Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 39

By Bill

Despertar cada mañana al lado de Tom era como estar en un sueño del que no quería salir. Abría los ojos y lo primero que veía era su cara serena, su respiración tranquila, su brazo rodeando mi cintura, como si temiera que desapareciera incluso en sueños.

Lo quería de una forma que no sé explicar, pero todo lo que pasó para acabar en Los Ángeles me tenía preocupado. Sé que mi padre me está buscando, y si me encuentra, hará lo que sea para separarme de Tom, y eso es algo que no quiero; no quiero más encierros ni órdenes, solo quiero estar con Tom. Estamos aquí y él me prometió que nunca volveríamos a Alemania.

La paz que sentía era indescriptible. Por primera vez en mi vida, podía ser realmente feliz sin temer que alguien viniera a quitármelo.

En Alemania, siempre viví con el miedo de que nos descubrieran. Mi apellido era muy conocido, los paparazzi me seguían a todas partes y la posibilidad de que mis padres se enteraran de mi relación con Tom me aterraba. Sabía de lo que eran capaces, y el encierro al que me sometieron cuando supieron la verdad era prueba de ello. Pero en Los Ángeles, aquí todo es diferente. Aquí nadie nos reconoce. No hay cámaras siguiéndonos, ni miradas juzgándonos, ni padres imponiendo su voluntad.

Durante la semana que estuvimos en el hotel porque no encontrábamos un piso que nos gustara a los dos, salíamos a pasear por la ciudad. Esas salidas eran increíbles. No sé de dónde sacaba Tom el dinero para gastar así; supongo que su vida como… narcotraficante… le daba para eso y más. No había preocupaciones ni miedos. Solo éramos dos almas encontradas que, por fin, podían vivir sin restricciones. Una vez pensé que no había futuro con ese chico de las trenzas, pero ahora… me retracto.

Cuando encontramos el piso ideal en una revista de inmobiliaria, tanto mi novio como yo pensamos que era el indicado y no nos equivocamos. No era la mansión más lujosa ni el lugar más ostentoso, pero se sentía acogedor y eso es realmente lo que me importaba. Lo compramos sin dudarlo y pasamos semanas decorándolo juntos, eligiendo cada detalle: cada mueble, cada adorno, cada pequeño elemento. Las risas no faltaban mientras intentábamos montar los muebles sin éxito o cuando Tom decía que no necesitábamos tantas velas aromáticas, aunque al final siempre cedía a mis caprichos.

Las citas se convirtieron en parte de nuestra rutina. A veces elegíamos restaurantes elegantes donde hacíamos como si fuéramos dos desconocidos en su primer encuentro, inventando historias sobre nuestras vidas solo para reírnos después. Otras veces comprábamos comida rápida y nos la llevábamos a casa para comer en el suelo viendo películas hasta quedarnos dormidos. Cada momento con él es tan intenso y perfecto; amo tenerlo conmigo ¿ya lo he dicho?

Por primera vez en mi vida me siento completo. No hay angustia ni culpa. Solo amor, felicidad y la certeza de que, pase lo que pase después, estos días serán los más bonitos de mi existencia.

Así ha sido todo de bonito a pesar del malestar reciente que he estado sintiendo; no sé por qué, pero hace un par de días empecé a marearme sin razón y a sentir náuseas varias veces. Empezó desde la última salida con Tom; fuimos a un puesto de comida callejera y compramos dos perritos calientes; creo que me cayeron mal porque desde entonces ha empezado mi malestar y es horrible porque a veces no puedo oler la comida sin ganas de vomitar. Y tengo antojos raros por cosas extrañas con combinaciones asquerosas según Tom…

El sonido del despertador es un ruido lejano en mi cabeza. Ni siquiera recuerdo haberlo programado, pero ahí está, taladrándome los oídos mientras mi estómago se revuelve en protesta. Gruño mientras me revuelvo entre las sábanas hasta que un súbito malestar me obliga a abrir los ojos.

Siento cómo mi cuerpo se tensa al instante y una arcada intensa sube desde mi estómago hasta la garganta, haciéndome saltar de la cama sin pensar en otra cosa más que llegar al baño a tiempo. Corro tambaleándome sintiendo el frío del suelo bajo mis pies descalzos. Apenas tengo tiempo de arrodillarme antes de que mi estómago suelte todo su contenido por el váter. Me sujeto del borde respirando con dificultad mientras las arcadas siguen sacudiéndome el cuerpo.

