Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 44

By Bill

Ha pasado un mes y dos semanas desde que descubrí que estaba embarazado. Y aunque aún me parece surrealista, ya me estoy acostumbrando a la idea de que dentro de mí hay una cosita que, aunque no lo parezca, algún día tendrá nariz, ojos y probablemente una actitud tan insoportable como la de Tom.

En este tiempo me he sentido… raro. No sé si es por las hormonas o si ya soy así, pero me despierto con antojos ridículos, más ridículos que antes. Me da asco el olor del perfume de Tom «y eso que antes quería beberlo a sorbos» y me entran ataques de risa que acaban en lágrimas sin razón aparente. Literalmente. Estaba viendo una serie donde un gato se perdía y terminé llorando como si me hubieran quitado al mío… ¡y ni siquiera tengo gato!

Pero Tom. Ay, Tom.

Si alguien se ha ganado el cielo este mes, ese es él. No porque sea un santo «que de eso no tiene nada» sino porque me aguanta. Todos mis caprichos. Todos mis cambios de humor. Todos mis «no quiero eso» seguidos de «sí quiero eso» cinco minutos después.

Una vez, a las tres de la madrugada, se me antojó mango con sal y leche condensada. Y ahí estaba él, en calzoncillos, en pleno invierno, buscando la fruta. Volvió con cara de zombie, pero con el mango en la mano. Me abrazó mientras yo comía como un personaje de telenovela embarazada. Otra noche soñé que el bebé venía con bigote. No sé de dónde saqué eso, pero me desperté gritando. Tom se levantó medio dormido, me abrazó y murmuró: «Si tiene bigote, le ponemos Tiny Tom.»

También me ha dado por dormir abrazado a su pecho y si se mueve, me despierto y lo empujo como si me hubiera traicionado.

—»¡Estabas muy cómodo y te moviste, desgraciado!»

Y él, todo mono: —»Perdona, amor. Ya no respiraré, ¿mejor así?»

Sí, he sido un monstruo a veces. Pero él no se queja. Se ríe, me besa la frente y me dice que estoy más guapo que nunca. Que incluso con las náuseas y el humor cambiante no me cambiaría por nada. Que estoy creando vida. Que soy su héroe. Y aunque al principio me costó creerlo, cada día empiezo a pensar que no soy tan cobarde como creía. Que tal vez sí puedo con esto. Hoy tenemos nuestra primera ecografía y estoy nervioso.

Más que cuando me hice la prueba. Más que cuando decidí quedarme con el bebé. Y no es que piense que algo está mal, pero… no sé. Escuchar ese primer sonido, ver aunque sea una sombra en esa pantalla lo vuelve real. Lo hace más verdadero. Tom está conmigo, por supuesto. Como lo ha estado desde el principio.

Y mientras esperamos en la sala rodeados de mujeres embarazadas que me miran como si hubiera aparecido allí teletransportado desde el útero de mi madre, él no me suelta la mano.

Tom y yo estamos sentados en la sala de espera de la clínica y aunque intento mantenerme tranquilo, las piernas me tiemblan como si fuera cantante y tuviera un concierto en cinco minutos. Ya casi es nuestro turno para entrar en la ecografía y siento que me voy a desmayar. Bueno, no tanto así, pero tengo los nervios a flor de piel. Mi chico está relajadísimo en cambio. Sonríe como si estuviéramos en un spa y no en una consulta donde vamos a ver por primera vez a la criatura que llevo dentro.

—Estás muy serio, amor— me dice con voz suave pasándome el pulgar por el dorso de la mano —Va a salir todo bien; no te pongas nervioso.

Lo miro frunciendo el ceño.

—¿Y tú cómo lo sabes? ¿acaso eres ginecólogo ahora? ¿obstetra? ¿adivino? ¡¿Qué tal si el bebé tiene tres piernas o no se ve nada y me dicen que he comido un alien?!— exclamo en un susurro; tremenda tontería he dicho pero no me arrepiento.

