
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 49
Entrar en esa sala blanca siempre me ponía de los nervios. Pero hoy… hoy era diferente. Ya sentía que no podía más. Ocho meses y medio llevando dentro a dos enanos que no paraban de dar patadas, pelearse por el espacio y no dejarme pegar ojo.
Tom estaba a mi lado, con su mano entrelazada con la mía. Se le notaba igual de nervioso. O más, incluso. Me acomodé en la camilla. La doctora me puso el gel en la pancita la pantalla se encendió. Ahí estaban. Mis dos hijos. Uno más abajo, el otro casi metido en mis costillas. Se movían despacio, como flotando en su propio mundillo. Sonreí. Me había acostumbrado tanto a ver solo a uno que, ahora que veía a los dos, se me encogía el pecho cada vez.
—Estás de 37 semanas y media, William— dijo la doctora Loren, ajustando el cacharro ese sobre mi panza —Los dos están bien colocados: cefálicos, con la cabeza abajo. Lo que significa que, si todo sigue así… podrás tener un parto natural, como querías.
Tom se tensó un poco a mi lado. —¿Y no hay riesgos con dos bebés?— preguntó. Él quería que fuese cesárea, porque sabía que así había menos riesgos comparado con el parto natural. Pero ya lo habíamos hablado: yo no pienso quedarme con una cicatriz para toda la vida si puedo evitarlo. Prefiero el parto natural, sabiendo los riesgos, porque me los he empollado en Internet.
—Sí, siempre hay riesgos— respondió la doctora —Pero el cuerpo de tu pareja ha respondido bien. Está sano, el útero está estable y los bebés bien colocados. Mientras no haya complicaciones, no programamos cesárea— añadió, segura de lo que decía.
Me acomodé mejor, soltando el aire. —¿Y la fecha exacta?— pregunté.
—La estimación oficial es el 24 del mes que viene, noviembre, pero con gemelos lo normal es que se adelante un poco. Así que estad preparados. Si llegas a la semana 39 sin señales de parto, podríamos inducirlo con suavidad. Pero nuestra idea es que sea lo más natural posible.
—¿Y qué señales tengo que vigilar?— quise saber.
—Contracciones regulares, presión constante en la pelvis, pérdida del tapón mucoso, salida de líquido amniótico… y cualquier cambio en el movimiento de los bebés. En cuanto notes algo, venís al hospital.
Tom me ayudó a incorporarme mientras ella imprimía el informe.
—Estás muy cerca, William— dijo la doctora con una sonrisa cálida —Has hecho un trabajo increíble. Y créeme, vas a poder. No estás solo.
Tom me dio un beso en la mejilla al salir de la sala.
—¿Sabes qué?— me dijo —Todo esto me tiene preocupado. No quiero que te pase nada durante el parto, cariño.
—Ya verás que no pasa nada— le sonreí —No seas tan agorero.
En cuanto salimos del hospital, nos subimos al coche rumbo a las clases prenatales. A Tom no le gustan nada, las odia porque le hacen hacer el ridículo, ya me lo ha dicho, pero dice que las aguanta por mí. Sabe que esas clases son clave para los que vamos a ser padres por primera vez. O en mi caso… de gemelos.
En cuanto llegamos, me ayudó a bajar del coche y entramos al centro de salud donde daban las clases. El aula olía a incienso de lavanda, estaba llena de colchonetas, pelotas gigantes en tonos pastel y una energía zen que no pegaba ni con cola con la cara de Tom. Caminaba detrás de mí como si estuviera entrando en una emboscada.
Llevábamos ya como semana y media viniendo aquí, por recomendación de la doctora. Yo hago caso en todo, que para algo ella es la que sabe, no yo. Y tengo que estar preparadísimo.
—¿Seguro que hace falta venir otra vez?— murmuró mientras me ayudaba a sentarme sobre una alfombra color menta.
—Totalmente. Esto nos va a venir genial para el parto. Además, tú dijiste que querías estar en todo, ¿no?— le recordé con una sonrisa de esas que no se puede resistir.
Tom soltó un bufido como un caballo agobiado y se sentó a mi lado, cruzando las piernas como pudo. La instructora, una rubia de voz dulce y manos de pianista, nos saludó con su entusiasmo habitual. —Bienvenidos otra vez, chicos. Hoy vamos a conectar con el cuerpo, con la respiración y con ese momento mágico que es el nacimiento. Papás, hoy vais a ser el apoyo físico y emocional de vuestras parejas.
Tom me miró como diciendo «sácame de aquí ya».
