Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 58

By Tom

Han pasado dos días desde que di aquellas órdenes a mis hombres. Dos días sin saber absolutamente nada de mi moreno, y esta mierda me está comiendo la cabeza. Me abruma. Llevo con unos dolores de cabeza de la hostia y dormir se me ha vuelto imposible.

He pasado la noche en vela, ya sea fumando mientras intento montar un plan decente para dar con Brian o mirando a mis hijos dormir, sonriendo mientras sueñan. La sonrisa de los dos me recuerda a esas tímidas que hacía mi moreno, y verlos me da una paz brutal… que luego se va a la mierda cuando caigo en que Willem no está conmigo. La ansiedad me está matando, necesito tenerlo a mi lado cuanto antes o siento que me voy a morir. No físicamente, sino por dentro.

Ahora mismo estoy en la terraza de la mansión de mis padres. Son las seis de la mañana y sí, no he pegado ojo en toda la noche, pero ¿qué más da? Tengo un cigarro entre los dedos, le pego una calada y suelto el humo despacio por la boca.

Me estoy preparando mentalmente para interrogar a los padres de Nathalie. Resulta que estaban de vacaciones en Maldivas, dándose la buena vida porque uno de los negocios del señor Hugo, el padre de la zorra de Nathalie, salió redondo, y estaba de celebración con su mujer Clarisse. No podía ir yo mismo hasta allí, no ahora, así que mandé a mis hombres a traerlos. En este momento están inconscientes y atados en el sótano… bueno, en el salón de tortura, donde más de uno se ha meado encima del susto.

No es la primera vez que hago cosas de este tipo, pero con los padres de Nathalie tengo que tener paciencia. No quiero cargármelos antes de tiempo; quiero que sean una advertencia para esa perra, pero también sé que hacerlo mal podría poner en riesgo la vida de mi amor.

—Deberías dejar de fumar tanto— me dice Travis detrás de mí. Paso de él y le doy otra calada al cigarro. —Oye, rata sucia, te hablo en serio.

—No jodas— murmuro con la voz áspera, mirando fijo a la nada. Travis se acomoda a mi lado, apoyado en el barandal con los brazos cruzados, sin quitarme los ojos de encima.

—¿Insomnio?— suena más a afirmación que a pregunta.

Suelto un suspiro. —Sí…— respondo —Lo intento, pero no puedo. Tengo una presión de la hostia en el pecho, como si Willem lo estuviera pasando mal. Es un mal presentimiento, tío. Tengo miedo de que le ocurra algo. Siento que me estoy tardando demasiado en encontrarlo y que, cuando lo haga, será tarde. No quiero pensarlo, pero no lo puedo evitar…

—Te entiendo— me dice, y sin avisar me quita el cigarro y le pega una calada él —Si sientes eso, es porque realmente lo está pasando mal.

—¿Por qué dices eso?— pregunto, notando cómo se me hace un nudo en la garganta.

Travis se queda callado un momento, fuma tranquilo y luego mira al suelo. —Porque cuando dos personas se aman de verdad, hay una conexión que no tiene explicación. No es magia, no es religión… es otra cosa.— se pasa la lengua por los labios, y yo le arrebato el cigarro para darle otra calada —Es como si tu alma estuviera pegada a la del otro, ¿sabes? Como si sintieras en tu cuerpo lo que el otro está viviendo, aunque esté a kilómetros.

Lo miro de reojo pero no digo nada, y él sigue.

—Hay una leyenda japonesa que lo cuenta.— dice —Según ellos, las personas destinadas a encontrarse están unidas por un hilo rojo invisible. No lo ves, pero existe. Lo llevas atado al meñique y va directo al dedo de la otra persona. Da igual si pasan los años, si os separáis, si todo se va a la mierda… ese hilo nunca se rompe. A veces se enreda, se tensa, se estira, pero siempre está ahí.

Vuelve a fumar y lo dice sin mirarme, como si hablara consigo mismo. Yo recuerdo haber oído algo así antes… creo que fue mi moreno quien me lo contó.

