Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II

Capítulo 18

Tengo un cigarro encendido entre los dedos, al que le voy dando alguna calada de vez en cuando. Me he levantado pensativo, igual que me acosté anoche por lo que pasó con Tom. Y claro, sigo con la idea de contárselo a Adrianne rondándome la cabeza.

El móvil lo tengo apoyado sobre las piernas, me encuentro sentado en una tumbona al lado de la piscina. Llevo un short blanco cortito con una camiseta de tirantes a juego, me he puesto crema solar para no achicharrarme la piel y un sombrerito playero que apenas me tapa la cara del sol. Me quedo con la mirada fija en el agua, que se mueve porque un señor está recogiendo hojas y alguna porquería más. Lo hace tan lento que me pone de los nervios, me entran ganas de ir yo y hacerlo en un momento, pero al final prefiero quedarme tirado.

Suelto un suspiro y me llevo el cigarro a los labios, doy una calada, aguanto el humo unos segundos en los pulmones y luego lo suelto despacio por la boca entreabierta.

Anoche me sentí rarísimo. No paro de darle vueltas al beso y, cada vez que mi mente me pone otra vez en ese instante, vuelvo a sentir lo mismo que sentí entonces. Ese cosquilleo, la respiración entrecortada de los nervios. Intento calmarme respirando hondo y aguantando el aire, pero en vez de tranquilizarme parece que me acelera más. Me dejo caer de espaldas en la tumbona, mirando el cielo despejado, con nubes de formas curiosas y los rayos del sol que lo hacen todo más bonito. Por un segundo pienso en lo afortunado que soy de seguir vivo para disfrutar de estas pequeñas cosas que de crío me encantaba admirar.

Recuerdo lo que me gustaba mirar las estrellas, estirar los brazos como si pudiera tocarlas aunque estuvieran a años luz. Una vez le dije a mi madre que quería ser una estrella, que todo el mundo me mirase y me adorase igual que a ellas. Qué ingenuo era entonces…

Mi padre siempre ha hecho lo imposible por darme todos mis caprichos. Cada tontería que pedía, por pequeña que fuera, me la compraba. Eso a mi madre le ponía de los nervios. Le reprochaba que me malcriaba, que acabaría siendo un niño mimado y, vale, puede que sea caprichoso, pero ¿mimado? Nunca. Si lo pienso bien, mi relación con mi madre nunca ha sido buena. Puedo contar con los dedos de una mano los recuerdos «buenos» que tengo con ella. Como si no hubiésemos tenido nunca esa conexión típica entre madre e hijo.

No pasa un día sin que discutamos, siempre me recrimina cualquier cosa y como yo no me callo, acabamos en guerra. Recuerdo que, con quince o dieciséis años, llegué a desear que no fuera mi madre. Igual me pasé un poco, pero es que es tan agobiante… Quiere tenerme controlado, que viva bajo sus reglas, y yo no quiero eso. Quiero sentirme libre, hacer lo que me dé la gana sin que me venga con su cantinela de «eso lo estás haciendo mal».

Supongo que por eso me siento así, tan gilipollas, cuando estoy con mi tío. Con él sí puedo sentir esa libertad de hacer cosas que no están bien, pero que a mí me la suda.

Pienso en si debería llamar a mi mejor amiga y contarle todo esto o simplemente pasar. Pero no, tengo que contárselo. Ella también se pilló en su día de Andreas antes de que pasara lo que pasó, y nadie mejor que ella, que ya sabe lo que es «enamorarse», para explicarme un poco. Aunque claro, yo sé perfectamente que lo mío no es amor… no puede serlo.

Cojo el móvil mientras aprieto el cigarro entre los labios, busco su número para hacerle una videollamada y espero paciente a que descuelgue. Al quinto tono, justo cuando pensaba colgar y volver a intentarlo, me responde. Aparece dentro de la bañera, con el pelo húmedo cayéndole a mechones gruesos por la cara, la espuma cubriéndole el cuerpo hasta justo por debajo de las clavículas. Está comiendo uvas y sonriendo.

