
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 36
La sede central de la DEA está inusualmente activa para ser tan tarde. Las luces fluorescentes del hangar privado, en la parte trasera del edificio, iluminan a decenas de agentes moviéndose con un propósito claro, revisando el equipo, cargando armamento, hablando en tonos bajos pero urgentes. Hay una energía muy concreta en el ambiente; puedo sentir la adrenalina y la concentración que siempre preceden a un operativo de alto riesgo como el que está a punto de comenzar.
Yo estoy de pie junto a una mesa plegable donde tenemos desplegados los planos de la Mansão Vermelha, estudiándolos por enésima vez aunque ya me los sé de memoria. Cada entrada, cada salida, cada punto ciego, cada zona de cobertura. Klaus me ayudó a perfeccionar este análisis durante nuestras noches juntos, aunque obviamente no puedo mencionar eso a nadie.
—Benjamín…— levanto la vista y veo a Alex acercarse, vestido con su chaleco táctico negro. Tiene una pequeña sonrisa en los labios que me hace devolverle otra.
—Alex— le saludo con un leve asentimiento de cabeza.
—¿Listo?— pregunta, deteniéndose a mi lado mientras observa también los planos. Su cercanía y su presencia solo consiguen que recuerde la noche tan… intensa que tuve con Klaus. Joder, es que solo con tener ese recuerdo tan reciente en la cabeza noto un cosquilleo en el estómago que me pone muy nervioso. Es una tontería. Soy un adulto que, de repente, se siente como un adolescente.
—Tan listo como se puede estar— respondo con sinceridad, carraspeando un poco al salir de mis pensamientos —¿Los brasileños han confirmado su posición?
—Hace diez minutos— me confirma —La Policía Federal tiene treinta agentes en São Paulo esperándonos. Tendremos apoyo local, acceso a sus recursos y coordinación total. El comandante Henrique Silva estará al mando de su equipo.
—Bien— me froto la nuca, notando la tensión acumulada ahí. Trago saliva y dejo escapar un pequeño suspiro —¿Y nuestro equipo?
—Doce agentes contigo, incluido Xavier— dice Alex, y noto el ligero cambio en su tono al mencionar ese nombre. Claro que sí, tengo muy presente que ese cabrón estará en mi equipo. Sigue sin gustarme la idea, joder —Sé que no es tu persona favorita, pero es bueno en lo que hace. Mantenlo centrado y no habrá problemas.
Será fácil si el imbécil coopera. No quiero que este operativo acabe mal. —Lo controlaré.
Alex apoya una mano en mi hombro, apretando ligeramente con los dedos —Este es tu operativo, Benjamín. Tú lo planeaste, tú conseguiste la inteligencia, tú coordinaste cada detalle, y confío plenamente en ti— me dice —Igual que has gestionado los anteriores operativos, que han salido muy bien, también podrás con este.
Sus palabras me llenan de una culpa que intento ignorar. Porque si él supiera que la mitad de esa información vino de Klaus König, que tengo un plan paralelo en marcha al mismo tiempo, que estoy jugando en los dos bandos de esta guerra y, encima, con alguien con quien he tenido relaciones sexuales… y no solo eso, sino con alguien por quien siento cosas que jamás pensé que sentiría. Han pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo, y pensar en todo ello me resulta complicado. En otras circunstancias estaría machacándome mentalmente por todo lo que ha pasado y por lo que he permitido. Pero no lo estoy haciendo…
Más bien… me parece casi normal, y eso es lo realmente inquietante. Bueno, normal no. Es completamente anormal, joder.
—Gracias, Alex— es lo único que consigo decir.
Él asiente despacio y se aleja para hablar con otros agentes. Yo respiro hondo y me giro hacia el grupo de hombres y mujeres que forman mi equipo para esta misión. Ya es hora de ponernos en marcha y viajar rumbo a Brasil, así que me pongo de pie con determinación para dirigirme a todos.
—Escuchad todos— mi voz corta el murmullo de conversaciones.
