Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 47

—¡Tom, joder, que vamos tarde!— grité desde el pasillo mientras me abrochaba la chaqueta frente al espejo.

—¡Ya voy, cariño!— respondió desde la habitación —¡Solo me falta el reloj!

Puse los ojos en blanco. ¿A quién coño le importa el reloj cuando vamos justísimos de tiempo? Me acerqué a la puerta del dormitorio y ahí estaba él, delante del espejo, intentando ponerse uno de esos relojes que se pilló por internet «porque le dan un aire más elegante y maduro.» La ironía.

—¿Te echo una mano o te prendo fuego?— le solté, cruzándome de brazos.

—Qué gracioso eres— murmuró, y cuando por fin consiguió cerrar la correa, me guiñó un ojo —Ya estoy, mi rey.

—¡Los zapatos!— le recordé, señalando el suelo. Miró sus pies descalzos como si acabara de darse cuenta de que le faltaba algo básico.

—¡Hostia!

Mientras se los calzaba a toda pastilla, yo daba vueltas como un león enjaulado junto a la puerta —Esto no puede estar pasando— murmuré —Odio llegar tarde.

Cuando al fin estuvo listo, salimos del piso casi a la carrera. En el ascensor, Tom no perdía ocasión de agarrarme por la cintura y llenarme de besitos la cara. Yo, en vez de derretirme como siempre, solo resoplaba. Pero en el fondo me encantaba cómo intentaba calmarme.

—Te juro que te mato si perdemos la cita— le solté.

—¿Con esas manitas de princesa? No me haces ni cosquillas.

Le metí un codazo.

Ya en el garaje, fuimos hacia el mismo sitio de siempre. El coche nuevo brillaba como si acabara de salir de un anuncio. Lo había comprado hacía menos de una semana y ya estaba que no cagaba con él. Desactivó la alarma con el mando y las luces parpadearon.

—Después de usted, su majestad— dijo, abriéndome la puerta del copiloto.

—Gracias, caballero desastroso— le contesté, subiéndome con cuidado.

Tom se sentó al volante, encendió el motor, y mientras salíamos del parking, no pude evitar sonreír. —¿Te das cuenta de que en unas horas sabremos si es niño o niña?

—¿Nervioso?— preguntó sin mirarme, concentrado en la carretera.

—Un poco, pero tengo un subidón. Llevo toda la semana dándole vueltas a los nombres.

Tom soltó una risilla por la nariz. —¿Y si es niña la llamamos Penélope?

Lo miré entrecerrando los ojos. —No. Ya tengo uno pensado.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber cuál?

—Beverly Aida— le solté —Porque si es niño se llamará Nick Aiden, y «Aida» y «Aiden» son lo mismo, solo que uno es la versión femenina. ¿Te mola?

—Me flipa, y más porque has pensado en «Nick».

—Tú dijiste que si era niño querías ese nombre, así que… ¿por qué no? También es tu hijo, tienes todo el derecho del mundo a elegir un nombre, amor.

—Joder, te quiero— suspiró, relamiéndose los labios y mordiéndose el de abajo —La princesa Beverly Aida o el príncipe Nick Aiden. Me chiflan…

Sonreí.

—Me gustaría que cuando nazca nos fuésemos a otro sitio. Uno donde no tengamos que ir con documentos falsos ni mierdas así, porque como alguien se entere, la liamos. Y más tú, que te has comprado el coche y todavía no te has sacado el carnet…

—Todo se arregla con pasta, cariño. Un par de billetes a esos payasos que se hacen llamar policías y ni se enteran…

—Sí, pero no todos son corruptos. Mejor prevenimos, ¿vale?

Bufó. —Vale, ¿qué tal Hawái o Dubái? Están guays…

—O México, que siempre he querido conocer México…

—Entonces, México— me dice, asintiendo con la cabeza —Vamos mirando todo desde ya y así, cuando nazca el bebé, nos piramos…

—Ay, por cosas como esta es que te quiero más cada día, macho…

Sonríe como un crío al que le han dicho que es el ojito derecho de su madre. —Yo siempre te quiero más, incluso cuando te enfadas. Es justo cuando más me sale el amor por las orejas, te lo juro…

Me eché a reír —Eres tonto, de verdad…

Seguimos por carretera, con el sol colándose por las ventanillas y ese ambientillo especial que se nota cuando estás a punto de empezar un nuevo capítulo de tu vida. Nuestro bebé. Niño o niña. Beverly o Nick… qué más da. Ya lo queríamos con locura.

