
Fic de Unicornlitz. Temporada II
Capítulo 44
-Diez años atrás-
Selim Krüger era un empresario que se dedicaba a exportar café. Su vida se derrumbó cuando cayó en una estafa montada por una empresa fantasma. El negocio quebró, perdió a los socios, nadie quiso seguir currando con él y acabó endeudado hasta las cejas con el banco. Con una mujer y dos críos que mantener, y sin forma de salir del agujero, Selim buscó una solución desesperada.
Había oído rumores sobre Gordon Trümper, un supuesto “prestamista” cuyos chicos se movían por los barrios bajos ofreciendo pasta rápida. Selim, pensando que aquello sería su salvación, lo buscó. Dio con dos de los empleados de Gordon mientras estaban cobrando en una carnicería. Los tíos lo llevaron a un sitio apartado, donde le explicaron las condiciones:
—Aquí no es como el banco. Los préstamos pequeños se pagan en una semana. Siete días exactos.
—¿Y si no puedo pagar…?— había preguntado Selim.
—Entonces te va a ir muy mal.
Aun con miedo, Selim aceptó.
Pero nada le salió bien. La noticia de su bancarrota lo dejó sin socios ni clientes, y la inversión que hizo con la pasta prestada no funcionó. Lo perdió todo otra vez. Incapaz de pagar, empezó a darles largas a los cobradores:
—Tendré el dinero pronto, se lo juro… solo necesito unos días más.
Pero esos “días” se convirtieron en seis meses sin pagar ni una sola cuota. Gordon finalmente se hartó y decidió ir él mismo. Selim abrió la puerta sin saber que detrás lo estaba esperando Gordon, que lo miró con una calma fría. Ese día estaba jugando a juegos de mesa con sus hijos y su mujer para distraerse de todo el caos en el que se había convertido su vida. Iba a mandar a los críos con una de sus hermanas que se había ofrecido a quedárselos mientras él buscaba qué hacer, y quería pasar un último día con ellos. Pero no esperaba que el mismísimo Gordon Trümper se presentara en su casa.
—Has estado tomando el pelo a mis chicos durante medio año— había dicho Gordon.
—Señor Trümper… no tengo con qué pagar. Por favor, solo un poco más de tiempo…
—Odio a la gente que no cumple su palabra. Tuviste seis meses para decir la verdad.
Selim intentó explicarse, pero ya era tarde. Gordon cumplió su advertencia. No hubo discusión, solo un final inevitable. Le disparó a Selim dos veces en la cabeza, delante de sus hijos y su mujer. Salió de aquella casa haciendo caso omiso a los gritos desgarradores de los familiares que presenciaron algo tan horrible como el asesinato de su padre. James, el hijo menor de tan solo ocho años, vio a su padre tirado en el suelo. Vio a Gordon marcharse sin mirarlo siquiera.
Ese día marcó para siempre la vida del pequeño Krüger. Que quince años después estaría entrando como agente novato en la DEA, y su puesto fue subiendo cada vez más alto hasta convertirse en la mano derecha del jefe de entonces. James tuvo un buen puesto, James logró desmantelar varias organizaciones, James buscó información sobre Gordon Trümper que obtuvo fácilmente porque era un narcotraficante, James iba a hacer justicia por la muerte de su padre generando una especie de obsesión por capturar a Gordon Trümper sin tener éxito alguno durante veinte años. En todo ese tiempo y por sus éxitos contra otros cárteles, logró obtener el puesto de Director de la DEA cuando su jefe murió de un ataque al corazón.
Pero ese puesto se vio en peligro cuatro años después, cuando empezó a descuidar a otras organizaciones por centrarse en los Trümper. Para él era primordial atrapar a Gordon y a sus hijos que al parecer también estaban metidos en ese mundo, con expedientes policiales donde los culpaban de cosas que condenaban a años de cárcel, pero que Gordon se encargaba de impedir pagando una buena suma de dinero a los federales alemanes.
