Silent promise 40

Fic de Unicornlitz. Temporada II

Capítulo 40

Los agentes brasileños hacen lo mismo, dejando tirados a los prisioneros y corriendo a cubrirse. Los detenidos empiezan a gritar, tirándose al suelo, algunos intentando arrastrarse hacia cualquier refugio. Viktor da un paso adelante, y cuando habla, su voz es fuerte, clara, con un acento alemán marcado y un toque de diversión.

—Buenas noches a todos— dice, casi amigable pero obviamente falso —Antes que nada, quiero decir que ha sido divertido ayudarles a atrapar a Mendes. Realmente, un operativo muy profesional. Es una pena que Salazar se les haya esfumado, pero bueno, no se puede ganar siempre, ¿verdad?

—¿Quiénes sois?— exige Alex, su voz suena autoritaria pero puedo notar la tensión debajo.

Klaus se ríe bajito —Vik, ¿quizás deberíamos presentarnos?

—¿Tú crees, hermano?— responde Viktor con falsa consideración.

—Sí— asiente Klaus —Sería de mala educación no hacerlo.— ambos hermanos conectan miradas al mismo tiempo, riendo como si nada, divertidos con la situación —Soy Klaus König— anuncia, su voz resuena con autoridad y mucha calma a la vez —También conocido como Frost. Y este es mi hermano, Viktor, o bueno, Blade. Somos del Clan Geist, eso ya lo debéis saber tras oír nuestros nombres.

Joder.

Un murmullo de reconocimiento pasa entre los agentes, todos saben ese nombre, todos saben lo que significa. Alex se pone alerta y yo también, porque es mi deber, no porque quiera. No sé del todo qué está tramando Klaus, joder. Él no me habló de esto.

—Estamos aquí— continúa Klaus, caminando despacio hacia adelante, sus hombres se quedan atrás sin dejar de apuntarnos, en formación militar perfecta —Porque quiero la organización completa de Rodrigo Mendes, ya sabéis, sus rutas, sus contactos, sus territorios, toda su infraestructura en Brasil. Todo.

—Eso no va a pasar— digo, mi voz suena firme aunque el pulso me esté acelerando.

Klaus se detiene, girando la cabeza hacia mí. Hay algo en su mirada, algo que solo yo puedo leer: es una advertencia, una disculpa y determinación absoluta. Sabe que debo hacer esto para que nadie sospeche, pero pasa de mis palabras.

—También— continúa como si nada, volviendo su atención al grupo completo —Es un placer finalmente tener a la DEA de frente después de aquel operativo que hicieron contra nosotros en Berlín. ¿Os acordáis? Esa bodega donde pensasteis que nos atraparíais, ese operativo que no os salió muy bien porque os dejamos una sorpresita.

Está hablando de la bodega, de los explosivos C-4, de los diecinueve agentes muertos.

—Aprovecho para daros mi más sentido pésame — dice Klaus, y ahora su tono está cargado de burla, cruel y frío —Ya sabéis, por la muerte de vuestros compañeros. Diecinueve, ¿verdad? Debe ser duro, perder a tanta gente en un solo día. Tanta sangre en vuestras manos por meter la nariz donde no debíais.

—Hijo de puta— murmura Alex a mi lado, con el arma apuntando directamente a Klaus, el dedo peligrosamente cerca del gatillo. Me invade un miedo absoluto.

—Cuidado con esa boca, agente— advierte Viktor, desenfundando su propia arma y levantándola —No me gustaría tener que callártela permanentemente.

—Estáis rodeados— dice Alex con voz firme —Bajad las armas y rendíos, los refuerzos están en camino.

Klaus se ríe, una carcajada genuina que resuena en el patio —¿Rodeados? Agente, creo que no está valorando bien la situación. Nosotros os superamos en número dos a uno. Tenemos mejor armamento, mejor posición. Y…— hace una pausa dramática —Vosotros ya estáis agotados tras vuestro operativo. ¿Cuántas horas lleváis despiertos? ¿Treinta? ¿Cuarenta? ¿Cuántos agentes os quedan? ¿Diez?— vuelve a reír.

—No nos importa— respondo —No vamos a daros nada, saldréis de aquí esposados como las ratas que sois.

—Agente Keller, ¿no?— pregunta Klaus, su voz tan calmada, tan casual, que da miedo —Recuerdo haberte visto en las noticias hace unos meses. Dando ese discurso tan emotivo, tan motivacional, a las familias afectadas por las muertes de sus parientes en Berlín. Qué triste, ¿verdad? Todas esas viudas llorando, esos niños preguntando por qué papá no vuelve a casa. Todo porque vuestros compañeros decidieron perseguirnos.

