
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 54
Nathalie me iba contando todo lo que pasó después de que me largara de Alemania con Tom. Me explicó con más detalle cómo mis padres me buscaron por todas partes… sin éxito, claro.
No dieron conmigo ni de coña, ni siquiera pudieron dar con la familia de Tom. La poli era la que más ganas tenía de encontrarnos, porque no se trataba de cualquier chaval: era un Trümper, el hijo de uno de los narcos más buscados de allí. Tom ya tenía antecedentes, y salía de rositas porque su padre sabía cómo mover los hilos para que lo soltaran como si nada.
—¿Y qué hay de los chavales?— le pregunté —¿Cómo se tomaron lo de mi embarazo?
—Buah…— Nathalie negó con la cabeza, riéndose —Fue un show, te lo juro. Gustav, Heidi y Sarah… se quedaron pálidos. Literal. Se quedaron en shock, gritaron, montaron el numerito…
Intento imaginarme la escena en mi cabeza, la reacción de los tres. Vamos, que ni por asomo pensaban que me podía pasar algo así, porque siempre fui el responsable del grupo. Alguna vez les mencioné que quería tener hijos, sí, pero más adelante, cuando ya tuviera una carrera y todo montado. Pero claro, las cosas no salieron como quería. También fue culpa mía por no recordarle a Tom lo de los condones, aunque sinceramente… la responsabilidad era más suya.
Y tampoco es que ahora me queje, ¿sabes? Amo esto. Amo a mis hijos. Si tuviera la opción de volver atrás y evitarlo, no lo haría. Lo único que me jode y me amarga todo es que a Tom lo están buscando. Y mientras eso siga así, nunca voy a estar tranquilo del todo…
—¿Y mis padres?— pregunté bajito —¿Cómo están ellos?
—Mmm…— Nathalie se pasó la lengua por los labios —Están bien, Billa. Un poco decaídos, imagino que por tu ausencia, pero de salud están perfectos, que es lo importante…
Asentí despacio —¿Y tú qué? ¿Ya encontraste a tu bandido perfecto o sigues buscando?— le solté de broma.
—Ay, que va. He decidido darme un respiro— me dice —Axel estuvo detrás mío intentando arreglar lo nuestro, pero pasé de él y lo mandé a la mierda otra vez— dice entre risas, encantada de contarlo —Incluso me cambié el look para cerrar ciclos, como dicen por ahí…
—Pues te queda bien, ¿eh? Ese rubio tuyo natural con las mechitas negras…
—¿A que sí? Estuve a punto de cortármelo también, pero luego me eché atrás— me cuenta con una sonrisa de oreja a oreja —Tú también necesitas un cambio de look. El negro te queda genial, pero si te haces algo en las puntas o cambias el color, te ibas a ver espectacular.
—Yo quiero, pero no sé si a Tom le hará mucha gracia…
—¡Joder!— pone los ojos en blanco —Es tu pelo, no el suyo…
—Tonta, ya lo sé… pero es que tiene la manía de llamarme «moreno» por el color del pelo. Y a mí me encanta que me diga así…
—Ah… con que por eso no te animas— dice ella, como entendiendo —Bueno, tampoco tienes que teñírtelo entero. A lo mejor podrías hacerte algo diferente… cortártelo un poco, o unas mechitas como yo.
Le sonreí —Estaría guay… pero, ¿de qué color? Tampoco quiero parecer un payaso…
—¿Rubias? Sería como mi estilo pero al revés, yo llevo el pelo rubio con mechitas negras. Tú lo tendrías negro con las mechas rubias. ¿No te mola?
—No sé cómo me quedaría, la verdad…
—Pues ya lo hablaremos más tranquilamente mañana. De todos modos, no creo que puedas teñírtelo aún por lo del reposo… ¿o sí?
—Ni idea, tendría que preguntárselo a la doctora Loren— susurré. En toda la conversación estuve como sin ganas de nada, y creo que Nathalie se dio cuenta, porque de repente se le cambió la cara a una de preocupación.
—¿Estás bien, cariño?— me pregunta —Te noto apagado. Sé que algo te ronda la cabeza. Te conozco demasiado, ¿qué pasa?
Bufé. Quería hablar con Nathalie de esto y lo iba a hacer, porque sé que me va a ayudar a calmarme. —Es algo que me tiene rayado, Nath… Es sobre Tom.
—¿Te está poniendo los cuernos?— saltó de golpe con una ceja levantada y cara de cabreo, haciéndome reír.
—¡No, qué va!— negué enseguida —Es otra cosa… Lo están buscando.
Frunció el ceño —¿Cómo que lo están buscando?