Cuando James fue notificado por el detective Wagner sobre un joven que había sido secuestrado por el mismísimo Tom Trümper, no dudó en ponerse en marcha con el caso. Jhörg Kaulitz había puesto una denuncia contra Tom, eso a James le favorecía y mucho, necesitaba encontrar al joven fuese como fuese y Wagner le estaba ayudando. Sin embargo, durante un año entero nadie sabía nada de ambos. Era como si se los hubiese tragado la tierra. Interrogaron a los amigos del joven, Willem Kaulitz, pero no sacaron nada. Incluso los siguieron para ver si daban con ellos, pero nada. Todo fue así hasta que un día, simplemente, James fue notificado sobre alguien anónimo que les entregaría a los Trümper en bandeja de plata y sin pedir nada a cambio.
James pensó que por fin podría atraparlos, pero grande fue su disgusto al ver que los Trümper habían logrado huir de lo que al parecer fue un enfrentamiento contra el Clan Nox. —Sea como sea, hemos perdido la ocasión de pillar a los Trümper, joder— había dicho.
La radio estalló en interferencias. —Aquí unidad cuatro, informando desde la carretera secundaria, cambio.
El jefe levantó el walkie. —Aquí comandante Krüger, adelante.
Unos segundos de ruido estático, y después la voz del agente: —Tenemos un coche en un barranco, señor. Parece que cayó hace poco… ha volcado varias veces.
Los que lo oyeron se quedaron en silencio. El jefe entornó los ojos, sin entender una mierda de lo que estaba pasando. —¿Causas?
—Todo apunta a que el conductor perdió el control a propósito— contestó el agente con voz grave —No sabemos si intentaba huir o escapar de la persecución. Disparamos varias veces, una bala le dio a una rueda, pero aun así no paró.
Krüger se pasó una mano por la cara, mirando el desastre que lo rodeaba y el vacío del aparcamiento. Aquello cuadraba con un caos mucho mayor del que esperaba. —Bien. Escuchad. Quiero que bajéis hasta ese coche. Revisad si queda alguien con vida y notificadme de inmediato quién iba dentro.
—Recibido, señor.
El jefe bajó el walkie y soltó un suspiro. Sus hombres seguían revisando cuerpos, algunos todavía jadeando, otros ya fríos. Los sanitarios empezaban a llegar en masa, alumbrando con linternas y corriendo con camillas plegables. —Los Trümper se han esfumado…— murmuró, y luego levantó la vista hacia uno de los agentes —Pide las grabaciones de las cámaras de seguridad de aquí. Algo me dice que los de las furgonetas estaban metidos en todo esto e intentaron pirarse…
Lo dijo con precisión. Esa era la idea que se le había formado, pero necesitaba pruebas claras de que había sido así.
—Quiero también la info de esos coches— señaló varios todoterrenos negros, abiertos y acribillados, seguramente de alguno de los clanes —Las armas, pruebas de ADN, lo que sea. Con las grabaciones tendré lo que necesito… o eso espero.
—Señor, aquí unidad tres. Tenemos a un tío inconsciente en la entrada trasera…— informó otro agente por el walkie-talkie, refiriéndose a Bach. Se agachó, comprobando otra vez que seguía respirando, y continuó por radio —Sus signos vitales son muy bajos.
—Ya he ordenado pedir asistencia médica, haz lo que puedas para que no pierda más sangre… Algo me dice que este chaval nos contará qué cojones pasó.
—Entendido, jefe.
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El coche volcado humeaba en el barranco, el metal retorcido brillaba bajo la luz del sol que estaba a punto de esconderse del todo. El olor a gasolina y a goma quemada llenaba el aire, dos agentes estaban arrodillados junto a dos cuerpos que habían sacado del vehículo minutos antes, colocándolos sobre el césped húmedo a una distancia segura del coche que amenazaba con explotar en cualquier momento.