—Cuando uno está mal, el otro lo siente. Cuando uno llora, el otro se agobia sin entender por qué. Cuando uno corre peligro, el otro se retuerce por dentro como si le faltara el aire. Eso es lo que te está pasando ahora.

—¿Y tú cómo sabes tanta mierda?— musito, con apenas voz.

Él suelta una risita corta, sin gracia. —Me lo contó mi bella esposa en una cita, hace como dos años y medio.— hace una pausa, más larga esta vez, y yo me pregunto cómo cojones se acuerda de eso si Travis es malísimo para recordar cosas —Yo también he sentido esas cosas— me mira —Supongo que solo pasa con eso que llaman «alma gemela», hermanito. No sé si de verdad exista, pero ella está tan convencida de que sí que yo ya he acabado creyéndolo.

Cierro los ojos, con el corazón dándome hostias en el pecho. Esa presión sigue ahí.

—Si tú sientes que algo va mal… es porque algo va mal— dice Travis con voz firme, girándose hacia mí —No estás chalado. Esa conexión existe. Tú y Willem estáis más unidos de lo que crees.

—Entonces tengo que darme prisa— susurro —Tengo que llegar antes de que le pase algo o no me lo voy a perdonar nunca, Travis.

—Y vas a llegar— me asegura —Porque ese hilo, por muy jodido que esté, siempre te va a llevar hasta él.— musita, me quita el cigarro de nuevo, le da una última calada y lo tira al suelo, aplastándolo con la suela de sus botas —Ahora dejemos las leyendas y vamos al sótano. La vieja ya despertó y está alterada; Georg tuvo que amenazarla con cortarle la lengua si seguía gritando como loca.

—¿Y su marido?

—Cuando vine a avisarte estaba recuperando el sentido— dice —Tú me dices si vamos ahora o los dejas con la incertidumbre.

—No, vamos ya. No quiero perder el tiempo.

—Vale.— caminamos hacia la puerta corredera y entramos en la casa, bajando al primer piso. El sótano estaba debajo de las escaleras: hay otra puerta, bajando unas escaleras más, y luego una puerta de acero inoxidable, como las de un banco.

Uno de los guardias nos abre la puerta al vernos, girando la perilla con las dos manos como si fuera un timón, dejándonos pasar. Miro a Travis, me acomodo la camisa para parecer «presentable» y entro con él a mis espaldas.

La luz blanca los ilumina de golpe. Clarisse y Hugo, amarrados, amordazados, con la mirada desquiciada y sudando frío. Están completamente despiertos. La cara roja de tanto forcejear y los ojos abiertos como platos me dicen que ya saben que esto no es un juego. Mis hombres ya hicieron lo suyo; se encargaron de que no chillaran más mientras los acomodaban. Me gusta que sepan de una vez que aquí no se grita. Aquí se escucha. Se responde. Y si no… bueno, hay formas.

Camino hasta quedarme frente a ellos, con las manos detrás de la espalda. Me detengo y los observo unos segundos en silencio. Me gusta mirarles el miedo de cerca; a veces hablan más los ojos que la boca.

—Buenos días— digo con voz tranquila, casi amable, como si los viera en la iglesia un domingo. Ni una respuesta, lógico. No pueden hablar, pero los miro como si esperara que me devolvieran el saludo. —¿Descansasteis bien? Espero que sí. El viaje fue largo y ya sabéis cómo son mis chicos: rudos, pero eficaces— les digo.

Camino despacio alrededor de ellos, como un tiburón. Clarisse intenta moverse, pero las cuerdas están bien atadas. Hugo apenas respira por la nariz, tiene los ojos clavados en el suelo. Se hace el fuerte, pero le tiembla el cuello.

—Sé que esto parece un poco extremo— continúo —Pero si estuvierais en mi lugar, haríais lo mismo. Cuando alguien toca lo que es mío… yo no mando flores.— me acerco a Clarisse, me agacho y le acaricio la mejilla con el dorso de los dedos. Ella tiembla y cierra los ojos con fuerza. —Tranquila— susurro —No soy un animal. Si colaboráis, no tenéis nada que temer.

