Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II

Capítulo 22

En cuanto salimos del hotel nos pegamos casi veinte minutos caminando hasta llegar al parque central de Los Ángeles que, joder, estaba precioso. El césped bien cortado, los puestecillos de comida, los críos corriendo con los brazos abiertos como si fueran aviones, las burbujas flotando por ahí que hacían las niñas. El canto de los pajarillos, parejitas compartiendo helado, chavales trotando con los cascos puestos, gente paseando al perro. Un ambientazo, vaya. Y encima el clima estaba perfecto, ni frío ni calor…

El sol brillaba un montón, y las nubes tenían formas de flipar. No sé por qué estoy disfrutando tanto de esto, pero lo que más me gusta, y no tengo ni la más mínima idea del porqué, es que Tom me lleva la mano agarrada.

Vamos andando despacio y yo ni me había dado cuenta de que iba mirando a todos lados, fijándome en cada tontería con tal de ignorar el cosquilleo cabrón en el estómago. No sé… Tom va a mi lado, con los dedos entrelazados con los míos, gorra puesta y un cigarro en la boca al que solo le ha dado cuatro caladas y ya lo tiene medio consumido.

Respiro hondo, a ver si llenando los pulmones consigo calmar estos nervios de mierda. Lo odio. De verdad que lo odio. No quiero sentirme así. Igual debería ir a ver a una bruja que me dé un brebaje, porque un médico lo dudo mucho… No creo que tenga cura para estos síntomas emocionales que me están matando. Síntomas que no sé de dónde vienen, ni quiero saberlo.

—¿Sigue siendo el brownie tu helado favorito?— me suelta Tom, sacándome del debate interno con mis voces de la cabeza.

—Obvio, hay gustos que no cambian— le respondo con una sonrisilla estúpida que borro enseguida al darme cuenta —¿Pillamos helado y nos volvemos al hotel?— añado, intentando cambiar de tema poco a poco.

—Que no, hombre.— suelta una risita que me revuelve aún más el estómago, ese jodido hormigueo que parece que va a acabar en vómito —Pillamos helado, damos una vuelta por aquí y, si quieres, luego nos pasamos por un centro comercial donde hay una tienda de cosas esotéricas. Están guapas, igual algo te mola.

—¿Cosas esotéricas?— pregunto, frunciendo el ceño mientras le echo una mirada de reojo.

Tom suelta el humo del cigarro tan tranquilo, como si lo tuviera todo bajo control. —Collares, pulseras, piedras, cosas hechas a mano… también amuletos, atrapasueños y esas movidas— me dice con esa sonrisa sutil que no se le borra de los labios.

Levanto una ceja, sin pillar mucho. —¿Amuletos? ¿Tú compras esas cosas?— no me imagino a mi tío pillando mierdas hippies, sería demasiado raro.

—Qué va.— se ríe y me da un toquecillo en el hombro —Pero me mola mirar. Y oye, a ti igual te gusta algo.

No contesté, simplemente desvié la vista a la fuente del parque, donde unos niños tiraban monedas pidiendo deseos. Genial, ahora resulta que Tom quiere arrastrarme a una tienda de magia barata, con chismes espirituales que me parecen más timo que los anuncios cutres de la tele.

Respiro hondo otra vez, intentando calmar el puto cosquilleo. Pero nada, ahí seguía, jodiéndome, como si quisiera recordarme algo que no pienso aceptar.

—¿Y qué?— dije al final, intentando sonar indiferente —¿Habrá alguna bruja que te lea la suerte o las cartas en una bola de cristal mientras fuera caen rayos y truenos?

Tom se partió de risa. —Bebé, estamos en la vida real, no en una peli de Harry Potter— me suelta, dejándome la mano para pasar el brazo por mi cintura y pegarme contra él —Pero oye, puede que haya alguna gitana que nos lea las manos. Sería brutal y rarísimo…

—Yo no creo en esas cosas— digo con una mueca —Sería como creer en la Llorona y esas leyendas cutres que se inventan para asustar a los críos.

—¿Tú crees que lo de la Llorona es solo un cuento, amorcito?— mierda. Se me erizó la piel nada más escucharle decirme así. Patético, muy patético por mi parte.

—Sí.— respondí con toda la firmeza que pude, aunque la voz me tembló —Creeré en eso cuando lo vea con mis propios ojos.

Tom sonrió. —No digas eso, que como se te aparezca te cagas del susto.

—Ugh…— puse los ojos en blanco justo cuando llegamos al puestecillo de helados.

Un señor disfrazado de francés, con boina ladeada y un bigote ridículo, le entregaba un cucurucho de fresa a una niña. Ella lo cogió sonriendo, aunque todavía tenía los ojos rojos de tanto llorar. Estaba claro que le había montado la pataleta al padre hasta que se lo compró.