Habían notificado a su jefe hace diez minutos sobre el estado crítico de ambos accidentados, él aseguró que la asistencia médica llegaría pronto. Sin embargo, temían por la vida del joven de cabellos negros, ya que sus signos vitales eran demasiado bajos y al ver cómo el sol comenzaba a esconderse, tiñendo el cielo de esos tonos anaranjados y dorados, entró en desespero. Podrían morir ambos si no llegaban los paramédicos, y Alex Krüger no podía permitir que eso pasara.
—Aquí unidad cuatro. Tenemos dos supervivientes, repito, dos supervivientes con signos vitales críticos— dijo a través de su radio.—¿Dónde están las ambulancias? No creo que estos chicos puedan aguantar tanto, cambio.
La radio crepitó por unos segundos. —En camino, ETA dos minutos— avisó una voz femenina al otro lado.
—Que se den prisa— gruñó Alex, guardando su radio y acercándose más a los individuos.—No sé cuánto tiempo tienen estos dos.
Kisilbash estaba presionando su chaqueta contra un corte profundo y sangrante en el brazo de la mujer. Alex se inclinó más cerca del chico que tenía a su lado, inerte en el suelo, y con muchas heridas, mirando el rostro del joven muy detenidamente. Su cabello negro tenía mechones gruesos por la sangre seca, su piel estaba pálida como la muerte y la sangre fluía de una herida en la cabeza que manchaba el césped debajo de él. Empapando aún más su pelo. —Dios, es solo un crío— murmuró con algo de lástima —¿Cuántos años crees que tiene?— preguntó, mirando a Kisilbash a los ojos brevemente —¿Diecisiete? ¿Veinte quizás?
—No más de diecinueve— respondió Kisilbash sin apartar la vista de la mujer —Y ella tampoco es mucho mayor, deben tener la misma edad.
El sonido de sirenas comenzó a crecer en la distancia, cada vez más fuerte, más cercano, interrumpiendo la conversación que ambos agentes estaban teniendo en esos momentos. —Ya vienen— anunció un agente desde una distancia considerable de los otros dos —Prepárense para darles paso.— treinta segundos después, dos ambulancias aparecieron en la carretera, sus luces rojas y azules estaban encendidas y la sirena se oía fuertemente. Se detuvieron bruscamente y cuatro paramédicos saltaron, corriendo hacia el barranco con sus maletines médicos. —¡Aquí abajo!— gritó el agente —¡Tenemos dos pacientes con signos vitales críticos!
El paramédico líder, un hombre joven que aparentaba al menos unos veintisiete años, llegó primero. Bajó la pendiente con pasos seguros a pesar del terreno irregular. —¿Qué tenemos?— preguntó con voz profesional mientras se arrodillaba junto al joven al estar cerca de ambos cuerpos.
—Accidente vehicular, el coche volcó varias veces— comenzó a explicar Alex rápidamente —Los sacamos del vehículo hace aproximadamente cinco minutos. El chico tiene herida severa en la cabeza, la mujer múltiples contusiones. Ambos con pulsos muy débiles.
Arturo, el paramédico líder, ya tenía sus guantes puestos y sus manos se movían rápidamente sobre el cuerpo del joven, evaluando daños. —Soy Arturo Norvig, paramédico líder— se presentó mientras trabajaba profesionalmente.—¡Emma, Peter, Melody, vengan aquí! Necesito manos extra— exclamó justo en el momento en que los chicos bajaban con las cosas que muy seguramente necesitarían por si ocurría algo. Su equipo llegó en segundos. Emma, una mujer rubia de veintiséis años, se arrodilló junto a la mujer. Jonas y Lena, ambos más jóvenes, se posicionaron a cada lado de Arturo. —Emma, toma a la mujer— ordenó —Jonas, Lena, ayúdenme con el chico. Es el que está más grave.
Emma ya estaba presionando dos dedos contra el cuello de Nathalie, buscando el pulso en la arteria carótida. —Pulso presente pero débil. Aproximadamente treinta y cinco latidos por minuto— reportó, sacando su linterna médica pequeña del bolsillo de su camisa, para revisar las pupilas —Pupilas reactivas pero lentas. Probable conmoción cerebral.
