
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo 3
Salgo del baño secándome el pelo con la toalla, con el albornoz mal puesto y la piel aún calentita del agua.
Tengo la cabeza hecha un lío, pienso en mil cosas a la vez y en nada en concreto. ¿Cómo ha podido ser tan gilipollas Tom de meterse entre las piernas de esa vieja sin protección? ¿Y si ni siquiera es suyo el crío? Pero vamos a ver, ¿qué razones tendría Heidi para mentirle? ¿Le ha puesto los cuernos y el otro no ha querido hacerse cargo? No paro de darle vueltas. Siempre he tenido una imaginación de la hostia, así que si ha sido eso y le ha engañado, sería la excusa perfecta para que mi tío por fin la mande a la mierda.
La voy a desenmascarar, sí. Voy a averiguar qué hay realmente detrás de ese embarazo.
—¿Qué coño estás tramando?— nada más oír esa voz, pego un bote del susto que me da. Levanto la vista y la veo ahí, sentada en mi cama, con una ceja levantada y esa mirada inquisitiva —¿Mmm?
—¡Joder contigo!— suelto, llevándome la mano al pecho, notando los latidos acelerados mientras cierro los ojos un momento y respiro hondo —¿¡Cuándo vas a dejar de hacer esas entradas dramáticas, eh!? ¡Casi me matas del susto, cabrona!
Adrianne pone los ojos en blanco. —Ay, no flipes— dice chasqueando la lengua —He llegado hace un rato, pero tú ahí, en tu mundo, con esa sonrisita de loco… Parecías un villano de peli planeando algo turbio sin importar a quién arrastres por el camino. Me das miedo, ¿eh?
Me río un poco. —Tonta. Estaba pensando en que quizás el embarazo de la bruja esa es una farsa. O que el niño ni siquiera es de mi tío.
Mi mejor amiga entrecierra los ojos. —¿Crees que le ha puesto los cuernos?
—Ajá— asiento con la cabeza —Me niego a creer que el niño sea de Tom, ¿vale? No me entra en la cabeza que haya sido tan imbécil como para no ponerse un condón.
—¿Y si él quería tenerlo?— propone, medio dudando pero con intenciones —¿Y si de verdad quiere ser padre? ¿Le has llamado, al menos?
—No.
—¿Y?— me mira con cara de «¿qué coño estás esperando?» y yo ni puta idea de por dónde va —¡Pues llámale, idiota! No creo que podáis hablar tranquilos cuando llegues. Seguro que tu madre no os deja ni a sol ni a sombra, o peor, que Heidi esté todo el rato pegada a él. ¿Vas a soportar verlos en plan empalagosos, eh? Además, ni siquiera podrás estar demasiado cerca sin que la otra se mosquee.
Suelto un bufido. —Si te soy sincero… me da bastante igual si se entera o no— le digo mientras me acerco al armario para coger algo cómodo para el viaje —Y sobre lo otro… no debería afectarme verles dándose el lote. Lo mío con Tom es solo… un rollo. Sexo y ya. Nada más.
—Si de verdad fuese solo eso, no estarías tan obsesionado con que esa boda no se celebre, Bill— me suelta ella.
—Solo quiero asegurarme de que…
—No me vengas con excusas— me corta —Si fuese solo un lío, Bill, te daría igual que se casara. Porque sabes que aunque eso pase, él y tú vais a seguir con lo vuestro. Al menos hasta que tú encuentres a alguien con quien montarte la vida. Ya sea Evan… o cualquier otro.
—No quiero eso, Adrianne. No pienso enamorarme, ni casarme, ni tener una familia, ni hostias— le contesto serio —Quiero estar solo, y si puede ser, morirme así. No necesito a nadie a mi lado, salvo para lo básico que todos necesitamos. Y sí, me refiero al sexo, ¿vale?
—¿Por qué te enfadas?
—¡Porque no paras de soltar gilipolleces! Insinúas que mis motivos para impedir que Tom se case con esa tía son otros y no los que te estoy diciendo— respondo ya harto, dándome la vuelta con una camiseta en la mano y el ceño bien fruncido —Ya está, pasa del tema. No siento nada por él más allá del puro morbo, no sé qué te hace pensar lo contrario…
—¿No lo sabes?— me suelta con sorna, cruzándose de brazos mientras se recuesta contra el cabecero de mi cama —A ver, ¿quieres que te recuerde por qué creo que estás coladito por tu tío?
—No, no quiero.
—Pues te lo voy a recordar igual— responde, con ese tono cargante que pone cuando ya se le ha cruzado el cable y no piensa callarse —Llevas dos años sin intentar algo serio con Evan, y no me vengas ahora con que sois pareja, porque eso no cuenta si no te lo tomas en serio, Bill— dice —Ni una cita decente con él, ni un polvo en condiciones, porque tú mismo me has dicho que para que sea bueno tienes que imaginarte a Tom, porque todo lo demás te parece «soso» o «vacío» después de estar con él. Te bloqueas cuando Evan intenta besarte, y cada vez que hablas de Tom conmigo por teléfono parece que te quema el pecho, pero no lo quieres admitir. Y no olvidemos esa vez que lloraste como un crío solo porque él no te llamó en Navidad. ¿Eso te parece normal?
