Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 67

Narrador Omnisciente

-Momentos antes-

Travis apretaba los dientes, tenia la mano clavada en el agujero sangrante del abdomen. Notaba el frío trepándole por la piel, pero no podía darse el lujo de desmayarse. No ahora. No con Tom tirado a unos metros, inconsciente, con su padre y los suyos cayendo como moscas igual que los del clan Nox.

Apenas se tenía en pie; la camisa empapada de sangre y la vista cada vez más borrosa. Sentía cómo la oscuridad le arañaba los párpados, pero sabía que si se dejaba caer ahí, se acababa todo. Con un esfuerzo que le arrancó un gruñido, sacó el móvil y, a duras penas, marcó a Matthew. Por suerte, tenían un plan B, y el universitario de medicina estaba apartado, pero llegaría en menos de cinco minutos en cuanto recibiera la llamada.

La pantalla se manchó de rojo con sus dedos temblorosos al deslizarse por la superficie.

—Vamos… contesta…— jadeó, y enseguida tosió con fuerza. Le faltaba el aire, y la herida en el hombro de Tom no paraba de sangrar. Tanta, que ya había un charco enorme bajo su cuerpo. Travis temblaba por la vida de su hermano, de su padre, y a la vez se sentía culpable por no haber podido hacer nada por Willem. Debió ponerse el chaleco antibalas, lo sabía, pero siempre ha sido muy orgulloso al igual que todos allí incluyendo a su padre.

Pensó que el objetivo era Tom y que si lo aseguraba a él se aseguraban todos.

Apuntó con el arma, pero falló. Quería acertar en Nathalie, pero la muy zorra se movía demasiado, y no podía arriesgarse a darle a Willem. No sabía ni qué coño le iba a decir a Tom si despertaba, en caso de que salieran vivos de aquello. Sus ojos se llenaron de lágrimas… nada había salido como lo planearon, y su padre también estaba malherido.

—¿Travis?— la voz de Matthew tronó al otro lado, sacándole de sus pensamientos.

—El plan A se fue a la mierda…— dijo con la voz rota —Activa el B. Ya.

Un segundo de silencio, y luego Matthew contestó: —Aguanta. Estoy llegando.

Travis soltó una risa amarga que se le apagó en un gemido. —No me jodas… date prisa…— susurró antes de que el móvil se le resbalara de la mano, cayendo al suelo empapado en sangre, y la inconsciencia se lo tragara.

Matthew pisó a fondo. Vio varios coches de la DEA pasar a toda leche en dirección al tiroteo y entendió que iban por el enfrentamiento entre clanes. Por suerte, estaba ya cerca del parking, justo como Travis le había contado. Tres minutos después, el chirrido de los neumáticos rompió el silencio tenso del lugar. El universitario apareció con varios hombres armados, que tenían la cara seria y los ojos repasando la carnicería nada más entrar.

—¡Joder…!— escupió al ver los cuerpos de Tom y Travis tirados, Gordon apenas respirando, y Georg y Andreas inconscientes a unos metros.

Se arrodilló junto a Tom, palpándole el cuello hasta notar un pulso débil.

—Sigue vivo…— murmuró con alivio, y luego levantó la voz, firme —¡Rápido, cargad al señor Gordon y a sus hijos! ¡Luego Georg y Andreas! ¡Vamos, coño!

Los hombres no perdieron ni un segundo. Uno levantó a Travis, ensangrentado, como si pesara una tonelada. Otro cargó con Gordon, y entre dos más arrastraron a Tom, con el chaleco acribillado a balazos.

—También traed a Ría— ordenó, señalando a la pelirroja tendida junto al cuerpo de Brian. Al último le había revisado antes, no había encontrado pulso ni respiración y lo dio por muerto. Pero en Brian aún quedaban signos, débiles, pero estaba vivo. —Algo me dice que a Tom le va a dar un vuelco al verla…

Matthew los guió hacia una salida lateral del parking: un portón oculto que daba a un túnel de servicio preparado para emergencias. Mientras bajaban por las escaleras, las sirenas ya sonaban encima, cada vez más cerca. Echó una última mirada atrás, el olor a pólvora todavía flotaba en el aire, y cerró la compuerta metálica tras ellos. Lograron escapar justo antes de que llegaran los agentes.

Lo que Matthew no sabía era qué coño había pasado realmente para que la DEA se metiera en medio de todo aquello.

&

Cuando la DEA entró de golpe en el sitio, ya no quedaba ni rastro del clan Trümper. Las botas retumbaban contra el suelo de hormigón, rápidas, sincronizadas, mientras avanzaban. Se metieron en el parking con las armas en alto y la mirada clavada en todo lo que pudiera moverse.

