Fic TOLL de unicornlitz

Capítulo 7

El sitio no está tan mal como me imaginaba. De hecho, para ser un pueblo perdido entre montañas, la discoteca tiene su punto.

Nada de luces de neón parpadeando ni mesas pegajosas, por suerte, sino un ambiente más selecto, con música electrónica suave de fondo, una barra larga de mármol oscuro y botellas que relucen bajo una luz ámbar colocada con bastante gusto. La gente viste mejor que en cualquier otro sitio de por aquí, aunque se nota que no son de ciudad… tienen ese aire de «quiero parecer elegante, pero no tengo ni idea de cómo hacerlo». Si pudiera, les daría clases, pero hoy no estoy yo como para ponerme caritativo…

Aun así, agradezco encontrar un sitio donde no huela a establo ni a cerveza barata. Adrianne y yo ocupamos una mesa cerca de la ventana, y por primera vez en días, siento que el mundo vuelve a parecerse un poco al que conocía.

—Vale, cariño— dice Adrianne, deslizando un chupito de vodka frente a mí —Brindemos.

—¿Por qué?— pregunto, alzando una ceja mientras agarro el shot que me ofrece y la miro tomar el suyo.

—Por los hombres— responde con ese tono suyo, lleno de desprecio y ternura a partes iguales —Por los cabrones que nos arruinan el maquillaje y aun así nos tienen suspirando.

Suelto una carcajada sin poder evitarlo. —Pero tú sigues cayendo como una idiota; en cambio yo tengo que hacer que me rueguen y besen el suelo por donde piso.— ella sonríe, levantamos los vasos, los chocamos con un «clink» y bebemos de un solo trago. El vodka baja ardiendo, y antes de que me dé tiempo a respirar, Adrianne ya está sirviendo otro. —Esta mierda ya me hacía falta y no lo sabía— comento, relamiéndome los labios.

—¡Por los que juran que nos han olvidado, pero siguen stalkeando nuestras historias!— grita, y algunas cabezas se giran hacia nosotros. Nos da igual, obvio. Aquí hemos venido a montar un buen follón, y no nos iremos hasta que consiga ahogar mi pena.

—¡Por los que se creen hombres solo porque tienen barba y están buenos!— añado yo, riéndome mientras el segundo chupito desaparece por mi garganta.

—¡Por el amor propio, aunque se nos olvide a veces!— exclama mi mejor amiga.

Tomamos otro shot.

—¡Y por la terapia que no pagamos pero igual necesitamos!— suelto yo.

Otro chupito más.

Brindamos una, y otra, y otra vez, hasta que la risa nos doblaba y el camarero nos miraba entre divertido y preocupado, ya que nos habíamos acabado una botella entera a base de puros shots que nos bebíamos de un trago. La gente nos rodeaba, algunos grabando, otros aplaudiendo. El caso es que yo no tengo muy claro el motivo, solo sé que estoy bailando y alguien está pegado a mí por detrás. Estamos brillando, literal y metafóricamente, con el vodka y el whisky como gasolina.

—¡Eh, eh, eh, eh!— gritaban todos, con las linternas de sus móviles encendidas —¡Eh, eh, eh, eh!

Siento unas manos recorriendo todo mi cuerpo con suavidad, y cómo su entrepierna se frota contra mi trasero mientras nos movemos al ritmo de la canción que suena. La logro distinguir: «Yo perreo sola», de Bad Bunny. No suelo escuchar ese tipo de música, pero sinceramente, cuando estás pasando por la primera fase de la borrachera, bailas lo que sea. Y yo formo parte de ese diez por ciento de la población que no escucha este tipo de música, pero aun así lo baila. Muevo las caderas como solo yo sé hacerlo, mientras Adrianne me graba con mi móvil.

—¡Eso, Billie! ¡Eso, Billie!— empieza a gritar ella, y al escucharla, todos también lo hacen.

Yo tengo tres fases de borrachera, y creedme, ninguna es tranquila.

