Fic TOLL de unicornlitz. Temporada II

Capítulo 30

Ese paseo a la playa fue lo más, lo mejor de lo mejor. Ojalá pudiera repetirlo, pero quedándonos un par de días en una de esas cabañas donde algunas parejas hacen su luna de miel. Uf, no sé cómo pierden el tiempo casándose… eso ya está pasado de moda. Ya no es tan romántico, y quizás nunca lo fue. Total, hay matrimonios que ni llegan al primer aniversario: señal de que son una mierda.

Aunque bueno, todo depende de cómo sea la persona a la que conoces, ¿no?

Tom y yo volvimos a nuestra habitación del hotel, pedimos algo de cena y ahora mismo estoy en la ducha, porque después de hacerlo en el mar, como tanto quise y pedí, nos quedamos ahí un rato más y hasta nos tiramos en la arena para ver el puñetero atardecer, que resultó más bonito de lo que me imaginaba. ¿La consecuencia? Pues que acabé con arena hasta en la cabeza. Me he lavado ya el pelo tres veces y si aún no se va, tendré que buscar un estilista.

Terminé de sacarme el jabón del cuerpo y cerré el grifo. Cogí el albornoz que colgaba del toallero redondo, me cubrí, lo até sin apretar ni hacer nudo y salí del baño tal cual.

Tom estaba sentado en la cama, con una toalla enrollada a la cintura. Cuando entré a ducharme, él se quedó hablando con su jefe de algo del trabajo, supongo, y por eso no se metió conmigo a la ducha. Me dio un poco de bajón, pero bueno, ya habrá más momentos, ¿no? En fin, ahora está texteando en el móvil. Seguro está hablando con Heidi, preguntándole cómo está. Y, efectivamente, no me equivoqué…

—Tommie, ¿qué haces?— pregunto con cuidado mientras me acerco a la cómoda al lado del tocador. Encima está mi ropa, la misma con la que llegué aquí, pero ni de coña me la pongo ahora. Pienso quedarme a dormir.

—Le escribo a Heidi— me confirma, y yo por dentro: lo sabía —Al menos que no piense que paso de ella, porque si no empieza con su drama.— dice esto mientras manda un último mensaje y deja el móvil de lado —¿Ya te vas?— pregunta, levantándose y acercándose a mí a pasos lentos.

—No— respondo, dándome la vuelta hasta quedarme frente a él. Sonrío —Necesito que me dejes una de tus camisas, porfi. No puedo dormir con esta ropa— le digo, señalando el conjunto con el que vine esta mañana —Voy a quedarme aquí esta noche y mañana me voy.

—Mmm…— asiente despacio —¿Tu madre no sospecha nada?

—Nah, le mandaré un mensaje diciéndole que estoy en un bar— le cuento, todavía con la sonrisa puesta.

La idea de quedarme y dormir con él me pone súper emocionado. Y no es para menos: desde niño me gustaba dormir a su lado, me sentía tranquilo cuando me abrazaba. Supongo que porque Tom siempre fue mi lugar seguro, al que iba cuando mis primos me hacían sentir mal. Siempre me consoló, incluso siendo un crío él también.

—¿No quieres?— le pregunto, aunque sé de sobra cuál es la respuesta. Pero me mola escuchárselo decir.

—Claro que quiero— responde, y luego se inclina y me da un beso en los labios que me explota en la cabeza y en el pecho. Joder. —Avísale, yo voy a ducharme.

—Vale.

Se aparta de mí después de regalarme esa sonrisita que me desarma y de rozarme la mejilla con una caricia tan suave que todavía la noto ardiendo en la piel. Suspiro, y no un suspiro cualquiera: uno de esos que salen del alma, torpe, incrédulo y medio atontado, y no puedo ni quiero disimularlo.

¿Por qué? ¿Por qué me pasa esto a mí? Joder, no lo entiendo. No debería estar pasando, no con él, no ahora.

Dentro de mí se desata una pelea: una voz grita que tengo que largarme, que salga corriendo antes de que esto se haga real, tangible, inevitable. Sé cómo suelen acabar estas cosas: parecen milagros y acaban siendo engaños; prometen cielos y te dejan ruinas. El amor duele, te arrastra y te deja vacío, cansado, hecho polvo. No quiero eso para mí. No quiero ese infierno. No quiero quedarme esperando el golpe.