—La última vez que hablamos te conté que él es… ya sabes…— ni siquiera me apetecía decir la palabra, pero ella asintió, pillándolo al vuelo —Pues… resulta que uno de sus enemigos le quiere quitar lo suyo. No sé mucho del tema, pero Tom le llama «la federación». El tío que lo anda buscando es el mismo que intentó hacerme algo aquella vez en el pub al que me llevaste, ¿te acuerdas?
—¡Claro que me acuerdo! Si ese día pillé a mi ex poniéndome los cuernos. Y también me contaste que ese tipo se te insinuó de malas formas…
—Pues ese mismo quiere joderle la vida. El padre de Tom le ha dicho que lo mejor es que vuelva a Alemania a resolver el asunto allí, antes de que ese tío se venga para acá y nos meta a los niños y a mí en medio…
—¿Pero Tom no sabía nada?
—No… Estuvo tan centrado en mí durante el embarazo, cuidando que todo saliera bien, que se le olvidó hablar con su padre— le dije —Y ahora, Nath, lo que me tiene mal es que Tom vaya a Alemania y le pase algo. No quiero que le hagan daño… No quiero perderlo, ¿me entiendes?
—Claro que sí, cariño— me dijo con una expresión más dulce —Pero tienes que confiar. Tom es fuerte. Va a salir de esta.
—¿Y si no?
—No seas tan cenizo, Willem— me soltó —Tienes que pensar en positivo. No creo que Tom permita que le pase algo sabiendo que os dejaría solos a ti y a los peques…
—Pero…
—Nada de peros. ¿Cuándo se va?
—En una semana. Dice que su padre está moviendo todo para que su llegada a Alemania sea lo más discreta posible.
—Vale, pues yo me quedo contigo, para echarte una mano.
Le sonreí otra vez, pero sin ganas. Con todo lo que está pasando, se me hace imposible estar animado. —Gracias, sé que puedo contar contigo, Nath…
—Siempre, hombre. No le des tantas vueltas, ¿vale? Intenta pensar en positivo. Tom va a estar bien… repítetelo hasta que te lo creas.
Tom va a estar bien.
Sí.
Lo estará.
—Bueno… yo me voy al hotel.
—¿Por qué no te quedas aquí? Puedes dormir en el sofá-cama que está en la habitación de los niños. Es enorme, como una cama, y más cómodo que muchos colchones.
—¿De verdad? Pues si es así, me quedo. Así aprovecho para echar un vistazo a los peques, que ni los he visto bien.
—Ya tendrás tiempo, pero por ahora descansa, que el viaje tuvo que ser una paliza.
—Una paliza no, ¡lo siguiente! Más de ocho horas sentada… sofocante. ¡Tengo el culo cuadrado, te lo juro!— exclamó en bajito, con ese tono exagerado que me hizo soltar una carcajada.
Dejé que Nathalie se instalara en la habitación de los peques. Tom decidió que lo mejor era mover la cuna a nuestro cuarto para que no despertaran a Nathalie en mitad de la noche. Seguro que habría que cambiar pañales o algo y no queríamos hacer jaleo. Así que ella se quedó en su cuarto, en el sofá-cama, y nosotros con los niños durmiendo como angelitos en nuestra habitación.
Tom se tumbó conmigo en la cama después de ponerse el pantalón del pijama, porque no quiso ponerse camiseta. Se colocó de lado, abrazándome por la cintura, con una pierna entre las mías, y me acariciaba el pelo con suavidad.
—Tengo una pregunta…— me dice —¿Cómo es que Nathalie es tu mejor amiga y no lo son las otras dos… o ese chico rubio?
—Porque antes de Sarah, Heidi y Gustav, estuvo ella, Tommie…— le respondí —Nathalie y yo nos conocimos con ocho años, en primaria. Ella llegó nueva al cole y la profe de entonces nos puso juntos para hacer una manualidad… o algo así, no me acuerdo muy bien— empecé a contarle —Charlamos un rato, y desde ahí empezamos a hacer todo juntos. Ella me daba parte de su merienda, y yo de la mía…
—¿Y luego qué?
—¿Por qué te interesa tanto, eh?
—Porque quiero saberlo todo de ti. Me he dado cuenta de que hay muchas cosas de tu pasado que no conozco. Quiero conocerte de verdad, todo, absolutamente todo…
Solté una carcajada —Vale. Nuestra amistad se fue haciendo cada vez más fuerte. Yo no hacía nada sin ella, y ella igual. Tres años después empezó a gustarle un chico. Se llamaba Frédéric… aunque no sé si sigue vivo o qué…
—Mmm… no me digas… fue su primer novio…
—Pues no— le contesté —A ella le gustaba el chaval, pero él… estaba pillado por mí.
