
Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II
Capítulo 26
Bajé de mi habitación por las escaleras como el rey que soy. Bueno… tampoco tanto. Llevaba la mirada pegada al móvil porque Evan no para de escribirme. Que si me echa de menos, que si tal… y yo, con mi labia, le hice creer que yo también le echo de menos. Aunque es mentira: si Evan no me habla, yo ni me acuerdo de que existe.
Soy un cabrón, lo sé, y me siento mal por eso, pero es que no lo puedo evitar. Con Tom el tiempo pasa de otra manera, como si todo lo demás dejara de existir: mi vida, lo que me rodea… todo. Evan me ha dado mucho en nuestra relación y me siento culpable de no poder devolverle lo mismo. Quizá nunca debería haberle alimentado la ilusión y haberle dejado las cosas claras desde el principio. Él cree que tiene una oportunidad conmigo, pero yo sé que jamás voy a quererlo como él me quiere a mí. Y eso me convierte en un cabrón insensible.
Dios… ¿cómo es que hasta ahora me pongo a reflexionar sobre esto? No es como si pudiera arrepentirme ya de lo que le estoy haciendo… tampoco es como si quisiera, la verdad.
«Bueno, me parece bien que te alimentes como debes, amor. No me gustaría saber que estás comiendo poco, como hacías antes.»
«Tampoco quiero que preocupes más a tu madre, y escríbeme… a veces siento que te olvidas de mí, eh.”
Me muerdo el labio y suelto un suspiro.
«Lo sé, no tengo problemas con la comida, así que tranqui. Y lo otro… no seas bobo, Evz. He estado liado, o yendo de un sitio a otro conociendo más de LA, y se me pasa escribirte, pero no me olvido de ti, amorcito.»
«Además, me mola que seas tú quien me escriba. Así me demuestras lo mucho que me quieres y piensas en mí. Porque piensas en mí, ¿verdad?»
—Bill, no mires el móvil mientras bajas las escaleras. Te vas a resbalar, caer y hacerte daño o algo peor— levanto la vista de la pantalla al oír la voz de mi madre y pongo los ojos en blanco. —¿Y a dónde vas tan arregladito, eh?
Le sonrío de lado —¿Estoy guapo, mamá?— pregunto, aunque ya sé la respuesta.
Ella sonríe y niega con la cabeza —No hay nadie más presumido que tú— dice. —Estás guapísimo, hijo mío, no hace falta que te lo diga… Pero, ¿vas a salir otra vez? No me digas que vas a volver al bar, Bill, y que llegarás otra vez medio borracho.— se cruza de brazos.
—Mamá…— pongo los ojos en blanco —Que ya no soy un crío, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo?
Ella resopla. —No hay manera contigo, intento cuidarte y pasas de mí…— niega con la cabeza —Anda, activa la ubicación por si pasa algo.
—Vale— le digo, activo la ubicación en el móvil y lo guardo en el bolsillo del pantalón. Evan no me ha contestado a los mensajes que le mandé hace un rato porque justo entraba a clase en la uni. Así que fijo no me responde hasta que salga. Me acerco a mi madre, que está al pie de las escaleras, y le dejo un beso en la mejilla. —Nos vemos luego.
—Cuídate— me suelta —Y por favor, no bebas demasiado.
—Que no voy al bar, mamá. Solo daré una vuelta hasta donde me lleven las piernas— le contesto —A ver si hago amigos.
—¿Amigos? Bill, anda con ojo…
Sonrío de medio lado. —Yo siempre ando con ojo, mamá. Y ahora, si me disculpas, me voy… quiero aprovechar todo el tiempo que tengo— la dejo ahí plantada y me encamino a la puerta. Necesito llegar al hotel, aunque Tom aún no me ha escrito para decirme si ya llegó. —¡Nos vemos!— canturreo.
Ella niega con la cabeza por detrás y se pone a subir las escaleras. Yo salgo de la mansión y espero a que abran el portón. Cada vez que veo a esos seguratas me da coraje; me acuerdo de cuando llegamos y casi nos piden sangre para una prueba de ADN. Menudos cabrones… menos mal que Tom lo arregló todo y ahora entro y salgo cuando me da la gana. Siempre que los miro les giro los ojos, por idiotas.
Fuera, pido un taxi y no tarda ni diez minutos en llegar. Subo y le digo al conductor la dirección del hotel. El coche arranca.
Llegamos en unos quince minutos, gracias al puñetero atasco que me quitó las ganas de todo. Da igual, entro en la habitación del hotel y respiro hondo. Necesito un whisky urgentemente. Me acerco al minibar, cojo la botellita, echo un par de hielos en el vaso y lo lleno. Primer trago: cierro los ojos con el sabor, me refresca la garganta al instante. Joder, sí que lo necesitaba.
