(Fic Femslash de Beth)

Capítulo 4

El Club late como un corazón desbocado, las luces rojas y violetas parpadeando al ritmo de la música techno que me vibra en las venas.

Estoy sentada en esa mesa alta cerca del bar, mis piernas cruzadas con deliberación, dejando que el corte de mi vestido rojo revele justo lo suficiente de mi muslo para que los ojos ajenos se peguen como moscas a la miel. El sudor perla mi piel, haciendo que la tela se adhiera a mis curvas de una manera que sé que es pecaminosa, y me encanta.

Carla y Daniela están perdidas en la pista, sus cuerpos moviéndose con la multitud, pero Sofía… ah, Sofía ha vuelto de su ronda de exploración, con ese top plateado que brilla como si estuviera mojado, abrazando sus pechos de una forma que invita a tocar. Somos dinamita juntas, y esta noche, siento que voy a ser yo quien encienda la mecha.

Sofía se acerca al bar primero, y yo la sigo porque, vamos, ¿quién mejor que yo para asegurarme de que los tragos sean dignos? Me deslizo del taburete con gracia felina, sintiendo cómo mi vestido sube un poco más de lo «accidental», exponiendo la curva de mi cadera y el encaje negro de mi tanga asomando sutilmente.

Camino hacia ella con ese contoneo que he perfeccionado: caderas oscilando como un péndulo hipnótico, tacones clicando contra el suelo pegajoso.

El bar está repleto de gente sudada y ansiosa, pero el barman me ve llegar y sus ojos se iluminan; sabe que soy la que hace que las propinas valgan la pena.

—Dos martinis, extra secos y con un twist de limón—ordena Sofía, su voz ronca sobre el estruendo de la música.

Yo me inclino sobre la barra, mi escote profundo ofreciendo una vista que podría cobrar entrada, y añado:

—Hazlos fuertes, guapo. Quiero que quemen al bajar.

Mientras el barman trabaja, Sofía se gira hacia mí, sus ojos devorándome de arriba abajo. Se acerca, invadiendo mi espacio personal de esa manera que solo ella se atreve, su aliento cálido rozando mi oreja.

—Támara ¿cómo carajos te ves tan… devastadora esta noche?—murmura, su voz un ronroneo cargado de admiración y algo más oscuro.

Sus dedos rozan mi brazo, trazando una línea lenta desde mi hombro hasta mi codo, un toque que envía chispas directas a mi centro—Ese vestido rojo… es como si estuviera pintado en ti. Tus curvas, tu piel… eres una puta obra de arte viviente.

Suelto una risa profunda, mi ego hinchándose como un globo a punto de estallar.

—Oh, Sofía, ¿devastadora? Cariño, eso es subestimarme. Soy un huracán con tetas y un culo que podría derretir acero—respondo, girándome ligeramente para que vea cómo el vestido se tensa sobre mis nalgas, acentuando cada línea—Y tú lo sabes mejor que nadie. ¿Por qué crees que todos en este club me miran? No es suerte; es poder. Soy la reina aquí, y tú… tú eres afortunada de estar en mi corte—Mi sonrisa es puro veneno dulce, arrogante y seductora, y veo cómo sus pupilas se dilatan, cómo su respiración se acelera.

Me encanta esto: el control, el saber que con una mirada mía, puedo hacer que alguien se derrita.

—Reina, sí… pero una reina que me tiene loca— dice ella, acercándose aún más, su muslo presionando contra el mío mientras el barman desliza los martinis hacia nosotras.

Su mano se posa en mi cintura, audaz, y siento el calor de su palma a través de la tela fina— Mírate, con ese escote que grita ‘tócame’ y esas piernas que podrían envolver a cualquiera. ¿Sabes cuánto me provocas?

Tomo mi martini, dejando que el borde de la copa roce mis labios rojos antes de dar un sorbo lento, teatral.

—Provocar es mi segundo nombre, nena. Y si me ves así, es porque lo merezco. Soy la que hace que las noches como esta valgan la pena, la que deja a todos jadeando por más.

Mis palabras son un susurro ronco, cargadas de esa egolatría que me define, y veo cómo Sofía traga saliva, su sumisión asomando en esa mirada baja, en cómo su cuerpo se inclina hacia mí como una flor al sol.

Entonces, ella muerde el anzuelo por completo.

