Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II

Capítulo 9

El regreso a casa fue muy divertido. Me parecía gracioso recordar la conversación que había tenido antes con Heidi, me hacía darle vueltas a muchas cosas.

¿Qué pasaría si ella se enterara de lo que pasa entre Tom y yo? Seguro que no se lo tomaría nada bien, pero lo que realmente me preocupa es… ¿qué podría llegar a hacer? Si se descubre el secreto que tenemos mi tío y yo, nos puede ir muy mal. Quizás no solo Tom quede como un enfermo, sino que yo también. Igual mamá me odia y se decepciona aún más, y papá deja de verme como su niño favorito y me trata igual o peor que mis tiastros, con esa indiferencia que tienen ellos. ¿Qué pensaría toda la familia?

Mi abuela, mi abuelo, mis tías gemelas…

Este juego es súper arriesgado, porque nos lo pasamos bomba juntos, pero en cuanto se descubra puede convertirse en una auténtica masacre. El juego podría ser nuestro fin…

Me hace gracia que Heidi no tenga ni idea de lo que es la realidad, de lo que pasa entre su novio y yo. Pero al mismo tiempo no quiero que lo sepa, porque no quiero que esto acabe. Quiero seguir disfrutando, seguir sintiendo las caricias de Tom, su lengua por todo mi cuerpo, sus besos en los labios, su respiración y saliva mezclándose con la mía. Su corazón y el mío latiendo a la vez. Quiero seguir sintiendo cómo me hace temblar, cómo me hace sudar, llorar de placer. Su miembro dentro de mí.

Es… difícil de explicar.

Me encanta sentir el calor de su cuerpo, sus manos apretando mis nalgas, dejando besos húmedos en mi piel. Me encanta ver esos ojos libidinosos cuando estoy desnudo delante de él, cuando me penetra con fuerza, cuando me hace gemir y gritar con todas mis ganas.

Amo todas esas sensaciones, y pensar en mi vida ahora mismo sin ellas me pone mal. Aguanté un montón durante dos años intentando calmar esa sed con alguien más, que obviamente no logró hacerme sentir lo que él. No podría soportarlo para siempre. El juego no puede terminar nunca, sé que a Tom le flipa tenerme bajo su cuerpo, sudado y agitado mientras entra en mí con todas sus fuerzas y me hace suspirar. No creo que vaya a dejar que esto termine, ¿o sí?

Maldición. Esto tiene sus cosas buenas y malas. Quiero impedir que se celebre una boda y además asegurarme de que Heidi no descubra este gran y fabuloso secreto. Sé que voy a conseguir mi objetivo…

—¿En qué piensas tanto, eh?— la voz de Heidi me saca de mis pensamientos.

Ahora mismo estamos volviendo a la mansión, en su coche. Trato de no poner los ojos en blanco cuando me pregunta eso, ¿a ella qué le importa lo que estoy pensando? No es asunto suyo, es una metomentodo. ¿Qué le cuesta callarse y dejarme en paz? Ya he hecho bastante aceptando salir con ella, y encima voy a tener que hacerlo más a menudo porque fui yo quien lo propuso. Pero bueno, todo sea para tenerla cerca, para enterarme de cualquier cosa que me ayude con mis planes.

Respiro hondo —En muchas cosas…— respondo suave, intentando que no se note lo poco que me apetece hablar con ella —En unos meses tengo que irme a Londres por la universidad…

—¿Y eso por qué? En Alemania hay buenas universidades…

—Sí, pero mi madre no quiere que esté cerca de todo lo que me pueda distraer, por eso quiere mandarme a un sitio donde no conozco a nadie— eso es verdad, pero prefiero decirle eso a contarle lo que realmente pienso —Quiere que me centre en los estudios y nada más, ya tiene todo preparado. Mi plaza en la universidad y el piso donde viviré…

—¿Y qué vas a estudiar?

—Publicidad y Relaciones Públicas— le contesto —Como una de las empresas de mi padre es una agencia de publicidad, me viene muy bien si quiero coger el mando en el futuro…

—Ah, claro, que eres su único hijo. Aunque también podría dejar a alguien de confianza al mando…

Uh, no.

—Sí, pero para eso me tiene a mí. Siempre he querido llevar esa empresa, y todas las demás que tiene…

—¿Cuántas son?

—Tres— le respondí —Publicidad y Relaciones Públicas, Moda Exclusiva y Productora Audiovisual— mi padre es tan potente en ese mundo que siempre digo que tenemos suficiente pasta como para despilfarrar o comprarnos más de una mansión. De toda la familia, somos los que más dinero tenemos, y eso me mola un montón. —Yo quiero hacerme cargo de la primera porque es la más importante de las tres, en la segunda quiero tener mi propia línea de ropa, hacer colaboraciones con otros diseñadores y ser mi propio modelo. Y en la tercera… todavía no lo tengo muy claro, pero quiero estar en las tres.

