
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo 25
Después de comer y ponernos otra vez en marcha, volvimos a la mansión. Bueno, primero llegó Tom, y claro, ahí estaba Heidi esperándole para montarle un pollo de los buenos. Empezaron a gritarse en pleno salón y acabaron encerrados en la habitación. Yo aparecí como quince minutos más tarde.
Por suerte tuve la pedazo de idea de comprarme unas latas de birra. Me tomé una, y con las otras dos me mojé un poco el pelo y el top de encaje para dar el pego, como si viniera de un bar o de una discoteca. Obviamente, mi madre me soltó la bronca, que si iba a hablar con mi padre, que eran ya las nueve y yo había salido por la mañana «supuestamente» a correr, y ahora volvía «borracho». Vamos, que según ella me había pasado el día entero en un bar haciendo el imbécil.
No repliqué porque era justo lo que quería que pensara: que había estado bebiendo. Incluso fingí ir un poco pedo y así mismo me piré a mi cuarto. En cuanto cerré la puerta me entró la risa floja, como cuando de crío hacía trastadas y nadie se enteraba. Esa noche me dormí enseguida, y como siempre, desperté con un dolor de culo horrible, que luego se me pasó al rato. Estaba deseando que llegara el viernes… y llegó. Tom empezaba su semana «fuera por trabajo»…
Y ahí estaba en ese momento, hablando con mi madre y con una enfermera que se quedaría cuidando de la bruja mientras él no estuviera.
—Si pasa cualquier cosa no dudéis en llamarme— dice, cerrando con broche de oro su teatrillo de «preocupación», porque vamos, es obvio que lo único que le interesa no es Heidi, sino el crío —Estaré pendiente de todo, ¿vale?
—Sí, señor Kaulitz— le responde la enfermera, Zoraya. Y sí, ya el nombre lo dice todo. No ha dejado de mirarle con descaro desde que entró. Tiene esa sonrisita de buscona que se le pone a cualquiera delante de un tío encantador, bueno, guapo, sexy y encima forrado. Vamos, que la he visto más de una vez en la cara de Adrianne. Heidi ni lo nota, porque está detrás de ella con los brazos cruzados y esa cara de cabreo permanente.
Cabreada con Tom, como siempre. Y mi madre, mejor ni hablar.
—Tom, no deberías haber aceptado ese curro, encima tan lejos— le suelta —Ya sé que te flipa lo que haces y todo ese rollo, pero aquí tienes a tu mujer embarazada, que te necesita. La familia va primero, siempre.
—Ya lo sé, Simone— responde Tom, con esa cara de estar hasta la coronilla —Intentaré volver antes.
—Pues más te vale, Tom— espeta Heidi, dándose unos pasos —Porque ya estoy harta de este rollo. Quedamos en que ibas a pedir vacaciones a tu jefe y resulta que te manda a Chicago— dice con ironía —Espero que estés aquí si me pasa algo…
Seguro que es capaz de hacerse daño ella misma para obligarle a volver. Vamos, de ella me espero cualquier telenovelón.
No tardaron mucho en despedirse. Sentí un nudo en el estómago al verlos besarse… bueno, al ver cómo Heidi le plantaba el beso, porque él ni se inmuta. Casi pongo cara de asco, pero me contuve. Ella se despidió de mi madre y, de rebote, de mí. Salió de la mansión y su chófer lo llevó al «aeropuerto». Eso sí, lo que no saben es que Tom pillaría luego un taxi directo al hotel en cuanto el chófer se pirara, y allí me estaría esperando.
Heidi se subió a su habitación a «descansar», agotada de tanto discutir con Tom, aunque eso se lo busca ella sola. Siempre montándole numeritos, sin dejarle ni respirar, pendiente de dónde está, qué hace y por qué. Vamos, que es tontísima.
Yo me fui a mi cuarto a arreglarme un poco. Me metí en la bañera con espuma, y ahora mismo estoy aquí, con una copa de champán en la mano, que le pedí a una de las chicas de servicio junto con la botella entera.
Estoy llamando a Adrianne porque necesito contarle las noticias jugosas. Voy a tener a Tom para mí solito una semana, o con suerte dos, si a la Heidi no le da por inventarse algún drama con el embarazo o lo que sea. Adrianne no me contestó a la primera, ni a la segunda; a la tercera me coge. Y cuando lo hace, está con un bikini púrpura muy mono, gafas de sol y un sombrerito para taparse del sol. La tía tenía la piel bronceada y aún mojada.
—¡Billie, cariño!— grita con una sonrisa enorme —Ay, ya te echaba de menos.
—Si hablamos hace nada, idiota— le suelto de coña por su exageración —Se te ve muy feliz, ¿qué ha pasado?— le pregunto con el ceño medio fruncido pero con una sonrisilla. A veces Adrianne me preocupa, toma decisiones que ni yo, estando loco, tomaría.
—Pues sí, me ha pasado algo, mani— me suelta —¿Adivina qué?
—Ese «adivina: no me gusta nada— respondo —Mejor suéltalo ya, zorrita.
