Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 55

By Tom

—¡Amor!— exclamé al verle desplomarse. Si no llega a estar Nathalie cerca para sujetarlo, se da un buen golpe contra el suelo. —Joder…— me acerqué corriendo y lo cogí en brazos para tumbarlo en el sofá. Le miré la cara… ese tonito rosado en las mejillas. No está pálido, ¿qué ha pasado?

—Se ha desmayado…— dijo Nathalie, como si me leyera el pensamiento —Joder… no tenía que haberle dado de esa ensalada…

—¿Qué ensalada?— le pregunté, frunciendo el ceño.

—Pues… que no pedimos nada para comer, solo una ensaladita de frutas— intentó justificarse —Me dijo que no te enteraras, que si lo sabías te ibas a cabrear…

—Y claro que me cabreo— negué con la cabeza. Sabe perfectamente lo delicado que está después del parto. Hago todo lo que puedo para que siga al pie de la letra las indicaciones de la doctora, pero es que así no se puede si él no pone de su parte —Voy a por el alcohol…

—Que no hay, alma de cántaro— bufó Nathalie.

—¿Cómo que no hay?— me paré en seco. Recuerdo haber comprado un frasco hace ya tiempo, precisamente por si pasaba algo así durante el embarazo. Y juraría que apenas se usó… Vamos, que estaba casi entero. Joder, si solo mojé un par de algodones —Estoy segurísimo de que quedaba…— o eso creía.

Igual es que la edad ya me empieza a pasar factura.

Nathalie se arrodilló frente a mi chico y le apartó el pelo de la cara. —Sí, sí, pero esta mañana fui a buscarlo porque me sentí un poco mareada… y nada, no había.

—Mierda…— murmuré, cerrando los ojos e intentando mantener la calma —Voy a tener que ir a comprar. No tardo nada, ¿puedes quedarte tú con él? Y si se despierta, que no se le ocurra levantarse hasta que yo vuelva con el alcohol, ¿vale?

—Sí, tú ve tranquilo, que yo me encargo. Y de los peques también. Pero ve rapidito, Tom— me dijo —Ya sabes que Bill es muy cabezón.

Asentí. Coloqué bien el cochecito donde dormían los nenes, justo al lado del sofá, y salí del piso. Llevo horas esperando a que mi padre me llame mientras doy vueltas con los críos, pero nada. No sé cuándo piensa hacerlo, porque se supone que me voy mañana para Alemania. Estoy que no paro de darle vueltas a la cabeza con eso… y ahora encima estoy más preocupado por mi moreno.

Él sabe que tiene que cuidarse. Lo primero, haber comido algo decente. Esta mañana apenas desayunó nada, lo vi agotadito, y pensé que al menos se prepararía algo al mediodía. Antes de irme le pregunté si quería que le pidiera algo por la app, y me soltó que ya se encargaba él…

Si dejo a Bill al cuidado de Nathalie y él no se cuida como es debido, no voy a estar tranquilo ni de coña en Alemania. Joder…

Entré a la farmacia y pillé un frasquito de alcohol. Al salir, noté el móvil vibrando en el bolsillo del pantalón. Cuando vi el nombre en la pantalla, solté un suspiro de alivio. Por fin. Era mi padre. La única llamada que llevaba esperando en todo el día, así que descolgué al instante y me llevé el móvil al oído.

—Ya era hora, señor Trümper— dije con tono medio sarcástico —Llevo esperando tu llamada desde esta mañana, papá.

—Te dije que llamaría hoy, pero no te dije a qué hora— bufó, como siempre. —Escucha, ya está todo preparado para que vuelvas a Alemania sin levantar sospechas. Pero ten cuidado, ¿vale?

—Tranquilo, tendré cuidado. ¿Y la información que te pedí? Quiero llegar y partirle la cara con mis propias manos al gilipollas que está ayudando a Brian.

—Ah, sí… eso. Conseguí algo— contestó, mientras al fondo se oía ruido de papeles —El chaval tiene sus contactos. Le pedí a Bach que se encargara de investigar y ha estado siguiendo a Brian estas dos últimas semanas. Se infiltró en su zona y le hizo unas cuantas fotos. Al principio, lo típico: dando órdenes, creyéndose el jefe… pero un día, recibió una llamada y se apartó para contestar.

