Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 17

By Tom

La tercera botella de cerveza está casi vacía cuando la levanto de nuevo. No estoy borracho, bueno, ni siquiera cerca, pero hay algo en el leve zumbido del alcohol que hace que esta mierda sea… soportable.

Estoy sentado en mi sofá, en la oscuridad de mi piso. Solo la luz de la ciudad entra por las ventanas grandes del salón y, en mi mano, junto a la cerveza, tengo el móvil con una fotografía en la pantalla. Una fotografía que he mirado miles de veces en estos diez años, miles de jodidas veces. Es mi precioso moreno, en el Hospital Central de Los Ángeles, hace diez años.

La fotografía es… joder, es perfecta, es dolorosa, es todo.

Bill está recostado en la cama del hospital, con esa bata blanca que le quedaba enorme. Su piel pálida, agotada, pero tan bello como siempre lo fue, sin una pizca de maquillaje en su bonito y perfecto rostro. Su pelo negro cayendo desordenado sobre su frente y hombros, algunos mechones pegados a las sienes. Pero su sonrisa… oh, joder, su sonrisa.

Está cansado, sí, exhausto. Pero hay algo en esa sonrisa que es… puro, genuino. Está tan feliz, mi precioso amor, porque en sus brazos, uno a cada lado, están nuestros bebés, nuestros gemelitos tan perfectos y hermosos como él. Aida, en su brazo izquierdo, envuelta en una mantita rosa. Y Aiden, en su brazo derecho, envuelto en azul. Tienen los ojitos cerrados y la carita arrugada.

Bill los sostiene con tanto cuidado, como si fueran de cristal, como si fueran lo más valioso del mundo. Y lo eran, coño, lo eran.

Tomo otro trago de cerveza, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se aprieta. Hace diez años que tomé esta foto, igual de feliz que mi moreno, porque yo anhelaba eso, soñaba con formar una gran familia con él, con quizá diez hijos… todavía recuerdo cuando me dijo que si acaso quería matarlo.

Suelto una risita, pero mis ojos se llenan de lágrimas al instante. Recuerdo ese día como si fuera ayer. Recuerdo su cara cuando vio la prueba que dio positivo, su miedo, su temor y mi emoción. Recuerdo nuestra pelea porque él no quería ser padre tan joven, pero al final logré convencerlo. Recuerdo cuando la doctora que llevaba su embarazo nos dijo que eran gemelos, y que la niña siempre se mantuvo oculta. Joder…

Miro de nuevo la foto, mi Billie mirando a la cámara con esa sonrisa cansada pero radiante, los gemelos en sus brazos. Mi pequeña familia, mi todo. Y entonces Brian lo destruyó. Brian y sus putas aliadas, Nathalie y Ría. Se llevaron a Bill, torturaron a mi morenito durante días, le hicieron cosas que todavía me duelen recordar… como el momento exacto en el que abusaron de él.

Mataron a nuestros bebés.

Aprieto con fuerza el móvil en mi mano, sintiendo cómo la rabia de siempre me recorre. Llevo viviendo con esta mierda todos estos años.

Bill está muerto, los gemelos están muertos. Y yo estoy aquí, vivo y malditamente vacío, persiguiendo fantasmas. Miro la foto una última vez antes de apagar la pantalla y lanzar el móvil contra el suelo.

Para recuperar todas las fotos tuve que hacer de todo, ya que mi antiguo móvil acabó debajo de la rueda de uno de los coches… al final no supe quién lo puso ahí, pero sí sé que quedó hecho trizas, y mi hermano me ayudó a recuperar las fotos.

Sin poder evitarlo, pienso en Ría, esa perra, esa traidora. La zorra que abrió la boca y le contó a mi querido suegrito sobre mí, y la razón por la que tuvimos que huir mi morenito y yo a Los Ángeles. La misma malnacida que ayudó a Nathalie a secuestrar a Bill, la que participó en la tortura de mi morenito.

A esa hija de puta la tengo abajo, en el sótano del bar, donde ha estado durante los últimos diez años, pagando.