—Vamos a empezar con la postura de cuclillas sobre la pelota. Las mamás delante, los papás detrás, dando apoyo lumbar.
Me incliné hacia delante sobre la pelota y noté a Tom colocarse tras de mí, poniendo las manos torpemente en mis caderas. —¿Así?— me susurró al oído.
—Más firme, cariño. Que no soy de cristal.
—Mira, tengo las manos en tu culo mientras veinte tías nos miran. ¿Cómo quieres que me concentre?
—Apaga tu lado salido durante cinco minutos y céntrate en tu rol de pareja de apoyo, ¿vale?
Me sujetó mejor. Sentí su aliento rozarme el cuello mientras la instructora nos guiaba. —Inhalamos… exhalamos… sentimos cómo el cuerpo se abre… imaginamos al bebé descendiendo…
Tom soltó una risa ahogada. —¿Qué pasa ahora?— le pregunté sin mirarle.
—No puedo evitar imaginarme a los gemelos bajando por un tobogán con luces de neón— susurró.
Tuve que morderme los labios para no soltar la carcajada. —Eres un caso perdido— le dije entre risas.
Después pasamos al ejercicio de visualización. Cerré los ojos, respiré hondo e imaginé el momento en el que vería a nuestros hijos por primera vez. Al abrirlos, Tom me miraba con una expresión tan suave, tan diferente a sus bromas de antes, que se me derritió un poquito el alma.
—Vas a estar de diez, ¿lo sabes?— me dijo bajito, como si sólo quisiera que lo oyera yo.
—¿Incluso si te reviento la mano del esfuerzo?
—Incluso si me la dejas inservible para siempre— respondió con una sonrisa torcida.
Al terminar la clase nos dieron unas bolsitas de té relajante, una guía con dibujitos de posturas para el parto y una hoja donde Tom había garabateado con su letra espantosa: «Sopla como si apagases una vela gigante.»
—¿Esto qué es?— pregunté, riéndome.
—Mis apuntes para cuando empieces a gritarme que no sabes cómo respirar.
Le abracé sin importarme las miradas. Porque aunque odia estas clases con todo su ser, ahí estaba. Sosteniéndome, riéndose conmigo. A mí me parecen lo más, y más aún si estás con el amor de tu vida ayudándote en todo el proceso aunque lo deteste. Y eso, eso vale más que cualquier cosa.
&
Llegamos al piso al atardecer. Entré yo primero en cuanto Tom abrió la puerta, dejé caer la bolsita de té prenatal sobre la encimera y me quité los zapatos soltando un suspiro.
—Estoy molido. Esa pelota de yoga me ha dejado la espalda como si me hubiese pasado un camión por encima— murmuré, frotándome la zona lumbar —Echo de menos dormir boca abajo…
Tom cerró la puerta, se quitó la chaqueta y me miró con esa sorna tan suya. —Pues eso te pasa por querer dar a luz de forma natural, como si fueras un chamán del Paleolítico. ¿Quién te manda?— suelta, negando con la cabeza.
Me dejé caer en el sofá, echándome hacia atrás con una mano en la barriga. —Me estoy empezando a rallar, Tommie— le dije bajito —Tengo miedo, ¿sabes? Todo el mundo dice que duele que flipas. Que sientes como si te partieran por la mitad… ¡Y yo voy a soltar a dos! Vamos, que fijo que me muero.
Tom se acercó, se arrodilló delante de mí y apoyó las manos en mis rodillas. —Eh, eh, cariño… respira. Si alguien puede con esto, eres tú. Vas a estar de puta madre y no vas a palmarla— sonrió con esa cara de cabrón que ya anunciaba que iba a soltar alguna burrada —…esto es el castigo universal por follar rico.
Lo miré frunciendo el ceño, medio confundido y medio aguantándome la risa. —¿Cómo dices?
—Sí, piénsalo bien— Tom se aclaró la garganta como si fuera a dar una charla TED —Te metes en la cama, echamos un polvo de escándalo, te retuerces de gusto, gritas mi nombre como si no hubiera un mañana… ¿y luego qué? ¡Zas! Sorpresita. Nueve meses después: el apocalipsis.
—¿Estás diciendo que el universo castiga el buen sexo con partos infernales?
—Exactamente. Es como si el destino dijera: «¿Te lo pasaste teta? Pues ahora a joderse, figura». Todo lo bueno tiene su precio, y el nuestro viene en forma de dos enanitos— dice —Así de bueno te lo hago, moreno…
Solté una carcajada bestial sin poderlo evitar.