—¡Equipo uno, aseguraos de la entrada norte!— ordenó el jefe, un tío de mediana edad con la cara marcada por años de operativos. Iba con chaleco táctico y el pinganillo bien pegado a la oreja, moviéndose entre los cadáveres como un depredador que olfatea a su presa —¡Equipo dos, revisad cada esquina! Quiero un informe completo en cinco minutos.

Los agentes se desperdigaron. Algunos iluminaban los rincones oscuros con las linternas; otros giraban los cuerpos boca arriba, por si aún había alguien vivo.

—¡Este aún respira!— gritó uno desde el fondo.

El jefe se giró de inmediato. —¡Llamad una ambulancia, ya!— rugió, mientras otro agente ya pedía refuerzos médicos por radio.

En segundos, tres cuerpos con apenas un hilillo de vida, entre ellos Brian, fueron apartados a un lado, a la espera de los sanitarios. Los demás, decenas, estaban tiesos, la sangre seca pegada al suelo frío. El jefe, James Krüger, se quedó plantado en medio de aquella carnicería, echando un vistazo: balas incrustadas en las paredes, casquillos por todas partes, furgonetas hechos un colador. Apretó la mandíbula.

—¿Qué coño ha pasado aquí?

Un agente se acercó, sudando todavía. —Señor, parece que se liaron a tiros el clan Trümper y el clan de ese tipo con el que hicimos trato. Todo indica que la emboscada estaba planeada… pero algo se torció.

—¿Algo?— replicó el jefe, señalando el escenario de guerra —Esto ha sido una puta masacre.

El agente tragó saliva. —Brian, alias «el Zar», también está entre los inconscientes, jefe… Esto fue una guerra entre clanes y al parecer… quería vender a sus rivales para llevarse la victoria. Por eso contactó con la DEA.

Krüger chasqueó la lengua, cagándose en todo. —Sea como sea, hemos perdido la ocasión de pillar a los Trümper, joder.

La radio estalló en interferencias. —Aquí unidad cuatro, informando desde la carretera secundaria, cambio.

El jefe levantó el walkie. —Aquí comandante Krüger, adelante.

Unos segundos de ruido estático, y después la voz del agente: —Tenemos un coche en un barranco, señor. Parece que cayó hace poco… ha volcado varias veces.

Los que lo oyeron se quedaron en silencio. El jefe entornó los ojos, sin entender una mierda de lo que estaba pasando. —¿Causas?

—Todo apunta a que el conductor perdió el control a propósito— contestó el agente con voz grave —No sabemos si intentaba huir o escapar de la persecución. Disparamos varias veces, una bala le dio a una rueda, pero aun así no paró.

Krüger se pasó una mano por la cara, mirando el desastre que lo rodeaba y el vacío del aparcamiento. Aquello cuadraba con un caos mucho mayor del que esperaba. —Bien. Escuchad. Quiero que bajéis hasta ese coche. Revisad si queda alguien con vida y notificadme de inmediato quién iba dentro.

—Recibido, señor.

El jefe bajó el walkie y soltó un suspiro. Sus hombres seguían revisando cuerpos, algunos todavía jadeando, otros ya fríos. Los sanitarios empezaban a llegar en masa, alumbrando con linternas y corriendo con camillas plegables.

—Los Trümper se han esfumado…— murmuró, y luego levantó la vista hacia uno de los agentes —Pide las grabaciones de las cámaras de seguridad de aquí. Algo me dice que los de las furgonetas estaban metidos en todo esto e intentaron pirarse…

Lo dijo con precisión. Esa era la idea que se le había formado, pero necesitaba pruebas claras de que había sido así.

—Quiero también la info de esos coches— señaló varios todoterrenos negros, abiertos y acribillados, seguramente de alguno de los clanes —Las armas, pruebas de ADN, lo que sea. Con las grabaciones tendré lo que necesito… o eso espero.

—Señor, aquí unidad tres. Tenemos a un tío inconsciente en la entrada trasera…— informó otro agente por el Walkie-talkie, refiriéndose a Bach. Se agachó, comprobando otra vez que seguía respirando, y continuó por radio —Sus signos vitales son muy bajos.

—Ya he ordenado pedir asistencia médica, haz lo que puedas para que no pierda más sangre… Algo me dice que este chaval nos contará qué cojones pasó.

—Entendido, jefe.

&

El ruido del motor rompía el silencio de la carretera. Eran apenas las seis de la tarde y el cielo ya empezaba a oscurecer. Matthew llevaba una mano firme en el volante y con la otra, nervioso, jugueteaba con el móvil. Sabía que tenía que llevar a los chavales y al señor Gordon al hospital cuanto antes. Echó un vistazo rápido por el retrovisor: los cuerpos seguían inconscientes, apenas el leve subir y bajar del pecho confirmaba que seguían respirando.