—¿Sabe con quién hablaba?

—No, pero alcanzó a escuchar parte de la conversación. Brian le decía a alguien que se verían en unos días. Eso fue hace como semana y media. Y cuando llegó el día, Bach lo siguió… y le hizo fotos con una tía.

Me eché a reír sin pensarlo.

Solo una imagen me vino a la cabeza. Como sea la hija de puta que estoy pensando, juro que cumplo lo que prometí hace tiempo: rajarle las tetas por bocazas.

—¿Cómo era? O mejor dicho, ¿quién?

—Al principio no pudo verle bien la cara, iba bastante tapada. Pero la siguió. Según la foto que me mandó: rubia, piel blanca, ojos verdes, metro setenta más o menos.

Fruncí el ceño. Ría no es rubia… ¿se habrá teñido?

—¿Puedes mandarme la foto, papá?

—¿Te suena?

—Sí, pero necesito asegurarme.

—Vale…— dijo, y al cabo de unos segundos me llegó la imagen. Claro, con la mierda de conexión que tenía, aquello tardaba la vida en cargar —Bach también ha conseguido algo de info. Parece que es hija de uno de los socios del padre de Willem. Se apellida Frank. Y su nombre es… espera…— empezó a rebuscar cosas mientras yo miraba la pantalla con una impaciencia de la hostia.

Justo cuando la imagen terminó de cargarse, sentí que el corazón se me paraba. Parpadeé un par de veces. No quería creer lo que estaba viendo.

Pero era ella.

—¿Nathalie…?— susurré, como si el nombre pesara toneladas en mi lengua.

—¿La conoces?— preguntó mi padre. No respondí. Seguía en shock. ¿Nathalie? ¿Ella es la informante? ¿La que le pasa datos a Brian? —Tom, ¿la conoces o no?— insistió.

—Sí…— murmuré —Es una de las amigas de Bill, papá. Y… la dejé al cuidado de él porque se desmayó…

Cada palabra que salía de mi boca me partía más. Si ella es la chivata y está aquí, en Los Ángeles, viviendo en mi puto piso… Brian sabe dónde estamos. Y la he dejado sola con mi moreno.

—Hostia… ¡joder!

¿Por qué haría algo así? ¿Qué coño ha ganado con esto?

—Tom, ¿estás seguro de lo que me estás diciendo?

—Sí. Esa zorra está ahora mismo en mi casa, cuidando de Bill porque se ha desmayado— entonces todo me hizo clic —¡Lo ha planeado desde el puto principio!— grité desquiciado —¡Maldita hija de puta!

—Tom, vete por Bill ahora mismo.

Ni colgué. Simplemente salí corriendo como un puto loco hacia el edificio. Había tardado quince minutos andando en llegar a la farmacia. De vuelta, corriendo, haría menos. Solo rezaba porque no le hubiese hecho nada. Que no llegara demasiado tarde. ¿Estaba siendo amenazada? No lo parecía. No había dicho nada raro, no hizo preguntas raras, no actuó extraño en toda la semana. Estaba tranquila. Demasiado tranquila. Así que no era amenaza.

Corrí como nunca en mi vida. Las piernas me ardían, el corazón me iba a mil y la impotencia me comía por dentro.

¿Cómo no lo vi venir?

Solo podía pensar en mi moreno. En mis hijos. Y en que ahora… todos podrían estar en peligro.

En cuanto llegué al edificio, fui directo al ascensor y le di al botón como un poseso. No podía perder ni un segundo subiendo escaleras, habría sido una locura en el estado en el que estaba. En cuanto se abrieron las puertas, me metí de un salto y las cerré con ansiedad. El ascensor tardó menos de tres minutos, pero a mí se me hicieron eternos. En cuanto paró, salí disparado, saqué las llaves del bolsillo con las manos temblorosas y me costó horrores meterlas en la cerradura. Tenía una presión en el pecho que no me dejaba ni respirar. Desde el otro lado de la puerta se oía el llanto de los peques… y me aferré con todo a la esperanza de que Nathalie siguiera ahí. Que no fuera demasiado tarde.

