
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 56
Durante todo el trayecto no podía dejar de pensar en Tom, en mis hijos, en cómo estarían. Si estarían bien o si les habrían hecho daño. Solo de imaginar que podrían haberles hecho algo, se me clavaba un dolor horrible en el pecho, como una punzada constante, y no podía parar de llorar.
Intentaba no hacer ruido, contener los sollozos, pero era imposible. ¿Cómo cojones me está pasando esto a mí? Se supone que debería estar en casa, descansando, con mi Tom cuidándome y los dos cuidando de nuestros hijos. Se supone que a estas horas estaría hablando con mi novio, diciéndole cuánto le echaría de menos si volvía a Alemania. Se supone que estaríamos haciéndonos mimitos, abrazándonos, prometiéndonos que nos volveríamos a ver porque yo iba a tener fe en que regresaría a mí.
Pero no.
Tenía que pasar esto. Esta puta mierda que no hace más que llenarme la cabeza de preocupaciones y pensamientos que lo único que consiguen es ponerme más nervioso.
Se me vienen mil cosas a la cabeza y todas me llevan a un mismo sitio: la desesperación. Aún no asimilo que esto esté pasando. Joder. Nathalie… ¿por qué ella? Estaba tan metido en mis pensamientos que ni me di cuenta de cuándo llegamos a… yo qué sé dónde. Solo lo supe cuando abrieron la puerta del coche y tiraron de las cadenas, haciéndome pegar un respingo.
—Arriba— ordenó una voz masculina que no reconocí. No era grave, pero con todo lo que estaba pasando, el miedo era lo único que podía sentir. Miedo de lo que pudiera ocurrir, miedo de lo que Nathalie fuera capaz de hacerme. Miedo, simplemente, de todo.
Estiré las piernas y traté de bajarme lo más despacio que pude hasta que mis pies tocaron el suelo. En cuanto me puse de pie, tiraron de la cadena para guiarme hacia algún sitio que no alcanzaba a distinguir. No veía absolutamente nada. Estoy cagado de miedo, el cuerpo me tiembla y siento un cosquilleo por todo el cuerpo que me pone fatal. Se oyen pasos a mi alrededor, así que deduzco que no estoy solo con el tipo que me sacó del coche.
Oigo cómo chirría una puerta al abrirse, después de quitar varios candados.
—Cuidado al bajar las escaleras, billa. No queremos que te pase nada… todavía— soltó Nathalie.
Respiré hondo, intentando aguantar las ganas de llorar, y empecé a bajar los escalones con cuidado, pero volvieron a tirar de la maldita cadena. Las muñecas me dolían horrores, las tenía hechas polvo… pero, ¿a quién coño le importaba? Cuando llegué al final de las escaleras, me hicieron caminar unos pasos más y luego ataron la cadena a algo. Nathalie me quitó la capucha negra y, mientras mis ojos se acostumbraban a la luz, me di cuenta de que estaba en una especie de sótano.
Olía a podrido, una cosa asquerosa. Las paredes estaban amarillas, desgastadas. En el suelo vi un colchón viejo, muy usado, y dos cuencos al lado, de esos que se usan para darle de comer a los perros. Había también una ventanita minúscula por la que apenas entraba luz. Mirando hacia las escaleras, vi la puerta abierta y un tío plantado en el umbral, vigilando.
Mis ojos pasaron de ese tío a los otros que estaban allí abajo conmigo: Brian, Nathalie y… ¿Ría?
—¿Te mola el sitio, billa?— preguntó Nathalie, obligándome a mirarla —Sé que no es una habitación de hotel de cinco estrellas, pero oye, para ti creo que está más que bien— dijo con ese tono de falsa amabilidad, cargado de burla —Mira, ¿ves ese colchón? Ahí vas a dormir. ¡Ah! Y esas tazas que hay en el suelo, ¿las viste?
Tragué saliva.
—Una es para la comida… y la otra para el agua.
Tenía que haberlo imaginado.
—Aunque tengo que decirte que esta habitación fue antes de Sandán, el perrihijo de Brian— se echó a reír, tapándose la boca con un par de dedos —Ese colchón era su camita y en esas tazas le ponían la comida— me entró el pánico al momento —Ten cuidado, no sea que te encuentres alguna garrapata por ahí. Ah, y no te preocupes, lavé las tazas antes de dejártelas aquí otra vez. Solo con agua, pero oye, menos da una piedra, ¿no?