—Vosotros los matasteis, vosotros pusisteis esas bombas.

—Y vosotros entrasteis sabiendo los riesgos— responde Klaus con frialdad absoluta. Sé que lo dice para mantener la fachada de su resentimiento hacia mí, pero duele lo que dice porque aún siento algo de culpa, más por la muerte de Marcus —Todos vosotros firmáis esa línea de puntos sabiendo que podéis no regresar, así que no me culpéis por ser mejor en este juego que vosotros.

—Esto no es un juego— interviene mi jefe, su voz tiembla de furia contenida —Son vidas humanas.

—Para mí— menciona Klaus, su tono se vuelve más oscuro, más peligroso —son obstáculos. Y los obstáculos se eliminan o se rodean, vosotros elegís qué preferís ser.

—¡Váyanse a la mierda!— grita Dion desde su posición elevada y todo explota porque él abre fuego contra los hombres de Klaus. Joder, no, esto no debería estar pasando. De repente el patio se convierte en un infierno de disparos, gritos y caos absoluto.

—¡Cobertura!— grito, tirándome detrás de un vehículo blindado mientras las balas silban sobre mi cabeza, impactando el metal con estruendos ensordecedores. Una de las agentes, Gabrielle, está a mi lado, devolviendo fuego con ráfagas controladas. Veo a Dion corriendo hacia una columna, pero una ráfaga de AK-47 le alcanza el pecho. Su chaleco antibalas detiene la mayoría, pero el impacto lo tira al suelo, sin aliento. —¡Hombre caído!— grito, pero no puedo llegar a él.

Hay demasiado fuego cruzado. Mierda, Klaus, para esto, joder.

Los agentes brasileños luchan valientemente, pero veo que varios ya están en el suelo. Uno se arrastra dejando un rastro de sangre, agarrándose la pierna. Otro está inmóvil, y no quiero pensar si está muerto o solo inconsciente. Siena sale corriendo de la mansión con su equipo, pero Viktor la ve. Levanta su arma, una Uzi compacta, y dispara una ráfaga. Ella se tira detrás de una fuente de piedra justo a tiempo, los fragmentos explotan donde estaban sus piernas segundos antes.

—¡No podemos mantener esto!— grita Gabrielle sobre el estruendo ¡Nos superan en número, jefe!—.me dice.

Me asomo para disparar, vaciando mi cargador hacia las posiciones del Clan Geist. Veo a uno de sus hombres caer, agarrándose el hombro. Recargo, mis manos se mueven por puro entrenamiento mientras mi mente corre. Klaus tiene razón, estamos agotados, superados en número, los refuerzos tardan en llegar y sus hombres son profesionales, probablemente exmilitares o mercenarios. Alex se dará cuenta, pero primero pensará en nuestro lema: «somos la DEA y no nos rendimos».

—¡Aaran!— grito en mi radio, llamando a uno de los agentes —¡Necesito que neutralices a los tiradores en el flanco este!

—¡Recibido, jefe!— responde su voz, seguida inmediatamente por el sonido inconfundible de su rifle de francotirador.

Alex está detrás de otro vehículo, coordinándose con los brasileños que quedan. Veo al comandante Silva arrastrándose, sangrando por una herida en el costado, pero aún disparando con una determinación feroz. Me muevo, corriendo agachado hacia una mejor posición. Las balas siguen mis pasos, arrancando trozos de hormigón del suelo. Salto, ruedo y termino detrás de una jardinera de piedra maciza, pero siento dolor, un escozor horrible, antes de poder volver a cubrirme.

Es un roce, una bala que pasa demasiado cerca de mi mano izquierda mientras la uso para estabilizarme. Pero basta para que el guante se rompa, la piel se me abra y la sangre brote al instante. El dolor es cegador, como si alguien hubiera presionado un hierro al rojo vivo contra mi carne.

—¡Mierda!— grito, apretándome la mano contra el pecho. No es grave, lo sé, solo es un roce profundo. Pero duele como el demonio y la sangre gotea entre mis dedos, haciendo que el arma se me vuelva resbaladiza. No puedo apretarla, me duele, y mucho.

