
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 51
Sentía que estaba en otro mundo. El ruido de la sala se apagaba por momentos, solo oía los latidos acelerados en mis oídos y el murmullo de las enfermeras mientras limpiaban y revisaban a los peques. Aida lloriqueaba bajito ahora, como si supiera que ya estaba a salvo. Aiden había dejado de llorar en cuanto notó el calorcito de mi piel.
Una enfermera se acercó con él, envuelto en una mantita fina. —Vamos a ponértelo encima, piel con piel. Eso le tranquiliza y crea vínculo contigo. ¿Te parece?
Apenas pude asentir. Tenía los ojos rojos y húmedos, la garganta hecha un nudo. Cuando lo colocaron sobre mi pecho desnudo, sentí que me rompía por dentro. Era tan pequeño… tan real. Aiden respiraba rápido al principio, su carita tocaba mi piel, cálido, blandito, perfecto. Instintivamente, se acomodó y se quedó ahí, quietecito, como si supiera que ese era su sitio.
—Hola…— susurré, acariciándole la espaldita con un dedo —Hola, mi vida…
Y claro, me puse a llorar. Lágrimas suaves, sin ruido, que me resbalaban por las mejillas. Aiden era tan bonito… tenía la barbilla de Tom. Y sus manitas se movían despacito, como explorando el mundo nuevo que acababa de conocer.
A mi lado, Tom tenía a Aida en brazos. Y verle así me desarmó del todo. Ella tenía los ojitos cerrados y Tom la miraba como si fuera lo más bonito que había visto en la vida. —Es preciosa— dijo en voz baja, visiblemente emocionado.
Aida hizo un ruidito, casi como un quejido, y Tom le besó la frente con tanto cuidado que se me encogió el corazón. Les miré a los tres. No me lo creía. Después de todo lo que habíamos pasado… ahí estaban. Mi familia. Mis hijos. El hombre al que amo. —Os quiero— susurré, como si fuera un secreto solo para ellos —A los tres.
Sentía cómo se me cerraban los ojos poco a poco, y todo a mi alrededor se volvió negro.
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La habitación estaba en penumbra, cálida, en silencio. Todo olía a suavizante. A limpio. A recién nacido.
Estaba tumbado en la cama, con la espalda algo incorporada, aún con algo de dolor, pero con el alma completamente anestesiada de amor. Tenía a Aida sobre el pecho, envuelta en su mantita rosa, buscando con la boquita y haciendo esos ruiditos tan suyos que solo hacen los bebés cuando tienen hambre.
La enfermera me había ayudado a colocarme el sistema especial de lactancia: una especie de pezón de silicona conectado a una sondita que iba a un pequeño depósito con leche de fórmula. Me fue explicando cómo funcionaba todo mientras yo asentía como si me estuviera enterando de algo, pero en realidad, solo podía mirar a mi hija.
La tenía enganchada al pecho, succionando como si llevara haciéndolo toda la vida. Le acariciaba la espalda con cuidado, con miedo de hacerle daño. Tan pequeñita, tan frágil…
—Lo estás haciendo de puta madre— susurró Tom desde el sofá, al lado de la cama —Joder, estás tan bonito, mi vida…
Le miré. Tenía a Aiden en brazos, dándole el biberón con una ternura que nunca le había visto. El niño le miraba fijo, como si ya le conociera. Como si supiera perfectamente que él era su padre.
—Mira cómo se agarra…— murmuré, con la voz bajita, mirando a Aida —Es tan preciosa, madre mía. La cosita más bonita del mundo… igualita que su hermanito.
Tom sonrió. —Lo son…
Me mordí el labio, intentando contener las lágrimas. Aida dejó de succionar un momento, suspiró contra mi piel y luego volvió a pegarse. Fue… indescriptible. Como si me reconociera. Como si dijera «sí, este es mi sitio.»
—¿Quieres que te haga una fotito con los dos, cariño?— preguntó, y yo asentí. Tom dejó el biberón a un lado, se levantó y vino hacia mí. Con Aiden todavía en brazos, se inclinó y me besó la frente antes de colocar a los dos peques entre mis brazos. Aiden a la derecha, Aida a la izquierda.
Tom sacó la foto justo cuando esbocé una sonrisa, y sonrió él también al verla.