Una sonrisa amarga se extiende por mis labios. Hace semanas que no la visito, he estado ocupado. Además, hemos estado moviendo operaciones, cambiando ubicaciones de almacenes, reorganizando rutas de distribución. Papá, Travis y yo trabajando día y noche para mantener al Clan Geist un paso por delante de nuestros enemigos. También pendiente de todo con Sophia…

Pero esta noche necesito recordar que, al menos, una de las personas que me lo quitaron todo está sufriendo.

Así que me pongo en pie, dejando la botella vacía sobre la mesa del salón. Camino hacia el ascensor, presiono el botón y las puertas se abren. Entro en él, pulso el botón del interior y las puertas se cierran.

&

El ascensor se abre y salgo de él sin saludar a los guardias que siempre vigilan que nadie suba a menos que yo dé autorización. Cruzo el bar, ignorando a la gente que baila al ritmo de la música electrónica, que bebe y se besa en cada rincón de este lugar.

Paso por un lado de la barra y entro al nivel de servicio del bar. Aquí es donde está la cocina, el almacén y las oficinas. Dos de mis hombres vigilan esta zona; se enderezan cuando me ven entrar. —Jefe— saludan al unísono.

No les respondo, solo camino. Atravieso el pasillo de servicio. El sonido del bar, la música, los gritos, los abucheos, todo se amortigua aquí. El ruido es distante, distorsionado. Al final del pasillo hay otra puerta, vigilada por dos guardias más cuyos nombres no recuerdo. —Jefe— dice uno de ellos, rubio —¿Visita al subterráneo?

—Sí— digo sin más.

El otro, que es calvo, desbloquea la puerta sin decir nada más. La abre y se revela una escalera que desciende hacia la oscuridad del subterráneo. Bajo los escalones, uno a uno. El aire se vuelve más frío, más húmedo. Al final de las escaleras hay otro pasillo, largo y estrecho, iluminado por bombillas que cuelgan del techo y parpadean de vez en cuando.

Las paredes son de hormigón desnudo, el suelo también. Todo es gris, industrial, como un búnker. Que es exactamente lo que es. Este lugar fue construido hace décadas, probablemente durante la Guerra Fría. Fue un refugio antiaéreo o algo por el estilo, pero ahora es mío y nadie sabe que existe excepto mi círculo más cercano. Camino por el pasillo.

Mis pasos hacen un sonido seco contra el suelo; es el único sonido aparte del zumbido eléctrico de las luces. Al final del pasillo hay otra puerta, pesada, de metal, con dos guardias más. Que también se enderezan cuando me acerco; al parecer todos andan muy cansaditos hoy…

—Jefe— saluda uno de ellos.

—¿Algún problema?— pregunto, refiriéndome a la perra.

—Ninguno, la prisionera está tranquila esta noche.

—Bien.

Me desbloquea la puerta y el sonido metálico del cerrojo retrocediendo resuena en el pasillo. La puerta se abre y el olor me golpea inmediatamente. Mierda, sudor, humedad, putrefacción. Joder, es nauseabundo, pero también… apropiado para ella.

Entro lentamente. La habitación es pequeña, tal vez tres metros por tres, hecha de hormigón en todas las superficies, sin ventanas y con una sola bombilla colgando del techo. En el centro, a cuatro patas como el animal que es, está Ría. Su pelo es un desastre enredado y sucio que le cae sobre la cara, grasiento, pegajoso y horriblemente asqueroso. Su cuerpo está cubierto solo por una bata vieja y rasgada, manchada de quién sabe qué.

Probablemente su propia inmundicia.

Su piel está pálida, demacrada, cubierta de mugre. Y frente a ella, en el suelo, hay un cuenco metálico lleno de sobras, restos de comida que mis hombres le tiran cuando se acuerdan. Me fijo en que está comiendo como una perra. Con la cara metida en el cuenco, sin cubiertos y sin dignidad.

Cierro la puerta detrás de mí y el sonido hace que ella levante la cabeza bruscamente. Me mira a través de la cortina grasienta de su pelo y veo el miedo en sus ojos mientras termina de masticar lo que sea que esté comiendo.