Pero cuando por fin logré abrir y crucé la puerta…

Todo estaba hecho un desastre.

Los muebles volcados, adornos hechos trizas, cosas por el suelo… El piso parece un campo de batalla. Y mi moreno… no está donde lo dejé. Salgo disparado por el pasillo, ignorando por completo el llanto de los mellizos. Recorro las habitaciones con el corazón en la boca y una punzada en la sien que me taladra. La nuestra está hecha un cristo, como si alguien hubiese estado buscando algo a lo loco. La de los niños está aún peor.

Me da todo vueltas.

Me llevo las manos a la cabeza y, sin poder evitarlo, se me escapan las lágrimas. No está. Él no está. Y ella tampoco. Nathalie se ha pirado… y se lo ha llevado con ella.

—No…— mi voz apenas fue un susurro roto.

Tardo unos segundos en reaccionar, hasta que el llanto desesperado de los peques me saca del shock. Corro hacia ellos. Siguen en el carrito, justo donde los dejé antes de salir, y lloran con una angustia que te rompe el alma, como si intuyeran todo lo que está pasando.

—¿Tom?— escucho la voz de mi padre al teléfono, aún en la llamada que nunca colgué —¿Estás ahí? Dime que todo está bien…

Me acerco el móvil al oído mientras intento secarme las lágrimas a manotazos. —Se lo llevaron, papá… se han llevado a mi moreno…

—Hostia puta…

—¿Qué hago? ¿Qué cojones hago? ¿Dónde le busco? ¿Por qué se lo han llevado? ¡No sé qué hacer!

—Tranquilízate, Tom…

—¿¡Cómo quieres que me tranquilice!? ¡Se lo han llevado! ¡Le pueden hacer daño! ¡Y si le pasa algo, papá… yo me muero! ¡No puedo estar sin él!

—¡Cálmate!— su voz cambia, firme, tajante —Si no te calmas no vas a pensar con claridad. Escúchame bien: voy a cambiar tu vuelo a Alemania para hoy mismo. Coge lo básico. Es muy probable que Brian lo haya traído de vuelta. Aquí tiene su base. En unas horas estarás volando.

Mi padre cuelga y yo me muevo como un puto zombi. Me voy corriendo a la habitación de los críos, cojo un bolso grande y empiezo a echar lo que pillo: ropa, potitos, pañales, biberones… todo lo que se me ocurre. No pienso en mí, ni en mis cosas. Solo en ellos. Intento calmarlos, los reviso, por si tienen algún golpe, alguna marca rara. Pero nada… solo están muertos de miedo. Como yo. Salgo con ellos en brazos, bajamos en el ascensor. Intento que se sientan seguros, pero no dejan de llorar. Me está destrozando por dentro. Me siento completamente inútil.

Al llegar al vestíbulo, me acerco a recepción. La recepcionista alza la vista, con cara de preocupación por el escándalo que traen los peques.

—¿Necesita algo?

—¿Cuántos eran?— pregunto de golpe, sin contexto.

—¿Perdone?

No insisto. Es perder tiempo. Trago saliva y salgo corriendo del edificio.

Paro un taxi en la calle. El conductor me ayuda a meter el carro de los niños y el bolso en el maletero. Me siento atrás con ellos, que siguen llorando a mares, y yo estoy roto, destrozado por dentro.

—Al aeropuerto— le digo al taxista.

No pienso en el coche. Ni en nada más. Solo en llegar. Solo en él.

.

By Bill

Me dolía la cabeza como si me la estuvieran partiendo en dos. Un dolor sordo, profundo, insoportable. Sentía el cuerpo entumecido, pesadísimo, como si me hubiesen metido plomo en las venas. Intentaba mover los dedos, levantar un brazo, abrir los ojos… pero nada. Como si el cuerpo no fuera mío. Todo estaba oscuro, como si estuviera atrapado en un sueño espeso del que no podía salir.

Sabía que estaba consciente, pero no podía moverme. Era una sensación que daba miedo, como si estuviera encerrado dentro de mí mismo. Las voces me llegaban distorsionadas, lejanas, como si alguien hablase debajo del agua. Voces desconocidas… unas graves, otras de mujer. Se pisaban unas a otras, mezclándose como ecos en un túnel sin fin.