Me hizo gracia. Yo era igual, solo que más listo. Ni hacía falta llorar: con un pucherito bien hecho y mirada de cachorro, mi padre caía redondo. Siempre me daba lo que quería. Quizá por eso le quiero tanto… porque nunca supo el resto. Nunca supo todo lo que me callaba para no preocuparle.

Él no sabe lo que pasaba en la finca de mi abuela cada maldito diciembre en Alemania. No sabe que mis tíastras se ensañaban conmigo, que me usaban de saco de boxeo emocional para reírse, para hacerme sentir menos. Me inventaban motes horribles, les decían a mis primos que no me prestaran nada, escondían los juguetes antes de que yo llegara porque, según ellas, yo los rompía.

No sabe que mi tío David me miraba con asco y me llamaba «anoréxico» por estar flaco. Que Lilianne se burlaba de mi madre y decía que yo parecía niña por mi pelo largo, aunque apenas tenía ocho años. Que Sabine, la imbécil de Sabine, la que iba en silla de ruedas, siempre me soltaba indirectas y metáforas con veneno, dejándome claro que para ella yo era un cero a la izquierda.

No sabe que mis primos, a excepción de Gustav, se partían de risa haciéndome tropezar, poniéndome la zancadilla, o que una vez Chantelle y Ría me pegaron un chicle en el pelo solo por joder, y tuvieron que cortármelo. No sabe que más de una vez me escondí para llorar porque sentía que no encajaba, que sobraba en esa familia.

No sabe que lo único que me salvaba era mi abuela Charlotte, que me defendía como una fiera. O mis tías Nickole y Tamara, que a veces se quedaban conmigo para que no me sintiera del todo solo. No sabe que Tom, mi tío Tom, jugaba conmigo porque veía lo que me hacían los demás. Él fue el único que no me aislaba, el único que no me trataba como el maldito patito negro.

Mi padre no sabe nada… porque nunca estaba cuando pasaba. Cuando él estaba, ellos callaban, se ponían la careta de familia perfecta. Todo lo horrible ocurría en cuanto se cerraba la puerta del despacho donde él trabajaba con mi abuelo, o cuando salía de la casa. Nunca vio nada. Nunca me vio corriendo a esconderme, ni tragándome las lágrimas para que no me castigaran por quejarme.

Y yo tampoco se lo contaba. No porque no confiara en él, sino porque mi madre me tapaba la boca antes. Me decía que no fuera con cuentos, que si me molestaban era porque yo algo había hecho, que dejara de llorar. Me amenazaba con que si mi padre se enteraba, ella misma me castigaría. Así que me callaba. Me lo tragaba todo. Guardaba cada palabra como piedras en el estómago y fingía que estaba bien.

Mi padre no sabe que crecí sintiéndome solo en la familia de mi madre. Que aprendí a tragar insultos, risas y humillaciones en silencio. Que por mucho que él me quisiera, por mucho que siempre me diera lo que pedía, nunca supo el precio que yo pagaba cuando no estaba delante.

Y claro, ahora todo eso me ha dejado huella. Esa es la razón por la que soy como soy con ellos: frío, borde, hiriente si puedo. No los aguanto, me caen mal en todos los niveles y hasta me cuesta respirar el mismo aire cuando están cerca. Para mí no son familia, nunca lo fueron, y lo digo porque lo siento en lo más hondo.

Todo lo que me hicieron de crío dejó marcas, y aunque crecí, esas marcas no se borraron. Aprendí a ponerme una coraza, a que sus palabras reboten. Si me llaman mimado, les sonrío con desprecio; si intentan fastidiar, les devuelvo un comentario más venenoso. Prefiero ser ese Bill distante, duro, incluso cruel, antes que volver a ser el niño indefenso al que hundían.

Así aprendí: a base de desprecio, de aguantar en silencio, de tragarme todo el veneno, a volverme inmune a lo que dijeran o pensaran de mí.

Si mi padre se enterara de todo esto… no sé qué pasaría.

—¿Qué te pasa, bonito?— pregunta Tom, sacándome de golpe de mis pensamientos. Parpadeo aturdido y lo miro. —Llevo un rato diciéndote que si quieres otro sabor de helado además del brownie y no me contestas. Estabas ido, ¿te encuentras bien?

—Oh… ehm, sí.— carraspeé y tragué saliva. Estaba tan metido en mis recuerdos que ni me di cuenta de que me hablaba, y menos aún de que el heladero nos observaba con una sonrisa —Solo quiero brownie, ¿vale?— forcé una sonrisilla.

El heladero asintió, Tom frunció un poco el ceño y yo bajé la mirada al suelo. Sé que se dio cuenta de que algo me pasaba. Por eso, cuando el hombre nos entregó los cucuruchos, Tom me cogió de la mano y me llevó hasta un banco de cemento cercano. Nos sentamos, y me soltó la típica pregunta que ya sabía que llegaría. Y, como estaba demasiado sensible para ponerme la coraza de siempre, acabé contándole.