No podía perder ni un minuto. Apretó el móvil en la mano y marcó un número de memoria, uno que jamás guardaba en contactos por seguridad.

—¿Sí?— contestó una voz grave, modulada, fría, de esas que reconocería en cualquier parte.

—Doctor Keller— soltó Matthew sin rodeos —Soy yo.

Hubo un silencio de apenas un par de segundos. —Espero que tengas una buena razón para llamarme a estas horas— respondió —Acabo de salir de una cirugía y en nada entro a otra.

Matthew tragó saliva, sin apartar la vista de la carretera. —Me temo que tendrá que dejárselo a otro, doctor. Porque le necesito ahora mismo. Llevo un par de ingresos… especiales. Quiero que todo esté listo cuando llegue.

El otro respiró más despacio, evaluando el peso de esas palabras. —¿En qué estado?

—Inconscientes por heridas de bala. Hubo un tiroteo… pero no pueden pasar por el protocolo normal. Usted sabe cómo funciona esto.

—¿Quién más lo sabe?

—Nadie importante— contestó Matthew —Sospecho que la DEA andaba metida, y si es así, no son tontos. Tarde o temprano revisarán cámaras, matrículas, movimientos. No tenemos margen de error.

—Ya os lo advertí a todos, incluso a Tom: no soy vuestro limpiador de mierda, Matthew— le cortó Keller. —Mi trabajo es mantenerlos con vida, no borrar vuestras huellas.

Matthew sonrió con sorna, aunque nadie lo viera. —Por eso lo llamo a usted, doctor. Porque sabe distinguir entre discreción y gilipolleces. Solo necesito lo de siempre: entrada trasera, sin papeles, sin nombres. Usted avisa al director, él mueve los hilos, y yo me encargo de que el resto desaparezca.

Se oyó un suspiro resignado al otro lado. —Treinta minutos. Entrada de servicio. Y escucha bien: no quiero sorpresas.

—No las habrá— respondió él, tajante.

—Bien. Una cosa más— añadió Keller, bajando la voz —Esta vez la tarifa se duplica. Si lo que traes levanta demasiadas sospechas, yo también me la juego.

Matthew apretó la mandíbula. El cabrón sabía aprovecharse del momento. —Está bien. Lo tendrá.

—Entonces, hasta en unos minutos— concluyó Keller, antes de colgar.

Matthew dejó caer el móvil en el salpicadero y soltó un largo suspiro. Miró de nuevo por el retrovisor: los cuerpos seguían inmóviles y los hombres que le habían ayudado a cargarlos se esforzaban en contener la sangre, apretando telas improvisadas contra las heridas.

—Aguantad…— murmuró para sí mismo, pisando más fuerte el acelerador —Ya casi estamos.

Los veinte minutos siguientes se le hicieron eternos. Las ruedas chirriaron al frenar frente a la entrada lateral del hospital privado. Había luces encendidas en esa zona y los mismos guardias de siempre, medio dormidos. En cuanto vieron quién era, apartaron la mirada y uno abrió la verja sin decir ni mu. El otro avisó por el walkie de que los «pacientes» habían llegado. Matthew bajó primero, echando un ojo alrededor.

Todo parecía tranquilo.

La puerta trasera, que casi siempre estaba cerrada, ahora estaba entornada. Se abrió de par en par y un par de camilleros salieron con prisas, empujando las camillas, listos para recoger a los heridos.

—¡Venga, rápido, bajadlos!— ordenó Matthew a los dos hombres que lo acompañaban.

Abrieron la parte trasera de la furgoneta. Allí estaban Gordon, Tom, Travis, Georg y Andreas. Todos inconscientes, pálidos, reventados por el cansancio y el humo de la pólvora. Los fueron sacando uno por uno, con cuidado pero sin perder tiempo, y los colocaban en las camillas para llevarlos dentro.

Las puertas se abrieron por última vez y apareció un médico con bata blanca y gesto serio. —¿Matthew?— preguntó en voz baja, mirando alrededor.

—Sí— respondió él, acercándose. Su voz sonaba seca, cortante —Ya sabes lo que toca.

El doctor asintió, sin inmutarse. Era un acuerdo de años: anonimato a cambio de dinero que siempre llegaba a tiempo. Aquí nadie preguntaba nombres ni historias; la única regla era mantener con vida a quien entrase por esa puerta.

—Necesito quirófanos separados y silencio absoluto— le soltó Matthew al doctor mientras avanzaban.

—Ya tengo a mi gente lista. Nadie de fuera se va a enterar— contestó el médico, abriendo la puerta metálica hacia la zona restringida.

Los heridos fueron tumbados en camillas. El personal del hospital, más que acostumbrado a estas movidas, no perdió ni un segundo en hacer preguntas: con guantes puestos, sueros conectados, y maniobras rápidas para estabilizarlos. Matthew se quedó mirando a Tom un instante; su pecho subía y bajaba apenas. Notó un alivio fugaz, pero se lo tragó al momento. No era hora de ponerse blando.

