
Fic TOLL de unicornlitz
Capítulo 25
-Hace una semana atrás-
Localizar a Isabella me ha resultado súper fácil con la info que me pasó mi madre.
La busco porque ella me puede dar la mitad de las respuestas que necesito si me cuenta su versión de los hechos. Tengo mis propias dudas, mis propias preguntas. La verdad es que no sé si querrá hablar conmigo, porque no tengo ni idea de cuánto odie a la familia Kaulitz, o si hará una excepción conmigo. El caso es que no me voy a rajar hasta que no consiga hablar con ella. Es importante. Cuanto antes sea todo, mejor.
El camino de tierra me lleva directo a la hacienda; a los lados hay unos prados enormes rodeados de alambrada de espino. Hay vacas pastando, y otras simplemente tumbadas con sus crías. También veo caballos, y a un par de tíos tirando de ellos por las riendas. Hay toros, hasta ovejas. Me pregunto si todo esto es ya de Isabella o todavía de su padre.
Tengo recuerdos borrosos de sus padres, pero a ella sí la recuerdo perfectamente.
Me doy cuenta de que delante, a unos metros, hay dos columnas gordas de hormigón decoradas con piedras. Les da un toque rústico y chulo. Entre las dos columnas habrá unos cuatro o cinco metros de ancho. Y justo ahí hay un portón negro enorme de barrotes gruesos. Al otro lado hay dos tíos que parecen estar charlando. Cojo la pequeña curva y en menos de cinco segundos ya estoy delante del portón. Los dos dejan de hablar en cuanto ven mi coche.
Del salpicadero cojo la cajetilla de tabaco y el mechero pequeño. Me los meto en el bolsillo trasero del pantalón, cojo también el móvil y lo guardo en uno de los delanteros. Apago el coche, saco la llave y la meto en el otro bolsillo. Abro la puerta y me bajo, pasando del fresquito del aire acondicionado al calorazo de fuera.
Me acerco al portón a paso normal, ni muy rápido ni muy lento. Mientras me acerco, uno de los tíos abre el portón lo justo para salir.
—Muy buenas tardes, caballero— me saluda. Va en plan casual, con unos vaqueros gastados, una camisa roja de manga larga metida por dentro y botas. El sombrero es como grisáceo, lleva el pelo largo recogido en una coletita baja y barba, pero no mucha. Me tiende la mano para saludar y se la estrecho al momento —¿Qué le trae por aquí?
—Buenas tardes— le devuelvo el saludo cuando soltamos las manos —¿Está la dueña o el dueño de la finca?
—¿La patrona?— supongo que se refiere a Isabella, o a lo mejor a su madre. No lo sé. El tío mira al otro que está al otro lado del portón. Me vuelve a mirar con el ceño un poco fruncido por el sol que le da en la cara —¿Tiene cita o algo con ella? Normalmente nos avisa cuando viene alguien, pero hoy no nos han dicho nada de usted, caballero. ¿Cómo se llama?
—Thomas…— le digo —Thomas Kaulitz, y no, no tengo cita con ella. He venido porque tengo algo importante de lo que hablar con tu jefa— me mira con cara de duda —Son temas personales y un poco delicados, vengo conduciendo desde Heidelberg hasta aquí y me urge verla, por favor.
—Pues… déjeme avisar— me dice y yo asiento mientras lo veo volver hacia el portón —Ernesto, pásame la radio, por favor— le pide y el otro se la pasa entre los barrotes —Thaniesita, ¿me copias?— como no contestan, pulsa otra vez el botón que hace ruido y repite —Thaniesita, aquí Flavio…
Esta vez la radio suena sola. —¿Qué pasa, Flavio?— responde una voz de mujer, un poco seca, al otro lado.
