
Fic TOLL de Kasomicu
Capítulo 3
Diario de Bill: Día 3
Nuestra amistad se forjó y volvió tan fuerte que éramos como hermanos conectados, te enfermabas y yo me sentía mal tanto física como mentalmente.
Recuerdo que te enfermaste y no fuiste al colegio por una semana. En la escuela las clases día con día eran más difíciles ya no teníamos ocho años, sino doce y las cosas sin ti no eran iguales, me sentía solo y triste. Te necesitaba.
Fui a verte y a dejarte las tareas que nos dejaron. Te cuidé ese día porque tu mamá fue a hacer unas compras y era genial estar contigo así soltaras mocos.
—¿Cómo te sientes? —Hubo un silencio incómodo, porque ya no mencionábamos lo del beso y hacíamos como si nunca sucedió, por más que dijimos que era un secreto, luego comprendimos que la homosexualidad no era del todo bien vista, así que lo mantuvimos como un hecho aislado, con demasiado miedo a perder la amistad.
—Enfermo —respondiste para luego toser.
—Ya sé que estás enfermo, tarado. Pero, ¿ninguna mejora? —pregunté con genuina preocupación.
—Nop. ¿Estás seguro que quieres que te contagie mis gérmenes? —cuestionaste con la nariz tupida.
—Ya sabes, si tú saltas yo salto, Rose —te bromeé con una sonrisa.
—Calla, idiota —sonreíste y dejamos pasar la incomodidad.
—Tienes que mejorar, porque extraño pasear en bicicleta luego de la escuela contigo. Sólo no tiene sentido, parezco estúpido —expuse aquello, aunque en realidad sí era normal que un puberto de doce años andará en bicicleta, simplemente que quería una excusa para estar a tu lado, y cada paseo, cada cosa que vivía y te incluía le daba un añadido especial, hacía que pasara de ser ordinario a extraordinario, sólo que era muy joven y tonto para decírtelo directamente, quería que me leyeras de algún modo y repetir ese beso que me cosquilleaba los labios incluso cuando pasaron años desde ello.
—¿Más estúpido de lo que ya eres? No creo —reíste y rodé los ojos en ese momento. Sentí la necesidad de besarte al verte tan frágil, sonrosado y con la nariz rojiza de tanto sonártela.
Pero tu mamá llegó y la burbuja que había creado en mi mente alrededor de nosotros explotó.
—Bill, Tom, bajen a cenar —escuchamos hablar a Vivian.
Me ofreciste una media sonrisa como leyéndome los pensamientos y disculpándote por el momento roto, sin embargo, puede que sólo fueran mis películas mentales, estaba muy enamorado de ti, Tom, aunque tú tomaste la iniciativa con el beso, en realidad, las cosas habían sido diferentes contigo siempre, eras mi mejor amigo, pero también la única persona que me hacía sentir así, que besarnos, incluso si se sintió natural y sólo duró unos instantes… De alguna manera me hacía apretujar el pecho, teniendo ganas de besarte otra vez, de que incluso pensé en besar a niñas después de ti, para compararlo, nunca diciéndolo en voz alta, ¿por qué debía ser tan complicado? Si hubieras sido niña sería más fácil, pero… No te cambiaría nada nunca, Tom. Sólo buscaba aferrarme a nuestra amistad, a pesar de que mi corazón me rogara por más.
La comida transcurrió tranquila, con bromas y momentos donde ambos nos sacábamos la lengua con lo masticado, tu mamá nos gritó por ser maleducados y atinamos a sonreír con complicidad.
Ya tenía que irme a casa, valoraba cada minuto a tu lado, y deseaba que fueran eternos, no quería regresar, pero lastimosamente tenía que hacerlo.
Corriste en dirección a tu habitación, te seguí y sacaste de tu cajón una fotografía tuya.
—Toma, para que no me extrañes —dijiste con simpleza, medio en broma, no obstante, me encantó el detalle y la guardé en mi bolsillo.
Tenía que irme, regresar a mi realidad. Camino a casa vi el carro de mi papá fuera de mi residencia, y sabía que los problemas me esperaban allí.
Casi nunca te contaba sobre eso, pero mis padres tenían peleas fuertes donde se trataban como desconocidos, donde se gritaban e insultaban como si no se amaran.
Emma era más fuerte, ella se quedaba en su cuarto escuchando música a todo volumen, yo en cambio me iba a tu casa a desconectarme del mundo y centrarme sólo en ti. El mundo era más lindo cuando sólo estabas tú.
Abrí la puerta y vi a mi padre alistando una maleta.
—Buenas noches, pa —saludé.
Él me tomó por los hombros y me miró con fijeza.
—Vas a estar a cargo de la casa por unos días. Tengo que viajar por mi trabajo, ¿quieres que te traiga algo? —Yo sabía que esos días se convertirían en unas semanas, y que el traerme algo era como una compensación por dejarnos de lado, y que probablemente ese viaje de negocios era para que fuera a ver a su otra mujer, pero no dije nada y me alcé de hombros.
Mamá sólo gritó: —¡Huyes de tus responsabilidades! ¡Eres un maldito! No te atrevas a tocar a mi hijo, no lo metas en esto…
La perorata de gritos siguió y yo corrí a mi cuarto, a encerrarme y llorar un momento en silencio para desahogarme un poco.
Saqué tu foto de mi bolsillo, y entre sollozos sonreí porque sabía que no estaba solo, que así estuvieses enfermo, estabas para mí a unas casas de distancia.
Papá regresó después de unas semanas, para llevarse el resto de sus cosas y darle a mamá los papeles del divorcio. Él era un pésimo esposo, pero no un mal padre, y nos siguió visitando después de ello.
[…]
Bill salió del hospital en la noche, encendió un cigarrillo y vio las estrellas, pensando, anhelando tiempos anteriores. Cavilando principalmente en Tom y sintiéndose una mierda y culpable al mismo tiempo.
«¿Qué hubiera pasado si yo hubiese ido por ti, o tú me hubieses recogido? Maldición, no estarías postrado en esa cama, estarías junto a mí, estaríamos riendo como idiotas, molestándonos, siguiendo con nuestras vidas, escuchando nuevas bandas. Tal vez con un nuevo éxito como productores», pensó Bill, sintiéndose frustrado.
—Por este motivo dejé de creer en ti —susurró Bill al viento, refiriéndose a Dios.
Sentía que las baldosas en el suelo de color gris describían perfectamente el cómo se sentía en su vida, en su día a día desde el accidente de Tom.
Recordaba con nitidez cómo es que Tom iba a recogerlo, pero él prefirió ir aparte porque estaba enojado en casa de Linda.
Tom insistió en recogerlo, pero Bill dijo que quería caminar un poco y respirar aire solo.
Tuvo la genial idea de apagar el celular, y cuando llegó a la disquera, se dio con la sorpresa que Tom no llegaba.
Prendió su móvil y vio que tenía llamadas perdidas de Tom, de Vivian y de Emma. Pero sólo un mensaje de voz que hasta ahora lo atormentaba en pesadillas.
—Hola, soy Tom, creo que llegaré antes que tú, porque el chofer es un maldito maniático ya que va muy rápido. Si llegas antes, el disco está…—se escuchó el frenar de los carros, y se cortó la llamada.
Un auto se estacionó frente a él, bajaron la ventana y un rostro conocido apareció allí, cortando su ensimismamiento.
—Guapo, ¿subes? —preguntó Linda mientras le guiñaba un ojo.
—Sí, amor —respondió Bill volviendo a la realidad, su jodida realidad.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