
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 9
Estoy intentando con todas mis fuerzas no mirar a Tom. Siento su mirada clavada en mí y juro que todo mi cuerpo ha empezado a temblar, pero de rabia; me muero por levantarme, acercarme en plan rápido y darle una ostia que lo deje tonto mientras le grito lo imbécil que es.
Pero no puedo. Primero, porque estamos rodeados de gente que no sabe nada de lo ocurrido salvo la bruja plástica. Segundo, porque mi madre me está riñendo; y tercero, porque yo soy un chico tranquilo y de bien que no hace esas cosas. Yo solo cojo una sartén y le doy un golpe en la cabeza, modo Rapunzel, claro. Aunque ahora mismo estoy en un debate interno: hay una parte de mí que quiere partirle la cara y otra que… que quiere tenerlo cerca otra vez.
Suena a Adrianne, pero yo sí tengo dignidad, así que prefiero que las ganas de pegarle se apoderen de mí, claro.
—Bill, ¿me estás prestando atención?— la voz de mi madre me interrumpe y hace que la vocecilla en mi cabeza se calle. Parpadeo, intentando despejar la mente.
—¿Eh?— pregunto.
Ella pone los ojos en blanco. —Bill, me tenías preocupada. ¿Cómo se te ocurre irte de parranda dos días enteros?— se cruza de brazos —Llegas no solo descalzo, sino ebrio y, quizá, drogado— abro la boca con una indignación extrema —A decir tonterías como que puedes volar, que eres extraterrestre y chorradas sobre que el cielo es azul. Y por si fuera poco, apareces con perforaciones…
—Te dije que mi instinto animal sale a la luz.
—Pues enciérralo en una jaula— me suelta ella muy seria —No te tomes mis palabras a broma, Bill. No puedes ir por la vida haciendo esas cosas. Te llamé mil veces y no respondiste. Pensé lo peor, joder, y aun así estás ahí sentado como si nada— me dice —Y si no te estoy gritando ahora es porque sé que aún tienes resaca— agacho la cabeza —Debes ser responsable, ya eres adulto y tienes que comportarte como tal.
Lo mismo que dijo Sabine… hermanas tenían que ser. O bueno, hermanastras.
—Vale, lo tendré en cuenta para la próxima— contesto.
—¿Para la próxima?— niega con la cabeza —No habrá próxima, Bill. Te irás a Londres en enero del año que viene— me recuerda —En la uni no tendrás tiempo ni para salir a un bar, llegarás agotado y querrás dormir. Salvo que te pongan mil actividades, que es más probable que pase.
La miro horrorizado. —Ya me estoy arrepintiendo.
—Quieras o no, te vas a Londres— me espeta —Y volviendo al tema, por favor… esto no había pasado antes, Bill, que te fueses de juerga y aparecieras días después— se lleva una mano a la frente —No sé ya qué decirte para que recapacites; ya te lo he contado todo mil veces y te entra por una oreja y te sale por la otra— suspira —Todos te vieron cuando llegaste: estabas fatal y decías gilipolleces, como alguien a quien se le ha derretido el cerebro.
Aprieto los labios, no quiero reírme ahora.
—¿Y te hace gracia?— pone las manos en la cintura.
—No, mamá. ¿Cómo crees?— le contesto, respirando hondo para calmar las ganas de partirme de risa —Es que lo necesitaba…
—¿Qué necesitabas?
—Salir— respondo.
—Ya…— asiente despacio —¿Y por qué te dio por beberte todos los bares del pueblo?— pregunta —Me imagino que gastaste una buena pasta y a tu padre le habrán llegado notificaciones de las transferencias bancarias, pero como él te consiente todo, seguro no me dirá cuánto has gastado.
Muerdo el labio inferior. —Tengo dos cosas que decir— ella alza las cejas, animándome a seguir —La primera: estaba pasando por una crisis y me corté el pelo con unas tijeras. Por eso fui al peluquero y me dejó así— señalo la cabeza —Le pagué dos mil euros.
—¡¿Dos mil euros?!— exclama, con los ojos a punto de salirse —¿Cómo vas a…?!— respira hondo para no seguir gritando —¿Qué estoy pagando contigo, Bill? Si sigues así vas a dejar en la ruina a tu padre y no te va a quedar ni herencia que reclamar.
Sonrío encogiéndome de hombros. —Mamá, ¿se te olvida que Evan es rico y es mi novio?— le digo —Tengo mil maneras de hacer que toda su fortuna pase a mis manos, cien por cien fiables.
—¿En serio?— mi madre no puede creérselo. Asiento despacio; ella empieza a reírse, aunque ni sé si también llora un poco —No es posible que pienses en cosas así, Bill. ¿Cómo vas a plantearte dejar pobre a ese chaval que no hace más que quererte?
—Es Bill, si quisiera podría vendernos, tía Simone— dice Chantelle.