—Aquí está peor— murmuró Arturo mientras sus manos exploraban cuidadosamente la cabeza del joven —Trauma craneoencefálico severo. Puedo sentir depresión en el cráneo, fractura definitiva— sus dedos se movieron al cuello, buscando el pulso —Pulso de veinticinco latidos por minuto. Respiración superficial e irregular. Mierda, este chico está crítico.
—¿Qué necesitas?— preguntó Alex, manteniéndose cerca por si podía ayudar.
—Espacio— respondió Arturo sin levantar la vista —Aléjense pero manténganse cerca por si necesitamos ayuda para subirlos.
Los agentes retrocedieron unos pasos, dándoles espacio pero sin irse demasiado lejos. Arturo sacó su linterna médica y abrió cuidadosamente el ojo izquierdo del joven, luego el derecho. —Pupilas desiguales. La izquierda más dilatada que la derecha, eso es sangrado intracraneal. Joder.
—¿Qué tan grave?— preguntó Jonas, su voz sonó tensa. Era joven, con veintitrés años, y la urgencia de la situación era palpable desde cualquier ángulo que se viese.
—Muy grave— contestó el líder con franqueza —Si no lo operan en las próximas horas, el daño cerebral será permanente. Si es que sobrevive— murmuró —Jonas, el collarín cervical. Lena, prepara la tabla espinal y los bloques de cabeza, vamos a moverlo ahora.
—¿Y el protocolo de evaluación completa primero?— preguntó Lena, aunque ya estaba sacando el equipo de su mochila.
—No hay tiempo para protocolos— dijo Arturo firmemente —Sus signos vitales están cayendo mientras hablamos. Necesitamos moverlo ya o lo perderemos aquí mismo.
Jonas deslizó el collarín cervical bajo el cuello del joven con extremo cuidado mientras Klaus sostenía la cabeza perfectamente alineada con la columna. Ya que la cervical podía estar comprometida. Cualquier movimiento brusco podría ponerlo en riesgo. Jonas ajustó el collarín con manos temblorosas pero precisas, Lena posicionó la tabla junto al cuerpo del joven, las correas naranjas estaban abiertas y esperando.
Arturo respiró hondo. —A la cuenta de tres. Yo mantengo la cabeza alineada, ustedes dos levantan el cuerpo. El movimiento debe ser coordinado, sin sacudidas. ¿Entendido?
—Entendido— respondieron Jonas y Lena al unísono.
—Uno…— el líder ajustó su agarre en la cabeza —Dos…— Jonas y Lena pusieron sus manos bajo los hombros y caderas del joven —Tres.— levantaron en un movimiento fluido y sincronizado, transfiriendo el cuerpo inerte sobre la tabla espinal. Arturo nunca soltó la cabeza, moviéndose con ellos, manteniéndola perfectamente estable. —Excelente— dijo una vez que el joven estuvo sobre la tabla —Ahora aseguren la correa de pecho primero.
Lena trabajó rápidamente, pasando la correa gruesa sobre el pecho del joven y ajustándola firmemente. Luego en la cintura y finalmente en las piernas. Le pusieron los bloques acolchados a cada lado de la cabeza del joven y la correa sobre la frente, pero no demasiado apretada. No querían presionar más el cráneo. Lena pasó la correa con cuidado extremo, ajustándola lo justo para inmovilizar sin comprimir. Y finalmente, Arturo soltó la cabeza, confiando en que los bloques y la correa la mantendrían segura. Jonas desplegó la manta metalizada y la extendió sobre el cuerpo del joven, cubriéndolo completamente. Su temperatura corporal estaba bajando rápidamente, Arturo revisaba el monitor portátil que había conectado al dedo del joven. La saturación de oxígeno era de ochenta y uno por ciento. Demasiado baja.
—Necesito la mascarilla de oxígeno— pidió con urgencia. Lena le pasó la mascarilla sacándola de la mochila y Arturo la colocó sobre el rostro pálido del joven, ajustando la correa detrás de su cabeza. —Flujo alto, quince litros por minuto— el siseo suave del oxígeno fluyendo llenó el silencio momentáneo —Emma, ¿cómo vas?— gritó sin apartar su atención de su paciente.
