Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 38

Hago lo que me pide, pero antes, salgo de él y le doy la vuelta entre mis brazos. Lo tomo de las piernas, lo alzo haciendo qué me rodee la cintura con ellas y así sin más vuelvo a meterlo en su interior. Amo sentir la humedad, la fricción cada que arremeto con fuerza haciendo qué frunza el ceño, que vea estrellas y yo mismo me pierda en la excitación y placer que estoy sintiendo.

—Tom, el pre-… ¡Tsss!

—Me encanta cómo intentas hablar… pero lo único que te sale son gemiditos— le digo.

El frunce el ceño —Eres insoportable…— gruñe aferrándose a mi cuello con sus brazos, enterrando sus uñas en mi piel —Ay, dios…

—¿Te gusta así, amor? Porque a mí me encanta verte así de desesperado…— jadeo mirándolo a los ojos —Voy a dejarte tan exhausto que mañana no podrás ni caminar.

—¿Eso es una amenaza o una promesa, papi?— y ahí iba de nuevo, esa manera de llamarme qué me ponía peor, más cachondo, más caliente, con ganas de eyacular dentro de él.

—Dímelo otra vez…

—Papi…— gime y le doy un azote en una nalga haciéndole sisear —Uhg…

—No, más alto— le ordeno y él obedece.

—¡Papi!— exclama bajito, echando su cabeza hacía atrás cuando le doy una última embestida y él se corre manchando su abdomen y un poco mi camisa. —Oh, santa mierda…

Doy un par de penetraciones más hasta qué eyaculo dentro suyo. Desde que empezamos a tener relaciones nunca hemos usado condón, él siempre se ha tomado las pastillas y está vez tendríamos qué comprarle unas nuevas en cuanto lleguemos. Él aún no quiere hijos y lo respeto pero, las ganas de preñarlo ahorita pueden conmigo y, aihss…

Salgo de su interior con el orgasmo aún presente y mi moreno jadeando con su frente pegada a la mía —Hah…— jadea.

—¿Estás bien, cariño?— le pregunto. Él asiente despacio. —Venga, vamos a limpiarnos antes de salir.

Cogemos papel del dispensador y allí mismo nos limpiamos los fluidos que le escurrían por las piernas y que mancharon un poco mi camiseta. Nos arreglamos la ropa y antes de salir lo beso, haciéndole suspirar. Salimos del baño asegurándonos de que nadie nos viera, pero qué faena, venía una anciana que al vernos juntos frunce un poco el ceño y mi novio se queda paralizado, así que yo actúo rápido.

—Ay, cariño, te dije que no comieras nada al subir al avión— digo abrazándolo por la cintura —¿Cansado de tanto vomitar?— mi moreno me sigue el juego y asiente despacio —Entonces venga, vamos a sentarnos.

La anciana parece relajarse y en cuanto nosotros tomamos asiento, ella sigue su camino hacia el baño y no puedo evitar echarme a reír. Mi moreno me mira con el ceño fruncido sin entender.

—Oye… ¿y si la señora sale diciendo que el «vómito» huele a pecado?— digo y Billie me lanza una mirada fulminante, pero yo alzo una ceja divertido por la situación —Imagínate que pregunte qué comiste— añado en un murmullo, intentando no reírme demasiado alto —¿Le digo que fue algo bien… grande y cremoso? Una buena longaniza con mucha salsa bechamel…

Mi moreno me da un manotazo en el brazo, rojo de vergüenza —¡Cállate, idiota!— exclama en un susurro.

Suelto una carcajada y me inclino sobre él con una sonrisa de lo más orgullosa. —Di lo que quieras, amor, pero admite que fue el mejor «malestar estomacal» de tu vida.

Y entonces se sonroja mordiendo su labio inferior para evitar sonreír.