Tom puso una de sus playlists justo al entrar a la avenida principal. Tuvo el morro de poner ese rap horroroso que le flipa, Do you Wanna Fuck? y, por no discutir, me limité a bajarle un poco el volumen. Es demasiado. Encima me lo ha llegado a dedicar, como si fuera romántico o algo. —Deberías dejarme elegir la música, al menos hoy— le dije, con las piernas cruzadas y una mano en la barriga.

—Hoy ya me he despertado sin ti a mi lado, te he visto cocinando como un dios griego, y ahora estás aquí todo nerviosito… te has ganado el playlist entero— dijo riéndose, echándome una miradita.

—Tom, te juro que si me pones una canción más que diga «booty», me tiro del coche.

Alzó las cejas, partiéndose de risa. —Pero si tú tienes el mejor booty del planeta, ¿cómo no voy a celebrarlo?

—¡Cállate, capullo!— le solté entre risas, dándole un manotazo en el brazo.

El coche iba suavecito, y yo miraba por la ventana cómo la ciudad seguía con su rutina, sin saber que en ese asiento del copiloto iba alguien a punto de descubrir si va a tener un niño o una niña. Me sentía raro… como flotando, nervioso pero ilusionado. Acaricié mi barriguita sin darme cuenta.

—¿De verdad quieres que sea niño?— pregunté, girándome hacia él.

Tom se encogió de hombros. —No sé, siento que con un niño es más fácil. No hay que estar comprando lacitos, diademas y esas cosas de niña— dice —Un niño sería perfecto, como yo: hiperactivo, desobediente, guapo.

—Que Dios nos pille confesados— murmuré, poniendo los ojos en blanco —¿Y si es niña?

—Oye, qué borde— se quejó —Pero si es niña, también sería la caña. La princesita de sus papis, preciosa como tú… tendría lo mejor de los dos, supongo.

—¿Como qué?

—Tu boca, tu mirada, lo sensible que eres… y de mí, pues la habilidad para darte por saco con cariño.

No pude evitar reírme —Espero que se parezca más a mí que a ti.

—Nah… un equilibrio, mejor. Y venga como venga, lo vamos a querer con todo— dijo esta vez más serio.

Me quedé callado un momento, tragando saliva. Sí, tenía razón. Lo íbamos a querer con cada célula, con cada trocito de alma, porque este bebé era nuestro.

—Ya hemos llegado, mi vida— avisó Tom, señalando la entrada del hospital. Aparcó en la zona reservada y salí yo primero, despacito, con una mano en la panza la otra apoyándome en la barandilla. Él vino corriendo, cerró la puerta y me cogió de la mano.

—Mira, me he puesto calzoncillos azules para dar buena suerte. A ver si así ayudo al destino y sale niño.

Me reí bajito mientras subíamos los escalones —No te hagas ilusiones, cariño. Que también puede ser niña…

—Bueno, llevo los calcetines rosas, por si acaso… aunque, ¿sabes qué más tengo rosa?

—Mmm… ¿la goma del calzoncillo?

—Nope. ¿Te doy una pista?

—Venga…

—Está entre mis piernas, cuelga y lo rosita es justo la puntita…

—Dios mío, deja tus guarrerías por hoy, Tom.

—El tuyo también es rosita…

—¡Ya está!— exclamé riéndome —Joder, qué vergüenza… ¡no tienes remedio!

Él se rió y me pasó un brazo por los hombros mientras entrábamos juntos al edificio. La clínica olía a lo de siempre: desinfectante con ese toque dulzón raro. Tom y yo nos sentamos en la sala de espera, donde una pareja mayor hablaba bajito en una esquina, y una chica embarazada, con una panza enorme, se abanicaba con una revista de bebés.

—¿Estás bien?— me preguntó Tom, cogiéndome de la mano.

Asentí, aunque por dentro tenía el estómago dando vueltas, y no precisamente por el bebé. Siempre me ponía un poco nervioso en estas consultas, como si me fueran a soltar alguna bomba… aunque luego nunca pasaba nada. Supongo que era ese instinto paternal nuevo que aún estaba asimilando.

Pasaron unos minutos. Las puertas del consultorio se abrieron y salió una enfermera con una carpeta. Llamó a la embarazada de antes, y cuando ella terminó…

—William Smith…

Tom me ayudó a ponerme en pie, y en ese momento lo agradecí un montón. Caminamos juntos hasta la puerta. Respiré hondo antes de entrar.

—Buenos días, William. Nicolás— saludó la doctora Loren con su típica sonrisa profesional, aunque siempre tenía ese toque cálido que me tranquilizaba.

—Hola, doctora— le contesté con una sonrisa.

Tom también la saludó y le dio la mano. Nos sentamos frente a su escritorio mientras ella revisaba la pantalla del ordenador y organizaba unos papeles.