—Doctor… si alguno no lo cuenta, me lo dice al instante— le advirtió con un tono que más que petición sonaba a amenaza.

—Entendido— respondió el médico, sin sorprenderse lo más mínimo.

Matthew salió del hospital, encendió un cigarro y se apoyó en la pared exterior. La furgoneta seguía ahí, a oscuras, cargada de peligro. En cualquier momento la DEA podía seguir el rastro de las matrículas, sobre todo si ya habían revisado cámaras del aparcamiento.

No podía permitirse ese riesgo.

—Tú, conmigo— ordenó a uno de los suyos, señalando la furgoneta. Subieron los dos, y Matthew arrancó rumbo a las afueras de la ciudad, por una carretera secundaria sin farolas ni tráfico. El silencio era espeso, roto solo por el zumbido del motor. Matthew no soltaba el retrovisor, atento a cualquier luz sospechosa.

Cuando llegaron a un puente viejo y medio abandonado, paró en el arcén. Bajó, abrió la guantera y sacó un bidón de gasolina. El otro lo miraba sin decir ni mu.

—Aquí no puede quedar nada— dijo Matthew con frialdad, rociando el coche por dentro y por fuera. El hedor a gasolina se extendió en el aire. Sacó una cajetilla de cerillas, las mismas que usaba para encenderse los cigarros al no llevar mechero. Encendió una, la sostuvo un segundo entre los dedos mirando la llama bailar y murmuró: —Adiós a las pruebas.

Tiró la cerilla dentro.

El fuego se expandió en cuestión de segundos, devorando la furgoneta mientras el calor los obligaba a apartarse. Sus caras quedaban iluminadas por las llamas en mitad de la oscuridad. Matthew lo tenía asumido: siempre que había un tiroteo, un traslado de mercancía o un riesgo de que la poli oliese algo, se deshacían del coche. Era la forma de borrar huellas. Gordon siempre había sabido manejar esas situaciones.

Pero la duda le carcomía: ¿cómo coño había sabido la DEA del tiroteo? ¿Les estaban siguiendo de verdad, o iban detrás de alguien más? No lo sabía, y eso le tocaba las narices. Quizá debería haberle volado la cabeza a Brian, para asegurarse de que no volviera a levantarse. No le sintió pulso, pero tenía un mal presentimiento.

En fin… solo esperaba que a Ría la atendieran como tocaba, para que luego fuese Tom quien la liquidase.

—Vámonos— dijo al fin, echando a andar hasta la parada más cercana. Pillarían un autobús para volver al hospital y vigilar cómo evolucionaban los suyos.

El otro asintió. Nadie abrió la boca en todo el trayecto; el silencio era lo más seguro. Por suerte, un bus los dejó frente al hospital. Pasaron desapercibidos entre la gente, demasiado ocupada en sus asuntos como para fijarse en las manos manchadas de sangre del acompañante de Matthew.

Al regresar, el universitario entró otra vez por la puerta lateral. El doctor salió a recibirlo, con cara cansada tras horas sacando balas, cosiendo heridas y manteniendo a los suyos con vida.

—Todos están siendo atendidos— informó —Travis perdió mucha sangre, pero lo tenemos estabilizado. Tom tiene dos balas en el hombro, el chaleco le salvó de lo demás; si no, estaría muerto. Gordon sigue crítico… pero aún no está perdido.

Matthew asintió sin mostrar emoción. —Mantenedlos aislados. Nadie entra sin mi permiso.

—Así será— confirmó el médico.

Matthew encendió otro cigarro y soltó el humo despacio. Habían sobrevivido de milagro, pero lo jodido empezaba ahora: la DEA les pisaba los talones, y cualquier error los mandaba al hoyo. De momento, estaban vivos, que era lo que importaba. Ya verían luego cómo salir del marrón… seguramente Travis o el propio Gordon tendrían algún plan.

Le vino a la cabeza Bach. ¿Dónde coño estaba ese idiota? ¿Se habría asegurado de que Bill estuviese a salvo? Esperaba que sí, porque si no, iba a correr sangre. Y más conociendo a Tom, sabía de lo que era capaz… y a veces le acojonaba. Recordó cuando Travis le soltó que el plan A había fallado…

Aun así, quiso agarrarse a la esperanza de que Bach hubiese conseguido llevarse a Bill y esconderlo hasta que Tom se recuperara y fuese a por él.

El problema era que, a veces, lo que uno quiere que pase nunca ocurre… y acaba pasando justo lo que más temes.

Continúa…

Gracias por la visita. Vamos a darle ánimo a la autora con los comentarios 😉

por unicornlitz

Escritora del Fandom

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