—Támara… ¿qué tal si vamos al baño? Solo nosotras dos. Quiero… mostrarte lo mucho que aprecio tu ‘poder’.

Su voz es un susurro suplicante, sus ojos suplicando permiso, y yo sonrío, sabiendo que soy yo quien dicta las reglas.

—Buena chica—digo, tomando su mano y guiándola a través de la multitud—Sígueme. Y recuerda que yo mando.

El club es un borrón de colores y sonidos mientras la arrastro al baño de mujeres, un espacio con espejos empañados por el vapor y el calor de cuerpos ansiosos.

Empujo la puerta de un cubículo, la cierro con el cerrojo, y la empujo contra la pared fría, mis manos firmes en sus caderas.

—Quítate el top—ordeno, mi voz baja y autoritaria, y ella obedece sin dudar, sus dedos temblando mientras se deshace de la tela plateada, exponiendo sus pechos firmes, los pezones ya endurecidos por la anticipación.

La beso con fuerza, mi lengua invadiendo su boca, reclamándola mientras mis manos suben por su torso, pellizcando sus pezones con justeza para arrancarle un gemido sumiso.

—Eso es, Sofía. Gime para mí— murmuro contra sus labios, sintiendo cómo se derrite bajo mi toque, la giro, presionándola contra el lavabo, y levanto su falda con un movimiento brusco, exponiendo su tanga húmeda. Mis dedos se deslizan por su espalda, bajando hasta su culo, dándole una palmada firme que la hace jadear—Dime quién manda aquí—exijo, mi otra mano enredándose en su cabello, tirando ligeramente para arquear su cuello.

—Tú… tú mandas, Támara—responde ella, su voz entrecortada, sumisa y ansiosa.

Sonrío, satisfecha, y deslizo mi mano entre sus piernas, encontrando su calor empapado.

La acaricio lentamente al principio, círculos tortuosos alrededor de su clítoris, sintiendo cómo se estremece y se aprieta contra mí.

—Por favor… más—suplica, y yo acelero el ritmo, mis dedos penetrándola con precisión, curvándose para golpear ese punto que la hace arquearse.

—No supliques a menos que yo lo diga—gruño, mordisqueando su oreja mientras aumento la intensidad, mis caderas presionando contra su culo para que sienta mi propio calor.

Ella se retuerce, sus manos aferradas al lavabo, gemidos escapando de sus labios mientras yo controlo cada movimiento, cada roce.

La llevo al borde una y otra vez, deteniéndome justo antes del clímax para prolongar su sumisión, susurrando:

—Siente cómo te hago temblar— Finalmente, la empujo sobre el borde, mis dedos profundos y rápidos, mi pulgar en su clítoris, hasta que explota en un orgasmo que la deja temblando, su cuerpo convulsionando contra el mío.

Pero no termino ahí.

La giro de nuevo, la siento en el lavabo y me arrodillo, mis labios encontrando su centro aún palpitante. Mi lengua la explora con maestría, lamiendo y succionando, saboreando su esencia mientras ella entierra sus manos en mi cabello, no para guiar, sino para aferrarse.

—Támara… oh, dios…— gime, sumisa bajo mi control, y yo la devoro hasta que llega de nuevo, sus muslos apretándose alrededor de mi cabeza.

Me levanto, ajustando mi vestido con una sonrisa triunfante, viéndola jadeante y deshecha.

—Buena chica, Sofía. Eso fue solo un aperitivo.

Ella asiente, sus ojos vidriosos de placer, y salimos del baño, nuestras risas mezclándose con la música. Volvemos a la pista, donde Carla y Daniela nos miran con cejas arqueadas.

—¡Qué demonios, ustedes dos!—grita Carla, pero su sonrisa dice que no está sorprendida.

—Solo avivando el fuego, chicas— digo, guiñando un ojo, mi ego más inflado que nunca.

Estamos de nuevo en la pista bailando, de vez en cuando, nuestras miradas la de Sofia y mía  se cruzan, y ella se inclina para besarme, un choque de labios rápido pero eléctrico, con sabor a martini y deseo. No es amor, es puro instinto, y me encanta cómo se rinde a mi ritmo.

—Eres demasiado—murmura contra mi boca después de un beso, sus manos rozando mi cintura.