Me repito mil veces que lo mejor es cortar aquí, admitir la derrota antes de empezar a jugar. Irme, cerrar los ojos y volver a mi vida sin él. Y aun así… no puedo. Algo me sujeta con cadenas invisibles: cada mirada suya, cada gesto, cada palabra con esa dulzura que parece improvisada me atan a él. Estoy preso de sus ojos, de ese brillo que hace que todo lo demás desaparezca; de su sonrisa, que es un veneno lento y dulce; de su risa, que se me queda pegada en la cabeza como una melodía que no puedo borrar.

Siento que si me aparto me muero un poco, no físicamente, sino por esa ausencia que pesa más que la muerte: la de su atención, su cercanía, su calor.

Y entonces veo la ironía: huyo del amor porque sé que duele, pero quedarme con él también duele, de otra forma, más sutil, como un fuego que arde despacio dentro. Lo peor es que, aunque sé que me va a consumir, no quiero apagarlo. Aunque sé que me romperá, no quiero volver a montar los trozos sin él. Estoy perdido, entre el miedo y el deseo, entre la certeza de que tengo que irme y la incapacidad de hacerlo. Él me ha encadenado sin proponérselo, y yo… yo le di la llave sin oponer resistencia.

Y entonces la verdad me golpea como una bofetada: ya es tarde. Da igual las excusas que me cuente, las veces que me diga que no debo, que no quiero, que el amor es una condena… ya estoy dentro. ¿Me he enamorado?

Mierda, no. Me odio por sentirlo. Me odio porque juré no dejar que me pasara; prometí blindar el corazón. ¿De qué sirvieron todas las murallas que levanté si con una sonrisa suya se vienen abajo? Me siento ridículo, débil, un peón en un juego que yo mismo empecé.

Quiero gritar, arrancarme esta sensación del pecho, pero no puedo. Está ahí, latiendo conmigo, creciendo cada segundo que pienso en él. Es frustrante porque no sé qué hacer: si quedarme y arriesgarme a sufrir, o largarme y cargar con la culpa de haber dejado atrás la única luz que me ha hecho sentir vivo en mucho tiempo. Las palabras de esa gitana me rondan la cabeza y me asustan: si eran verdad, estoy condenado a sufrir.

No puedo enamorarme, no debo, no puedo dar ese poder a nadie.

Pero ya lo tiene. Lo tiene todo.

Su voz se cuela en mis pensamientos incluso cuando intento olvidarlo; su recuerdo me persigue en la oscuridad, y cada vez que cierro los ojos lo único que veo es su cara.

Me siento atrapado en una contradicción absurda: no quiero amar, pero amo; no quiero depender, pero dependo; no quiero sufrir, pero ya sangro por dentro sin que nadie lo note. Y eso me cabrea, me desespera, porque yo no pedí esto, no lo busqué, y aun así me encontró, me arrastró y ahora no sé cómo escapar. Quizá no haya salida. Quizá solo me quede aceptar que ya he caído y que, aunque duela y me destruya, ya no soy dueño de lo que siento.

—¿Billie?— la voz de Tom me saca del oleaje en el que estaba metido. ¿Qué coño? ¿Cuánto tiempo he estado perdido en mis pensamientos? —¿Estás bien?

Levanto la vista y lo veo en boxers, mirándome fijo con algo de confusión y preocupación. Forzo una sonrisa. —Eh… ¿sí?— él arquea la ceja y aclaro la garganta al darme cuenta de lo chillona que sonó mi voz y de lo absurda de mi respuesta —Quiero decir… estoy bien, ¿por qué lo preguntas?

—Porque estabas ido… otra vez— dice —¿Seguro que estás bien? Si te pasa algo, dímelo, ¿vale?

—Claro— asiento, desviando la mirada —Estoy bien, solo pensaba.

—¿En qué?— pregunta suave.

—En…— coño, ¿qué excusa me invento ahora?

—En…— inquirió, entrecerrando los ojos, como dudando.

