
Fic Twc / Toll escrito por Medianoche
Capítulo 8
-Tom’s dreams-
—¡Sofía! ¡Mira! unos delfines –grité emocionado señalándolos con el dedo entre la barandilla del crucero, mi hermana mayor por tres años se acercó a mí y me abrazó por la espalda
—Son muy hermosos ¿verdad? –Me plantó en beso en la mejilla—, te prometo que algún día nadarás con ellos
—¡¿En verdad?! –Sonreí enormemente— ¿Promesa de meñique?
—Promesa de meñique
Respondió entrelazando nuestros dedos meñiques, y justo cuando terminamos nuestra promesa una sacudida movió todo el crucero, haciéndome perder el equilibrio y cayendo hacia atrás entre los barrotes “de seguridad”, directo al mar, de no haber sido por mi hermana que en último momento me tomó tirándome hacia la seguridad y ella hacia el mar de pronto embravecido…
—¡¡SOFÍA!!
-End Tom’s dreams-
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—¡Sofía! –Grité despertando y sentándome de golpe ¿dónde me encontraba? Lo supe hasta que me encontré a Bill que asustado volteó hacia mí. Wrr… mi estomago sonó. Bill se acercó a mí—.
—¿Quieres comer algo? –Rió y sin esperar respuesta alguna se sumergió en el lago regresando al cabo de unos minutos con un montón de rocas y algas en sus manos— Toma lo que quieras –Lo miré extrañado, ¿planeaba que yo comiera eso? Por cortesía le sonreí débilmente y tomé no totalmente confiado una de las algas y me la llevé a la boca; ya había comido sushi y de esos rollos de arroz, ¿qué tan mal podía saber el alga?
Lo mordí sin delicadeza alguna y en un instante el sabor amargo y extrañamente picante invadió toda mi lengua ¡MAL! ¡Podía saber muy mal!
Me encorvé en mi sitio y cuando iba a dar arcadas recordé su rostro al ofrecerme aquella “comida”, sonriente e ilusionado, tuve que hacer un esfuerzo casi sobrehumano por no devolverlo. No quería que se molestara conmigo. Me acomodé nuevamente sobre mi lugar y lo miré al rostro, un toque de decepción lo decoraba. Me incliné un poco y tome una de las rocas, esta vez lo mordí con mas precaución, esto tenía un sabor más dulzón, pero eso sí, estaba bastante duro…
—Oye Tommy –Habló de pronto muy cerca de mi rostro— ¿Crees que sea posible que me lleves a conocer a tu ciudad? –terminó con un precioso brillo en los ojos y un leve sonrojo en las mejillas, de pronto se me hacía tan infantil, pequeño e indefenso. Le acaricié la mejilla y le asentí débilmente.
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—¡Cielos! Mira Tom –Gritó emocionado corriendo hacia unos puestos ambulantes de joyería, admirando una gargantilla negra con una delgada cadena plateada y el dije de un corazón de plata (o eso fingía ser)— ¡Oh! –Tomó un montón de anillos y pulseras
—¡Oiga! ¡No puede hacer eso! –Le gritó la que atendía, enseguida me acerqué
—Bill, Bill, deja eso, no puedes tomar las cosas, romperás algo
—Pero son muy bonitos…
—Deja eso Bill –Se lo quité y lo deposité con cuidado sobre la mesa nuevamente, le sonreí a la señora que se encontraba roja del enojo
—¡Quiero esto! –Tomó la gargantilla que momentos atrás miraba
—No Bill, deja eso, ahora vamos a un restaurant o a ver a donde, quiero comer algo…
—Pero si ya comiste
—Pero tú no, y mira como estas de flaco, anda camina –Devolví la gargantilla y lo empujé hacia la calle nuevamente, no sin antes voltearme y hacer un par de señas a la señorita.
Caminamos un par de cuadras hasta que llegamos a mi cafetería favorita, ¿por qué? ¡Pues porque servían unos pastelillos deliciosos y un café exquisito! Pero no solo eso, sino que también era un karaoke nocturno muy entretenido.
—Pide lo que se te apetezca Bill –Le dije tras que la chica que nos atendía se fuera después de darnos las cartas, en verdad tenían una amplia selección e postres—, yo pago
—Hum… no lo sé Tom… nada me es conocido, no sé lo que son, y están muy extrañas las cosas…
—Tienes la carta al revés, Bill
—¿Ah sí? –Giró la cabeza, no sabía si sólo se hacía el chistosito o era verdadera su inocencia en esos momentos, pero me reí limpiamente, sin burla.
—¿Ya puedo tomar su orden? –Llegó una de las camareras, Mónica, una morena de cabellera larga y rizada, figura delgada y ojos verdes, muy guapa la verdad
—Sí, ah… me gustaría un café capuchino y… un pastelillo… sorpresa –le sonreí, gesto que devolvió con una mirada seductora, pero no estaba interesado, tenía a alguien mejor justo en frente de mí en ese momento
—Excelente… ¿y qué quiere la niña? –Soltó con cierta acidez en la voz
—No me digas niña, estúpida –respondió y no pude evitar soltar una risita, sin embargo le di un pequeño golpe en las piernas—, no sé qué demonios dice aquí –frunció el ceño mirando la carta…
—Sólo elige una imagen, tonta –susurró lo último, pero pudimos escucharla
—¿Sabes qué Mónica? –Grité poniéndome de pie— Creo que mi novio no merece ese trato, así que nos largamos —Lo tomé de la mano y lo insté hacia la salida, dejando atrás a media clientela con la boca abierta, básicamente todos ahí me conocían, y básicamente todos me escucharon, pero no me importaba en absoluto.