—¿En serio?
—Sí, era un año mayor que nosotros.
—¿Y cómo supiste que le gustabas?
—Porque me lo confesó cuatro años después— le conté —En mi fiesta de los quince. Nathalie llevaba años detrás de él, pero él nunca le hizo caso.
—¿Y tú? ¿Estabas colado por él?
—Qué va— dije haciendo una mueca —O sea, sí, era mono, pero un imbécil de cuidado. Y para ese entonces yo ya sabía lo del contrato de compromiso con Marc, fue mucho antes de que mi padre y yo hiciéramos ese trato de que si me enamoraba antes de los dieciocho, el contrato se anulaba. En esa época ya conocíamos a Gustav y a las chicas…
—Ya entiendo.
—Sí, por eso no podía tener novio ni líos de esos. Pero Frédéric me confesó lo que sentía, y te juro que no supe ni qué hacer. Me dijo algo como «oye, me gustas». Lo gestioné lo mejor que pude y le solté que él a mí no me gustaba, pero que a mi amiga sí…
—Espera, ¿le dijiste al tío que Nathalie estaba coladita por él?
—Claro. Quería dejarle claro que conmigo no tenía ninguna posibilidad y, además, quería echarle una mano a Nath. Ella estaba loquita por él…
—¿Y qué pasó después?
—Pues no me acuerdo exactamente de qué me dijo él, pero sí me acuerdo de que al día siguiente Nathalie vino toda emocionada a contarme que se habían besado— intenté hacer memoria unos segundos —Estaba súper feliz y yo también me alegré un montón por ella. Pero pasaron los días y, de la nada, me dijo que no quería saber nada más del chico…
—¿Por qué?
—No lo sé, amor. Le pregunté lo mismo y solo me dijo que no quería hablar del tema… y ya nunca más se volvió a mencionar. Ella siguió con su vida, tuvo un montón de novios, y yo… bueno, yo también acabé metido en algún que otro lío…
—¿Qué líos?
—Pues mira, con las tías de mi clase la cosa se puso fea… empezaron a echarme la culpa de que sus novios las dejaban. Vamos, un despropósito. Yo ni los miraba, te lo juro, ¡y ya querían tirarme tomates a la cara, como si estuviera en una obra de teatro!— me reí —También me vi metido en un par de cotilleos absurdos, pero con el tiempo se fueron apagando. Al final, yo acabé siendo el malo de la peli. Pero siempre me ha dado igual lo que piense la gente…
—Ya veo…— susurró —Eso último ya lo sabía…
—¿Ah, sí?
—Ajá. En esos años me topé con uno de tus antiguos compañeros, le pedí que me contara cosillas… me puse en modo detective total.
—A veces se me olvida que eras un acosador…
—Oye, mejor que no te acuerdes, ¿vale?
—Es imposible, Tom. Te sabes toda mi vida.
—Es que estaba loquísimo por ti.
Levanté las cejas —Ah, «estabas», ¿eh? O sea, que ahora ya no tanto…
—¡No, no! No quería decir eso…
—Ya me he cabreado— solté fingiendo —Mejor ni me hables.
—Ay, moreno…— se ríe —Yo te amo mucho, siempre te he amado…
Sonreí, pero seguí con el numerito. Como le estoy dando la espalda, no puede ver mi cara… ventaja total —Hmm…
—De verdad, te lo digo en serio.
—No me lo creo…
—Claro que me crees— me susurra al oído, haciendo que se me ponga la piel de gallina al sentir su aliento en el cuello. Me hace cosquillitas y, sin previo aviso, me gira para quedar cara a cara. Le miro con una sonrisa que no se me borra de los labios, y él sonríe apenas un poquito. Apenas puedo ver bien su cara, la habitación está en penumbra, iluminada solo por la luz de las farolas que se cuela por la ventana.
Me da un besito corto, suave, y luego se acurruca con la cabeza en mi pecho. Me abraza por la cintura como siempre, con nuestras piernas enredadas.
—Duerme, terroncito…
Me relamo los labios, la sonrisa aún ahí —Duerme tú también, mi amor…
&
Esta ha sido, sin lugar a dudas, la semana más estresante de mi vida. Ni en el insti, cuando tenía que hincar codos para los exámenes, me sentí tan presionado. Aida y Aiden… llevan exactamente siete días fuera del horno y ya manejan la casa como les da la gana. Parece que tienen un radar gemelar: si uno llora, el otro le contesta como si compitiesen por ver quién berrea más fuerte.