¿Qué demonios me pasa? Tom ha estado comprándome pastillas para el malestar, pero ninguna parece hacer efecto y ya me empieza a preocupar. No quiero ir a una clínica…

Me levanto del suelo sintiéndome débil, me agarro del lavabo y me limpio la boca con el dorso de la mano. Doy bocanadas de aire para calmarme y dejar de sentirme mareado o acabaré desmayándome. La puerta del baño está entreabierta, y a través de ella puedo escuchar a Tom moviéndose en la cama. No puedo dejar que me vea así, porque hará preguntas, y no estoy para eso. Respiro hondo y abro el grifo del lavabo para enjuagarme la boca.

Al alzar la vista, mi reflejo en el espejo me devuelve una imagen que no me gusta nada: pálido, con ojeras y una expresión de puro desconcierto. Me apoyo en el lavabo, respirando hondo e intentando ignorar la sensación de debilidad que me recorre el cuerpo. No quiero preocupar a mi novio. Seguro que se me pasará después.

Me paso las manos por la cara, sintiéndome más cansado de lo habitual. Suspiro, tiro de la cadena y salgo del baño volviendo a la habitación. Tom se remueve en la cama, veo cómo da palmadas en el sitio donde se supone que debo estar yo y al no encontrarme abre los ojos rápidamente, estirándose con pereza. Observa a su alrededor y cuando me mira con esa expresión adormilada suelta un suspiro y esboza una pequeña sonrisa.

—Mmm…— murmura, su voz ronca por el sueño —¿Dónde estabas, cariño?, ¿de nuevo con las náuseas?— me pregunta y yo asiento lentamente, haciendo un puchero mientras me acerco gateando hasta acostarme a su lado.

—Sí— le respondo, acurrucándome junto a él porque me gusta que me haga mimos cuando amanezco peor que el día anterior o solo soy yo exagerando —Es horrible, Tommie…

Él frunce el ceño y se incorpora un poco, pasándose una mano por su pelo revuelto. —¿Estás bien, amor? ¿no te duele nada?

Niego con la cabeza. Desde que empezó el malestar… no sé… siento de todo menos dolor del tipo que te debe dar cuando tienes un malestar de estómago o algo así. Al principio pensé que solo estaba cansado por todo lo que hemos estado haciendo esta semana, pero cada día me siento peor. Me cuesta mantenerme despierto, siento que me pesan los párpados todo el tiempo y lo peor es que, sin importar cuánto duerma, sigo igual de agotado. Luego están los olores…

Dios, ¿desde cuándo todo huele tan fuerte? Las veces que Tom pide comida, solo con el aroma ya siento que se me revuelve el estómago. Antes podía comer lo que fuera, pero ahora apenas lo pruebo y me dan arcadas. Lo único que realmente me apetece es fruta, y a veces cosas que jamás en mi vida habría mezclado, como sandía con mostaza. Ni siquiera sé por qué, pero me gusta. Me encanta mejor dicho y eso para Tom es una… abominación. Me da risa las caras que pone…

También me duele el cuerpo, especialmente el abdomen. Es un dolor raro, como calambres leves, pero ahí están. Y mis emociones… ¡joder! Siento que cualquier cosa me pone sensible. Ayer Tom me abrazó y casi lloro. ¿Por qué? ¡No lo sé! Y él se echó a reír y me daba besitos. Y ni hablemos de lo irritante que se me hace todo últimamente; hasta el simple sonido del televisor me molesta.

Y entonces está lo peor…

Las náuseas.

Dios santo, las náuseas.

No sé qué demonios pasa conmigo, pero cada mañana acabo en el baño abrazado al váter como hace unos momentos, vaciando lo poco que tengo en el estómago. Es como si mi cuerpo me odiara.

—No, cariño, solo tengo un poco revuelto el estómago.

—Como estos días— murmura él. Estira un brazo y me atrae hacia él, abrazándome contra su pecho. —Estás heladito, mi amor. ¿quieres que te dé besitos otra vez o qué quieres bebé?

—Besitos…— murmuro acurrucándome más contra su pecho.