—Eres un gilipollas— murmuré, secándome una lágrima de tanto reír —De verdad, no tienes filtro y eso me da miedo. Aún recuerdo cuando fuimos al cine y le dijiste a la chavala que nos atendió que a mí me encantaba que me tocaras mientras veíamos la peli— le recordé, muerto de la risa.
Lo tengo grabado en la mente como si hubiera sido ayer, aunque pasó hace ya un año y un mes. No ha pasado tanto, pero lo tengo grabado a fuego. Tom sonríe de lado.
—Y que una vez te pedí que me…— tragué saliva —Bueno, tú sabes… solo porque la tía te llamó «guapo».
—Es que era verdad lo que dije.
—¡Si ni siquiera estábamos saliendo! Creo que fue en nuestra primera cita. Y en la segunda, o en la tercera, no sé ya… te besé. Ahí empezó todo lo nuestro…
—Eres mío desde el primer momento en que te eché el ojo, así que eso cuenta— me dice cruzándose de brazos —Además, estabas celosito…
—Venga ya, que no…
—Que sí, hombre. No te diste cuenta, pero mirabas a esa tía con una cara de asesino que hasta a mí me dio miedo…
—Anda ya, no digas tonterías.
—Por eso le solté eso, quería que te quedara claro que no tengo ojos para nadie más que tú— me dice, muy serio —Y también para que ella no se hiciera ilusiones, que creo que eso te lo dije, ¿no?
—Pues no sé, no me acuerdo muy bien.
—Ah, ¿pero sí te acuerdas de nuestra primera vez «sexual»?— pregunta con una sonrisita —No follamos, pero te encantó cómo te toqué. Tuviste un squirt, joder… es uno de los mejores recuerdos que tengo— añade —Bueno, después del primer beso y de cuando te conocí, claro.
Notaba cómo me ardían las mejillas. Claro que me acuerdo de ese día. Me abrí más de piernas para dejarle hacer lo que quisiera. Solo de pensarlo, ya me están entrando ganas otra vez.
—Me flipó, nunca había vivido algo así…
—Eso fue la hostia, puedo hacer que pierdas la cabeza si me pongo— dice, levantando las cejas.
—Joder…— me río —A veces no sé qué hacer contigo.
—Yo sí lo tengo claro— arqueo las cejas, incitándole a seguir —Úsame para lo que quieras, mi amor, yo encantado de ser tu juguetito…
—Ay, Tom, para ya— le digo entre risas —Eres un imbécil, en serio…
Mi chico se sienta a mi lado y me pasa un brazo por los hombros, atrayéndome hacia él.
—Ahora hablando en serio… puede que duela, pero voy a estar contigo. Tendrás epidural, médicos, masajitos y mis dulces gritos de fondo.
—Cállate y bésame.
—¿Cómo lo quiere su majestad? ¿Con lengua? ¿Manoseos? ¿O prefiere el combo completo?
—¿Combo completo?— pregunto, alzando una ceja con una sonrisa pícara.
Tom se acercó más todavía, tanto que su aliento me rozó los labios antes de besarme suavecito, apenas un roce. —El combo completo incluye besos lentos, caricias descaradas, mordisquitos en el cuello… y si su majestad lo desea— sus dedos bajaron por mi cintura con lentitud —Una sesión privada de placer con su sirviente favorito.
Me reí a carcajadas, apoyando la frente en su pecho mientras le daba un empujoncito flojo.
—Estás fatal…— susurré sin dejar de sonreír.
—Estoy enamorado, que no es lo mismo, pero igual de grave— me respondió con esa voz grave que tanto me derrite —Además, es mi deber mantenerte relajado… sobre todo ahora, que estás a puntito de soltar a nuestros mini demonios.
—¿Mini demonios?— reí de nuevo, aunque mi cuerpo ya empezaba a reaccionar solo al recordar todas las veces que me había entregado a él sin pensar.
—Sí, porque si salen como tú, van a ser unos dramáticos, ruidosos y sexys. Y si salen como yo… bueno, no hay escapatoria.
Rodé los ojos, pero me mordí el labio sin poder evitarlo. —Vale… pues quiero el combo completo. Pero sin prisa. Solo… ven aquí.
Y con eso, Tom me agarró la cara con ambas manos y me besó, no como un ligón cualquiera, sino como un hombre que sabe perfectamente a quién tiene entre sus brazos. Sus labios se movían sobre los míos como si llevara días esperando este momento. Su lengua entró en mi boca con una facilidad pasmosa, como si conociera el camino de memoria. Y lo conocía… porque lo sabía todo de mí.
—Dios…— susurré al separarme un momento para coger aire.