Tom y yo no sabemos lo que es dormir más de una hora del tirón. Nos levantamos como zombies cada dos horas, sin falta. Y no exagero: el otro día, Tom intentó ponerle un pañal nuevo a Aida mientras sujetaba a Aiden… ¡del revés! Casi acaba envolviendo al pobre con toallitas húmedas como si fueran una mantita.
A veces lloran porque tienen hambre. Otras, porque toca cambiar el pañal. Pero la mayoría de veces lloran simplemente porque… pueden. Y claro, son tan pequeñajos que ni siquiera abren bien los ojos, pero su grito parece sacado de una peli de miedo. El otro día pensé que había explotado el horno… y no, era Aida que tenía gases.
Lo más gracioso, viéndolo ahora en frío, claro, fue cuando intentamos dormir los cuatro juntos. Aida se plantó en medio de la cama como si fuese la reina del colchón, con los bracitos en alto y todo el rollo. Y Aiden se nos quedó dormido encima del pecho de Tom… pero justo después va y vomita. Tal cual. Encima de él. En su camiseta favorita. A las tres de la mañana. Un cuadro.
Pero bueno, son nuestros gremlins recién aterrizados. Pequeñajos, arrugados, escandalosos… y lo más bonito que hemos hecho nunca. Aunque aún no tengamos ni idea de cómo sobrevivirles.
Ahora mismo estoy tirado en el sofá con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados. Intento dormir, pero nada, no hay manera. Tom se ha llevado a los niños a que les dé un poco el sol, y yo quería aprovechar para echarme un rato… pero ni por esas. Dios me odia, está clarísimo. Así que ya con resignación, dispuesto a darme una ducha de agua fría a ver si espabilo, me levanté y me fui hacia mi habitación. Con el pelo hecho un cristo y los ojos medio cerrados, los abría solo para asegurarme de no darme una hostia con nada.
Vi que el baño tenía la puerta abierta, la luz encendida, y Nathalie estaba dentro. Medio dormido como iba, me apoyé en el marco de la puerta.
—¿Qué haces?— pregunté, y ella pegó un bote nada más oír mi voz.
—¡Ay, joder, Billa!— se echó a reír —Me has pegado un susto de muerte.
Sonreí intentando abrir bien los ojos —Perdona— me reí también —¿Estás buscando algo?— pregunté al ver que tenía el botiquín abierto.
—Pues sí… es que me he sentido un poco mareada hace un rato y estuve buscando alcohol
Fui primero al baño de fuera, pero no encontré nada, así que vine a mirar aquí… y tampoco hay nada.
Fruncí un poco el ceño —Pero si Tom siempre tiene un bote lleno por si acaso…
—Sí, sí había uno… pero vacío, Billa.
—Joder…— bufé —Seguro que se le olvidó comprar más.
¿En qué se lo habrá fundido?
—¿Estás bien, nena?— le pregunté.
—Sí, ya… con el susto que me has dado se me han quitado hasta las ganas de vomitar— me dijo con una sonrisilla —Pero tú, ¿estás bien? Tienes una cara de agotado…
—Lo estoy. Me voy a dar una ducha de agua fría a ver si me espabilo.
—Bueno, te dejo entonces. Voy a pedir algo para picar, ¿quieres?
—Sí, por favor…
—Vale…— sale del baño y cierra la puerta. Suspiré mirando mi reflejo en el espejo. Tenía una pinta… Estoy hecho polvo. Desde que estoy ayudando a Tom con los peques, ni me acuerdo de lo que es arreglarme un poco. Y aún así el muy loco dice que estoy guapo. Yo creo que necesita ir al oculista.
Me quité el pijama, que aún llevaba puesto a pesar de que ya era mediodía, y me metí en la ducha. Sentí los pies mojados nada más entrar, lo cual fue raro, porque ni siquiera había abierto el grifo. No estaba goteando, Tom se había ido con los bebés hace ya un buen rato, así que en teoría debería estar seco… pero bueno, ¿qué más da? Me duché tranquilamente con agua fría, incluso me mojé la cabeza. Cuando terminé, salí tiritando mientras me ataba el albornoz.
Quise arreglarme un poco para no verme tan hecho mierda, así que fui al armario a buscar algo decente que ponerme, nada de pijama esta vez. Escogí un conjunto de top beige clarito, de manga larga y con corte acampanado. Se ata delante con un nudo, dejando un poco de abdomem al aire. Lo combiné con un short a juego, también beige, con goma en la cintura y tela ligera, y unas zapatillas blancas.