—¡Lista para transporte!— Emma respondió desde el otro lado. Ya tenía a Nathalie completamente asegurada en su propia tabla espinal, con el collarín puesto y las correas ajustadas —Signos vitales más estables que el tuyo pero necesitamos movernos. Tiene fractura probable en la costilla izquierda y está desarrollando neumotórax.
—Mierda— murmuró Arturo entre dientes —Está bien, vamos. Jonas, Lena, tomen los extremos de la tabla. Vamos a levantarlo. Agentes, necesitamos sus manos aquí— los dos agentes se acercaron inmediatamente —Ayúdennos a subirlo por la pendiente— indicó —Es pesado y el terreno es irregular. No podemos arriesgarnos a tropezar.— Alex se posicionó en un lado de la tabla, Kisilbash en el otro. —A la cuenta de tres— el líder dijo, agarrando el extremo de la cabeza de la tabla —Uno, dos, tres.
Levantaron al unísono. La tabla era pesada con el peso del joven más el equipo, pero entre cuatro personas era manejable. Comenzaron a subir la pendiente lentamente, cada paso cuidadosamente calculado. La subida pareció eterna pero finalmente llegaron al borde de la carretera donde las ambulancias esperaban con las puertas traseras abiertas, como fauces iluminadas listas para devorarlos. Detrás de ellos, Emma y otro paramédico subían con Nathalie, moviéndose más rápido ya que su condición era menos crítica.
—Ambos en la misma ambulancia— ordenó Alex rápidamente, evitando así que llevasen a Nathalie a la otra ambulancia —Son órdenes del Comandante Krüger.
Arturo frunció el ceño mientras deslizaban la tabla del joven dentro de la ambulancia. —Eso no es protocolo estándar. Los pacientes en estado crítico necesitan atención individualizada…
—No me importa el protocolo— lo interrumpió Alex con ese tono de voz que no admitía discusión —Van juntos. Son parte de una investigación federal activa y necesitamos mantener la cadena de custodia.
Arturo apretó la mandíbula pero asintió. No tenía tiempo ni energía para discutir con un jodido agente de la DEA. —Como quieran— masculló entre dientes. Aseguraron la tabla del joven a los rieles laterales de la ambulancia con ganchos metálicos. Emma subió inmediatamente después con Nathalie, posicionando su tabla en el lado opuesto. El espacio era apretado con dos pacientes, pero Arturo y Emma habían trabajado en condiciones peores. —¡Vamos!— golpeó el panel que separaba el compartimento trasero de la cabina —¡Hospital privado en Berlín-Mitte! ¡Código rojo, luces y sirenas!
El conductor no necesitó más. La ambulancia arrancó con un chirrido de llantas, las sirenas aullando mientras aceleraba por la carretera. Dentro del compartimento trasero, Arturo y Emma trabajaban en perfecta coordinación a pesar del espacio limitado y el movimiento constante del vehículo.
—Conectando monitor cardíaco—.Arturo anunció mientras pegaba los electrodos en el pecho desnudo del joven. Había tenido que cortar la tela del camisón que llevaba con tijeras médicas, revelando un torso delgado cubierto de moretones ya formándose —Ritmo sinusal pero bradicárdico. Veintitrés latidos por minuto— el monitor emitía pitidos lentos, irregulares, cada uno marcando un latido débil —Presión arterial…— envolvió el manguito alrededor del brazo del joven, bombeando manualmente mientras observaba el medidor —Sesenta sobre cuarenta. Hipotensión severa. Está en shock.
—¿Empezamos vía IV?— preguntó Lena desde su posición cerca de los pies.
—Sí, dos líneas— asintió Arturo —Solución salina, flujo rápido. Necesitamos estabilizar su presión antes de que entre en paro cardíaco.— Lena trabajó rápidamente, encontrando una vena en el brazo derecho del joven, insertando el catéter IV con precisión practicada. Jonas hizo lo mismo en el brazo izquierdo.