Mi novio se queda mirándome en silencio un momento; no por impresión «ya está acostumbrado a mis locuras» sé que está conteniendo la risa. —Bueno… si tiene tres piernas lo metemos a atletismo— responde al final encogiéndose de hombros. —Además sería normal si viene con tres piernas; ya sabes: las dos normales y la del medio…

Lo empujo con el hombro ofendido —No es gracioso, Tom. Estoy muy nervioso joder; ¡y encima hace calor y este sitio apesta a desinfectante cutre!

Cruzo los brazos molesto y me hundo en la silla. Sé que estoy exagerando; lo sé; pero… no tengo ganas de fingir que todo está bien cuando claramente no lo está. ¡Estoy embarazado, tengo hambre y no quiero que Tom esté tan feliz mientras yo estoy sufriendo!

—Oye— dice él en voz baja acercándose a mi oído con una sonrisa torcida —¿sabes lo que tengo para ti?

No respondo.

Me hago el ofendido de nivel Dios.

Pero de reojo le veo meterse la mano en el bolsillo delantero de su sudadera y sacar una barra de chocolate. Mis ojos la siguen como si fuera oro. Él la agita delante de mí, tentándome como si yo fuera un gato y eso fuera una pluma con campanita. —¿No lo quieres, cariño?— susurra, divertido.

—No.

—¿Seguro?

—No estoy hablando contigo.

Pero él la abre igual y la parte. El olor me da un golpe directo al corazón. Chocolate con almendras. Mi perdición desde que tengo esta cosita creciendo dentro. Tom acerca el trocito a mi boca. —Puedes resistirte, pero el bebé no— dice, encantado de sí mismo. Y tiene razón. Abro la boca y dejo que me ponga el trocito de chocolate, empiezo a masticar lentamente con cara de mártir, como si le estuviera perdonando la vida.

—Solo porque no quiero desperdiciar comida— murmuro, y él se ríe. Después de eso, me acuesto contra su hombro y suelto un suspiro. Me sigue acariciando la mano con sus dedos largos y, a pesar de todo, de mi mal humor y mis nervios, me siento mejor. —¿Sabes una cosa?— le digo, con la boca aún llena de chocolate.

—Dime terroncito.

—Te odio menos con chocolate.

—Entonces siempre llevaré uno en el bolsillo. Para el resto de nuestras vidas.

Me río bajito y, aunque intento disimularlo, se me escapa una sonrisa. Y justo cuando iba a soltarle otra de mis frases dramáticas… —William Smith— llama una enfermera desde la puerta. Aún no me acostumbro a ese nombre falso, joder.

Nos miramos. Y ahí está otra vez el susto. Pero también está Tom, que me aprieta la mano. —Vamos, amor. A conocer al mini-tú.

Nos levantamos cuando escuchamos que nos llaman. Tom me toma de la mano al instante, como si le diera miedo que saliera corriendo. Le lanzo una mirada de medio enfado, pero no digo nada… me conoce demasiado bien. Entramos en el consultorio y la doctora, una mujer de unos cuarenta y tantos con cara amable y voz dulce, nos sonríe al vernos. —Buenos días. Bienvenidos. ¿Tú eres William, verdad?— asiento con una pequeña sonrisa tímida —Perfecto, yo soy la doctora Loren Schmidt, pasad y acomodaos aquí, por favor.

La doctora me pide que levante la camiseta; al hacerlo, coge un tarro y unta un poco de ese gel frío en mi vientre que me hace tiritar ante el contacto. Trago saliva y me pongo tenso al instante —Relájate, cielo— me susurra mi novio —No duele. Ya hemos pasado por cosas peores… ¿recuerdas?

—¡Tom!— chillo bajito, fulminándolo con la mirada. La doctora sonríe, seguramente acostumbrada a pacientes con novios idiotas como el mío: idiota y sexy, claramente.

El ecógrafo empieza a mostrar algo en la pantalla. Me siento raro, como si algo se removiera dentro de mí… no físicamente, más bien emocionalmente. Es tan pequeño. —Ahí está— dice la doctora señalando la pantalla —Esa pequeña bolsita es el saco gestacional. Y ese puntito que veis moverse… es el latido.