—No deberías estar bebiendo a estas horas— escucho a mi espalda. Sonrío, me relamo los labios, me giro despacio con toda la sensualidad del mundo y me llevo otro trago. —Y encima llegas tarde— remata con tono serio, brazos cruzados y las cejas arqueadas.
—Lo siento, había un atasco horrible— respondo enseguida, acercándome a él. Sus ojos, como siempre, repasándome de arriba abajo con esos marrones que me matan. —¿Qué tal estoy?— pregunto. Él me clava la mirada y esboza una sonrisa inquisitiva. —Hoy me la he jugado vistiéndome de verde, ¿eh? No es un color que me entusiasme…
—Si te vistes de arcoíris igual estarías guapísimo— me suelta. Su mano me sube hasta la mejilla y me acaricia la piel despacito. No puedo evitar sonreír ante lo que ha dicho, aunque el corazón se me ha puesto a mil; aun así, paso de eso y me dejo llevar. —Incluso de amarillo…
Hago una mueca. —Ugh, yo creo que no.
—Venga ya… a ti todo te queda espectacular— dice, y acto seguido acerca su cara a la mía y me roba un beso lento, suave… distinto. Nuestras bocas se mueven despacio, con calma, como si el tiempo se hubiera parado solo para nosotros. Y la verdad… me encanta.
Un cosquilleo dulce me recorre la piel, desde la punta de los dedos hasta el pecho. Es raro, porque con Tom siempre había sido puro fuego, urgencia, deseo desbordado que lo arrasaba todo. Pero ahora… ahora es otro tipo de calor, más tibio, envolvente, que acaricia en vez de devorar.
Sus labios se mueven con paciencia, con ternura, y descubro que también hay placer en lo suave, en lo tranquilo. Cada roce me arranca un suspiro bajito, cada movimiento me enseña otra cara de lo que un beso puede ser. Es pasional, sí, pero no por las prisas, sino por la intensidad escondida en lo lento, en lo bien que se siente.
El beso se va haciendo más profundo cuando siento el roce húmedo de su lengua contra la mía, como pidiendo permiso, tentando. Y claro… cedo sin pensármelo. Nuestros labios se entreabren y la calidez se dispara, como un chispazo que me atraviesa de arriba abajo.
Su lengua juega con la mía con calma, acariciándola en un vaivén lento pero lleno de fuego. No hay prisas, no hay esa brusquedad que me dejaba sin aire otras veces… ahora me lo roba poquito a poco, de la manera más deliciosa.
Me descubro gozando cada roce, cada giro, esa forma de comerme sin violencia pero con toda la intensidad del mundo.
—Me mola que uses el colgante de cuarzo que te regalé— me dice contra los labios, apenas separados un par de milímetros para coger aire —No te lo quites nunca.
—Ni de coña— le respondo enseguida, mirándole a los ojos con una sonrisita —¿Quieres?— alzo mi vaso de old fashioned, lo meneo suavemente y el hielo choca entre sí. Tom sonríe con chulería, agarra el vaso, bebe un sorbo y luego me lo devuelve. Hago lo mismo y me aparto solo para dejarlo en la mesa baja. —¿Y qué hacemos hoy, mmm?
—Algo…— responde simplemente, y de repente lo noto abrazándome por detrás, sus manos posándose suaves en mi cintura —Como tardaste tanto en llegar, pedí algo para desayunar.
—¡Genial! Muero de hambre— le digo, dejándome girar entre sus brazos hasta quedar frente a él —¿Qué has pedido, eh?
—Ya lo verás, vete a la habitación…— me ordena. Tras un beso rápido en sus labios, me aparto y me meto en la habitación. Ahí me quito zapatos y calcetines, me subo a la cama con las piernas cruzadas y saco el móvil del bolsillo al notar que vibra. Es Evan.
«Lo sé, por eso no te reclamo nada, cariño. Deberías mandarme fotos cada vez que salgas, te echo un montón de menos.»
«Estoy a nada de salir de mi última clase, te hago videollamada en cuanto acabe.»
Iba a contestarle, pero justo en ese momento aparece Tom con una bandeja en brazos, medio hecha un cristo, pero cargada de cosas que me hacen sonreír en cuanto la veo. La deja sobre la cama y se sienta igual que yo. Encima descansan croissants doraditos, un par de mini tortitas que huelen a gloria, fresas rojas y brillantes en un vasito de plástico y, al lado, un frasco pequeño de Nutella con la tapa medio mal puesta. También hay dos vasos: leche fría para mí y café negro para él.