—¿Qué es lo que quieres?— pregunté desesperado, intentando acercarme a ella, pero la cadena me frenó. Era demasiado corta —¿Qué quieres de mí, Nathalie?— sollozo.
Ella se relamió los labios con toda la calma del mundo. —¿Otra vez con las mismas preguntas? ¿No se te ocurre nada nuevo?
—¿Qué le habéis hecho a Tom? ¿Y a mis hijos?— ella sonrió, y eso solo hizo que la angustia me subiera aún más por el cuerpo —¡Dímelo, por favor!— supliqué.
—Ay, nene…— hizo una mueca con los labios —No soy tan hija de puta como para hacerle daño a esos niños tan preciosos, si es eso lo que te preocupa… Y sobre Tom, hmm… ¿qué puedo decirte? Seguramente ahora mismo está aterrizando en Alemania, hecho una mierda por culpa de su morenito…— se burla, poniendo morritos como si de verdad le diera pena —Mmm, qué lástima… Lo que él no sabe es que está cayendo derechito en nuestra trampa.
La miré sin entender nada. —¿A qué te refieres?— pregunté.
Ella miró a Brian.
—¿Tú qué dices, se lo cuento?— Brian se encogió de hombros, como si le diera igual —Bueno, qué más da… Total, va a estar aquí encerrado y no va a poder ir a contárselo a Tom— volvió a reírse —Verás, billa, todo esto ya estaba planeado. Cada mínimo detalle. Todo fue idea mía…
La miré fijamente, esperando que siguiera hablando. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y las muñecas me ardían por culpa de las cadenas.
—¿Te acuerdas de Frédéric, Billa?
—¿Qué pinta él en todo esto, Nathalie? ¡No entiendo nada!— exclamé, pero ella frunció el ceño y, sin previo aviso, me soltó una bofetada. Caí de lado sobre el colchón sucio, que apestaba a orina. El golpe me revolvió todo el pelo y la miré entre los mechones. Me sentía tan débil que ni fuerzas tenía para defenderme.
—No me vuelvas a gritar— ordenó, señalándome con el dedo. Después respiró hondo —Él tiene mucho que ver aquí, cielo. ¿Quieres saber por qué?— no respondí. Mi respiración era entrecortada —Te lo voy a contar todo. Vamos a retroceder cuatro años y medio… justo al día siguiente de tu cumpleaños número quince. Sabes perfectamente lo que pasó ese día, ¿verdad?— seguía sin decir nada —¿Me lo recuerdas, por favor?
Me quedé en silencio, y ella soltó un suspiro.
—Contesta…— ordenó, extendiendo la mano hacia uno de los dos tipos desconocidos que estaban junto a Ría, que no paraba de mirar todo con una sonrisita burlona. El calvo le pasó un látigo.
—¿O prefieres que te lo saque a la fuerza?— dijo mientras movía el látigo, haciéndolo chasquear contra el suelo. Me sobresalté al instante…
—Me… me dijiste que… q-que él te buscó y… y que te b-be-besó— le contesto, recordando perfectamente aquel día. Y de una forma u otra, ya intuía hacia dónde iba todo esto, pero no del todo.
—Exacto. Me lo encontré en el campus del insti y pasó… fue el mejor día de mi vida. También te lo conté, ¿verdad?— asentí con la cabeza —Bueno, para no enrollarme mucho, porque recordar a ese capullo me revuelve el estómago y me pone de mala hostia, te diré que días después me acosté con él. ¿Adivina por qué, billa?— apreté los labios —Ese gilipollas me comió la oreja diciéndome que yo era su complemento, que él era el mío… y yo, de pringada enamorada, caí de lleno. Nos fuimos a un hotel y bueno… Lo que pasó después es una de las razones por las que te he guardado tanto rencor durante todo este tiempo, Billa.
Ella se relamió los labios y acarició el látigo con los dedos de una forma que me heló la sangre. Un escalofrío me recorrió entero. No podía dejar de preguntarme qué coño pensaba hacer con eso.