—¿Quién osa molestar mi momento zen?— dice, poniéndose en plan sultana.

Me echo a reír. —Oh, perdone su majestad— solté en plan burlón. Ella también se echó a reír, mordiendo una uva. —¿Qué tal tu vida, tía? ¿Algo emocionante que contarme?

Ella hace un gesto raro con los labios, como pensando. —Nada nuevo, Andreas se olvidó de mí. Sería poca cosa para él, supongo.

Yo pongo los ojos en blanco. —Siempre te lo dije, pero no me hacías ni puto caso porque «Bill no tiene corazón. Bill no ama. Bill no tiene derecho a opinar»— repetí con sorna, imitando lo que me decía antes mientras me lanzaba un cojín a la cara solo porque le soltaba que ese tío no le convenía —Pero bueno, da igual, no te ralles. Si te sirve de consuelo… tú eras demasiado papel higiénico para ese culo con diarrea crónica.

—¡Bill!— mi mejor amiga revienta en carcajadas, casi atragantándose con la uva que tenía en la boca mientras yo hablaba —¡Maldito gilipollas! ¿De dónde sacas tanta chorrada, eh?

—Oye…— frunzo el ceño, indignado —Intento consolarte.

—Ya, pues no se te da muy bien, colega—.suelta todavía riéndose. Tose un par de veces para calmarse, respira hondo y añade —Vale, ¿para qué me llamabas? Porque sé que no era para saber de mí, que te importo una mierda.

—¿Me estás llamando mal amigo, Adrianne?

—Oh, no, claro que no, mani— responde con sarcasmo.

Pongo los ojos en blanco, con una sonrisilla en la cara. —La verdad… sí, te llamaba por otra cosa. Y sí, tienes razón, no me importas lo suficiente como para perder mi tiempo preocupándome por ti, zorra— le espeté de coña.

Ella abre la boca indignada. —Mal amigo.

—¡Idiota!— rió suave —Tengo algo que contarte, mani, pero no sé si debería. Es una chorrada y… no sé ni cómo explicártelo.

—¿Sobre qué?

—Sobre…— me quedo callado unos segundos.

Una vocecita en mi cabeza me dice que cierre el pico, que me lo guarde y siga como si nada… pero no puedo. Necesito soltarlo, necesito desahogarme, y no hay nadie mejor que Adrianne. Es mi mejor amiga, mi cómplice en todas las locuras, la única con la que puedo ser brutalmente sincero sin miedo a que me juzgue… bueno, no demasiado. Confío en ella más que en nadie. Le cuento absolutamente todo, incluso las mierdas que me hacen parecer un desastre humano.

Y aunque ella esté como una cabra, con claros síntomas de estar ida de la olla, posiblemente esquizofrenia, paranoia, un poco de bipolaridad y, por si fuera poco, la manía de hablar sola y reírse de chistes que solo ella entiende, sé que me va a ayudar a darle sentido a este follón que tengo en la cabeza. Porque si alguien puede descifrar mi caos emocional, es ella… o al menos lo intentará, siempre y cuando no esté entretenida discutiendo con las voces que solo ella escucha.

Y ojo, lo digo desde el amor, ¿eh?, que no es hate…

—Sobre Tom y yo…— concluí.

Ella arquea una ceja. —¿Qué ha pasado?— pregunta, mordiéndose una uva y masticándola con una calma desesperante, como si estuviera en una telenovela y quisiera dejarme en ascuas a propósito.

Suelto un suspiro. —Antes quiero preguntarte algo, ¿vale?— ella asiente sin dejar de masticar.

—¿Cuándo… cuándo supiste que estabas pillada por Andreas?— le suelto, intentando sonar casual, aunque la curiosidad me está matando por dentro.

Ella frunce un poco el ceño. —¿Y a qué viene la…?

—Solo respóndeme, jodida cotilla— la corto, con impaciencia y una sonrisilla socarrona en la cara.