—Primera línea asegurada, flujo abierto— reportó Lena.
—Segunda línea asegurada— confirmó Jonas.
El líquido claro empezó a fluir por los tubos transparentes, entrando en el sistema circulatorio colapsado del joven. —Emma, ¿tu paciente?— preguntó Arturo sin apartar la vista de sus monitores.
—Pulso de cuarenta y dos, presión arterial setenta sobre cincuenta— respondió Emma desde el otro lado —Mejor que el tuyo pero todavía crítica. Le puse oxígeno suplementario y una línea IV. Está estable por ahora.
—Bien— asintió comprendiendo cada palabra —Porque voy a necesitar tu ayuda aquí en un segundo.
Como si sus palabras hubieran invocado el desastre, el monitor cardíaco del joven empezó a emitir un pitido diferente. Más rápido, más errático. Arturo miró la pantalla y su corazón se hundió. —Mierda. Está desarrollando arritmia. Taquicardia ventricular.
—¿Qué?— Jonas palideció al instante —Pero hace un segundo estaba bradicárdico…
—El corazón está entrando en pánico por la falta de oxígeno y la presión baja—.explicó el líder rápidamente mientras preparaba el desfibrilador portátil.—Está sobrecargándose. Emma, necesito que…— el pitido cambió a un tono continuo y plano, línea plana, interrumpiendo las palabras del paramédico —¡Paro cardíaco!— gritó —¡Emma, ventilación manual! ¡Jonas, cronometra! ¡Lena, prepara adrenalina!
Arturo arrancó la mascarilla de oxígeno del rostro del joven y empezó compresiones torácicas inmediatamente. Sus manos se entrelazaron en el centro del pecho, sus brazos estaban rectos, todo su peso corporal presionando hacia abajo en un ritmo constante.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco…— contaba en voz alta mientras la ambulancia se sacudía por los baches de la carretera. Emma ya tenía la bolsa de ventilación manual conectada al tubo que habían insertado en la tráquea del joven durante los primeros segundos del paro. Esperó a que Arturo llegara a treinta compresiones. —Ventilación— jadeó Arturo, deteniéndose. Emma comprimió la bolsa dos veces, forzando aire rico en oxígeno a los pulmones colapsados. —Continuando compresiones— retomó sin descanso —Uno, dos, tres, cuatro…
El sudor ya corría por su frente. El espacio era tan limitado que casi no había sitio para maniobrar, y el movimiento constante de la ambulancia hacía cada compresión un desafío. —Treinta segundos— anunció Jonas, mirando su cronómetro.
—¿Adrenalina lista?— preguntó Arturo sin romper el ritmo de las compresiones.
—Lista— Lena sostenía la jeringa, esperando.
—Adminístrala— ordenó el líder —Un miligramo IV, empuje rápido.
Lena inyectó el medicamento en la línea IV, empujando el émbolo completamente. —Administrado.
—Continuando compresiones— gruñó Arturo, sus brazos ardían, sus hombros temblaban. Pero no se detuvo —Uno, dos, tres, cuatro…
Un minuto. Ventilación. Arturo no se detenía, ya estaba jadeando. Emma comprimió, una vez, dos veces. Compresiones de nuevo. Cada presión enviaba ondas de fatiga por los brazos de Arturo, pero mantuvo el ritmo perfecto. Treinta compresiones por ciclo, la profundidad exacta de cinco centímetros, permitiendo la retracción completa del pecho entre compresiones. Había hecho esto cientos de veces en su carrera, pero cada vez se sentía como la primera. El miedo, la adrenalina, la desesperación de traer a alguien de vuelta del borde de la muerte.
—Vamos, chico— murmuró Arturo entre compresiones —No te rindas, vamos. Responde.
—Noventa segundos— anunció Jonas con voz tensa.
—Ventilación.
Emma comprimió.
—Compresiones. Uno, dos, tres, cuatro…— el monitor seguía mostrando línea plana, el tono continuo llenaba la ambulancia, compitiendo con el aullido de las sirenas —¿Cuánto falta?— gritó hacia la cabina.