Tom se queda en silencio unos segundos; muy raro en él. Lo miro; tiene los ojos brillantes y sé que se está aguantando para no soltar una de sus tonterías. Pero claro, no puede aguantar tanto: —Doctora…— empieza con voz casual, pero yo ya empiezo a oler la desgracia —¿y… hay algún problema si seguimos teniendo relaciones sexuales?

Levanto la cabeza de golpe y lo miro —¡TOM!— exclamo alarmado, joder.

—¿Qué? Es una duda médica válida. No quiero que el pequeño salga traumatizado por un terremoto prematuro— dice con una ceja alzada y una sonrisa de lo más asquerosamente pícara y sensual.

Cierro los ojos. Me llevo la mano a la frente, como si necesitara llamar a una ambulancia emocional. Respiro hondo.

—No puedo contigo…

—Cariño, llevo semanas en abstinencia. ¡SE-MA-NAS!— dice dramático —Ya me está afectando el sistema nervioso, tengo pesadillas con tus muslos, ¿entiendes? Esto no es un capricho, es salud mental.

La doctora suelta una risita y responde con profesionalidad: —No hay problema con mantener relaciones, mientras no haya sangrados, dolor o complicaciones. Solo evitad posiciones incómodas o con demasiada presión abdominal.

Tom me mira —¿Lo has oído, morenito? Nada de posiciones raras, pero el resto…— me guiña un ojo —Estoy dispuesto a ser cuidadoso, tierno y hacerlo muy… muy lento.

Me río, aunque intento no hacerlo. —Eres un cerdo.

—Un cerdo muy necesitado de amor.

Le doy un golpecito suave en el hombro mientras niego con la cabeza. Dios, ¿cómo terminé embarazado de este degenerado adorable? Lo amo tanto, tanto, tanto.

La doctora me pide que me recueste bien y baje un poco más el pantalón. Sus guantes fríos me hacen estremecer cuando coloca el ecógrafo sobre mi abdomen otra vez. —Está bien— dice en tono suave —Vamos a ver un poco mejor.

Tom no suelta mi mano ni un segundo. Se inclina un poco para mirar la pantalla, con los ojos tan atentos que parece que estuviera viendo una película de acción.

—Bueno, como os dije hace un momento, ese destello intermitente es el corazón latiendo. Es muy pequeño, pero late con fuerza. ¿Queréis escuchar?

—¡Sí!— dice mi novio antes que yo. Está como un niño en una tienda de chuches.

La doctora sube un poco el volumen y de pronto se escucha un sonido rápido y rítmico, como un tamborcito nervioso. Mi corazón se aprieta. No puedo evitar sonreír, aunque la lágrima que se escapa me delata. Ese latido es de mi bebé y es tan emocionante, me pone bastante emocional y sensible, joder.

—Dios…— susurra Tom —Eso está ahí. Dentro de ti. Joder… es…— se calla. No porque no quiera hablar, sino porque creo que no encuentra las palabras.

Yo tampoco.

La doctora nos da unos segundos y luego empieza a medir con cuidado algunas estructuras: el tamaño del saco gestacional, el embrión y su frecuencia cardíaca.

—Todo se ve bien hasta ahora. El embrión mide alrededor de 4 milímetros, justo lo esperado para seis semanas y unos días. El corazón late a 134 por minuto, lo cual es completamente normal.

—¿Y… se puede saber si es niño o niña ya?— pregunta Tom, medio en broma, medio en serio.

La doctora ríe. —Todavía no. Es demasiado pronto. Esa parte vendrá más adelante, si queréis saberlo.

—Yo quiero que sea niña— dice él mirándome de reojo —Para que herede tu cara, tus labios… tus ojitos de muñeca… y para que cuando cumpla quince pueda interrogar a todos sus pretendientes con un cuchillo en la mano.

—¡Tom!— me echo a reír —Eso no va a pasar.

—Ah, ¿no? ¿Has visto lo irresistible que eres? ¿Te imaginas una mini tú? Tendré que dormir con un bate bajo la almohada.

—Ridículo.

—Te amo.