—Pensé que por fin podría tener algo con él, porque estaba completamente ciega por amor y era lo que más deseaba, pero… justo cuando se corrió dentro de mí, se levantó, se subió los pantalones y me soltó un «ha estado bien la follada» y se piró. Así, tal cual— dijo —Yo en ese momento no me lo tomé tan a pecho. Al día siguiente me acerqué toda ilusionada y le pregunté si nos volveríamos a ver y, ¿sabes qué hizo, Billa? Se echó a reír. Me dijo que él no repetía plato.
Joder. Nunca me había contado eso. ¿Así que por eso, de un día para otro, dejó de mirarle con amor y empezó a hacerlo con asco?
—Estaban sus colegas ahí, y todos ellos se descojonaron de mí. Aun así, le dije que pensé que había sido algo especial para los dos… otra excusa más para que se rieran— su expresión cambió, se volvió seria —Me dijo que bajara de la nube, que jamás se fijaría en alguien como yo, que solo me había hecho el favor de cogerme porque tú— me señala otra vez, esta vez con el látigo —lo habías rechazado. ¡Y encima le dijiste que yo estaba colgada por él! Me sentí usada, herida, ¡humillada!
—No se lo conté con mala intención…— intenté decirle, las palabras se me atragantaban —S-solo quería ayudarte…
—¿Ayudarme? ¿O salir del marrón?— pregunta, cruzándose de brazos —No sabías cómo mandarle a la mierda y soltaste algo que te confié solo a ti…
—Yo…
—¡Cállate!— grita, azotando el látigo contra el suelo —No quiero escucharte. ¡Así que cierra esa puta boca!— exclama —¿Y sabes qué es lo más gracioso de todo esto, Billa?— dice Nathalie, apoyándose contra la pared asquerosa del sitio donde me tiene encerrado —Que tú, con tu cara de angelito y esos discursitos de «eres mi mejor amiga», siempre fuiste el blanco de mis peores pensamientos.
—¿De qué hablas…?— susurro.
Ella sonríe. Una sonrisa torcida, vacía.
—¿De qué hablo? ¿De verdad no lo pillas?— se inclina hacia mí —Tú eras el niño perfecto. Con los padres perfectos, la vida perfecta. Siempre tan mimado, tan brillante. Todos los profes te adoraban, tus notas eran de diez, tu ropa siempre impecable, tu forma de hablar… parecías sacado de un anuncio de esos de familia feliz.
Me mira fijamente.
—Nath, yo no tengo la culpa de lo que te pasó… No sabía que él te haría eso. Yo… yo no te hice nada.
—¿No? Yo creo que sí, Willem. Con solo existir ya me jodías la vida— suelta. Se ríe, pero con amargura —Y lo peor es que tú de verdad creías que yo era tu amiga. Siempre tan ingenuo. «Nath, eres como una hermana para mí». Qué puto asco.
Trago saliva. El nudo en la garganta me quema.
—¿Te acuerdas del insti? ¿Recuerdas cómo, de la noche a la mañana, las tías empezaron a reírse de ti? A mirarte raro, a llamarte cosas como «zorra», «roba-novios», «falso»— se cruza de brazos, disfrutando cada palabra que escupe —Fui yo. Yo me inventé todo eso. Fui yo quien dijo que te liabas con los novios de las demás, que fingías ser dulce solo para quitarles a los tíos. Y coló… Vaya que sí coló. Nadie dudó de nada. Porque eras demasiado perfecto y en este mundo, Bill, la perfección da por culo.
Se me llenan los ojos de lágrimas. Siempre pensé que todo aquello fue algo espontáneo, como una tontería de instituto… Nunca imaginé esto.
—¿Por qué?— la pregunta se me escapa en un susurro.
—Porque hasta Heidi, Gustav y Sara empezaron a verte como si fueras el puto sol. Tú eras el centro, Bill. Y yo… yo solo giraba a tu alrededor. Nadie quería a la Nathalie impulsiva, rebelde, la loca. Todos preferían al «hijito de mamá», al niño que ni se despeinaba.
Inspira hondo, como si se estuviera quitando un peso enorme de encima. Empieza a caminar de un lado a otro, soltando lo que llevaba años callando.
—Quería verte llorar. Hundido. Humillado. Pero pasaban los años y no había manera. Lo intenté todo, todo, Willem. ¿Sabes lo que es querer destruir a alguien y que esa persona siga brillando como si nada le hiciera daño?— su voz se quiebra un poco al final —Y cada día recordaba que, para Frédéric, tú fuiste su obsesión… y yo, solo el pasatiempo. Él quería vengarse contigo usando mi cuerpo.