Ella se ríe de medio lado, disfrutando de que la presione. —Pues fue obvio… Me ponía fatal cuando estaba cerca. Fatal en el buen sentido, claro. Se me aceleraba el corazón como si hubiese corrido una maratón, me entraban las típicas mariposas en el estómago pero a lo bestia, me ponía nerviosa, torpe, hasta se me olvidaba hablar. Cuando me miraba, era como si todo lo demás desapareciera: la gente, el ruido, incluso mi sentido común. Solo quedábamos él y yo… y ese olor suyo que me dejaba atontada.— suspira, con cara de boba enamorada, como si se hubiera teletransportado a ese recuerdo, y luego carraspea para salir del trance —Lástima que lo jodió todo, el cabrón. Menuda cagada de paloma…— escupe con rabia, como si la frase le supiera amarga.

—Oh… ya, ya veo…

A mí no me pasa eso con Tom. O sea… bueno, sí, lo de los nervios y las mariposas, pero nada más. Solo cuando me llama «bebé» o «amor»… y anoche, con ese beso que me dio… cuando se suponía que lo único que tenía que provocarme eran ganas de follar. Sí, eso era. Solo sexo, nada más. Creo que lo estoy rallando demasiado. No significa nada. Qué tontería… He llamado a Adrianne para nada, y ahora tendré que inventarme una excusa por la pregunta, antes de que empiece a montarse su propia telenovela mental.

—¿Vas a decirme por qué me preguntaste eso?— mierda.

—Es que… anoche me pasó algo raro…

—¿Con Tom, verdad?— me suelta sin pestañear.

—Sí, tía, ¿con quién si no?

—Ay, qué genio tienes…— farfulla con sorna —Venga, dame más contexto, mani.

—Bueno…— resoplo, sintiendo cómo se me encoge el estómago —Me dio un beso y sentí… algo raro. Me puse nervioso, con un cosquilleo horrible en el estómago y una presión en el pecho que casi no me dejaba respirar. Como si me faltara el aire. Y… bueno… antes, cuando me llama «bebé», «cariño» y esas cosas… también me pongo nervioso.

Ella asiente despacio, como si estuviera analizando cada palabra al detalle, rollo detective en plena investigación. —Y pensaste que te estabas enamorando…

Frunzo el ceño. —¡No! ¿Cómo se te ocurre, Adrianne? Es mi tío, por Dios. Solo quería saber por qué me siento así.

—No tiene sentido.

—¿El qué?

—Que me hayas preguntado cómo supe que estaba enamorada de Andreas solo para justificar que se te revuelve todo cuando tu tío te dice cosas bonitas o te besa…

—Solo fue una simple pregunta, no tenía nada de especial, ¿eh?— miento, forzando una sonrisa que no me creo ni yo.

Ella niega con la cabeza, apretando los labios. —¿Te estás escuchando? Dime con qué fin me hiciste la pregunta.

Me quedo callado. No sé qué responder… o quizá sí, pero si lo digo en voz alta se vuelve real.

—Yo lo sé— dice ella, con ese tonito seguro que me saca de quicio, como si me estuviera leyendo la mente.

—¿Y qué es lo que sabes?— pregunto, intentando sonar desafiante, pero la voz me traiciona y me sale un poco más aguda de lo normal.

Adrianne se inclina hacia delante, apoyando los codos en los bordes de la bañera, con esa mirada que pone cuando va a soltar una bomba. —Que me preguntaste cómo supe que estaba enamorada porque…— alarga la frase a posta —Quieres saber si eso que sientes por Tom es lo mismo.

—¿Qué? ¡Ni de coña!— me río, pero suena tan falso que hasta a mí me incomoda —Adrianne, no seas ridícula.

—Ridícula no. Realista.— levanta una ceja —Mani, me conoces, yo no creo en las casualidades. No es «solo un beso» si luego te quedas dándole vueltas toda la noche, analizando cada detalle como un científico loco. No es «solo que te hable bonito» si cada vez que lo hace se te acelera el corazón.