Me enderezo y le doy un golpecito con dos dedos en el hombro a Hugo. Él levanta la vista despacio.

—No os traje aquí para hacer de verdugos. Os traje porque quiero respuestas. Claras. Rápidas. Y sin rodeos— hago un gesto con la cabeza a uno de mis hombres —Quitadles la mordaza. Pero si gritan… les hacéis tragar los dientes.

—Jawohl— responde Dietrich con ese tono seco y militar que lo caracteriza cuando hace lo que le ordeno.

Ambos se mueven al instante. Dietrich se coloca detrás de Hugo y Heinrich detrás de Clarisse. Los dos son los hermanos mayores de Chantelle, los tres trillizos. Les quitan la cinta negra con movimientos firmes, casi bruscos. Clarisse suelta una bocanada de aire y empieza a jadear, los ojos abiertos como platos, buscando una explicación. Hugo solo respira profundo, tragando saliva con fuerza, como si cada segundo fuera una cuenta atrás hacia su ejecución.

—¿Qué… qué es esto?— balbucea Clarisse con voz temblorosa —¿Qué es este sitio? ¿Qué hacemos aquí? ¿Quiénes sois?— pregunta con desesperación —¡Por favor! ¡No hemos hecho nada!— grita ella, fuera de sí —¡No entendemos nada!

Hugo intenta hablar, con su viz grave y disimuladamente desesperada —Mira, no sé qué clase de broma enferma es esta, pero si es dinero lo que quieres, podemos arreglarlo. Tengo fondos, propiedades, cuentas en Suiza, lo que se te ocurra. Solo… suéltanos, por favor. No hagas nada de lo que luego te puedas arrepentir. No tienes que hacernos esto. Somos buena gente. Tenemos una hija, una familia…

Lo miro unos segundos sin expresión. Me acerco con calma, me agacho un poco para quedar a la altura de su mirada. Mi tono es tranquilo, casi amistoso. Por eso da todavía más miedo. —¿Dinero?— repito, con una sonrisa muy leve —¿De verdad crees que esto va de pasta?

Mis hombres se echan a reír, al igual que mi hermano. Les ha causado gracia y bueno, ¿a quien no?

Él traga saliva y no responde.

—¿Sabes qué es lo gracioso, señor Frank?— guardo silencio un segundo para que note mi mirada —Que pienses que tu dinero me puede comprar. ¿Tú sabes quién soy yo?— Clarisse solloza a su lado —A mí me sobra el dinero— digo despacio —El dinero no mueve mi mundo, lo controla, lo aplasta si hace falta. ¿Y tú vienes a decirme eso?— suelto una risa seca, nasal —No, señor. Aquí el que arregla las cosas soy yo.

Me enderezo y paseo la vista por la sala, las paredes manchadas, las herramientas… luego vuelvo a mirarlos.

—No estáis aquí por lo que tenéis, sino por lo que sabéis. Y no me importa si os parece injusto, ilegal o inhumano. Yo solo tengo una regla: cuando alguien toca a los míos, paga.— Clarisse intenta decir algo, pero Dietrich le apoya una mano en la nuca. Ella entiende y se calla —Vamos a hacerlo sencillo: yo hago las preguntas. Vosotros respondéis. Sin mentiras, sin rodeos. Si colaboráis, salís caminando. Si no…— me encogí de hombros —Bueno, siempre hay margen para la persuasión.

Arrastro una silla vacía hasta quedar frente a ellos. Me siento con total calma, cruzo una pierna sobre la otra y saco un cigarro de la cajetilla del bolsillo. Götz me acerca un mechero, lo enciendo y se lo devuelvo.