—Shhh… déjame mimarte— murmuró rozando su nariz con la mía mientras sus manos bajaban lentamente por mis costados, acariciándome con ternura.
Me tumbó con cuidado sobre la cama, ajustando las almohadas para que estuviera cómodo. Sus dedos, cálidos y suaves, acariciaban mi vientre redondo con tanto mimo que se me escapó un suspiro. Su boca, mientras tanto, se entretenía en mi cuello.
—Estás tan jodidamente sexy embarazado, Billie… no te haces una idea.
—Tom, cállate y sigue…— le pedí entre un jadeo bajito, involuntario.
Con solo sus roces, sus manos, su cuerpo, me estaba poniendo a mil. Me hizo sentir deseado, adorado, como si incluso embarazado y con todo lo que eso conlleva, siguiera siendo su fantasía.
—Voy a hacer que te olvides del dolor, del miedo… solo céntrate en lo bien que te voy a hacer sentir— susurró mientras sus dedos se deslizaban sin prisa por mi barriga.
Su mano bajó directa a mi entrepierna, sin rodeos. Me apretó suave por encima del pantalón de chándal, sacándome un jadeo inmediato.
—Estás tan hinchado…— susurró, volviendo a morderme el cuello —Y aún así, tan duro para mí…
Levanté un poco las caderas, buscando más roce. Él pilló la indirecta al vuelo, como siempre. Con una calma que me sacaba de quicio, me bajó los pantalones y los calzoncillos, dejando mi erección libre, palpitando, chorreando.
—Pero mírate, morenazo… qué ganas tienes de mí— murmuró mientras me agarraba la polla con la mano y empezaba a pajearme con movimientos firmes pero tranquilos.
Solté un gemido que resonó en toda la sala. No podía evitarlo. El embarazo me tenía hipersensible, sobre todo si se trataba de sus manos.
—Uhm, sí…— suspiré —Joder…
Tom se colocó entre mis piernas, cuidando de no presionarme el vientre, con los ojos clavados en mi cara. Le flipaba verme perder el control. —¿Así te va bien? ¿O prefieres que apriete más?— preguntó bajando el tono casi hasta un susurro.
—No pares… así, justo así…— susurré jadeando, arañando el sofá con las uñas.
Movía la mano con una precisión de cirujano, cambiando el ritmo, frotando el pulgar justo en la punta, donde sabía que me arrancaría gemidos más altos. Todo mi cuerpo temblaba. Las piernas se me tensaban y sentía un cosquilleo recorrerme la espalda. —Estás tan jodidamente bueno así, todo hinchadito y necesitado— gruñó Tom antes de agacharse para lamerme la punta mientras seguía con la mano a un ritmo perfecto.
—Voy a…— jadeé, temblando. —Oh, mierda…
—Hazlo, córrete para mí, guapo. Mánchame la mano si te apetece— me susurró con esa voz rasposa que me ponía al borde.
No pude más. Solté un gemido roto mientras el orgasmo me atravesaba con fuerza, caliente, dejándome sin aliento. Tom no paró hasta sacarme hasta la última gota y luego se quedó ahí, mirándome como si acabara de ganar un premio, relamiéndose los labios.
—Así es como se ve un tío bien follado. Joder… estás para comerte entero.
—Cállate, gilipollas…— murmuré, sin fuerzas, con una sonrisilla de idiota.
Tom se rió y me plantó un beso en la frente, como si no acabara de dejarme temblando como una hoja. Su mano, todavía húmeda, me acarició el muslo con mimo. —Y eso solo fue el combo básico… espérate a que nazcan los peques y podamos volver a follar como animales.
Mmm…
&
Después de levantarnos y compartir una ducha para quitarnos los restos del polvo, me peiné dejando el pelo húmedo suelto mientras Tom se ponía una camiseta. —¿Acabamos de organizar el cuarto de los críos antes de que empiecen a dar patadas como si quisieran salir a lo loco?— pregunté mirándolo por el espejo mientras me ataba una de sus bandanas en la frente. Tiene un montón, esta ya es mía.
—¿Y si les dejamos la puerta abierta desde ya? Así no me desmayo cuando llegue el momento— soltó él, cruzándose de brazos con una sonrisilla burlona.
Me eché a reír por lo que dijo y me giré para mirarle. —Esa no es una buena opción. ¿Querías tener hijos? Pues toma, ya los tienes. Y ni se te ocurra desmayarte, Tom, y dejarme solo en el parto, que te juro que te mando al sofá lo que te queda de vida, ¿me oyes?