Doce pares de ojos se giran hacia mí de inmediato. Los reconozco a todos, incluido Xavier, que me mira con un desprecio tan evidente que tengo que contenerme para no decir nada al respecto. Camino hasta el centro del grupo; mis botas resuenan contra el hormigón del hangar.
—Dentro de treinta minutos estaremos en el aire rumbo a São Paulo, Brasil— les digo —El vuelo durará aproximadamente once horas, y quiero que aprovechéis ese tiempo para descansar, porque una vez que aterricemos no habrá tiempo para pausas— recorro a todos con la mirada lentamente —Repasaremos el plan, ¿de acuerdo?— me relamo los labios —El objetivo es Rodrigo Mendes, líder del cártel Los Lobos del Sur, y Mateo Salazar, líder del cártel de Sinaloa. Se reunirán con motivo de una celebración por su alianza— me detengo en medio del grupo y entrelazo los dedos detrás de la espalda —Junto a unos cincuenta o setenta invitados, la mayoría miembros de ambas organizaciones.
Uno de los agentes silba por lo bajo —Son muchos objetivos.
—Por eso contaremos con el apoyo de la Polícia Federal brasileña— explico con calma —Treinta agentes locales que conocen bien el terreno. Nos dividiremos en cuatro equipos. El equipo uno estará bajo mi mando; entraremos por la entrada principal— continúo —El equipo dos estará liderado por Xavier y entrará por el ala este. El equipo tres, Sabrina, entrará por el ala oeste. Equipo cuatro, Dion, establecerás posiciones de francotirador en estos tres puntos elevados alrededor del perímetro.
—¿Y los brasileños?— pregunta otro agente.
—Formarán el Equipo Cinco, encargados de asegurar el perímetro exterior y evitar que nadie escape— musito —El comandante Silva coordinará directamente conmigo. La operación comenzará exactamente a medianoche, a las doce en punto, hora local. Para entonces la celebración estará en su punto más alto, la música sonará fuerte, la gente irá bastante bebida y utilizaremos ese caos a nuestro favor.
Xavier se cruza de brazos. —¿Y si hay resistencia armada? Porque seguro que Rodrigo tendrá guardias.
—Esperamos que haya entre quince y veinte guardias de seguridad distribuidos por toda la propiedad— respondo —Armados con pistolas, algunos con fusiles de asalto. Por eso entraremos con chalecos tácticos completos, cascos y escudos balísticos. La prioridad es capturar con vida a Rodrigo y a Mateo, pero estamos autorizados a usar fuerza letal si es necesario para proteger vidas.
Kristen, una de las agentes, levanta la mano.
—¿Y las comunicaciones? ¿Bloqueamos las señales?
—Sí— asiento —En el momento en que entremos, tú activarás los inhibidores de señal. Nadie podrá hacer llamadas, enviar mensajes, nada. Queremos aislarlos por completo. Nosotros, en cambio, tendremos radios encriptadas en frecuencias que no se verán afectadas.
—Jefe, ¿hay órdenes de arresto?— pregunta Siena, una de las agentes de mi equipo.
—Así es, firmadas y selladas para Rodrigo Mendes, Mateo Salazar y otros dieciocho miembros de alto rango de ambas organizaciones que sabemos que estarán presentes— le contesto con una ligera sonrisa en los labios —Todos los demás serán detenidos para interrogatorio. Nadie sale de esa mansión sin ser identificado y procesado.
Xavier suelta una risa nasal. —Va a ser un puto caos, agente Keller.
—Por eso ensayamos— lo miro directamente a los ojos —Cada uno de vosotros ha sido elegido porque sois los mejores en lo que hacéis. Conozco vuestras capacidades, confío en vuestras habilidades, pero necesito que confiéis en mí también, que sigáis mis órdenes al pie de la letra, sin improvisaciones.
—¿Y después de asegurar los objetivos?— pregunta Dion.