&

El tiempo sigue pasando y poco a poco, la luz del sol que entra por la ventanilla va desapareciendo, dando paso a la oscuridad de la noche. Había logrado dormir un poco, aunque de vez en cuando abría los ojos y veía a Bill todavía despierto, entretenido con cualquier cosa: mi móvil, la pantalla del asiento o simplemente mirando por la ventanilla.

De pronto, el sonido del altavoz nos saca de nuestro letargo.

—»Señoras y señores, estamos a punto de iniciar nuestro descenso al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, California. Os pedimos que enderecéis vuestros asientos, abrochen vuestros cinturones de seguridad y apaguéis todos los dispositivos electrónicos hasta nuevo aviso. La temperatura en Los Ángeles es de 18 grados y el cielo está despejado. Gracias por volar con nosotros.»

Mi moreno se pega a la ventanilla con los ojos brillantes, como un niño pequeño viendo la ciudad por primera vez. Desde esa altura, Los Ángeles parece un océano de luces interminables, con autopistas iluminadas y edificios brillando en la distancia.

—Joder…— susurra, con una sonrisa de fascinación.

Lo miro con ternura y niego con la cabeza —Pareces un turista emocionado, cariño.

Bill me da un suave codazo sin apartar la mirada del cristal. —Déjame en paz. Es la primera vez que vengo— dice encantado.

Sonrío y me acomodo mejor en el asiento, preparándome mentalmente para el aterrizaje. Poco después, la azafata pasa comprobando que estemos todos listos y dando las últimas instrucciones. —Por favor, mantengan los cinturones de seguridad abrochados hasta que la señal luminosa se apague. Os recordamos que deben permanecer sentados hasta que el avión llegue por completo a la puerta de desembarque.

Me agarro con fuerza del reposabrazos cuando el avión empieza a descender. Siento ese vacío en el estómago cuando la velocidad disminuye y las ruedas se preparan para tocar tierra. Entonces, llega el impacto. Las ruedas hacen contacto con la pista con un golpe seco, seguido de una sacudida fuerte que nos empuja un poco hacia adelante. Se oye el rugido de los motores reduciendo la velocidad, y luego, el movimiento se estabiliza.

Prefiero viajar en autobús.

—Dios… odio esta parte— murmuro, soltando el aire que he estado conteniendo.

Mi chico bonito ríe divertido —Lo lograste, cielo. Y no hemos palmado— dice.

—Genial. Dame una medalla— siento sus labios sobre los míos, presionando, besándome de forma fugaz. Silbo —Eso es mejor— le digo.

Mi moreno pone los ojos en blanco pero sonríe; después de un par de minutos, el avión se detiene por completo y la voz del capitán vuelve a sonar.

—»Bienvenidos a Los Ángeles, señores pasajeros. Les pedimos que mantengan los cinturones abrochados hasta que la señal se apague. Gracias por volar con nosotros»— repite la última frase como si fuera un robot, joder.

En cuanto suena el «ding», la gente comienza a levantarse de inmediato, abriendo los compartimentos y sacando sus maletas. Mi morenito y yo esperamos un poco, dejando que la multitud se mueva antes de ponernos de pie y agarrar nuestras cosas. Cuando finalmente pudimos bajar del avión, la sensación de pisar tierra firme me hizo soltar un suspiro de alivio.

—Nunca me había alegrado tanto de tocar el suelo— comento y paso un brazo por la cintura de mi novio dándole un apretón.

—Lo peor ya ha pasado, amor. Ahora solo queda el control migratorio y ya estaremos libres— yo asiento lentamente.

Juntos comenzamos a caminar hacia la siguiente parte del proceso, dejando atrás el avión y dándole la bienvenida a la ciudad que a partir de ahora será nuestro nuevo hogar. Avanzamos con el resto de los pasajeros hacia el control migratorio. La fila avanza lentamente y yo, aunque ya sé que todo está arreglado, no puedo evitar sentir cierta incomodidad. Odio estos procesos burocráticos, pero al menos esta vez tenemos un pase directo gracias a Yessi.