—Eso no significa nada— le corto rápido, cruzándome de brazos como si así pudiera protegerme de lo que dice.

—Claro que significa. Y lo sabes.— sonríe de lado, pero no con burla, sino con esa seguridad insoportable que tiene cuando cree que ha clavado algo —Si no sintieras algo más por él, no estarías aquí, buscándome para que te diga que no estás chalao.

—No estoy chalao.

—No, mani. Estás enamorado. Y lo peor… es que no quieres admitirlo.

Me quedo callado. No puede tener razón. No la tiene. No pienso dársela. —Te equivocas— murmuro, bajando la mirada —No estoy enamorado de Tom.

Pero entonces me viene a la cabeza la imagen de su beso… y juro que esas mariposas que decía que no existían empiezan a revolotear como si me hubieran pillado con las manos en la masa. Adrianne suspira y se recuesta otra vez en la bañera, mirándome con preocupación. —Mira, mani… no quiero sonar como la mala del cuento, pero… esto puede acabar fatal.

—¿Fatal por qué?— pregunto, aunque en el fondo ya lo sé.

—Por todo.— levanta un dedo —Primero: es tu tío. Y por más que me guste el drama, eso es terreno peligroso.— levanta otro dedo —Segundo: vuestra relación se basa solo en sexo. Sí, ya sé que me dirás que te cuida, que a veces es hasta romántico, pero cuando quitas todo el envoltorio… lo que queda es eso.

Bajo la mirada, sin ganas de admitirlo.

—Tercero— suelta ella, sin piedad —Tom tiene novia. Y no cualquiera, sino una que está embarazada y encima es modelo.

Trago saliva. —Ya… lo sé.

—Entonces sabes que, si esto sigue, vas a salir herido. Porque él no la va a dejar. Y si la deja… ¿de verdad crees que no se os va a venir el mundo encima? Piensa en tu familia, en cómo reaccionarían si se enteran…

—No se van a enterar— respondo rápido, demasiado rápido.

—No puedes prometer eso, mani.— ahora habla más suave, pero firme —Mira, yo no te voy a juzgar, pero te lo advierto: esto puede acabar mal. Muy mal. Y cuando pase… no quiero verte hecho polvo.

Se me hace un nudo en la garganta. Parte de mí quiere decirle que exagera, que lo tengo todo bajo control… pero otra parte sabe que tiene razón. Y esa parte me acojona. La miro en la pantalla y, aunque cada palabra debería caerme como un jarro de agua fría, lo único que hago es encogerme de hombros. —Sí, sí… lo que digas.— hago un gesto con la mano, como espantando un mosquito —Estás dramatizando demasiado, Adrianne. No es para tanto.

Ella arquea una ceja. —¿No es para tanto?

—No.— me reclino en la tumbona —No me voy a enamorar de Tom. Punto. Todo lo demás… sobra.

—Mani…

—En serio, no es como lo pintas.— fuerzo una sonrisa —Él tiene su vida, yo la mía, y cuando estamos juntos… ya sabes, nos lo pasamos bien. No hay más.

Ella me observa en silencio, como si estuviera esperando a que yo mismo me contradiga.

—No pongas esa cara.— me río, aunque suena un poco forzado —Te agradezco que te preocupes, pero no voy a acabar hecho polvo ni llorando por las esquinas, ¿vale? Eso no va conmigo. Yo no lloro por nadie, lloran por mí, que es distinto.

Adrianne suspira, pero no insiste. —Está bien… si tú lo dices.

—Lo digo.— sonrío, satisfecho por cerrar el tema.

Ella asiente despacio y se mete otra uva en la boca, pero sé perfectamente que no me cree ni un poco. Y aunque yo no le voy a dar la razón, sus palabras siguen ahí, como un eco molesto en el fondo de mi cabeza…

Un eco que prefiero ignorar.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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