La primera es la fase del brillo, esa en la que todo me parece una pasarela. Camino como si tuviera focos encima, sonrío a cualquiera que me mire dos segundos y juro que el mundo entero me adora. Soy amable, encantador y peligrosamente coqueto. Si alguien me ve, seguro piensa que estoy en mi mejor momento, y probablemente tenga razón.

Luego viene la fase filosófica, también conocida como «Bill y sus verdades de medianoche». Ahí empiezo a soltar todo lo que no digo ni con tres cafés encima, ya que el alcohol empieza a hacer efecto y llega al cincuenta por ciento. Me pongo profundo, sentimental, y me da por cuestionarme la vida, el amor, el universo… y ahora también el por qué demonios sigo sintiendo cosas por gente que ya debería haber olvidado.

Es el momento en el que todos creen que estoy borracho, pero no, cariño, estoy existiendo.

Y finalmente, la tercera… la fase del apocalipsis emocional. Esa donde ya no distingo si bailo o floto, si río o lloro, si estoy de pie o tirado en el suelo. Es cuando Bill Kaulitz deja de ser un ser humano funcional y se convierte en una leyenda. Bailo con desconocidos, canto lo que suene, hago promesas que no pienso cumplir y, si me da la gana, lloro mientras me reto a chupitos frente al espejo del baño.

Así que sí, ahora mismo estoy en la frontera entre la segunda y la tercera. Bailando con un desconocido que huele a perfume caro, pero que me agarra de una forma muy posesiva que, para qué mentir, me encanta. Pero, lamentablemente, la música termina y, bueno, con ella el baile. Me alejo del chico y voy con Adrianne, que me espera con una sonrisa enorme en los labios. Ella está igual o peor de borracha que yo.

—¿Sabes qué, Bill?— balbucea, abrazándome con un old fashioned en la mano lleno de whisky —Los hombres van y vienen, pero tú eres mi constante.

—Lo sé, cariño— río, despeinándome un poco —Que se jodan todos los demás.

En un abrir y cerrar de ojos, Adrianne y yo estamos cantando a toda hostia… o bueno, a pleno pulmón, mientras bebemos whisky. Estamos literalmente perdiendo la conciencia, como dijimos, y también ahogando las penas en alcohol mientras cantamos «Mamii» de Karol G y Becky G. Bebimos como los irresponsables que somos, bailando con desconocidos, y hubo un momento en el que perdí a Adrianne de vista, pero eso no me detuvo: me acerqué a la barra y pedí otro trago de whisky.

Yo sí bailé con un montón de tíos, dejando incluso que me tocasen todo lo que quisieran. Cuando estoy borracho me permito hacer lo que sobrio no haría ni de coña, y por eso acabé teniendo de enemiga a Jackeline, ¡ja! No me arrepiento de nada. Cuando Adrianne volvió a mí, con el pelo más despeinado que antes, seguimos con nuestra juerga. Acabamos cantando karaoke, una canción de Mon Laferte, «Si tú me quisieras», para ser exactos.

—¡Debo frenar porque no puedo más! ¡Me duele todo!— cantábamos a grito pelado, y la gente nos hacía barra, cantando con nosotras también —¡Así me dijo el psiquiatra, yo sé que es mejor que me olvide de tu cara! ¡No quiero nada, nada, nada! ¡Y es que soy tan obstinada!— me aferro al micrófono cantando con toda mi alma. No es por presumir, pero tengo una voz preciosa…

No solo sirve para gemir, ¿eh? Porque mis gemidos son música celestial para cualquiera que tenga la suerte de provocarlos y escucharlos.

—¡Ay, ay, ay de mí y de este amor que se metió y que se dispara! ¡Se contagia y te reclama!— me inclino hacia delante —¡Ay, ay, ay de mí y de este amor que se me incrusta como bala, que me ahorca y que me mata!— mi voz suena increíblemente bien, o eso creo, ya que estoy ciego de alcohol, así que no esperéis que sea perfecta —¡Todo sería diferente si tú me quisieras!

No sé cómo, pero también acabamos con sombreros de vaqueros que les quitamos a un par de tíos, bailando «Fanfarrón» de Fanny Lu, «El jefe» de Shakira, «La rompe corazones», «Adicto», «Provenza» y más.