Lo miro sin dejar de sonreír. Me aprieta la mano y yo se la acaricio con el pulgar. La doctora imprime una pequeña imagen y nos la entrega. Es como un manchón blanco y negro con un puntito brillante en medio, pero a mí ya me parece la cosa más bonita del mundo. —Aquí tenéis la primera foto del bebé— dice —Os veo de nuevo en unas semanas. Hasta entonces, nada de esfuerzos, buena alimentación y paciencia con los cambios hormonales.

Tom me mira con cara de «ya lo estoy viviendo, gracias, doctora.»

Salimos del consultorio y Tom no suelta la foto ni un segundo. La mira con una ternura que me derrite por dentro. —Parece un frijol…— dice, y luego me guiña un ojo —Pero va a ser un frijol con mucho flow.

Ay, joder.

&

Al llegar al piso, apenas cerramos la puerta, Tom me carga como si no pesara nada «bueno, tampoco es que pese mucho, pero aún así» y me da un par de vueltas como si fuéramos recién casados.

—¡Tom!— protesto riendo —¡Bájame, que me vas a marear, joder!

—¡Es que estoy feliz, mi cielo! ¡lo viste, lo escuchaste! ¡su corazón hace tu-tu-tu-tu-tu y es como… joder, morenito, tenemos un mini tú dentro de ti!

—Un frijol— le recuerdo lo que dijo antes, sonriendo.

—Uh, sí— responde con su voz grave, y me baja despacito, pero antes de soltarme me planta un beso largo en los labios —Te juro que hoy estoy que me estallo de lo enamorado que estoy de ti. ¿Ya te lo dije?

—Unas diez veces solo esta mañana, pero no me quejo— relamo mis labios.

Entramos al salón y dejo caer mi bolso en el sofá mientras me estiro con un suspiro. Me siento un poco más cansado de lo normal últimamente, y aunque solo tengo seis semanas, mi cuerpo parece estar enterándose antes que mi cabeza. —Vale, amorcito…— dice mi novio, caminando hacia la cocina —¿Qué quieres comer? Hoy puedes pedirme lo que sea. Filete de unicornio, huevos de dragón, lo que quieras. El chef Tom está a tu disposición.

Me dejo caer en el sofá, abrazando un cojín. —No sé… algo dulce y salado. Algo que tenga chocolate, pero también queso.

—¿Chocolate y queso?— pregunta asomando la cabeza desde la cocina con una ceja levantada —Amor… no sé si quiero comerte a ti o lo que se te antoje. Aunque, pensándolo bien…

—¡Tom, joder!

—¡Era broma!— se ríe mientras saca cosas de la nevera —Vale, vale, a ver qué puedo inventar. ¿Te sirve una tostada con Nutella y queso crema?

—¿Eso existe?

—En cinco minutos, sí.

Sonrío y mientras él se pone a prepararlo, miro la foto de la ecografía que tengo en la mano. Es tan simple, pero tan simbólica. Me pregunto si en unos meses seremos los típicos papás cursis con álbumes llenos de estas imágenes. Y por primera vez, no me parece tan malo. —¿Sabes?— le digo a mi novio desde el sofá —Creo que me estoy empezando a emocionar por esto. Todavía me da miedo, pero… hay algo bonito en todo esto.

Él se asoma desde la cocina con la espátula en la mano, como si fuera una espada de caballero. —Claro que hay algo bonito. ¡Está hecho de ti y de mí! Es como… el resultado de nuestra noche más caliente y de todas las veces que no usamos protección.

Me llevo una mano a la frente, cerrando los ojos. —Tom… cállate.

—¿Qué? No me digas que no lo pensaste. O sea, si ese frijolito hereda tu voz y mi actitud… se viene un rockstar en miniatura.

—O una estrella del drama… si hereda tu parte exagerada.

Él se ríe, me trae el plato con sus «tostadas gourmet» y se sienta a mi lado. Mientras como, me acaricia el cabello y me mira como si no existiera nadie más.

—Voy a cuidarte, ¿sí? A ti y al frijolito. Lo prometo.