Tomé aire —En mi madre.— solté, fue lo primero que se me ocurrió al sentirme, prácticamente, acorralado bajo su hermosa y dura mirada. Mierda. Sí que estoy metido en un buen lío emocional.

Tom alzó las cejas, claramente sin creerse nada, y hasta se cruzó de brazos con esa seriedad que me recordó a mi padre cuando me pillaba en una mentira. Menos mal que con el tiempo aprendí a mantenerme tranquilo bajo presión y ahora me resulta fácil mentirle tanto a él como a mi madre. Así que sonrío como si nada.

—Sí, pensaba en qué decirle para poder quedarme aquí.— menciono con tono tranquilo, pero no puedo contener el temblor en mis manos —Porque si le digo que pienso quedarme en un bar, seguro que empieza con su drama de qué me puede pasar algo malo…

—Mhmm…— se mordió la mejilla por dentro, mirándome fijo, analizándome —Mientes.

—¿Qué? ¡Claro que no! ¿Por qué iba a hacer eso?

—Y encima sales con la típica pregunta de despiste— niega con la cabeza y empieza a acercarse lento, sin apartar la seriedad del rostro. Trago saliva. ¿Por qué demonios no me funciona mi método con él? —Yo también hacía lo mismo con mis padres cuando quería salirme con la mía. Y lo conseguía, ojo. Sé perfectamente cómo piensas porque alguna vez tuve tu edad… y tampoco es que esté tan viejo como para no darme cuenta, bebé.

—Sí, bueno… no te estoy mintiendo, Tommie— insisto, aunque suena flojo.

—Sí lo haces— espeta, ya peligrosamente cerca, hasta arrinconarme contra la cómoda con su cuerpo —Dime qué te pasa, Bill. Ahora.— su tono autoritario me atraviesa, mierda, que me estremecí. Soy un jodido adicto al sexo, eso es un problema. Todo en mi vida es un problema, mencionan mi nombre y ya es un problema, aunque no es mi culpa, ¡jo!

Lo miro con un leve temblor que intento disimular. Su porte dominante me encanta, pero no es momento de dejarme llevar por pensamientos de cachondeo, así que los espanto como quien aparta una mosca. —No me pasa nada— repito —Te lo juro, solo pensaba en qué decirle a mi madre.

—¿Y mientras piensas en una excusa pones cara de terror?— arquea una ceja —Porque tu expresión era… como de miedo.

—¡Obvio!— me río flojo, intentando relajar el ambiente —Miedo de no encontrar una buena mentira que colarle.— sigue sin creerme, hasta que añado —Es que ella tiene mi ubicación, ¿sabes? Si le digo que estoy en un bar, va a buscarme en el mapa para asegurarse de que estoy bien. ¿Y si ve que estoy en un hotel? ¿Qué le digo para que no se monte su película? Ella quiere mucho a Evan…

Su mirada se suaviza de golpe. Me contengo de sonreír: ¡lo conseguí!

—Ah, ya entiendo…— asiente —Pues dile que te has parado en un sitio y que al final te quedaste en un hotel, y punto.

—Se va a dar cuenta de que estoy cerca y no lejos. Este hotel no está tan apartado de tu mansión— le recuerdo.

—Entonces no le digas nada esta noche y mañana le dices que estabas en un bar, se te hizo tarde y preferiste quedarte en el hotel más próximo por precaución.

—Mmm, esa excusa está de lujo— le contesto satisfecho —Haré eso.

—Bien. Y ahora… ¿nos vamos a dormir?— pregunta mientras se tumba en la cama, haciéndose a un lado para dejarme espacio, aunque la cama es enorme.

Asiento. Voy al armario pequeño donde ya tiene ropa guardada y cojo una de sus camisas anchas. Me quito el albornoz bajo su atenta mirada y me pongo la camisa directamente, sin boxers. Pude haber usado uno de los suyos, pero prefiero quedarme así.

Dejo el albornoz tirado en el suelo porque qué pereza me da recogerlo, y me meto en la cama, acomodándome justo a su lado.

Tendré lindos sueños esta noche, como todas as anteriores. No quiero que nada ni nadie me quite esto…

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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