—¡Soy la perra de tu mari’o, que te lo tiene fundí’o! ¡Soy la perra de tu mari’o, que te lo tiene fundí’o!— Adrianne y yo sabemos perrear como se debe. Y no exagero, sabemos mover las caderas de maravilla.

No sé qué hora es, pero sigo bebiendo sin dejar de cantar a todo pulmón con mi mejor amiga.

—¡Aullando como loba… auuh-uh-uh! ¡Así quién no te perdona si en mi cama te añoras!— el whisky, o lo que sea que estuviésemos bebiendo en ese momento, se derramaba por el suelo con nuestros movimientos bruscos —¡Cualquiera se enamora… auuh-uh-uh! ¡Si paso una noche contigo y le haces lo que haces conmigo!

Acabé metido en un reto donde me hicieron beber whisky directamente de la botella, la cual me terminé más rápido que mi contrincante, y me gané otra botella llena que nos bebimos Adrianne y yo, sin vaso ni nada.

—¡Yo no ando con nadie, pero me tienen velá! ¡Ya estoy elevada, me siento Gatúbela!

Las canciones que cantábamos pasaban de ser bien guarras a bien tristonas, de todo tipo. Yo no sé ni cómo me sabía la letra de todas, pero las cantaba todas mientras tomaba cerveza, porque el whisky ya nos había aburrido a mi querida Adrianne y a mí.

—¡No hace falta ya que me lo cuentes, si yo ya lo siento, que no quieres más de mí!

—¡No me busques que aquí no queda na’, na’, de na’!

—¡Ella te dio algo mientras tú te arriesgabas, yo te lo di todo, tú no quisiste nada!

—¡Y si me rompo es déjà vu! ¡Sé que todo esto ya pasó! ¡Llegaste a ser mi baby blue! ¡Ahora no encuentro tu calor!

—¡No supimos cuidar lo que no tenía respuesta! ¡Ahora qué, honey, no estás! ¡Ahora qué, honey, no estás!

—¡Dame chance de lamerte el hoyo dilatado! ¡ya sabes que te lo embarro de lado! ¡Ya sabes qué, sabes que te cojo vestido de diputado! ¡Ya sabes qué al chile me sobra varo! ¡ratatá! ¡Martillazo en el ano!

—¡Me cacharón culiándome a mi primo pero yo no soy de monterrey! ¡no es mi primo en realidad es mi vecino pero así le digo pa’ que no sepa mi wey!

—¡Olvidalá!, ¡no es fácil para mí! ¡por eso quiero hablarle! ¡si es posible, rogarle, que regrese a mi vida!

—¡¿Para qué me curaste cuando estaba herida?! ¡si hoy me dejas de nuevo un corazón sin vida! ¡un corazón que no te olvida!

—¡Si tú te vas y yo me voy! ¡Esto ya es en serio! ¡Si tú te vas y yo me voy! ¡con quién se queda el perro!

Sí, fue todo un desmadre.

El caso es que no tengo ni idea de cómo pasé de estar en una discoteca pasándomelo de puta madre, a estar sentado en una silla mientras noto cómo me arde la piel y veo a un tío tatuándome algo en la parte baja de la cadera izquierda, justo al lado del hueso de la pelvis. Y como si eso no fuera suficiente, también terminé con un dolor horrible en la lengua, en uno de los pezones y en una de mis cejas.

Tampoco sé cómo volvimos a acabar en otro bar, bebiendo con gente que se nos unía a cantar.

Recuerdo que empezamos a caminar por las calles con una cerveza en la mano, cantando entre farfullos una canción completamente incomprensible. No éramos los únicos borrachos; había más, tirados en la acera. Adrianne y yo apenas podíamos mantenernos en pie, y por cualquier tontería nos moríamos de risa. No sé qué pasó con mi móvil, ni mucho menos con el bolso que Adrianne llevaba esta tarde. Ni siquiera sé qué hora es o si sigue siendo el mismo día en el que salimos.

Solo sé que me lo pasé de puta madre, bebí tanto que ya no sé ni quién soy, pero ando en línea recta con una chavala a mi lado que me llama «abejita», y por cada chorrada que suelta yo estallo en carcajadas.