—Lo sé…— le respondo con la boca medio llena y le sonrío.

Me lo ha dicho tantas veces. Es como si tuviese miedo de que de repente vuelva a tener esos tontos pensamientos de querer deshacerme del bebé; tiene sus razones; solo no quiere que pase algo que me haga cambiar de opinión. Pero ya le he dicho tantas veces que no tiene por qué preocuparse porque ya tomé mi decisión y estoy firme con ella. Él solo quiere asegurarse de que no me entre la locura; además está cumpliendo su promesa de complacerme en todos mis antojos.

Nos quedamos así, en nuestro pequeño mundo. Yo, con mis antojos raros. Él, con su mirada de enamorado. Y dentro de mí, ese pequeño embrión que va creciendo poco a poco.

&

La noche cae y estoy acurrucado en la cama, envuelto como un burrito con las sábanas. Tom está en el baño, seguro echándose uno de sus mil potingues faciales. «Desde que supo que iba a ser padre, se ha vuelto más vanidoso, si es que eso era posible.»

Empiezo a sentirme raro. No sé si es calor, frío, hambre o ganas de llorar, pero lo siento todo a la vez. Me remuevo incómodo y suelto un quejido. —¡Tom!— grito como un alma en pena.

—¿Qué pasa, amor?— responde desde el baño, todo tranquilo.

—¡No lo sé! Estoy triste… y también enfadado… ¡y me apetece un helado de pistacho, pero con salsa de soja!— me quejo mientras me siento en la cama, despeinado y con cara de tragedia griega —¡¿Por qué demonios quiero eso, Tom?! ¡¿Qué me pasa?!

Él asoma la cabeza por la puerta, con la cara cubierta de una mascarilla verde.

—Hostia, pareces Shrek— le suelto y acto seguido me echo a llorar.

—¡Amor!— corre hacia mí alarmado, se sienta en la cama y me abraza —No llores, joder, ¡si tú lo dijiste! Solo quería cuidarme los poros.

—¡Estoy gordo!— le digo entre lágrimas —¡Y no me entran mis vaqueros favoritos! ¡y quiero matar a alguien sin razón aparente!

—¿A mí?— pregunta dramático.

—A veces.

Se ríe bajito, besándome el pelo. —Te juro que estás hermoso. Más que antes… estás… radiante. Como una de esas diosas griegas embarazadas.

—¿Quieres que te escupa?

—Si es con amor, sí— responde con esa sonrisa suya que me derrite incluso cuando quiero matarlo.

—No puedo con mis emociones, Tom, joder… ayer casi lloro porque se me cayó una fresa. ¡Una fresa!

Él suelta una carcajada fuerte y se echa hacia atrás en la cama. —Voy a tener que grabarte… es que estás para reality. Billie embarazado, edición deluxe.

—Como me grabes, duermes en el sofá.

—Mejor me grabo durmiendo contigo— se acerca y se acurruca a mi lado, abrazándome por la cintura —Te juro que amo todas tus versiones, incluso la dramática, incluso la homicida… incluso la que quiere mezclar pistacho con salsa de soja; por cierto no tenemos, pero mañana te lo consigo.

—¿Lo dices en serio?

—¿Tú qué crees?— me besa la mejilla —Soy el padre de tu frijolito… me toca aguantarte.

Le sonrío sin poder evitarlo. Aunque me sienta un desastre hormonal andante, no puedo negar que me siento amado. Protegido. Incluso con la cara hinchada y los nervios rotos. Y mientras nos acomodamos entre las sábanas, con mi espalda contra su pecho y sus brazos rodeándome como si nunca fuera a soltarme, susurro en voz bajita:

—Gracias por amarme incluso cuando lloro por una fruta.

—Gracias por existir, moreno mío— me besa la nuca —Y por hacerme el padre más feliz del mundo… aunque todavía no me dejes tocarte.

—Mañana hablamos de eso…

—¿Me estás dando esperanzas?

—No— respondo con una sonrisilla traviesa.

Él se ríe otra vez y nos quedamos así, respirando al mismo ritmo, con sus dedos dejando caricias en mi espalda.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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