—Entrarán los equipos de búsqueda y recuperación de pruebas— le digo —Incautaremos absolutamente todo: documentos, ordenadores, teléfonos, dinero, drogas, armas. Todo lo que pueda servir como prueba o para desmantelar las rutas de distribución de ambos cárteles. Calculamos que estaremos en el lugar al menos seis horas después de la captura inicial.
Y es durante esas seis horas cuando Klaus atacará. Joder, esa idea no me gusta nada. Siento que hay algo que Klaus no me ha contado y me preocupa que no cumpla la promesa que me hizo…
—¿Alguna pregunta?— miro alrededor del grupo.
Solo recibo silencio. Mi sonrisa se ensancha un poco más.
—Bien— me froto los labios —Revisad vuestro equipo una última vez. Aseguraos de llevar la munición completa, las radios funcionando y las baterías cargadas. Siena…— me mira al instante, en una posición recta y profesional —quiero que revises la lista del equipamiento técnico. Abraham, revisa los rifles de precisión. Dion, asegúrate de que las cargas de distracción estén listas. Y Xavier…— hago una pausa, soltando un suspiro silencioso —Supervisa la carga del armamento pesado en el jet.
Todos asienten y empiezan a dispersarse para cumplir las órdenes. Xavier, en cambio, se detiene a mi lado antes de marcharse. —Buen briefing— dice, y por una vez no hay sarcasmo en su voz, o al menos eso quiero creer —Aunque no me caigas bien, reconozco que sabes lo que haces.
No es exactamente un cumplido, pero viniendo de Xavier es lo más cerca que voy a estar de conseguir uno. —Gracias. Solo necesito que hagas tu trabajo allí.
—Siempre lo hago— responde con desdén, lanzándome una mirada cargada de fastidio antes de alejarse.
Dejo escapar un bufido, cerrando los ojos brevemente antes de volver a sentarme.
—Ben, aquí está la documentación completa
— oigo decir a Alex, que se acerca con varias carpetas y me las entrega —Órdenes de arresto, autorizaciones internacionales, coordinación con el gobierno brasileño… todo. Está todo ahí.
—Gracias, jefe— cojo la carpeta y le echo un vistazo rápido, leyendo por encima.
—Tenemos que irnos ya. Es la hora.
Asiento con la cabeza. Tengo un leve dolor, una punzada molesta que no me deja tranquilo. Es el estrés, lo sé. Esa manía mía de sobrepensarlo todo, de analizar la situación desde todas las perspectivas posibles. Siento que esto no va a acabar bien, siento que el plan de Klaus tiene un agujero. Una pieza que no encaja… o más bien, siento que me ocultó algo. Yo solo quiero que cumpla lo que me prometió, nada más.
Todos nos colocamos para subir al jet privado de la DEA, que espera en la pista. Es un Gulfstream G550 modificado, elegante por fuera pero completamente funcional por dentro. Tiene filas de asientos de cuero negro, pantallas de monitorización en las paredes y compartimentos de almacenamiento llenos de nuestro equipo.
Me siento junto a la ventanilla, abrochándome el cinturón mientras los demás ocupan sus sitios. El piloto anuncia por el intercomunicador que despegaremos en cinco minutos. Me recuesto en el asiento y cierro los ojos un momento. Necesito calmar mis pensamientos o esas punzaditas molestas en la cabeza acabarán convirtiéndose en un dolor de verdad que no me dejará hacer mi trabajo como es debido.
Los motores rugen, la fuerza G me empuja contra el asiento y, de pronto, estamos en el aire, elevándonos sobre Washington D. C., dejando atrás todo lo conocido y volando hacia lo desconocido.
Brasil es un país al que ya he ido antes, en dos ocasiones, cuando los operativos no los lideraba yo, sino principalmente Alex, y yo no era más que un agente raso. Apenas llevaba un mes en la DEA cuando ya estaba en el equipo de Alex, participando en una operación bajo su mando. En aquella época mi única preocupación era seguir el plan al pie de la letra y no cometer errores. Ahora son muchas más, porque me toca diseñar los planes, asegurarme de que todo salga bien y de que no haya pérdidas en mi equipo, ni muertes entre mis compañeros.