—Y el gato hace, mauw, mauw…— ronronea —Y yo sé hacer algo que nadie sabe…

—¿Qué?

—¡Respirar!

—¡Hala! ¡¿Cómo se respira?!

Ni siquiera soy consciente de lo que digo o de si estoy pronunciando bien las palabras. No recuerdo haber llorado por Tom, y si lo hice, prefiero olvidarlo.

—¡Soy una mariposa! ¡mira!— exclamo mientras doy saltitos y agito los brazos al aire —¡Soy una mariposita muy guay, tía!

—¡Vuela, vuela!

—¡Mariposita!

Por lo visto hice el ridículo.

—¿Tú quién eres?— le pregunto a la castaña que camina a mi lado.

—No sé, ¿tú quién eres?

Frunzo el ceño —Ouh, no lo recuerdo— digo, asintiendo con la cabeza en vez de negar —¡Oh sí! ¡Soy un unicornio! ¡un unicornio precioso de colores!

—¡Yo soy un pepino!

—¡No, yo sooooy un pepino!

—¡Pero túuuu eres un unicorniooo, tonto, buaaahhh!

—Soy una rana…— joder, ¿cómo es que me puse a saltar como una rana, coño? —¡Mira, mira!

—¡Yo también quiero saltar!

—¡Yo quiero saltar sobre un graaan troncooo!

—¡Sí, qué guay!

Puedo jurar por lo que más quiero en este mundo que jamás, pero jamás, me he emborrachado tanto como esta noche. Llevo el pelo hecho un desastre, no tengo los zapatos puestos, voy descalzo, sudado y empapado con la bebida que me tiré encima en el bar. Adrianne está casi igual que yo, salvo que ella sí lleva los zapatos. Lo único que ha perdido es esa chaqueta de tela suave y su bolso. Pero vamos, que yo hasta el móvil tiré y ahora mismo me importa una mierda.

—¡Libre sooooy! ¡libre sooooy! ¡no puedo ocultarlo más!— empiezo a cantar dando vueltas como bailarina —¡libre sooooy! ¡libre sooooy!

Ignoro por completo a la gente que pasa por allí y nos mira, aún es de noche. ¿Cómo narices llevo despierto tanto tiempo? ¿Habremos tomado alguna droga y por eso estoy así de pasado de vueltas? Ni idea.

—¡El gallo hace muuuu! ¡muuuu! ¡muuuu!

De alguna manera que mi cerebro borracho no logra procesar, Adrianne y yo hemos acabado en la finca de mi abuela. No tengo ni puta idea de cómo hemos llegado aquí. Lo último que recuerdo con algo de claridad es estar cantando algo sobre ser una rana o un pepino, no lo tengo claro. Nos partíamos de la risa como las hienas de El Rey León, abrazándonos para no caernos. Caminábamos, bueno, más bien nos tambaleábamos, por el camino de grava. Cada piedrecita bajo mis pies descalzos se sentía rara, pero me daba igual.

Estaba demasiado ocupado intentando recordar si era un unicornio o una mariposa.

Cuando llegamos a la puerta principal de la casa y la empujé, se abrió. Fue la hostia. Entramos haciendo un ruido del demonio, chocando con las paredes, riéndonos por todo y por nada. Y ahora tengo delante a alguien plantada en medio del vestíbulo, con los brazos cruzados, el pelo perfectamente peinado, maquillada a pesar de que debe de ser… ¿qué hora es?

Ni puta idea.

—¡¿Dónde coño estabas, Bill?!— grita, y su voz retumba en mi cabeza como un taladro. Parpadeo varias veces, intentando enfocarla. Se ve… borrosa y multiplicada. Hay como tres personas delante de mí. ¿Quién es? ¿Mi madre?

—¿Eh?— digo, muy elocuentemente.

—¡¿Dónde estabas?!— repite, más fuerte todavía —¡Llevas dos días desaparecido! ¡Dos días, Bill! ¡Sin dar señales de vida! ¡Tu móvil apagado! ¡Tu abuela preocupada! ¡Y tú…!