Mi padre no habló con él, pero Yessi me conoce. No es la primera vez que viajo con una identificación falsa y tener amigos en los aeropuertos lo hace más fácil. Y, como si lo hubiese llamado con la mente, un hombre de unos cuarenta años, con uniforme de seguridad, se nos acerca. Es alto, con una barba corta y una mirada astuta.

—Tom, chaval, qué sorpresa verte otra vez— dice con una sonrisa ladeada —Te reconocí desde lejos.

Le devuelvo la sonrisa con un ligero asentimiento —¿Nos echas una mano para saltarnos toda esta movida?— le pregunto —Necesitamos llegar a un hotel cuanto antes.

—Claro que sí, ¿para qué estamos los amigos?— su mirada se desvía de mí a mi novio, al cual examina de pies a cabeza —¿Te lo has secuestrado?— pregunta, ya conociéndome perfectamente.

—No se llama secuestro cuando la persona está de acuerdo en escaparse contigo, ¿no?— él ladea la cabeza y asiente dándome la razón —Además, necesito que me ayudes porque sus padres son conocidos mundialmente y seguro ya todo el mundo está al tanto de la «desaparición» de su hijo— tomo la mano de mi moreno y Yessi frunce ligeramente el ceño.

—¿Quiénes son tus padres?— le pregunta a mi novio.

—¿Jhörg y Charlotte Kaulitz?— dice Bill dudando, como si le diera un poco de miedo decir sus nombres.

Yessi abre los ojos y asiente —No he oído nada al respecto, pero si son conocidos como dices, tu cara ya debería estar por todas partes— dice mirándome —Voy a ayudaros, venid por aquí.

Nos lleva a una zona donde el control parece más relajado, aunque el procedimiento sigue siendo el mismo. Sé que Yessi nos va a facilitar las cosas, pero aún tenemos que contestar algunas preguntas como parte del protocolo. Cuando llegamos a su puesto, Yessi se pone en modo oficial.

—Pasaportes, por favor— pide.

Mi novio y yo sacamos los documentos falsos que conseguí con Rizzo y se los pasamos. Yessi los revisa sin prisa, como si realmente estuviera evaluándolos, aunque sé que es más teatro que otra cosa.

—¿Motivo de su viaje?

—Vacaciones— respondo sin dudar.

—¿Dónde os alojaréis?

—En un hotel en Hollywood— contesta mi moreno esta vez. Yessi asiente, mirando los pasaportes de nuevo. Luego levanta la vista con una expresión seria.

—¿Traéis algo que declarar?

—Solo nuestras maletas con ropa y cosas personales— le digo, sabiendo que esa es la respuesta esperada.

Hay un breve silencio en el que Yessi nos observa a ambos con una ceja levantada, como si estuviera decidiendo si nos va a hacer pasar un mal rato o no. Finalmente, deja los pasaportes sobre el mostrador y sonríe con suficiencia.

—Muy bien, chicos. Todo en orden. Bienvenidos a Los Ángeles, California— dice.

Nos entrega los documentos y nos hace un gesto para que sigamos. —Gracias, Yessi— digo en voz baja mientras cojo el pasaporte —Le diré a papá que te dé algo de propina.

—No hay problema, chaval. Mándale saludos a tu viejo— me dice y yo asiento.

—Lo haré.

Con un último intercambio de miradas, Yessi se aparta y nos deja pasar. Caminamos hacia la salida con un poco más de tranquilidad, habiendo superado el último obstáculo antes de estar realmente libres en la ciudad.

Cuando salimos del área de migración, mi moreno suelta un suspiro y se estira. —Bueno, eso no ha sido tan malo.

—No, pero igual odio esta parte también— murmuro yo, guardando mi pasaporte en el bolsillo de la chaqueta. Le paso un brazo por la cintura y le sonrío, amando cómo se mueve su pelo con el viento.