—Thania, mira, aquí en la entrada hay un chaval. Dice que se llama Thomas Kaulitz y que necesita hablar urgentemente con la patrona— le explica Flavio tranquilamente. Mientras espero, saco la cajetilla, cojo un cigarro, la guardo y saco el mechero. Lo enciendo en los labios, le doy una calada y guardo el mechero. Lo cojo con los dedos para quitármelo de la boca y suelto el humo despacio —No tiene cita ni nada, viene desde Heidelberg y dice que le urge ver a la señorita Isabella.
Así que Isabella ya manda en todo lo de su padre, por lo visto.
—Repíteme el nombre— pide la mujer.
—Thomas Kaulitz.
Se hace un silencio enorme, enorme, que ya me pone en alerta de que no me van a dejar pasar. Me da tiempo a darle dos caladas más al piti antes de que la radio vuelva a sonar.
—Dile al hombre que, por favor, se dé la vuelta y se vaya por donde ha venido, que la señorita Isabella está indispuesta para recibir visitas…
Suelto un suspiro, menos mal que no me hice ilusiones. Ya me imaginaba que iba a pasar esto.
—Vale, Thaniesita— dice Flavio para cortar y luego me mira —Ya lo ha oído, caballero. La señorita Thania es la asistente de la patrona, siempre está con ella, así que si le han negado la entrada es porque la patrona lo ha querido. Lo siento.
—No sabía que había que pedir “cita” con ella— murmuro —De aquí no me muevo hasta que me reciba, díselo.
—Pero, hombre, no puede…
—No me voy a ir sin hablar con ella antes— le corto enseguida. Me doy la vuelta, me acerco a mi coche y me apoyo de espaldas contra la puerta, fumando tranquilamente, dispuesto a esperar. Isabella es tan complicada como Bill, así que también puedo con ella.
—Señorita Thania…— vuelve a hablar Flavio por la radio —El hombre se niega a irse, dice que se va a quedar aquí hasta que la patrona lo atienda.
Segundos después contestan: —Pues se va a hacer ceniza con el sol porque no pienso hablar con un Kaulitz. Aquí no son bienvenidos— esa es otra voz de mujer, y por lo que dice sé que es Isabella —Es una falta de respeto que venga a molestarme con su presencia, si no se va, lo sacáis. ¿Entendido?
—Patroncita…
—¡¿Te ha quedado claro, Flavio?!
—Patrona…— se queja el hombre —Mire que el chaval ha venido desde Heidelberg solo para hablar con usted, no lo deje así, ¿no le da curiosidad lo que sea que haya venido a decirle? A lo mejor es importante.
—A lo mejor me importa una mierda.
Sí, ya veo de dónde saca Bill el carácter.
—Señorita.
—Ya he dicho, Flavio— es lo último que dice.
Yo pienso en una forma de hacer que me deje pasar, pero no sé si debería usarla aunque ahora mismo es la única opción que tengo para que acepte hablar conmigo. Tras pensarlo bien miro a Flavio, que parece un poco desesperado. —¡Oye!— al grito él me mira —Dile a tu patrona que vengo a hablar de su hijo, ese que seguramente le quitaron.
No conozco bien ese tema, no sé si es que se lo hicieron pasar por muerto, se lo robaron o… no sé. Las opciones son varias.
—¿Hijo?— pregunta él muy confundido.
—Solo anúncialo.
Él levanta la radio con cara de no entender nada. —Aquí Flavio de nuevo…
—¡¿Qué puta mierda no entienden, joder?!— se oye un grito de fondo —Flavio, por favor…— se escucha a la chica de antes. La tal Thania.
—Dice el hombre que le diga a la señorita Isabella que el tema importante es sobre su… hijo— musita —Que al parecer se lo quitaron, o no sé cómo es. No ha explicado bien.
—¿Sobre qué?— Isabella de nuevo. Me acerco a Flavio esta vez.
—Su hijo, patrona.
—Yo no tengo hijos, mi único hijo murió con apenas unas semanas de vida. Si se trata de una broma…
—No lo es.