Pero yo no proceso bien lo que dice. Sus palabras suenan como «blablablá estrellas blablablá extraterrestre blablablá». —Ohhh…— digo, sonriendo como un idiota —Soy un lindo extraterrestre…— levanto un dedo y lo muevo en círculos —Vengo del planeta… eh… ¿Marte? No, espera, de Venus. Soy venusiano, muy guay.

—¿Qué?— me mira como si me hubiera salido otra cabeza.

—Sí, sí…— asiento exageradamente —Tengo antenas…— me toco la cabeza buscándolas, pero no están —¿Dónde están mis antenas? ¡Adrianne! ¡He perdido mis antenas!

—¡Yo también he perdido las mías!— exclama ella, buscándose la cabeza frenéticamente mientras yo aún la tengo agarrada por los hombros.

—Oh, por Dios…— veo cómo Simone se lleva una mano a la cabeza. Escucho risas, no sé ni de dónde vienen. Pero si la gente se ríe, yo también puedo reír, así que lo hago —¡Estás borracho, completamente borracho, lo que me faltaba! ¡Mírate! ¡Descalzo! ¡Hecho un asco! ¡Apestando a alcohol! ¿Tienes idea de lo preocupada que estaba tu abuela? ¿De las llamadas que he recibido de tu padre preguntando por ti?

—Papáaa…— murmuro, sonriendo —Mi papá es un astronauta… vuela por el espacio… fiu, fiu…— hago gestos con las manos, como si fueran cohetes.

—¡No estoy para tus gilipolleces!— Simone da un paso hacia mí, claramente furiosa —¡Vas a explicarme ahora mismo dónde has estado! ¡Con quién! ¡Y por qué…!

—Simone— la voz de mi abuela Charlotte interrumpe el sermón. Me giro torcido, casi me caigo, y veo a mi abuela acercarse con su bata de dormir, el pelo canoso suelto sobre los hombros, y una expresión entre divertida y preocupada.

—Mamá, mira cómo está…— empieza Simone.

—Está borracho, Simone— dice otra voz, masculina. Quiero ver de quién es, pero solo distingo a un hombre que conozco, aunque no tengo ni idea de quién coño es —No tiene sentido regañarle ahora, no te va a hacer ni caso.

—Pero…

—Déjale ir a descansar— dice mi abuela, acercándose a mí —Ya hablarás con él cuando esté sobrio. Ahora solo vas a conseguir cabrearte más.

—¡Abueee!— grito emocionado al verla, soltando a Adrianne, que casi se cae, y tambaleándome hacia ella con los brazos abiertos —¡Mi abue favorita! ¡La más linda! ¡La más guapa! ¡La más…!— me tropiezo con mis propios pies y casi me estampo contra el suelo, pero mi abuela me atrapa justo a tiempo. La abrazo con fuerza, hundiendo la cara en su hombro —Te quiero mucho, mucho, muchíiiiito…— balbuceo contra su bata —Eres la mejor abuela del mundo mundial. Del universo universal, de la galaxia… eh… galáctica.

Mi abuela suelta una risita suave, acariciándome el pelo despeinado. —Ya lo sé, cariño. Ya lo sé.

—Eres como… como una estrellita brillante en el cielo…— continúo, sin soltarla —Brillas, brillas… ¡plin, plin! Y yo soy tu nieto favorito, ¿verdad?

—Sí, mi amor— responde con ternura —Eres mi nieto favorito.

—¡Lo sabía!— exclamo, levantando un brazo al aire en señal de victoria y casi perdiendo el equilibrio otra vez —Soy el mejor. Soy una estrella, una estrella marina. ¿Sabías que las estrellas de mar tienen cinco brazos? Yo tengo dos, soy defectuoso.

—¿Cuánto ha bebido?— pregunta una voz chillona, de una rubia que no consigo ver bien, pero que está hecha un esqueleto, ¡la huesuda! ¡Viene a por mí porque me he portado mal! Se ve… fatal.

Mi abuela se ríe suavemente. —No eres defectuoso, cariño, eres perfecto.