—Joder, qué pasada…— dijo —Hace cinco años me imaginé un momento así, pero contigo con veinte y solo un bebé. Pero no aguanté… y mira, con dieciocho y ya con gemelos.
—La culpa es tuya, ¿por qué no te ponías condón?— le solté, y cuando vi que iba a responderme, le frené con la mano —No me contestes, que seguro lo habrías pinchado o vete tú a saber. Contigo nunca se sabe. Pero te digo una cosa: no más críos. Con Aida y Aiden vamos más que servidos. A partir de ahora, condón, pastillas y nada de dramas como el que hemos pasado. Nunca más.
Tom se echó a reír. —Eso ya lo veremos… yo quiero tres más.
—¡Cariño!— exclamé horrorizado —Ten un poco de compasión, que parir es una puta pesadilla. Duele una barbaridad…
—Lo sé, mi cielo, pero entiéndeme tú a mí— se sentó a un lado de la camilla —Yo quiero tener muchos hijos contigo…
—Sí, te entiendo, de verdad que sí, pero también tienes que ponerte en mi lugar. Esto no es ningún paseo. No eres tú el que está en una sala de parto, con las piernas abiertas, aguantando contracciones y empujando como un loco para sacar a los bebés. Y ya ni hablemos del embarazo, los antojos, las molestias… todo.
Tom se relamió los labios —Eso son solo fases…
—¡Ah!— bufé —¿Te parece poca cosa?
—No, amor, claro que no. Sé que es duro…
—Pero te da igual. Y luego dices que me amas…— negué con la cabeza.
—Te amo…
—Pues si de verdad me amaras, no estarías planteándote meterme otra vez en este follón— dije, poniendo morritos —Eres un sádico, te da igual que lo pase fatal cada vez que van a nacer. No me quieres nada, vamos…
—¿Me estás manipulando?
Le miré frunciendo el ceño —Estoy diciendo lo que siento, ¿ni eso te interesa?
—Mi vida…— suspiró con una sonrisa —Claro que me importas, y me importa todo lo que te pasa. No soy cruel. Te quiero con todo mi ser, y para no acabar discutiendo y durmiendo en el sofá, creo que lo mejor es dejar el tema aquí… y ya dentro de un par de años lo retomamos, ¿te parece?
Asentí —Sí, tampoco es que me apetezca dormir solo esta noche. Así que mejor lo dejamos estar, cambiemos de tema— esbocé una sonrisa pequeña —Ya tengo ganas de irme a casa.
—La doctora Loren me ha dicho que, como el parto fue sin complicaciones, podemos irnos hoy mismo— dijo, y sonreí —De hecho, está preparando los papeles del alta. ¿Y qué hacemos con los apellidos? No podemos usar los falsos que tenemos, sería un lío más adelante.
—Es lo único que podemos hacer por ahora— le dije —Podemos esperar a estar en México, con nuestras identidades legales ya bien establecidas, y los registramos allí…
—Serán mexicanos, nacidos en Los Ángeles, California, con padres alemanes. Me flipa— dijo riéndose —Entonces, salimos de aquí, te tomas una semanita de reposo y después nos vamos a México a seguir con nuestra vida.
Sonreí. Me encantaba todo esto.
—Tengo que llamar a Nathalie. Sé que está esperando que le diga algo. ¿Me dejas tu móvil?
—Cariño, sobre eso…— acaricia mi pierna por encima de la sábana de la camilla —¿Y si nos localizan por esa llamada?
—Que no, tranqui, lo dejé todo atado— le aseguro—Solo quiere saber cómo estoy, nada más.
—Bueno… pues yo voy a llamar a mi padre, le diré que ya es abuelo oficialmente y que le avise a mi madre. ¡Ja!— ríe —Mi hermano me ganó con lo de casarse, pero yo ya le he ganado en el tema de los hijos. ¡Un logro más para la lista de Tom Trümper!— exclamó, y yo negué con la cabeza —Quédate con mi móvil, ya le llamo yo luego. Voy a avisarle a la doctora de que los peques ya han comido, ¿vale?