—¡Esto es jaque mate!— exclama Klaus —¡Os superamos en todo! ¡¿De verdad queréis volver a casa con más agentes muertos por vuestra idiotez de «hacer el bien»?! ¡Os daré la oportunidad de largaros y dejarme hacer mis cosas, cabrones!— me asomo lo justo para verlo, mientras la sangre cae de mi mano al suelo, manchando el césped. Los ojos de Klaus se clavan en mí, buscándome entre todos los agentes, tanto los caídos como los que siguen disparando. Ve mi expresión y sabe que pasa algo, porque al instante lo oigo gritar —¡Alto el fuego!

Y, milagrosamente, sus hombres obedecen al instante. Los disparos del Clan Geist se detienen. Solo los nuestros continúan unos segundos más, hasta que Alex da la misma orden y el silencio cae sobre el patio, roto solo por los gemidos de los heridos, el tintineo de los casquillos cayendo sobre el césped y mi respiración agitada.

Klaus camina hacia mí con pasos medidos. ¿Qué coño está planeando? Su arma apunta despreocupadamente hacia el suelo, pero lista para levantarse en una fracción de segundo. Viktor lo cubre, junto al resto de sus hombres.

—Agente Keller— dice cuando llega a mi posición —Parece que está herido.

—Vete a la mierda— gruño entre dientes, presionando la mano herida contra el chaleco, intentando frenar el sangrado.

—Esa boquita…— Klaus chasquea la lengua, negando con la cabeza —Supongo que ya es lo normal en los agentes, ¿no?— se mueve tan rápido que apenas lo veo y me agarra del brazo, con suavidad pero con firmeza, arrastrándome prácticamente hasta donde estaba antes. Mi arma cae de la otra mano mientras Klaus tira de mí; su brazo rodea mi cuello por detrás y su arma, esa Desert Eagle cromada, presiona contra mi sien —Lo siento, cariño— me susurra al oído —Solo será un momento, ¿vale?

—¡Suéltalo!— grita Gabrielle, apuntando directamente a Klaus.

—No lo creo— responde el de las rastas negras, con una voz calmada, casi aburrida —Esto es lo que va a pasar ahora: vais a bajar las armas. Todos.— señala vagamente con su pistola antes de volver a apoyarla contra mi cabeza —Porque si no lo hacéis, el cerebro del agente Keller va a decorar este bonito patio.

—Klaus König— dice Alex, poniéndose de pie despacio, con las manos levantadas en gesto conciliador —Seamos racionales, esto no tiene por qué acabar mal.

—Oh, pero ya ha acabado mal, agente— responde —Acabó mal en el momento en que decidisteis pelear en vez de simplemente retiraros. Ahora tenéis…— hace una pausa, mirando alrededor —¿cuatro agentes muertos? ¿Cinco? Y unos diez heridos. Yo tengo dos bajas. Dos. ¿Ve la diferencia?

Puedo sentir su respiración junto a mi oreja, constante y controlada. No hay ni rastro de pánico en él; está completamente en su salsa.

—Además— continúa Klaus —Es especialmente satisfactorio tener al agente Keller en mis manos después de esa declaración de guerra que me hizo públicamente por televisión en aquella ceremonia. ¿Cómo fue? «El Clan Geist responderá por sus crímenes. Los encontraremos. Los atraparemos. Haremos justicia.»— aprieta más fuerte mi cuello y me cuesta respirar.

Solo tengo que aguantar un poco más. Tendrá que compensarme por esto que me está haciendo pasar, joder.

—Bueno, aquí estoy— prosigue, su voz destila sarcasmo venenoso —¿Dónde está su justicia ahora, agente Keller? ¿Dónde está esa valentía cuando no tiene una cámara delante?

—Vete… al… infierno…— logro decir entre jadeos.

Klaus se ríe, pero no hay humor alguno en ese sonido —Ya estoy ahí, guapo, y te estoy llevando conmigo.

—¡Espera!— Alex da un paso adelante —¿Qué quieres? ¿La organización de Rodrigo? Es tuya, solo suéltalo.

—Alex, no…

—Oh, me quedaré con la organización de todas formas— comenta Klaus, asintiendo lentamente —Pero el agente Keller… él viene conmigo. Tenemos un asunto pendiente. Al fin y al cabo, esa declaración pública merece una respuesta pública, ¿no creéis?

—No puedes secuestrar a un agente federal— le advierte Alex, pero en su voz empieza a colarse la desesperación, y Klaus lo nota. Todos lo notamos.

—¿Que no puedo?— Klaus inclina la cabeza hacia un lado y sonríe con burla —Estoy bastante seguro de que acabo de hacerlo, y a menos que queráis que esto se convierta en una masacre en toda regla, vais a dejar que me lo lleve.