Y ahora, con Klaus… las cosas cambian de muchas maneras. Él dice que debo pensar con la cabeza fría, pero no me resulta tan fácil, aunque lo estoy intentando. Estoy haciendo lo que me pide, lo que él cree que es lo mejor. Si alguien llegara a enterarse de lo que hay entre nosotros, no sé hasta qué punto podría ponerse todo de mal. Y pensar en ellos también me desestabiliza.
Mierda. Ojalá todo fuese más sencillo…
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Las horas de vuelo pasan y el jet aterriza en el Aeropuerto de Congonhas, en São Paulo. Es temprano, casi las once de la mañana, hora local, y la ciudad brilla bajo un sol radiante que se cuela por las ventanas. Al bajar del avión, el calor húmedo de Brasil me golpea de inmediato. No es como el de D. C., es más pesado, más denso.
El aire huele claramente a combustible de avión. Observo todo con rapidez: hay una caravana de SUV negros esperándonos en la pista y, junto a ellos, un grupo de hombres y mujeres vestidos con uniformes tácticos oscuros. Son los federales brasileños. Un hombre alto, con el pelo negro salpicado de canas y una mandíbula cuadrada, se acerca. Lleva un parche en el hombro que lo identifica como el comandante de ese grupo de federales.
—Agentes— nos dice con seriedad cuando se coloca frente a Alex y a mí. Le tiende primero la mano a mi jefe y luego a mí —Espero que hayan tenido un buen viaje. Bienvenidos a Brasil.
—Comandante Silva— estrecho su mano con firmeza después de Alex —Gracias por recibirnos.
—O prazer é meu— sonríe brevemente antes de volver a ponerse serio.
Entiendo perfectamente el idioma, así que no me cuesta saber qué dice. Gracias a mi compañero de celda, que me enseñó unas cuantas cosas cuando no había nada que hacer y los guardias no rondaban por ahí buscando a quién joder sin ninguna justificación. Incluso parecía que se centraban más en mí que en nadie; me reprendían por cualquier tontería.
Si el problema lo empezaba otro recluso, al final era yo quien salía perdiendo. Recuerdo cómo, durante las primeras semanas, me enviaban a esa celda de castigo, donde me metían durante cinco días. La puerta tenía una reja en la parte superior, por donde se comunicaban los guardias de turno que vigilaban, pero casi siempre se mantenía cerrada por una pequeña compuerta, que solo abrían de vez en cuando para comprobar cómo estaba yo. El castigo no era solo meterme en esa celda de paredes acolchadas y dejarme sin comer ni beber durante todo el día hasta cierta hora, no.
El verdadero castigo empezaba cuando abrían la pequeña trampilla que había en la parte inferior de la puerta, por donde me pasaban la bandeja de comida que nunca probaba cuando me metían allí. Colocaban un megáfono con sirena a cierta distancia, lo encendían y emitía un sonido horrible, ensordecedor, todos los días. Daba igual si era una vez o cuatro al día: lo encendían y lo dejaban ahí, sonando y sonando ese ruido fuerte, tipo alarma, como las de evacuación o emergencia. Era espantoso.
Al principio no me molestaba tanto, pero con el paso de los días y las veces que lo encendían, dejándolo horas y horas sonando, incluso por la noche, cuando estaba dormido después de pasarme llorando sin entender qué me pasaba o qué había hecho para acabar allí, lo activaban y ese ruido me volvía loco.
Hasta el punto de hacerme gritar, golpear las paredes acolchadas, la puerta, suplicar que, por favor, lo apagaran. Que me portaría bien.