La miro y tiene una cara de puro desprecio; lo noto nada más verla de arriba abajo. —Pues no es que vaya a recibir mucho por vosotras, sois muy básicas y no tenéis buen culo— le suelto. Ella me mira con los ojos entrecerrados y la boca medio abierta. —Te aconsejo que bajes un poquito de peso, esos michelines no te favorecen…— señalo su panza —Y hazte algo en el pelo.
—Eres un…
—Chantelle…— interrumpe Lilianne. Claro, cuando les conviene se callan. Seguro que si fuera otra cosa ya me habrían saltado a la yugular —Déjalo, no le sigas la broma.
Sonrío con chulería. —Sí, Chantelle… no me sigas la broma.
—Bill— me llama mi madre —Tú y yo tenemos una conversación, ¿recuerdas?
—Ah, sí, cierto— me río suave —Pues te decía, mamá, que en mi crisis decidí renovarme y celebrar el cambio de look. Y ya sabes, cuando estoy con Adrianne todo mejora.
—Muchísimo…— dice ella con sarcasmo.
—Y lo segundo que iba a decir es que no me bebí todo el alcohol de los bares del pueblo. Estaban lejos, ni idea de cómo acabé en tres locales— frunzo el ceño —Eso sí, bebí poco— aclaro —Quizá gasté unos cinco mil euros… seis, cuatro… por ahí.
—¿Y para ti eso es poco?
—Pues sí, podría haber sido diez mil, pero me acordé de que estaría haciendo rico a otra persona y dije que no— niego moviendo el índice —No voy a hacer rico a nadie con mi pasta futura.
—Qué humilde eres, Bill— comenta Álvaro.
—Gracias…— sonrío —Ya lo sé, soy una bendición para todos y nadie sabe aprovecharme bien— le suelto —Por cierto, mamá, necesito a alguien que haga de asistente. Ya sabes, que lleve mi móvil y me mantenga al tanto, que me quite las botas al llegar, que se encargue del pelo y del maquillaje. Que me aguante las bolsas en las compras, que sea mi esclava o esclavo, en pocas palabras.
—¿Pero cómo se te ocurre?
—Si me dices que no, puedo hablarlo con papi; por algo yo sí tengo— lo digo mirando a Chantelle; ella se remueve incómoda en el sofá. Está conteniendose de decirme algo al respecto —Sé que no se va a negar.
—Lo único que vas a hacer es darle explicaciones a tu padre, porque ya está al tanto…
—¿Se lo contaste a papá?
—Sí— asiente ella —Él tiene que saber lo que hace su hijo: cómo se comporta, cómo despilfarra, y también que se sienta culpable por consentirte desde que eras un crío— espeta —Necesitas un castigo, Bill. No puede ser que hagas estas cosas y no pienses en que os pudieron haber hecho algo a ti o a tu amiga estando tan borrachos y solos. ¿Y si se hubieran aprovechado de vosotros?
—¿Te refieres a robarnos o a violarnos?— pregunto.
—¡Ambas, Bill! ¡Ambas!— exclama.
—Pues a mí me parecería horrible. Igual me habría quedado con un trauma gordo hacia los penes— le respondo —Pero creo que habría hecho todo lo posible por encontrar a esa persona con los contactos de papá y le habría hecho la vida imposible. Por suerte no pasó nada malo; gracias a Dios, que es grande y todopoderoso. Jamás permitiría que un ser tan bonito como yo sufriera algo así, mamá— me peino el pelo con la mano —Soy su mejor creación…
Ella me mira alucinada, y no solo ella, toda la sala se queda en plan ¿qué ha dicho este? ¿Qué he dicho de malo? Si he dicho la verdad: soy la mejor creación de Dios, soy mucho ambiente para todo el mundo y por eso no todo el mundo me aguanta…
Y mi esencia vuelve a mí. ¡Sí!
¡Ven a mí, abuelita! Coño…
—Tía Simone, en estos momentos deberíais considerar que Bill necesita ayuda psicológica— comenta Chantelle.
—Tú necesitas una lipo ya y nadie te dice nada— le contesto.
—Bill, por Dios…— mi madre bufa —Ve y llama a tu padre.
—Vale…— me levanto pero, justo entonces, me viene un recuerdo importante —Mamá, ¿me prestas el móvil?
—¿Por qué? ¿Dónde está el tuyo?
—Digamos que lo lancé a la carretera y un coche le pasó por encima…
Mi madre aparta la mirada de mí, observa todo a su alrededor mientras se lleva una mano a la boca, los dedos cubriendo los labios sin llegar a tocarlos. Parece que procesa mis palabras. —Definitivamente no puedes volver a beber en la vida, Bill— me dice, saca el móvil del bolsillo del pantalón y me lo pasa —Llama a tu padre…
Eso hago: me siento otra vez en el sofá y busco el contacto de mi papi. Por supuesto, la mirada de Tom sigue fija en mí; es tan intensa que siento que la garganta se me cierra cada dos por tres y no me deja respirar. Y yo, sin querer, acabo alzando la vista y cruzándome con sus ojos marrones mirándome serio. Ese breve contacto visual me revuelve el estómago, hace que el corazón se me acelere y me recuerda su mirada fría y esas palabras que me clavó. Rompo la mirada al instante y trago saliva mientras marco el número de papá.