—Hola, Riri— digo, usando el nombre por el que decidí llamarla. Ella se encoge, retrocede ligeramente, todavía a cuatro patas.

—T-Tom— tartamudea; su voz es ronca y desusada.

—¿Te he dado permiso para hablarme?— pregunto con calma, arqueando una ceja.

Ella sacude la cabeza rápidamente, aterrorizada. —No. No, yo… lo siento, lo siento.

Chasqueo la lengua y me acerco lentamente, mis zapatos haciendo ruido contra el hormigón. Ría tiembla; todo su cuerpo se sacude. Me detengo frente a ella, mirándola desde arriba. Lleva diez putos años en este agujero y todavía no es suficiente castigo por lo que hizo.

—¿Cómo está la comida?— pregunto con tono casual. Ría no responde de inmediato; ya sabe que es una trampa. Que cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra. —Responde, Riri— exijo.

—Está… está bien— murmura ella, manteniendo la cabeza baja.

—¿Está bien?— me cruzo de brazos y ladeo ligeramente la cabeza —Qué interesante, porque mis hombres me dijeron hace poco que te quejaste, no recuerdo qué día, pero lo hiciste. Dijiste que la comida estaba «asquerosa». ¿Es cierto eso?

Veo el pánico en sus ojos. —Yo… yo no quise… solo estaba…

—¿Quejándote?— termino por ella —¿Sobre la calidad de tus sobras?

—Lo siento— susurra con la voz temblorosa —Lo siento, no volveré a hacerlo.

—No, no lo harás.— me agacho, acercando mi cara a la suya, pero sin respirar siquiera porque su olor es insoportable —Porque eres una perra, y las perras no se quejan de lo que les dan de comer. Las perras agradecen cualquier cosa que reciben, ¿entiendes?

—Sí. Sí, entiendo.

—¿Entiendes qué?

—Entiendo… entiendo que soy una perra y que debería estar agradecida.

—Exacto.— me enderezo, tomando aire por fin —Porque lo que recibes aquí es más de lo que mereces, mucho más.— ella no dice nada, solo tiembla ahí, patética —¿Sabes lo que Bill recibió cuando Nathalie y tú lo teníais?— pregunto, paseándome alrededor de ella —¿Lo recuerdas?

Ría se encoge más, como intentando hacerse invisible.

—Agua helada— continúo —Cuando se «portaba mal», cuando no hacía lo que querían, le arrojaban agua helada hasta que perdía el conocimiento. ¿Cierto?

—Yo… yo no…

—¿No qué? ¿No participaste?— me río sin humor —No me mientas, perra. Sé exactamente lo que hiciste, cada cosa, cada puto detalle lo vi en los vídeos que recibí.

—Lo siento— solloza ella —Lo siento mucho. No quería… Nathalie me obligó…

—Nathalie está muerta— corto secamente —Murió junto a mi moreno, así que no puedes culparla más. Esa maldita debe de estar ardiendo en el infierno…

Ría solloza más fuerte. —Por favor… por favor, Tom. Han pasado diez años— dice, sus palabras tropiezan entre sí —Diez años aquí abajo, he pagado… he pagado por lo que hice. Por favor, déjame ir. Por favor…

La patada sale de mí antes de que pueda pensarlo; mi bota conecta con su cara y el sonido es satisfactorio, un crujido húmedo. Ría grita, cayendo de lado; la sangre brota de su nariz. —¿Quién coño te ha dado permiso para pedirme algo?— gruño, de pie sobre ella —¿Quién?

Ella llora, acurrucada en el suelo, sujetándose la cara. —Lo… lo siento… lo siento…

—Diez años— digo, mirándola con desprecio y asco —Diez años y todavía no aprendes tu lugar, todavía crees que mereces algo, que tienes derechos.