—Desayuno para el señorito mimado— dice con media sonrisa.
Dejo el móvil entre las sábanas, olvidándome por completo de que tengo que responder a Evan, y empiezo a curiosear todo como si fuera un banquete de lujo. Tom me da una fresa y yo la muerdo despacio, dejando que el jugo dulce me manche los labios. Yo flipo con las fresas, y él también le da un mordisco; así seguimos, desayunando sentados en la cama. Mientras tanto coge una tortita, la unta con un poco de miel y me la ofrece, como si estuviera alimentando a un niño caprichoso. Y yo… lo amé, tal cual.
No sé, me sentí bien… fue un momento bonito, de esos en los que solo le escuchaba hablar del proyecto que estaba preparando para más adelante. Que había usado eso como excusa para pedirle a su jefe la semana de vacaciones, que en teoría era para cuidar de Heidi, pero al final la empleó en mí. Charlamos incluso de tonterías, de todo un poco.
—¿Tenías colegas en la uni o qué?— le pregunto mientras unto el dedo en la Nutella y me lo llevo a la boca.
—Unos cuantos, pero había uno especial— me dice —Se llama Guido, es turista y no para quieto, siempre de un lado a otro. Tiene un hermano menor de tu edad…
—Oh… creo que me suena…— murmuro mirando al vacío. Cuando iba en diciembre a casa de mi abue o a la finca, Tom siempre estaba con colegas, ¿cómo no me iba a sonar? Había uno que a veces se sentaba con nosotros en la cena navideña…
—Él te llamaba ratón, ¿lo has olvidado?— se ríe y yo frunzo el ceño. Pues claro, ¿cómo olvidar a ese capullo? —Por cómo corrías de Simone, tendrías seis o siete años, creo… te cabreabas cada vez que te llamaba así.
—Lo recuerdo… ojalá no se vuelva a cruzar en mi camino…— me cruzo de brazos —Era un auténtico imbécil…
—Le gustaba picarte— añade con una sonrisilla burlona —Porque inflabas las mejillas y le sacabas la lengua. Le hacía gracia.
Muerdo mi labio inferior para que no se me escape la risa y cojo aire antes de soltarlo en un suspiro. —Recuerdas demasiado bien todo eso, ¿eh? Mejor olvídalo.
—¿Y por qué haría eso?
—Porque es vergonzoso.
—No lo es.
—¡Que sí! Ya deja el tema— finjo estar mosqueado y él solo se ríe. Recoge la bandeja de la cama y la deja en la mesita de noche. Yo lo observo, mis ojos recorren su cuerpo y una sonrisa maliciosa se me dibuja justo cuando se vuelve a sentar y alza las cejas al ver mi expresión. —Tío Tom…
—¿Mmm?
—Estaba pensando en algo…
—¿Y qué será eso en lo que pensabas? Aunque con lo sucia que tienes la mente, no puede ser nada bueno…
—Oh, es muy bueno… pero en otro sentido— le aclaro —Pensaba en que antes sacaba la lengua como insulto, ahora lo hago para otra cosa… ¿adivinas para qué?
Él entrecierra los ojos, sonríe apenas con los labios entreabiertos y ladea un poco la cabeza mientras yo me relamo el labio inferior, lento, sin apartar mis ojos de los suyos.
—Creo que no hace falta que responda a eso, ¿o sí?
—No es obligatorio— gateo hasta acercarme más a él —Me basta con saber que sabes a lo que me refiero, Tommie— pongo cara de inocente y parpadeo exagerando con las pestañas —¿Sabes que me flipan las fresas con Nutella?
—Sí— responde, sin apartar la mirada y con esa sonrisilla traviesa.
—Bueno… pues quiero hacer algo que incluye Nutella— le digo, y él arquea una ceja sin borrar la sonrisa —Pero en vez de fresas quiero otra cosa.
—¿Ah, sí?— asiento despacio, con un pucherito en mis labios antojables.
—¿Y qué será esa otra cosa, bebé?
Adiós a los nervios, no van a arruinarme el momento ahora. —Tu pene…
La sonrisa que me dedicó fue la respuesta afirmativa que necesitaba y es que, no esperaba un «no». Tom nunca me niega algo que tenga que ver con sexo y aunque lo hiciera, tengo mis métodos para conseguir lo que deseo. Sonrío satisfecho, yo siempre obtengo lo que quiero, siempre…
Continúa…
Gracias por la visita, no te vayas sin comentar 😉