
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo 17
Veo la cara de mi madre y esa expresión suya de cabreo leve mientras está con los brazos cruzados. Tom y yo llevamos menos de diez minutos aquí y, nada más cruzar la puerta, Heidi ha empezado con su sermoncito, que si patatín que si patatán, hasta que han tenido que irse a su cuarto a discutir, porque dice que ya está «hasta el moño» de que mi querido tío prefiera hacer cualquier cosa antes que estar con ella.
Obviamente, mi madre se ha mosqueado porque le he soltado que Tom fue a buscarme a un bar, que me había perdido. No era ni de coña la excusa que pensaba darle a ella ni a la bruja, pero en fin.
—Es que es de traca…— dice mi madre, y por el tono sé perfectamente que se está conteniendo de no soltarme un grito —Tom te mandó con su chófer, Bill. Ya sabía yo que te ibas a perder, porque es la primera vez que vienes aquí, ¡madre mía!… ¿Por qué le dijiste al chófer que se largara? ¿Y por qué narices me ha llegado una notificación de una transacción de no sé cuánta pasta hace unos minutos?— se pone las manos en la cintura, ¿y ahora qué coño le digo?
Joder. No me queda otra que hacerme el loco.
Suspiro —Ay, mamá…— me quejo, poniéndome en plan dramático y rodando los ojos —No empieces.
—No, no, nada de eso…— ahora sí que se ha cabreado de verdad, ya no se le ve ni medio tranquila —Mira lo que has liado— señala hacia las escaleras —Le pides a tu tío que vaya a por ti porque no sabes dónde estás, ¡y encima te metes en el único sitio «cercano» que no deberías! Que para colmo era un bar, ¿no podías meterte en una farmacia, o una pizzería, o yo qué sé, una cafetería? Pero no, tenía que ser un bar.
—¿Te crees que lo planeé? ¿Que le dije a Jona que me dejara en un bar porque me apetecía beber y hacer el cafre como cuando tenía quince?
Ella alza una ceja —¿Y no ha sido así?
—Mamá, por favor…— resoplo indignado —Ya he madurado, no tengo dieciséis años. Sí, vale, hago alguna que otra cosa que no debería, pero tampoco es que me vaya a quedar encerrado en mi cuarto todo el día leyendo o estudiando como haría cualquier empollón— le suelto —Además…— me miro las uñas con atención, para no cruzarme con su mirada, esa que me grita que no se cree ni media de lo que estoy diciendo —Tengo derecho a divertirme, a aprovechar mi juventud. Tengo dieciocho, hago lo que cualquiera de mi edad haría…
Ella niega con la cabeza.
—Pronto cumplo diecinueve, me voy a Londres a estudiar a la uni, y no voy a tener tiempo ni de respirar, seguramente llegaré tan molido que solo querré tirarme a la cama— bufé —Déjame disfrutar un poco estos pocos meses que me quedan, joder. Solo te pido eso. Ya no soy un crío, deja de estar siempre detrás de mí…
—Soy tu madre, y solo me preocupo— dice —No me molesta que hayas ido a un bar a beber, ya de ti no me espero otra cosa— abro la boca, indignado de verdad esta vez —Lo que me molesta es que ni siquiera llamaras para avisar, Bill. ¿Y si te hubiese pasado algo? Sé que ya no eres un niño, que no tengo que estar cuidando de ti para que no te tropieces y te des un golpe como antes, sé que eres un adulto y que decides por ti mismo, pero soy tu madre, cariño… y voy a velar por ti hasta el último día de mi vida.
Bufa, resignada.
—¿Sabes qué? Paso de seguir discutiendo— dice alzando las manos como quien se rinde —Pero al menos sé un poco consciente. Me preocupo por ti, joder, eres mi único hijo y no quiero que te pase nada. Avísame cuando vayas a salir o a dónde vas, al menos así si pasa algo sabré dónde buscarte…
—¿Qué me va a pasar, mamá?— pregunto tan tranquilo.
—Yo qué sé, el futuro es una caja de sorpresas— responde encogiéndose de hombros —Y hablando de todo un poco, ¿qué hiciste con el dinero que sacaste de la tarjeta?
—Vi a un sintecho por ahí y quise hacer una buena acción, a ver si Dios me deja entrar en el cielo cuando la palme— le digo —Aunque lo más probable es que no me sirva de mucho…
Ella se ríe —No llames a la gente de la calle «sintecho»— dice dándome un golpecito en el hombro —Son personas que no han tenido las mismas oportunidades que algunos, hay que tener respeto.
—No lo decía en plan borde…
—Lo sé, cielo. Pero si te escucha otro diciendo eso, el malo vas a ser tú— dice mientras se relame los labios —Me voy a la cama, que ya es tarde, ¿vale? Tú también vete a descansar.
—Vale… que descanses…
—Igualmente, bebé…— dice mientras sube las escaleras —Te quiero, ¿eh?
—Sí, yo también…
Ella sube y yo suelto un suspiro de alivio. He conseguido desviar el tema por completo, madre mía, soy un genio. Estoy orgulloso de mí mismo: además de guapo y sexy, tengo un don para mentir y cambiar de tema como nadie, que quede clarito.