—Demasiado es mi especialidad—respondo, riendo mientras la giro, mis dedos trazando su espalda baja, sintiendo cómo se estremece.

Carla y Daniela nos rodean, gritando y riendo, perdidas en su propio trance.

—Ustedes dos van a incendiar este lugar!—chilla levantando su copa en un brindis improvisado.

Yo solo guiño un ojo como siempre, sabiendo que cada movimiento mío hace que el club entero me mire. Bailamos sin parar, mis caderas marcando el ritmo, mi cabello  volando como una bandera de guerra. Cada giro es una declaración: soy Támara y esta noche, el mundo es mío.

Pero el calor del baile y los besos con Sofía me dejan sedienta, así que me escabullo hacia el bar sola, dejando a mis chicas en la pista.

Me abro paso entre la multitud, consciente de las miradas que me persiguen, mi vestido rojo un faro en la penumbra.

Llego al bar, apoyo un codo en la barra y pido:

—Un martini, extra seco, y que sea rápido, guapo.

El barman, ya acostumbrado a mis encantos, asiente con una sonrisa y se pone a trabajar.

Mientras espero, tamborileo los dedos, mi cuerpo aún vibrando al ritmo de la música.

Entonces, lo veo. El tipo con el que estaba la chica del baño, la de cabello elegante y mirada seria.

Está a mi lado, pidiendo un trago con esa postura rígida de hombre que cree que lo tiene todo controlado.

Es mayor, como de 35, con traje caro pero fuera de lugar en el caos del Eclipse. Hago una cara de desagrado instintiva, arrugando la nariz. No me gusta su vibe: demasiado confiado, como si el club le perteneciera.

Él lo nota y, en lugar de ignorarme, se gira con una sonrisa que pretende ser encantadora.

—Hola, soy Eduard—dice, extendiendo la mano como si estuviéramos en una maldita oficina.

No respondo, solo lo miro de reojo, mis labios curvados en una sonrisa burlona. No tengo tiempo para tipos como él. Pero entonces, se inclina más cerca, su voz bajando a un tono que cree seductor.

—Noté cómo nos miraste antes, en la pista. ¿Algo te llamó la atención?—Su guiño es tan obvio que casi me río en su cara.

Piensa que está ganando, que su coqueteo descarado me tiene atrapada. Pobre iluso.

Dejo que mi sonrisa se ensanche, lenta y peligrosa, inclinándome hacia él hasta que nuestros rostros están a centímetros.

—Oh, cariño, claro que miré—digo, mi voz un ronroneo cargado de veneno dulce—Pero no a ti. Estaba mirando a tu novia, esa preciosidad con la que bailabas. ¿Sabes? Me la imaginé de mil maneras…—Hago una pausa, dejando que sus ojos se abran mientras mi voz baja aún más, cada palabra un dardo—La imaginé desnuda en mi cama, con ese cabello oscuro suelto, gimiendo mientras mis manos recorren sus muslos. La vi contra la pared, mis labios en su cuello, sus piernas temblando mientras le muestro lo que es el verdadero placer. Y créeme, ella no necesita a alguien como tú para sentirse viva.

El barman desliza mi martini, y lo tomo sin apartar la mirada de Eduard. Su cara es un poema: la confianza desmoronándose, su boca abriéndose sin saber qué decir.

—Así que, Eduard—continúo, dando un sorbo al martini, mis labios dejando una marca roja en la copa—dile a tu novia que, si quiere una noche de verdad, sabe dónde encontrarme.

Me giro, mi risa baja y burlona resonando mientras me alejo, dejando al pobre tipo mudo, con su ego destrozado en la barra.

Vuelvo a la pista, mi martini en la mano, el triunfo calentándome la sangre.

Sofía me ve llegar y me jala hacia ella, sus labios rozando los míos otra vez, un beso fugaz pero ardiente.

—¿Qué fue eso, reina?— pregunta, sus ojos brillando de curiosidad.

—Solo puse a un idiota en su lugar— digo, guiñando un ojo—Y ahora, nena, vamos a seguir incendiando esta noche.

Nos perdemos en el baile, mi cuerpo moviéndose con más fuego que nunca, sabiendo que, en este club, en esta vida, siempre seré yo quien lleve las riendas.

Continúa…

Gracias por la visita. No te vayas sin dejar un comentario 😉

por Beth Kaulitz99

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!