dirigirse una sola mirada más. Cuando pasó el umbral de la puerta sintió su teléfono vibrar en el interior de su bolsillo. Lo sacó y abrió el mensaje sin mirar el remitente.

«Necesitamos hablar» De «Billy mi amor»

¿Hablar? ¿Qué podrían hablar? Estaba todo claro entre ellos, el mayor estaba comprometido y con hija, y él, él únicamente había sido su amante. Era duro saberse así.

«No hay nada que hablar» -y le dio a enviar

«En el parque frente mi café en una hora» —el moreno lo conocía tan profundamente que le dolió, bien sabía que terminaría acudiendo a esa cita, se odió nuevamente por caer así de fácil.

Dentro su amigo de gafas lo miraba preocupado.

— ¿Mi consejo fue una mierda, cierto? —el rubio negó.

—No, fue lo mejor que pudiste decirme que hiciera, así me doy cuenta de lo que pasa realmente —murmuró en voz queda. El rubio se levantó de su lugar y fue a él, no lo abrazó, sabía que sería peor para el otro, de hacerlo lo único que haría sería quebrarlo, en cambio tomó su mano y depositó en él un objeto rectangular.

—Es de parte de Andreas, quería quemarlo por rata traidora, pero decidí que mejor era dártelo y que tú decidieras qué hacer con esa cosa. Si me necesitas estaré en mi habitación, hay pasta en la cocina, no te quedes sin comer, huesitos.

Y se encerró en su habitación. El rubio de rastas fue a la cocina y tomó un poco de la pasta, no quería comer, pero tampoco quería enfermar y preocupar a su amigo. En el transcurso de su comida abrió el regalo de su antes amigo y quiso correr a partirle su rostro por lo que encontró en su interior: una pulsera hecha de fichas de lata con múltiples parches en el aluminio que las retenía, un regalo que en una ocasión, cuatro años atrás, decidió ceder al rubio platinado. Pero debajo de ésta había algo más, una tarjeta, también la recordó…

Los dos rubios se encontraban reunidos en casa del platinado trabajando en un proyecto de ecología, haciéndose la ley de hielo debido a que el platinado “de verdad” quería la creación de su amigo y el otro se negó a dársela.

¡Pero si no volverás a verlo! –estalló no resistiendo estar más sin hablar, pero el otro respondió por papel.

Presiento que lo volveré a ver”.

Días después estuvo de acuerdo en que ese día podría no llegar y terminó por dárselo a su amigo, además que era tan descuidado que terminaría perdiendo esa pulsera, mejor Andreas que la guardara.

&

Caminó lento, esperando no llegar realmente a ese lugar, pero seguía hacia su destino. Se asomó al interior del parque y lo vio ahí sentado en una banca, con la misma niña que le abrió la puerta tiempo antes, ambos comiendo nieve. Se paró helado decidiendo si llegar o mejor dar media vuelta pero antes de elegir fue visto por el moreno, invitándolo con una sonrisa a que se acercara.

La morena de rizos volteó también y al verlo ahí parado le dedicó una sonrisa igual a la marca Bill y le hizo un gesto adorable con la mano. Con esa ligereza de ambiente decidió acercarse, logrando escuchar como el mayor le decía a la niña que fuera a jugar con los otros niños en el parque.

Dejando el resto del helado en manos de su, aparentemente, padre, salió corriendo a jugar. Poco después su lugar fue ocupado por el rubio de rastas. Un helado intacto le fue extendido, ¿quién demonios comía helado con el frío del día? Mejor ¿quién era el loco que se atrevía a seguir vendiendo?

–Un poco de yogurt no te enfermará –burló como si hubiera leído sus pensamientos. Finalmente lo aceptó y degustó, no volvieron a cruzar palabra por un rato, el rubio pensando que si iban a conversar, fuera el otro quien comenzara. Para empezar había sido el moreno quien le citó en ese lugar.