Subo corriendo las escaleras hasta mi habitación y me quito la ropa del tirón para meterme en la ducha y darme un buen baño. Con la llamada de Heidi no nos dio tiempo a ducharnos después de echar el segundo polvo. Ella seguía llamando, pero Tom le colgaba sin más. Solo recordarlo me hace soltar una carcajada mientras abro la ducha. Heidi es tan ingenua… ojalá se quede así, por favor.
Abro el grifo y me meto debajo del chorro cuando el agua ya está caliente. Me lavo el cuerpo con un gel que huele como a bebé, y el pelo con uno de mis champús que huele a vainilla. Cuando termino, me enredo el cuerpo en el albornoz y el pelo en una toalla. Salgo de la ducha mirando mis uñas otra vez. Joder, ya se me ha saltado parte del esmalte. Tendré que volver a pintármelas. Lo malo es que no traje mis pintauñas… tendré que pillar uno algún día de estos antes de que se me vayan del todo. Igual me hago algo nuevo en el pelo. Ya va tocando un cambio de look. A lo mejor me pongo mechones blancos y me quito los rojos…
Y quizás un tatu nuevo, un piercing… o quién sabe…
—¿Te he dicho alguna vez lo guapo que estás sin todo ese maquillaje encima?— su voz me pilla completamente desprevenido, tanto que, del susto, pego un bote y acabo de culo en el suelo dándome un buen porrazo. Tom se levanta de la cama a toda prisa y viene a ayudarme a levantarme mientras se parte de risa. Por eso le lanzo una mirada asesina.
Cuando ya estoy de pie, le suelto un golpe en el pecho, y él suelta un «auch» mientras se frota donde le di con el puño.
—¿Eres tonto o qué? Me has pegado un susto de muerte…
—Perdona, y un respeto, que aunque no lo parezca sigo siendo tu tío, mocoso— me suelta en plan regañina, pero no le sale ni medio convincente.
Pongo los ojos en blanco y me voy directo al tocador a sacar el secador y enchufarlo. Me quito la toalla de la cabeza y dejo que el pelo me caiga en mechones gruesos, que aún está empapado.
—¿No se supone que tendrías que estar haciéndole la rosca a tu mujer?— le digo mientras enciendo el secador y empiezo a secarme el pelo.
—Hemos discutido, y después de soltarme de todo, se ha metido a la ducha— me dice —Ahora está muy ocupada.
—No debería ponerse así, digo yo… tengo entendido que estar alterada y esas cosas no son buenas para el bebé— comento —¿Ella no lo sabe?
—Oh, claro que lo sabe. Pero le da exactamente igual…
—Cada vez estoy más convencido de que Heidi se quedó embarazada solo para atarte y asegurarse de que no te le escapas— apago el secador y me doy la vuelta para mirarle —¿Fuiste cuidadoso cuando hablábamos? Igual se pensó que tenías a otra y… bueno, tú me entiendes, ¿no?
—Sí, sí te entiendo, pero no creo… ella no estaba en casa cuando me mandabas esos vídeos sin avisar… por suerte.
Alzo una ceja —Pero no te quejabas, ¿eh?
Él se ríe —¿Y cómo iba a quejarme? Era como ver porno, pero a la carta…
—Oye…— lo miro indignado —¿Me acabas de llamar puta?
—¿Qué? ¡No, joder! ¡Claro que no!
—Pues lo parece, ¿no? Las que se graban follando suelen ser putas…
—Sí, pero…
—Qué horror, me has llamado puta— niego con la cabeza mientras me desabrocho el albornoz y lo dejo caer por los hombros, quedándome completamente desnudo bajo su mirada —Eres muy borde, tío Tom. Muy, muy borde.
—¿Por qué haces esto?
—¿Hacer qué?— pregunto mientras me doy la vuelta y voy hacia el armario a sacar el pijama.
—Desnudarte.
—Ay, venga ya. Como si no me hubieras visto así antes de muchas maneras y posiciones…
—Ya, pero… ¿tienes idea de lo mucho que me pones?— pregunta, y yo ladeo la cabeza para mirarle con una sonrisita de lo más socarrona —Y no me mires así, chaval. Que por mí no hay problema, pero tú… no sé si aguantarías otra, después de que ya lo hicimos dos veces.
—¿Quieres ponerme a prueba?
—No. ¿En qué habíamos quedado?
Pongo los ojos en blanco —Vale…— suspiré y rebusqué en el cajón hasta encontrar una camiseta grande y ancha, me la pongo para taparme un poco, luego me giro y extiendo los brazos —¿Así te parece bien?
—Mucho mejor— dice, aunque le cuesta despegar los ojos de mis piernas, que siguen ahí, al aire y bien a la vista. Sacude la cabeza un poco y carraspea —Venía a decirte que le he soltado a Heidi que tengo que viajar por un proyecto nuevo y que voy a estar fuera una semana.
Sonrío como un idiota —¿Una semanita solo para mí?— pregunto con entusiasmo.
Él alza las cejas —¿Para quién más iba a ser?