Ella alzó las cejas con una sonrisa tonta en la cara —Me parece genial, eh. Seguro que serás un crack…

—Oh, claro que sí. Y así le demostraré a Sabine que puedo conseguir las cosas por mí mismo, a diferencia de sus hijos…

—Sabine es la hermana mayor de tu madre y Tom, ¿no?

—Hermanastra— aclaré —Es un poco amargada…

Ella se rió con gracia —Tom sí me ha contado que hay familiares con los que no te llevas nada bien.

—Pero no sé cuánto te ha contado…

Ella me mira un momento —Siempre me habla de ti, en cualquier ocasión te menciona. Te quiere un montón…

Yo sonrío —No sabía que hablaba tanto de mí.

—Créeme que sí, te conoce al dedillo.

—Demasiado…— murmuré mordiendo el labio de abajo —Y de muchas formas y posiciones…

—¿Cómo?

—Que sí, que me conoce bien— dije un poco más alto para que lo pillara —Es que… ¿qué te voy a contar? Soy su sobrino favorito, los demás no pintan nada, eh.

Ella volvió a reír —¿No compartes a tu tío con tus primos?

—No— le respondí con una sonrisa pícara —Me encanta tenerlo solo para mí…

Miré por la ventana y me di cuenta de que ya estábamos entrando por el portón de la mansión, y una emoción me recorrió todo el cuerpo. Cuando aparcó el coche, me quité el cinturón y bajé para coger mis tres bolsas de la compra y dárselas al mayordomo que se acercó. Arreglé un poco mi pelo mientras caminaba hacia la entrada; el jardín es enorme y justo lo está podando el jardinero.

Escuché el ruido de la máquina y, por pura curiosidad, miré hacia la izquierda. Ahí estaba el jardinero… y vaya hombre…

Estaba medio agachado en el césped, con esa máquina de podar que hacía más ruido del necesario. Un tío alto, moreno, tatuado hasta los codos, con los petos medio caídos y una camiseta negra pegada al cuerpo, empapada en sudor. Movía la máquina con una fuerza que se notaba en los brazos, en la espalda, en las piernas… todo marcado, todo duro.

Joder, estaba buenísimo. Tan buenísimo que tuve que morderme el labio para no soltar un comentario en voz alta. Cada vez que empujaba la podadora, los músculos se le tensaban, los pantalones se le ajustaban más y más. Parecía hecho para poner a la gente cachonda. O a mí, al menos.

Lo peor es que ni se enteraba. Ni me miró. Estaba concentrado, sudado, serio… y aún así tenía esa pinta de cabrón que seguro coge como si le debieras pasta.

Me quedé mirándolo descaradamente y Heidi, que se me acercó, se dio cuenta —Ése es Dámian, el nuevo jardinero. Lo contraté hace un par de días, está bueno, ¿no?

—Un poco, sí…— asentí con la cabeza.

Ella sonrió —Eres un poco coqueto, Billie. Pero creo que me dijiste que tienes novio…

Y ahí vino a joderlo todo, bufé —Sí, es verdad. Se me había olvidado…

—¿Cómo se llama?

—Evan. Es mi muñeco…

Heidi levantó una ceja —¿En plan qué?

—En plan cariñoso, claro— mentí —Algún día lo conocerás.

—Eso espero— entramos en casa justo cuando el mayordomo abrió la puerta —Por cierto, ¿por qué Tom nunca me dijo que tenías pareja?

Porque él no lo sabe…

—Aún no se lo he contado. Lo mío con Evan no es tan serio, cuando lo presente a toda la familia ya será otra historia…

—Vale, ¿y cuándo va a ser ese día?

Joder, ni idea. ¿Por qué hace tantas preguntas?

—Ni idea— dije mientras me dejaba caer en el sofá, que me duelen los pies.

Con Adrianne nunca caminábamos tanto solo para comprar ropa, zapatos, joyas… Heidi parecía más obsesionada con las compras que mi mejor amiga y yo juntos. Espero que la próxima salida sea a una discoteca, a ver si también es muy fan del alcohol para no tener problemas y poder beber lo que me apetezca sin que mi madre me suelte el sermón que ya me sé de memoria.

Necesito un masaje en mis pobres pies, joder. Siento que me palpitan. Ojalá me palpitara otra cosa… bueno, no.

Me retracto.

No quiero tener que arreglar un problema con mis propias manos, joder.

&

—Mierda…— gimoteé mientras me sentaba en la esquina de la cama. Me he dado una ducha y aproveché para lavarme el pelo, pero mis pies siguen doliendo como el puto demonio. Subo una pierna sobre la otra y me acaricio la planta del pie, joder.