Gemí bajito, ladeando apenas la cabeza. Solo eso me hizo ver las estrellas de la punzada que me atravesó la sien.

—Mira, ya se está despertando— dijo una voz masculina, extraña. No la conocía, pero tenía algo… algo que me puso los pelos de punta. Como si mi cuerpo la reconociera sin que yo supiera por qué.

—Por fin… Ya iba tocando— esa sí que la conocía. Era Nathalie. Inconfundible.

Solo con oírla sentí un poco de alivio. Pensé que, si estaba allí, igual todo era un susto, una pesadilla. Forcé los párpados hasta conseguir entreabrirlos. La luz me arañó los ojos, todo era borroso. Solo veía sombras, figuras sin forma.

Parpadeé varias veces, con esfuerzo. Poco a poco, una silueta empezó a tomar forma delante de mí. Su pelo, su forma de sentarse… era ella. Nathalie. Tenía una copa en la mano y estaba tan tranquila, como si no pasara nada. Y mientras, yo sentía que el mundo se me venía abajo.

—Billa…— me llamó al notar que la miraba —¿Qué tal has dormido? ¿Estás bien?

—Nath…— tenía la garganta seca como el esparto. Hablar era un suplicio —¿Qué… qué me… ha pasado?

—Te desmayaste— soltó, como quien dice que ha bajado a por pan.

Su frialdad me descolocó. Algo no cuadraba.

—¿Tom? ¿Dónde está Tom? Dile que venga… yo…— intenté alzar las manos para frotarme la cara, pero algo me tiró de las muñecas de golpe. Un sonido metálico me hizo mirar hacia abajo. Esposas. Estaba esposado. Esposado y encadenado.

Se me secó la boca aún más.

—¿Pero qué coño…?— murmuré mientras intentaba mover las piernas. También estaban atadas. No podía ni incorporarme. Estaba amarrado a un asiento de cuero, como si fuese un preso.

Miré a mi alrededor. Ventanillas pequeñas, paredes curvas, el zumbido suave de los motores… Aquello no era mi casa. No era ningún sitio que conociera.

—¿Dónde estoy?

—En un jet privado, Billa— dijo con una sonrisilla de lado, dándole un sorbo al vino como si estuviera en la terraza de su chalé.

—¿Qué?— la miré alucinando, con el corazón latiéndome a mil —¿Cómo que en un jet?

—Acabamos de aterrizar— contestó, tan pancha —Bienvenido otra vez a Alemania.

El mundo se paró en seco. Alemania. ¿Cómo? ¿Cuándo? Yo… estaba con Tom, recuerdo que llegó al piso, nos vimos, hablamos… y después, nada.

—Nathalie… ¿pero qué cojones me estás contando?

La vista empezaba a despejarse del todo, y lo que veía me dejaba helado: las muñecas esposadas a los laterales del asiento, cadenas en los tobillos… y ella. Tan tranquila, tan cómoda, con su copita en la mano, mirándome como si esto fuera una puta broma.

—¿Por qué estoy encadenado?— pregunté, con la voz temblorosa, una mezcla de rabia, miedo y confusión creciendo dentro de mí.

—Ay, Billa… haces tantas preguntas que me agotas— dijo soltando una risilla suave, mientras giraba el vino en la copa, como si estuviese disfrutando del espectáculo —Estás encadenado porque, sinceramente, no me apetece que me montes un numerito.

—¿Qué has hecho…?— susurré, tragándome las lágrimas que me ardían en los ojos.

—Nada que no te tengas merecido— soltó con ese tono suyo, tan dulce como envenenado.

El mundo se me vino abajo en un segundo. Me sentí traicionado, desorientado, impotente. ¿Qué cojones estaba pasando? ¿Por qué ella? ¿Por qué Nathalie, mi mejor amiga, me estaba haciendo esto?

—Ya casi está el coche, Nathalie— escuché de nuevo esa voz masculina, grave, rasposa, con un tono burlón que me revolvió las tripas. Giré la cabeza instintivamente, forzando el cuello todo lo que me permitían las cadenas… y entonces lo vi.