Salimos del aeropuerto sintiendo el aire fresco de la noche en Los Ángeles. Saco mi móvil y, tras unos minutos de espera, un taxi negro se detiene frente a nosotros.

—¿A dónde vamos, chicos?— pregunta el conductor con acento californiano.

—The Beverly Hills Hotel— respondo rápidamente abriendo la puerta de atrás y dejando que mi novio entre primero y luego lo hago yo. Billie me mira sorprendido.

—¿El Beverly Hills? ¿En serio?

Me encojo de hombros con una media sonrisa. —Si vamos a empezar de cero, que sea con estilo.

Mi moreno suelta una risa divertida y se acomoda en el asiento mientras el taxi arranca. El trayecto duró unos 40 minutos, durante los cuales Bill no dejó de mirar por la ventanilla emocionado. Las enormes avenidas iluminadas, los carteles de neón y el lujo de Beverly Hills son dignos de una película. Cuando llegamos, mi novio se queda boquiabierto al ver la majestuosidad del hotel. La fachada rosa, las altas palmeras y la elegancia del lugar lo dejaron impresionado.

—Joder…— susurra —Esto es otro nivel.

Pago el taxi y, sin perder tiempo, entramos al vestíbulo del hotel tras bajar. El interior es aún más impresionante, con suelos de mármol, candelabros de cristal y un ambiente muy elegante. Nos acercamos a la recepción, donde una recepcionista joven de pelo castaño y uniforme impecable nos recibe con una sonrisa profesional.

—Buenas noches. ¿En qué puedo ayudaros?— pregunta educadamente.

Apoyo los antebrazos en el mostrador con confianza —Necesitamos una habitación— le respondo.

—Por supuesto, señor… ¿puedo ver vuestra identificación?— saco mi identificación falsa y se la entrego —Nicolás Winter— dice con naturalidad. La recepcionista revisa el documento y luego mira a mi novio —¿Y usted, joven?— él sonríe amablemente y le entrega la suya. —William Smith— la chica asiente y empieza a teclear en su ordenador. —Muy bien, señor Winter y señor Smith. Tenemos una suite presidencial con vistas a la ciudad. Amplia, elegante y con todas las comodidades.

—Suena perfecto— respondo sin dudar.

La recepcionista asiente y desliza mi tarjeta de pago antes de extendernos dos llaves electrónicas. —Aquí tenéis. Vuestra habitación está en el último piso. Esperamos que disfrutéis de vuestra estancia en The Beverly Hills Hotel.

—Gracias— dice Bill con una sonrisa antes de tomar la tarjeta. Tomo mi llave y guío a mi moreno hacia el ascensor. Cuando las puertas del elevador se cierran, Bill me mira con una sonrisa divertida. —Señor Winter, ¿eh? Te queda bien el nombre.

Sonrío de lado y me inclino hacia él —Y a ti te queda bien William Smith. Suena como un nombre de estrella de Hollywood.

Él pone los ojos en blanco divertido —Oh, por favor. Prefiero mi verdadero nombre.

—Pues William— susurro en su oído —Si esta habitación es tan buena como dicen, tal vez pueda ayudarte a acostumbrarte a tu nuevo nombre esta noche.

Bill se muerde el labio y me mira con picardía justo cuando las puertas del ascensor se abren. —Veamos si la habitación es lo suficientemente cómoda primero… Nicolás— las puertas del ascensor se abren con un suave ding, y salimos al elegante pasillo del último piso. La alfombra aterciopelada amortigua nuestros pasos mientras avanzamos, buscando nuestra habitación. Deslizo la llave electrónica en el lector de la puerta y, tras un leve sonido de desbloqueo, empujo la puerta y enciendo la luz.