—Soy Patricio…— murmuro, confundido —Patricio Estrella y vivo bajo una roca. ¿Dónde está mi roca?

—Mamá, en serio…— intenta intervenir Simone de nuevo, claramente molesta.

—Simone, por favor— la corta mi abuela con firmeza pero amable —Míralo, está completamente ido. No tiene sentido, Tom, cariño, ayúdame mejor a llevarlo a su habitación.

—¡Tooomiiieee!— exclamo yo con la voz arrastrada —¡Tommie es malo! ¡Malo, malo, malo!— lo escucho reír —¡No necesito ayuda!— protesto, intentando caminar solo —Puedo volar, ¡mira Tommie! Soy un pájaro. ¡Pío, pío!

Doy dos pasos y me tropiezo con la alfombra. Esta vez es Tommie quien me agarra del otro brazo, aunque con menos delicadeza que mi abuela. ¡Me dolió! ¡Yo quería volar pero Tommie es malo!

—Vamos, Billie…— dice él —Te llevaré a tu habitación, ¿sí?

—¡Quiero volar!

—No, no puedes volar…

Él me toma en brazos, alzándome como a una damisela. —¡Sí puedo!

—Acabarás rompiéndote la cabeza, Billie…— se ríe él —Evitemos eso.

Me le quedo mirando con los ojos entrecerrados. —Eres bonito…— le digo —Pero no tanto como yo. Yo soy más bonito, tú tienes la cara rara. Se te ve rara la cara, muy estirada. Pareces… ¿un pez? Sí, un pez.

—Bill…— dice mi nombre sin dejar de reír.

—¡Un pez globo!— continúo, haciendo gestos con las manos y la boca —Que se infla… fiu, fiu… y luego… ¡PUM!

Mi abuela suelta otra risita. —Anda, cariño, vamos arriba.

Tommie me arrastra, literalmente, hacia las escaleras. Cada escalón se siente como una montaña, aunque no estoy caminando me siento cansado. —Uno…— cuento en voz alta —Dos… tres… ¿cuatro? No, ¿dónde está el tres? Perdí el tres.

—Estás en el cuatro, cielo— me ayuda mi abuela.

—¡Ah! Soy un genio matemático…

Adrianne nos sigue detrás, también siendo ayudada por alguien.

—¿Sabías que el cielo es azul?— le pregunto a Tommie —Pero a veces es rosa, y naranja. Es muy confuso, el cielo no sabe qué color ser. Debe tener una crisis existencial, ¡seguro es bisexual!

—Debe ser— responde Tommie, claramente aguantándose la risa.

—Como yo, yo también tengo crisis. Muchas crisis, crisis de identidad. ¿Soy un unicornio o una mariposa? Es un dilema filosófico muy profundo…

—Ya lo resolverás mañana, Billie.

—¿Mañana existe?— pregunto, genuinamente confundido —¿O es solo una invención? Porque el tiempo es relativo, Einstein lo dijo ¿o fue Bob Esponja? No estoy seguro.— bufo —¡Vive en una piña debajo del mar! ¡Bob Esponja!

Finalmente llegamos al segundo piso, después de lo que pareció una eternidad, y me lleva hasta mi habitación. Mi abuela abre la puerta y Tommie me deja en la cama. Me desplomo como un saco de patatas, boca abajo, con los brazos extendidos.

—Soy una estrella de mar…— murmuro contra la almohada —Una estrella de mar defectuosa con dos brazos…

Mi abuela me quita los calcetines, que ni me había dado cuenta que llevaba puestos, y me arropa con la sábana. —Descansa, mi amor— me susurra, besando mi frente.

—Te quiero, abue…— balbuceo, ya casi dormido —Eres la mejor… la más… linda… guay… tía…

—Y yo a ti, cariño— responde con ternura.

Lo último que escucho antes de quedarme completamente dormido es la risa suave de mi abuela y Tommie, y la voz frustrada de Simone diciendo algo sobre «hablar seriamente mañana». Pero eso es problema del Bill sobrio. El Bill borracho solo quiere dormir y…

Soñar con ser una estrella de mar galáctica con crisis existenciales.

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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