—No… no creo eso… yo solo…

—¿Solo qué? ¿Solo quieres libertad?— me agacho de nuevo —Bill quería libertad también, cuando lo tenían encadenado, cuando lo golpeaban, cuando lo quemaban, cuando le hacían todas esas cosas horribles.— mi voz tiembla de la pura rabia que siento —Él también quería libertad, pero no la consiguió, ¿verdad?— Ría solloza incontrolablemente ahora —Murió— continúo, mi voz es fría como el hielo —Murió solo, asustado, en agonía, gracias a la puta de Nathalie…

—Lo siento… lo siento tanto…

—Tu disculpa no significa nada.— me pongo de pie —No me devuelve a mi moreno, no me devuelve a mis hijos. No borra lo que hiciste con la otra zorra…— me alejo de ella, caminando hacia la puerta.

—Tom— llama ella débilmente —Por favor… solo… solo déjame morir. Si no vas a liberarme, al menos déjame morir, por favor.

Me detengo con la mano en la manija. —No— digo sin girarme —Morir sería demasiado fácil, demasiado misericordioso, y tú no mereces misericordia, hija de perra. Mereces sufrir, cada día, por el resto de tu miserable vida.

—Por favor…

—Tus quejas sobre la comida han sido notadas— continúo —Así que, durante los próximos tres días, no recibirás ninguna. Tal vez eso te enseñe a apreciar lo que tienes.

—¡No!— grita ella desgarradoramente, lo cual me hace sonreír —¡No, por favor! ¡Tom, me moriré!

—No te morirás— digo entre risas —Tres días sin comida no te matarán, solo te harán más agradecida cuando vuelvas a recibirla.— abro la puerta —Ah, y en dos días te toca el baño con agua helada…— le recuerdo —Prepárate, porque lo haré yo…

—¡Tom! ¡Por favor! ¡Soy humana, soy una persona!

Me detengo en el umbral y giro ligeramente la cabeza para mirarla por encima del hombro. —No, Riri— digo fríamente, con una sonrisa socarrona en el rostro —Ya no lo eres, dejaste de serlo hace mucho. Ahora eres una perra, un animal. Y los animales no negocian con sus dueños.

Salgo y la puerta se cierra detrás de mí con un golpe metálico final. Los gritos de Ría quedan amortiguados, distantes. Los dos hombres que vigilan me miran.

—Sin comida durante tres días— ordeno —Y si se queja, añadid otro día.

—Entendido, jefe— responde uno de ellos.

Camino de regreso por el pasillo, subiendo las escaleras, dejando atrás ese lugar de pesadilla…

&

El vibrar insistente del móvil me saca del sueño con un puto sonido que parece martillear en mi cabeza. Gruño, estirando el brazo hacia la mesita de noche… excepto que no está ahí. Mi mano encuentra aire, pierdo el equilibrio y me caigo del sofá con un golpe sordo contra el suelo.

—¡Joder!— gruño, el costado izquierdo de mi cuerpo protestando por el impacto —Maldita vida de mierda, coño…

Me quedo ahí tirado un momento, intentando que mi cerebro procese qué coño acaba de pasar. Ah, sí, me quedé dormido en el sofá anoche, después de visitar a Ría. Después de… ¿cuántas cervezas fueron? ¿tres? ¿diez? El móvil sigue vibrando, ahora en la mesa de centro, entre las botellas vacías que dejé tiradas.

—Vale, vale, a ver quién jode tanto— murmuro, levantándome con dificultad para sentarme bien en el sofá.

Mi cabeza protesta: es por la resaca. No es terrible, pero sí molesta. Estoy tan acostumbrado a beber que ya casi no me afecta. Agarro el móvil y veo que en la pantalla hay un par de grietas. Sí, eso es gracias a que lo lancé contra el suelo anoche. Más allá de eso, veo el nombre del contacto: Sophia. Por supuesto. Contesto, dejándome caer contra el respaldo del sofá.

—¿Qué?

—¡Por fin, joder!— su voz atraviesa el auricular con un sonido tan estruendoso que me obliga a apartar el móvil del oído unos segundos. Hago una mueca con los labios —Llevo llamándote una hora.