Me quedo callado unos segundos, fingiendo que busco otra camiseta en el cajón, aunque en realidad solo intento calmarme. No pienso discutir con ella. Otra vez no.
—Estaba borracho ese día, ni me acuerdo bien de lo que dije— miento.
—Claro, claro… siempre tienes alguna excusa para no sentir. Pero sí, venga, seguro que todo es solo sexo— responde con sarcasmo —Mira, puedes mentirme a mí, pero ¿a ti mismo, Bill? Eso ya es otra cosa.
—¡¿Puedes cortarlo ya?!— me giro a mirarla, frustrado —No quiero discutir contigo, Adrianne. No hoy. No justo antes de ver a esa mujer y tener que fingir que no quiero arrancarle cada pelo de esa cabeza teñida que tiene.
Ella me mira en silencio, como si estuviera analizando cada palabra. Luego suspira y se levanta de la cama.
—Vale. Lo dejo. Solo prométeme una cosa— se acerca y me coge la cara entre las manos como si fuera un niño chico —Cuando se te rompa el corazón por seguir fingiendo que no le quieres, no vengas llorando diciendo que no te lo advertí.
Trago saliva. No digo nada. Me limito a coger lo que me falta para arreglarme. Un trench beige, largo, entallado con un lazo a la cintura. Debajo, un vestido negro ajustado al cuerpo, no muy largo, justo lo necesario para que al andar se me vea un poco la pierna. Unas botas altas en tono marfil, a juego con el abrigo, que estilizan mis piernas.
El pelo me lo dejo suelto, liso, cayendo sobre los hombros cuando lo seque. Y, por supuesto, maquillaje impecable.
—Bill…
—¿Qué pasa?
—Espero de verdad que no estés enamorado… o que no vayas a enamorarte— susurra —No creo que eso acabe bien, si te soy sincera…
—Tranquila, el amor vuelve a la gente gilipollas. Todavía me acuerdo de la exposición que hice sobre eso— me río flojito, y ella también se ríe, rebajando la tensión entre los dos —Me inspiré en Jackeline, ¡manda huevos!
—Qué tonto eres, de verdad. Tienes un don para cambiar de tema en cero coma.
—Venga ya. Me parece una pérdida de tiempo ponerse a hablar de amor y todas esas chorradas…
—Eres un imbécil, Kaulitz.
—Siempre me lo dices…
—Y te lo repetiré hasta que se te borre esa sonrisita.
—Pues vas a repetirlo mucho— me río.
Se me queda mirando. Ya no está tan cabreada, pero sigue con esa cara de «te mataría, pero es que te quiero.» —Vas a hacer una locura, ¿verdad?
—Sin duda.
—Y te vas a meter en un marrón.
—Casi seguro.
—¿Y aun así vas?
—Obvio.
Suelta un suspiro, se levanta y se arregla la chaqueta. —Bueno, pues suerte entonces, rompecorazones. Dale recuerdos al demonio si llegas antes que yo al infierno— me suelta.
—¿Te guardo sitio?
—Pff. Por favor. El mío ya está reservado, con vistas y todo.— nos echamos unas risas los dos, y aunque no se lo diga, me alegra que haya venido. Adrianne es de esas personas que están ahí aunque no las llames. —Venga, anda, te echo una mano a arreglarte.
Sonrío, y lo que viene después es fácil. Me ayuda a maquillarme, a secarme el pelo y a meter las cuatro cosas en el bolso.
Me miro al espejo mientras me peino con los dedos. Tengo el pelo más largo que nunca, liso como una tabla, y desde hace unas semanas, con unas mechas rojo sangre que me hice como autoregalo de cumple. El cambio fue total, y me flipa. Las puntas rojas resaltan que flipas con mi piel blanca y la raíz negra. Me da ese rollo entre punk y demonio moderno que me encanta.
Un look sencillo, sí, pero con estilazo.
Antes de salir de la habitación con Adrianne, me echo un poco de perfume. No por nadie en especial. Por mí. Me mola dejar rastro. Cojo el móvil, reviso que llevo todo «cargador, cascos, cartera» y salgo con ella.
Al bajar las escaleras, mamá ya está plantada al lado de la puerta principal, con el abrigo puesto, el bolso cruzado y el móvil pegado a la oreja soltando órdenes a saber quién sobre el viaje. Está perfecta, como siempre, pero con esa cara de «me voy a quedar en tierra por culpa de mi hijo».
—¡Ya era hora, Bill!— me suelta nada más verme, colgando la llamada —¡Llevamos media hora de retraso! ¡¿Qué narices estabas haciendo?!