—Dime qué tienes…— me dijo —Sé que te pasa algo. ¿En qué pensabas?

—Cuando vi a esa niña… me recordé a mí con su edad— tendría seis o siete años —Mi padre me llevaba al parque todos los días después del cole. Me compraba lo que quisiera y yo ni tenía que esforzarme… y aún sigue siendo así.— solté una risita triste —Pero también recordé cómo me trataban Sabine, David y Lilianne cada diciembre en la finca de mi abuela o en su casa…

—Oh…— asintió despacio, entendiendo a qué me refería —¿Eso es lo que te ha puesto así, bebé?

—Sí… es que sigo sin pillar por qué siempre me apartaban— dije, mordiendo el helado sin ganas —Como si yo no fuera parte de la familia…

—Yo tampoco lo entiendo— contestó él —En esa época yo también era un crío, y cuando iba a reclamarle a Simone o a las otras, me soltaban que no me metiera. Mi madre me decía que tampoco lo entendía, pero que no te dejara solo.

—¿Entonces estabas conmigo porque la abue te lo pedía?

Tom sonrió y me apartó un mechón de pelo detrás de la oreja. Sus dedos bajaron rozándome la piel hasta engancharme la barbilla, obligándome a levantar la cabeza y mirarle. —Estaba contigo porque quería, no porque mi madre me lo mandara. Además, siempre entrabas a mi cuarto a tocar los cojones, saltando en la cama si estaba descansando, para despertarme y que te dejara el móvil. Porque si no, llorabas…

Lo decía con una sonrisilla socarrona. Abrí la boca indignado. —¡Oh, eso no es verdad!

—Sí lo es— me apretó las mejillas para que hiciera morritos y me movió la cabeza como si fuese un bebé de tres años adorable. Y bueno, sí, adorable soy, pero no un bebé… quizá un bebé de dieciocho, casi diecinueve años. Me soltó despacio y se rió —Berreabas de escándalo cuando te decía que no.

—Para ya, que no es cierto.

—¿Crees que miento?

—Seguramente sí.

—¿Y por qué iba a hacerlo?

—Porque siempre te ha encantado hacerme cabrear.— le respondí, y él levantó las cejas, asintiendo como si me diera la razón. —¿Ves?

—Pero igual, lo que te cuento es verdad… hasta me obligabas a dibujarte cosillas para que las colorearas. Esos dibujos los tiene mi madre guardados en una caja en el sótano.— se relamió los labios, y yo le miré con ganas repentinas de plantarle un beso y que me devorara la boca ahí mismo… pero claro, había gente alrededor que podía reconocer a mi tío como el marido de la momia esquelética de la Heidi.

—Ese sótano siempre me dio mal rollo— dije rápido, más para distraerme que por otra cosa. Porque si abría la boca de verdad, capaz y se me escapaba alguna guarrada y jodíamos el momento. Y no quería. Tentación… tentación es lo que hay aquí, lo que late entre nosotros, aunque yo no lo admita. Nadie puede con la tentación; si no, Eva nunca habría desobedecido a Dios en el Edén, nunca habría mordido la dichosa manzana.

—A ti todo en la casa de mi madre te daba mal rollo— rió Tom —Siempre decías que veías a una bruja paseando de noche cuando salías de tu habitación a robarte las galletas que guardaba mi madre en el estante.

—Ah, pero eso sí era real…— le contesté con media sonrisa —Veía a Sabine todas las noches paseando en su silla de ruedas. Y con la nariz tan grande que tiene, ¿cómo no la iba a confundir con una bruja?

Hice con las manos el gesto de una nariz enorme. Tom se descojonó con eso, sobre todo cuando puse los ojos de una forma rarísima. —Oye…

—No, en serio…— me reí también, divertido —Pero al final igual me llevaba las galletas.

—Sí, porque yo te ayudaba.

—Siempre cómplices— dije con tono malvado, fingiendo perversidad, recordando cuando culpábamos de todo al pobre Gustav.

—Sí…— asintió, suspirando flojito —Siempre cómplices.— lo repitió, pero esta vez sus palabras tenían otro peso, y lo supe porque me miró directo a los ojos.

Y mierda… ahí fue cuando lo sentí. Como un calambrazo que me recorrió de pies a cabeza, clavándose en el pecho. O… quizá no era eso, tal vez fue el aire. Sí, el aire frío que entró justo en ese instante y me erizó la piel, a pesar del calor que hacía. Seguro que fue eso. Porque lo otro… lo otro no puede ser. No es lo que pienso.

No es lo que siento.

Yo no…

Simplemente no. Punto.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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