—Dice que no lo es, patrona.
—¿Qué es lo que quieres, Tom?— pregunta ella —¿Tienes idea de dónde mierda te estás metiendo? Tu familia me debe una y muy grande.
—¿Mi familia o solo mi hermana?— pregunto en cuanto le quito el walkie a Flavio —Porque hasta donde yo sé, tu problema es solo con ella, con Simone.
—No me menciones a esa perra.
—Vale, no lo haré. Pero acepta hablar conmigo, es importante.
—Mi hijo murió, ¿qué vienes a contarme? ¿Que Jhörg tiene otro con la estúpida de tu hermana o qué? Dime, así voy tras quien sea para cobrarme por toda la mierda que me hicieron esos dos hijos de puta— gruñe con mucho odio en la voz —¿No vas a decirme, Thomas?
—Es tu hijo— le digo directamente —Dices que está muerto pero, ¿y si yo te digo que no?
Ella se queda en silencio, no contesta nada hasta que pasan cinco minutos. Le doy una calada a mi cigarro mientras espero hasta que la radio suena otra vez. —Déjenlo pasar— es su orden.
Le devuelvo la radio a Flavio con todo el orgullo del mundo por haber conseguido lo que quería, sé que el tema de su hijo tiene que ser importante. —Qué suerte tienes, ¿eh? Cuando la señorita Isabella dice que no, no hay quien la haga cambiar de opinión.
—Créeme, tengo mucha práctica descomplicando lo complicado— le digo —Conozco a alguien que tiene exactamente el mismo carácter, ya te harás una idea.
Flavio se ríe mientras yo vuelvo a mi coche, meto la llave, lo arranco y cuando el portón se abre paso al otro lado. Las veredas de pasto a los lados están llenas de animales desde esta parte, puedo ver la hacienda más adelante, el camino de tierra termina y empieza uno de césped. Aparco el coche delante de la hacienda, justo donde hay otros coches más. Me bajo y esta vez sí dejo la llave dentro. Hay varias columnas que sostienen un techo que cubre el porche, el suelo es de cemento y está súper pulido. Veo cómo una mujer se acerca, con el pelo recogido en un moño alto, llevando pantalones blancos, una camisa de manga corta y botas negras como el sombrero que lleva puesto.
Todos aquí llevan la camisa metida por dentro del pantalón. Quedan bien. En la hacienda de mis padres también es así, muy pocos la llevan por fuera.
—Thomas Kaulitz— dice mi nombre con mucha seriedad, bueno, en realidad no tiene ninguna expresión en la cara —Como ya debe saber, soy Thania, la asistente personal de la señorita Isabella. Tiene suerte de que lo haya dejado pasar, así que por favor, no la cague— me dice mientras me guía dentro de la mansión, cruzando el porche —La señorita me ha pedido que lo escolte hasta su despacho, donde lo estará esperando para que le diga lo que tiene que decirle y se largue de una vez. La mención de los Kaulitz no le sienta bien, y mucho menos tener a uno delante. Sea cuidadoso con lo que dice, no le falte al respeto y diríjase a ella de usted. A menos que ella le dé permiso para tutearla.
—¿Eres del ejército o algo?
—Retirada— me aclara.
—Ah, se nota— murmuro.
—Yo estaré fuera esperando por si pasa cualquier cosa, así que si intenta hacerle algo se las verá conmigo y, como sabe, soy retirada del ejército, no podrá hacer nada sin que acabe con algún brazo roto primero— qué carácter. Subimos por unas escaleras después de cruzar el vestíbulo y el salón principal —Le repito, sea cuidadoso con sus palabras. La señorita Isabella no va a permitir ninguna falta de respeto. Ella es la dueña de todo esto, de las tierras por las que usted está pasando, así que mientras esté aquí ella decide si sale con vida o dentro de una bolsa hecho picadillo. Pero claro, eso último no pasará siempre y cuando siga mis indicaciones.