Mi madre es una exagerada. Lo digo en serio, aún tenemos veinte minutos de sobra para llegar al aeropuerto y no perder el vuelo. —Relájate, madre, que no es el fin del mundo… todavía— le contesto con una sonrisilla mientras veo por la ventana cómo el conductor se sube al coche y empieza a abrir el maletero.
—¿Y tus maletas? ¿Dónde están tus maletas?— dice mirando a su alrededor como si fueran a aparecer por arte de magia.
—Arriba, en mi cuarto. Subo a por ellas.
—¡Pero por el amor de Dios, Bill!
—Simone…— la voz de mi padre suena desde el salón mientras se acerca a nosotros con su traje oscuro desabrochado y cara de recién salido de una reunión. Lleva una mano en el bolsillo y en la otra un vaso de whisky con hielo, como si estuviera en el final de una peli de ejecutivos. —No le eches la bronca— dice tranquilo —Al menos no todavía. Déjale que se despida.
Mi madre resopla por lo bajo y se cruza de brazos. Yo aprovecho para subir a toda prisa y agarrar las dos maletas que estaban junto a la cama, bajándolas como puedo por las escaleras. Mi padre, al verme, me echa una mano. Mamá parece estar hablando con una de sus mil amigas, y Adrianne tiene la vista clavada en el móvil, frunciendo el ceño.
Dejo que sea papá quien cargue con las maletas hasta el coche y yo me acerco a mi mejor amiga.
—¿Qué te pasa?— le pregunto, porque tiene una cara de mosqueo… Vamos, que está que echa humo. Teclea como una loca, como si estuviera escribiendo un testamento. ¿Para quién? Yo qué sé.
—Es Andreas— me suelta entre dientes mientras salimos de la mansión.
—¿Y ahora qué ha hecho?
—¿Te acuerdas de aquella fiesta a la que fuimos hace una semana?
Asiento despacio. Fuimos por pasar el rato, porque no teníamos nada mejor que hacer. Y bueno, se lió un poco la cosa, porque Adrianne acabó en una foto besándose con un tío que ni conocía. Estaba borracha, vale. Y, cómo no, esa foto le llegó a Andreas, su novio. Y claro, se armó la bronca.
Andreas es tóxico perdido, se lo he dicho mil veces a Adrianne, que ese tío no le conviene, pero no me hace ni puto caso. Eso sí, bien que viene luego a darme consejos de amor como si fuese la reina del romance.
—¿Sigue con la misma historia?
—Pues el imbécil se piensa que estoy con otro tío, y por más que le digo que estoy contigo, no se lo cree.
Pongo los ojos en blanco. Sé que Andreas le importa, porque está pillada hasta las trancas. Así que echarle un cable demuestra lo buen colega que soy…
—Dame el móvil.
Cojo su teléfono, pulso el icono del micro y empiezo a grabar sin filtro, ni pelos en la lengua:
—Andy, ubícate un poquito, ¿no? ¿Hasta cuándo vas a seguir con esa paranoia absurda de que Adrianne está con otro? Relájate, macho, que la pobre ni tiempo tiene de pensar en otro con todo lo que tiene que aguantarte a ti.— hago una pausa y me acerco un poco más al móvil. —¿Tienes idea de las veces que te ha aguantado tus escenas de celos por gilipolleces? ¡Mil veces! Y ahí sigue, como una santa. Así que si te llega una foto de hace una semana donde sale dándose el lote con un tío que ni se acuerda, igual lo que tendrías que preguntarte es por qué no estabas tú con ella, en vez de estar lloriqueando por WhatsApp como un adolescente con trauma de abandono.
Levanto las cejas con una sonrisa sarcástica.
—Aterriza, campeón. Que si alguien está haciendo el ridículo aquí, no es ella— termino el audio, lo envío y le devuelvo el móvil a Adrianne con toda la tranquilidad del mundo. —De nada— le suelto al ver que se ha quedado muda.
—¿No crees que te has pasado un pelín?
—No.
—Se me olvida que eres un experto humillando gente— se ríe —Al menos espero que con esto se le baje la tontería.
—Ay, mamona. Tú no tendrías que esperar nada, si fueras yo ya habrías buscado a otro que en vez de darte dolores de cabeza… te diera otro tipo de dolores.
—Por dios— resopla con una sonrisilla.
—Cariño, despídete ya, que nos tenemos que ir— dice mi madre.
Miro a mi mejor amiga y la abrazo. No voy a estar mucho tiempo en Los Ángeles, y sé que hablaremos por llamada, pero no es lo mismo que tenerla al lado. Hago lo mismo con papá, que no viene al viaje; solo vamos mamá y yo. Simone abre la puerta. El chófer ya está metiendo las maletas en el maletero y yo me acomodo la mochila al hombro mientras echo un último vistazo a mi casa. Adrianne me lanza una mirada cómplice.
Ella sabe perfectamente que voy decidido a terminar con todo esto de una vez por todas.
Continúa…
Gracias por la visita, no te vayas sin comentar 😉
Que preciosidad esa belleza 😍💖✨
Ya quiero que sea JUEVES, muy lento están pasando las horas 😔