Suelto un gritito ahogado, de la emoción. Estoy que me da algo —Eso es la hostia, de verdad. Esta noche duermo feliz, gracias a ti…
—Eso espero— dice mientras se acerca a mí con paso lento, muy seguro —Pero antes de irme…
Me agarra de las mejillas y me planta un beso que me deja seco. Feroz. Como si llevara demasiado tiempo aguantándose las ganas. Su boca se mueve contra la mía sin delicadeza, pero tampoco con violencia. Es una mezcla jodida de deseo y ternura desesperada. Me hace retroceder hasta que mi espalda choca con la cama y, sin darme un segundo para reaccionar, me empuja con su cuerpo y me tumba.
Se acomoda encima de mí, con una rodilla entre mis piernas, su peso, su calor, su aliento… todo él se vuelve insoportable y a la vez imprescindible.
Me besa como si me estuviera reclamando. Como si el mundo le diera igual y yo fuera lo único que quiere. Su lengua explora, se enreda con la mía, y yo me rindo, completamente. No puedo seguirle el ritmo, solo dejo que me lleve, que me arrastre con él.
Sus manos viajan, una se cuela bajo mi camiseta y me acaricia la piel con los dedos abiertos. Siento su palma caliente, subiendo lento por mi torso, tocándome con una mezcla de ansiedad y cuidado. Y justo cuando gimo bajito contra su boca, me aprieta el culo con una de esas manos grandes, haciéndome jadear.
Me muerde el labio inferior antes de separarse, solo un segundo, con la respiración agitada y los ojos oscuros. Me mira como si me viera por primera vez, pero ya me conociera de memoria. Luego vuelve a besarme, más lento, más suave, como si no quisiera que esto se acabara nunca.
Y yo solo me dejo besar porque me siento jodidamente perdido en él.
Y eso me asustó pero como me esta besando de esta manera tan buena mi mente no dejó espacio para pensar en que estoy sintiendo un cosquilleo horrible en mi estómago que no me deja respirar y me hace sentir nuevamente nervioso. Atontado.
—Buenas noches, bebé…— me dice contra mis labios y luego se levanta para salir de mi habitación y dejarme ahí en la cama con el pelo revuelto y una erección entre mis piernas.
Mierda, duele tanto que no puedo evitar acomodarme en la cama, desplazar mis dedos suavemente por mis labios mientras que la otra la meto debajo del camisón y toco mi entrepierna dura. Como no llevo ropa interior es más fácil levantar la camisa y comienzo a mover mi mano sobre mi falo con lentitud, como si pudiera engañar al cuerpo, como si eso pudiera calmar esta maldita necesidad que me dejó ardiendo.
Cierro los ojos.
Todavía siento sus labios en los míos. Su aliento. La forma en que sus dedos rozaron mi cintura cuando se inclinó para despedirse, como si no supiera el infierno en el que me dejaba. Como si no notara cómo me estaba quemando por dentro. Aumento el ritmo, apenas, y un gemido se me escapa. Bajo, ahogado.
Me muerdo los labios para no hacerlo más fuerte. Mi pecho sube y baja con violencia, la tela del camisón se enrosca en mi muñeca mientras mi mano sigue.
Pienso en él.
En cómo me mira, en cómo me llama «bebé» con esa voz ronca que me deja débil. En lo que haría si se diera la vuelta y me encontrara así, con las piernas separadas y la cara vuelta hacia la puerta, rogando por un poco más. —Tom…— susurro entre jadeos, la voz apenas me sale.
Mis caderas se arquean solas. Mis dedos aprietan mi pene más fuerte.
—Ah… joder…— me escapa con la respiración rota.
Y entonces llega. El maldito final. Crudo. Violento. Me dobla. Me muerde los músculos. Un gemido ronco, profundo, se me arranca de la garganta sin permiso. —Ahh… mierda, T-Tom…— mientras el calor me explota entre las piernas y todo mi cuerpo tiembla.
Caigo de espaldas en la cama, jadeando, con la mano manchada de mi semen, el pecho sudado, y la cara vuelta hacia la puerta cerrada. Y todo lo que puedo pensar es que, si él regresara ahora, me tendría completamente rendido de nuevo. Joder. Voy a tener que ducharme de nuevo.
—Joder, ¿qué coño me está pasando?— me digo a mí mismo mientras me recoloco el camisón y me siento en la cama con las piernas cruzadas, mirando a un punto fijo en el vacío —¿Por qué me siento así? Mierda…— gruño, pasándome una mano por la frente al notar una punzada en la cabeza que me avisa de que como me estrese, me va a doler.
Pero es que no lo puedo evitar. Solo ha sido un beso, normalmente me ponen, pero eso de sentir mariposas en el estómago… no recuerdo haber sentido algo así antes. No sé qué coño me está pasando, pero sea lo que sea, espero que se me pase pronto, porque no me mola nada.
Me dejo caer de espaldas en la cama, soltando un bufido de frustración con los brazos extendidos.
Necesito hablar de esto con Adrianne…
Continúa…
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Está increíble ❤, ¡gracias!. Espero con ansias la actualización 🔥.