El cuerpo se me quedó rígido. Noté cómo se me helaba la sangre.

Esa cara… la reconocía.

Por supuesto que la reconocía.

—Tú…— susurré, paralizado por el miedo.

Era él. El mismo cabrón que, hace un año, intentó llevarme por la fuerza en aquel pub clandestino. El que me miraba como si fuera carne fácil. El que quería hacerme daño, marcarme, romperme. Y ahora… ahora estaba ahí. Delante de mí. Sonriendo. Tan tranquilo.

Brian.

El puto Brian. Y como si no bastara con eso, también es el mismo gilipollas que lleva meses intentando quitarme a Tom. Lo miré, con el corazón a punto de estallarme, temblando como una hoja. ¿Qué cojones estaba pasando? ¿Por qué está aquí? ¿Cómo conoce a Nathalie? ¡¿Qué mierda es todo esto?!

—Billie…— dice ella, como si estuviéramos hablando del tiempo —Seguro que te acuerdas de Brian, ¿verdad que sí?

La miré, alucinado. Me costaba procesar lo que tenía delante. Pero claro que me acordaba. Esa cara la tengo grabada a fuego. Como una maldita pesadilla.

—Ay, claro… si se te ha quedado la cara— añadió con una risita cínica que me hizo hervir la sangre.

—¿Por qué estás con él?— pregunto con la voz hecha trizas, el corazón a punto de salírseme por la boca.

—Pronto lo sabrás— responde, como si estuviese disfrutando de que todo este circo llegara a su punto más alto.

—¡No! ¡Quiero saberlo ya!— grito desesperado, agitando las manos, intentando inútilmente soltarme. El sonido de las cadenas golpea las paredes del jet como si fuesen campanas de juicio —¡Nathalie, por favor! ¡¿Qué coño está pasando?! ¿Por qué estoy atado? ¿Por qué él está aquí? ¡¿Cómo os conocéis?!

Ella me observa en silencio y luego suelta un suspiro largo, como si ya se hubiera cansado del teatrillo.

—¿De verdad no lo imaginas?— pregunta con un tonillo sarcástico —Venga, Bill… siempre has sido tan listo. Seguro que ya te haces una idea. O al menos lo intuyes…

Me quedo tieso. La miro a los ojos. Y lo que veo me deja frío: ya no hay cariño, ni rastro de amistad. Solo vacío. Frialdad.

Y entonces… entonces lo entiendo. Me viene de golpe. Las palabras de Tom, sus sospechas. Me dijo que había alguien filtrando información a Brian. Que tenía un topo, alguien que le ayudaba a seguirnos, a encontrarnos, a tenernos siempre a tiro. Mencionó a Marc. A Ría. Pero nunca… nunca pensó que fuera ella.

Ni yo.

La única persona en quien confiaba. A quien dejé entrar en mi piso. En mi vida. En mi historia con Tom.

Me falta el aire.

Se me forma un nudo en la garganta. Las lágrimas empiezan a asomar sin pedir permiso. Una parte de mí se niega a creerlo. Pero la otra… ya lo ha comprendido todo.

—Has sido tú— digo casi sin voz, con un hilo roto de palabras, mirándola como si ya no pudiera reconocerla —Todo este tiempo… eras tú.

Y entonces… llega el golpe final. El más cruel.

Nathalie sonríe.

Y al verla sonreír, algo dentro de mí se rompe para siempre.

—Joder…— susurro, bajando la cabeza, sintiendo cómo todo se me viene abajo.

¿Cómo cojones puede estar pasándome esto?

—Ya has caído, ¿no?— dice Nathalie con una calma que pone los pelos de punta, mientras deja su copa de vino en la mesita entre los dos. Se acomoda en su asiento con una sonrisita de autosuficiencia y se relame los labios, como si saboreara el momento —Qué descanso, así me ahorro explicártelo como si fueras tonto.

—¿Por qué?— pregunto, con la voz rota. Es lo único que consigo decir. Una palabra, pero con todo el peso del dolor, la confusión y el miedo que me están comiendo vivo.

Ella suelta una risita baja, con esa expresión cínica y asquerosa que jamás le había visto.