—Nunca…—.empieza a decir Alex, pero Klaus lo corta.

—¿Nunca?— su voz se vuelve peligrosamente suave —Agente, empieza a irritarme. De verdad está empezando a poner a prueba mi limitada paciencia, y cuando pierdo la paciencia…— mueve el arma con una rapidez que apenas puedo seguir. Apunta a Alex y dispara. Me sobresalto al instante; el disparo retumba como un trueno y Alex grita, cayendo al suelo mientras se agarra la pierna, justo donde la bala ha atravesado por encima de la rodilla, colándose entre las placas del chaleco antibalas.

—¡Jefe!— grita uno de los agentes, corriendo hacia él.

—¡Quedaos donde estáis, joder!— grita Viktor, barriendo al grupo con su Uzi —¡El próximo que se mueva, muere!

Alex está en el suelo, gimiendo de dolor, la sangre saliendo a borbotones entre sus dedos mientras se agarra la pierna. El agente se queda congelado a medio camino, todos entran en pánico, y es normal. Estamos perdiendo otra vez contra el Clan Geist y no puedo hacer nada contra ellos, porque Klaus y yo acordamos algo. Tengo que pensar con la cabeza fría, tal y como me dijo él. Tengo que hacerlo y no preocuparme tanto.

—Eso— dice Klaus con calma, como si no acabara de dispararle al director de la DEA —fue por interrumpirme. La próxima vez que alguien hable cuando no le he dado permiso, la bala irá al corazón. ¿Entendido?— nadie responde —¡He preguntado si lo habéis entendido!— repite, elevando un poco la voz.

—Sí…— responden varias voces, débiles.

—Bien— Klaus empieza a retroceder, arrastrándome con él —Ahora, esto es lo que va a pasar: me voy a llevar al agente Keller y vosotros os vais a quedar exactamente donde estáis durante los próximos diez minutos. Si alguien intenta seguirnos, si alguien llama a refuerzos antes de que yo esté seguro de que estamos fuera de alcance, entonces mi hermano Viktor, aquí presente, tiene órdenes de ejecutar a todos los que queden. ¿Ha quedado claro?

Nadie responde, así que Klaus aprieta el brazo alrededor de mi cuello hasta que apenas puedo respirar.

—¡¿Ha quedado claro?!

—¡Sí!— gritan varias voces.

—Excelente— continúa retrocediendo, usándome como escudo entre él y los agentes —Viktor, recoge a nuestros hombres y límpialo todo. Hay una chica esperando en las habitaciones de la mansión; le hice una promesa. Ve a por ella y sácala de allí. Llévala a ya sabes dónde— ¿qué? ¿Una chica? —Quiero cada pieza de evidencia de Rodrigo cargada en los camiones en cinco minutos. Esta organización es nuestra.

—Entendido— responde su hermano, empezando a ladrar órdenes en alemán a los miembros del Clan Geist.

Observo todo mientras los hombres de Klaus se mueven con eficiencia militar, entrando y saliendo de la mansión con cajas de documentos, portátiles, discos duros… todo lo que nos llevó horas recopilar.

—Agente Benjamín…— murmura uno de los agentes, con puro terror en la voz.

—Estará bien— le dice Klaus, casi con amabilidad. —Siempre que todos os portéis bien. Pero si alguien intenta hacerse el héroe…

No termina la amenaza. No hace falta.

Al final, llegamos hasta un SUV negro que esperaba entre las sombras del perímetro. Klaus abre la puerta trasera con una mano mientras mantiene el arma contra mi cabeza con la otra.

—Dentro— ordena, empujándome al interior.

Tropiezo y caigo sobre el asiento de cuero. Klaus sube detrás de mí, cierra la puerta y el conductor, al que reconozco al instante porque es Georg, acelera sin perder un segundo. Miro por la ventana trasera mientras nos alejamos: veo a mi equipo todavía paralizado en sus posiciones, a Alex siendo atendido por Gabrielle en el suelo, al único francotirador que nos queda bajando lentamente de su puesto, y al resto simplemente… derrotados. Y a Viktor con sus hombres saqueando metódicamente todo aquello por lo que habíamos trabajado tan duro.

Pero era lo que tenía que pasar.

Sin embargo, no pasó como se suponía que debía pasar, y ahora resulta que Klaus va de héroe salvando a una chica.

Suelto un suspiro, apretando la mano que aún chorrea sangre contra mi chaleco.