Me revuelvo en el colchón, con un nudo en el estómago, al ver cómo sonríe de una forma enfermiza.
—Entonces pensé… si yo me sentí usada, como una mierda, tú también deberías saber lo que es eso. Lo que es que te toquen sin amor, sin deseo. Solo para satisfacer su necesidad de mierda. Pensé en devolvértelo. En regalarte tu propio infierno.
—¿Qué hiciste…?— mi voz apenas se oye, es temblorosa, rota.
—Contacté con Brian— dice, señalando al susodicho, que levanta la mano y me saluda con una sonrisa de cabrón grabada en la cara —Le pagué bien, no creas que fue barato. Planeé cada paso. Te invité a ese pub clandestino haciéndote creer que iba a pillar a Axel poniéndome los cuernos. Me aseguré de que nadie sospechara nada. Y cuando te dejé ahí solo, con ese montón de enfermos… ¡ay, Bill!— se ríe como una loca —Estabas tan cagado… Vi cómo te manoseaban todos esos tíos mientras intentabas escaparte. Yo me lo estaba pasando de puta madre. Pensé que ibas a caer. Que te ibas a romper. Que vería cómo te arrancaban la dignidad a tiras…
Se calla de golpe. Aprieta la mandíbula con rabia.
—Pero no. ¡No!— grita —¡Tenía que aparecer él! ¡Tom! Como el puto héroe que llega justo antes del final para salvar a la princesa. Lo jodió todo. ¡Todo mi esfuerzo! Y aun así, ¿sabes qué? No me rendí. Este sitio… esta cadena, este pestazo a orina, esa taza asquerosa… esto, Billa, esto es tu trono ahora. Esta es la vida que te mereces, la del perro que siempre fuiste.
No digo nada. Me tiembla todo el cuerpo.
—No quiero matarte, Bill— dice de repente, y se me hiela la sangre —Quiero verte caer poco a poco. Ver cómo se te apaga la mirada. Cómo pierdes la fe. Cómo Tom deja de buscarte. Cómo tus hijos crecen y se olvidan de ti. Cómo te das cuenta, por fin, de que esta vez no va a venir nadie a salvarte.
—Nathalie, no…
Ella me mira en silencio durante unos segundos, con una sonrisa que no le llega a los ojos. Luego se agacha un poco, quedándose a mi altura, como si fuera a contarme un secreto al oído.
—¿Y quieres saber por qué Tom no va a venir a salvarte, colega?— pregunta en un susurro cargado de veneno.
Trago saliva. El corazón me va a mil, pero no suelto ni una palabra.
—Porque te mentí, y me salió de puta madre— su mirada se clava en la mía como si fueran cuchillas —Tus padres… esos que tú pensabas que se habían olvidado de ti, que habían tirado la toalla cuando huiste con Tom… nunca dejaron de buscarte.
Una punzada me atraviesa el pecho. —¿Qué…?
—Sí, cielo— dice con un tono de falsa ternura que me revuelve el estómago —Le denunciaron a Tom. Querían separarte de él desde el minuto uno, y lo sabes. Porque claro, para ellos, el chico con un pasado chungo y negocios turbios no era precisamente la mejor compañía para su niñito querido. Y tú pensando que ya todo estaba superado, que habías escapado… Pero no, Billa. Nunca se rindieron. Y gracias a mí, dieron justo con lo que necesitaban.
Empiezo a sentirme mareado. —Les… les dijiste dónde estábamos— susurro, con la voz rota.
—No directamente. Digamos que coloqué las piezas como debía. Y ahora, mientras tú estás aquí lloriqueando como un corderito, Tom viene camino de vuelta a Alemania… directo a una emboscada— abre los brazos como si celebrase algo —¡Todo planeado! Él cree que va a rescatarte, pero no tiene ni idea de que se está metiendo de lleno en la trampa que Brian y yo preparamos con esmero.
—No…— me cuesta respirar —No, Tom no… no puede…
—Oh, claro que puede— responde con esa voz suya, llena de malicia —Brian ya lo tiene todo listo: Interpol, policía, federales… ya sabes, sus contactos. Lo tienen todo bien montado. Quiere quitarlo del medio para quedarse con el control de la federación de tu noviete. Y dime, ¿quién mejor que Tom para ser el primer eliminado?