—Ay, no empieces con la llorera, Willem— dice con desprecio, arrugando la nariz como si le diera asco —Que como me hagas perder la paciencia, te duermo otra vez, y no tengo ganas de andar buscando a alguien que te cargue. Ya tengo bastante con esto. Así que cállate la boca, ¿vale?

Aprieto los labios con fuerza, intentando aguantarme. Las lágrimas caen igual, pero no pienso sollozar. No pienso darle el gusto. Aunque por dentro me esté haciendo pedazos.

—No te haces una idea de cuánto he esperado este momento— continúa, con una sonrisa enferma, los ojos brillando de rabia y satisfacción —Por fin vas a pagar. Por todo. Por lo que me hiciste.

—¿Qué te hice…? ¿Pero de qué cojones hablas?— logro decir, con la voz temblando, igual que mis manos encadenadas.

Ella está a punto de decir algo, pero justo en ese momento entra un tío por la puerta y la interrumpe.

—Jefe, el coche ya está aquí— informa con voz seca, dirigiéndose a Brian.

Bajo la mirada al suelo, intentando no venirme abajo. Tengo la cabeza hecha un lío. Tantas preguntas… demasiadas. Pero todas giran en torno a una sola palabra que me golpea una y otra vez por dentro, con rabia y angustia:

¿Por qué?

¿Por qué ella? ¿Por qué ahora? ¿Qué cojones le he hecho para que me mire como si me odiara más que a nadie?

—Se acabó el tiempo de hacer preguntas— suelta Nathalie con tono seco, cortante.

Cuando levanto la mirada, tiene en una mano una venda negra, y en la otra un saco del mismo color. Me quedo paralizado.

—Nos vamos— añade, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Se pone en pie. Ya sé lo que viene cuando alza la venda hacia mi cara.

—Nathalie, no… por favor— le suplico con la voz temblorosa, sintiendo cómo se me desmorona el alma —Dime qué quieres… pero suéltame, por favor…

Pero ni me escucha. Le da igual.

Se acerca y, sin el más mínimo rastro de compasión, me mete la venda en la boca, apretándola fuerte mientras la ata por detrás de mi cabeza. Balbuceo entre lágrimas, con los ojos suplicantes, rogando sin poder soltar palabra. Ella apenas me echa un vistazo, como si lo que estoy sintiendo le importara una mierda.

Y de golpe, me cubre la cabeza con el saco.

Oscuridad.

—Quítale las cadenas de los tobillos, que camine— ordena, su voz ahora suena lejana, tan fría que me hiela por dentro.

Oigo las llaves. El clic del candado. La cadena cae por mis piernas y da contra el suelo con un golpe seco. Apenas me da tiempo a coger aire cuando alguien tira de la cadena que tengo en las muñecas y me obliga a levantarme de un tirón.

—¡Mhmm!— protesto ahogado por la mordaza, tambaleándome mientras me obligan a avanzar.

Es Nathalie quien tira de mí. Me arrastra como si fuera un perro, sin importarle lo más mínimo si me duele. Cada vez que intento frenarme, tira más fuerte, y las esposas se clavan en mi piel hasta hacerme ver las estrellas. No veo nada, el saco me deja todo oscuro y borroso. Estoy perdido, desorientado. Humillado.

Me siento sucio. Diminuto. Roto.

Solo quiero despertar. Por favor. Que esto sea una pesadilla. Que pueda abrir los ojos y volver a los brazos de Tom. Que me abrace. Que me diga que ya pasó. Que nadie va a volver a hacerme daño.

Pero no me despierto. No hay consuelo.

Solo hay cadenas, oscuridad, y una traición que me quema por dentro.

Nathalie me arrastra hasta el coche. Me empujan dentro sin miramientos. No puedo decir nada. Solo me salen lágrimas.

Lloro.

Lloro con el corazón hecho trizas.

¿Por qué?

¿Por qué ella, que era como una hermana para mí? ¿Por qué me odia así? ¿Qué he hecho para merecer esto? Si siempre estuve a su lado. A su lado, al de Heidi, al de Sarah, al de Gustav…

¿Por qué…?

Continúa…

Gracias por la visita. Vamos a darle ánimo a la autora con los comentarios 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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