Mi novio suelta una risita y me besa la coronilla antes de frotar suavemente mi espalda. Su calor me envuelve y por un momento olvido lo mal que me siento. Cierro los ojos y disfruto la sensación hasta que él rompe el silencio: —¿No quieres que te prepare un té o algo?— pregunta mientras desliza sus dedos por mi cabello.

Frunzo el ceño y niego despacio, escondiendo el rostro en su cuello. —No quiero nada, solo quédate aquí y consiénteme…

—Eres un mimado, cariño— dice con una sonrisa.

Levanto la cabeza y lo miro con el ceño fruncido. —¡No es cierto!— protesto en un susurro con un puchero. —Solo me siento mal y quiero que me achuches…

—Eso es ser un mimado, moreno— responde, dándome un beso en la punta de la nariz. Hago una mueca y le doy un ligero manotazo en el brazo.

—Tú también eres un mimado, pero nadie te dice nada— replico.

—Pero es que yo soy adorable, mi vida, y tú últimamente estás muy gruñón— dice con una sonrisita burlona.

Me separo un poco y lo miro con incredulidad. —¿Perdona?

Mi novio intenta aguantar la risa, pero sé que está disfrutando fastidiarme. —Es que últimamente te irritas por todo, terroncito. Ayer casi le lanzas una sandalia al televisor porque no encontrabas el mando y si no lo impido me dejas sin nada con qué ver las noticias o mis pelis porno.

Entrecierro los ojos. —¡Porque sonaba horrible y no podía soportarlo!— exclamo en mi defensa, sintiendo cómo la rabia me sube de golpe. —¿Y qué hay de ti, eh? ¡Tú también haces cosas irritantes! Como… como…— trago saliva —¡Como cuando masticas con la boca abierta!

Él me mira con una ceja arqueada. —Nunca mastico con la boca abierta, amor.

Parpadeo y entreabro los labios, confundido. Bueno, es cierto, él no hace eso… pero aún así siento que quiero pelear. —Bueno, pero haces otras cosas que me molestan— murmuro, cruzándome de brazos y desviando la mirada. Mi novio suelta una carcajada y me aprieta contra él.

—Dios, estás súper sensible, bebé. Me encantas— dice y siento sus manos bajar por mi espalda hasta mis nalgas y apretarlas suavemente.

—No me digas eso— refunfuño, aunque su risa me provoca un escalofrío cálido.

—¿Por qué no?— pregunta con diversión, dejando besos en mi mejilla. —Es adorable verte tan emocionado por todo.

—No estoy emocionado— replico con un bufido —Estoy enfadado contigo.

—Oh, ¿sí? ¿Y cómo planeas castigarme?— me pregunta.

—No dándote besitos nunca más.

Me mira, fingiendo horror. —¡Eso es cruel, moreno!

—Pues así soy yo— digo con altivez, pero al ver su expresión dramatizada, una risa se me escapa. Él sonríe satisfecho y me besa en los labios.

—¿Ves? Te ha cambiado el humor en dos segundos— murmura contra mi boca.

—Cállate— digo, pero me dejo besar de todas formas.

Él me abraza con fuerza y, cuando se separa, me mira con ternura. —Ya, bebé, en serio… ¿seguro que no quieres algo? ¿Tal vez una fruta rara que te gusta mezclar con mostaza?

Hago una mueca y niego. —No, ahora no quiero nada. Solo me siento… raro.

Mi novio suspira y vuelve a abrazarme, dejándome acomodarme sobre su pecho. —Duerme un poquito, bebé. Te prometo que cuando despiertes te sentirás mejor.

Cierro los ojos, pero no estoy seguro de que eso pase. Todo mi cuerpo se siente extraño, como si no me perteneciera. Y lo que más me inquieta es la sensación persistente de que algo dentro de mí ha cambiado.

.

By Tom

Me quedo quieto por un momento abrazando su cuerpo, sintiendo su respiración cálida contra mi pecho. En tan solo un par de minutos su respiración se vuelve tranquila y pausada… y entonces sé que ya se ha dormido.