—Vale…
Me dio su móvil y salió de la habitación, no sin antes dejar un beso en la frente de cada bebé, que apenas se movieron, y dos en mis labios después de acomodar a Aiden sobre mi pecho. Marqué el número del móvil que le había dejado a mi amiga y que me sabía de memoria, esperando que lo cogiera. Me saltó el buzón, y como era de esperarse, volví a llamarla. Seguramente no tenía el móvil a mano. La llamé cinco veces más, y a la sexta, justo al tercer tono, por fin contestó:
—¡Joder! No encontraba el puñetero aparato este… claro, como es tan enano— dijo, y solté una carcajada.
—Hola, Nath…
—¡Billa!— exclamó, entre emocionada y cabreada —¡La madre que te parió! Dijiste que me llamarías en cuanto te establecieras donde fueras que estuvieses. Pensé que te tomaría una o dos semanas, ¡pero casi diez meses! ¡Estaba al borde de la locura sin saber nada de ti! ¡¿Por qué coño no me llamaste antes?!
—Pasaron tantas cosas que olvidé completamente lo que habíamos acordado, Nath— le respondí.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué cosas, alma de cántaro?
—Pues mira, cuando llegamos aquí, Tom y yo tardamos casi una semana buscando piso. Luego otra más en comprar todo lo que necesitábamos… además el embarazo me tenía agotado y sin energías y…
—Espera, espera…— me interrumpió —¿Qué acabas de decir?
—Que estaba muy ocupado, Nath— dije con tono juguetón. Quería contárselo de una forma graciosa.
—No, no… después de lo de «lo que necesitábamos», ¿qué dijiste?
—¡Ah, lo del embarazo!— repetí como si nada — Eso también me tenía bastante liado…
—Billa, tú…— conteniendo la respiración —Joder, dime que no. Dime que es coña, ¡y no juegues conmigo, Willem Kaulitz!
—Pues no, no es ninguna broma, Nath. Esta mañana a las seis he dado a luz.
—¿¡Has qué!? ¿¡Cómo que has dado a luz, Billa!? ¿¡Qué me he perdido!?
—Nada del otro mundo. ¿Recuerdas la boda del hermano de Tom?
—Sí…
—Bueno…
—Ay, madre mía… que te dejó preñado y ni siquiera usaste protección…
Intenté no soltar la risa con la expresión que soltó.
—Nunca usábamos protección…
—¡¿Pero tú en qué estabas pensando?! ¡Te llamo para saber cómo estás y me sueltas que estuviste embarazado y que acabas de tener hijos! ¡Esto es muchísimo!
—Pues esto se habría evitado si no hubiese tenido aquel lío con mi padre y él no hubiese tomado mis pastillas anticonceptivas— le comenté —Pero oye, ¿no te alegras?
—Ay, cariño mío. ¡Claro que sí, joder! ¡Eso significa que soy tía! ¡Madre mía! ¿Cómo se llama? ¿Cómo es? ¿Se parece a ti o a Tom? Son gemelos, ¿verdad? ¿Niños o niñas?
—Vale, vale, tranqui— digo riendo —Mmm, sí, son gemelos. Niño y niña. La mayor nació a las seis y veinte, se llama Beverly Aida, y el peque nació a las seis y media, Nick Aiden— ella suelta un «oww» que me hace sonreír —No sabría decirte a quién se parecen, aún están muy chiquitines y no hacen más que dormir— me escapa una risa suave —Pero la niña tiene el lunar que Tom tiene en la mejilla y también el mío. El niño solo tiene el mío— hablo del lunar que tengo debajo del labio. Nathalie también se ríe, está que no cabe en sí de la emoción —Siento que Aida va a parecerse muchísimo a Tom y a mí, al menos en lo físico… y el niño, pues no sé…
—Madre mía, tengo unas ganas locas de conocerlos— dice —Pero dime, ¿tú estás bien?, ¿cómo te sientes?, ¿cómo se porta Tom contigo?
—Todo va genial, Tom se está portando de maravilla. Te juro que si lo hubieses visto durante todo el embarazo, te mueres… y eso que a ti lo cursi no te va nada…
—¿Mucho empalague?
—Sip… simplemente encantador.
—Ay, me alegro un montón por ti, Billa. Me habría encantado estar ahí contigo. Nada de esto debería haber pasado. Estarías aquí, con los chicos, conmigo… y tus padres, todo bien.