Por mucho que estiraba el brazo para intentar alcanzar el megáfono y apagarlo, no podía, porque no llegaba. Lo más desesperante era que mis dedos apenas lograban rozarlo, pero no podía cogerlo, estrellarlo contra la pared y hacer que dejara de sonar. Todo era tan horrible…
Bach no podía hacer nada para evitar que los guardias me llevaran allí. Muchas veces les dijo que se lo llevaran a él en mi lugar, pero nunca le hacían caso. Cuando yo salía, él se encargaba de que comiera todo lo que no había comido mientras estaba en esa celda y, con el tiempo, fue enseñándome muchas cosas. Cómo defenderme de todos. Muchas veces me defendió, las mismas veces que acabó él en esa celda de castigo mientras yo me quedaba solo, apartado, para que no me hicieran nada.
Bach volvía y lo hacía en mejor estado que yo, como si esos días en esas celdas no le afectaran. Una vez llegó a decirme que ya era cuestión de práctica. Siempre le pregunté por qué lo decía, qué tipo de práctica había tenido, pero nunca me contaba nada; simplemente se reía y soltaba un: «Qué cotilla eres, ¿eh?».
Siempre fue bueno conmigo, me ayudó muchísimo. Hubo una vez que lo dejaron en esa celda durante un mes entero. Porque sí: te enviaban a esas celdas y, dependiendo de lo que hicieras, te aumentaban los días. O eran tres, o cinco, o hasta treinta. Y todos los días con ese megáfono y ese ruido que te perturba, que parece destrozarte los tímpanos. Yo me sentía fatal por él, pero Bach siempre me decía que prefería estar él allí antes que yo.
Nunca me dijo por qué tenía ese trato conmigo. ¿Qué hice yo para que me protegiera así ahí dentro? No lo sé, pero se lo agradezco.
—Tenemos todo preparado— la voz del comandante me saca de mi lío mental. Parpadeo un par de veces, saliendo de ese pequeño aturdimiento, y enfoco la mirada en los ojos marrones del hombre —Mis hombres conocen la zona, conocen a Rodrigo, saben cómo opera. Esto es personal para nosotros también. Ese filho da puta lleva años envenenando nuestras calles.
—Entonces trabajaremos bien juntos— dice Alex con total seguridad —¿Están en posición?
—Vinte e oito agentes— confirma el comandante —Dos han tenido que quedarse fuera por una emergencia familiar, pero tenemos efectivos suficientes. Ya van de camino a la zona de preparación. Les dije que llegaríamos en cuarenta minutos.
—Perfecto.
Miro hacia atrás, donde mi equipo está descargando el equipamiento.
—¿Tenéis el reconocimiento actualizado del objetivo?— pregunto.
Silva asiente. —Tengo a un par de mis oficiales camuflados entre su gente. Están organizando el lugar donde se celebrará la fiesta— me responde —Van a montar algo por todo lo alto.
—Eso parece— digo —Pero no será un impedimento para atrapar a ambos capos.
El comandante inclina ligeramente la cabeza hacia delante. —No lo dudo— responde —Tengo entendido que usted es el mejor agente que ha tenido la DEA hasta ahora, teniendo en cuenta todos los desmantelamientos que ha logrado en sus operaciones. Resultados siempre positivos. Sé que también los tendrá en esta y que conseguirá atrapar a esos dos narcotraficantes. Es usted muy valiente, tiene mi respeto por ello, agente Keller— musita, leyendo mi apellido en el uniforme.
—Muchísimas gracias, señor.
Alex esboza una sonrisa. —Bien, tenemos que irnos ya— dice.
Asiento y me giro para mirar a mis agentes, que ya han terminado su trabajo. —Vamos a prepararnos, chicos. En dos horas, Rodrigo Mendes será nuestro— les digo.
Ellos vitorean, como siempre hacen cuando tienen la certeza de que vamos a ganar. Subimos a los SUV, con el equipamiento ya cargado en los maleteros. Mi parte favorita de cada operativo es cuando veo a los narcotraficantes esposados delante de mí; es una sensación enorme de satisfacción que siempre disfruto. Habría sido lo mismo con Klaus si no hubiera pasado nada de todo lo que ahora hay entre nosotros.
Cosas de la vida, supongo.
Continúa…
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