—Estaba durmiendo— respondo con todo el sarcasmo que puedo reunir a esta hora —Como suele hacer la gente normal, ¿sabes?

—No te lo he preguntado.

Sonrío a pesar de la resaca. Sophia tiene su forma de responder a mis mierdas; es una de las razones por las que funciona tan bien en esta operación. —¿Tienes información o solo querías despertarme para tocarme los cojones?

—Tengo información, y es muy importante— dice.

Me froto la cara con la mano libre, intentando despejarme. —Habla, Evita.

Ella gruñe por la forma en la que la he llamado; no le gusta, lo hago para picarla. —Tuve una conversación con Benjamín Keller anoche, fuera del trabajo. En un bar…

Eso capta mi atención inmediatamente. —¿Y?

—Me contó su historia, todo, Klaus— me dice —El accidente, el coma, la amnesia.— hace una pausa breve —Es real, todo es real. Estuvo en coma durante un año; cuando despertó no recordaba nada. Literalmente nada.

—¿Y la prisión?

—También real. Lo acusaron falsamente de colaborar con narcotraficantes, lo condenaron a diecisiete años. Cumplió dos antes de que apareciera evidencia de que todo fue un montaje. Un agente corrupto de la DEA llamado James Krüger lo incriminó.

Proceso esa información. Keller fue víctima del sistema, qué interesante, joder. —¿Y sus archivos sobre su pasado?

—Sellados y clasificados— me dice —Ni siquiera él tiene acceso a su propia información. La DEA tiene todo bajo llave; dice que el jefe le explicó que es por su propia protección mental, ya que si recuerda todo de golpe, le puede causar un derrame cerebral.

—Hmm…— asiento lentamente con la cabeza —Ese tío está jodido, eh— me río ligeramente —Pobrecito, debe de sentirse horrible no recordar nada de tu pasado.

—Eres cruel, eh— dice ella —Pero hay más, Klaus, algo que me dejó… en shock.

—Suéltalo.

—Keller me contó sobre el trato que tiene con la DEA, la razón por la que está trabajando para ellos.

—¿Cuál es?

—Tiene una misión específica: capturar a un narcotraficante, uno que creció durante el tiempo que él estuvo en coma y en prisión.— Sophia hace otra pausa dramática —Es Brian, alias El Zar…

Me quedo completamente quieto. —¿Qué has dicho?

—Brian. Ese es su objetivo principal; si lo captura, Keller queda completamente libre. Pero si falla, vuelve a prisión a cumplir los quince años que le quedan de la condena— me cuenta. Ese agente tiene como misión atrapar al mismo hijo de puta al que yo quiero destruir. Mierda, esto es bueno. Mi cerebro empieza a funcionar a toda velocidad; las piezas van encajando lentamente. —Tom, ¿estás ahí?

—Sí— murmuro, carraspeando un poco —Sí, estoy aquí. Solo… procesando.

—Pensé que querrías saberlo— menciona ella —Keller tiene acceso a información sobre Brian que nosotros no tenemos: recursos de la DEA, inteligencia internacional.

—Sí. Sí, exacto.

Una idea comienza a formarse en mi cabeza. Vaga al principio, pero ganando claridad con cada segundo. Keller quiere a Brian, yo quiero a Brian. Tenemos el mismo objetivo. Pero Keller es un agente federal; no va a colaborar conmigo voluntariamente, no se va a sentar frente a mí a tomar una tacita de café para hablar de una alianza temporal con el líder del Clan Geist, que intentó matarlo en una explosión meses atrás.

A menos que… a menos que no tenga opción.

—Sophia— digo lentamente —Has hecho un trabajo excelente; esta información es… valiosa. Muy valiosa.

—¿Qué vas a hacer?

—Todavía no lo sé. Tengo que pensarlo, consultarlo con mi padre y Travis. Pero esto… esto cambia las cosas.

—¿Necesitas algo más?

—No por ahora. Sigue como hasta ahora. Mantén tu relación con Keller, gana más confianza. Y…— me detengo, relamiéndome los resecos y rasposos labios —Mantente alerta. Es posible que te pida algo pronto, algo grande.