—Ahora sí— digo, soltando el humo con parsimonia —Hablemos de vuestra hija. Hablemos de Nathalie.— doy una calada larga y exhalo despacio, dejando que el silencio haga lo suyo. Me gusta verlos en este estado: incómodos, con el corazón latiendo a mil, sin tener ni idea de qué está pasando —Vamos al grano— digo finalmente —Vuestra hija, Nathalie… necesito saber todo lo que esté a su nombre.

Se miran, confundidos. Clarisse frunce el ceño.

—¿A su nombre? ¿A qué te refieres?— pregunta Hugo.

—Propiedades— respondo, directo —Casas, pisos, terrenos, cuentas bancarias. Todo. Quiero saber qué tiene ella y qué tenéis vosotros a nombre de ella que, eventualmente, vaya a ser suyo. No me hagáis repetirlo.

—¿Pero por qué?— pregunta Hugo, tenso —¿Qué tiene que ver mi hija con esto?

—Las preguntas las hago yo, ¿recuerdas?— le recuerdo, con una sonrisa que no llega a los ojos —Tú solo responde.

—Ella no… no tiene muchas propiedades a su nombre— balbucea Clarisse, todavía con voz temblorosa —Tiene un piso en Hamburgo, que le compramos cuando cumplió dieciocho, y la casa de vacaciones en Sylt, pero esa está a nombre mío y de Hugo, aunque planeábamos dejársela a ella. Legalmente todavía no es suya.

—¿Y empresas? ¿Acciones? ¿Sociedades fantasma?— insisto —¿Algún negocio que le hayáis regalado para esquivar impuestos? Sé cómo funciona vuestra gente.

Hugo aprieta los dientes. —Tiene un veinte por ciento de la inmobiliaria familiar. La pusimos como socia joven hace un año. Y hay una cuenta en Luxemburgo a su nombre, con fondos para invertir. Pero no tiene acceso total, necesita mi firma para mover grandes cantidades. No puede tocarla a su antojo.

—Interesante— murmuro, apoyando el codo en la rodilla y sujetando el cigarro —¿Y vehículos? ¿Yates? ¿Aviones privados?

—Un coche— responde Clarisse rápido —Un descapotable rojo. Nada más.

Asiento despacio, como anotando todo en la cabeza. —¿Y estáis seguros de que no hay nada más a su nombre? Ninguna propiedad fuera del país. Ningún fondo en paraísos fiscales.

—Te lo juramos— dice Hugo, con la voz rota —No entendemos nada. ¿Nathalie… está en problemas? ¿Ha hecho algo? No nos dice nada desde hace semanas. La última vez que hablamos dijo que se iba a Los Ángeles de vacaciones… ¿Se ha metido en algo?

Los miro fijamente. No parpadean. Clarisse exhala un sollozo. —¿Ha hecho algo, verdad?— insiste, más alterada —Dímelo, por favor. ¿Está bien?

Le doy una última calada al cigarro y lo aplasto contra el suelo con la suela de la bota.

—No es vuestro problema lo que haya hecho— espeto serio —Tampoco lo que le pase. Lo único que os pido es información. La verdad. Si mentís, lo sabré. Y si hacéis perder el tiempo a alguien como yo… creedme, el castigo no será simbólico.

—Por favor— dice Hugo, casi sin voz, suplicante —Te daremos lo que sea, lo que necesites. Pero no le hagas daño. Es nuestra hija…

Lo miro fijo. Travis suelta una risa nasal, divertido con la situación. Sí, es un psicópata; le mola ver el dolor y la desesperación de otros. Una parte de mí gritaría que su hija es una traidora, que tiene a mi amor encerrado y quién sabe qué le estará haciendo, pero me contengo. Esa información no es para ellos.

—Ella se buscó lo suyo— digo con calma —Vosotros solo tenéis que colaborar. Si hacéis eso… saldréis de aquí con vida.— me levanto despacio, la silla cruje al empujarla. —Tenéis cinco minutos para pensar si me estáis ocultando algo. Si lo hacéis, más os vale corregirlo antes de que se me acabe la paciencia.