—Basta, no… ¡No le hagas esto, Nathalie!— le suplico —¡Por favor, ya basta!— miro a Brian —Déjale en paz…— rompo a llorar —¡Por Dios, no le hagáis daño!
Ría se echa a reír.
—Brian quiere ser el jefe— dice ella encogiéndose de hombros, como si nada.
—Y para eso, Tom tiene que desaparecer.— continúa Nathalie —¿Y qué mejor forma de hacerlo que con una denuncia oficial de tus papás? Una redada limpia. Sin tiros. Sin testigos. Y tú, Billa… tú eres el cebo perfecto.
Me quedo sin aire. Todo lo que creía que era verdad se está cayendo a pedazos. Mis padres… Tom… Todo fue manipulado por ella. Por ellos.
—Cuando pillen a Tom— continúa Nathalie con una voz dulce, casi cantarina —lo van a encerrar por muchos años. Y tú te vas a quedar aquí, en este colchón asqueroso, sabiendo que fuiste tú quien le llevó directo a la cárcel.
Las lágrimas me arden en los ojos. —¡No, Nathalie, no lo hagas! ¡Te lo ruego! ¡No le hagas daño, por favor!— la miro desesperado —¡No puedes hacerme esto, Nathalie! ¡No puedes!
Estoy destrozado. Las lágrimas me caen a borbotones y solo me queda gritar, suplicar, rogar.
Y ella… se ríe. Despacio. Con esa risa maliciosa que me hiela hasta los huesos.
—Quiero verte hecho polvo, Bill. Quiero que cada vez que cierres los ojos veas su cara… y sepas que fue por tu culpa que lo perdisteis todo.
—¡Estás como una puta cabra! ¡Por favor, para ya! ¡No hagas esto!— me revuelvo, intento zafarme de las cadenas tirando de ellas con desesperación, pero es inútil. En un intento por salir corriendo, me hago daño en los brazos —¡Por favor, no! ¡Te lo suplico, no!— Tom no puede acabar en la cárcel. No puede, no puede… Dios, ¿por qué está pasando esto? —¡No le delates!
Ella se incorpora y se sacude las manos como si hubiera tocado mierda. —Bienvenido a tu final feliz, cariño.
—¡Nathalie, no!
—Pasadme la manguera— ordena.
Brian asiente con la cabeza al mismo tipo que antes le dio el látigo. El tío se aleja, se va hasta una esquina del sótano y enciende una hidrolimpiadora industrial conectada a una manguera gorda y larga. El motor ruge y el ruido rebota por todas las paredes.
—¿Te suena ese ruidito, Billa?— pregunta mientras se acerca con la lanza metálica en la mano —Esto lanza agua a presión. Fría. Helada. Directa del depósito.
Tiro de la cadena con toda mi fuerza, desesperado. —¡No, Nathalie, no! ¡Por favor!
—Oh, venga ya… un baño no te va a matar— suelta Ría con una sonrisita cruel, justo antes de que Nathalie apriete el gatillo.
El zumbido del motor me sacude por dentro antes siquiera de sentir el primer chorro.
Y entonces me da.
Un chorro de agua helada me revienta el pecho con tal fuerza que me deja sin aire. El frío me atraviesa como si fueran agujas. Grito. Es como si me hubieran tirado a un cubo de hielo. Me da en los brazos, en el cuello, en la cara… me deja sin respiración.
—¡Basta! ¡Joder, basta ya!— chillo, encogiéndome contra la pared, temblando como una hoja —¡Me estás quemando! ¡Duele!
Pero no se detiene.
—¡Está congelada, hostia!— gimoteo, tirando de la cadena, los dientes me castañean sin control.
La piel me escuece, me pica como si me estuvieran clavando alfileres. Donde el agua me da directo siento calambres, descargas.
—¡Nathalie, basta! ¡Ya! ¡Que no aguanto más!
Me desplomo de rodillas, jadeando, el agua escurriéndome por la cara, el pelo chorreando, pegado a la frente. Estoy temblando tanto que todo el cuerpo me duele.
—¡Por favor…!— susurro, sollozando —No me hagas esto… ya no más… por favor…
Continúa…
Gracias por la visita. Vamos a darle ánimo a la autora con los comentarios 😉