—Lo siento— murmura él por fin, guardando el arma y sacando un botiquín de primeros auxilios de debajo del asiento —Sé que no fue fácil, cariño.

—No me hables— siseo, agarrándome la mano herida con más fuerza.

—Déjame ver eso, ¿vale?— alarga la mano hacia mí, pero se la aparto de un empujón.

—No me toques.

—Benjamín…

—¡Acabas de dispararle a Alex!— exploto, sin poder contenerme —¡Le disparaste en la pierna! ¿Qué coño, Klaus? Esto no tenía que pasar así, joder, no tenía que pasar.

—Estaba siendo complicado— se excusa con una calma que me saca de quicio —Y necesitaba dejar claro un punto. Además, es solo la pierna. Va a sobrevivir.

—Eres un monstruo, ¿lo sabes?— murmuro —Aunque no sé ni para qué me quejo…— intenta de nuevo cogerme la mano y esta vez no lo detengo; simplemente dejo que haga lo que tenga que hacer. —Murió mucha gente.

—Lo sé, cariño.

Lo miro a los ojos cuando se quita el pasamontañas y se recoloca las rastas negras, soltando el aire despacio. Está sudando.

—No debiste traerme, Klaus. Ahora la DEA va a iniciar una caza brutal y, en el próximo enfrentamiento, no van a ser menos— me quita el guante con muchísimo cuidado.—Y Salazar consiguió escapar, lo cual es terrible. ¿Tuviste algo que ver con eso?

—Sí— asiente Klaus, sin negarlo —Pero todo tiene un motivo, ¿vale? No te enfades…

Imposible no enfadarme. —Te odio— murmuro.

—Sí, claro…— se ríe un poco —Voy a usar alcohol y va a escocer mucho, ¿de acuerdo?

—He pasado por cosas peores. Hazlo rápido y ya.

—Vale…

¿Cuál es el precio de estar relacionado con un narcotraficante, no solo por un acuerdo, sino sentimentalmente? Pues el precio es demasiado alto. Lo sé. Pero a estas alturas ya no puedo simplemente apartarme; es demasiado tarde. Y ahora estoy en un vehículo en marcha, secuestrado por el narcotraficante con el que me he acostado dos veces… ¿o fueron tres? No lo recuerdo. Dios mío, ¿cómo he acabado metido en esto?

¿Puedo arrepentirme?

No, porque no siento ni una pizca de arrepentimiento. ¿Es algo bueno o malo? No lo sé.

Gruño cuando Klaus echa el alcohol a chorros sobre mi mano. Intento cerrarla por instinto por el escozor, pero él me sujeta los dedos para evitarlo.

—Tranquilo— me susurra —Te limpiaré la herida y te pondré una venda. Cuando lleguemos a Alemania, Dick te curará mejor.

—¿Dick?— repito, confuso.

—Matthew—.me aclara, con una sonrisa en los labios.—Dick es su alias… o bueno, fue el mote que le puse yo hace tiempo y así se quedó con los años.

—¿Qué clase de alias es ese?

—Tiene su historia— responde, riendo suavemente. Limpia la sangre con un algodón, procurando no hacerme daño. Me gusta cómo lo hace, con tanto cuidado; es demasiado tierno para mí. Una sonrisilla se me escapa sin previo aviso—. Ahora, hablemos de cómo te apunté a la cabeza con el arma.

—Ya sé que fue para seguir el plan…

—Sé que lo sabes, pero aun así me siento mal por ello. ¿Me vas a perdonar?

—Vale— susurro, riendo.

Él sonríe y se inclina solo para dejarme un beso corto en los labios. Georg, que de vez en cuando miraba por el retrovisor, abre los ojos como platos y echa la cabeza hacia atrás sin dejar de conducir. —¡¿Desde cuándo vosotros habéis vuelto a estar juntos?!— exclama.

—¡Georg, mira al frente, joder!— le grita Klaus. —¡¿Quieres matarnos a todos?!

—¡Eso sería una idea cojonuda!— responde el castaño, volviendo a acomodarse bien en el asiento, eufórico, desesperado, derrotado —¡Ahora tengo que pagarle mil doscientos euros a Andreas por la puta apuesta, coño! ¡Qué mala suerte la mía, joder!

Miro a Klaus y me río bajito ante el drama del castaño… aunque, espera…

¿Ha dicho «apuesta»? ¿Pero qué coño…?

Continúa…

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por unicornlitz

Escritora del Fandom

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