—No faltar al respeto, okay… lo pillo.
—Bien— nos paramos delante de una puerta, ella coge el pomo y lo baja para empujarla y abrirla —Buena suerte, Thomas— me dice con un tono que no me gusta nada, mientras me sonríe con mucha falsedad y me empuja dentro del despacho para luego cerrar la puerta del todo.
—Siéntate— la voz de Isabella sale seca, tiene los ojos fijos en unos papeles que parece estar revisando y firmando. Ni siquiera levanta la vista para mirarme —Tienes cinco minutos.
Me siento en una de las sillas delante de ella, me relamo los labios. —Hola para ti también— le digo pero ni se inmuta —Como ya te dije, estoy aquí para hablar de tu hijo.
—A ver, Thomas…— Isabella baja los papeles que le tapaban la cara y los deja sobre la mesa del escritorio con un golpe seco.
Al verle la cara puedo ver a mi pequeño Bill reflejado en ella. Tienen… Dios, son tantas las similitudes que me quedo flipando. Billie es la viva imagen de Isabella. Sus rasgos son igual de delicados, y lo único que los diferencia es que Isabella se ve más madura y Bill joven. Ella no tiene ni una arruga, y eso que es una adulta joven, con solo treinta y cuatro años como Simone. Es guapísima, claro que lo es. Eso no quiere decir que esté poniendo por los suelos a mi Billie. Si Isabella es guapa, él lo es todavía más. Tienen esa misma mirada que ponen cuando están serios y cabreados por dentro.
—No sé qué coño haces aquí, ¿vale? Y te voy a ser totalmente franca, si intentas joderme, venir a romper la paz que me ha costado tanto conseguir estos años, te juro que te vas a arrepentir de haber venido a buscarme— me dice, con la cara totalmente neutra, y la calma en su voz solo me demuestra que va muy en serio —¿Quién te mandó? ¿Tu hermanita? ¿Cómo se enteró de que salí del hospital, eh? ¿También estás metido en todo este rollo que llevo tanto tiempo queriendo cerrar? Dime, ¿qué coño haces aquí?
—Ella no sabe que estoy aquí, Isa…— le respondo y ella arquea una ceja. Sí, la he tuteado, ¿y qué? —Mira, no sé qué pasó exactamente, ¿vale? Nadie ha querido contar nada. Nadie volvió a hablar de ti en casa, un día simplemente dejaste de aparecer y todos hicieron como si nada. Simone tampoco decía ni mu, ella simplemente siguió con su vida como si nada en cuanto llegó con un bebé en brazos al lado de Jhörg— ella se acomoda en la silla, entrelazando los dedos sobre la mesa. Su espalda está recta y su mirada se intensifica cuando entrecierra un poco los ojos —¿Sabes que siempre me pareció raro? Que nunca la vi embarazada.
—¿Y qué con eso?
—No sé cómo empezar— suspiro.
—Empieza por contar el motivo de tu tan… “inesperada” visita.
—El motivo es por tu hijo, ya te lo dije.
—Y hasta ahora no me has dicho nada al respecto. Sin embargo, por la radio me dijiste que estaba vivo o eso sugeriste— musita —Te dejé pasar porque me picó la curiosidad, no porque me crea que eso sea verdad. A mí me mostraron el cuerpo sin vida de mi hijo, nació prematuro así que sus pulmones dejaron de funcionar dos semanas después de nacer. Jhörg no estuvo presente en el parto porque mi padre le negó la entrada.
—¿Jhörg y tú fuisteis pareja?— pregunto, el tema me está liando mucho.
Ella asiente. —Desgraciadamente…
Joder, eso yo no lo sabía. En realidad no sé nada, solo tengo un par de teorías que necesito aclarar.
—¿Antes o después de que estuviera con mi hermana?