—¡Un minuto!— respondió el conductor —¡Ya casi llegamos!
—No tenemos un minuto— gruñó Arturo con el desespero palpable en su voz —Lena, otra dosis de adrenalina. Doble dosis esta vez.
—Eso está fuera del protocolo…
—¡Hazlo!— rugió el líder. Lena preparó la jeringa con manos temblorosas, dos miligramos esta vez, y la inyectó.
Arturo continuó con treinta compresiones, dos ventilaciones. Treinta compresiones de nuevo y dos ventilaciones. Sus brazos ya no eran brazos, eran mecanismos automáticos. Su mente se había desconectado del dolor, enfocándose únicamente en mantener ese ritmo perfecto. Y entonces, justo cuando Arturo sentía que sus brazos finalmente cederían, el monitor emitió un pitido diferente. Un latido. Demasiado débil, irregular, pero un latido a fin de cuentas.
—¡Espera!— gritó Emma, mirando el monitor —¡Tengo ritmo!— Arturo se detuvo, jadeando violentamente, observando la pantalla. Los pitidos comenzaban a sonar —Ritmo sinusal restaurado— confirmó Emma con sus ojos brillando con alivio, una sonrisa pequeña apareció en sus labios —Pulso de veintiocho. Presión arterial subiendo… sesenta y cinco sobre cuarenta y cinco.
Arturo se dejó caer hacia atrás contra la pared de la ambulancia, su pecho subía y bajaba con respiraciones profundas. —Joder… todavía no está fuera de peligro— dijo, aunque permitió una pequeña sonrisa también —Pero al menos está con nosotros un poco más.
La ambulancia se detuvo bruscamente. Habían llegado. Las puertas traseras se abrieron y un equipo médico completo ya estaba esperando. Un doctor de cincuenta años con bata blanca y expresión seria se asomó como ya era costumbre cuando llegaban en dichas circunstancias, a veces buenas, otras malas y otras intermedias. Arturo reportó a su paciente mientras desenganchaba la tabla espinal con ayuda de los demás.
—Trauma craneoencefálico severo con fractura de cráneo confirmada, sangrado intracraneal probable basado en pupilas desiguales. Sufrió paro cardíaco en ruta, reanimado exitosamente después de dos minutos de RCP. Actualmente con ritmo sinusal pero extremadamente inestable. Presión arterial crítica, saturación de oxígeno baja a pesar de suplementación. Necesita cirugía craneal urgente, doctor.
—Llévenlo a trauma uno— ordenó el doctor a su equipo —¡Preparen quirófano inmediatamente! ¡Neurocirujano en camino!
—Femenina, veinte y tantos— reportó Emma sobre Nathalie también —Múltiples contusiones, fractura probable de costilla con desarrollo de neumotórax. Signos vitales bajos pero relativamente estables. Conmoción cerebral confirmada.
—Trauma dos— dijo otro doctor —Vamos.
Arturo miró mientras sacaban las dos tablas espinales de la ambulancia y las llevaban al interior del hospital a toda leche. Las puertas automáticas se cerraron detrás de ellos, se sentó en el borde de la ambulancia, completamente reventado. Sus manos todavía temblaban por la adrenalina, su uniforme estaba empapado en sudor y salpicado ligeramente de sangre. Emma se sentó a su lado. —Me pregunto qué habrán hecho para terminar así— comentó Arturo en voz baja.
—Probablemente nada bueno— respondió Emma, mirando a los agentes de la DEA que estaban hablando por radio cerca de sus vehículos cuando llegaron al hospital —La DEA no persigue a gente inocente.
—Tal vez— asintió Arturo con la cabeza lentamente —O tal vez solo estaban en el sitio equivocado en el momento equivocado.— se puso de pie con un gruñido, sus rodillas protestaban —Vamos, tenemos que limpiar la ambulancia y hacer el informe. Va a ser una noche larga y pediré días extras de descanso, joder.
—Suerte con eso— comentó Emma, burlándose.
Continúa…
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