El interior es impresionante: un enorme ventanal con vista panorámica a la ciudad, una cama king size con sábanas blancas impecables, un lujoso sofá de terciopelo y una mesa de centro con una botella de champán esperando sobre ella. Pero ni mi moreno ni yo prestamos demasiada atención a los detalles. Apenas se cierra la puerta detrás de nosotros, dejo caer las maletas y atrapo a mi chiquito por la cintura, atrayéndolo hacia mí con fuerza.

Nuestros labios se encuentran en un beso hambriento, lleno de necesidad y deseo acumulado. El moreno se aferra a mi cuello, enredando sus dedos en mis trenzas mientras su cuerpo se pega al mío. Lo empujo suavemente contra la pared, profundizando el beso con un gruñido bajo. Las manos de mi moreno se deslizan por mi espalda, aferrándose a mi camiseta como si quisiera arrancármela en ese mismo momento. Sonrío contra sus labios y muerdo su labio inferior antes de susurrar con voz ronca: —Te dije que esta habitación nos iba a gustar… William.

Él suelta una risa entre jadeos, con los labios rojos e hinchados. —Deja de llamarme así, Nicolás, o me voy a enfadar.

Me río y lo atrapo en otro beso, empujándolo poco a poco hacia la cama. Donde hicimos el amor una vez más…

&

La habitación está a oscuras, iluminada solo por el resplandor de la ciudad que se cuela a través del enorme ventanal. El aire huele a sudor, a piel caliente, a deseo cumplido. Las sábanas blancas están enredadas en nuestros cuerpos, cubriendo lo justo y dejando al descubierto la piel marcada por caricias recientes.

Billie tiene la cabeza apoyada en mi pecho, sus dedos recorren perezosamente las líneas de mi abdomen, siguiendo la definición de mis músculos con una ternura casi hipnótica. Su pelo revuelto, aún húmedo por el sudor, cae en suaves ondas sobre mi piel bronceada. Yo, con las trenzas desordenadas y los ojos entrecerrados por el cansancio, acaricio despacio la espalda desnuda de mi chico, dibujando círculos perezosos con la yema de mis dedos. Respiro hondo, disfrutando de la calidez de su cuerpo pegado al mío, de la tranquilidad que solo él puede darme.

Mi chico sonríe suavemente y cierra los ojos un momento.

—Ya tenía ganas de que esto pasara después de esos tres días horribles… escapándonos, lejos de todo y de todos, sin que nadie pueda separarnos.

—Y lo conseguimos— susurro, dándole un beso en la frente —Nadie va a volver a meterse entre nosotros dos, cariño…

—Por eso quiero que lo prometas.

Frunzo el ceño un poco y bajo la mirada para verlo. —¿Prometer qué?— pregunto más confundido.

Mi chico me mira serio, sus dedos parándose sobre mi abdomen. —Que no volveremos jamás a Alemania. Que todo lo que dejamos atrás se queda allí. Nuestra nueva vida empieza aquí, en Los Ángeles— dice, mirándome con esos ojitos que… me encantan.

Trago saliva.

No es tan fácil para mí; allí tengo cosas pendientes. Ria, Marc, un trabajo que no pude terminar por mis dos meses de reposo y luego lo que pasó con sus padres. No puedo simplemente dejar las cosas así porque yo crecí pensando que cada uno debe pagar por el mal que hace, y más cuando se trata de mi chico. Maldita sea. Pero en ese momento, con Bill en mis brazos, con su piel tibia contra la mía y su mirada llena de amor y miedo al mismo tiempo, supe que no podía negarme.

Así que lo hice.

—Te lo prometo, moreno— susurro acariciando su mejilla —No volveremos jamás.

Mi chico me mira fijamente un instante, buscando cualquier señal de duda en mis ojos o mentira oculta detrás de mi voz. No encontró nada. Se inclina para besarme, suave y lento, como si con ese beso sellara la promesa. Le correspondo cerrando los ojos. No sé cuánto tiempo podré mantener esa promesa… pero haría cualquier cosa por mi moreno.

Incluso mentirle para que no se preocupara.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!