—Bueno…— coge aire, se acomoda en una tumbona y se deja caer boca arriba, soltando un suspiro teatral —Andreas ha venido a buscarme.
Ya me sé este cuento, joder.
—Ha venido con la de siempre: que se arrepiente de lo que me hizo, que lo perdone, que la otra perra con la que estaba no me llega ni a los talones, que me quiere, que me echa de menos, que no soporta verme con otro…
Chasqueo la lengua. —Ya… ¿y qué pasó?
—Pues eso, mani, que me soltó el rollo y al final me pidió otra oportunidad.
—¿Otra?— pregunto flipando —Pero vamos a ver, le faltan cojones al idiota este para pedirte eso después de todas las que te ha hecho. Siempre viene con el mismo cuento y tú antes se lo tragabas. Menos mal que ahora ya no eres la misma y no vas a volver a caer.
Ella pone una cara de vergüenza que me da mala espina. Entrecierro los ojos.
—Porque no se lo creíste, ¿no?— pregunto, pero no responde —Adrianne…
—Le dije que lo pensaría.
—¡Pero tú eres tonta o qué!— estallo, con toda la impotencia encima —¡¿Cómo coño le dices eso?!
—No sabía qué contestarle, Billie…
—¿Ah, no? Pues haber probado con un «No, Andreas. Ya no quiero nada contigo. Vete, y si puedes, piérdete en un bosque».— me llevo la mano a la frente, desesperado —Si estuviera ahí te juro que te daba con un ladrillo en la cabeza, gilipollas. ¿No tienes amor propio o qué? Quiérete un poco, hostia, que ya me tienes hasta arriba con el mismo cuento…
—Es que sonaba sincero…
Gruño y me entran unas ganas tremendas de lanzar el móvil contra la pared, pero luego pienso: ¿qué culpa tiene mi pobre móvil de la gilipollez de mi amiga paloma, recogemigas, que no se valora y sigue pillada por un capullo que no la merece?
—Adrianne, siempre igual contigo— escupo con desprecio —Andreas te hace una marranada, lo mandas a la mierda, vienes y me lo cuentas, me haces cabrearme, insultarlo, desearle que le pase un camión por encima o que la cigüeña que lo trajo se lo lleve de vuelta… y, veinticuatro horas después, ahí estás otra vez, perdonándole.
—¡No lo he perdonado!— salta en un susurro —Bueno… todavía no.
—Te juro que te mato, Adrianne…
—Oye, que esta vez sí le noté la voz más sincera, te lo prometo.
—Eso mismo dijiste la última vez, cuando le pillaste en el móvil fotos de una fulana en pelotas y hasta vídeos porno que ella misma le grababa, y lo perdonaste— le recuerdo.
—Esos vídeos los bajó de una aplicación…
—Sí, claro. Y justo la tía gemía el nombre de Andreas…— la miro con sarcasmo, y ella me pone cara de «ya estamos otra vez» —No, no, si tienes razón, mujer. Fue pura casualidad.
—Bueno… yo le creo, Bill— espeta —Y esta será la última vez, lo juro.
—Que te lo crea tu madre— niego con la cabeza —No me entra en la cabeza que seas tan tonta. Estás igual que la gitana esa del otro día, os falta medio cerebro. Seguro que tienes uno como el de un pez… o ni eso.— me encojo de hombros —Pero bueno, haz lo que quieras, al final la cornuda eres tú, no yo.
—Aish, qué bruto eres…— pone los ojos en blanco —Mejor cambiemos de tema.
Yo asiento, porque como siga escuchando sus tonterías voy a acabar con dolor de cabeza.
—¿Para qué me llamabas? ¿Vas a contarme tus dramas emocionales con Tom?
—No digas gilipolleces— espeto —A diferencia de ti, yo no voy por ahí creyéndome las películas del amor. Te iba a contar algo, pero se me han ido las ganas. Se me ha esfumado como el humo.
—Ahora me vas a tener que soltarlo— dice, insistente —¿Qué pasó?
Resoplo. —Pues nada, que Tom ya se ha ido a ese viaje de curro en Chicago— le cuento. Ella sonríe como si se lo oliera —Ya estará llegando al aeropuerto…
—¿Y qué? ¿se va a volver después?
—En cuanto el chofer lo deje en el aeropuerto y se pire, Tom pillará un taxi y se irá directo al hotel— le digo con indiferencia. La emoción que tenía hace un rato se me ha ido a la mierda con la telenovela que me contó —Yo tengo que estar listo para cuando llegue.
—¿Y qué le vas a decir a tu madre?
—Que me voy a un carnaval— respondo —Así tengo la excusa perfecta para no volver hasta mañana por la mañana. Y mientras tanto, paso toda la noche con Tom…
—Tú tienes que estar reventado de tanto que os dais, ¿no?
La miro indignado. —¿Perdona?— suelto con escepticismo —Más reventada estarás tú, bonita. Lo tuyo ya no es un agujerito, es un pozo. Yo estoy normal, zorra. Muy normal, ¿eh?
Ella se parte de risa. —Sí, sí… lo que tú digas.— suelta, aún riéndose —Entonces vas a tener a Tom una semanita entera…
—Ajá… solo espero que la Heidi no lo joda todo.