—Entendido.

Cuelgo la llamada y me quedo sentado, mirando las botellas vacías en la mesa de centro, tiradas y con restos del líquido manchando el cristal.

Pienso un poco: si Benjamín Keller necesita atrapar a Brian para conseguir su libertad total, yo puedo usar eso. Sí, hablo de formar una alianza temporal, al menos hasta que Brian esté muerto y, después, volvemos a nuestra guerra. Pero para eso necesito a Keller aquí, en Berlín, donde pueda controlarlo a la hora de explicarle mi fantástico plan. Donde pueda asegurarme de que colaborará.

Y no soy tonto: sé que no va a venir voluntariamente, lo cual significa… secuestro.

La idea es loca, arriesgada; podría salir mal de mil maneras diferentes. Pero también podría funcionar. Lo único que necesito es que mi padre me dé autorización para hacerlo, porque si hago esto sin consultárselo… joder, no quiero que me quite mi puesto en esta organización.

Así que me pongo de pie, ignorando la protesta de mi cabeza. Necesito hablar con mi querido padre y el idiota de mi hermano, pero ya. Camino hacia mi habitación mientras busco el contacto de Travis y le dejo un mensaje.

«Prepárate. Vamos a ver a papá, tengo un plan perfectamente bueno que se me ha ocurrido gracias a la nueva información que me ha dado Sophia. Es importante, salgo en treinta minutos.»

Envío el mensaje, lanzo el móvil descuidadamente a la cama y, mientras me dirijo al baño, me quito la camisa y los pantalones. Me meto en la ducha. Me baño rápido pero bien, eso sí: el agua caliente me ayuda a despejar la niebla de la resaca. Mientras me lavo, mi mente sigue trabajando, pensando, analizando los pros y los contras de traer aquí a Benjamín.

Secuestrar a un agente de la DEA es peligroso; ellos lo verían como una declaración de guerra segura después de todo lo que ha pasado. Pero si lo hacemos bien, si lo hacemos limpio, sin testigos, sin evidencia, podría funcionar. Y una vez que Keller esté aquí, una vez que le explique la situación, una vez que entienda que tenemos el mismo enemigo… tal vez, solo tal vez, colabore. Aunque haya que forzarlo. Y si no lo hace, tendré que matarlo.

Salgo de la ducha, me seco rápidamente y entro en el vestidor. Hoy necesito verme… profesional, serio, como el líder que soy. Elijo un traje oscuro: pantalones de jean negros de corte, camisa blanca de manga larga, con los tres primeros botones sin abrochar y las mangas arremangadas hasta los codos. Me pongo los zapatos negros, me ajusto el reloj en la muñeca. Recojo mis rastas negras y delgadas en una coleta baja; parecen trenzas a simple vista pero esas ya me las quité hace bastante porque necesitaba cambiar un poco al menos después de fingir mi muerte.

Me miro en el espejo mientras me echo un poco de loción. Salgo de mi apartamento, cruzo hacia el ascensor. Las puertas se abren cuando presiono el botón, entro, repito lo mismo y este comienza a bajar.

Cuando salgo completamente del bar, varios de mis guardias están allí. —Traedme la moto— ordeno sin siquiera saludar porque no hace falta.

Uno de ellos asiente y se aleja hacia el estacionamiento para traerla. Regresa un par de minutos después, conduciendo mi Ducati Panigale V4 negra. Es la única cosa material que pude conservar cuando fingimos nuestra muerte hace años. La misma moto en la que solía llevar a mi moreno a nuestras primeras salidas.

Recuerdo cuando me preguntó cómo debía subirse, joder. Era tan lindo…

Fue hace tanto tiempo que esto parece otra vida. El hombre me entrega las llaves y el casco. —Gracias— digo en un susurro. Me pongo el casco, subo a la moto, meto las llaves y el motor ruge cuando lo enciendo.

Echo a andar hacia la casa de seguridad de Travis a toda velocidad.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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