Suspiro bajo, acariciando su espalda con suavidad antes de moverme con cuidado. No quiero despertarlo porque sé que no ha estado durmiendo bien estos días y, viendo cómo ha amanecido hoy, necesita descansar. Con paciencia, deslizo mi brazo de debajo de su cuerpo y me incorporo despacio, lo miro y me relamo los labios. Sigue con el rostro pálido, esas ojeras ligeras bajo los ojos y los labios fruncidos en un gesto cansado. Joder…

Sé que esto no es normal, lleva tantos días así que me frustra no poder hacer nada y él no quiere ir a una clínica por mucho que le he pedido que vaya a alguna. Paso una mano por la cara y miro la hora en el reloj de la mesita de noche. Apenas son las nueve de la mañana. No sé qué le pasa a mi moreno, pero cada día parece sentirse peor. Y a mí… me preocupa un montón.

Me levanto en silencio y camino hacia la cocina. Si va a seguir descansando, al menos debería comer algo cuando despierte. Quizás si le preparo algo ligero logre comer un poco más. Abro el frigorífico y reviso lo que hay. Fruta. Siempre hay fruta. Mi chico estos días solo vive de fruta últimamente y otras cosas.

Suspiro y cruzo los brazos. Esta vez no voy a dejar que coma solo eso, está más delgadito que antes y me siento responsable de cuidarlo; después de todo, aún es un niño. Mi niño y es mi deber como su novio, el mayor de la relación y futuro esposo cuidarlo, así que tiene que comer algo más. Algo que no sea solo sandía con mostaza o fresas con yogur. Algo que lo haga sentirse mejor.

El problema es… que no tengo ni idea de cocinar.

Cierro la puerta del frigorífico y miro la cocina como si fuera un campo de batalla. ¿Qué se supone que debo hacer? Puedo pedir comida, sí, pero mi novio ha estado rechazando casi todo lo que pido. Quizás si le hago algo casero… la idea suena bien. Lo único malo es que, repito, no sé cocinar.

Miro alrededor. La estufa. Las ollas. Los ingredientes en la despensa… solo encuentro una solución ante todo esto: ver un tutorial. Entonces saco mi móvil y abro YouTube.

—Vale, vamos a ver…— murmuro mientras tecleo «desayunos fáciles» en el buscador.

Cientos de vídeos aparecen en la pantalla. Me rasco la cabeza, deslizando entre las opciones hasta que encuentro uno que dice: «¡Desayuno nutritivo y fácil en 10 minutos!»

—Eso me sirve— le doy al play y dejo el móvil apoyado contra la pared, subiendo el volumen. Un tipo con una voz demasiado animada empieza a hablar mientras muestra los ingredientes: pan, huevos, queso… cosas que sí tengo. —Bien, esto no se ve tan difícil…— sigo las instrucciones con el ceño fruncido, intentando hacer lo que el vídeo muestra. Rompo los huevos en un bol y los bato. Hasta ahí todo bien. Pero luego, cuando tengo que echarlos a la sartén… —Mierda.

El aceite chisporrotea y doy un paso atrás como si fuera a explotar. ¿Por qué suena así? ¿está poseído?, ¿se supone que debe hacer así cuando está caliente o qué? Tomo una cuchara de madera y revuelvo los huevos, sintiendo cómo se pegan un poco. Mierda, mierda, mierda. El tipo del vídeo los mueve con facilidad, pero los míos parecen tener vida propia. ¡¿Por qué no me quedan igual?!

—Jodida mierda, seguro no explicó bien y por eso me salen así— me digo a mí mismo —¿Cómo es posible que yo no sepa hacer bien unos simples huevos revueltos? Se ve tan fácil…

Los dejo cocinando, me acerco a la alacena y tomo la bolsa de pan de Sandwich y tomo dos para ponerlos en la tostadora. Cuando finalmente logro cocinar los huevos sin quemarlos «demasiado», los sirvo en un plato con un par de tostadas y queso. Me cruzo de brazos, mirando mi obra maestra.

—No está tan mal…

Tomo la bandeja con el desayuno y camino de regreso a la habitación con orgullo y miedo. O mi moreno ama esto… o me lo tira en la cara.

Empujo la puerta con el pie y entro con la bandeja en las manos. Mi chico sigue en la cama, hecho un ovillo bajo las mantas. Su pelo oscuro se esparce sobre la almohada y su cara se ve más tranquila que hace un rato. Me acerco despacio, dejando la bandeja sobre la mesita de noche. Me inclino y le acaricio la mejilla con el dorso de los dedos. —Bebé…— murmuro, besándole la frente —Despierta, te he hecho el desayuno.