No me maquillé mucho, solo lo justo para tapar un poco las ojeras y el color de muerto que traía en la cara. Me puse algo de rímel, me arreglé las cejas y me eché bálsamo de frambuesa en los labios.
Me peiné el pelo, que ya lo tengo más largo que cuando llegamos aquí, lo sequé bien y lo dejé suelto. Después de echarme un poco de loción, salí de la habitación y fui hacia la cocina, donde vi a Nathalie comiéndose una ensalada de frutas. Me miró de arriba abajo y silbó mientras asentía con la cabeza.
—Qué sexy… Qué envidia me das, precioso. Tom tiene suerte— dice, y yo me echo a reír negando con la cabeza —Mira, ahí tienes lo tuyo.
Había otro envase de corcho blanco igual que el suyo sobre la encimera. Lo cogí y me senté a su lado para comer los dos.
—Que Tom no se entere de esto— le dije —porque como sepa que no he almorzado pero sí me estoy metiendo azúcar, se va a cabrear…
—Joder, solo es un caprichito…
—Ya, pero se supone que estoy en reposo. A ver si no se entera…
—Será nuestro secreto, cariño— dice guiñándome un ojo —¿Por qué no sales tú también, Billa?
—No puedo estar mucho rato de pie…
—Ah, ya… Entonces come antes de que vuelva tu marido…
Sonreí un poco —No es mi marido, aún no nos hemos casado…
—Pues ya va siendo hora de que te dé el anillo, Billa. Como en la canción: «¿Y el anillo pa’ cuándo?»— dice cantando —Si ya tenéis dos críos maravillosos, vivís juntos… Dile que cuando vuelva de Alemania te tenga el anillo listo, que te quieres casar, hombre.
—Nath…— me reí —Todo a su tiempo…— carraspeé un poco y dejé de comer para ir a buscar algo de beber. Me levanté y me fui al frigo, saqué la jarra de zumo de naranja —¿Quieres?— le pregunté mientras cogía un vaso.
Ella me miró, miró la jarra y negó con la cabeza.
—Bebí hace un rato— me dijo.
Asentí y me serví un poco. Di un trago mientras volvía a sentarme y seguí comiendo. La ensalada estaba de escándalo. Me flipa la fruta, sobre todo las fresas. Las fresas con leche condensada… ¡joder, qué delicia! Seguí comiendo mientras pensaba. Anoche Tom me dijo que el señor Gordon lo llamaría hoy para confirmar que todo está listo para que pueda irse. Incluso le va a soltar info sobre quién ha estado haciendo piña con ese tal Brian que quiere jodernos. Porque no es solo a él, es a los dos.
Tom sospecha que podría ser Marc. Y siendo sincero… yo también lo creo. Marc nunca aceptó que me enamorase de alguien que no fuese él, así que todo encaja.
—Humm…— suspira Nathalie, sacándome de mis pensamientos —Estaba buenísimo. Voy a pedirme otro para la noche.
—¿Vas a cenar esto también?— le pregunté, riéndome.
Ella me miró mientras se levantaba —Me lo comería a todas horas, pero no quiero engordar— me dice con un puchero —Así que hoy me doy el capricho y ya.
—Bueno, al menos haces ejercicio y quemas lo que te zampas…
—Exacto, cariño…
Sonreí y noté cómo los párpados me pesaban. Mierda, y yo que pensaba que la ducha fría me iba a quitar la pereza. Qué asco me da sentirme tan reventado.
Me levanté, tiré el envase vacío a la papelera y dejé el vaso en el fregadero. Bufé, cansado, y justo cuando salía de la cocina, se abrió la puerta de entrada y entraron mis tres amores. Sonreí. Menos mal que terminé de comer antes de que él llegara. Me miró al cerrar la puerta y sonrió.
—¿Vas a salir?— me preguntó. Negué con la cabeza, que ni fuerzas tenía para hablar.
—¡Se ha vestido así para ti, Tom!— gritó Nathalie desde la cocina —Me ha dicho que ya le hace falta echar un polvo…
Tom levantó las cejas con esa sonrisilla suya de medio lado y yo fruncí el ceño.
—Yo no he dicho eso— musité, riéndome por lo bajo. Pero justo en ese momento empecé a notar que no podía mantenerme en pie. Fruncí el ceño —Uhg…— no tenía fuerzas, todo me daba vueltas, y la vista se me nublaba.
—Amor, ¿estás bien?— me preguntó Tom.
—¿Billa?
—Tommie… siento que…— y no pude terminar la frase. Mis ojos se cerraron de golpe y me desplomé, sin fuerzas…
Continúa…
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