—Bueno, ¿cómo te has sentido estas semanas? ¿Todo bien con las vitaminas? ¿Náuseas?

—Ya no tantas… solo hay olores que me dan un poco de asco— respondí —Pero en general bien. Algo cansado, pero nada del otro mundo.

—¿Y el apetito?

—Demasiado. Me dan antojos rarísimos. El otro día me comí un sándwich de atún con mermelada. Y me gustó. Pero esta mañana, al menos, pude desayunar algo… normal.

Tom se rió bajito, tapándose la boca como si así fuera menos evidente. La doctora también sonrió, divertida.

—Todo eso es normal, no os preocupéis. Hoy toca ecografía morfológica, vamos a revisar medidas, órganos, el líquido amniótico… y si el bebé se deja, podremos saber el sexo.

—¿Y si no se deja otra vez?— preguntó Tom, cruzado de brazos, con curiosidad.

—Pues tendréis que esperar unas semanitas más— dijo con una media sonrisa. La verdad es que podríamos haberlo sabido hace un par de semanas, pero el bebé no colaboró —Aunque, hasta ahora, todos los pacientes que tengo contigo, Bill, han salido bastante fotogénicos.

Me reí un poco y asentí.

—¿Pasamos ya?— pregunté, deseando quitarme los nervios de encima.

—Claro, venid conmigo— dijo ella, levantándose.

Nos pusimos de pie y seguimos a la doctora hasta la camilla. Tom se quedó pegado a mí como si cada paso fuera una expedición que necesitaba escolta.

Me tumbé en la camilla con su ayuda. Me sostuvo la mano mientras me recostaba, acomodando la cabeza en la almohadilla y subiéndome un poco la camiseta ancha que me había puesto esa mañana. La doctora Loren se puso los guantes y encendió la máquina.

—Voy a aplicar el gel— dijo en voz baja.

Y en cuanto el líquido frío me tocó la piel, me estremecí. Nunca me voy a acostumbrar a eso, joder. ¿Tanto cuesta calentarlo, o qué? Tom se rió por lo bajo y me acarició el pelo con suavidad, como siempre hacía cuando quería calmarme.

La doctora apoyó el transductor sobre mi barriga, deslizándolo con movimientos precisos mientras la pantalla frente a nosotros se encendía. Unos segundos después, apareció una imagen borrosa que poco a poco fue cogiendo forma.

—Ahí lo tenéis— dijo la doctora con una sonrisa —Vuestro bebé…

Sentí un nudo en la garganta. Era más grande de lo que recordaba en las ecografías anteriores. Se movía despacito, como flotando, con una manita levantada, las piernecitas recogidas… en esa postura rarísima, pero se le veía de lo más a gusto. No dije ni pío… solo lo miraba con el pecho encogido. Estas cosas me tocan muchísimo.

—¿Está bien?— pregunté en un susurro.

—Está perfecto— respondió ella —Todo en su sitio, el corazón late con fuerza, los órganos se están formando como toca. Y…— frunció el ceño —Pero, ¿qué…? Esto no puede ser…

Sus murmullos me pusieron en alerta. A Tom también, que me apretó la mano con fuerza.

—¿Qué pasa?— saltó él, serio.

La doctora no respondió de inmediato. Movió el transductor hacia otro ángulo, con el ceño aún fruncido y la mirada fija en la pantalla. Luego se incorporó un poco y parpadeó, como si intentara aclararse las ideas. —No es nada malo— dijo al fin, esbozando una sonrisa incrédula —Solo… respirad hondo, porque lo que os voy a decir os va a dejar a cuadros.

Me incorporé un poco, con el corazón dando brincos.

—¿Qué? ¿Qué pasa?— pregunté, ya con el drama mental montado, aunque había dicho que no era nada grave.

Loren giró la pantalla hacia nosotros con cuidado, como si estuviera a punto de enseñarnos un diamante. —Aquí está vuestro bebé… y aquí— señaló con el cursor —está el otro.

Se hizo un silencio gordísimo.

—¿El otro qué?— solté, con la boca abierta.

No puede ser verdad. ¿Cómo?, ¿qué?, ¿qué ha dicho la doctora? ¿A qué se refiere con «otro bebé»? Bueno, ya sé a qué se refiere, pero es que no lo estoy procesando. Mi cabeza ha hecho boom. Estoy en shock, ¿vale? Tom se quedó congelado. Literalmente. Como si le hubiese petado el cerebro.

—¿Gemelos?— preguntó, medio en trance.

La doctora asintió, con una sonrisa divertida al ver nuestras caras.