Cuando paso los dedos y masajeo la zona, me duele como nunca antes. Me acuerdo de una vez que me pasó esto, cuando tenía quince años y por primera vez usé botas de plataforma ancha y tacón medio, justo para una fiesta de Valerie, donde acabé borracho y Abraham, el ex novio de Jackeline, me dio un beso. Al día siguiente, mis pies dolían horrible y de la resaca ni hablamos.

Esto es insoportable, ¿qué puedo hacer para que se me pase? Ni puedo andar bien sin castigarme más los pies.

—Puta madre…— gruñí. Levanto la mirada hacia la puerta cuando oigo que llaman y suelto un bufido —Adelante.

Se abre la puerta y aparecen mi madre y, claro, mi Tom. Simone lleva una sonrisa enorme —¿Y qué tal con Heidi?— pregunta mientras entra en mi habitación con mi tío detrás. Cuando llegué y no la vi en casa, uno de los mayordomos me dijo que ella y Tom habían salido, ¿a dónde? Ni idea. —¿Lo pasaste bien?

—Maravilloso— solté con sarcasmo, sin que se notara, mientras no paraba de masajearme la planta del pie —Caminamos más que nunca en mi vida, lo pasé… genial.

—Ay, qué bien, cariño— dice mamá.

—¿Y vosotros dónde estabais?— pregunté mirando a Tom, sobre todo.

—Salimos a dar una vuelta para que Simone conozca un poco el sitio— me respondió él con una sonrisa —¿Te duelen los pies, Billie?

Sí.

Sé buen tío y hazme un masaje… en los pies, claro.

Asentí con un puchero —No podré andar en una semana.

Mi madre rió —Pero la salida mereció la pena, ¿no?— dice —¿Y cuánto compraste?

—Poco, ya sabes que soy súper indeciso. Vi un montón de cosas chulas y… no supe qué elegir; al final compré lo que mi instinto me dijo que me quedaría mejor— contesté mientras bajaba la pierna para levantarme y ajustar el albornoz. Anduve despacio hasta el armario —Y también algunas joyas, que ya estoy cansado de los anillos que tengo.

—¿Y qué vas a hacer con esos?— preguntó mamá cruzándose de brazos —¿Tirarlos?

—No, ¿cómo va a ser? Los guardaré conmigo hasta que me muera, para que cuando me entierren vaya con todas mis joyas. Así tendré que ponerme en el infierno…

—¿En el qué? Perdona…— mamá parpadeó confundida porque la última palabra se la susurré.

Giré la cabeza para mirarla —En el cielo, mamá. Para darle las gracias a Dios por haberme hecho tan guapo e irresistible para tantos asalariados— le solté con una sonrisa burlona —Claro, si voy al cielo; si no, se lo gritaré desde abajo.

—Ay, no…— mamá negó con la cabeza —Tú y tus cosas, ¿qué habrás hecho para pensar que vas a ir al «infierno»?

Dejé de mirarla y me quedé mirando la ropa bien doblada en el armario, mordiendo el labio con una sonrisa —Te sorprenderías, mami. O igual te daría un infarto…— murmuré bajito.

—Bill, ¿puedes hablar un poco más alto? No te he escuchado.

—He dicho que solo es una suposición, mamá— mentí mientras sacaba un pijama de seda que era un short cortito y una camisa de manga larga con botones que yo me subía un poco para que se viera más corta.

Mamá suspiró —Bueno, yo me bajo ya. Heidi quiere enseñarme lo que ha comprado…

Yo puse los ojos en blanco. Esa sí que quiere ver los trapillos horribles que se ha pillado, pero a mí si me dice «ay, Bill, que estoy ocupada ahora, seguro que es precioso lo que has comprado; total, eres súper vanidoso» ni caso. Salí de mis pensamientos al oír la puerta cerrarse.

—Ven aquí, Billie— dijo mi tío Tom, haciéndome saltar un poco. Pensaba que se iría con mamá a ver qué horteradas se ha comprado su lechuga marchita. —Yo te doy un masaje, ¿tienes crema?

Me relamí los labios, me di la vuelta y asentí mientras tiraba el pijama en la cama donde estaba sentado Tom. Me acerqué al tocador a por una crema corporal que uso habitualmente. Supongo que no hay cremas especiales para masajes, ¿no? Volví a la cama, me senté y me apoyé en las almohadas para estirar las piernas, le pasé el bote de crema y le dejé hacer.

Él se echó un poco en las manos, las frotó y empezó a masajearme el pie derecho. Yo gemía de gusto, joder. Menuda pasada, el alivio era brutal, me estaba dejando nuevo. Pero vamos, que Tom y yo no podemos quedarnos solos sin acabar en algo que no es precisamente hablar de política o ponernos a cotillear…

Ya sabéis.

Continúa…

Gracias por la visita, no te vayas sin comentar 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!