–Hace siete años estuve al cuidado de un monstruo –empezó a relatar el más grande sin dirigir la mirada hacia el rubio que lo miraba extrañado ¿monstruo?- tenía unos bonitos ojos castaños y una sonrisa cálida con restos de comida entre los dientes –se sonrojó, ahora le entendía sus comentarios, pero no entendía por qué no despegaba la mirada del cielo, como si estuviera ahí escrito lo que contaba–. Me encantaba molestarlo, porque verlo inflar sus mofletes era tremendamente tierno y encantador, sin contar el sonrojo que aparecía en sus mejillas que provocaban morderle –finalmente le dirigió la mirada–. Justo como ahora.

– ¿Por qué me hablas de eso? –el mayor suspiró–.

– ¿Ya te lo dije, verdad? ¿Por qué me fui?

–Por estúpido cobarde –el otro asintió sin ánimo.

–Demasiado cobarde, por dañarte, porque todo fuera un engaño, porque nos descubrieran y me metieran a prisión, tantas, tantas cosas, pero jamás pude olvidarte.

– Déjame adivinar, entonces tres años más adelante te metiste con la primera zorra que abriera las piernas para ti y ¡boom! De pronto ya eras papá.

– ¿Tonto, verdad?

–De lo más estúpido –apoyó sin consideración por las lágrimas que el otro amenazaba por sacar.

–Pero no me arrepiento, quiero que sepas, ella es mi todo, daría cualquier cosa porque sea feliz.

–Supongo que así es como debe ser. ¿Y en qué momento es cuando yo entro en esta plática?

–No lo sé, quizá no entras, sólo quería que lo supieras, cómo fueron las cosas. Por qué fue que me negué a… bueno, tú sabes.

–A tener sexo conmigo –soltó sin cuidado, siendo ahora él quien no dirigiera la mirada al otro.

–Humm… te has vuelto muy directo con el tiempo. –Tomo aire y continuó– Pero no, yo jamás tendría sexo contigo.

Eso hizo doler el interior del rubio, tenía razón, entre ellos no podía haber sexo, el sentimiento era mucho más que solo placer, al menos era así de su parte, y comenzaba a creer que del otro también. En ese momento se encontraba mirando a su hija, no había nada más que sentimientos puros en su mirada, de pronto se sintió celoso, esa mirada debía ser suya, de nadie más.

Se sintió culpable al pensar que la morena no era más que un impedimento. Que no debía estar ahí.

–Andrej nos vio, en el lago –murmuró entre dientes, era su turno de confesar, así lo sintió–. No encontré otra alternativa, para protegerte…

–Oh… pues… creo que me alegro, es lo mejor, lo nuestro no puede ser, es demasiado obvio –cruzó las piernas en el banco y cerró los ojos, una silenciosa lágrima cayendo de sus orbes–.

–Pero yo quiero que sea –el otro lo miró sorprendido– he estado esperándote, y finalmente te encontré, no me importa que tengas familia, ni que seas mayor que yo, mucho menos si eres mi profesor, no me importa, yo solo… –un fino dedo en sus labios le hizo callar.

–Shh… es suficiente Tom –el menor bajó la mirada–. No haré nada que pueda lastimar a mi hija, ahora lo sabes, y yo lo acabo de entender… no quiero seguir sintiéndome culpable por cómo la podría dañar que se enterara que salgo con uno de mis alumnos…

–Sí… –silenció, ya había sido dicho todo cuanto podía, se querían pero a veces no solo basta eso para estar junto a quien más se quiere, a veces simplemente no se puede estar como se desea.

–Sin embargo, no la puede dañar algo que no sabe ¿cierto? –sonrió estirando sus brazos por la banca, acariciando tímidamente la nuca de Tom, no sabiendo si después de todo lo que le dijo seguiría aceptándolo, con todo y sus errores, por más estúpidos que fuesen. El rubio le acompañó en la sonrisa.

–Verdad.

& Continuará &

por Medianoche

Escritora del Fandom

3 comentario en “Mi querido Profesor 25”
  1. Ojos que no ven, corazón que no siente. Yo estoy de acuerdo con eso, así que a no seguir peleados, porque lo único que quieren es amarse.

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