—Un niño y una niña. El peque estaba delante, en una postura que no nos dejó ver a su hermana en las otras ecos. Pero ahí está. Muy tranquila, chiquitina, más pequeña que él… y sanísima también.

Me tapé la boca con una mano. No me salía ni una palabra. Se me llenaron los ojos de lágrimas sin avisar. Un niño. Y una niña. Dentro de mí. ¡Al mismo tiempo! ¡Dos! ¡Gemelos!

Tom se giró hacia mí y soltó una risa nerviosa.

—Vale… vale… esto… esto es una broma, ¿no?

—Venga, dilo ya, lo de tus espermatozoides— le solté, entre risas y llanto.

Puso cara de culpable y me dio un beso en la sien.

—No, mejor me lo trago esta vez. Como tú hiciste. Bueno, no, olvídalo— corrigió en cuanto vio mi mirada asesina.

Tragó saliva y miró a la doctora.

—Pero… ¿cómo es que no lo vimos antes? ¿Cómo puede ser que haya otro bebé ahí y nadie se diera cuenta?

La doctora sonrió con paciencia mientras limpiaba el gel de mi barriga.

—Es más común de lo que pensáis. En embarazos gemelares, sobre todo si uno de los bebés se coloca justo detrás del otro o más pegado a la pared del útero, puede pasarse por alto en las ecografías del primer trimestre— explicó —Lo que ocurre es que uno tapa al otro, y si no hay señales claras, como dos latidos distintos o alguna sospecha médica, no se suele mirar más a fondo.

Tom me miró como si acabara de descubrir que tenía superpoderes.

—¿Y tú no has notado nada raro?

—¡Las patadas!— susurré —¡Te dije que la fuerza que tenía no era normal! ¡Y resulta que no era uno dándome patadas, sino dos!

La doctora se rió por lo bajo.

—A veces incluso el segundo latido se confunde con un eco del primero, sobre todo si están muy sincronizados o pegados. Pero ahora, con el tamaño que tienen y lo que se mueven, es imposible no verlos. Uno estaba escondido, seguramente de espaldas a su hermano, y ahora se ha girado.

Me tumbé de nuevo, todavía en shock.

—¿Y están bien los dos?

—Perfectamente— aseguró —Dos corazones fuertes, dos peques bien formados y, por lo que he visto… os van a traer de cabeza.

Tom entrecerró los ojos mirando la pantalla con gesto dramático. —Vale, ¿y se puede saber ya cuál va a ser el rebelde? Porque quiero ir preparándome psicológicamente…

—La niña, fijo— solté yo —Las tías son más espabiladas desde el útero.

—Touché— rió la doctora mientras imprimía las imágenes —Os dejo esto de recuerdo. Y preparaos… que no vais a pegar ojo en los próximos diez años.

Tom soltó un suspiro de esos bien teatrales y me apretó la mano. —Espero que al menos uno haya heredado mi sentido del humor…

—Entonces estamos jodidos— murmuré con una sonrisa que ya no podía esconder.

Y bueno, por fuera estaba muy tranquilo, pero por dentro tenía la cabeza hecha un lío. Llevo seis meses imaginando cómo sería tener un bebé en brazos, y ni de coña se me pasó por la cabeza la posibilidad de tener gemelos. Jamás. Era como si me dijeran que habían visto a un alien currando en una cafetería. Totalmente surrealista, imposible de asimilar, de entender… de procesar, vamos.

Tom y yo no dijimos ni mu cuando salimos de la consulta, y tampoco soltamos palabra durante todo el camino de vuelta al piso. Cada uno iba metido en su mundo, dándole vueltas a lo que acabábamos de escuchar así, como quien no quiere la cosa.

Gemelos.

Una niña y un niño.

Beverly y Nick.

Dios mío. Siento cómo se me acelera el corazón y, en cuanto entramos en casa, no puedo más y me echo a llorar. Joder… voy a tener dos críos. Seré padre de dos gemelos. No de uno, ¡de dos! Es muchísimo curro, una responsabilidad brutal, el doble de lo que supone uno solo. Mierda, me da miedo… pero a la vez me hace una ilusión que flipas. Estoy agobiado y feliz, nervioso pero contento. Es una montaña rusa de emociones que no sé ni cómo gestionar, y lo único que me sale es llorar.

Me dejo caer en el sofá y me tapo la cara con las manos. Siento a Tom sentarse a mi lado y abrazarme. Apoyo la cabeza en su pecho mientras él me acaricia el pelo despacito.

—¿Lloras de alegría o…?— deja la pregunta en el aire, y yo respiro hondo por la nariz.