—¿Novio? –susurró en lo bajo
—Ella no tiene por qué saber que no lo eres, —le guiñé el ojo y él rió suavemente
—No, no tiene por qué saber
—Ahora vamos a mi casa, y ahí veremos qué comer ¿te parece bien una pizza?
—¿Pi… zza…? Esto… sí, claro ¿por qué no?
—No tienes ni idea ¿verdad?
—Ni una pequeñita –Reímos los dos
En todo el trayecto hasta mi casa no nos soltamos de las manos, al contrario, nos aferramos más a la otra, mi casa estaba algo lejos del centro, donde nos encontrábamos, mas en aquellos instantes no nos importó, no pedimos ningún taxi ni tomamos el bus –ni mucho menos—, en aquellos momentos sólo queríamos disfrutar de la compañía del otro, sin necesidad de intercambiar palabras absurdas, solo la esencia del otro y uno que otro intercambio de miradas y sonrisillas tímidas y fugaces.
Al llegar mi hogar no pareció impresionar a Bill en absoluto y, aunque era raro, no me sorprendí, es decir, después de todo era un príncipe ¿no? Seguro vive en un hogar mucho más grande y lujoso, quizá no tenga ni la mínima apariencia con mi casa, pero seguro es más impresionante el tamaño de su hogar que del mío.
Cruzamos la reja de la entrada que resguardaba la mansión y llegamos a la entrada de mi hogar, guiándonos por el caminillo de piedras en curvas. Coloqué mi dedo sobre el identificador de la entrada y la puerta se abrió, dejando todo el esplendor del interior ante nuestros ojos. Esta vez sí que se sorprendió.
—¡WOW! Tu hogar es tan… singular… En mi casa no hay nada de estas cositas brillantes… —Tomó un decorativo de plata que se encontraba en la entrada, propiedad de mi madre—. ¡Mira eso! –Corrió a la sala principal que se encontraba con la puerta abierta— ¿Qué es? ¿Un tele—transportador? ¡No, no! Es un… ah… es un…
—Se llama televisor –me acerqué a él— y se usa así –entonces presioné el botón de encendido, apareciendo en la pantalla una pareja besándose fogosamente y acariciándose casi desprendiéndose de sus ropas, seguro un canal de mi padre (de acuerdo, admito que yo miraba aquello)
—¡Dios! –Se cubrió el rostro con las manos— ¡Quita eso! –Le obedecí y cambié, saliendo en el siguiente canal “Dora la Exploradora” Con su inseparable amigo Botas— ¡MIRA! El monito es precioso —se sentó en el sofá y miró fijamente el televisor, ladeando la cabeza a la derecha—.
—Yo… iré a la cocina, para pedir una pizza, o algo –no me contestó nada, estaba muy entretenido. Di un resoplido encaminándome a la cocina, para tomar el teléfono y llamar a una pizzería cualquiera, al finalizar la llamada aproveché que Bill estaba muy entretenido para ir al baño tenía una necesidad ENORME por utilizarlo.
&
Estuvimos algunos minutos recorriendo las partes esenciales de mi casa cuando el timbre sonó, anunciando la llegada de las pizzas, bajamos las escaleras y abrí al repartidor, quien se quedó como piedra mirando a Bill, como si no hubiera nada mejor en el universo –no, no lo hay—.
—¡Hey! –Le troné los dedos frente su rostro— ¿qué tanto miras, eh? ¿No notas que pones nervioso a mi chico?
—Yo… am… yo… —¡No separaba la vista de él! AGH
—¡BUENO! Ya te pagaste de eso, ahora lárgate
Y sin darle oportunidad de que respondiera le cerré la puerta en su nariz, estuvo dando odiosos timbrazos pero al cabo de unos 5 minutos de intento se marchó. Nos dirigí a Bill y a mí al comedor de la casa, donde había una laaarga mesa para 54 personas —Sí, bueno, mi familia es grandísima—, una enorme pecera ocupaba toda una pared y del otro lado había más mosaicos de cristal, una alargada barra de vinos y una colección de objetos marinos.
—Pobrecitos, ¿por qué los tienes aquí, Tom? ¡Ellos deberían ser libres!
—Tranquilo, ellos están bien aquí, ¡Míralos! Adoran su pecera y la comida les encanta
—¿Quién es feliz siendo prisionero? –hizo un puchero
—Nadie –contesté viendo cómo nadaban frenéticamente. Bill se volteó, cerró sus ojos y posó su mano derecha en el cristal. Sonrió, me miró y se abalanzó a mis brazos
—Dicen que te extrañaron –se ruborizó ¿es que una nota así daba pena?
—¿En serio hablas con ellos? ¿Qué más dicen? ¡Diles que los adoro!
—Ellos lo saben, te entienden…
—¿Qué más dicen? –Hice un puchero. Bill rió antes de responder:
& Continuará &