—Ya ves… con lo pegajosa que dices que es, fijo que se inventa algo para obligar a Tom a volver con ella— comenta. Yo asiento, dándole la razón. —Sí… deberías estar prevenido.
—Voy a estar muy cerca de esa bruja, como dije que haría… la voy a tener bien checadita— le recordé. —Esa estúpida no va a arruinar mis planes, ni ahora ni nunca, primero me la quito de encima antes de que intente algo…
—Jumm…
—Por cierto…— carraspeo —Hace un par de días salí con Tom, me llevó a una tienda que ni me acuerdo cómo se llama, pero tenían cosas raras y bonitas. El caso es que había una gitana y me soltó unas cosas…
Ella abrió los ojos como niña a la que le cuentan una leyenda —¿Qué? ¿te leyó las manos? ¿O cómo es que hacen esas vainas?
—Sí, me agarró de la mano, me pasó los dedos por la palma y empezó a decirme un montón de cosas… casi todas ya se me olvidaron, pero me dijo que iba a llegar lejos, que sería el dueño de las empresas de mis papás. Que iba a sufrir, que perdería a alguien que quiero… que en mi familia hay secretos que voy a descubrir.
—¡Mierdo!— suelta, con «o» en vez de «a», seguro se lo pegó de algún k-drama de los que ve —¿En serio, mani? ¿Y le crees?
—Pues no sé… dijo que sufrí de niño y bueno… ¿cómo carajos supo eso? Aunque también pienso que igual me estaba mintiendo y que Tom fue el que le contó, porque parecía que se conocían desde hace mil— le digo —Hasta se saludaron como si fueran panas de toda la vida…
—¿Y te pusiste celosito?
—¿Eres tonta? Obvio no— le aclaro —Solo que pienso que esa señora capaz y me mintió.
—Humm… puede que sí, como puede que no— me responde.
—Ah…— me encogí de hombros. Me serví otra copa de champagne y me la tomé casi de un jalón. La verdad, recordar todo lo que esa vieja me dijo me puso los pelos de punta, o no sé, ni cómo explicar la sensación —Bueno, ya debo colgar, que me tengo que arreglar para ver a mi cangri.
—Vale, y Bill… bájale un poco a la obsesión con el sexo, pobre de tu culo, tenle consideración a esa zonita…
Frunzo el ceño —Búscate ayuda, Adrianne. Terapia es lo que necesitas.
—¡Tú necesitas terapia!
—Te hace falta Jesús en esa cabeza.
—Maldito infeliz— me río y cuelgo la llamada. Dejo el móvil al lado de la botella de champagne, vuelvo a llenar mi copa y esta vez bebo más despacio.
¿Será que lo que dijo esa señora fue verdad? No tengo cómo saberlo y, siendo sincero, tampoco quiero. Me soltó tantas cosas que me dejaron intranquilo, y esa inquietud, después de varios días, volvió pero más fuerte. Seguro me echó una maldición, debería buscar a alguien que me la quite antes de que se cumpla todo lo que dijo.
O capaz estoy exagerando…
Como sea.
Después de bañarme y echarme mis cremitas en la cara, fui a la habitación a buscar lo que me pondría, que ya lo tenía listo sobre la cama. A simple vista era normalito, pero en mí, obvio, espectacular. Me puse un crop top verde que dejaba ver la pretina Calvin Klein tanto del top como del bóxer de encaje. Sí, me gusta presumir sutil, pero sin que parezca tan descarado. Abajo, unos pantalones negros anchos, casi al ras del piso, con un cinturón lleno de argollas y cadenas que suenan cada vez que me muevo. Lo rematé con unas botas negras grandes, pesadas, que le dan toda la actitud al conjunto.
El pelo suelto, con ondas cayendo perfectas por mis hombros, brillando como siempre porque mi melena es mi mejor arma. Y sí, un poco de maquillaje, lo justo para resaltar mis ojazos y que nadie pueda dejar de verme. Toque final perfecto.
Me miro al espejo y, mierda… qué hermoso estoy. Y no, no es ego, es la verdad: soy el ser más hermoso que existe en este mundo. Punto. Que se callen los demás, porque aquí nadie llega a mi nivel.
De hecho, dan ganas de gritarle al mundo: «Mírenme y sufran, pobres mortales» mientras voy sentado en un trono cargado por mis primos-esclavos y todos hacen reverencia. Dios mío, qué bella imagen. Por un momento me imaginé dominando el mundo como villano de película… y ¿sabéis qué? hasta me gustó la idea.
Pero bueno, yo no compito: yo existo, y con eso ya gano. No es mi culpa ser la perfección hecha persona. Lo mío no es solo belleza: soy arte viviente. Más hermoso que Afrodita y que todos esos dioses juntos, aunque les arda.
Soy la calma antes del desastre… y el desastre también. ¡Ja!
Continúa…
Bill se me está saliendo de control, alv JAJAJAJAJA.
Bueno, aquí les dejo un edit de Chanel Oberlin JAJAJAJ ok no…