—Sí, mi coronel— respondió llevándose la mano a la frente como si fuera un soldado. —Por cierto, ¿me vas a devolver la bandana?
—No— le solté con toda la elegancia del mundo mientras me echaba el pelo hacia atrás —Ahora muévete…— le ordené al salir de la habitación con él pegado a mis talones. Entramos al cuarto que llevábamos semanas preparando. Tom había pintado las paredes como un tablero de ajedrez en negro y violeta. Nada de colores pastel, no para mis gemelos. En medio de la pared principal colgaban letras de madera que decían: «Aida y Aiden». Los nombres de nuestros bebés.
—Vale— dijo Tom, frotándose las manos —El armario primero. ¿Dónde está la ropa?
—Ahí— señalé, dejándome caer en un puff morado —Te toca colgarla. Yo soy el supervisor de decoración— murmuré, y él negó con la cabeza sonriendo. Fue hasta las cajas y empezó a sacar bodies diminutos, pantaloncitos, pijamitas con orejitas, vestidos con ositos… Las monerías que pillamos en el centro comercial. Incluso la pañalera ya la teníamos lista.
—¿Por qué todo esto es tan enano?— preguntó levantando un gorrito minúsculo —¡Esto no le cabe ni a una mandarina!
—Que son bebés, Tom. Son chiquitines— le dije riéndome.
Mi chico fue doblando y organizando la ropa: una mitad del armario en tonos lilas, turquesa y crema para la niña, y la otra en negros, grises y azules con toques dorados para el niño. Todo bien separadito, sus cajones rotulados, los calcetines por colores. Teníamos luces, tocador, peluches, de todo.
—Parece que estamos montando un desfile de moda para duendecillos— murmuró Tom.
—Duendecillos que nos van a gritar en estéreo a las tres de la mañana— añadí, ya mentalizándome para esas noches sin dormir. Joder, va a ser duro. Tom colocó los peluches en la estantería y después se puso con la caja más grande: la cuna doble. Era preciosa, de madera blanca, con divisiones acolchadas separadas pero unidas en el centro. Como un pequeño trono compartido.
—Esto va a llevar su rato— gruñó, abriendo el manual de instrucciones con cara de entierro.
—Yo te vigilo desde aquí. Y como atornilles algo mal, me levanto con mi barriga de ocho meses y medio y te juzgo como solo puede hacerlo un hombre embarazado.
—Eres puro amor— resopló él.
Una hora más tarde, la cuna estaba lista, sólida y preciosa frente a la ventana. Los móviles de estrellitas y lunas colgaban del techo, y yo, con esfuerzo, coloqué una mantita suave sobre cada colchón. Nos quedamos en silencio, admirando lo que habíamos hecho. Por fin habíamos terminado el cuarto de los peques. Me habría encantado hacer un baby shower, pero toda nuestra gente está en Alemania, como nosotros. Aquí no tenemos a nadie. Y volver ahora sería un riesgo, no sé cómo están las cosas allí.
—¿Te das cuenta?— susurré, acariciándome la pancita —Ya casi están aquí. Vamos a tener que cuidar de dos personitas a la vez, cambiar pañales a oscuras, vivir con ojeras…
Suspiré.
—Y voy a quererlos tanto que me va a doler— susurró Tom, abrazándome por detrás.
Apoyé la cabeza en su hombro, cerrando los ojos.
—Ya no tengo miedo. Bueno… un poco. Pero ahora siento más ilusión que otra cosa— murmuré.
—Todo va a salir bien, lo estamos haciendo bien— me dijo mientras acariciaba mi barriga sobre la camiseta que llevaba puesta —¿Qué podría ir mal ahora que lo tenemos todo? Vamos a tener a nuestros hijos, seremos una familia bonita y les daremos todo lo que necesiten. En México, claro…
Llevábamos ya semanas preparando ese viaje. De verdad que no quiero estar más aquí. Tengo un mal presentimiento, y no sé si es bueno o malo. No quiero decírselo a Tom porque sé que me dirá que son paranoias del embarazo y se pondrá a intentar calmarme. Odio tener esta sensación porque casi siempre acaba pasando algo. Y ahora no quiero que pase nada. Ya hemos pasado suficiente. Solo quiero estar tranquilo con mi novio y mis gemelos. Nada más. ¿A quién hay que rezarle para que eso se cumpla?
—Sí, nada malo puede pasar…— afirmé.
Me dio un beso en la mejilla y nos quedamos así, abrazados. Contemplando nuestro pequeño mundo en construcción. Un cuarto para dos seres a los que aún no conocemos, pero que ya lo son todo para nosotros.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a dejar un comentario.