Hago un gesto con la cabeza y Dietrich enciende una lámpara más, iluminando el rincón de los «recursos especiales». Clarisse suelta un pequeño grito ahogado. Hugo empieza a sudar aún más. Mi hermano, Georg y yo nos acercamos a la puerta.

—Cinco minutos. Nada más.

Y cierro tras de mí.

.

By Bill

No sé cuánto tiempo ha pasado. He perdido la noción entre hambre, frío y silencio. Me duele la espalda como si hubiera dormido sobre piedras. O ni eso… porque ni dormir he podido. Cada vez que cierro los ojos, el mínimo ruido me despierta. Anoche vi una maldita rata corretear de un lado a otro; la seguí solo porque la luz miserable que entra por la rendija me lo permitió. Me dieron náuseas. Y todavía me las dan.

Tengo unas ganas de vomitar que me queman la garganta. En esas asquerosas tazas para perros todavía están las sobras podridas que Nathalie vino a dejarme: huesos chupados, arroz pegajoso, un trozo de carne reseca y fría, y un hedor que ya no puedo ignorar. La otra taza tiene agua sucia, con partículas flotando, como si alguien hubiera lavado algo ahí antes de dármela.

Tengo hambre. Sed también. Pero no me atrevo a tocar esa mierda. Me repugna, me asquea. Nathalie no ha aparecido hoy y eso casi me parece un milagro.

Cada vez que viene es para reírse de mí, tirarme agua helada encima y recordarme que no soy más que su maldito experimento de mascota. La última vez me empapó sin piedad porque no me comporté «como debía», como un perro abandonado. Me gritó, me pateó la bandeja, me humilló. Desde entonces entendí que si me callo, obedezco y me arrastro, nada malo me pasará.

No quiero esto.

No quiero estar aquí.

Me duele todo.

Siento los ojos arder, como si tuviera fuego dentro, de tanto contener las lágrimas. Pero ya no puedo más. Las dejo caer. Apoyo la cabeza contra la pared húmeda y me encojo. Abrazo mis rodillas con fuerza, como si eso me fuera a salvar, como si pudiera esconderme dentro de mí mismo.

Sollozo bajito.

No quiero que me oigan, no quiero que ella vuelva. Pero ya no puedo más. Me estoy rompiendo. Me estoy muriendo por dentro y ni siquiera tengo fuerzas para gritar. Estoy solo en esta habitación de mierda hasta que escucho el chirrido oxidado de la puerta al abrirse. Me incorporo de golpe, el corazón me da un vuelco. Escucho pasos, los mismos tacones que he oído todo este tiempo. Por favor, que no sea Nathalie…

Por favor, por favor…

—Dios mío, no…— murmullo con voz temblorosa.

—Billa…— canturrea su voz de siempre. Cierro los ojos, aceptando que su visita no es para arrepentirse de tenerme aquí —¿Sabes qué hice hoy?— pregunta mientras se acerca con unas bolsas. Ría va detrás de ella, ambas con una sonrisa deslumbrante. Yo solo las observo, sin atreverme a abrir la boca —¡He ido de compras! Sabes que es lo que más me gusta en el mundo. Hace mucho que no salía…— hace una pequeña mueca —Hoy decidí darme ese gusto y compré un par de cositas.

Dos hombres bajan por las escaleras con una mesa, la dejan en medio del sótano y se marchan.

Nathalie pone las bolsas sobre la mesa y saca pinturas, pinceles, hojas blancas, tijeras, marcadores… Bajo la mirada al suelo, pensando en qué mierda hará con eso usando a mí como «modelo». Obviamente no pienso hacer nada, ni gritar ni resistirme; si lo hago, será peor.

—¿Recuerdas que de niños, cuando íbamos al parque, nos gustaba que nos pintaran la cara?— pregunta —¿Qué tal si recreamos eso pero solo contigo, eh? Será muy… muy divertido.

Mis ojos se llenan de lágrimas otra vez.

Continúa…

Gracias por la visita. Vamos a darle ánimo a la autora con los comentarios 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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