—Antes, Thomas— dice con recelo —Tu hermana se metió entre nosotros, como la perra que es. Los dos huyeron juntos, no me sorprende que en ese tiempo que estuvieron fuera ella se quedara embarazada de él. Por eso cuando la viste, tenía a un bebé en brazos y no viste barriga. Estás muy confundido.
—No sabía nada de eso.
—¿De mi relación con Jhörg?— pregunta burlona —Mi relación con él la mantuve en secreto, solo lo sabía quien creí que era mi mejor amiga. Maldita traidora— gruñe —Igual, no es como si Jhörg fuese algo bueno, seguramente sigue en sus líos de mujeriego. La zorra de tu hermana se llevó la basura que yo tenía que tirar, al final me hizo un favor.
Vaya.
—Yo no me creería eso— murmuro y Isabella me fulmina con la mirada —Hay cosas que necesito preguntarte para saber qué pasó exactamente. No sé si estás dispuesta a contarme… pero me ayudaría muchísimo— ella me examina con la mirada, evaluándome —Me has dicho que tú y Jhörg fuisteis pareja, mi hermana se metió entre vosotros. ¿Qué pasó contigo? No lo sé. Dices que mi hermana y él huyeron juntos, ¿cómo lo sabes?
—Porque Simone y yo tuvimos una charla, y gracias a eso mi embarazo se adelantó. Ella me contó todo lo que había pasado entre ella y Jhörg y lo hizo de una forma…— hace una mueca con los labios —Estaba muy orgullosa de haberme quitado al que iba a ser mi marido.
—¿Ella te dijo que huirían?
—Sí.
—¿Puedes contármelo? Necesito saber tu versión de los hechos, ¿vale? Por favor…
—No quiero hablar de eso, Thomas— dice, reacia a contarme. Firme en su decisión de no hablar del tema —He intentado tirar para adelante después de todo, no quiero revivir esos momentos— traga saliva y me mira fijamente a los ojos, veo tanto resentimiento ahí, a Isabella le hicieron mucho daño, mucho, lo veo en sus ojos.
—¿Puedo enseñarte algo?
—Si es un arma te aviso ya que yo también tengo una…
—No llevo armas encima, ¿por quién me tomas?
—Tienes cara de haber matado ya— me suelta así, como si nada, sin filtro ninguno. Cosa que me deja alucinando, ¿acaba de insinuar que soy un asesino? No, no lo ha insinuado, lo ha dicho directamente con toda la seguridad del mundo —¿No has matado a alguien ya? Yo juraría que sí.
—Me ofendes.
—No voy a disculparme.
—Okay…— No voy a discutir por eso, al menos no ahora. Meto la mano en el bolsillo, saco el móvil, lo desbloqueo y busco en mi carpeta privada de la galería una de las muchas fotos que tengo de Bill. No todas son de él en pelotas, ¿eh? También tengo fotos de su cara, una en concreto donde se le ve sin nada de maquillaje. Cuando la tengo lista, dejo el móvil sobre la mesa del escritorio y lo deslizo por la superficie de madera encima de los papeles, hasta que llega a ella.
Isabella coge el móvil después de mirarme con desconfianza y, al ver la foto en la pantalla, su ceño se suaviza, aparece el desconcierto en su cara, se le entreabren los labios y se le pierde la mirada unos segundos hasta que vuelve a mirarme.
—¿Es una broma?— me pregunta y yo niego con la cabeza. Ella frunce las cejas como si tuviera miedo, pero en realidad solo es el shock de ver la foto de mi pequeño Bill. Isabella, todavía en trance, deja el móvil sobre la mesa y me mira —No…
—Es tu hijo— ella niega con la cabeza como loca —Bill es un Von Stein, y tú me vas a contar cómo coño pasó que mi hermana acabó criándolo…
A Isabella se le llenan los ojos de lágrimas.
Continúa…
Gracias por la visita. No te vayas sin comentar 😉