Mi moreno se mueve un poco, frunciendo el ceño. Se queja en un murmullo antes de abrir los ojos perezosamente. —¿Qué…?

—Desayuno— repito con una sonrisa —Lo he hecho yo, ¿te animas a comer algo?

Él parpadea y sus ojos bajan a la bandeja. Su expresión pasa de la curiosidad al escepticismo en cuestión de segundos. —¿Tú lo has hecho?

—¡Sí!— digo, ofendido —¿Qué? ¿Crees que no puedo?

Me mira, claramente debatiéndose entre reírse o no herir mis sentimientos. —¿Cómo sé que no me vas a envenenar?

Pongo una mano en mi pecho, fingiendo indignación —¡Moreno, por favor!

Él suelta una risa suave y se incorpora un poco, acomodándose contra las almohadas. Luego, con un suspiro, toma el tenedor y prueba un bocado de los huevos. Lo mastica lentamente mientras yo lo observo como si esperara un veredicto en un juicio. Cuando finalmente traga, me mira con una expresión ilegible.

—Y bien…— insisto, inclinándome hacia él —¿Está bueno?

Mi novio ladea la cabeza. Deja el tenedor y me mira con una expresión que no sé si me preocupa o me da risa. —Creo que le falta algo…

Alzo una ceja. —¿Sal?

Mi moreno niega con la cabeza y hace un mohín —Mostaza.

Parpadeo lentamente —¿Mostaza?

—Sí— dice muy serio asintiendo lentamente —Y…— se queda pensativo por un segundo —Tal vez un poco de miel.

Siento que mi alma abandona mi cuerpo, ¿para qué quiere todo eso? Se ha vuelto tan raro con respecto a la comida. Pide cosas que dan asco, las mezcla con otras… La sandía y la mostaza son pasables, pero hay otras combinaciones que me han quitado el apetito más de una vez —¿Miel?— repito, frunciendo el ceño.

Él asiente como si nada —Y pepinillos.

Lo miro como si acabara de decirme que quiere comerse la mesa entera. —Billie…

—Por favor, Tommie— hace un puchero, estirando su manita para jalarme de la camiseta —Te lo agradecería muchísimo y con muchos besitos y sexo, mucho sexo…

Dios, ¿cómo puedo negarme cuando me mira y me habla así? —Vale, vale— suspiro y me pongo en pie —Pero esto es una completa aberración; siento que estoy jodido contigo porque no puedo negarme a esas cosas— me sonríe, nada más.

Voy a la cocina y busco todo lo que me pidió. Mientras pongo la mostaza y la miel en la bandeja, no puedo evitar preguntarme si se le zafó un tornillo. ¿Quién mezcla esas cosas con huevos? Cuando regreso, mi novio me recibe con una sonrisa radiante, como si fuera lo mejor del día. Me siento a su lado y dejo la bandeja frente a él.

—Aquí tienes, pequeño monstruo culinario.

—Gracias, amor— dice feliz.

Lo veo agarrar el frasco de mostaza y poner un chorro exagerado sobre los huevos. Luego hace lo mismo con la miel y finalmente coloca un pepinillo al lado, como si fuera la guinda del pastel. Yo solo observo horrorizado cuando lo veo revolver todo y luego llevarse un poco de esa mezcla a la boca oliéndolo como si fuera lo mejor del mundo —No puedo creer que estés a punto de hacer eso.

Mi chico me ignora por completo. Con la misma ilusión que un crío en Navidad, se lleva la tostada a los labios, abre la boca y le da un gran mordisco. Yo espero su reacción, deseando que en cualquier momento se arrepienta. Pero no… —Mmm…— gime satisfecho, asintiendo con aprobación —Está de muerte.

Yo hago una mueca más exagerada que la anterior, se va a poner malo, joder —Billie, mi cielo, razón de mi vida, luz de mi corazón, mi terroncito de chocolate, mi nube de algodón… eso es… lo que estás haciendo con la comida debería considerarse un crimen.

—No, cielo— me contradice con la boca llena y las mejillas infladas adorablemente por toda la comida que tiene en la boca —Prueba un poco.

Aparto la cara al instante. —Ni de coña.

Mi chico se ríe y sigue comiendo a gusto. Yo sigo mirándolo, sin poder creerlo. Definitivamente algo le pasa a mi bebé, pero ¿qué?

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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