—¿Tú qué crees?— digo, con la voz medio ahogada por el llanto.

—Yo… ¿te agobia, cariño? No quiero que te pase como cuando supiste lo del embarazo. Que pienses que no vas a poder y que empieces a comerte la cabeza con si sería mejor…

—No— lo corto en seco, apretándome más contra él —Tommie, estoy feliz, de verdad, porque van a ser gemelos, pero no puedo evitar estar acojonado también. Es el doble de responsabilidad. Ya me había hecho a la idea de poder con uno, pero ahora son dos… ¿qué hacemos con dos?

—Pues ni idea, pero vamos a poder, cielo— me dice, sin dejar de acariciarme el pelo —Mira, tú te encargas de uno y yo del otro, y luego cambiamos. Seguro que no es para tanto. Y no llores, que ellos notan lo que sientes. No vaya a ser que se piensen que no los queremos…

Me río —Tonto, que no piensan, solo reaccionan a estímulos— le digo, recordando que una vez me confesó que en el cole era un desastre y que la universidad le parecía un coñazo. Por eso ni se entera de muchas de las cosas que dice la doctora —Dios, ellos…— repito, sintiendo un calorcito en el pecho —Vamos a tener dos, Tom. Una niña y un niño…

Él se ríe —Te juro que puse todo de mí para no caerme redondo cuando la doctora lo soltó, ¿eh?

—Yo casi me vuelvo loco— le digo mientras me limpio las lágrimas y me acomodo en su regazo —A lo mejor la niña se parece a ti…

—¿Tú crees que Beverly va a ser tan pervertida como yo? ¿Mejor que su padre? ¡Ni de coña! Antes cae un meteorito…— pone las manos sobre mi barriga —¿Has oído, princesa? Como yo, ninguno. Ni tú. Tú tienes que parecerte a tu papi Bill: guapa, lista, con carácter y con esa sonrisa tan bonita…

Abro los ojos cuando siento una patadita —Dice que no le digas lo que tiene que hacer— le suelto, y él abre la boca haciendo una «o» perfecta.

—¡Pero bueno! ¡Esto es el colmo! Jovencita, cuando nazcas vas directa al rincón, mirando a la pared, ¿eh?

Me parto de la risa. Otra patadita más me hace soltar una carcajada —Creo que Beverly no está muy por la labor…

—Bah, qué más da. Nick será un mini-yo y Beverly una mini-tú…

Y justo cuando termina de decir eso, siento otra patada más fuerte. Sé que han sido los dos, y Tom también lo ha notado porque tenía las manos puestas en mi barriga —Parece que no están muy de acuerdo contigo, amor.

Tom hace un ruidito con la boca —Estupendo, dos rebeldes…

—Ay… solo están reaccionando a tu voz, cielo— le digo.

—Jumm…— me sonríe —Me gusta tu mirada, ¿lo sabías? Tienes los ojos más brillantes, las pupilas más grandes… me flipan.

—¿Ah, sí?— me acerco a él, rozando su nariz con la mía y cierro los ojos. Sus manos bajan de mi barriga a mi cintura.

—Sí.

Suspiro —¿Me das un besito?— le pregunto.

—Mi amor, ¿cuántas veces te tengo que decir que no hace falta que lo pidas, mmm?— juega con la punta de su nariz y la mía antes de besarme.

Sus labios rozan los míos y enseguida se funden en un beso lento pero intenso. Es cálido, húmedo, sin prisas. No hay prisa, solo ganas. Siento su mano en mi mejilla, su cuerpo más cerca del mío. Abro un poco la boca, y nuestras respiraciones se mezclan entre movimientos suaves pero firmes. Su lengua toca la mía y un escalofrío me recorre entero.

Todo lo demás desaparece. Solo estamos él y yo, besándonos como siempre. Nos separamos riéndonos al notar otra patadita, de esas que dan los dos a la vez.

—Quieren seguir escuchándote— susurro contra sus labios antes de separarme del todo.

—Bueno, pues vamos a charlar— dice —Aida, hija, estabas bien escondida, ¿eh? ¿Pensabas quedarte ahí detrás de tu hermanito todo el rato, mmm?— sigue hablándoles, mientras nota las pataditas, unas más fuertes, otras más flojitas.

Ojalá no sean de esos hermanos que se lo ocultan todo, porque ahí sí que tendremos movida. Nuestro trabajo, aparte de criarlos y todo eso, será aprender a pillarles las mentiras. Así será más fácil.

Joder… voy a tener dos bebés…

Dos… frijolitos, que ya no son frijolitos…

Continúa…

Gracias por la visita. Aquí les dejo una bonita imagen hecha por mi hermosa Beth.

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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