No puedo hacer como si nada, no todavía, así que me levanto y salgo de la sala mientras suenan los tonos. Me llevo el móvil a la oreja y salgo rápido al exterior.
—Simone, ¿ya…?— oigo al otro lado de la línea.
—Papá…— le digo, cortando sus palabras.
—Billie…— suspira —Dios, ¿dónde estabas, eh?— pregunta —Me han llegado un montón de notificaciones de transferencias con una pasta… joder. Tu madre me contó que te fuiste de juerga y no apareciste hasta dos días después, ebrio y sin zapatos. ¿Por qué haces estas cosas, Bill?
—Papá…— repito, esta vez con voz lastimera mientras salgo al exterior de la finca y el sol me da de lleno en la cara —Lo siento, no pensé que iba a estar fuera dos días. No estaba en mis planes, solo quería desconectar.
—Sí, lo entiendo— me dice —Sé que te mola divertirte y salir, pero hay que hacerlo con responsabilidad. ¿Cómo vas a desaparecerte dos días, hijo?— suspira —No se hacen esas cosas. Tu madre dice que te he dado demasiada libertad y tiene razón; desde pequeño te he dejado hacer porque quería que pensaras dos veces antes de dar un paso. Siempre te metes en líos y siempre tengo que ir a rescatarte…
Suelto una risita. —Sí, bueno… por algo eres mi héroe, ¿no?— le recuerdo, como le solía decir cuando era pequeño —Te juro que no conté los tragos, papá. ¿Me perdonas? Prometo no hacerlo otra vez.
Se queda en silencio unos segundos. —Eso espero, Billie… no quiero castigarte quitándote la tarjeta ilimitada que te di— me suelta —Por favor, compórtate; eres mi hijo y no quiero que cuando tomes las riendas de las empresas te salpiquen fotos feas de tus travesuras y te perjudique la imagen.
Hmm, tiene razón. Nadie sabe que yo soy hijo del gran Jhörg Wieger: papá lo mantiene en secreto para que yo, de pequeño, no estuviera acosado por paparazzis. Siempre me han conocido por el apellido Kaulitz; casi nunca digo el de mi padre por eso. Y es también la razón por la cuál nunca he sido la cara de sus revistas o campañas, aunque debería. Pero cuando tenga el control de las empresas, todo cambiará: todo el mundo me reconocerá y me adorará.
—Está bien, no haré nada extremo— le digo —Y ahora que está todo aclarado, ¿puedo pedirte una cosa, papá?
—Depende— se ríe ligeramente.
Muerdo el labio. —Estaba pensando en tener una asistente— le cuento —Que me ayude con cosas personales, ¿puedo tener una?— pregunto —O uno; puede ser chica o chico…
—¿Y tu madre qué dice?— pregunta él.
Bufo. —Ya sabes que ella nunca está de acuerdo con lo que pido— le respondo con un puntito de amargura —Por favor, papá. Si es chico puede hasta ser mi guardaespaldas, pero que sea buenorro y con buen cuerpo, ¿eh?
Mi padre se echa a reír. —Veré qué puedo hacer, ¿vale? Pero no te prometo nada.
—No me salgas con un «no», papá— hago un pucherito, aunque él no me ve —Espero que la respuesta sea que sí; me harías muy feliz.
—Vale, vale… te enviaré un mensaje.
—¿Pero a dónde? Porque mi móvil acabó en medio de la carretera y lo aplastó un coche…
—Ay, Bill…— suspira papá —Cómprate un móvil nuevo, ¿vale? Y por favor, que no acabe otra vez en una carretera— me pide. Yo sonrío: mi padre nunca me dice que no, por eso lo quiero tanto. Es el único que no me grita al regañarme. —Ahora tengo que colgar, tengo una reunión…
—¿Es por ese negocio que estás montando?— pregunto.
—Sí, pero no te daré detalles— dice entre risas —Nos vemos en una semana, hijo. Se buen chico, ¿sí?
—No prometo nada…
Bueno, tocará buscar la forma de comprar un buen móvil por aquí. Aunque dudo que haya tienda de agencia, tendré que indagar. Tras colgar vuelvo a la hacienda para devolverle el móvil a mi madre; no le cuento nada de mi conversación con papá. Por suerte, Tom no está, ni Heidi. Eso quiere decir que estaban juntos… haciendo no sé qué.
Mierda.
Continúa…
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