—Ya…— suspiro con algo de nostalgia —Pero no se puede volver atrás. Ellos querían separarme de Tom. Irme de Alemania y escaparme con él fue lo mejor que pude haber hecho. Pensé en mí por una vez y en lo que de verdad quería…
—Y haces bien. Me alegra porque estás bien, eres feliz, que es lo que siempre quise para ti— me dice, y no puedo evitar sonreír de nuevo —Por aquí las cosas mejoraron un poco.
—¿Qué ha pasado en todo este tiempo?
—Pues mira, tus padres estaban como locos buscándote. Tuvieron a la policía mirando por todos lados donde pudieran encontrar alguna pista sobre ti. Fueron a casa de Gustav, de Sara, de Heidi… vinieron a la mía también. Incluso había agentes siguiéndonos, solo para ver si sabíamos algo de ti. Pero después de dos meses sin una sola señal, se rindieron.
Suspiré.
—No dejaste ni rastro. De la familia de Tom no sabían nada, y no tenían forma de encontrarlos. Un narcotraficante sabe cómo esconderse, y me imagino que el padre de Tom supo muy bien qué hacer para que no dieran con él…
—Supongo que sí.
—En fin, tu madre iba al insti a preguntarnos a los chavales y a mí si sabíamos algo. Estaba súper preocupada, se le notaba agotada… y tu padre, bueno, peor aún. Ya sabes que eras su ojito derecho…
—Pero con lo que hizo… joder. Incluso se atrevió a pegarme. No les tengo odio, pero sí estoy decepcionado. No me dejaron explicar nada, vieron a Tom como el malo de la película y a mí como la pobrecita víctima, y eso no me moló nada, Nath— bufé —Lo pasé fatal, y mira, menos mal que han parado de buscarme… ahora al menos estoy más tranquilo sabiendo que no aparecerán un día en mi piso para llevarme de vuelta a Alemania y joderle la vida a Tom.
—Sí, todo esto ha tenido sus pros y sus contras, ¿no?— asiento, aunque ella no me vea —Has pasado por mucho, pero ahora eres feliz, que es lo importante. Hablaré con los chavales, ya sabíamos que estabas con Tom, solo que no sabíamos si la cosa iba bien o mal, pero ahora que lo sé… ¡y con sorpresitas y todo! Estoy segura de que se van a alegrar.
—Espero que sí…
—Gracias por llamarme, de verdad… deberías decirme dónde estás, así voy a verte y te lleno el piso de regalitos para los peques, porque me imagino que no hiciste ni baby shower ni nada, ¿no?
—No, nada de eso. Aquí no tengo a nadie… y lo otro, no sé, Nath… ¿y si te siguen?
—No creo, lo tuyo ya quedó como que te fuiste al extranjero a estudiar. Tu padre dijo eso en las entrevistas porque el rumor de que habías desaparecido fue un bombazo, pero la gente ya se ha calmado, tus padres también. Saben que estás con Tom y, como te dije, han dejado de buscarte…
Tiene razón. Si ya dejaron de buscarme y el único problema eran ellos, entonces no habría peligro en decirle dónde estoy.
—Te mandaré un mensaje con la dirección, pero ten cuidado, ¿vale? No podemos confiarnos.
—Tú tranqui. Lo único de lo que tienes que preocuparte es de los regalos que le voy a llevar a mis sobrinos… y de dónde los vas a meter, eh.
Me reí —Vale, te estaré esperando…
—Tengo unas ganas de verte que no veas, te echo muchísimo de menos.
—Y yo a ti, joder. Eres mi mejor amiga…
—Lo sé— dice con ese tonito chulito suyo, joder, no cambia —Pero venga, descansa ya, ¿sí? Dale recuerdos a Tom…
—Se los daré. Y Nath, gracias… por todo.
—No hay de qué, para eso estamos las amigas, ¿no?— ríe bajito —Bueno, ya está, no nos pongamos moñas. Descansa, Billa…
Ella cuelga y yo suelto un suspiro. Siento como si me hubieran quitado un peso de encima. Hablar con ella me ha dejado más tranquilo, sabiendo que mis padres ya no me buscan, que se han resignado y que puedo estar bien con Tom. Creo que ese era el mal presentimiento que tenía… pensar que aún seguían tras de mí, que acabarían encontrándome. Pero ahora me siento más en paz. No tendremos que irnos a México, después de todo.
Continúa…
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